El amor no es ciego !

Hablemos del amor, y lo vinculemos con uno de nuestros mejores escritores de todos los tiempos.

Hay una idea que nos persigue desde que aprendimos a nombrar las cosas: el amor es una fuerza ciega. Lo pintamos con una venda en los ojos, como a Cupido, como a la Justicia, pero con torpeza. Decimos que el amor no ve defectos, que se tropieza, que es irracional. Y, sin embargo, toda la experiencia humana nos dice lo contrario. El amor es lo que más ve. Ve lo que nadie más ve.

Antes que relación, antes que contrato, antes que familia o especie, el amor es un acto de atención extrema. Es la única forma de percepción que no simplifica a su objeto. Cuando amamos, no vemos una categoría – «mujer», «hombre», «hijo» – vemos una singularidad irrepetible. Vemos arrugas, manías, la forma exacta en que alguien dice «buen día». El amor no es ciego. Es el único que tiene buena vista.

Nadie entendió mejor esa paradoja que Jorge Luis Borges, el hombre que se quedó ciego y entonces empezó a ver el amor de verdad.

¿Cuántas veces se refirió Borges al amor?

Pocas veces de forma directa. Y eso es lo que lo hace tan potente. Borges es un escritor de bibliotecas, de laberintos, de cuchillos y tigres. Si uno hace un rastreo léxico de su obra completa, la palabra «amor» aparece menos de 200 veces en toda su poesía y prosa publicada. Es ínfimo si lo comparamos con Neruda, que la nombra cada tres versos.

Pero en Borges el amor no está en la palabra, está en la elusión. Está en lo que no se dice. Su pudor era famoso. «Soy tan cobarde», decía. El amor en Borges es como Dios en su teología: una presencia ausente, una referencia que se intuye en la periferia.

En sus primeros libros, Fervor de Buenos Aires (1923) y Luna de enfrente (1925), el amor es casi inexistente, es paisaje. En Historia de la eternidad (1936) aparece como idea platónica. Pero a partir de los años 40, después de su primer gran desengaño con una mujer que lo rechazó, y sobre todo después de 1960, cuando la ceguera ya era total, el amor se vuelve central, aunque siempre en voz baja.

Si contamos no la palabra sino el tema – el poema de amor, el cuento de amor, la reflexión sobre el amor – Borges le dedicó al amor más de treinta textos directos y cien indirectos. Es poco para un poeta que vivió 86 años. Es muchísimo para un hombre que decía no entender a las mujeres.

¿Qué tipo de amor despertaba la poesía de Borges?

Borges no despierta el amor pasional. No vas a leer a Borges y querer arrancarte la ropa. Despierta un amor más peligroso: el amor reverencial.

Su amor es el de quien contempla. Es el amor del que sabe que va a perder. Por eso sus poemas de amor más bellos no son de conquista, son de memoria, de gratitud por haber visto una vez algo hermoso.

Leamos uno entero, porque sin sus palabras no se entiende nada. De El oro de los tigres (1972):

El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.

La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.

¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,

la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte

para cantar sus mares y sus espadas,

la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes,

los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos,

la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se

levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas,

pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,

la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

No es un amor feliz. Es un amor que amenaza, que cerca, que duele en todo el cuerpo. Borges no escribe sobre el amor como posesión, sino como invasión. Es el amor del tímido, del que ha sido derrotado antes de empezar. Por eso conmueve tanto a los que han amado sin ser correspondidos.

Otro tipo de amor que despierta es el amor por lo imposible. En su poema Elogio de la sombra, dice:

Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;

Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;

el tiempo ha sido mi Demócrito.

Esta penumbra es lenta y no duele;

fluye por un manso declive

y se parece a la eternidad.

Borges nos enseña a amar no a pesar de la pérdida, sino por la pérdida.

¿Qué escribió Borges en prosa y poesía sobre el amor?

En poesía, tres poemas son su canon amoroso:

1.  «El amor» de El hacedor (1960): Su definición más corta y brutal.

Que la memoria de un hombre no se borre,

que una muchacha al irse no haya sido feliz,

que alguien me nombre con piedad en un café de la calle Esmeralda,

es parte del amor. Es parte del amor

haber odiado, haber querido olvidar y olvidar odiando.

Para Borges, amar es también odiar, olvidar. No idealiza.

2.  «Ulrica» es su único cuento de amor físico consumado. Escrito en 1975, a los 76 años. Es la historia de un profesor colombiano, Javier Otárola, que es Borges, y una noruega en York. Se aman una noche. No hay culpa, no hay ironía. Termina así:

-Serás Ulrica, serás mi primera y mi última…

No, le dije. Te ruego que no digas eso. Hay muchas mujeres antes.

-Y después no habrá ninguna.

Es la primera vez que Borges se permite escribir sexo sin metáfora.

3.  «El Aleph» y el amor humillado. Carlos Argentino Daneri ama a Beatriz Viterbo, muerta. Borges, el narrador, también la amaba. Va a su casa a llorar. Y descubre el Aleph, el punto donde está todo el universo. ¿Y qué ve primero? La carta obscena que Beatriz le escribió a su amante. El amor, para Borges, incluye la humillación, la infidelidad, el ver lo que no queríamos ver. Y aun así, amar.

En prosa, su idea más lúcida está en «Emma Zunz»: Emma sufre una situación violenta para vengar a su padre. Borges cierra: «La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio, verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias». El amor filial puede llevarnos a mentir, a matar, a inventar una verdad para que la justicia sea posible.

¿De qué otros tipos de amores se nutrió Borges?

Borges hablaba de cuatro amores, aunque nunca los sistematizó.

1. El amor filial. Sobre todo, a su madre, Leonor Acevedo. Vivió con ella hasta que ella murió a los 99 años, cuando él tenía 76. En El hacedor escribe: «Al girar las páginas de un libro, madre, no olvides que tus manos ya no pueden pasar las mías». Era un amor de dependencia y de culto. Sin Leonor, Borges no hubiera podido ser Borges ciego.

2. El amor a los amigos. La amistad fue su forma más pura de amor. Decía: «La amistad no necesita frecuencia. El amor sí. Pero la amistad es más profunda». Sus amigos Bioy Casares, Silvina Ocampo, Alfonso Reyes. En su poema «A un amigo» dice: «No puedo darte más que esto: mi tiempo, mi silencio».

3. El amor a Buenos Aires. Un amor geográfico. No a la gente, a las esquinas. A Palermo, a la calle Serrano, a las librerías. «Mi patria es el idioma», decía, pero su patria era también una cuadra.

4. El amor al otro como idea metafísica. Borges, lector de Schopenhauer, creía que enamorarse es reconocer en otro algo que ya estaba en nosotros. Es platónico. En «El Zahir» escribe: «No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir, a la suma de experiencias que un ser humano puede abarcar». Amar es querer abarcar esa suma en otro cuerpo.

¿Qué cambió en el amor de Borges después de la ceguera?

Todo. Antes de la ceguera – que se hizo total en 1955 – Borges era un seductor torpe, intelectual. Escribía cartas larguísimas, se enamoraba de mujeres inalcanzables – como Elsa Astete Millán, que lo rechazó y a la que 20 años después le propuso matrimonio y se casó. El amor era literario.

Después de la ceguera, el amor se volvió cuerpo, voz, presencia.

Él mismo lo dijo en una entrevista con Osvaldo Ferrari: «Antes yo veía a una mujer hermosa y pensaba en el adjetivo. Ahora la oigo. La voz es mucho más reveladora que el rostro. El rostro puede mentir. La voz no».

Ciego, ya no podía leer ni escribir solo. Necesitaba que alguien le leyera, que alguien le dictara. Esa dependencia lo hizo más vulnerable, más humano. Se enamoró de María Kodama no por cómo se veía, sino por cómo le leía en japonés, por cómo lo guiaba.

La ceguera le quitó el mundo visual y le dejó el tacto y el oído. Por eso sus poemas de amor tardíos son táctiles. Ya no describen ojos, describen manos. En «El amenazado» no dice «me duele tu ausencia», dice «me duele una mujer en todo el cuerpo». Es un amor encarnado.

Hay un detalle hermoso: Borges siempre tuvo fobia a los espejos. Ciego, por fin se liberó de ellos. Y al no verse, pudo por primera vez imaginar que alguien lo amaba sin verlo.

¿El amor es utilitario, moral o instintivo?

Aquí tenemos que dejar a Borges un momento y razonar nosotros.

La ciencia moderna quiere reducir el amor a utilidad: el amor romántico existe para que criemos hijos más tiempo que cualquier mamífero. La oxitocina nos ata. Es instinto de especie. Tiene razón.

La moral quiere reducirlo a deber: amar es portarse bien, ser fiel, cumplir. También tiene razón.

El capitalismo quiere reducirlo a utilidad: te amo porque me convienes, porque me das estatus, hijos lindos, tranquilidad. También tiene razón.

Pero ninguna explica por qué seguimos amando a quien no nos conviene, a quien nos hace daño, a quien ya murió. Por qué Borges siguió amando a Beatriz Viterbo después de muerta, sabiendo que ella se reía de él.

El amor es instintivo en su origen, moral en su ejercicio y anti-utilitario en su esencia. Es lo único que hacemos los humanos que va en contra de nuestro interés. Por eso es prueba de que no somos solo animales económicos. Como decía Borges citando a Plutarco: «El amor es el único acto en el que el hombre se olvida de sí mismo».

Un hombre utilitario no se queda ciego al lado de su madre de 99 años. Un animal instintivo no escribe un poema a una mujer que no lo quiere. Solo un ser moral, paradójicamente, hace esas dos cosas inútiles y por eso mismo eternas.

El amor que nos salva: filial, amistad y corazón.

Nos obsesionamos con el amor romántico y olvidamos que los amores que nos mantienen vivos son otros.

El amor filial es el primero que nos enseña que no somos el centro. Que alguien nos ama antes de que hagamos nada para merecerlo. Sin ese amor, el cerebro no se cablea bien. Los estudios de apego de Bowlby lo demuestran: un niño sin amor filial tiene el corazón en arritmia toda la vida.

La amistad es el amor sin contrato, sin sangre, sin sexo. Es el amor elegido. Borges decía que la amistad era superior al amor porque no necesita de celos. La neurociencia hoy le da la razón: la amistad sostenida baja el cortisol, protege del Alzheimer, alarga la vida más que dejar de fumar. Necesitamos amigos que nos digan «esa esquina por la que no te atreves a pasar, pasémosla juntos».

Y la salud de nuestro corazón y mentes. No es metáfora. Amar literalmente cura. Un corazón que ama tiene menos inflamación, duerme mejor, su sistema inmune funciona. Un cerebro que ama produce neurogénesis en el hipocampo. La soledad, en cambio, es tan letal como fumar 15 cigarrillos por día, según la OMS.

Borges, ciego y solo en su departamento de Maipú, lo sabía. Por eso al final dictó: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído». Amar es leer a otro, con paciencia, hasta el final.

Lo que no es amor

Terminemos con lo que no es amor, porque hoy se confunde todo y mucho.

No es amor el control. Revisar el celular no es amor, es miedo.

No es amor la lástima. Quedarte con alguien porque «si no se mata» no es amor, es chantaje.

No es amor la idealización. Si amas lo que imaginaste y no a la persona que ronca, se equivoca y a veces es egoísta, no amas, admiras tu propia fantasía.

No es amor la necesidad. «Sin vos no puedo vivir» no es romántico, es una amenaza. El amor dice «sin vos podría vivir, pero elijo vivir con vos, y mejor».

No es amor el sacrificio constante sin alegría. Borges se sacrificó por su madre toda la vida, sí, pero la llamaba «mi joven amor». Si no hay ternura, es servidumbre.

No es amor, la violencia de ningún tipo, ni siquiera con las palabras.

El amor no es ciego. Ciego es el que no ama.

El amor ve, y al ver, se queda.

¿Te dolió alguna vez un amor del tipo que sea en todo el cuerpo?

Borges estaría agradecido de saber que todavía nos pasa.

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