Poliamor !

El frío de las últimas jornadas ha pegado duro y constante. No dispongo de una estadística concreta que avale mi afirmación, sin embargo mi cuerpo se ha sentido comparativamente más destemplado que en otros inviernos cercanos.

Esta estación viene acompañada por bajas temperaturas desde tiempos inmemoriales. Hay que transitarla, pandemia de por medio, tratando de no enfermarnos ni siquiera de un resfriado.

La crisis del coronavirus nos tiene a mal traer, aunque no debemos olvidar que el mundo tal cual hoy lo conocemos tuvo guerras mundiales, hambrunas, pestes, y otros malos episodios históricos que nos han provocado incluso más daño que este. Seguro saldremos como tantas veces lo hemos hecho, más o menos fortalecidos, dependiendo esto de muchos factores algunos de los cuales, aunque lo quisiéramos no manejamos por completo. Se me ocurre pensar que lo único que no podemos perder es la esperanza. Entrar en un ciclo de desánimo que nos haga bajar los brazos no es la mejor opción que nos queda, porque somos seres inteligentes que cada día nos enfrentamos a las más diversas circunstancias, las cuales nos ponen a reír y llorar. De eso se trata vivir.

Relacionado con esto de existir en este mundo compartido, declaro ser uno de los tantos lectores de portales de noticias por internet. Dentro de ese ámbito se han hecho repetitivas las publicaciones respecto del amor compartido entre varias personas.  Un hombre relacionado amorosamente con dos mujeres, una mujer con dos hombres, convivientes o no en la misma casa, con todas las alternativas y variantes posibles. Se puede decir que está de moda hacer foco en una tendencia social de relacionamiento privado, mostrando todas sus aristas e indagando acerca de la frecuencia de su práctica. En mayor o menor medida hemos sostenido conversaciones sobre la conveniencia o no del poliamor.

Nuestro morbo hace que esas noticias impacten por encima de otras menos íntimas, que tienen reducido espacio para el debate o para emitir juicios de valor.

Un famoso actor de Hollywood, admitió que su esposa se había relacionado con otro hombre en una breve lapso de tiempo donde estuvieron distanciados. Ella salió a corroborar la información. Fue tema central de varias páginas web como uno de los acontecimientos del año.

En algunas sociedades más abiertas el tema dejó de ser impactante, ya que develar cuestiones íntimas no vende tanto como en otras latitudes.

La presencia, ausencia o proporción de relaciones amorosas de pareja basadas en el concepto de poliamor no es para novedoso.

Del mismo modo , pero ubicandonos ahora en un concepto de amor universal, aparecen reseñas de personas que toman en adopción niños huérfanos, abandonados, familias enteras constituidas para salvaguardar la crianza y la educación de niños sin posibilidades.

Familias tradicionales o ensambladas de divorcios anteriores donde se comparten muchas experiencias enriquecedoras, se han sumado a esta tendencia de compartir relaciones y objetivos comunes que agregan calidad a nuestras vidas.

Personas que dedican sus vidas a dar de comer a desposeídos, niños, ancianos en situación de calle, son otra faceta de este amor más despojado, que muestra la versión más solidaria del amor.

Amigos que transitan su vida, sus negocios, en una especie de ritual para coexistir con mayor fuerza, sobrellevando juntos el trayecto de la existencia en común, profesan un sentimiento bastante desarrollado: el amor de amigos.

El prefijo POLI que acompaña a la palabra AMOR, se impone desde los medios limitada a su uso vinculada con la pareja romántica, enamorada, cada vez más abierta y desprejuiciada.

En lo personal considero poco acertada la distinción del poliamor a un solo ámbito de las relaciones humanas.

Redoblando la apuesta considero innecesario gastar un prefijo de nuestra lengua en una distinción que carece de profundidad y deja de lado un sinfín de situaciones que no tienen nada que ver con el enamoramiento.

«Creo que tenemos la oportunidad de sostener el concepto de AMOR, como parte de un proyecto de vida general y compartido, que busque el bienestar como fin superador».

Quedarnos dando vueltas en un debate acerca de cuestiones éticas, morales o de funcionalidad de las relaciones de pareja entre personas adultas, nos hace perder de vista el inmenso potencial de construir una sociedad donde prime el AMOR.

Empatizar con situaciones donde podemos aportar nuestro granito de arena desde una visión más abarcativa nos pone en un peldaño superior.

Pocos dudan de los beneficios emocionales que brinda una relación de pareja, el compartir nuestras vidas con alguien especial. Las modalidades de esas sanas vinculaciones, dentro del respeto y fuera de los abusos nos pertenecen de manera personal.

Por ello el amarillismo exacerbado de nuevas maneras de compartir ese concepto no nos agregan mucho valor como comunidad.

El amor como concepto global y amplio seguirá su camino, poniendo en valor aquello que no se puede monetizar en dinero, acciones, propiedades o bitcoins.

Dedicar tiempo a cultivar relaciones poderosamente afectivas contribuye de manera notable a nuestro equilibrio personal.

Veamos al amor como ese sentimiento que se construye desde el corazón para abrir infinitas posibilidades de dar, ofertar, pedir, recibir, para que emerja de nosotros esa energía positiva que limita nuestros egoísmos y mezquindades. El amor nos permite expandir nuestras acciones más allá de nosotros mismos, nos hace dejar de creer que somos tan únicos y necesarios, nos muestra vulnerables y humanamente perfectibles.

El amor como esa manera mágica y misteriosa de aprender.

Mientras escribo estas líneas con pretensiones de trasmitir algo y generarnos alguna inquietud, mi corazón se emociona al mirar la foto de mis hijas que parecen sonreírme en este preciso momento.

La madre Teresa de Calcula nos regala:

«Cuando nos encontremos con el prójimo,

hagámoslo con una sonrisa…

porque una sonrisa es el comienzo del amor».

Ernesto Sábato:

«Es el otro el que siempre nos salva.

Y si hemos llegado a la edad que tenemos

es porque otros nos han ido salvando la vida,

incesantemente».

Rainer Maria Rilke:

«Amar es una oportunidad,

un motivo sublime que se ofrece

a cada individuo para madurar

y llegar a ser algo en sí mismo,

para volverse mundo».

Para finalizar se me ocurre preguntarte:

¿Cómo andas de amores…… que derriban temores?

Vulnerables, cambiantes y contradictorios !

El mundo ha entrado nuevamente en una espiral de competencia por los recursos naturales y económicos, y allí es donde los países más poderosos desde el punto de vista de los recursos financieros y militares, que están muy emparentados con el desarrollo y dominio tecnológico, juegan en un tablero de ajedrez donde todos buscan el jaque mate cueste lo que cueste. La amenaza de una guerra nuclear devastadora se cierne sobre el planeta, mientras la guerra cibernética y sin soldados a la vista, ha comenzado ya hace muchísimos años.

Adicionalmente a la idea vertida en el párrafo anterior, tuve la oportunidad de leer un mensaje en redes sociales, que decía algo como que las personas vivimos y nos transformamos a medida que crecemos, reconstruyéndonos cientos de veces en nuestras vidas, por lo que algo que nos parecía malo, hoy puede no serlo, y viceversa. Influenciados por nosotros mismos y por el entorno, transitamos procesos adaptativos desde que nacemos, lo que nos posibilita mutar y cambiar de opiniones y juicios, aceptando o rechazando situaciones, a veces no siguiendo un patrón tan definido, por lo que se puede pensar que convivimos con pequeñas (o no tanto) contradicciones, algunas de las cuales pueden llegar a convertirse en una pesada carga, dependiendo del contexto.

La idea hizo sentido en mi mente, y quise buscar una historia de vida donde quede reflejado este concepto, que como siempre digo no tiene por qué ser una verdad indiscutida.  La búsqueda no estaba resultando exitosa, hasta que un aviso publicitario me trajo el nombre de un científico cuya película biográfica, está al tope en las nominaciones a los premios Oscar. A continuación, una breve síntesis de lo que fue su vida y obra, la cual repartió elogios y críticas feroces, amor y odio, casi por igual. La cuestión moral adquiere ribetes superlativos, sobre todo teniendo en cuenta que fue el líder de un proyecto que significó la aniquilación de muchos de seres humanos.

Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica

El 16 de julio de 1945, a las 5:29 horas de la mañana, la vida de un hombre cambió para siempre. Este hombre era el físico Robert Oppenheimer, director del conocido como Proyecto Manhattan (un proyecto creado por el gobierno de Estados Unidos destinado al desarrollo de armas atómicas). Cuando Oppenheimer presenció en Alamogordo, Nuevo México, la bola de fuego previa al hongo nuclear durante la prueba Trinity (nombre en clave que recibió la detonación del dispositivo nuclear) afirmó que el mundo ya nunca volvería a ser igual. Según cuenta la historia, el científico pronunció una frase extraída del poema épico hindú Bhagavad Gita: «Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos».

Nacido el 22 de abril de 1904 en Nueva York, Robert Oppenheimer estudió filosofía, literatura e idiomas (se dice que tenía tanta facilidad para los idiomas que llegó a aprender italiano en un mes). Este hombre polifacético y con múltiples intereses también amaba los clásicos: leía los diálogos de Platón en griego y era un entusiasta del antiguo poema hindú Bhagvad Gita. Oppie, diminutivo por el cual era conocido entre sus allegados, empezó a mostrar interés por la física experimental en la Universidad de Harvard, concretamente mientras cursava la asignatura de termodinámica que impartía el profesor Percy Bridgman. Pero en Estados Unidos, muy pocos centros dedicaban parte de sus programas de estudios a ese tema, por lo que Oppenheimer decidió seguir sus estudios en Europa. Así, fue aceptado como estudiante de posgrado en el famoso Laboratorio Cavendish, nombre del Departamento de Física de la prestigiosa Universidad de Cambridge, que en aquel entonces estaba dirigido por el físico y químico neozelandés Ernest Rutherford.

El joven Oppie no era muy hábil trabajando en el laboratorio, por lo que prefirió decantarse por la física teórica y se graduó con la máxima nota: summa cum laude en 1925. En 1926 se matriculó en la Universidad de Göttingen, en Alemania, para estudiar bajo la supervisión del físico y matemático alemán Max Born. Göttingen era por entonces uno de los principales centros de física teórica de toda Europa. Allí Oppenheimer conocería al futuro Premio Nobel de física Paul Dirac. Pero Oppie seguía siendo muy lento a la hora de terminar cualquier trabajo en el laboratorio, lo que le valió las críticas de Born, que una vez llegó a decirle: «Tú te puedes ir de aquí, pero yo no; me has dejado muchísimo trabajo por hacer». Posteriormente, Oppenheimer estudió en varias universidades más: en Leiden junto a Paul Ehrenfest, en Utrecht donde colaboró con Hendrik Kramers y en Zúrich donde trabajó con el profesor Wolfgang Pauli.

¿El comunista?

Los propios amigos de Oppie lo definían como un hombre de carácter difícil. En la década de 1920, el científico parecía vivir al margen del mundo: no leía los periódicos ni escuchaba la radio. Se enteró del «crack» de Wall Street mientras paseaba con el físico y posterior premio Nobel Ernest Lawrence (seis meses después de que ocurriese). Afirmó que la primera vez que votó fue durante las elecciones presidenciales del año 1936, a pesar de que años antes ya había empezado a interesarse por la política internacional. En 1934, Oppenheimer destinó parte de su salario a apoyar a los físicos que huían de la Alemania nazi, e incluso luchó para conseguirle a Bob Server (futuro miembro del Proyecto Manhattan) un puesto en la Universidad de Berkeley, aunque el director del departamento de física de la Universidad, Raymond Birge, se lo denegó afirmando de que «con un judío en el departamento ya es suficiente».

En 1936, Oppenheimer comenzó una relación sentimental con Jean Tatlock, la hija de un profesor de literatura de Berkeley, y a partir de entonces, y como muchos intelectuales en la época, empezó a sentirse atraído por las ideas comunistas y de izquierdas. Parte de la herencia que había recibido de su padre la destinó a este tipo de causas, entre ellas a apoyar al bando republicano durante la guerra civil española y a financiar actividades antifascistas. Aunque Oppenheimer nunca se afilió oficialmente al Partido Comunista de Estados Unidos, algunos historiadores como Gregg Herken afirman haber hallado evidencias de que el físico sí tuvo relación con el comunismo durante las décadas de 1930 y 1940.

Director del Proyecto Manhattan

Contra todo pronóstico, Oppenheimer fue incluido entre los científicos que compusieron el elenco del Proyecto Manhattan, a pesar de que el FBI había empezado a investigarle en 1941para comprobar si militaba en el Partido Comunista de Estados Unidos. Lo que sí pudieron confirmar es que formaba parte del Comité Ejecutivo de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles, considerada, según la agencia de investigación, una organización que servía de tapadera para realizar actividades comunistas. Así, Oppenheimer fue incluido en el Índice de Detención Preventiva, una lista en la que figuraban todas aquellas personas que, en caso de emergencia nacional, debían ser arrestadas. Por todo ello causó cierto estupor que Leslie R. Groves, alto mando del Proyecto Manhattan y supervisor de la construcción del Pentágono pusiera al frente del proyecto a Robert Oppenheimer. Pero es que el general lo consideraba la persona más idónea para llevarlo a cabo, a pesar de los informes del FBI.

Oppenheimer se dedicó en cuerpo y alma al éxito del Proyecto Manhattan. Pero tras el estallido de las dos bombas atómicas en suelo japonés, en Hiroshima y en Nagasaki, el orgullo que había sentido Oppenheimer tras las pruebas de Nuevo México se convirtió en un terrible sentimiento de culpa. En una visita al presidente Harry S. Truman, Oppenheimer, y frente a un sorprendido presidente, dijo que sentía tener «las manos manchadas de sangre». Cuando el científico salió, Truman, con el semblante demudado y visiblemente molesto, dijo que no quería volver a ver a nunca más “a este mal nacido».

Acusado y perseguido

En 1953, Oppenheimer fue acusado de haber mantenido vínculos con el comunismo y de haber protegido a sospechosos de serlo durante su estancia en Alamogordo. Aunque las acusaciones no pudieron probarse, le retiraron todas las acreditaciones de seguridad. Interrogado de manera despiadada e incluso humillado con detalles de su vida privada, Oppenheimer también fue acusado de estar en contra de la construcción de la bomba de hidrógeno. Según cuenta con todo detalle el historiador Gregg Herken en su obra Brotherhood of the Bomb (La fraternidad de la bomba), el gobierno estadounidense obligó a un general a declarar en falso y se llevaron a cabo de manera ilícita grabaciones telefónicas para implicar a Oppenheimer.

La Federación de Científicos Estadounidenses salió de inmediato en defensa de Robert Oppenheimer, convirtiéndolo en el símbolo de lo que puede llegar a ocurrir cuando un científico, tras hacer un descubrimiento polémico, se sume en un mar de dudas morales y por ello se convierte en víctima de una caza de brujas. En 1963, el presidente Lyndon B. Johnson le hizo entrega del premio Enrico Fermi de la Comisión de Energía Atómica, y en 1966 Robert Oppenheimer moría como consecuencia de un cáncer de garganta. En 2014, el Departamento de Energía de Estados Unidos publicó la transcripción completa y desclasificada de los juicios contra Oppenheimer, y a pesar de que muchos de los detalles ya eran conocidos, el material publicado confirmó que en realidad fue leal a su país y reforzó su imagen de científico brillante perseguido por la burocracia, los celos profesionales y víctima de un juicio injusto.

De la crónica es posible traslucir secuencias de incoherencias y paradojas profundas que llevaron a este científico, a ser preso de episodios impensados, tristes e injustos, mientras quizás pesaba sobre su conciencia la pesada carga, de ser un partícipe relevante para el fin de la segunda guerra mundial, pero para lo cual dos ciudades japonesas y todos sus habitantes fueron borradas de la faz de la tierra.

Jorge Luis Borges, nuestro eximio escritor y pensador se refería a la naturaleza del ser humano de la siguiente manera:

“Como ser humano soy una antología de contradicciones, de gaffes, y de errores, pero tengo sentido ético. Esto no quiere decir que yo obre mejor que otros, sino simplemente que trato de obrar bien y no espero castigo ni recompensa. Que soy, digamos, insignificante, es decir, indigno de dos cosas: el cielo y el infierno me quedan muy grandes”.

Naturalmente genuino !

Vaya paradoja, buscamos la genuinidad en un diamante, en una joya valiosa, pero no hacemos extensiva esa búsqueda en nosotros mismos. A muchos nos sale con facilidad, ocultar detrás de fachadas glamorosas y acciones impostadas, nuestra verdadera esencia. En ocasiones nuestra naturalidad queda velada por la artificialidad y superfluidad de nuestras maneras y procederes.

Debo confesar que siendo el pequeño huraño que nació y vivió en la quinta de sus abuelos, pasando por el joven adolescente estudioso y revoltoso cuyos padres tuvieron que soportar, dando paso a ese universitario dedicado y al mismo tiempo con descuidado perfil que logró recibirse de ingeniero, hasta llegar a una vida laboral y profesional de individualismo al principio, con un creciente sesgo socializador más ligado a la madurez después, complementando con la vida de pareja donde aprendí a cumplir los requisitos, con el amor a sus hijas y la vida familiar como un timón de proa, es menester reconocer que en todos los casos mencionados busqué a veces sin alcanzarla del todo, aquella condición que hoy identifico como GENUINIDAD.

¿Qué definición académica podemos tomar de esa palabra?

Que conserva con total pureza o autenticidad sus características propias o naturales

¿Qué otros conceptos aparecen asociados?

Puro, natural, verdadero, auténtico, propio, acreditado, legítimo, real.

¿Qué otros significados son contrapuestos?

Postizo, falso, adulterado.

Con un razonamiento sencillo podemos inferir que ser genuino, lo que no implica ser siempre igual, tiene sus ventajas.

Podemos hablar de un diamante auténtico, hablando de la joya en sí mismo, pero también para denotar una persona que tiene mucho valor, entereza, y otras cualidades superlativas.

Para completar el cuadro, me gustaría agregar algunas características personales más, a la hora de preguntarnos cuán genuino somos, para lo cual voy a traer a colación algunas ideas desarrolladas, por un psicólogo estadounidense Guy Winch, en su libro Emotional First Aid Book.

Él se refiere a una personalidad genuina cuando:

  1. Tienes una autoestima sólida

Winch afirma que la gente genuina tiene una autoestima sólida. Él señala que cuando se trata de autoestima, demasiado no es bueno, “porque ese es el rango de narcisismo, ese es el rango de los arrogantes y orgullosos”. Asimismo, una autoestima baja tampoco es positiva, evidentemente. En este sentido, los genuinos son aquellos que tienen una autoestima sólida y consistente, por lo que están menos a la defensiva acerca de las cosas en general. Pueden sentirse auténticos, ya que son mucho menos preocupados por las consecuencias de exponerse tal y como son, “porque se sienten bien con quiénes son”.

b. Aceptan sus debilidades

Mientras algunas personas ocultan sus debilidades y se muestran siempre fuertes y a la defensiva como una forma de protegerse de las experiencias perjudiciales o desagradables, otras no temen de mostrarlas o asumirlas. La apertura a los temores y fracasos puede llevarte a aprender y crecer a partir de ellos.

c. Compartes tus verdaderos pensamientos, creencias y opiniones con el mundo.

Las personas genuinas no sólo se toman el tiempo para reflexionar sobre su perspectiva sobre la vida y las experiencias que los llevaron donde están, además pueden fácilmente compartir su “verdadero yo” con quienes le rodean.

d. Están abiertos a dar y recibir elogios.

Winch dice que las personas con baja autoestima a veces luchan con la aceptación de los elogios, porque creen que éstos vienen unidos a altas expectativas que tienen los demás, lo que se traduce en la sensación de estrés.En cambio, quienes son auténticos y mantienen un sólido sentido de la autoestima, no ven condiciones en las alabanzas hacia ellos.

e. Realmente escucha y prefiere conversaciones profundas.

A las personas genuinas les resulta más fácil dejar de lado las distracciones y concentrarse intensamente en una conversación, simplemente porque están verdaderamente interesadas en lo que la otra persona tiene que decir. Cuando la gente es genuina, hay una cierta pureza de sus interacciones y conversaciones, y las conversaciones tienden a ser más interesantes en términos de contenido. Puedes obtener más, puedes explorar más, y puedes descubrir más, porque es mucho más rica la conversación.

f. Los impulsa su voz interior en vez de su entorno.

La principal clave de la autenticidad es saber quién eres y estar a gusto contigo mismo. Además, te has tomado el tiempo de desarrollar ideas informadas acerca de las cosas que te importan, y no adoptar ciegamente lo que los demás hacen a tu alrededor. Las personas que han hecho esto son más claras acerca de los principios y propósitos que conducen sus vidas. “Esto los hace proactivos en lugar de reactivos”.

Leyendo lo que nos trae este psicólogo, puedo hacer por supuesto un análisis mucho más pormenorizado de mi situación personal y recomiendo hacerlo para aquel que desee indagar en su esencia.

Cada uno que tenga la oportunidad de leer esto de seguro encontrará más sentido en alguno de los apartados desarrollados que en otros, o diferirá en sus opiniones, sin embargo, lo propicio es ponerse a pensar un poco.

El tema de hoy, casi desarrollado con maestría por otro pensador, nos pone de lleno en un concepto superador y que sirve de mucho.

Es por ello que nos pregunto

¿Cuán Cerca estás de ser genuino?

Habiendo sido un inconsciente y constante buscador de la autenticidad caigo en la cuenta de que he estado cerca en muchas circunstancias, pero al mismo tiempo, y vaya paradoja, tomando uno de los puntos enunciados, acepto que varias veces he estado lejos.

Aún me quedan algunos años para seguir perfeccionando la coherencia y tratando de ser, por supuesto desde mi transformación personal, lo más parecido al que estoy siendo, a veces con brillo, otras no tanto, y porque no aceptando de mi vocación de aprendiz de autenticidad.

Porque evidentemente la genuinidad es un camino, un proyecto del día a día con visión de largo plazo.

A disfrutar genuinamente de este día soleado, que nos brinda un alivio en este verano oscilante, aunque bastante caluroso, aquí en este suelo de la América del Sur, el continente que nos cobija.

Les dejo una frase final, que no me pertenece:

Lo que te hace auténtico no es tu aspecto físico, ni el lugar en que vives, ni lo que posees. Es algo que siempre viaja contigo: el sentir de tu corazón.

Un cuento de reyes !

La tarde cálida de enero estaba acompañada por un viento vigoroso que refrescaba un poquito el ambiente. Los niños no duermen la siesta. Prefieren acompañar al tiempo con su presencia, ocupados con sus sueños. Por eso la tarde no estaba quieta, sino más bien revuelta y exigida. Los grandes que no son niños no comprenden muy bien la dinámica de la siesta. La desaprovechan en largos sueños, donde no sueñan, sino solo con suerte quizás descansan.

El descanso no es para los infantes porque no está en sus células. No se puede motivar a un niño a descansar porque eso no tiene ningún propósito. Por eso, durante esa tarde víspera de reyes, los niños no descansan. Se encargan de preparar todo para la llegada de esos seres mitológicos tan presentes como escurridizos, tan famosos como el niño que visitaron cuando nacía.

En esta preparación por lo general están solos y creativos, aprovechando lo que tienen a mano, sin grandes estridencias ni materiales comprados. Un poco de pastito por acá, alguna zapatilla, un pequeño recipiente con agua, unas ramitas para encender un fuego, todo bien juntito y en apariencia ordenado. La prolijidad no es muy importante, lo que vale es la intención de ser buenos anfitriones, para esa gente que viene de muy pero muy lejos. Viajar desde los confines de la tierra y pasar por todos los lugares donde hay niños que duermen esperando sus presentes, no es una empresa para cualquiera, porque hacer todo de manera tan silenciosa, exige una concentración especial y mucho compromiso.

Así como los niños creen fervientemente en los reyes, estos por su lado, creen que serán bien recibidos, conservando su anonimato y condición real. La pregunta que siempre surge es si son reyes o no, ya que los libros dicen que los reyes tienen servidores, no tomándose el trabajo de ser serviciales y mucho menos de niños. Hacer estas ofrendas por siglos y siglos, demuestra un grado de constancia superadora, muchos cambios de camellos y mudas de ropa que lavar.

La noche de reyes dura más que las otras, los segundos son como minutos, y los minutos como horas, mientras que los ojos no se quieren cerrar. Dormir en la noche de reyes es harto difícil, completamente inútil quedarse despierto, porque lo mismo no se ve ni se escucha nada. Los niños son impredecibles en su energía, por eso los reyes se vuelven casi invisibles, porque de seguro se las ingeniarían para verlos. Creo que ese es su verdadero poder, desaparecer a la vista de todos, fundamentalmente de los pequeños.

La proeza de millones de regalos, en puntos tan distantes del planeta, sin cometer ningún error, los mantiene super concentrados en sus labores. A la mañana siguiente, los animan las sonrisas y la algarabía de los infantes. Ellos son el sueño de los niños, sin pesadillas ni reprimendas. ¿Cuánto tiempo descansan después? ¿Duermen varias noches seguidas? Recibir tanta energía: ¿Los desgasta o los potencia? Gastar tanta energía: ¿Los impulsa o los hace retroceder?

Después de Navidad y Año Nuevo, se presentan ellos, inaugurando de pleno el calendario que arranca. Buenos regalos y renovadas vibras, para el año que empieza, cuando algunos inician su jardín, su primer grado, o un grado nuevo, en las ciudades, el campo, las serranías, las islas, el mar, y las montañas. Cualquier lugar es apto para su presencia que no falla, a condición de que haya un niño esperando.

Con las expectativas de los niños cubiertas, acaso las suyas queden también saldadas. Probablemente si, caso contrario no hubieran hecho este trabajo por tantos años. Su apariencia física y su color de piel es un condimento de conocimiento universal para los chicos. De tanto andar y andar se llevan consigo a las estrellas, que iluminan su camino. Las tormentas, los vientos gélidos, el sol abrasador, el frío extremo, no los amilanan, más bien los fortalecen.

La postura de reyes de bien les viene de maravillas, porque magníficas son sus intenciones, como cuando conocieron a ese niño llamado Jesús. Oro, incienso y mirra le regalaron. Oro para que brille como rey de reyes, incienso por su esencia divina y mirra por su destino salvador. Regalos prácticos para el viaje que haría ese niño con su familia. Presentes de reyes para uno que tendría destino, pero no ánimo de ser rey. Reyes que se rindieron ante un niño, que tenía la humildad de la grandeza, y mucho amor para dar.

La siesta no es para los niños, menos que menos la siesta en donde se preparan para ser preciados por unos reyes misteriosos e inmateriales. Esa tarde no es para dormir, más bien para degustar la espera, mientras se percibe en el ambiente la magia de que algo ocurrirá. Al final de eso se trata, hechos mágicos que no tienen un origen tan claro, aunque si un propósito muy definido.

En la noche en donde se confunden las ilusiones con los sueños, las vacilaciones con las certezas y la luz con la oscuridad, hay niños que esperan, ese regalo que pidieron a los reyes mágicos, que no sufren de cansancio después de tantas travesías. La noche en donde las cartas no son en vano, cuando la mañana enciende las luces, y ya no hay más agua, ni pasto, ni otros víveres.

Porque la siesta es para jugar y no dormir, mientras los grandes duermen sus sueños para seguir dormidos. Ya falta poco para terminar las cartas, que se demoran tanto como se pueda, tratando de elegir la mejor fantasía de reyes.

La siesta no es para la quietud quieta de las sábanas, ni para la reflexión de las almohadas, se hizo para que los niños no duerman, pidiendo cumplir sus sueños que vienen desde tiempos inmemoriales.

La siesta que es de los reyes se prepara para la noche, que se prepara para la mañana, con ese despertar de energías que buscan con sus ojos, descubrir qué pasó, o si pasó lo que tenía que pasar, amigados con la inocencia de los buenos.

La siesta ya es de los niños, que no duermen….

¿Una teoría no tan descabellada?

Lo que hacemos las personas durante los últimos días de cada año es bastante particular y variado. Más allá de las celebraciones comunes y arraigadas, cada uno de nosotros procesa la recta final de un modo íntimo, cerrado y con apertura limitada. En lo particular el fin del ciclo calendario me invita a bucear sobre teorías y casos científicos de interés. He mantenido esta conducta cuasi obsesiva a lo largo de todos fines de calendario. Es la primera vez que voy a compartir esta costumbre con los lectores de mi blog, más aún, también es la primera vez que lo estoy mostrando abiertamente al público.

En los últimos años, he tratado de encontrar una teoría que vincule al ser humano con algo sobrenatural más allá de Dios. Siendo claro, no tengo conocimientos suficientes para estipular una hipótesis y demostrarla, ya que solo soy un simple ingeniero alejado de la ciencia básica. En esta búsqueda de este fenómeno sobrenatural (en apariencia), es que siempre me he preguntado acerca de que es nuestra conciencia, que la compone, y que pasa con ella cuando dejamos de existir de manera física.

Entre muchas de las teorías que tratan de explicar la conciencia humana o la conciencia en general, surgió hace no muchos años, la idea de que existe una vinculación demostrable entre la conciencia y la física cuántica.

¿Cómo se crea la conciencia?

En la década del setenta, mientras estudiaba medicina, Stuart Hameroff pasó un verano en un laboratorio que se dedicaba a investigar el cáncer, explorando la división celular, conocida como mitosis. Allí observó cómo los cromosomas, duplicados antes, se separaban en dos conjuntos idénticos gracias a unas estructuras llamadas husos mitóticos, compuestos de microtúbulos. Pero había algo que no dejaba de intrigarle: ¿cómo sabían esos microtúbulos qué cromosoma atrapar, a dónde llevarlo y qué hacer con él? Parecía como si tuvieran algún tipo de inteligencia.

Por aquel entonces, la estructura de los microtúbulos recién había sido revelada: eran una especie de rejilla cilíndrica, similar a una matriz de conmutación en informática. Inspirado por esa similitud, junto a colegas de física e ingeniería, dedicó los siguientes 20 años a modelar los microtúbulos como si fueran pequeñas computadoras. Descubrió que esas estructuras diminutas podían procesar información de manera increíblemente eficiente. Cada subunidad de “tubulina” actuaba como un bit que interactuaba con sus vecinos que, al fin y al cabo, formaban un sistema computacional dinámico dentro de cada célula.

Años después, cuando se comenzó a hablar de equivalencia cerebral, el cálculo predominante era simple: modelar cada neurona como un bit que se activaba unas 100 veces por segundo. Según esa lógica, el cerebro humano operaba a una potencia de 10 elevado a 16 operaciones por segundo por neurona. Pero Hameroff tenía un enfoque distinto: decía que cada neurona contenía mil millones de tubulinas, capaces de conmutar a 10 megahercios. Eso elevaba el cálculo a 10²⁷ operaciones por segundo por cerebro, un número muy superior.

Hay toda esa enorme computación en marcha en el cerebro. Ahora vamos a la importante, ¿cómo explica eso la conciencia?

La respuesta a esa pregunta llegó cuando leyó «La nueva mente del emperador», de Roger Penrose, que recibió el Premio Nobel de Física en 2020 por su trabajo sobre los agujeros negros. En aquel libro, Penrose sostenía que la conciencia no podía explicarse solo con computación. Hacía falta un fenómeno más profundo, relacionado con la física cuántica. Aseguraba que la conciencia surgía a partir de un proceso llamado reducción objetiva (OR), un colapso espontáneo de superposiciones cuánticas vinculado a la estructura fundamental del espacio-tiempo. Pero faltaba un detalle: ¿qué dispositivo en el cerebro era capaz de operar a nivel cuántico?

En busca de esa pieza clave, Hameroff le escribió a Penrose y le sugirió los microtúbulos. Penrose no solo estuvo de acuerdo, sino que juntos desarrollaron la teoría de “reducción objetiva orquestada” (Orch OR). Según la hipótesis, los microtúbulos dentro de las neuronas serían los responsables de procesar información cuántica, conectando la actividad cerebral con la geometría más básica del universo.

La teoría Orch OR, publicada por ambos en la edición de 1996 de Mathematics and Computers in Simulation, postula que la conciencia se crea cuando los microtúbulos dentro de las neuronas procesan información cuántica, como si fueran computadoras diminutas que mantienen múltiples opciones abiertas al mismo tiempo, similar a cómo un malabarista mantiene varias pelotas en el aire. En algún momento, estas opciones “colapsan” en un solo estado definido mediante la reducción objetiva, que está relacionado con las leyes más fundamentales del universo. El colapso no solo organiza la información, sino que produce un momento de experiencia consciente. Es como si el cerebro resolviera un rompecabezas cuántico en tiempo real, y cada vez que colocara una pieza, surgiera la sensación de “ser”.

La conciencia es un misterio que aún desconcierta a la ciencia. Hameroff optó por un camino opuesto al tradicional. Abordó la conciencia desde su larga carrera como anestesiólogo en la Universidad de Arizona. Según dice, aunque no podemos medir la conciencia directamente, sí sabemos lo que desaparece cuando se pierde bajo los efectos de la anestesia.

En esos estados, el cerebro no se detiene por completo. Procesos inconscientes, como los “potenciales evocados” que responden a estímulos sensoriales, continúan en funciones. La actividad se monitorea durante cirugías para asegurarse de que la médula espinal no sufra daño, y aunque llegan al cerebro y se transmiten a la corteza frontal, algo esencial falta: la conciencia desaparece.

El misterio radica en cómo los anestésicos, moléculas simples que se adhieren a distintas áreas del cerebro, logran borrar la conciencia de manera tan precisa mientras otros procesos permanecen intactos. Hameroff cree que se debe a que la conciencia opera a través de mecanismos cuánticos por demás organizados, los cuales se alteran o se “desconectan” al interactuar con los anestésicos. Según su teoría, los procesos cuánticos ocurren en los microtúbulos, estructuras ínfimas dentro de las neuronas que funcionarían como una especie de procesadores.

Sin embargo, desde el mismo momento de su publicación en 1996, la teoría de la conciencia cuántica despertó una avalancha de críticas. El mismo Stephen Hawking, por ejemplo, los acusó de caer en una “falacia holmsiana”, argumentando que conectar dos misterios –la conciencia y la gravedad cuántica– no los hace compatibles por defecto.

Además, la mayoría de los físicos y biólogos señalan que el entorno del cerebro, cálido, húmedo y lleno de ruido, parece incompatible con las condiciones delicadas que requieren los procesos cuánticos. A diferencia de los laboratorios de computación cuántica, que operan a temperaturas cercanas al cero absoluto, el cerebro humano funciona en un ambiente hostil. También hay quienes aseguran que no es necesario recurrir a la física cuántica para explicar la conciencia, ya que la neurobiología clásica ofrece respuestas suficientes.

Hameroff no se deja intimidar por las críticas. Responde que ya existen ejemplos en la naturaleza donde procesos cuánticos operan en entornos similares al del cerebro. La fotosíntesis en las plantas explica, utiliza coherencia cuántica para captar luz de manera eficiente, incluso en condiciones no ideales. “Si una papa puede hacerlo, no hay razón para pensar que el cerebro humano no pueda”, ironiza. También señala que los anestésicos actúan en regiones del cerebro no polares, similares al aceite, que son reacias al agua. Estas zonas están presentes en las proteínas de los microtúbulos y parecen diseñadas para proteger la coherencia cuántica.

La biología cuántica, un campo que apenas existía cuando Hameroff y Penrose publicaron su propuesta, abrió nuevas puertas. La evidencia de interacciones cuánticas en sistemas vivos, como en la fotosíntesis, sugiere que la mecánica cuántica no está reservada a experimentos de laboratorio ultra fríos, sino que opera también en entornos biológicos cotidianos. Un estudio reciente de la Universidad de Howard incluso destacó cómo los microtúbulos podrían albergar efectos cuánticos, un hallazgo que no confirma Orch OR directamente, pero sí debilita los argumentos de quienes niegan su viabilidad.

Además, la presencia cada vez más omnipresente de la inteligencia artificial reavivó el interés en la conciencia como tema central. ¿Es la conciencia un mero producto del cálculo avanzado o hay algo más trascendental, que incluye la física, en juego?

Esto cambiaría completamente cómo tratamos las disfunciones cognitivas y mentales. Hoy atacamos los síntomas con medicamentos dirigidos a receptores de membrana y sinapsis. Pero si los microtúbulos son la base de la conciencia, deberíamos enfocarnos en ellos. Por ejemplo, en enfermedades como el Alzheimer, en las que los microtúbulos se deterioran, podríamos usar tecnologías como la ecografía transcraneal para resonarlos y revertir el daño cognitivo.

Hameroff también sugiere que fenómenos como las experiencias cercanas a la muerte podrían tener una base científica: “La no localidad cuántica podría explicar cómo las personas sienten cosas que trascienden el espacio y el tiempo. No estoy diciendo que eso pruebe la reencarnación, pero tampoco podemos descartarlo sin más”.

Antes de que existiera la vida, incluso en la sopa primordial, podrían haber existido estados de conciencia rudimentaria que dieron origen a los primeros organismos. Eso cambia por completo cómo entendemos nuestra existencia.

Una teoría que alguna vez fue ridiculizada como improbable ahora se erige como una propuesta desafiante y viable, que empuja los límites de lo que sabemos sobre cómo funciona el cerebro y cómo la conciencia, ese concepto escurridizo, aflora.

La búsqueda de respuestas recién comienza, mientras mi cuasi obsesión continua firme.

Derecho de opinar !

Los sistemas políticos de gobernanza predominantes en el mundo son las democracias, con todas sus variantes y modalidades. Uno de los principios básicos que comparten la mayoría de las democracias es el de “la libertad de expresión”, englobando por tanto “el derecho a opinar” sobre todo aquello sobre lo cual se nos ocurra expresar un juicio de valor. Las democracias garantizan que el derecho de cada uno de nosotros a expresarnos con absoluta libertad sea respetado, o lo que es lo mismo decir no sea objeto de censura total o parcial. Las cartas magnas de estos sistemas de gobernanza tienen por lo general incluido este principio que garantiza la libertad de expresión, como uno de los más fundamentales, sobre el cual no existen dudas, ni consideraciones de aplicación.

Por el contrario, un sistema político, del tipo antidemocrático, no tiene como premisa fundamental el respeto por la libertad de expresión, sino más bien la uniformidad de opiniones, sobre la base de un pensamiento rector y organizador supremo, que representa la conciencia colectiva o pública, en una especie de masificación de las opiniones. Todo lo que este alineado con las ideas rectoras, puede ser sancionado censurado, llegando a incluso a considerarse un delito verter opiniones contrarias a los principios que rigen el gobierno, los cuales no suelen estar limitados al ámbito político, sino que abarcan otras esferas, tales como el derecho, la familia, el trabajo y muchos más.

En un plano vinculado con las relaciones humanas, vale decir la esfera individual o social, verter una opinión sobre algo o alguien, tiene otros condimentos, relacionado con los juicios de valor, los cuales pueden ser fundados, infundados, o disolutivos. Una opinión fundada es, por ejemplo, si decimos que una persona es poco comprometida con los horarios, producto de que reiteradamente llega tarde, hecho evidenciado por la marcación de relojes de ingreso. Por tanto, una opinión fundada lo hace sobre hechos, en un dominio acotado y un tiempo especificado. Por otro lado, un juicio de valor infundado no tiene estos tres aspectos cubiertos en su totalidad. Refiriéndonos al mismo caso anterior, yo no podría decir lo mismo, si la persona en cuestión sólo hubiera llegado tarde una sola vez, en un lapso de un año. La tercera clasificación de las opiniones o juicios es cuando, mi opinión no sólo no tiene ningún fundamento, sino que busca destruir la credibilidad, la buena honra o a la persona o hecho en si mismo. Por ejemplo, un juicio disolutivo es cuando sin mediar ningún fundamento expreso que la democracia es una porquería que no sirve para nada, o me refiero a tal o cual persona como un ladrón o asesino.

En este mundo de las opiniones y de la libertad para expresarlas, la única garantía que existe es esa misma, pero esto no debe confundirse con que esa opinión deba ser compartida, validada o respetada por otras personas, aun cuando haya sido libremente expresada. Para ponerlo en ejemplo, una persona puede opinar que las personas calvas total o parcialmente, no deben ser tomadas en ningún trabajo, porque eso afecta la imagen corporativa de la empresa. Yendo más lejos aún, alguien puede opinar que los que no piensan como ellos, deben ser desterrados y puestos en prisión. Nadie puede ir en contra de que una persona exprese esas opiniones, pero al mismo tiempo esas opiniones por lo general no son validadas, porque ponerlas en práctica, implica violar otros derechos humanos o sociales, que tienen igual jerarquía fundamental. Esa opinión que atenta contra otros principios fundamentales puede no ser digna de respeto para otras personas, las cuales pueden condenar no la libertad de expresarlas, sino el contenido de estas.

Las democracias tienen el trabajo esencial de garantizar el derecho de opinar libremente, del mismo modo que tienen la obligación de custodiar que otros derechos individuales no se vean afectados por las opiniones de algunos. Los pensamientos unilaterales que se desprenden de los regímenes totalitarios impiden la libertad de expresión, por lo tanto, la discusión no queda en torno a si una opinión vertida es respetable o no, según lo que manifiesta, sino que esa instancia se cierra en un estamento previo. Solo puedo opinar en la medida que mi opinión no contradiga el espíritu de la idea rectora que conduce a la sociedad en su conjunto.

El respeto para expresarse en disenso sobre los temas que son de interés público, en las esferas sociales e individuales, es la base sobre la cual la sociedad evoluciona, siendo obligación del sistema de libertades el garantizar que ese disenso puede ser comunicado. El no respeto por ese derecho diferencia un régimen basado en la libertad de otro basado en las expresiones alineadas y únicas.

El mundo está polarizado en sistemas políticos en donde hay o no hay respeto por las libertades humanas y eso incluye el derecho a expresarse libremente.

En lo personal fui educado en el seno de una familia en donde este principio de libertades era aceptado y promovido. Siendo joven mi padre perdió su trabajo de ese momento en un organismo público, por no aceptar llevar obligatoriamente el luto por la muerte de un personaje político público. Prefirió la coherencia a pesar de las consecuencias.

El derecho a opinar no puede ser censurado de ninguna manera según mi punto de vista.

Mi opinión por otro lado me puede valer el respeto o no, dependiendo del contenido que se vierte en la misma.

Una cuestión no quita a la otra.

Celebrar la vida !

¿De cuántos momentos relevantes se compone la vida?

Si equiparamos la vida a una narración, podríamos decir que existe un inicio (nuestro nacimiento), un desarrollo o nudo (los años que vivimos), y un desenlace (nuestra muerte o desaparición física). Allí dos hitos, el inicio y el final, sobre todo el primero, no están en nuestro control. Sobre el final podemos decir muchas cosas, respecto del cuidado que le damos a nuestro devenir para llegar lo más entero y con muchos años encima a ese punto, pero nuestro final es incierto y la fecha de expiración desconocida. La teoría de que nuestro destino está trazado no fue nunca demostrada, como tampoco sabemos que existe para nosotros más allá de la frontera de la muerte, que pasa con nuestra energía, quien se la queda.

Respecto del desarrollo o devenir, allí si podemos decir que desde el momento que adquirimos cierta conciencia, somos en cierta manera artífices de nuestro propio destino, dentro de nuestras limitaciones físicas, sociales, emocionales y racionales, sobre las cuales asimismo podemos trabajar y mejorar.

La suerte nos puede acompañar, como también lo hace la mala fortuna. Ante ambas circunstancias podemos reaccionar de tal o cual manera, de modo tal que no son los hechos, sino como reaccionamos a los mismos, los que nos definen en cierta medida como seres humanos, como víctimas o protagonistas.

En esta dinámica de decisiones acertadas, erradas o a medias, nos movemos en un mundo con las antenas emocionales alertas, dentro del espectro racional y social. Los hitos relevantes y sustanciales, aquellos que marcan un antes y un después en nuestras vidas, no son tantos si los comparamos con otros tantos, que son más rutinarios y comunes. Nos ha sido dado el regalo de vivir, como una oportunidad única de ser y dejar un legado.

La dinámica de celebrar o festejar esos logros no puede ser minimizada.

Cada estadio educativo alcanzado, es un hecho superlativo, como lo son nuestro primer trabajo, nuestro primer amor, nuestra formación de una pareja, las promociones laborales, la consecución de un proyecto por el cual trabajamos mucho, nuestra empresa, nuestros hijos y el más habitual de todos nuestro cumpleaños.

También es muy bueno sentir felicidad por los logros de otros. Celebrar que otros hayan alcanzado los objetivos es gratificante. Hacer un alto en el camino para festejar es uno de los acontecimientos más edificantes.

La dicha es aún mayor cuando esos otros, son tus hijos. Sin duda alguna, que tus hijos alcancen objetivos de realización personal es todo un acontecimiento en sí mismo.

Esta semana como papá y mamá, nos tocó cerrar el ciclo secundario de nuestras hijas mellizas, Emilia y Paula. Una gran fiesta que unión a todos los papás, familiares y egresados. Terminar el colegio secundario, no es un fecho menor, ya que después se da inicio por lo general a la vida laboral y de estudios universitarios.

Eugenia mi esposa, nos compartió un collage de fotos desde su niñez más temprana, hasta sus dieciocho años recién cumplidos. Es muy reconfortante saber y palpar su progreso personal, y aún más caer en la cuenta de que con tan corta edad, han adquirido valiosas cualidades como persona. Son mellizas con expectativas diferenciadas, y con el propósito común de iniciar sus ciclos universitarios, Emilia en relaciones internacionales y Paula en ciencias económicas. Además, han evolucionado y mucho en el aprendizaje de idiomas, dentro de las distracciones propias de la adolescencia.

Mención especial, para Eugenia que ha sido durante estos años la base de sustentación de su desarrollo, con su presencia, dedicación y amor incondicionales.

Los agradecimientos son una especie de reconocimiento de nuestras propias debilidades, que otros se encargan de disimular y acompañar con su presencia. Por eso festejar y ser agradecido es una distinción que nos eleva por encima de nuestras propias carencias, destacando lo mejor que sabemos hacer, aunque muchas veces no lo hagamos: vivir con alegría.

En este nudo mezcla de conciencias e inconciencias, que definimos como vida, reconocer los momentos únicos e irrepetibles y celebrarlos, resulta ser una bendición.

Como papá siento orgullo por el crecimiento de mis hijas, por sus logros, sus grandes aciertos y sus errores.

Esta breve reseña de hoy es muy personal y sentida. Desde la escritura que es una de mis pasiones escondidas, intento poner en palabras, lo que el corazón siente, ese inmenso amor y cariño por esas pequeñitas que vinieron juntas a compartir nuestras existencias.

Un reconocimiento especial, para Lucia las más pequeña, ese ser lleno de luz que pone su energía todos los días, para hacer a cada minuto algo nuevo.

Para culminar una poesía que dio origen a una excelsa canción, que resume lo que quiero transmitir:

Honrar la vida

No permanecer y transcurrir

No es perdurar, no es existir

Ni honrar la vida

Hay tantas maneras de no ser

Tanta conciencia sin saber

Adormecida…

Merecer la vida no es callar y consentir

Tantas injusticias repetidas…

¡Es una virtud, es dignidad!

Y es la actitud de identidad ¡más definida!

Eso de durar y transcurrir

No nos da derecho a presumir

Porque no es lo mismo que vivir…

¡Honrar la vida!

¡No permanecer y transcurrir

No siempre quiere sugerir

¡Honrar la vida!

Hay tanta pequeña vanidad

En nuestra tonta humanidad

Enceguecida

Merecer la vida es erguirse vertical

Más allá del mal, de las caídas…

Es igual que darle a la verdad

Y a nuestra propia libertad

La bienvenida…

Eso de durar y transcurrir

No nos da derecho a presumir

Porque no es lo mismo que vivir…

¡Honrar la vida!

Felicitaciones y Felicidades Emilia y Paula!

Los sonidos del silencio !

Vivimos inmersos en un mundo urbano plagado de sonidos y ruidos. La sensación de que nuestros niveles de ruido son más altos en la era moderna que en la antigua, tienen su correlato en datos comparativos que muestran nuestro grado de exposición creciente al ruido.

Si hacemos una comparación en dB (unidad de medida) de la intensidad sonora, los porcentajes de incremento son realmente importantes.

Vida Antigua (antes de la industrialización)

– Entorno natural/rural: ~20–40 dB

    – Sonidos de pájaros, viento en árboles, agua de río → 20–30 dB.

    – Conversación tranquila: 30–40 dB.

– Ciudades pequeñas o pueblos: 30–50 dB

    – Actividades cotidianas (caballos, carretas, mercados pequeños) → 40–50 dB.

Vida Moderna (hoy en día)

– Hogar promedio (TV, aire acondicionado, refrigerador): 40–60 dB

– Tráfico urbano (autos, motos, camiones): 70–85 dB

– Cafetera, aspiradora: 70–80 dB

– Conciertos, clubes: 100–120 dB

– Ambiente de oficina abierta: 55–65 dB

¿Por qué la diferencia?

– Mecanización y tecnología: Motores, vehículos, maquinaria pesada, electrodomésticos.

– Densidad poblacional: Más gente, más actividades simultáneas.

– Urbanización: Construcción, tráfico, sistemas de transporte.

Un dato curioso:

El oído humano percibe un aumento de 10 dB como el doble de volumen. Pasar de 40 dB (vida antigua) a 80 dB (ciudad moderna) no es solo el doble, ¡es 16 veces más energía sonora!

El ser humano vive en un mundo de comunicaciones, sonidos incesantes, sin lugar para el silencio, el cual cada vez tiene menos adeptos.

¿Podemos oír el sonido del silencio? ¿O es el silencio la mera ausencia de sonidos?

A pesar de siglos de reflexión, estas preguntas siguen siendo difíciles de responder. Sin embargo, en un estudio reciente, los investigadores han abordado el debate desde un punto de vista científico y sus conclusiones sugieren que el silencio es, de hecho, un sonido.

Históricamente, la naturaleza del silencio se ha dividido en dos perspectivas. La perceptiva y la cognitiva. La perceptiva sostiene que realmente oímos el silencio, mientras que la cognitiva postula que simplemente juzgamos o inferimos su presencia a partir de la ausencia de otros sonidos.

Hasta ahora, hasta que surgió esta investigación, no había habido una prueba empírica clave para esta cuestión. Y eso es lo que se intentó hacer.  

Para poner a prueba el silencio, los investigadores trabajaron en una serie de ilusiones sónicas para ver si la gente percibe el silencio igual que oye los sonidos, desde una perspectiva cognitiva.

«La estrategia era comprobar si algunas de las ilusiones auditivas que se producen con el sonido también ocurren con el silencio».

Al igual que las ilusiones ópticas, que engañan a la gente con lo que ve, las ilusiones auditivas pueden hacer que la gente oiga los sonidos como si fueran más largos o cortos de lo que realmente son. Un ejemplo es la ilusión de «uno es más», en la que un pitido largo parece más largo que dos cortos consecutivos, aunque las dos secuencias sean igual de largas.

En pruebas realizadas con más de mil participantes, y para comprobar empíricamente la naturaleza del silencio, el equipo cambió los sonidos típicos de la ilusión «uno es más» por momentos de silencio, transformando la ilusión auditiva en lo que denominaron «la ilusión «un silencio es más»».

La ilusión «un silencio es más» presentaba a los participantes pistas de audio que reproducían entornos bulliciosos como restaurantes, mercados y estaciones de tren. En ellos, el equipo insertó momentos de interrupción repentina, que daban lugar a breves silencios. A continuación, se pedía a los participantes que midieran cuál de los silencios era más largo, a pesar de que ambos tenían la misma duración.

La gente pensaba que un silencio largo era más largo que dos silencios cortos. En otras palabras, la ilusión de un silencio es más produjo los mismos resultados que la ilusión original de uno, es más.

Uno de los investigadores afirmó: «Vaya, esto sí que funciona. Lo hice, lo programé y sabía que la duración de las secuencias de silencio era la misma, pero cuando lo oí, parecía que la secuencia de silencio era más larga».

El hecho de que estas ilusiones basadas en el silencio produjeran exactamente los mismos resultados que sus homólogas basadas en el sonido sugiere que las personas oyen el silencio igual que oyen los sonidos, porque implica un procesamiento cognitivo similar entre ambos.

«El planteamiento era preguntar si nuestros cerebros tratan los silencios igual que tratan los sonidos. Si con los silencios se obtienen las mismas ilusiones que con los sonidos, entonces eso podría ser una prueba de que, después de todo, oímos literalmente el silencio”.

«El mismo procesamiento cognitivo que se produce con el sonido también se desencadena con los momentos de silencio. Y dado que el sistema auditivo trata estos momentos de silencio igual que un sonido, esto sugiere que podemos tener experiencias auditivas del silencio».

Los resultados podrían explicar «por qué cuando uno camina por una calle concurrida y entra en un espacio silencioso, se siente como golpeado por el silencio, y por qué los momentos de silencio durante una representación teatral o una pieza musical ejercen una fuerza tan intensa».

«Hay al menos una cosa que oímos que no es un sonido, y es el silencio que se produce cuando los sonidos desaparecen».

«Los tipos de ilusiones y efectos que parecen exclusivos del procesamiento auditivo de un sonido, también los tenemos con los silencios, lo que sugiere que realmente también oímos las ausencias de sonido».

Aunque el estudio no permite comprender cómo procesa el cerebro el silencio, los resultados sugieren que las personas perciben el silencio como un tipo de «sonido» propio, no sólo como un espacio entre ruidos.

Los investigadores planean seguir explorando hasta qué punto las personas oyen el silencio, incluyendo «lo que podríamos llamar silencio puro, que son silencios que no se oyen en contraste con el sonido».

«Por ejemplo, los silencios que se oyen durante la meditación o cuando se mira por la ventana y se escucha la tranquilidad de la noche».

Parecer ser que los sonidos del silencio existen de manera cognitiva, en un mundo donde los silencios no abundan, produciendo estrés sonoro de manera creciente.

Recuperar los espacios de silencio o niveles de sonido bajos, es la clave para escuchar “los sonidos del silencio”.

El arte de filosofar !

Practicar el pensamiento y ponerlo en acción no es sólo para intelectuales.  Filosofar no es un ejercicio vedado a una élite de elevado coeficiente intelectual, o de una determinada clase social o un club al cual se ingresa por invitación, un ingreso económico base o por la aceptación de ciertos preceptos o dogmas. Al contrario de todo esto, filosofar es un acto de libertad pura y dura, tal que, si después de filosofar esto se ha transformado en una corriente firme que no deja lugar a dudas ni disensos, ya se convierte en una elección, dejando de lado el propio origen de la entraña filosófica: el asombro, la duda o la curiosidad.

¿Entonces, para qué sirve la filosofía? Se podría responder esta pregunta apelando a frases de reconocidos pensadores y encumbrados filósofos; pero eso, no sería nada filosófico de mi parte. No creo razonable abordar una temática si al menos no se practica o conoce. Y para responder esta pregunta es preciso hacer un ejercicio personal de crítica y pensamiento. Al menos algo está claro: la filosofía como ya dijimos se trata de pensar.

Una pregunta tan sencilla conlleva desde las respuestas más sosas a las más crípticas. Por lo general, todo intelectual se siente filósofo: aquel que formula preguntas que nadie más hace; que no teme a enfrentarse a cuestionamientos o temáticas que rocen el absurdo. Sin embargo, esta cuasi definición es tan funcional para describir a Platón como para describirnos a nosotros mismos con dos tragos de más y embelleciendo palabras para seducir a una dama. Si fuera así, tendría que conceder a la filosofía el dominio sobre el reino de las cosas inútiles.

Salvo algunos afortunados, pocos han sido los filósofos a quienes se les ha atribuido algún resultado concreto. Trátese de Camus o de algún pensador de taberna, filosofar ha devenido un ejercicio lúdico. Ante cualquier acusación de futilidad se alega como defensa que “la mayoría es demasiado ignorante como para preocuparse de las preguntas que verdaderamente importan”. El problema es que “el Ser”, “el sujeto”, o la irremediable dicotomía entre fenómeno y esencia no sirven para cocinar, vestirse, o salir de paseo.

Por más de varias décadas se ha pensado en la filosofía con la tozudez del romántico, pero no se ha sido capaz de digerir la idea de que algo que amamos (los que la amamos) tanto sea tan lúdico o inútil. Nada ha logrado convencer ha nadie para explicar de fondo a la filosofía y ahí está su magia.

Yendo a la etimología de la palabra filosofía de “filos” y “sophia” significa “amistad al conocimiento”. A diferencia del sabio, el filósofo no se las sabe todas. Es un humilde receptáculo. La verdad o utilidad de las cosas no es una cuestión que dependa de su criterio. Esta idea etimológica por supuesto está enraizada a la imagen que nos llega del primer proto-filósofo Sócrates: un viejito supuestamente andrajoso que se dedicaba a hacer preguntas incómodas a gente desconocida.

Al pobre Sócrates por ser tan incómodas sus preguntas lo condenaron a muerte. Vivir cuestionándolo todo no es un modo de vida recomendable. Tampoco hacer lo contrario. No te ganas el pan así; no produces nada así. Cuestionar es una forma de destrucción y la destrucción indiscriminada, salvo en la guerra, nunca ha sido un buen oficio. No nos extrañe que alguien que se dedique al cuestionamiento sea tratado en la mayoría de los casos (siempre que no triunfen sus cuestiones) como un enemigo. De hecho, la construcción de la sociedad se basa en ejercicios antagónicos de ideas en pugna, amparados por verdades filosóficas que a nadie le conviene tanto discutir.

De lo anterior se deduce que por más filósofos que existan, no existe tal cosa como el oficio de filosofar. Nadie se dedica a filosofar para vivir (sino más bien para morirse de hambre). Pero también hay una realidad muy aplastante: no hay ningún ser humano que en su haber cotidiano no se haga cuestionamientos a sí mismo o a las demás. Por lo que filosofar termina siendo un arte, que hay que saber en dónde cuándo y cómo practicar.

Si filosofo es el que filosofa, y filosofar tiene que ver con formular preguntas incómodas, entonces todo ser humano durante su vida se comporta filosóficamente. Esta idea pone en entredicho que la Filosofía sea un arte o ciencia creada por los griegos y cultivada en occidente. Incluso demerita la idea de que la Filosofía se originó en Oriente. Continuar esta línea de pensamiento supondría una comprensión más amplia.

No existe un solo avance de la humanidad que no haya partido de un cuestionamiento. Cuando leemos (o intentamos leer) los estudios de Einstein sobre la Teoría de la Relatividad vemos que pone en entredicho a la física de su época; lo mismo pasa con otros científicos, con las ciencias técnicas, con los oficios, y así sucesivamente hasta llegar a preguntas tan simples peo complejas, como “¿por qué sigo enfrascado en situaciones que no me traen rédito?”.

Asumiendo esta idea podemos entonces identificar al primer filósofo de la historia humana; incluso visualizar el momento exacto en el que hizo su primer descubrimiento: “contemplando un árbol fulminado por un rayo, sintió el calor del fuego, los miembros de su tribu les temían a las llamas, pero él cuestionó la naturaleza salvaje del fuego. Se aproximó al árbol. Tomó una rama. Encendió la primera hoguera. Calentó a su familia, iluminó la noche y espantó a las fieras”.

Pensar no es algo que se pueda arrancar del ser humano. Un niño de apenas 5 años puede hacer más de 300 preguntas en un día. Y más de 300 veces en la vida un adulto se hace preguntas cual si fuera un niño. Filosofar es atreverse a descubrir algo nuevo en lo conocido. Es plantearnos aquellas preguntas que (parafraseando a un amigo) nos preguntamos con la aspiración de no caer en las mismas preguntas. Escribir es para mí un ejercicio de filosofía y una terapia que sigo todos los fines de semana. Eso no me convierte en un filósofo, aunque al menos me acerca a un pequeño oasis de cordura o de locura, según como se vea.

Durante siglos la filosofía ha sido concebida como una carrera cuyo contenido se apoya fundamentalmente en las ideas de los filósofos conocidos. No forma pensadores, sino antologadores del pensamiento. Y es importante estudiarlos, pero también darles salida. Se ignoran otros campos del conocimiento que sirvan para encaminar inquietudes, y la vacuidad de la investigación se disimula con la rareza o la oscuridad. Esto es fruto de un sostenido problema de enfoque.

Hegel u otros filósofos no sirven para nada por sí solos, como tampoco sirve para nada saber resolver problemas matemáticos que devengan en ecuaciones de “3 con 3”. Pero sirven para entrenar la capacidad de identificar problemas y de resolverlas. Por algo Platón, al fundar la Academia instituyó como requisito obligatorio que los estudiantes dominasen la matemática.

Filosofar es como correr: todos podemos, pero eso no quiere decir que todos somos atletas; enfrentar la calidad de nuestras ideas contra los grandes hombres y mujeres de la historia del pensamiento es como competir contra campeones olímpicos, lo bueno está en replicar algunas de sus conductas.

La calidad de las ideas puede ser medida en la práctica misma del pensar. Usualmente la gente se confunde y valora como filosófica cualquier reflexión por lo oscura y bizarra que sea. No. Las preguntas filosóficas son aquellas que ponen en duda la utilidad de preguntas inútiles. Y así como cambia la vida y el cosmos, lo hacen los problemas. Por ende, siempre harán falta nuevas preguntas ya sea para resolver problemas nuevos o para recordarnos los límites de lo contestable.

Es un hecho: aquellas personas que leen a consciencia tratados de filosofía son capaces de sacar los enfoques más increíbles o de ver lo que nadie más ha visto. A veces el problema se encuentra en las cosas más obvias y las soluciones, a la vuelta de la esquina.

Mirar el mundo con ojos renovadores, poner en entredicho lo obvio, dejar de canonizar lo establecido: todas estas actitudes son necesarias en la vida de cualquier individuo o sociedad. Cuestionar es vital para avanzar y sobrevivir. La filosofía no se halla enclaustrada en las palabras de personas que ya no existen.  Es, por el contrario, fluencia; hacer correr la mente al ritmo de los latidos del corazón.

¿Para qué sirve entonces la Filosofía entendida como la acción de filosofar? Sirve para identificar y resolver problemas. Tan sencillo como eso. Si no identifica y no resuelve, pues ni sirve, ni es Filosofía.

El arte de filosofar no es ni más ni menos que eso, un conjunto de pensamientos que nos ayudan o intentan ayudarnos para resolver problemas, colaborando para que tomemos las que creemos son las mejores decisiones.

Se puede vivir sin filosofar, por cierto que sí.

Se puede vivir mejor aplicando la filosofía: es probable que sí.

La física del contacto !

Admirador de la física, incluyendo a su más joven rama, la denominada “física cuántica”, es que a menudo me pregunto, en qué consiste que dos cosas (una pelota con el suelo, la rueda de un auto con el pavimento) se toquen. Cuando nos damos un abrazo, realmente se trata de algo que realmente sucede o es una aproximación lo más cercana posible que nuestros sentidos alcanzan a percibir como un contacto. Hasta que punto dos elementos se atraen o se repelen, en el momento de la proximidad que denominamos contacto.

Cuando comenzamos a estudiar la estructura de los átomos ves que la capa más externa de TODOS es una nube de electrones cargados negativamente. Si ahora intentas mirar a tu alrededor intentando imaginar esos átomos en todo lo que ves, podrías llegar a una pregunta muy lícita:

Si las cargas del mismo signo se repelen, y la parte más externa de todos los átomos tiene la misma carga (negativa), ¿se repelen los átomos entre sí? ¿Significa eso que nunca llegan a tocarse?

O en otras palabras más dramáticas…

¿NUNCA HEMOS TOCADO NADA?

Una fuerza es una interacción en dos cuerpos cuyo resultado es la modificación del estado de reposo o movimiento uniforme de estos (aunque no coincida esto con Aristóteles).

Dicho en palabras llanas, llamamos fuerza al agente que aplicado sobre un objeto lo acelera (y acelerar implica tanto ganar velocidad como perderla y también cambiar la dirección de esta).

Por ejemplo, hace falta una fuerza para mover el carrito de la compra (venciendo el rozamiento del suelo), para empujar un coche que se ha quedado sin batería o para tomar una curva con la moto (en este último caso, el rozamiento con el suelo te ayuda a no seguir en línea recta con una fuerza centrípeta).

Todos estos ejemplos tienen algo en común: la fuerza se produce como resultado del contacto entre dos cuerpos. Por eso se les llama fuerzas de contacto.

Por contra, cuándo una manzana cae al suelo desde el árbol, la Luna orbita a la Tierra, o dos imanes se repelen, no es necesario el contacto entre dichos cuerpos para que la fuerza aparezca. Hablamos, pues, de fuerzas a distancia.

Si volvemos al párrafo de inicio: si realmente la materia está hecha de átomos, y la interacción entre átomos ha de ser eléctrica (fuerza a distancia), ¿realmente existen las fuerzas de contacto?

Lo que realmente ocurre cuando empujamos algo, es que los electrones de los átomos más externos repelen a los electrones de los átomos más externos de ese algo. Esta repulsión los acerca a la siguiente capa de átomos, que se sienten repelidos a su vez, etc. Finalmente, ese algo se siente empujado como un todo ya que sus átomos están ligados entre sí, pero a escala atómica… ningún átomo ha contactado con ningún otro. Las fuerzas de contacto no existen, todas las fuerzas de contacto son fuerzas eléctricas vistas desde una perspectiva macroscópica.

Podríamos decir: bueno, si hago mucha fuerza, conseguiré que haya contacto entre átomos, de igual manera que consigo que dos polos iguales de dos imanes se toquen si aprieto lo suficiente.

La cosa es que la ley que gobierna la fuerza con la que se repelen (o atraen) las cargas es la ley de Coulomb:

Y como podemos comprobar, si la distancia entre las cargas r tiende a cero la fuerza F tiende a infinito.

Lo que quiere decir es que lo que llamamos “tocar” es, en primera aproximación, que tus electrones más externos repelan a los electrones más externos del otro objeto.

Si los electrones simplemente se repelieran, no podríamos sostener cosas. Piensa en un objeto en un plano inclinado: los electrones del plano repelen a los del objeto y viceversa y entonces el objeto caería por gravedad.

Pero gracias a la materia (que es más hueca que llena) es que existe la fricción.

Un primer acercamiento a la fuerza de fricción entre dos superficies sería apelar a las numerosas irregularidades que se manifiestan a escala microscópica.

Pero realmente la fuerza de fricción es mucho más complicada y no se debe (únicamente) a estas irregularidades. Cuando la distancia entre átomos es muy pequeña se repelen, pero resulta que a distancias mayores se pueden atraer (por ejemplo, por fuerzas Van der Waals, entre otras). Esto es lo que explica que los átomos puedan mantenerse juntos entre sí (pese a que no se toquen), y que cuando dos superficies deslicen una sobre otra aparezca una fricción debido al ingente número de atracciones entre átomos que surgen para luego desaparecer, pero efectuar a nivel macroscópico una fuerza que llamamos fricción.

La idea simple, que surge de combinar la estructura de la materia con lo que sabemos de las fuerzas eléctricas, es que no existe el contacto tal y como lo imaginamos.

El problema es que la estructura de la materia a nivel atómico no es tan sencilla como la hemos presentado (o como se suele presentar cuando se discute esta idea).

Ya hemos visto en el blog que los electrones, y en general todas las partículas, no son bolitas de radio y bordes definidos. Se pueden entender más bien como nubes (de probabilidad) dispersas por el espacio, con regiones donde es más probable encontrarlas y regiones donde menos (aunque se manifiesten como partículas cuando los detectamos).

Cuando dos átomos se enlazan, las nubes de probabilidad de las partículas implicadas se llegan a solapar, y por tanto, en cierto sentido, ocupan regiones del espacio comunes (sin que esto signifique que se “toquen”).

Pero es que aun podemos ir más allá, ya que la física moderna nos ha dado una nueva visión de cómo son las interacciones a nivel fundamental.

Cuando dos partículas interactúan, lo que realmente está ocurriendo es que intercambian partículas mensajeras de la interacción en cuestión. Por ejemplo, cuando dos electrones interactúan repeliéndose lo hacen mediante el intercambio de un fotón. Realmente lo hacen de muchas más maneras, siendo la descripta la más importante, es decir, la que más contribuye a la probabilidad de que dos partículas se enlacen.

Pareciera que aquí sí que está teniendo lugar un contacto, pero hay que recordar que estos famosos diagramas de enlace no representan realmente los procesos, son formas de transcribir ecuaciones a diagramas y viceversa para facilitar el cálculo.

Más aún, cuando transcribimos a ecuaciones el proceso de enlace, debemos tener en cuenta la posibilidad de que la emisión de la partícula mensajera haya sido con cualquier velocidad (momento realmente). Y encima, las partículas que conectan dos vértices en estos diagramas no tienen “realidad física” al mismo nivel que el resto: se les llama partículas virtuales por ser indetectables ya que no cumplen la relación de Einstein entre masa, momento y energía.

En resumidas cuentas, nunca hemos tocado nada, pero también podemos decir que realmente lo hemos tocado todo. Simplemente tocar, a nivel fundamental, consiste en la interacción por intercambio de partículas mensajeras entre nuestras partículas y las del objeto tocado. No existe otro tipo de interacción, todas las fuerzas son “a distancia” (entendiendo que son mediadas por partículas mensajeras).

Parece que tocamos, pero lo estamos haciendo en un nivel tal que nuestros sentidos definen como tal, pero al mismo tiempo, como estamos construidos de átomos, que emiten partículas mensajeras todo el tiempo, podemos manifestar que por más distancia que nos separe de alguien que esté en las antípodas, lo estamos tocando. Entonces el mundo tal como lo conocemos es una entramada y compleja de red que partículas cuánticas mensajeras que están en constante interacción.

La física del contacto para nuestros sentidos limitados, parece ser finalmente sólo una ilusión.

Ese 15 de noviembre !

Esa mañana de noviembre había amanecido luminosa y algo calurosa, dentro de una primavera decididamente seca. Arrancaron las horas de actividad bajo las pautas de las rutinas acostumbradas. Mamá Ana ejecutaba a la perfección una sinfonía compuesta de múltiples partituras, en la cual ella era directora, música ejecutora de varios instrumentos, acomodadora y por momentos público de sus propias creaciones.

Sus manos volaban mientras nos acomodaba los útiles, carpetas y cuadernos en el portafolio de cuero, al mismo tiempo que sacaba las tostadas, servía té y servía en platitos esas porciones riquísimas de dulce de durazno casero. El tiempo en la mañana siempre era escaso, limitado por el horario del único colectivo interurbano (el 155) que nos llevaba desde la zona de quintas al colegio de la ciudad. Luego del rápido desayuno, terminaba de ponernos prolijos, acomodando los uniformes escolares e intentando peinarnos. Los peinados no eran repetitivos, quizás más el mío de pelo corto, que el de mi hermana más largo, lacio y enredado, el cual costaba poner prolijo.

La ceremonia matutina continuaba con la colocación de medias y calzados, para culminar con el cruce de ruta para la espera del transporte. Esa repetición día tras día, durante todas las semanas del cursado del colegio primario, sería la evidencia más palpable de la semejanza de mamá con una máquina poderosa, llena de amor y compromiso.

Esa mañana de un quince de noviembre, hubo una diferencia apenas perceptible. La cocina estaba llena de un aroma a rico bizcochuelo de vainilla mezclado con fragancias de chocolate.  Me llenó de curiosidad que no alcanzó para preguntar a mamá a que se debían esos olores. Esas exquisitas esencias de la cocina de mamá me acompañan hasta hoy, cuando las huelo en mis recuerdos y em mis mejores sueños.

Al regreso de la actividad escolar, mamá nos tenía preparado el rico almuerzo, el cual devoramos con suma fruición. Papá llegó más tarde de su trabajo, y se sentó en la mesa chica de la cocina para almorzar en compañía de mamá. Mi hermana y yo estábamos absortos llevando a cabo a las tareas escolares, para luego dar rienda suelta a un montón de juegos, acompañados de discusiones y peleas.

Esa noche cenamos algo más temprano, con la presencia de papá y sorprendidos por la compañía de algunos tíos paternos y primos. Cuando iban llegando todos saludaban a mamá de una manera muy especial, deseándole suerte y buena ventura para adelante. Mamá era poco comunicativa de sus cuestiones en general, pero ese día flotaba algo en el ambiente y al menos yo no sabía qué. La torta finalmente era para celebrar su cumpleaños, la cual no era muy afecta a festejar, ya que no le gustaba ser el centro de atención. Sin embargo, no se trataba solo de un cumpleaños común, de una simple celebración de otra vuelta al sol.

Una vez que se fueron todos, luego de haber soplado las velas y cortado la torta, papá y mamá se quedaron como siempre, limpiando y ordenando todo. Por ser día festivo nosotros nos quedamos un rato más, más teniendo en cuenta de que se trataba de un viernes por la noche, a sabiendas de que el sábado no había escuela.

Finalmente, el misterio sería develado por un comentario de papá, bastante escueto, por cierto: “van a tener un hermanito”. Ahí caí en la cuenta de cuál era la razón de todos los saludos familiares afectuosos y con buenos deseos. Mi hermana tomó la noticia con alegría, no en demasía. En mi caso, con ocho años, sentí que el mundo se me venía abajo. Mi mamá era mía, mi ángel de la guarda, mi protectora y ahora vendría a alguien a ocupar ese lugar de privilegio.

Los meses que siguieron me mostraron a mí, mucho más caprichoso y pegado a mamá que de costumbre. Era mi intención dejar en claro que mi posición de hijo pequeño no sería fácilmente arrebatada por un nuevo integrante familiar. Mamá Ana con su paciencia infinita soportaba estoicamente todos mis arrebatos posesivos, que incluía sentarme repetidamente en su falda. Los celos estaban haciendo su mejor trabajo conmigo, provocando molestias familiares y el ceño fruncido de papá. Los recelos inocentes, el sentido de despojo y la falta de conciencia de un niño pequeño, respecto de poder compartir el amor de mamá, fueron el común denominador de todos los meses subsiguientes a la noticia.

En mayo del año siguiente, mamá alumbró a mi hermanito más pequeño, Carlos Ariel, el cual tuvo que ser internado por problemas respiratorios graves durante casi un mes y medio. Mi hermana y yo quedamos al cuidado de un hermano de papá, mi tío Pedro y de su hija Nelly. Alejado de mi hogar sufría por el sufrimiento de mamá, que se pasó todo el tiempo en cercanía de mi hermanito recién nacido, además de seguir sosteniendo esa sensación de ya no ser el número uno.

Carlitos se recuperó del todo y volvimos a casa en familia, siendo bendecidos por la presencia del bebé. Mi madre, que pasó todo ese período bastante angustiada por el pronóstico incierto respecto de la salud de su hijito, recuperó la sonrisa, sus ganas, su empuje vital y volvió a ser la mamá de tiempo completo. Papá nunca dejó de sonreír, siendo optimista de que no pasaría de un susto ya que él sostenía que los pulmones de mi hermanito resistirían. De pocas palabras, papá no era de decaer, sino de confiar en nuestra fortaleza.

Ese 15 de noviembre, no fue un cumpleaños más para mamá sino la confirmación de que volvería a ser madre, luego de más de ocho años de haber concebido a su adorado y pleno de berrinches primer varón. Existen fechas y amores que no se olvidan. Hechos que fortalecen, otros que nos ponen contra la pared, y pasajes para celebrar.

En este nuevo cumpleaños, en donde te mando besos al cielo, recordando tus ojos verdes y añorando esas charlas maduras que teníamos, cuando ya fui más grandecito, te comento que te extrañamos y te queremos tu hijo, tu hija que es mi compañera, y tus nietas que se te parecen en muchas cosas.

Viendo tu foto que tengo en mi escritorio, en donde muestras tu esencia abrazando a tus hermosas nietas, soy consciente de la elegancia y el don de gente, que habitaba en vos.

¡Feliz Cumple Mamá!