El pasillo del cine Gloria, muy largo para mí en aquel entonces, me esperaba amenazante cuando fui recibido por primera vez como abanderado de la escuela secundaria Cristo Rey. Franqueado por dos compañeras Iris y Alejandra, mis escoltas, la primera de mi estatura y la segunda más alta que yo (tampoco hace falta mucho), ese trayecto central que dividía las butacas por el medio y bastante en descenso, semejaba a escalar el Everest al revés, pero sin guía ni campamentos de descanso intermedios. Ahí estaba el petiso con su mirada al frente, sosteniendo esa bandera que era bastante más grande que él, recibiendo palabras de aliento de sus socias en el camino. La misma suerte de casi siempre, respecto de recibir la protección, cariño y apoyo de mujeres en los momentos difíciles.
Esa bandera representaba los sueños de muchos que la defendieron con inmensa pasión, estando fresca en nuestra memoria colectiva en ese año 1986, la evocación de nuestros jóvenes soldados combatientes de Malvinas, estrellas fugaces en el cielo, auténticos gladiadores de lo imposible.
De esta manera cuando el maestro de ceremonias anunció que recibíamos con un fuerte aplauso a nuestro emblema de ceremonias, no quedo más remedio que iniciar la senda y ponerle el pecho a las balas. La travesía duró una eternidad para mí, cada paso que daba parecía alejar el objetivo. Ya estando encima del escenario, me fui soltando de a poco, apagando el nerviosismo, pudiendo observar la concurrencia, vivir el desarrollo de todo el acto protocolar, y escuchar las sentidas palabras emanadas de los discursos. Este fue el primero de una serie de actos que me tuvieron como protagonista en el escenario central, incluyendo alguno de ellos donde dirigí mi palabra al público presente, con escritos propios acerca de nuestros próceres, u otros eventos según la festividad que ocasionaba la celebración.
Cuando hubimos de entregar la enseña patria en el acto de fin de año, a una nueva terna de abanderados, compartimos la tristeza de soltar ese símbolo, que nos caracterizaba como tragas, pero nos permitía llevar el celeste y blanco en nuestras entrañas. Ese último acto significaba por otro lado, el fin del secundario para algunos, para otros la espera de los exámenes de diciembre o marzo, aprobar por fin las materias adeudadas y poder egresar.
Cuando baje del escenario, una vez culminada la fiesta, allí estaba mi Padre, el cual me abrazó sollozando, con un me siento muy orgulloso de vos, que aún resuena en mis oídos.
Emblema, celebración, abrazo, reconocimiento de mis padres y hermanos, compañeros, compañeras, sus padres, profesores, la comunidad educativa a pleno, nos despedía y nos lanzaba a la vida en serio. Algunos a trabajar, otros a estudiar carreras universitarias, cada uno intentando visualizar hacia dónde ir, cuál de todos los rumbos posibles tomar.
Lo simbólico, ese quehacer que nos acompaña como seres humanos desde tiempos inmemoriales, nos distingue por sobre otras especies, nos fortalece para transitar las etapas de nuestra existencia, es pura elección personal y colectiva, transformándose en estandartes que portamos y defendemos. Inmersos en la cultura, al mirar los símbolos de seguro reconoceremos de inmediato de qué está hecha, cuáles son sus fundamentos y hacia donde se dirige.
Convivimos a diario con numerosas representaciones, que resumen como pensamos, como sentimos y decimos, nos muestran de cuerpo entero, nos unen a otras personas que las comparten, creando grupos de pertenencia, al mismo alejándonos de su contrapartida, de su imagen velada. Tal es así que a lo largo de la historia, las batallas terminan cuando uno de los contrincantes se apodera del escudo, de la enseña, o deja fuera de combate al líder. Destruir al enemigo incluye destruir sus libros, prohibir su lenguaje, borrar sus ideales, casi como demoler su esencia.
Allí donde vemos una cruz roja, sabemos que podemos buscar recuperar nuestra salud. Cuando conducimos por la ruta, nos guiamos por las señales que aparecen, sólo es necesario estar atentos a ellas. Otras señales nos exigen un ojo más entrenado y avisor, como la madre con su pequeño hijo que no habla, pero al cual ella conoce por sus gestos.
Orientar nuestro derrotero en torno a preciados iconos es bastante común e inspirador. Nos mantiene en vilo, desde lo emocional, anestesiando un poco nuestra conciencia. Mantener una buena relación con ellos, sin caer en los extremos ergo los fanatismos, nos posibilita vivir en sociedad, con nuestros valores desterrando los anti-símbolos , es decir los anti-valores.
La paz, la bondad, la belleza, la humildad, la fraternidad, la libertad, adquieren significado concreto mediante una paloma, una mano entrelazada, una vestimenta simple, personas marchando por un ideal, una cadena que se rompe. En el medio, al costado, por encima o por debajo, nosotros con nuestras interpretaciones poniendo en escena la vigencia de nuestras creencias, cantando un himno, orando un rezo, plantando un árbol, accionando en pos de…… sostener sus vigencias.
Viernes por la noche hace un poco más de una semana, asistiendo a la fiesta de fin de año de la Academia de danzas donde entrenan su arte mis hijas, estoy sentado en la butaca, al lado de mi esposa, dando rienda suelta a mi devoción por ellas, observando a mis mellizas, inconmensurablemente hermosas para mí, derrochando gracia, y encanto, danzando al son de la música clásica, alentándome a seguir profesando amor y compromiso. Lo emblemático, de nuevo presente, me acomoda un cachetazo en la nuca, dejándome al borde de la panacea….. o de la inconsciencia……

Este bocallave u ojito de cerradura, me hace cerrar y abrir mi corazón al mismo tiempo. Me quita y me da oxígeno para respirar tan profundamente como puedo. Me hace permanecer en vilo, en una noche tormentosa, encendida la cerilla de la única vela que me regala luz en la oscuridad. Te invito a mirar por él, con el cariño que profesas por tus íconos, eso sí advirtiendo las señales que te da la razón para no caer en la tentación de creer que son los únicos……
Se me ocurre preguntarme y preguntarte:
- Cuáles son tus símbolos?
- Cómo te vinculas con ellos?
- Cómo te llevas con los que no son tuyos?
Demasiadas cuestiones?
Capaz que sí.
Para las dos primeras mi respuesta es media automática, pero para la tercera ya debo pensar un poco más, no me surge tan espontanea, porque necesito pensar en el otro, en qué lo inquieta, que le hace sentido para vivir.
Ya no me resulta tan fácil, ya que me pone en la situación de tener que juzgar y comparar algunas cosas. Me lleva necesariamente a ver cuán capaz soy de incluir a los otros con sus propias representaciones y maneras de valorizar.
Por de pronto me sumerjo en el ritmo cadencioso de mis mellizas bailarinas…….
Mi pequeño oasis, en este efímero pasaje terrenal………
La lluvia que cae mansamente dibujando de verde la esperanza………