Vestidos de Novia o Un Homenaje a Ana !

Año 1958

Los preparativos para un casamiento implican hilvanar determinadas acciones sucesivas. Es como el juego de la oca hasta llegar al día del civil y de la iglesia. Aparecen emergentes que no estaban previstos y que necesitan ser resueltos, ya que las fechas tienen que cumplirse. La fiesta independientemente de su tamaño requiere una organización especial, incluyendo la famosa lista de invitados. Varias decisiones que tomar y actividades estressantes que desarrollar.

Para muchas señoritas el vestido para la ceremonia de la iglesia supera con creces a todo el resto. Es algo tan personal, íntimo en la decisión, pero al mismo tiempo se manifiesta como un sello distintivo que se hace público y sujeto a las críticas. Demasiada cola, poco o mucho escote, sencillo por demás, muy sobrecargado, lindo pero no le sentaba bien a su figura, a quien se le ocurrió hacerle ese vuelo y combinarlo de esa manera, son sólo algunas de las tantas expresiones que se escuchan en voz baja. Frases que se comparten con los más íntimos. Muchos de los presentes en la ceremonia pasan de la alegría por los novios, los vítores, a compartir sus juicios respecto de la vestimenta de la novia, que por lo general ven por primera vez, aunque algunos ya tienen referencias por comentarios previos.

El vestido de gala nupcial adquiere una dimensión en sí mismo, que va sumando opiniones de varias personas durante su creación. Al gusto de la novia se unen las preferencias de la madre, de las tías, de las amigas más cercanas. Ese proceso que arranca desde la selección de la tela, el modelo básico, los adornos, los detalles personales, los aditamentos combinados para que hagan juego, los bordados, el tipo de costura, necesita ser interpretado por la artesana o artesano que lo construye. En aquellos años se acostumbraba a recurrir a sastras especializadas en este tipo de confección. Adquirir y desarrollar habilidades para diseñar y elaborar vestidos de novia requería aprender técnicas especializadas. Por lo general «las modistas» eran mujeres que tenían la capacidad de volcar en sus diseños las inclinaciones estéticas de las novias.

Mamá Ana era una de ellas. Con 25 años de edad hacía ya unos años había aprendido en una Academia el arte de diseñar y coser vestidos de novia. Su obsesión por los detalles, su precisión para moldear, cortar, coser y ensamblar el vestido, acompañaban muy bien a su capacidad de interpretación de que tipo de diseño y vestido anhelaban las prometidas. En Alberdi donde Ana Aldina vivía junto a mis abuelos, su calidad artesana era muy reconocida, por lo que era elegida de manera recurrente para vestir a las mujeres para uno de los días más relevantes de su vida. Siempre cumplía, era muy responsable , respetuosa y comprometida, por lo que rara vez le faltaban clientes a su modesto atelier.

Así fue como a mediados de ese año concurrió a su pequeño taller Teresa, una novia joven que tenía su fecha de iglesia programada en unos tres meses. Aunque parezca mentira, ese lapso de tiempo que para algunos puede resultar bastante suficiente, no muchas veces lo es a la hora de confeccionar un vestido de novia.

El proceso con Teresa arrancó complicado porque no se conseguía la tela que le gustaba. Eso demoró un mes aproximadamente. Luego sobrevino una etapa de indefiniciones acerca del modelo. Una vez elegido quedaban menos de cinco semanas para lograr el cometido. Luego de la prueba de calce general, Ana dispuso de poco tiempo para los detalles, tal es así que el vestido quedó listo apenas unas horas antes de la ceremonia, con nulas chances de corregir algo de fondo. Mamá ayudó a Teresa a engalanarse y la acompañó en otro coche a la iglesia.

Si bien a contrarreloj, los resultados fueron los esperados. Las críticas entendidas (amigas, familiares, tías, primas, vecinas) dieron una aprobación casi unánime respecto de la belleza del ajuar.

Teresa tuvo una celebración hermosa, pudiendo cumplir su sueño de gala nupcial. Mamá era feliz cuando posibilitaba felicidad para otros.

Teresa estaba agradecida, aunque su alegría desbordante maximizó el contacto con todos, pero minimizó en esa ocasión, la posibilidad de mostrar una cercana gratitud.

Año 2020

Ana lucha por recordar todo lo que puede. Una enfermedad silenciosa, constante y creciente se empecina en borrar su memoria. Hace un tiempo que duda de quienes somos los que hablan con ella, quienes la visitan y la cuidan.

Por momentos no registra que es su hermana menor, mi tía Margarita (La Negra) la que la llama por teléfono todos los días.

Próxima a cumplir 88 años, Ana da batalla con lo que puede. Tiene miedo de estar loca, percibe que la realidad se le va escapando poco a poco. Eso le produce mucho sufrimiento. Empieza a tener dificultades para caminar, desplazarse y valerse por sí misma. Sus habilidades motoras son cada vez más escasas.

La Teresa de 1958 se reencuentra con Margarita por un hecho casual. Se ha mudado cerca y la reconoce un día por la calle. Pregunta por Aldina, el segundo nombre de Ana, como era conocida en aquellos tiempos. Margarita le cuenta de la vida de la que fue su diseñadora, cómo se encuentra de ánimos y salud.

Teresa siente la necesidad de hablar con mi mamá, luego de todos los años donde sus vidas se desentendieron. No conozco los pormenores de la charla que fue telefónica, pero quiso darle las gracias por ese bello día de su casamiento, por lo que hizo Aldina aquella vez que fue irrepetible para ella. Percibe que no fue lo suficientemente agradecida.

Ana no reconoce quien la ha llamado, pero ese día durante unas horas se la ve disfrutar de una sonrisa amplia.

Marcelo, sabes que me llamó una Teresa a la cual le hice el vestido de novia hace mucho. Está viuda como yo, aún siendo más joven. Me dijo que se iba a comunicar de nuevo, otro día.

¿Vos sos Marcelo César Bordolini, mi hijo no?

Si mamá, soy yo.

Tus hijas, de las cuales tengo las fotos en este mueble son Ana Paula, Maria Emilia, que son mellizas, y Emma Lucia la más pequeña.

Así es.

Las recuerdo porque al tener las fotos repito sus nombres muy seguido.

Que bueno que puedas hacerlo.

¿Si, pero vos son Bordolini y yo Della Vedova?

Si mamá.

A veces me llama una tal Negra que no sé quien es, pero después cuando me dicen me acuerdo. Ella es mi hermana menor.

Mi tío Pepe, le puso Negra cuando nació porque tenía el pelo bien morocho.

Mira vos.

Bueno me tengo que ir a cenar.

Dale mamá mañana hablamos.

Un beso para vos y tus hijas.

Gracias, mi amor. Trata de no discutir con Alicia, la chica que te cuida de noche por favor.

Es que es muy metida. Me voy a comer. Chau. Dale saludos a Glenda tu esposa.

Es Eugenia mamá, se los voy a dar. Glenda es la esposa de tu otro hijo Carlos Ariel.

Que confusión que hice. Bueno mañana háblame.

Dale Mamá, un beso.

¿Vos ya no vivís en Córdoba?

No mamá, vivo cerca de Río Cuarto.

Bueno, mañana háblame.

Si, mañana hablamos.

Vuelvo a mis cosas sintiendo que sólo puedo acompañar a Ana en su irreversible proceso.

Ana supo acompañar vivencias profundas como las de Teresa, compartir sus emociones tejiendo esas telas de manera primorosa.

Vive en el recuerdo de muchas personas, aunque ahora no pueda acordarse muy bien de que se trataba todo eso.

¡Vestidos de novia!

¡Feliz Día Mamá!

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