Este día pleno de luz acompañado por ráfagas potentes de viento me impulsa a recordar algunos eventos memorables. Demasiada energía, contenida en la luz y en las ondas incesantes que el aire produce en las desgastadas y sedientas hojas de algunos árboles ya reverdecidos, agita profundos ecos en mi memoria.
Mis ojos ven una mezcla de colores más orientados a los ocres y amarillos, ya que el verde aún necesita mucha más agua para proliferar y ganar por mayoría. La sequía, hermanada con el viento produce una vegetación quebradiza y amarillenta que emite sonidos sibilantes, clamores repetidos pidiendo por humedad y mejores condiciones para vivir.
Los recuerdos me llevan a esa sala de sexto grado. Olga, nuestra maestra de plástica empeñada en despertar cualidades artísticas en ese grupo de cuasi pequeños patanes, nos compartió la imagen de una bella pintura a color para que intentáramos copiarla.

Allí estaba frente a nosotros, una copia a color dentro de una revista de la obra llamada “jarro con doce girasoles” de Vincent Van Gogh. En ese momento creo ninguno de nosotros prestó atención ni al nombre, ni al artista, sino a la dificultad para recrear los detalles de la pintura. Algunos se mostraban muy fastidiados como era costumbre durante las clases de arte. Poco habilidosos en general para dibujar y luego pintar con lápiz las figuras más sencillas, recrear lo que parecía ser un simple jarrón con girasoles, era una empresa sin precedentes para algunos.
La maestra daba mucha relevancia en su puntuación a diferentes aspectos:
- Similitudes del dibujo, proporciones y firmeza del trazado.
- Recreación e intensidad de los colores.
- Prolijidad general.
- Lo que ella llamaba nuestra impronta o toque personal, concepto que en esa época no llegamos a comprender bien que era.
La educación era bastante estricta, respecto de que las materias, así no fueran las del núcleo central, como matemáticas, lengua, tenían que ser aprobadas demostrando aptitudes y actitudes crecientes dentro del proceso de aprendizaje. Es por ello que al menos en mi caso elegía esmerarme, aun cuando no era ni soy un dechado de virtudes para el dibujo y la pintura.
Unos quince minutos antes de la hora de finalización de la clase, Olga pasó banco por banco para ver que habíamos logrado. Los comentarios, acompañadas por expresiones faciales a menudo eran de aprobación, sorpresa o desencanto. Ese día en particular no fue distinto. Como siempre, a la hora del arte lo mío era del medio, ni muy muy ni tan tan. Zafaba con lo justo, con algunos girasoles que recordaban mejores épocas.
Al final de esa jornada Olga nos contó algo personal. Pienso que eso hizo la diferencia sustancial respecto de porque guardo el recuerdo imborrable. La emoción en sus palabras se notaba en cada frase.
«Yo tengo un hermano menor que tiene algunos problemas en su cerebro. Luisito nació de esa manera y yo lo cuido todo lo que puedo. El pintor cuya obra han intentado copiar vivió su vida con algunas dificultades semejantes. Es por ello que quiero que mi hermano intenté dibujar y pintar sus obras».
Continúo su relato con interesantes apostillas de la vida de Van Gogh. Nos contó que vivió hasta los 37 años, allá por fines del 1800, de los cuales sólo sus últimos diez fueron dedicados al arte. En ese lapso pintó cientos de obras, algunas de las cuales son consideradas como maestras. El pintor tenía un hermano Theo que era una especie comerciante de arte, que fue su protector y mecenas. Una vida corta pero muy prolífica e intensa, con más sinsabores que felicidad.
Nos dijo que si bien sus pinturas fueron expuestas en galerías de arte mientras él vivía, no tuvieron tanta repercusión como la de otros pintores famosos de la época. Tiempo después de su desaparición física fue reconocido como un gran artista, provocando que sus obras adquirieran valores impensados, formando parte de museos y colecciones privadas millonarias.
Así fue cómo tuvimos la oportunidad de conocer más al pintor, debido no sólo a la historia que nos describió Olga, sino a que ella nos pidió copiar en clases sucesivas alguna de sus otras pinturas memorables. Cuando recreamos “sembrador a la puesta del sol”, ese cuadro me hizo recordar mucho a mis tíos, granjeros a tiempo completo que cultivaban la tierra con mucho esfuerzo.

El hecho de que Olga nos hubiera compartido la situación de salud y familiar de su hermanito no fue algo menor para un grupo mayoritorio del grado. Que ella hubiera contado parte de su vida privada, lo que realmente la inquietaba, a quien amaba y que la movía a enseñarnos, le permitió ocupar un lugar especial en nuestros pequeños corazones. El pintor al cual le faltaba una oreja luego de sufrir un accidente fue de ahí en más un convidado casi permanente durante el desarrollo del año lectivo.
Pasadas varias clases se animó a traernos un dibujo de Luisito, el cual nos pareció brillante. Olga había conectado con nosotros, a pesar de nuestros garabatos, nuestra falta de atención en clase y la poca habilidad manifiesta de muchos de nosotros para recrear el arte.
La relación especial que se generó posibilitó que en ocasión de un acto escolar pudiéramos conocer a Luis, que era como un niño grande y sonriente. Estaba abrazado a su hermana, nuestra maestra Olga, la que lo protegía con mucho amor.
En ese breve intercambio percibí la fortaleza de Olga, su inquebrantable actitud para luchar y hacer cada día mejor la vida de su querido Luisito.
Plástica no fue una asignatura más. Sabiendo que Olga llevaba nuestros dibujos para calificar en su casa, hacíamos nuestro mejor esfuerzo para que el arte pareciera algo natural en nosotros. A lo mejor Luisito podía sonreír mirando nuestras creaciones.
La humanidad manifiesta de nuestra señorita de plástica nos sirvió para comprender algunos aspectos de la vida sobre los cuales no se hablaba mucho. Cuando Olga llegaba a la clase algo nerviosa con evidentes signos de cansancio, sólo atinábamos a dibujar con nuestro mejor ahínco. Era nuestra forma de compensar su amor, su entrega y su dedicación especial.
Por eso cuando observó una obra de Van Gogh se activan en mí diferentes emociones, remembranzas que sacuden mi humanidad, para decirme:
¡GIRASOLES PARA COPIAR!
Aparece nuevamente Olga, nuestra más humana señorita de plástica.
Aquella que daba mucho cariño y nos enseñaba con su corazón.