El minutero a fin de año parece que se acelera. De estar quieto, manejado de todas las maneras posibles: productivas, improductivas, para el ocio, para algo específico, para dar, para pedir, para mil acciones que ni siquiera detectamos a diario, que parecen no tener importancia, y ahora… subiendo los últimos peldaños, el almanaque se nos viene encima de manera irreversible.
Nos pasa que podemos llegar a objetar, aún incluso sabiendo que la escala universal que mide la finitud de las horas, minutos y segundos es inmutable, que algo anda mal , que lo que pretendimos hacer durante el año se vino abajo por otras causas atribuibles tales como:
no tuve el tiempo necesario
me cambiaron los objetivos
no salió el negocio que tenía que salir
no busque los socios adecuados y perdí el tiempo
soy uno solo y no puedo con el plazo que me dieron
mis jefes, mi familia, mis relaciones me exigieron de más
Nos sucede que podemos llegar a sobrevalorarnos y partiendo de objetivos muy básicos, tener una visión que el tiempo fue gastado de manera muy exitosa en muchos ámbitos de nuestras vidas, por razones tales como:
no siento la presión del tiempo, hago lo que puedo
en todo momento hago lo que quiero
es muy raro que sienta que perdí el tiempo
pude hacer más cosas de las que me propuse
hago las cosas de taquito
mis tiempos son mis tiempos
Acontece finalmente que aunque estemos más de un lado que del otro, cuando hacemos un balance a conciencia del uso de este activo, y aún más, cuando trazamos un plan hacia el futuro, no sea ni lo uno ni lo otro.
Esta visión de blanco y negro, de tortuga o guepardo, es una mera sensación emocional, como es natural ya que somos humanos. Si miramos para atrás, y reconocemos aciertos y desaciertos en el uso del tiempo, como un recurso más de los tantos disponibles y finitos, podemos usar esto para mejorar esta performance en los próximos desafíos.
Distinguir en retrospectiva en que usé mis horas sirve para corregir hacia adelante, incluyendo en ello la innovación, aprender del error, y muchas técnicas más, pero por sobre todas las cosas, caer definitivamente en la cuenta de existe una cuestión esencial a responder:
Quién gestiona mi tiempo?
Responder esa pregunta es primordial, porque de ella se desprenden múltiples posibilidades, y nuevas e incontables cuestiones.
No comparto la visión obsesiva de la gestión del tiempo que nos puede llevar a la ansiedad generalizada individual y grupal. Considero que el bienestar individual, social y laboral, se construye de manera equilibrada con personas muy eficientes en el uso del tiempo, y con otras que no lo son tanto pero agregan lapsos de mucha calidad analítica, y que nos hacen crecer más allá de la visión necesaria pero no absoluta de los resultados.
Diciembre en curso, se nota algún grado de relajamiento que se profundizará en las próximas vacaciones. Este ojito de cerradura promueve que revises tu más cercana historia, pero fundamentalmente el porvenir, para que, haciendo centro en vos mismo, trates de responder una simple pregunta:
En qué y cómo gastaré mi tiempo?
No dispongo de más minutos para escribir……
Otras tareas me esperan…..
Ya le robé unos instantes a mi siesta del sábado……
La lluvia cae despacito, como pidiendo permiso al aire. Me tiene hipnotizado su lento discurrir por el vidrio. Observo el paisaje a la distancia y empiezo a preguntarme: dónde estás Tío Marochi? Es que cuando niño en parecidas circunstancias estabas con nosotros, haciendo gala de tus silencios, tu amplia sonrisa y esa vocación por las preguntas simples cuyas respuestas escuchabas con tanta atención. Eran tan anchos tus hombros y tan grande tu corazón que me resultaban inabarcables. Fuera del trabajo rudo de la quinta, con frío, con calor, con las manos callosas, eras un caramelo porque tu voz nos sonaba a trino, siendo tus palabras refresco o abrigo.
Me parecías tan inalcanzable encima de la escalera que usabas para podar los durazneros y ciruelos. Tareas que eran tu obra maestra, que florecía en primavera.
Te compartimos poco tiempo, el suficiente para saber que eras nuestro ángel de la guarda, ese niño juguetón , fuerte como el roble que custodiaba nuestra casa.
Será que próximo a la Navidad tu figura se vuelve tan necesaria, porque representas el amor, el carisma, la bondad, esa manera de ser que transmite calma en la tempestad.
Te construiste así, Persona entrañable, para que tu sello distintivo marcara numerosos valores de vida: honradez, nobleza, sencillez, entrega, paciencia, escucha, y cariño , inigualable cariño.
Una virtud que aún hoy me resulta increíble: Juzgabas poco, pensabas bien de los demás y confiabas.
En épocas no tan fáciles tu brújula me vuelve al centro reconocido del equilibrio, ni volar, ni estar sentado, ni avanzar en demasía, ni retroceder por miedo.
Por más que me instruya no creo poder alcanzar tu sabiduría, porque aprendiste a ser y a convivir con los demás, puro servicio y compasión.
Por eso hoy me acompañas con tu esencia que me permite buscar un poquito de tu trascendencia.
Entonces a través de los prismas acuosos del ventanal me hago la pregunta del día:
Estaré siendo una persona entrañable para alguien?
Mi forma de ser alejada por momentos del egoísmo ancestral, libra todos los días la batalla para dejar de lado mis propias ambiciones personales, para desde ese lugar poder asistir, colaborar, estando al pie del cañón para otros.
En ese punto, en los quehaceres familiares, laborales, sociales, te encuentro tan cercano Marochi.
Este primer bocallave de Diciembre, nos invita a recordar, descubrir y fortalecer el vínculo que de seguro tienes con algún ser tan cercano e íntimo, tan despojado de prejuicios , que es, fue o será tu guía, esa fuente de inspiración y templanza, que te ayuda a acomodar las ideas y las emociones.
Hago un alto para repreguntar:
Te animas a ser entrañable?
Mientras la llovizna sigue, distingo tus ojos grises como el día…..
Mientras abrazo a mis hijas, huelo el perfume de los duraznos…….
Se acerca el período de recesos tanto escolares, laborales como públicas. Muchos de nosotros visualizan dos o más semanas disfrutando de otras vivencias que no podemos llevar a cabo en época de trabajo, de estudio, de tareas domésticas, por ocupar el tiempo en esos menesteres. Saboreamos de antemano días, horas, minutos y segundos que gastaremos en hacer todo lo que no pudimos mientras la vida habitual nos ponía en la rutina. Cada uno hará el balance posterior de cuán diferente pudo ser concretamente nuestra vida en esas semanas de descanso anual, donde asimismo nos prometíamos ser los mejores padres, esposos, hijos, etc, etc, o bien en el otro extremo dedicar tiempo para mí, para mis cosas, aquellas que durante el año son prohibitivas, o mejor aún proponernos no hacer nada de nada, ver la existencia discurrir siendo el más pasivo de los partícipes que respiran. La realidad anterior, durante y posterior a este período dependen de nuestra mirada sobre ellas, que diferirá seguro de las miradas y opiniones que otras personas harán de su tiempo de jolgorio propio.
Aquí me detengo para hacer un paréntesis y contarte que siendo niño mis vacaciones fueron de las más felices.
Había una sencilla razón: mi papá Ramón nos dedicaba mucho tiempo valioso sólo para jugar con nosotros al fútbol, llevarnos a las sierras, a la pileta, al río, a los museos, cines, ser un niño más, adulto pero absolutamente unido a su familia.
Despojado de frases como lo que a mí me gusta, sino lo que le gusta a mis hijos, a mi esposa, se pasaba esas semanas, intentando por todos los medios de vivir en servicio para hacernos compartir su presencia, su acción y sus palabras.
Su vida pasaba por vernos reír, disfrutar, jugar, saltar, expresar nuestra niñez y nuestra adolescencia de todas las maneras posibles, quemando energía y saboreando sandías y melones fresquitos.
Los bocallaves a esta altura del año, tienden a ser breves; ya no nos queda energía para largas escrituras o lecturas. Necesitamos ocuparnos para pensar que haremos en ese precioso devenir del ocio.
Hoy me remito a pocas y simples palabras que mi Papá ejercitaba con coherencia:
A mediados del año 2004 ocupaba una posición de liderazgo en el área industrial de una empresa multinacional. Había asumido ese rol hacía unos meses y para ser honesto venía cuesta abajo en la rodada. En las entrevistas iniciales, intermedias y finales me habían transmitido que la situación no era sencilla. El negocio no marchaba del todo bien, las ventas no seguían el forecast, la productividad industrial no era la adecuada, pero lo que más preocupaba a la Corporación era la cultura imperante. Poco compromiso de las personas, liderazgos sin la adecuada responsabilidad, personal sin objetivos claros, indisciplina, y el top top muy crítico tratándose de una empresa alimenticia, mucho desorden, poco apego a la limpieza, y completando el combo muy poca conducta de cuidado personal respecto a accidentes e incidentes. El líder anterior había renunciado para ocupar una posición en otra empresa, fue lo que me dijeron cuando les pregunté el motivo de su salida de la empresa. Con experiencias anteriores en situaciones similares, no me pareció que esta distara mucho de las que había tenido que sortear en el pasado. Fiel a mi estilo de desafiarme, de aceptar retos para trabajar y construir desde escenarios difíciles, le metí para adelante, aceptando la posición, total Marcelo sabrá cómo hacer.
Junto al equipo de trabajo heredado, líderes en producción, logística, calidad, seguridad, higiene y medio ambiente, mantenimiento e ingeniería, profesionales o profesionalizados varios con muchos años de experiencia, tuvimos la tarea de ir planificando primero y actuando después con el objetivo final de mejorar la performance industrial, reflejada a través indicadores corporativos. Lo primero fue definir de manera concreta una misión, una visión y valores culturales, los cuales serían eje de nuestra gestión: trabajo en equipo, eficiencia y buenas prácticas.
Luego de varios meses de trabajo, haciendo referencia concreta a cómo arrancó esta historia, los dos primeros valores estaban de alguna manera acomodándose; vale decir que se notaba en el quehacer diario que había equipo, y las metas trazadas respecto de variables sensibles al negocio industrial se iban alcanzando dentro de los parámetros de calidad adecuados para los altos estandares de la empresa. Sin embargo en lo relacionado a valores de orden, limpieza, buenas prácticas, mantenimiento de los espacios de trabajo, y cuidado personal la situación era harto complicada. Los índices de accidentología subían, los puestos de trabajo lucían mal mantenidos, no había aplicación de elementos mínimos de orden, vale decir costaba que muchos operadores compartieran y siguieran una visión de orden, limpieza y buenas prácticas. Los directivos de la empresa si bien contentos con las mejoras enunciadas, recibían reportes negativos de las auditorías que llevaban a cabo respecto de los aspectos críticos mencionados. Allí nos encontrabamos, en esta agradable empresa de mostrar y ejecutar un camino distinto, liderando con el ejemplo, desde reuniones, inspecciones internas, entrenamientos, jornadas, check list, procedimientos, instructivos; a pesar de todo el trabajo un paso para adelante implicaba algunas veces varios pasos para atrás, y las conversaciones con los directores corporativos relacionadas con esto eran constantes, frustrantes, repetitivas, y como líder sentía que me quedaba poco hilo en el carretel.
La frutilla del postre fue la noticia de que recibiríamos en unas dos semanas una auditoría general de Estados Unidos, acompañado por auditores locales. Hicimos una preparación muy exhaustiva para la misma, pero no nos sentíamos del todo seguros con los resultados, ya que la misma calificaba con mucha ponderación casualmente aquellos puntos donde teníamos bastantes falencias. Fueron tres días completos donde nuestra operación industrial fue revisada de pe a pa. Aún recuerdo el informe final, que fue del medio de la tabla, y como era de prever los peores puntajes puestos donde más nos dolían. Antes de la entrega del reporte final, me llama un auditor local muy práctico, que acompañaba a la delegación americana y el diálogo fue más o menos así:
Marcelo Cómo estás? te agradezco estos minutos.
Bien y mal José, porque sé que los resultados no serán los esperados.
Me permitís que te de una opinión.
Dale porque ya no sé que hacer, y estoy medio condenado.
Yo no creo que sea tan así.
Bueno decime.
Acto seguido soltó la pregunta reveladora para mí.
Por qué no probas a trabajar de a cuadritos?
Allí me quede escuchando su práctica de que dividiera la operación en pequeños cuadritos donde resolviera al menos en ese punto, todo lo que queríamos lograr, y una vez culminada la obra de arte para esa posición, que ese logro sirviera de lanzamiento y promoción del mismo en otros cuadritos, y que no fuéramos nosotros, sino los mismos actores los encargados de promocionar y multiplicar los mismos, mucho marketing interno y algo de sana competencia. Agregó: Uds de la manera que lo intentan, se han desgastado desde el primer minuto, y siguen tozudamente por un camino sin éxito. Proba con los cuadritos por favor.
No nos resultó loca la idea, pusimos manos a la obra con los cuadritos, con una estrategia signada por la simpleza, y poco a poco, líderes y nuevos líderes en sus puestos de trabajo, fuimos viviendo el orgullo de poseer pequeñas obras de arte, con matices particulares y concretos. Me pude salvar del fracaso, al menos de este que hubiese sido estrepitoso, con una táctica emanada de la experiencia de un auditor, a partir de allí mi referente, y mi consultor de cuadritos. Grandes sistemas de gestión suelen fracasar por su complejidad, falta de entendimiento e inclusión de los actores principales, los que hacen las cosas.
No pretendo hilar más fino que esto, sino contarte que la filosofía del cuadrito, me ha sido bastante útil a lo largo de mi vida como pretendido gestor de equipos humanos. He tratado de aplicarla en los ámbitos en donde encontré sentido hacerlo. No siempre he tenido el suceso que esperaba, pero así son las cosas, no todas las herramientas son útiles en cualquier circunstancia.
Los ojitos de cerradura pretenden concentrar y expandir la mirada al mismo tiempo.
Hoy nos llevan rápidamente a una pregunta concreta:
Reconoces cuadritos?
A mi me costó bastante visualizar esta sencilla herramienta que nos sirve para resolver el detalle, para luego expandir y multiplicar sus resultados, teniendo presente la mayor parte de elementos necesarios, incluyendo por supuesto como partícipe absolutamente relevantes a los pintores de cada uno de ellos.
Habiendo coleccionado varias pequeñas representaciones…..
El pasillo del cine Gloria, muy largo para mí en aquel entonces, me esperaba amenazante cuando fui recibido por primera vez como abanderado de la escuela secundaria Cristo Rey. Franqueado por dos compañeras Iris y Alejandra, mis escoltas, la primera de mi estatura y la segunda más alta que yo (tampoco hace falta mucho), ese trayecto central que dividía las butacas por el medio y bastante en descenso, semejaba a escalar el Everest al revés, pero sin guía ni campamentos de descanso intermedios. Ahí estaba el petiso con su mirada al frente, sosteniendo esa bandera que era bastante más grande que él, recibiendo palabras de aliento de sus socias en el camino. La misma suerte de casi siempre, respecto de recibir la protección, cariño y apoyo de mujeres en los momentos difíciles.
Esa bandera representaba los sueños de muchos que la defendieron con inmensa pasión, estando fresca en nuestra memoria colectiva en ese año 1986, la evocación de nuestros jóvenes soldados combatientes de Malvinas, estrellas fugaces en el cielo, auténticos gladiadores de lo imposible.
De esta manera cuando el maestro de ceremonias anunció que recibíamos con un fuerte aplauso a nuestro emblema de ceremonias, no quedo más remedio que iniciar la senda y ponerle el pecho a las balas. La travesía duró una eternidad para mí, cada paso que daba parecía alejar el objetivo. Ya estando encima del escenario, me fui soltando de a poco, apagando el nerviosismo, pudiendo observar la concurrencia, vivir el desarrollo de todo el acto protocolar, y escuchar las sentidas palabras emanadas de los discursos. Este fue el primero de una serie de actos que me tuvieron como protagonista en el escenario central, incluyendo alguno de ellos donde dirigí mi palabra al público presente, con escritos propios acerca de nuestros próceres, u otros eventos según la festividad que ocasionaba la celebración.
Cuando hubimos de entregar la enseña patria en el acto de fin de año, a una nueva terna de abanderados, compartimos la tristeza de soltar ese símbolo, que nos caracterizaba como tragas, pero nos permitía llevar el celeste y blanco en nuestras entrañas. Ese último acto significaba por otro lado, el fin del secundario para algunos, para otros la espera de los exámenes de diciembre o marzo, aprobar por fin las materias adeudadas y poder egresar.
Cuando baje del escenario, una vez culminada la fiesta, allí estaba mi Padre, el cual me abrazó sollozando, con un me siento muy orgulloso de vos, que aún resuena en mis oídos.
Emblema, celebración, abrazo, reconocimiento de mis padres y hermanos, compañeros, compañeras, sus padres, profesores, la comunidad educativa a pleno, nos despedía y nos lanzaba a la vida en serio. Algunos a trabajar, otros a estudiar carreras universitarias, cada uno intentando visualizar hacia dónde ir, cuál de todos los rumbos posibles tomar.
Lo simbólico, ese quehacer que nos acompaña como seres humanos desde tiempos inmemoriales, nos distingue por sobre otras especies, nos fortalece para transitar las etapas de nuestra existencia, es pura elección personal y colectiva, transformándose en estandartes que portamos y defendemos. Inmersos en la cultura, al mirar los símbolos de seguro reconoceremos de inmediato de qué está hecha, cuáles son sus fundamentos y hacia donde se dirige.
Convivimos a diario con numerosas representaciones, que resumen como pensamos, como sentimos y decimos, nos muestran de cuerpo entero, nos unen a otras personas que las comparten, creando grupos de pertenencia, al mismo alejándonos de su contrapartida, de su imagen velada. Tal es así que a lo largo de la historia, las batallas terminan cuando uno de los contrincantes se apodera del escudo, de la enseña, o deja fuera de combate al líder. Destruir al enemigo incluye destruir sus libros, prohibir su lenguaje, borrar sus ideales, casi como demoler su esencia.
Allí donde vemos una cruz roja, sabemos que podemos buscar recuperar nuestra salud. Cuando conducimos por la ruta, nos guiamos por las señales que aparecen, sólo es necesario estar atentos a ellas. Otras señales nos exigen un ojo más entrenado y avisor, como la madre con su pequeño hijo que no habla, pero al cual ella conoce por sus gestos.
Orientar nuestro derrotero en torno a preciados iconos es bastante común e inspirador. Nos mantiene en vilo, desde lo emocional, anestesiando un poco nuestra conciencia. Mantener una buena relación con ellos, sin caer en los extremos ergo los fanatismos, nos posibilita vivir en sociedad, con nuestros valores desterrando los anti-símbolos , es decir los anti-valores.
La paz, la bondad, la belleza, la humildad, la fraternidad, la libertad, adquieren significado concreto mediante una paloma, una mano entrelazada, una vestimenta simple, personas marchando por un ideal, una cadena que se rompe. En el medio, al costado, por encima o por debajo, nosotros con nuestras interpretaciones poniendo en escena la vigencia de nuestras creencias, cantando un himno, orando un rezo, plantando un árbol, accionando en pos de…… sostener sus vigencias.
Viernes por la noche hace un poco más de una semana, asistiendo a la fiesta de fin de año de la Academia de danzas donde entrenan su arte mis hijas, estoy sentado en la butaca, al lado de mi esposa, dando rienda suelta a mi devoción por ellas, observando a mis mellizas, inconmensurablemente hermosas para mí, derrochando gracia, y encanto, danzando al son de la música clásica, alentándome a seguir profesando amor y compromiso. Lo emblemático, de nuevo presente, me acomoda un cachetazo en la nuca, dejándome al borde de la panacea….. o de la inconsciencia……
Mis aclamadas bailarinas Ana Paula y Maria Emilia
Este bocallave u ojito de cerradura, me hace cerrar y abrir mi corazón al mismo tiempo. Me quita y me da oxígeno para respirar tan profundamente como puedo. Me hace permanecer en vilo, en una noche tormentosa, encendida la cerilla de la única vela que me regala luz en la oscuridad. Te invito a mirar por él, con el cariño que profesas por tus íconos, eso sí advirtiendo las señales que te da la razón para no caer en la tentación de creer que son los únicos……
Se me ocurre preguntarme y preguntarte:
Cuáles son tus símbolos?
Cómo te vinculas con ellos?
Cómo te llevas con los que no son tuyos?
Demasiadas cuestiones?
Capaz que sí.
Para las dos primeras mi respuesta es media automática, pero para la tercera ya debo pensar un poco más, no me surge tan espontanea, porque necesito pensar en el otro, en qué lo inquieta, que le hace sentido para vivir.
Ya no me resulta tan fácil, ya que me pone en la situación de tener que juzgar y comparar algunas cosas. Me lleva necesariamente a ver cuán capaz soy de incluir a los otros con sus propias representaciones y maneras de valorizar.
Por de pronto me sumerjo en el ritmo cadencioso de mis mellizas bailarinas…….
Mi pequeño oasis, en este efímero pasaje terrenal………
La lluvia que cae mansamente dibujando de verde la esperanza………
No tengo un registro personal y contable de aciertos o fallas. De este modo no me es posible establecer un porcentaje de efectividad. Es probable que en los ámbitos centrales de mi vida haya acertado en mayor medida que errado, cuando elegí mi profesión, casarme con Eugenia, tener tres hijas preciosas, poner el trabajo como un valor preciado. Sin embargo en esos logros que motorizan mi vida , existe un porcentaje de furcios, algunos memorables, otros no tanto, que le otorgan condimento y validez a esto de que nadie está exento de equivocaciones.
En el terreno del plural, por un lado ponemos mucho empeño en las cosas, mucha dedicación y actitud, valiéndonos de varias y maravillosas cualidades particulares, que compartimos en mayor o menor medida los seres humanos:
la adaptabilidad para amortiguar distintas circunstancias,
la resiliciencia para sobrevivir a los malos tiempos,
la alegría para vivir los buenos momentos,
la empatía para ponernos en el lugar del otro,
la humildad para no creernos el pupo del universo,
la responsabilidad para hacernos cargo,
el compromiso para cumplir nuestras promesas,
la curiosidad de los niños para conocer,
el amor y la bondad, para poner el corazón,
Por otro lado, aunque no sea nuestra intención, ni llegar, ni permanecer en ello, nos metemos en terreno fangoso y caemos abiertamente en:
el desgano y cansancio para justificar no hacer,
el egoísmo, para no registrar al otro,
la desilusión, para no generar más expectativas,
la exclusión propia y ajena, para no generar compromiso,
la indolencia, para no asistir al prójimo,
la depresión, para no tener sentido de vida,
la soberbia, para sentirnos más altos,
la tristeza para refugiarnos del dolor,
la razón y sólo la razón, para no poner el corazón,
No ha sido casualidad que haya puesto nueve y nueve, porque según mi punto de vista existe un elemento esencial que juega un rol decisivo para que el cuadro de resultados final arroje un valor positivo, o sea la suma del debe y del haber nos deje saldo en la cuenta bancaria.
Ese cualidad a la que hago referencia, es percibirnos y declararnos en todo momento como ignorantes,como hito fundamentalpara desarrollar cada día más nuestra actitud de aprendiz.
Manteniendo en alto el valor de la incompetencia, es que la pregunta que titula este blog: Error u Oportunidad? , nos brinda la posibilidad de transformar nuestras actividades, decisiones y elecciones de vida (que se tiñen inexorablemente de matices positivos y negativos como los anteriormente listados) , en situaciones donde el computo final nos deje esa efímera sensación de distinguirnos como exitosos.
Aprender de los errores, por supuesto aceptándolos primero, nos regala una oportunidad única de superar nuestras falencias, fracasos y ansiedades, para seguir tratando de lograr el bienestar, que es esa piedra preciosa que necesitamos tallar día a día.
La ecuación la podemos resolver sin asistencia, aunque es muy común que necesitemos una guía, un maestro, un intérprete que nos facilite tocar la partitura, por lo que es nuevamente clave decir no sé, hasta acá llegó mi suficiencia, y de este modo dejar atrás las equivocaciones para que aparezca la carta ganadora, que tengamos presente mantiene esa característica sólo por unas pocas manos.
El ojito de cerradura de hoy nos invita a mirar dentro de la habitación, donde allí están congregados, jugando a las escondidas casi sin descubrirse, nuestros éxitos y nuestros desaciertos (que a veces endilgamos a otros). Cada uno de nosotros tiene la llave maestra para abrir la puerta y organizar el juego, de modo tal que todos ellos puedan conocerse, aprendan unos de otros, para no caer en la euforia de creernos infalibles, o en la depresión de no creernos valiosos.
La pregunta, que me vengo haciendo hace bastante tiempo ya:
Error u Oportunidad?
Es mucho más importante que la respuesta que traté de esbozar, es tan sólo el punto de partida; por suerte como varias cosas de nuestras vidas, es bastante personal y aunque tenga espacios comunes, es materia de opinión. Por lo tanto es bastante relevante que tú encuentres tu propia y válida respuesta.
Caer en la tentación de creer que es posible saber todo y todo el tiempo, es como haber pensar que el Titanic nunca se hundiría.
La diferencia la hacemos sabiendo que las respuestas y afirmaciones presentes, tienen un período de validez acotado. Aceptar nuestros yerros para luego verlos como chances y plataformas de lanzamiento, es el principal desafío para que el balance de sumas y saldos arroje una ganancia neta.
El autodeclarado ignorante es un principiante……
El principiante se fortalece del error……
El error nos muestra lo ignorantes que somos…..
Un ciclo que cuando accedemos se repite virtuosamente y por el que paradójicamente vivimos en un lucimiento relativo……
Me remontó al año 1990. Mis recuerdos de aquellos momentos tienen muy poco de buenos. Recién salidos de la hiper-inflación de la última etapa del gobierno de Alfonsín, estrenabamos el famoso 1 a 1 , de la mano de otro gobierno. La sociedad argentina empezaba a visualizar algo de luz, que fue efímera, ya que los ciclos de bonanza y crisis nos siguieron acompañando hasta nuestros días. En efecto el slogan de un dolar igual a un peso, no se pudo sostener, cayendo como un castillo de naipes. No es mi intención hacer valoraciones políticas, ni económicas, no me considero preparado para ello. Quizás sólo puedo esgrimir alguna opinión fundada y personal sobre cómo me afectaron los hechos acaecidos.
Esta introducción a modo de contexto, es útil para dar un marco de referencia a aquel año, donde a la inestable situación general, hube de sumar la pérdida física de mi Papá Ramón, producto de una penosa enfermedad. Diagnosticado con cáncer de próstata en el año 1989, con múltiples metástasis óseas, peleando y luchando por vivir, apagó su luz en nuestra casa, rodeado de sus afectos, de sus amores. No pudo probar el último asado en familia, ese frío Domingo de Julio. A partir de allí vivimos nuestro duelo sus hijos Claudia de 24, Carlos Ariel de 13, y Marcelo, quien escribe de 22 años de edad, acompañando a nuestra mamá Ana, a quien le costó mucho superar su pérdida.
Ramón tuvo una vida intensa, comprometida con su trabajo, su familia, sus pequeñas diversiones, como jugar aún con sus 62 años cumplidos con nosotros sus hijos varones y amigos, al fútbol. Hombre con mucha vitalidad, equilibraba defectos y virtudes, con un incondicional amor para su esposa Ana y con un cariño a más no poder con sus Yuyén y Yenyú (Claudia y Marcelo) y su Nené (Carlos Ariel).
Nuestra familia no resultó bien económicamente, hubimos de remar bastante y numerosos años para salir y conseguir una cierta estabilidad; lo que más nos costó fue aceptar su partida, acomodar las piezas emocionales desgastadas. Cada uno de nosotros vivió el duelo a su manera y como pudo. Ana mi mamá quedó sumida en una profunda depresión. A mí me costó tomar ritmo con mis estudios en la facultad. Si bien el año no fue perdido, no resultó lo productivo que hubiera sido en otras circunstancias. Me faltaba esa guía, ese Padre compañero y alegre, que nos miraba orgulloso por lo que aprendíamos, por las contingencias que sorteaban sus hijos.
De a poco fuimos aceptando y eligiendo como sobreponernos a las dificultades. En mi caso personal elegí la opción de continuar, de sostener a mi Mamá, de proseguir trabajando como ayudante en la Facultad en varias cátedras de Ingeniería Química, carrera que estudiaba; haciendo lo que estuviera a mi alcance por asistir a mi hermano adolescente. El nuevo escenario implicó para mí un gran compromiso y gasto de energía. Al mal tiempo buena cara, frase conocida y muy fácil de pensar y decir, resultaba a veces escurridiza de aplicar. Yo sé que mi Papá no quiere que estemos mal, seguro es feliz si seguimos adelante y ponemos ganas, era otra oración que repetía y me ayudaba, aunque a veces esa frase me ponía a llorar.
Tiempos difíciles…..
Con la madurez que me regaló el tiempo, ahora sé que en muchas ocasiones no se puede optar por el marco de referencia o coyuntura; lo que me rodea, que calificó de positivo y negativo esta allí, a veces independiente de lo que este a mi alcance hacer. Puedo gestionar sin embargo, que ese entorno me afecté de modo tal que no resulté tan nocivo y pernicioso, buscando con mis acciones transformarme para aceptarlo, digerirlo, buscarle la vuelta para que poniendo un mejor estado de ánimo me resulté una oportunidad en vez de un gran problema.
Aceptar que hay cuestiones que no dependen de nosotros, es tan importante como tener un plan para que nuestras acciones influyan con un sesgo positivo en el ámbito personal , y en el entorno de personas que nos rodean, tanto en lo familiar y laboral, o en cualquier ámbito en donde tengamos la posibilidad de convivir. Lo que decidimos emprender puede generar un contexto alentador, en las esferas en donde participamos, pero estas últimas no son independientes unas de otras. Con frecuencia desconocemos las interrelaciones que las vinculan. Pretender controlar todo y todo el tiempo produce tanto desgaste físico y emocional, que definitivamente no está hecho para nosotros.
Muchas veces me resulta útil pensar que no soy el agujero negro del mundo, la única persona a la cual le suceden cosas malas, no creo ser tan importante. Me alegro ante circunstancias que signifiquen un éxito o logro, sopesando la relatividad de los hechos, sabiendo que elementos que veo agresivos o quiebres (circunstancias no esperadas) están allí mismo, a un tris de aparecer. Muy a menudo está en mí poner conciencia para que la afectación que me producen esos eventos se transformen en emociones amortiguadas y equilibradas con la razón. Bajo ese paraguas, mi enojo, mi euforia, mi desazón, mi desconsuelo, mi placer, son un pequeño estado transitorio, que me sirve para pasar a un nivel de mesurada y relativa calma, para finalmente tomar las mejores decisiones. No pretendo juzgar a las emociones dentro de etiquetas definidas como positivas y negativas; las mismas son elementos esenciales de nuestra humanidad, necesitan ser disfrutadas o sufridas, sólo que acotadas a cada balance personal. Una mala relación con ellas no nos permite gestionar adecuadamente nuestros buenos y malos momentos.
A modo personal vivir mis emociones y estados de ánimo, con el devenir más natural posible, sabiendo y aceptando que la tarea no es sencilla, es un desafío diario. A menudo pierdo, otras tantas gano, en la búsqueda del adecuado balance, pero soy consciente de que parte de mi vida discurrirá inevitablemente en ese tarea.
Me pregunto y te pregunto:
Cómo llevas tus tiempos difíciles?
La respuesta a la pregunta que te acabo de hacer es tan personal y única, que no existe un procedimiento universal escrito y validado.
Estamos más preparados y resulta placentero vivir lo que nos produce alegría, felicidad. Sin embargo, aunque usemos nuestro GPS bienestar, los entornos inmanejables nos traen de vuelta a la realidad, golpeándonos la cara con un puñetazo de knock out.
No nos queda más remedio que recurrir a la mesura y poner paños fríos.
Ser un líder en la tormenta es una buena opción.
Yo sólo te mostré mi brújula, la cual te aseguro que no me orienta en todo……
Son tantas veces las que tengo que recalcular mi trayecto…….
Te compartí un tiempo muy pero muy difícil de mi vida……
Siendo niño cuando mi madre me presentaba a otras madres, padres o personas que recién me conocían, se encargaba de puntualizar algunos aspectos relevantes de mi personalidad:
Es tan inquieto
Es tan apegado
Eso la eximía de explicaciones adicionales cuando o no me movía de su lado, o bien salía disparado a tocar e investigar lo que estuviera a mi alcance. Respecto de mi hermana no hacía falta crear un contexto previo ya que ella era bastante ubicada y relajada, no había riesgos latentes de que ella rompiera o derribara algo, como sucedía en mi caso.
Una vez sorteado ese lapsus inicial de conocimiento, en una etapa posterior de mayor confianza, ella se soltaba y a menudo contaba las proezas de sus hijos Claudia y Marcelo. Los dos son buenos alumnos, muy estudiosos e inteligentes, no hace falta pedirles para que hagan la tarea escolar. Recuerdo claramente con el orgullo que hablaba de nosotros, como se llenaba su rostro de alegría. A continuación la conversación derivaba en compartir experiencias sobre cómo educar a los hijos, las ventajas o desventajas de las penitencias, cuando y para qué servía el coscorrón o el chirlo; muy a menudo mi madre conversaba con una mezcla de aprobación y resignación, sobre cuan curioso era su hijo. Habitualmente contaba: le damos un juguete, y a los pocos minutos ya lo ha desarmado, usando las herramientas del taller. Por eso no le dura nada, ya que luego del desarme intenta por todos los medios rearmarlo, sólo algunas veces con éxito. Se puede pasar horas en eso, de la misma manera que pasa mucho tiempo, intentando construir camiones, autos, tractores: al final pocos juguetes sanos y sólo algunas creaciones exitosas.
En el fondo mi interés genuino era el de encontrar y descubrir esos componentes mecánicos, que permitían el movimiento de las ruedas, de la hélice, la sujeción de las piezas, etc, etc. Con el tiempo adicioné el gusto por las mezclas de diferentes sustancias, para crear una nueva, desde hacer un engrudo, o una solución salada, azucarada, o coloreada con elementos naturales, y varias cosas más.
Mi actividad de niño inquieto se complementaba inventando juegos para compartir los Domingos con mis primos; mi especialidad eran aquellos de ingenio, para tirar dados y avanzar, varios juegos con la pelota y otros para hacer puntería. Los festejados, que defino como aquellos que jugábamos largo rato sin cansarnos, eran los caracterizados por la sencillez. Cuantas más reglas había que cumplir, más posibilidad tenía de fracasar. Muy a menudo imaginaba juegos tan difíciles que iban destinados a la hoguera de la indiferencia, me enojaba bastante por ello, pero hube de insistir repetidas veces hasta descubrir las bondades de lo no complejo.
Hoy puedo distinguir la diferencia palpable entre lo simple y lo complejo, cayendo en la cuenta que cuando desarmaba los mecanismos de mis juguetes intentaba llegar a esos elementos sencillos y concretos que eran piezas fundamentales de lo más elaborado.
Mi tendencia pasada, presente y futura a tornar ornamentado lo que no requiere tanto, tiene que se gestionada, haciendo el esfuerzo diario por ponerle un voto de confianza a aquello tal como es, o como mi observador distingue qué es, pidiendo otras interpretaciones qué completen el cuadro, sabiendo que la belleza del mismo radica en que se compone de muy pocos elementos, un marco, una tela, pinceles, pintura y la dosis necesaria de creatividad.
Si aplicamos el mismo concepto a nuestras relaciones humanas, aparece el mundo de las interpretaciones, por lo que podemos llegar a querer dilucidar el estado de ánimo de una persona porque saludó de tal o cual manera, se fue rápido de una reunión sin avisar el porqué, y entonces en vez de preguntar, hacemos tan complejo el panorama qué lo tornamos inabarcable para nuestra escueta condición de ser humano.
Escenarios que parecen una madejas anudadas que no se sabe por dónde empezar a desenredar, se tornan sencillos y entendibles, haciendo unas pocas preguntas, cuyas respuestas develen lo que está allí , esos mecanismos antiquísimos y no por eso perimidos, que unen y conforman las mega-estructuras, cualesquiera sean su naturaleza: humanas, técnicas, físicas, ambientales o de cualquier orden. Encontrar esas preguntas que nos muestren la simpleza de las cosas es el punto de partida y la habilidad más dificultosa. Son más productivos los interrogantes que las respuestas.
Los bocallaves, de los cuales venimos hablando hace ya bastante tiempo, no son más que eso, bellos y preciados vacíos, por donde se puede mirar hacia el interior de algo, pero son al mismo tiempo el punto de entrada de una llave a un cerrojo, que nos permite abrir una puerta y luego ingresar. La cerradura es articulada, pero hecha de no sofisticados mecanismos que se rinden ante un elemento definido y sutil como una llave.
Es por ello que encontrar el camino para llegar a la idea central, al motivo principal de algo, equivale a descubrir las adecuadas herramientas, como cuando de niño desarmaba mis autos, y podía visualizar en ellos al engranaje , al eje, al cojinete, la rueda, el tornillo, la traba, en definitiva un sinnúmero de piezas concretas que conforman un sofisticado entramado.
No me queda más remedio que preguntarnos:
Distinguís lo simple en lo complejo?
Las grandes creaciones que hacemos, generalmente son fuertes debido a la fortaleza y templanza de sus componentes, aunque resulta paradójico que una falla de algo tan elemental como un tornillo acaba por derribarlas. Trazando un paralelismo, el éxito o fracaso de los proyectos humanos de cualquier índole, tiene a su vez su causa raíz en el éxito o fracaso de sus pocas y no menos importantes directrices o ideas base.
Es por ello que te invito a desgranar lo extensamente diagramado, en sus pequeños ladrillos que le dan vida, adquirir la experiencia suficiente para luego volver a armarlo, produciendo un conjunto innovador , descubriendo a cada paso la relevancia de las pocas y acotadas piezas que permiten la armonía del conjunto.
Vamos al rescate de lo simple y sencillo que me resulta más humano y abarcable, para poder construir esa complejidad sustentable.
Existen noches en las cuales sueño verme otra vez como niño, bajo la protección de esos ojos verdosos, las manos hacendosas y la rica comida de campo esperando por mí. Saboreo en mi boca, vivo en mi cuerpo las emociones más profundamente arraigadas del amor de mi Madre, la ventura de aún hoy disfrutarla, las charlas amenas, los consejos y el ineludible: por favor cuidate Marcelo.
El travieso niño, hacía las mil y unas. Ana, su Mamá, sumamente ocupada con las tareas de la casa, no podía contener semejante remolino, que daba vuelta todo, con una energía inmanejable. Intentaba lo que podía para educarlo, porque muchas reglas no estaban hechas a la medida de Marcelo. El recuerdo de esa etapa de mi vida, me lleva inexorablemente a la plena convicción de una Mamá que no paraba nunca. El pequeño la seguía a todos lados, la celaba de Claudia, su hermana, porque su Mami, era sólo para él.
Hoy distingo como ponía el cuerpo esa mujer, no había avances tecnológicos de envergadura, sólo un lavarropas. Cuando nació Carlos Ariel, el menor de mis hermanos, los pañales eran aún de tela. La vida en la quinta no era fácil, llevarnos al colegio era un desafío de levantarnos muy temprano, para tomar un colectivo que pasaba cada hora, el 155. Sumar alimentos procesados a los naturales alimentos que proveía la quinta, suponía caminar quince cuadras de ida y otras tantas de vuelta. Ocuparse de que hagamos las tareas, y de proveernos algunos útiles que faltaban, sumaba otro combo adicional. Asimismo tejía hermosos abrigos, confeccionaba mis camisas, que me quedaban bien entalladas con esos cuellos perfectos y el largo de mangas que ni les cuento. Todo esto y mucho más hacía mi Madre, que era puro accionar y pocas palabras. Por momentos, estando sola, la observaba reír y llorar en un mismo acto. Hablaba mucho con mi Papá Ramón, durante el almuerzo tardío cuando llegaba de su trabajo cerca de las 14.30 horas, y después de cena cuando lavaban juntos los platos. Era su manera de mantener viva la relación, de paso contarle y desahogarse con él lo mucho que renegaba durante el día, sobre todo con el indomable Marcelito.
Con sólo el primario completo, sin escuela secundaria, siendo profesora de corte y confección, hasta hoy conserva el hábito de preguntar cuando no entiende, no sintiendo vergüenza por no saber. Cuando se fue su compañero el 30 de julio de 1990, su mundo se vino abajo, paso de ser un ángel guardián , amorosa a tiempo completo con mi Padre enfermo, a ser una mujer sin fuerzas, deprimida, irreconocible para mí. Tuvo que superarlo, reinventarse y aprender a vivir de nuevo. Responsable a tiempo parcial del cuidado de su primera nieta Florencia, sacó las fuerzas necesarias, volvió a ser esa mujer máquina, desbordante de ímpetu, pudiendo al fin convivir con la enorme pérdida de su fiel esposo.
Menguada físicamente con sus casi 84 años a cuestas, hoy nos toca devolverle todo lo que nos dedico , el cariño y la infatigable luz que nos legó. La escuchamos por momentos con algunas lagunas en su pensamiento, recordando sus anécdotas de niña, sobre como fue educada para trabajar y ser útil; muy a menudo haciendo llamadas y enviandonos SMS para ver cómo estamos. En esto de ser aprendiente , maneja el celular con teclado, pero no a la pantalla táctil, por lo que no recibe fotos, las cuales reclama que llevemos: de nosotros, de sus nietos y nietas. Regalenme fotos ya que de esa manera me siento más acompañada, es su continuo pedido.
Hoy pasa sus días bajo el atento cuidado de algunas personas que se turnan , para ayudarla luego de su operación de cadera. Recibe las visitas y atenciones de sus hijos Claudia, Ariel y su nieta Florencia, que viven cerca de ella; mantiene conmigo varias charlas telefónicas semanales que nos acercan, para superar la distancia que nos separa, en las cuales la escucho contarme sus cuitas diarias, lo mejorada que está luego de la cirugía, compartiendo con ella que hacen y como avanzan en la vida sus nietas, mis amadas hijas.
Este bocallave de hoy me llena de nostalgia por lo vivido, pero es una manera que encuentro de reconocer la inmensidad del amor de una Madre, de ver y sentir a mi esposa Eugenia, en esa continuidad de cariño y dedicación, que no tiene horarios, ni fecha de vencimiento. No hace falta decir mucho más, sino levantar una copa para brindar por todas las Madres en su día, generar una conciencia renovada del valor, del coraje y de la inconmensurable relevancia de su existir.
Hoy no es momento de preguntar, ni de juzgar, sino sólo de decir GRACIAS MAMA.
Estás conmigo, Aquí en mi corazón. Es así de simple y a la vez así de profundo.
Les comparto un pequeño escrito, algo que tiene pretensiones de poema, y que redacte hace un tiempo para ella.
Se llama Infinita Tersura:
Matriz encantada y fértil,
Creó mi vida de la tuya,
Fue así como te hiciste Santa,
De mi eterna devoción y templanza.
Eres costumbre luminosa,
De caricias y besos,
Torre que me ampara,
Y cobija mis sueños.
No dejas de sonreírme,
Mecerme en la cuna,
Y amarme sin consuelo.
Aquí te llevo madre de misericordia,
Luchadora del viento,
Tierra húmeda de leche y miel.
Déjame que te cuide,
Déjame que te devuelva esfuerzo,
Eres mi siempre joven,
Y amada protectora.
Comida caliente y noches de desvelo,
Esta plegaria es para vos, Quédatela en tu pelo.
Tú sientes lo que siento,
Tus manos, esa Infinita Tersura.
A fines del año 1986 terminé mi secundario de 6 años y me gradué como Bachiller Nacional y Perito Mercantil. Con mis dieciocho años cumplidos en junio, a fines del ese mismo año, me inscribí en la carrera de Ingeniería Química y aprobé el curso de ingreso desarrollado entre febrero y marzo de 1987. Estaba con muchas ganas de comenzar mi carrera, pero como había resultado sorteado para llevar a cabo el servicio militar, una vez culminado el ciclo introductorio, hube de presentarme para emprender ese ciclo de entrenamiento militar, el cual duró siete meses y once días, ya que me fui en la primer baja de ese año.
El soldado clase 68 Marcelo Bordolini , como necesite reconocerme durante ese período de mi vida, cumplió servicios en el Regimiento de Infantería Aerotransportado 14, Compañía Comando y Servicios, la cual estaba destinado a personas con determinado nivel de formación, y su función era triple, ya que además de recibir entrenamiento como soldado , y luego como paracaidista, nos formaban como operadores de lanzamiento con morteros de 120 mm. Dicho Regimiento se encuentra en el camino a la Calera, en las afueras ahora ya cercanas de Córdoba, agrupado con un conjunto de Regimientos que conforman una nutrida Unidad Militar.
Quiero detenerme en los primeros días de vida castrense, cuando hube de aceptar que tenía que cambiar la paz y relativa libertad de la quinta, por los horarios y férrea disciplina del régimen militar. Durante el primer mes no entendía el porque de muchas cosas, y sufrí bastante el proceso de adaptación; de a poco, decidí que la manera más fácil de superar la prueba era alinearme con la nueva escuela, aprovechando al máximo el entrenamiento y la instrucción que nos daban.
La primera formación como soldado incluyó unas tres semanas de permanencia en carpa por parejas de soldados, en un campo militar, donde practicamos un montón de cosas, de las cuales recuerdo el gran esfuerzo físico y mental que significaba llegar al fin de cada jornada. Rememoro asimismo lo que fue sentir que el alimento era insuficiente para cubrir todo lo que hacíamos. Recuerdo a mi mamá, mi papá y una prima más grande visitándome, durante el primer fin de semana autorizado; mi alegría de degustar junto a un compañero una torta casera y una botella de gaseosa, las cuales duraron menos de un segundo, fue uno de los grandes hitos de esa etapa.
La segunda formación, esta vez como paracaidista, fue aún más intensa, demandó un mes, y fue demoledora desde el punto de vista de la exigencia diaria, ya que entrenábamos una vez concluido el desayuno, comenzando con una corrida marcando el paso por unos 10 kms, equipados con mochila y fusil, sumando varios kilos de peso; acto seguido práctica de salto, desde un viejo fuselaje colocado a 15 metros para ejercitar la caída libre. Resultaba relevante entrenarnos en lo que se llamaba el aguante, que es la posición para recibir el suelo y soportar ese golpe, ya que el paracaídas dejaba de sustentarte varios metros antes de tocar tierra. Llegaba el almuerzo, el cual devorábamos, para dar lugar por la tarde a distintas actividades físicas para mejorar nuestra capacidad aeróbica.
Ya siendo paracaidista, y habiendo saltado varias veces desde los Hércules preparados como plataforma de lanzamiento, sobrevino el tercer entrenamiento que fue mucho más pensante , ya que estaba vinculado al lanzamiento de proyectiles con morteros. Se eligió un grupo de soldados, en teoría los más destacados y con mejor formación en Física. En este caso en particular recuerdo dos instructores que se hicieron bastante cercanos a nuestro pequeño equipo de unos doce soldados seleccionados. Me refiero al responsable del curso Teniente Ferraro, y el operador de mortero Sargento Primero Ríos. Ellos trabajaron con denuedo para sacar de nosotros lo mejor, en esto de hacer cálculos de caída libre, verificar la influencia del viento y tener en cuenta las condiciones meteorológicas para efectuar el disparo del proyectil que tenía un alcance de unos 20 kms. A los cálculos seguían los lanzamientos reales, la corrección luego de los primeros tiros, la colocación de proyectiles, la limpieza posterior, el guardado del equipamiento y numerosas actividades más, cada una con un procedimiento y sello distintivo. Varios lanzamientos fallidos, algunos no tan lejos del objetivo, y unos pocos casi en el blanco, allá lejano, lo cual disfrutábamos como un gran triunfo. Allí estaban nuestros instructores, para sostenernos en las malas y equilibrar la alegría del éxito, para que no se transforme en desmedida euforia.
De esta última y enriquecedora etapa me quedó grabada a fuego la importancia, marcada por los instructores, del trabajo sincronizado en equipo, de los valores que teníamos que profesar, de nuestro compromiso, de relevarnos y apoyarnos en los malestares, de aprender de los errores, de no creer que ya lo sabíamos todo. Pensarnos como un equipo a cada momento, para lograr que la cadena fortalezca el eslabón más débil.
Distingo ya desde aquella instancia la importancia de que existan instructores e instruidos, que se respeten como tales, que se pongan objetivos comunes, que tracen un plan a dónde ir, a dónde llegar, en la disciplina del aprendizaje común y conjunto. La relevancia de que existan personas con vocación de enseñar, de brindarse al otro, de mostrar el camino, quedando como reserva de conocimiento, pero sobre todo de actitud y perseverancia. Aprecio que sin marcada vocación y un corazón puesto a medias en lo que uno instruye o enseña, el proceso puede ser bastante racional pero le faltaría ese condimento esencial, para que la relación instructor- instruido fluya, rindiendo frutos maduros y finamente acabados.
Este ojito de cerradura, nos invita a vivir de nuevo el proceso de instructor-instruido, del cual hemos formado parte, en cualquiera de los roles que nos tocó, nos toca, o nos tocará , para reconocer en ellos las cuestiones esenciales y virtuosas que nos guiarán al éxito. Verificar que el camino del aprendizaje pasa por varios estadíos nos facilita las cosas; el equilibrio entre conocimiento, habilidad y actitud para poner ganas de aprender, son la columna vertebral que sostiene el edificio más alto, y de seguro significativo de la condición humana: la ignorancia en muchos ámbitos y aspectos que tenemos que reconocer a cada instante.
Se me ocurre que ya es tiempo de preguntarnos:
– Cómo estás siendo en este desafío instructor-instruido?
Ese estar siendo, que no es inmutable, puede ser mejorado, enriquecido, si damos autoridad a otros maestros, si nos reconocemos limitados, para de esta forma sostener nuevos procesos, con un soporte incrementado, captando de ellos esa fibra que los mueve, la vocación sublime de entregarse a la enseñanza.
Aceptarnos ignorantes es clave, nos permite abrirnos a las recién llegadas experiencias, no sintiendo la desventura de soltar lo viejo, sino disfrutando la positiva emoción de tomar lo nuevo, como un baño con agua fresca en el verano.
Yo me imagino en el avión preparado para saltar…..