No sé sobre que padre escribir !

Podría escribir sobre el padre que cruza el océano en balsa buscando un futuro para los suyos. Sobre el que madruga con frío en la ruta para que a sus hijos no les falte nada. Sobre el que se queda solo en casa cuando todos se van, y apaga las luces pensando si hizo bien. Sobre el que cría sin manual, con miedo y con amor, equivocándose a veces, acertando otras, pero siempre presente.

Hay millones de padres. Y todos merecen un texto.

Pero hoy elijo al mío. Aunque hace más de treinta años que partió. No se fue lento, dándonos tiempo para prepararnos. Se fue en menos de un año. Una penosa enfermedad lo tumbó rápido, sin tregua. Y nos cambió la vida a los cuatro de un cachetazo.

Éramos jóvenes cuando nos quedamos sin él. Mi hermana, mi hermano menor y yo. Mamá se quebró por dentro ese día. Se quedó viuda de golpe, con tres hijos y una casa que de pronto se volvió demasiado grande. Ella también se fue, hace cinco años. Y ahora los recuerdos pesan más.

Nos dejaron sin su presencia, pero con su ejemplo. Y con eso tuvimos que aprender a caminar. No porque hayan sido perfectos. Sino porque lo que nos dieron en los años que estuvieron, y en ese último año que papá peleó, alcanzó para toda la vida.

Recuerdo a papá orgulloso de mí cuando recibí la bandera en el primario. Recuerdos sus ojos grises claros bañados con lágrimas, porque él no era si no a través de sus hijos. Su elegancia que alcanzaba su máxima expresión en esos permanentes zapatos lustrados, no era presunción, sino actitud de vida.

Ese día que lo perdimos no sabía que el tiempo corría más rápido de lo que creíamos. Ahora entiendo que ser padre no es cuestión de cantidad de años. Es cuestión de densidad. Hay padres que están toda la vida y no dejan huella. Y hay padres que se van en menos de doce meses, peleando contra un cuerpo que no responde, y te marcan el rumbo para siempre. El mío fue de los segundos. Me enseñó sin saber que se estaba despidiendo. Me dejó palabras que recién descifré de grande, gestos que imito sin darme cuenta, valores que uso como brújula cuando dudo. Me dejó pleno de vida. Y dejó a mamá sosteniendo un mundo que se le venía encima, pero llena de sus valores.

El valor de ser padre: la humanidad se juega ahí.

La humanidad no se desarrolla en los congresos ni en los laboratorios solamente. Se desarrolla en la mesa de cada casa. En el «¿cómo te fue hoy?» que un padre le dice a su hijo. En el cuento leído con voz cansada a las diez de la noche. En el «no» que duele, pero cuida.

Ser padre es el oficio más antiguo del mundo y el más urgente. Porque un padre no cría solo a un hijo: cría a un futuro ciudadano, a un futuro trabajador, a un futuro padre. Cría los vínculos que después van a sostener o romper una sociedad.

Nosotros aprendimos eso de repente. En menos de un año pasamos de tener un padre que nos acompañaba en todo a tener un recuerdo y una foto en la mesita de luz. Mamá pasó de tener un compañero a tener un vacío que no se llena con nada. Tuvimos que entender que el mundo puede ser un lugar inseguro, pero que igual hay que seguir. Que el esfuerzo vale, aunque la vida no te devuelve lo justo. Que la palabra empeñada se cumple, incluso cuando él que la dio ya no está para recordártela. Que llorar no está mal y que abrazar tampoco, sobre todo cuando el abrazo de él ya no vuelve y el de ella, después, tampoco.

Y eso, multiplicado por millones, cambia países.

La responsabilidad de un padre es civilizatoria. Es ponerle freno al instinto y ponerle tiempo al amor. Es entender que cada gesto suyo va a ser copiado, para bien o para mal. Que, si él abandona, enseña abandono. Que, si él se queda, enseña pertenencia. Que, si él respeta a la madre de sus hijos, enseña respeto. Que, si él trabaja, enseña dignidad. Y que, si él se va antes de tiempo, devorado por una enfermedad que no te da margen, igual puede dejar tarea hecha. La última lección es cómo se enfrenta lo inevitable. Con dignidad. Sin dar lástima. Tratando de no hacer ruido para que a los hijos y a la mujer que te eligió les duela menos, aunque por dentro se te esté partiendo todo.

Recuerdo que, durante ese año, no abandonó nunca su hermosa sonrisa, ni su humor, ni sus ganas de vivir. Tenía charlas profundas con mamá. Le decía como debía seguir sin él, porque se daba cuenta que la vida se le escurría rápidamente. Tuvo tiempo de perdonar a un amigo por una vieja disputa sin sentido. Y creo que también se perdonó perder la vida. Ahí lo vi pelear.

No contra la muerte, porque esa pelea ya la tenía perdida desde el diagnóstico. Peleó contra la impotencia. Ayudó a mamá a superar sus miedos a perderlo, que se le veía en los ojos, aunque se hiciera la fuerte. Contra la idea de dejarnos a la deriva. Nos quiso dejar enteros en menos de un año. Me mostró que la autoridad no se impone a los gritos: se gana con coherencia, hasta el último día, aunque te falte el aire. Que podés ser firme sin ser cruel. Que podés ser tierno sin dejar de ser fuerte. Y que un padre educa hasta cuando se está yendo, sobre todo cuando sabe que no vuelve y que la mujer que amó va a tener que aprender a vivir sola.

Crear vínculos: el patrimonio invisible

Un padre no deja solo herencia de propiedades o de plata. Deja herencia de gestos. Deja el tono con el que decía tu nombre. Deja la forma en que te enseñó a atar los cordones, a cambiar una rueda, a pedir disculpas. Deja el silencio cómodo cuando no hacía falta hablar. Deja esos “te quieros” que se ven en acciones y ejemplos que son mejores que las palabras.

Yo hace treinta y cinco años que no escucho la voz de mi viejo. Y hace cinco que no escucho la de mamá. Pero las escucho en mi cabeza cuando tengo que tomar una decisión brava. La de él cuando tengo que poner un límite. La de ella cuando hace falta abrazar. La de él cuando veo una injusticia y siento que no me puedo callar porque él no se hubiera callado, ni enfermo ni sano. La de ella cuando hay que juntar los pedazos en silencio y seguir.

Los vínculos no se mueren con la enfermedad. No importa si fue larga o si te llevó puesto en un año. Se transforman. Se vuelven memoria activa. Se vuelven sangre. Se vuelven la manera en que vos tratás a tu afectos, porque así te trataron a vos, hasta que el cuerpo no dio más. Y se vuelven también la forma en que sostenés a los tuyos cuando todo se cae, porque entendiste que te dejaron ese trabajo sin decirlo.

Un padre es el primer espejo. Ahí nos miramos para saber quiénes somos. Y también es la primera ventana: por él miramos el mundo. La nuestra se cerró de golpe, demasiado pronto, sin preaviso. Y tuvimos que aprender a abrir otras. A sostenernos entre nosotros. A ser, para el más chico, un poco de padre cada uno, repartiéndonos un rol que nos quedaba enorme. A los 22 yo no quería ser padre de nadie. Quería tener un padre. Pero la vida no te pregunta. Y mamá hizo lo que pudo, con el alma partida, hasta que le tocó irse también.

Por eso la paternidad no es un rol privado. Es público. Es político, en el sentido más hondo: organiza la polis, la casa común. Un país es la suma de sus patios, de sus cocinas, de sus galpones donde un padre le enseñó a un hijo a no mentir, a no aflojar, a no pisar al otro. Y ese hijo, aunque se quede sin padre joven y con hermanos llorando en el comedor, sigue enseñando lo mismo. Porque no tiene otra. Y porque ve a su madre hacer malabares con el dolor y sabe que no puede fallar dos veces.

Mamá, muchas veces antes de irse, me contó cosas de ese año que yo no había visto. Me contó de las noches que él no dormía pensando en la injusticia y tristeza de dejarnos a nosotros. Me contó que lo único que le pedía era que no dejara de acompañarnos. A los 22 tuve que enterrar a mi viejo y desenterrar un hombre que no sabía que tenía adentro, para que ella no se termine de quebrar. Entendí que no se fue del todo porque nos dejó a cargo de lo que más quería: la familia. Que ser huérfano no es quedarse sin padre. Es tener que ejercer de hermano para tus hermanos y de sostén para tu madre, sin tenerlo a él para consultar. Y ahora que ella tampoco está, entiendes que el legado es doble. Y pesa, pero sostiene.

El hoy de la figura paterna: entre el mandato y la ternura

Hoy ser padre es más difícil y libre que antes. Más difícil porque los mandatos viejos ya no alcanzan y los nuevos todavía no están claros. Ya no basta con «traer el pan a la mesa». Ahora también hay que saber hablar de sentimientos, poner límites sin autoritarismo, acompañar sin invadir, estar sin asfixiar.

Se les pide a los padres que sean proveedores y presentes. Que sean firmes y empáticos. Que sepan de crianza respetuosa y también de arreglar una llave de luz. Que trabajen todo el día, pero tengan tiempo para sus hijos. Es una lista interminable.

Yo no tuve a mi viejo para verlo en esta etapa nueva de la paternidad. No lo tuve para preguntarle cómo se hace cuando los hijos te reclaman otras cosas y vos sentís que, si parás, se cae todo. No lo tuve para verlo abuelo, para verlo llorar sin vergüenza con un nieto en brazos, para verlo blando y cariñoso como era. Se fue con el molde de un padre de hoy: muy emocional, laburador, de pocas palabras, pero con un corazón que se le rompía por nosotros y por mamá. Se fue sin saber que se podía ser padre de otras maneras también, siendo abuelo.

Pero me dejó algo mejor: me dejó el permiso para ser como él, y distinto a él, sentir que lo traicionaba. Me dejó la base para construir arriba. Me dejó la obligación de no irme sin haber dicho todo lo que tenía que decir, a mis hijos y a mi mujer. Me dejó la urgencia. Porque cuando viste que un ser tan querido se te va en un año y deja tanto amor, aprendes que no hay tiempo para guardarse nada.

El futuro: qué padre necesita la humanidad

El futuro no necesita padres perfectos. Necesita padres humanos. Necesita hombres que se animen a estar, aunque no sepan cómo. Que se equivoquen y lo admitan. Que pidan perdón. Que digan y expresen con acciones y palabras, antes de que la enfermedad, o un auto, o la vida, les cierre la boca sin avisar.

La humanidad que viene va a necesitar padres que enseñen a sus hijos varones que la fuerza se usa para cuidar, no para dominar. Que enseñen a sus hijas mujeres que no tienen que pedir permiso para soñar en grande. Que les enseñen a todos que el mérito importa, pero la compasión también. Que en el trabajo se trabaja, pero la familia también cuenta. Que un contrato se cumple, y una promesa a un hijo y a una esposa más todavía.

El futuro va a necesitar padres que corten con algunos mandatos. Que, si ellos no tuvieron un abrazo, lo puedan dar igual. Que, si a ellos no los escucharon, escuchen. Que, si a ellos los criaron sin muchas palabras, críen con palabras. Porque la única forma de cambiar la historia es empezar en casa, y apurarse, porque nunca se sabe. Elijo al padre que tuve porque él se fue un adelantado, en esto de ser tan querible y querer tanto, educando desde el cariño, sin ningún grito ni golpe.

Y va a necesitar hijos que, como nosotros, se quedaron sin padre temprano y de golpe, pero decidieron no cortar el hilo. Que entendieron que honrar a un padre y a una madre no es ponerles flores una vez al año. Es vivir de una manera que a ellos los hubiera puesto orgullosos. Es ser, para otros, el padre que vos tuviste y mejorarlo. Es cuidar al hermano menor, aunque vos también estés roto por dentro. Es no dejar que la enfermedad gane dos veces: una llevándose al padre, y otra llevándose lo que el padre y la madre sembraron.

Volver a elegir, bastante tiempo después

Por eso hoy, entre todos los padres del mundo, vuelvo a elegir al mío. Con esa enfermedad y todo. Con ese año feroz que nos tocó vivir. Con los tantos años que llevamos de él en presente, como si en cualquier momento fuera a entrar por la puerta. Y lo elijo a él con mamá, porque fueron un equipo. Ahora que ella también se fue, hace cinco años, entiendo que la paternidad de él no se explica sin la maternidad de ella.

Lo elijo porque con los años que estuvo, y con la forma en que se fue, nos alcanzó para toda la vida. Porque nos enseñó que un hombre vale por su palabra, por su trabajo y por cómo trata a los suyos cuando nadie lo ve. Porque nos enseñó que irse no es lo mismo que abandonar, si lo que dejas es amor del bueno, aunque te lo arranquen en menos de un año.

Papá, donde sea que estés, con mamá: gracias por pelearla hasta el final. Gracias por cuidarnos incluso cuando ya no podías con vos mismo. Gracias por quererla a ella hasta el último suspiro, sabiendo lo que venía. Gracias por enseñarnos sin discursos que ser padre es, antes que nada, ser responsable del mundo que le vas a dejar a otro. Aunque te toque dejarlo antes de tiempo, rápido, injusto, y con la tarea un poco a medio hacer.

Y a todos los que hoy son padres: no subestimen lo que hacen. En sus manos no tienen solo un hijo. Tienen el próximo pedazo de humanidad. Y a una compañera que los eligió. Y no saben cuánto tiempo tienen para marcarlos. Un año puede ser todo. Hagan lo que tengan que hacer. Demuestren hoy. Miren a los ojos hoy. A sus hijos y a su esposa. Porque nadie tiene firmada la cuota de años, y la enfermedad no avisa, no negocia, no espera a que los hijos crezcan ni a que la mujer esté preparada para seguir sola.

El día del padre, para los que lo perdimos jóvenes y ahora tampoco tenemos a mamá, no es un día de regalos. Es un día de memoria activa y de tantos recuerdos. Es el día en que le contamos a nuestros hijos quién fue su abuelo, y quién fue su abuela. Es el día en que, sin querer, nos sale un gesto de él o una palabra de ella. Es el día en que entendemos que ser padre es, también, aprender a vivir con el amor que nos dejaron. Es el día en que agradecemos el año que tuvo para despedirse, porque algunos no tienen ni eso.

A 35 años desde que te fuiste, el amor, cuando fue de verdad y cuando fue tu mejor don, no se muere. Se hereda. Y se honra viviendo como vos viviste: de frente, sin arrugar, queriendo a los suyos hasta que no dé más el cuerpo, y dejando todo ordenado para que los que quedan puedan seguir.

¡Feliz Día Papá!

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