Siendo niño… !

En el colegio había vivido una buena semana. Las pruebas que le habían tomado las maestras, las había resuelto con soltura. Los recreos fueron muy divertidos, junto a Coqui, Horacito y otros tantos más. Algunas peleas menores producto del intercambio de figuritas, o en ocasión de la disputa por algunos milímetros de distancia, durante el juego con esas hermosas bolitas de vidrio multicolor. Nada que ameritara la intervención de alguna maestra para apaciguar los ánimos.

El niño de apenas siete años, había adquirido cierto grado de conciencia relativa, desde hacía poco tiempo. Su vida, como la de todo pequeño, transcurría entre la casa, el colegio, algunas salidas familiares y celebraciones de cumpleaños. De pequeño porte, pelo dorado, enérgico y decidido, se las ingeniaba para ser algo inmanejable para mamá. Toda vez que volvía de la escuela, merendaba con su hermana, a lo que seguía la confección de los deberes. Hacer las tareas no le demandaba tanto tiempo, producto de su gusto por estudiar y aprender. No tenía la misma facilidad para ser ordenado y obediente, porque acomodar y hacer caso, no estaban en su lista de preferencias.

Terminadas las tareas, salía a la galería a pelotear, haciendo rebotar la pelota tantas veces, que terminaba siendo molesto. Su mamá le llamaba cien veces la atención, hasta cansarse y rendirse, dejando de lado sus intenciones por corregir sus conductas. «Ya tendrá más años y podrá darse cuenta», pensaba su mamá, hecho que casi nunca pudo ser comprobado. Su condición de buen alumno, y que no necesitará atención de mamá, le daba algunos créditos para mostrarse rebelde, indisciplinado y caprichoso. Aprendía de su hermana, contenidos de segundo grado, por lo que cuando pasará de año, ya sabría prácticamente todo.

Otra cosa que le gustaba hacer era leer. Se devoraba todos los libros que le regalaban, incluyendo que leía y releía los tomos de la enciclopedia británica que estaban a su disposición. Estudiaba a fondo cada país, con su mapa, sus estadísticas y su bandera. A menudo se preguntaba, que se sentiría haber nacido en suelo ruso, polaco, italiano, español o inglés. Comparaba tamaños, costumbres y lenguas de cada nación, mientras leía con sumo interés las historias de guerra que habían provocado la muerte de tantas personas. La imagen de Napoleón, le resultaba inabarcable, lo mismo que la de Julio César.

Cerca de la hora de cenar se preparaba para recibir a su papá que volvía de su trabajo en el centro. Su mamá le había contado detalles de lo que hacía papá: «lleva las cuentas de algunos negocios, porque es contador». Con los años entendería que significaba eso, por ahora todo lo que hacía papá le parecía maravilloso. El soñaba con parecerse, poder manejar un auto y trabajar en algo importante, para poder luego, ya siendo grande, «ser otro papá, pero igual a este». Casi siempre a la misma hora, minutos más, minutos menos, las luces del auto alumbraban la cochera abierta.

Se apagaba el ruido del motor, sintiéndose a los pocos segundos que la puerta del auto se abría y se cerraba. El niño y su hermana, se paraban esperando detrás de la puerta de casa, para que cuando se abriera, pudieran recibir de papá, la sorpresa que les traía todas las noches. La ceremonia consistía en adivinar en que bolsillo del saco se encontraba el chocolate que venía con un muñequito adentro. El saco tenía dos bolsillos, por lo que siendo dos las sorpresas e iguales, no había margen para el error. Sin embargo, cada noche el acto de papá se repetía inexorablemente, llenando de felicidad a los pequeños.

El arribo de papá tranquilizaba al pequeño niño, ya que luego de que papá se cambiaba, para vestir una ropa más de entrecasa, ayudaban ambos a preparar y llevar la comida a la mesa. Durante la cena, el sonriente papá, les consultaba a los pequeños, sobre lo que había pasado en el colegio, como había sido el día y las tareas. Charlaba con mamá, acerca del comportamiento, sobre todo del pequeño. Los informes casi nunca eran buenos, pero papá no hacía más que disfrutar del momento, salvo algún ceño fruncido producto del relato de mamá. Mientras eso sucedía, el pequeño solo pensaba en el momento posterior a la cena, cuando toda vez que los platos estuvieran lavados y secos por las manos de ambos mayores, él pudiera disfrutar de los frecuentes peloteos con papá. Cada fría noche después de cenar, el living era usado para practicar pegarle a la pelota, mientras papá hacía de arquero. Mamá no aprobaba, ni reprobaba estas prácticas, porque era unos de los pocos momentos del día, en donde padre e hijo compartían un momento de distensión, el cual, si bien duraba apenas unos minutos, le permitía a ella liberarse un rato del cuidado de ese inquieto hijo.

Papá y mamá se adoraban, pensaba el niño mientras se acostaba a dormir por las noches. Casi siempre exhausto, producto de vivir jornadas agotadoras no demoraba en dormirse, no antes sin desear profundamente, que en el futuro se transformará en alguien como papá. Con el tiempo aprendería cosas de él, tratando de parecersele, todo lo que más pudiera. Había algo mágico en papá, que lo hacía ver como un ángel sonriente, predispuesto a jugar como si fuera un niño.

La vida discurría plácidamente, toda vez que papá estuviera presente físicamente o no, omnipresente, gigante a los ojos del pequeño. Saber que se podía contar con él, y con mamá, era lo mejor que le podía suceder. Con los años caería en la cuenta de que un buen papá no se puede comprar, ni sustituir, ni dejar de tener. Las sorpresas de chocolate eran el mejor regalo de ese ser bondadoso y tierno al cual los hermanitos llamaban “Papá”.

En la quietud de la noche, cuando reinaba el silencio y existía la sensación de que todo estaba inmóvil, cada tanto una mano salvadora volvía a poner la colcha encima del pequeño, para que no pasara frío. Del mismo modo, cuando el travieso se enfermaba, esos ángeles cuidaban de él. En particular había uno, que le traía libros para leer y sobrellevar la convalecencia. Papá en todo momento estaba a disposición, sin egoísmos, comprometido con el oficio de ser Papá.

Al final de cuentas y del cuento, siempre fue bueno para el niño, tener un papá como aquel que le había tocado en suerte. No lo cambiaría por nada, ni por nadie. Solo quería a ese papá, que lo hacía sentir protegido, feliz y querido.

Siendo más grande extrañaría tantas veces haber sido ese pequeño niño. La vida tiene eso, a veces las cosas buenas no duran para siempre. Mas allá de eso, el corazón atesora los recuerdos y los devuelve cada tanto, como para que un abrazo de papá vuelva a ser sentido y revivido.

Quizás, ser papá se trate en parte de eso. Quedar en el corazón de los hijos.

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