Hay partidos que se juegan con la cabeza fría y otros que se juegan con el estómago apretado, con el corazón subiéndote por la garganta cada vez que la pelota cruza el mediocampo. Este fue, sin ninguna duda, de los segundos. De esos que no se cuentan por la calidad del juego, sino por la cantidad de veces que un hincha piensa «esto se terminó» y se equivoca. Yo me equivoqué, me dediqué a criticar a la selección dentro de un grupo de amigos.
Todo empezó cuesta arriba. Egipto se puso en ventaja 1-0, y ese gol tempranero cambió el clima del estadio de inmediato. No fue una diferencia abismal en el resultado, pero sí en la sensación: de golpe, un partido que parecía manejable se transformó en una cuenta regresiva incómoda. Y para Messi, esa cuenta regresiva tenía un peso extra que no se veía en la planilla: la sensación de que el reloj no solo corría para ese encuentro, sino para todo un Mundial que no quería que se terminara. Se sentía en cada jugada suya que no estaba dispuesto a que este fuera el partido en el que el sueño se cortara.
En medio de ese clima, llegó una chance de oro: un penal para Argentina. La oportunidad perfecta para empatar antes de que el partido se complicara más. Messi se paró frente a la pelota. El estadio, entero, contuvo el aire. Fue uno de esos silencios raros, donde hasta los que gritan sin parar se quedan mudos, como si hablar pudiera desviar el tiro.
Remató. El arquero le adivinó el rincón. Falló.
Se lo vio quedarse un segundo de más mirando el arco, como si no terminara de procesar lo que acababa de pasar. No hubo gesto exagerado, no hubo enojo visible hacia afuera; hubo, en cambio, esa mueca contenida de quien sabe que acaba de perder una oportunidad enorme y que, aun así, el partido sigue. Se pasó la mano por la cara, respiró hondo y volvió trotando a su posición. Un par de compañeros se le acercaron, le tocaron la espalda, le dijeron algo al oído. Él asintió, como diciendo «tranquilos, esto no termina acá». Fue apenas un gesto, pero decía mucho: el capitán ya estaba pensando en el próximo minuto, no en el error anterior.
El primer tiempo terminó así, 1-0 abajo y con la espina del penal fallado. Hay pocas sensaciones en el fútbol tan pesadas como esa combinación: ir perdiendo y encima haber desperdiciado la chance más clara para evitarlo. Podría haber sido, perfectamente, la crónica de una tarde para el olvido.
Pero el segundo tiempo trajo todavía más tensión antes de traer alivio. Egipto encontró un segundo gol… que el árbitro, tras revisión, terminó anulando. Un respiro breve, casi anestesiado, porque apenas unos minutos después, esta vez sí, Egipto convirtió el 2-0. El estadio, que había festejado la anulación como si fuera un gol propio, se quedó frío de nuevo. Fue el golpe más duro de toda la noche: la sensación de haber esquivado una bala para, casi enseguida, recibir otra.
Ahí, con dos goles en contra y el peso del penal fallado todavía flotando en el aire, el partido pedía resignación. Y sin embargo, el fútbol —como pasa a veces en la vida— decidió escribir otra historia.
Porque hay momentos, en la cancha y fuera de ella, en los que todo parece indicar que ya no hay nada para hacer, y la reacción más humana es bajar los brazos. Pero también existe la opción más difícil: insistir sin garantías de que sirva de algo. Eso hizo este equipo, con Messi como motor silencioso de esa insistencia.
Desde el 2-0 en adelante, el protagonismo de Messi se hizo cada vez más evidente. No era solo el que definía; era el que pedía la pelota todo el tiempo, el que bajaba a buscarla cuando el equipo no encontraba salida, el que se paraba distinto, con más urgencia, como si supiera que a partir de ahí cada jugada que pasara por sus pies podía ser la última chance de la noche. Fue, sin exagerar, el que más tocó la pelota en los minutos decisivos, el que empezaba las jugadas y también terminaba apareciendo en el área para resolverlas.
El primer respiro llegó por una vía inesperada: Cuti Romero, subiendo desde el fondo, apareció para poner el 2-1. Un gol de defensor, de esos que valen doble porque nacen del sacrificio y de la necesidad de un equipo que tiene que reinventarse en el momento justo. El público, que minutos antes empezaba a resignarse, volvió a creer. Messi, había tirado ese centro. Se podía seguir creyendo.
Y como si el destino quisiera darle la revancha a quien más la necesitaba, llegó el segundo gol, el del empate. Una volea de Messi, de esas que quedan grabadas en la memoria de cualquiera que la haya visto, un golpe seco, preciso, casi imposible, que empujó el marcador al 2-2. Apenas la pelota entró, salió corriendo con los brazos abiertos, gritando con una furia que no se le había visto ni en los goles más importantes de su carrera: un grito que parecía sacarse de encima, de un solo golpe, todo el peso del penal fallado. Sus compañeros corrieron a abrazarlo, casi tirándolo al piso, y por un instante el estadio entero pareció respirar junto con él. Ese gol no fue solo un empate: fue su manera de decir, sin palabras, que todavía tenía mucho para dar en ese Mundial.
A partir de ahí, el partido cambió de naturaleza. Ya no era un partido que se estaba perdiendo ni un partido que se estaba ganando: era una final de minutos, un pulso entre el cansancio y la ilusión. Messi, en esos minutos finales, se lo veía distinto: gesticulando hacia sus compañeros, pidiendo la pelota, señalando espacios, como si estuviera empujando al equipo entero con la sola fuerza de sus gestos. Ya no jugaba solo con las piernas; jugaba también con la cara, con los brazos, con esa urgencia de quien sabe que el tiempo se acaba y todavía queda algo por hacer. Cada vez que la pelota le llegaba, el estadio se paraba entero, como esperando que ahí, otra vez, apareciera algo decisivo.
Y en el momento en que ya casi nadie se animaba a pedir más, apareció el nombre que faltaba. Enzo Fernández, con un cabezazo en pleno descuento, cuando el reloj ya jugaba en contra de todos menos de la fe de los que seguían creyendo. Fue un gol nacido pura y exclusivamente de la insistencia, de esa costumbre de no dar un partido por terminado hasta que el árbitro no pite el final.
El festejo de Messi en ese momento fue distinto a todos los anteriores. No corrió con la misma furia que en el segundo gol: se quedó un segundo parado, con las manos en la cabeza, como si necesitara procesar lo que acababa de pasar. Después sí, se abrazó con quien tuviera cerca, se rió, gritó, y en algún momento levantó la vista al cielo. Al final, ya con el silbatazo sonando, se lo vio caminar despacio por la cancha, saludando, con una sonrisa cansada de esas que solo salen después de haber sufrido un partido de principio a fin. En esa sonrisa había algo más que alivio: la certeza de que el Mundial seguía, de que todavía no era momento de despedirse.
Y entonces, cuando ya nadie esperaba más emoción de la que había dado el partido, llegó la imagen que quedó grabada por encima de todas las demás. Messi se quebró. Ahí, en medio de la cancha, con la cara tapada por las manos, dejó salir un llanto que no tenía nada de fingido: era el desahogo de todo lo que había guardado desde el penal fallado, de la angustia de ir perdiendo, del miedo a que el sueño se terminara antes de tiempo. No fueron lágrimas de un segundo; se quedó así varios instantes, sacudido, como si el cuerpo recién ahora se permitiera sentir todo lo que había pasado en las últimas dos horas. Sus compañeros, al verlo así, no lo dejaron solo ni un segundo: se acercaron de a varios, lo rodearon, y entre risas y abrazos lo levantaron en andas, en el aire, como se levanta a alguien que acaba de salvar algo mucho más grande que un resultado. Él se dejaba llevar, con la cara todavía mojada, riéndose entre las lágrimas, mientras el resto del plantel gritaba a upa suyo, sosteniéndolo como si quisieran decirle, sin palabras, que ahí arriba estaba exactamente donde tenía que estar.
3-2. Así, con el corazón en la boca hasta el último segundo. Después de haber estado perdiendo, después de haber fallado el penal más importante del partido, después de haber recibido un segundo golpe justo cuando parecía que el primero ya alcanzaba. Y sin embargo, ahí estaba la prueba, una vez más, de que la sentencia nunca es definitiva hasta que se termina el tiempo.
Este tipo de encuentros no se recuerda solamente por el resultado; se recuerda por el camino recorrido para llegar a él. Por el error que pudo hundirlo todo y que, en cambio, se convirtió en el punto de partida de la reacción. Por el gol anulado que pudo ser un alivio falso antes del golpe real. Por el defensor que un día cualquiera se transformó en héroe inesperado. Por el capitán que se sacudió de encima la frustración a puro talento, jugando cada minuto como si no quisiera soltar el Mundial ni un segundo antes de tiempo. Y por el chico que apareció justo cuando el partido pedía, a los gritos, un último nombre dispuesto a jugarse todo.
Y quizás ahí esté la verdadera enseñanza de esa noche: en la vida, como en ese partido, no siempre depende de nosotros que las cosas empiecen bien. A veces el golpe llega temprano, a veces fallamos justo cuando más necesitábamos acertar, a veces esquivamos un problema para chocar enseguida con otro. Lo que sí depende de nosotros es la decisión de seguir intentándolo, de no dar por perdido lo que todavía no terminó. Esa noche, con un defensor convertido en delantero de ocasión, con una volea que valió como disculpa y como declaración de principios, y con un cabezazo que llegó justo cuando el tiempo se acababa, Argentina no ganó solamente un partido. Y Messi, con cada reclamo de pelota, con la furia de su festejo y la calma de su sonrisa final, dejó claro que todavía no estaba listo para irse.
Los líderes nunca se van, apenas pueden regresen con esa fuerza y mentalidad que contagia las ganas de seguir, aprender y obtener un gran resultado.
Los líderes muestran el camino y se hacen cargo de los trayectos más exigentes.
Lionel Messi, por muchos años más!