La naturaleza nos muestra que la realidad existe y es palpable, pese a que tocar algo sea una ilusión producto de que nuestra materia al final del cuento termina siendo un elemento vacío o cuasi vacío, según reza la cuántica.
Hoy el cielo nos muestra una batalla desigual entre el viento y las nubes. El aire en movimiento las desintegra y les saca su maquillaje de algodón porque trae consigo “la seca”. Eso es real y no un relato o un posteo de Tik Tok o Instagram.
Sin embargo, hoy convivimos con verdades a medias, incomprobables y fugaces.
Es la era de cuando mentir bien te hace viral y la solidez de la verdad se hace añicos.
Antes si te pescaban mintiendo, perdías el laburo. Hoy si mentís bien, ganas muchos seguidores. La verdad dejó de ser un hecho. Ahora es un formato de contenido.
Ya no vivimos en la era de la información. Vivimos en la era del relato. No importa si algo pasó: importa si indigna, si emociona, si confirma lo que tu tribu ya cree. La postverdad no es que haya más mentiras. Es que la verdad dejó de importar como criterio para decidir qué creer.
De la mentira vergonzante al relato orgulloso
Nixon mintió, lo grabaron, renunció. La mentira era algo que se escondía, que daba vergüenza.
Hoy dispones de «hechos alternativos», «mi verdad», «para mí sí pasó». La mentira se milita. Se defiende. Se hace bandera. Y si te la marcan, te declaras víctima de censura.
¿Por qué? Porque el algoritmo premia la emoción, no la verificación. Un paper de 40 páginas aburre. Un «nos están fumigando con los aviones» se comparte 10 mil veces antes de que alguien lo desmienta. Y cuando llega el desmentido, ya es tarde: el relato ganó.
Yo caí. Todos caímos.
Hace poquito lo mataron a Bochini antes de tiempo y yo compré, quizá porque recordaba la famosa final donde Talleres perdió con Independiente y donde el Bocha fue su figura, él que hizo ganar al “Diablo de Avellaneda”.
Repliqué la noticia un montón de veces en varios grupos de amigos. Al final era una falsa noticia que se hizo viral.
También me tocó escuchar a una persona que embelesaba al público como un encantador de serpientes. Sólo le faltó decir que había operado a una persona con el capuchón de una lapicera. La convicción de su relato cautivaba y lo convertía en verdad.
Porqué preferimos el relato al dato.
Nietzsche lo escribió hace 150 años: «No hay hechos, solo interpretaciones». TikTok lo convirtió en modelo de negocio.
Nuestro cerebro no busca verdad. Busca tener razón. Duele menos creer que el otro es una mala persona que aceptar que quizás te equivocaste. Duele menos pensar que te perjudican que admitir que no eres capaz de entender lo que te dicen.
Y está el tema de la tribu. Si mi grupo dice que la tierra es plana, o me voy del grupo o empiezo a verla plana. El costo social de decir «che, eso es falso» es altísimo hoy. Te tratan de tibio, de vendido, de traidor.
En pandemia vimos doctores compartiendo cadenas de WhatsApp. No porque fueran ignorantes. Porque la angustia pide certezas, aunque sean falsas. Y una mentira que calma vende más que una verdad que inquieta.
¿Cuál es el costo de vivir sin verdad?
Si nada es cierto, todo da igual. Y si todo da igual, gana el que grita más fuerte.
La postverdad no genera libertad. Genera cinismo y resignación. «Total todos mienten». «Para qué votar si me van a perjudicar igual». «Para qué discutir si cada uno tiene su verdad».
El Edelman Trust Barometer dice que 6 de cada 10 personas no confían en los medios, ni en el gobierno, ni en las empresas. Vivimos en una sociedad de desconfiados crónicos. Y un desconfiado no construye: solo se defiende.
Esto conecta directo con lo que escribí antes. El avatar de LinkedIn es postverdad laboral: un relato editado de tu carrera. El de Instagram es postverdad social: un relato editado de tu vida. Nos acostumbramos a vender y comprar relatos. Después nos sorprende que no le creamos a nadie.
Posible salida en el “Estoicismo digital”.
No tengo la solución mágica. Pero tengo 4 prácticas que me sirven para no ser tan boludo:
1. Ayuno de indignación
La bronca es el hook más barato. Si una noticia te hace saltar en 3 segundos, frená. Chequeá antes de compartir. Regla personal: si no tenés 2 minutos para chequear, no tenés derecho a compartir.
2. Seguí a gente que te contradiga
El algoritmo te mete en una cámara de eco donde todos piensan como vos. Buscá activamente 2 o 3 personas que piensen distinto y no sean trolls. La verdad suele estar en el incómodo medio, no en los extremos que gritan.
3. Epicteto para Twitter
«Nos afecta lo que nos decimos sobre lo que nos sucede, no lo que nos sucede». Traducido: no controlás el titular fake. Controlás si te lo creés y lo reenviás. Ese click es 100% tuyo.
4. Reivindicar el «no sé»
Un jefe que tuve me dijo: «Marcelo, tranquilo, sos un buen profesional que resuelve en equipo problemas complejos, pero que podría resolver más si aceptaras que no se puede saber todo». En redes decir «no sé» o «me equivoqué» cotiza en bolsa. Es más raro que un post viral y genera más confianza que cualquier título.
Hannah Arendt decía que el sujeto ideal del totalitarismo no es el fanático convencido. Es la gente para la que la distinción entre hecho y ficción ya no existe.
La verdad no murió. La jubilamos porque mantenerla cansa, chequear incomoda y dudar no da likes. El problema es que, sin ella, lo único que nos queda es gritarnos. Y eso ya lo probamos. No funciona.
Tu avatar de las redes puede bancar una mentira. Tu vida real no.
Entonces defender la verdad no te hará un héroe, pero te permitirá vivir en coherencia y sentirte libre de la tiranía de la perfección obligada y la careta todo el tiempo puesta.