Dos peldaños para subir y una puerta doble pesada que se abría todas las mañanas. El portero, nuestro rector el Padre Sebastián Kirch. Nos recibía con una sonrisa. Menos a los que llegábamos tarde, para los cuales había palabras de reprimenda. Así comenzaban nuestras jornadas, en uno de los pocos colegios, que aún conservaban los seis años de cursado obligatorio, para llegar ser bachiller nacional y perito mercantil.
Promoción 23, que poco después y antes del viaje de estudios denominamos Scaluvi 23. Un slogan que significa “siempre con amor viviremos un viaje inolvidable”. Lo elegimos democráticamente, como en muchas otras ocasiones.
Arranquemos desde el principio. Nuestro colegio, es bien de barrio de la ciudad de Córdoba. No tuvo y no tiene la ostentación ni el glamur de otros. Está situado en Barrio Gral. Bustos, una vecindad de obreros y clase media. Por cierto nuestras familias de origen lo eran. No todos vivíamos en la zona. Algunos veníamos desde bien lejos, y otros no tanto. Los chetos eran los que venían de Ayacucho. Muchas gastadas por eso, incluso hasta hoy.
Siendo un colegio privado humilde, la congregación religiosa y la provincia aportaban para que siempre luciera limpio, y con buenas instalaciones. Nunca tuvimos aulas calefaccionadas o refrigeradas. Hace varias décadas atrás nos bancábamos el frío invierno y el cálido verano, sin más ayuda que la ropa y la actividad de nuestro físico.
Primero estando en cursos separados, hacia el final en un único curso, fuimos una promoción de adolescentes unidos, de chicos y chicas comprometidos, valientes, y amorosos, respetando siempre nuestras diferencias.
Vivimos una adolescencia incomparable, plena de actividades, encuentros, tareas individuales y colectivas, en donde la comunicación era precisa y sin tantas vueltas. Pocos teníamos teléfono de línea y eso nos obligaba a acordar todo mientras cursábamos. Las decisiones se tomaban sin tanto debate, y por lo general nuestra palabra se honraba.
Eventos como el torneo deportivo de la semana de la primavera, la fiesta con baile que cerraba esa semana, y los viajes al campus de la Congregación del Verbo Divino, al inicio y cerca del cierre del año, eran para nosotros lo más de lo más.
Nuestras amistades perduran hasta hoy, donde ya con más tecnología, estamos comunicados mediante un grupo de mensajería.
Siempre comento, que es excelente el respeto y la buena onda que supimos construir, porque ni durante el cursado de seis años, ni años después cuando volvimos a vernos, hubo momentos de peleas, o discusiones que dejaran heridas.
Es cierto, algunos se fueron de ese grupo, los menos. Vaya uno a saber por qué. No hubo juzgamientos, ni palabras altisonantes, ni siquiera en esos casos.
Porque al final de cuentas, somos solo un pedacito de vida, unido a otras vidas, insignificantes desde lo individual, pero muy significantes desde lo colectivo.
Nunca fuimos creídos, porque todos nosotros la tuvimos que remar y remar, para conseguir que nuestros sueños se hicieran realidad. Luchamos y construimos una profesión, nuestro trabajo, una familia con hijos y diversidad de estilos y propósito, acompañados siempre por muchos valores que el colegio nos enseñó, y que supimos cultivar juntos.
Están todos nombradas acá, aunque no aparezcan sus nombres, porque todos saben de quienes hablamos, cuando digo que somos una generación de gente plena y con proyectos.
No se puede explicar con palabras, que además de compañeros y amigos, nuestros primeros rubores de amor y desengaños los vivimos juntos. Disfrutamos de tantas miradas y sonrisas cómplices, mientras alguna fechoría nos unía, sin ninguna mala intención.
Sobrevivimos a tantas cargadas que cualquier psicólogo se aterraría de solo escuchar parte de esa intensidad. Al final del día quedábamos todos amigos, sin que hubiera pasado nada. Creo que por eso somos un equipo de personas fuertes, tenaces y resilientes.
No alcanzaría un libro para escribir tantas anécdotas, porque en esencia sin celulares, ni otras distracciones, lo lindo era interactuar, promover y movernos. La verdad es que nunca sufrimos de falta de motivación, porque hacer cosas juntos era nuestro mejor plan.
Ya somos gente madura que conserva ese niño adolescente que piso por primera vez nuestro querido “Cristo Rey”. Creo que ninguno lo ha abandonado y eso es muy lindo.
Cuando sentimos algún desconsuelo o tristeza de seguro encontramos la paz y la fuerza, volviendo nuestra mirada a aquel primer día, cuando nos recibieron profesores, preceptores y alumnos de cursos superiores, en nuestra primera formación. Esa jornada entonamos las estrofas de nuestro himno en el patio del colegio. Allí estaban nuestros padres, en nuestro día inicial del ciclo secundario.
Cuando queremos buscar entereza y ganas, nos remontamos a aquel último acto en el Cine Gloria, cuando fuimos despedidos por todos para comenzar nuestro camino de grandes, en esa celebración en la que nos recibimos de personas de bien.
En este escrito voy a pecar con algún sentimiento egoísta, si se quiere, al recordar a mi papá y mi mamá que ya no están conmigo físicamente, sino aquí en mi corazón de niño de grande. En ese recuerdo, seguro incluirás vos a tus padres, todavía presentes o no, para hacer más íntimos estos cuarenta años de celebración.
Del mismo modo, están hoy con nosotros Patricia, Silvana, Gustavo, Rubén y Walter, aquellos compañeros que ya viven en otra dimensión, pero siempre presentes en nuestros mejores recuerdos.
Padres, profesores, preceptores, rectores y compañeros, son toda una familia grande que nos acompañó y sirvieron de guía, para que dejáramos de adolecer. Para que pudieramos madurar y ser un motor a plena potencia.
Todavía queda mucha vida y tiempo para alcanzar algunos sueños dormidos, porque somos la generación que no sabe descansar, porque nació sin conocer las bondades de tanta tecnología y desarrollo.
Por eso, hoy te puedes permitir lo que vos quieras y sientas, una lágrima, una sonrisa, un abrazo, una muestra de afecto para vos y los demás, porque ya triunfaste.
Llevemos nuestra mirada al cielo y recemos como lo hacíamos en el secundario por todos los que no están, aunque estén vivos en nuestras almas.
Porque somos un pedacito de vida, que late fuertemente todos los días, digamos con mucha conciencia y responsabilidad, que estamos más presentes que nunca, cuando el preceptor de la vida nos tome asistencia.
Porque somos aquel niño, que arrancó el ciclo lectivo ese primer día, con algunos miedos, pero con toda la ilusión de ser lo mejor que podía ser.
Hoy brindamos porque el tiempo se hace eterno en nuestros hijos y nietos, y porque nos da gusto brindar y honrar la vida, ese don precioso que invita a seguir.
La promoción 23 está más presente que nunca.
Por nosotros, y por todos nuestros afectos, demos un gracias eterno.
Porque mientras otros piensan que hacer, nosotros ya hemos hecho y mucho.
Porque somos un pedacito de vida, que nunca dejará de sentir, proponer y amar.
¡Que viva por siempre la promo 23 del Cristo Rey!