La frescura del aire hace juego con las nubes quietas, desprovistas de cualquier intención por darle paso al sol. El manto denso e impenetrable, de varias tonalidades de grises, se asemeja a un oso invernando en su cueva. Parece dormido el tiempo, ya que, hasta las hojas de los árboles, aun conservando sus colores, no juegan con el viento como de costumbre.
Mis hijas se muestran esta mañana bastante comunicativas entre ellas. Están desayunando junto a una amiguita del colegio, que se quedó a dormir. Las escucho conversar, sobre situaciones vividas en la escuela durante la última semana. Las palabras giran en torno a pertenencias a grupos, discusiones acerca de con quienes se llevan bien y con quienes no, las preferencias de las maestras, las situaciones justas e injustas, lo que me gustó y lo que no. Sin enojos, la conversación es distendida y natural. Percibo dentro de las frases de ida y de vuelta, comentarios que se vinculan con palabras tales como unión, equipo, compañerismo, respeto, tolerancia, inclusión, comunidad, no discriminación. Conceptos profundos que me obligan a pensar acerca de la manera en qué estamos educando.
¿Somos capaces de educar y educarnos para convivir en sociedad?
¿Cómo lo estamos haciendo?
Decido no intervenir para reforzar algunas ideas. La conversación se va diluyendo. Empiezan a organizar juegos por fuera de la tecnología. Juzgo ese hecho como bueno. Desaparecen y empiezan a jugar a las escondidas. Rien y corren mientras lo hacen.
Trato de seguir una línea de reflexión. Nuestra composición genética difiere de los primates en un porcentaje mínimo, y entre nosotros es casi imperceptible. Sin embargo, muchas veces no nos vemos semejantes. Las diferencias nos sirven para diferenciar, valga la redundancia, para agruparnos dentro de los que pensamos igual o no.
Las redes sociales han facilitado las comunicaciones, por cierto. Al mismo tiempo, han posibilitado la agrupación sencilla de personas que piensan igual, por un lado, y del otro, aquellas que están en la vereda del frente. La fisura se ensancha, casi como un abismo difícil de sortear.
El ejemplo más aberrante de intolerancia, sucedió en Nueva Zelanda hace dos días, cuando una persona decidió transmitir en vivo, cuando, portando un arma, asesinaba decenas de feligreses musulmanes que estaban orando en dos mezquitas de una misma ciudad. Un hecho de violencia e intransigencia religiosa, que le costó la vida a seres humanos semejantes a nosotros.
La discriminación o no aceptación, que es la consecuencia de la intolerancia religiosa, social, política, racial, política, de clases, sexual, nos hace cometer acciones que derivan en hechos lamentables, donde la solución es eliminar al distinto, al que culpo por mis males, al que se opone a lo que pienso: genocidio armenio, holocausto judío, las cruzadas, esclavitud, las guerras en general, sólo por citar ejemplos que me resulten fáciles de explicar.
Aquí estamos en presencia de una intransigencia extrema, aunque a diario cometemos actos de segregación sutiles, casi imperceptibles, que suman elementos de rechazo y de no aceptación por el otro como un auténtico otro.
El devenir de la historia sigue dando ejemplos de hechos emergentes, que evidencian que la evolución tecnológica es mucho más pronunciada y valorada, que la evolución de nuestra condición humana.
Hemos sido expertos en crear los más diversos mecanismos para facilitar muchas de nuestras actividades. La revolución digital cambia el mundo cada minuto.
A la luz de los hechos, no hemos elegido o no somos avezados, o una conjunción de ambas cosas, para buscar la manera de subir el nivel de tolerancia, aumentando la inclusión de nuevos pensamientos y realidades culturales, personales y sociales diferentes.
En el seno educativo, aparece con más fuerza el bullying, vale decir la burla y marginación de otros niños y niñas, adolescentes, por disímiles motivos, casi todos ligados a otras condiciones desiguales que las mías: más petisos, más altos, más lentos para aprender, más gordos, más flacos, menos diestros para los deportes, más ensimismados, más respetuosos, más delicados. La lista puede continuar de manera interminable.
Repregunto, de otra manera:
¿Tienen la misma importancia la educación para ser y convivir de manera respetuosa en sociedad, que la enseñanza en el conocimiento y desarrollo de habilidades?
¿Estaremos errando el punto donde estamos poniendo el foco?
Tenemos la oportunidad de romper con antiguos paradigmas, que nos han llevado a convivir por siglos con la segregación, la no tolerancia, la intransigencia y la violencia.
Hemos encontrado definiciones para varias maneras de discriminar: homofobia, racismo, xenofobia, antisemitismo, pero aún no hemos encontrado un camino asequible, continuo y constante para convivir con las diferencias.
Los iguales nos resultan más naturales. Son aquellos con los cuales compartimos valores y una cultura común. Exacerbar esa postura nos lleva a no reconocer y no articular acciones con el que no piensa lo mismo.
Qué es necesario hacer según tu opinión?
Para concluir, un pensamiento superador de un líder que marcó una época en su cruzada en contra de la marginación, y en algunos aspectos se transformó en una guía y modelo para las generaciones sucesivas.

Muy buena apreciación la de preguntarse si estamos realmente focalizados en el fin correcto de la educación.
Podemos y debemos agregar a esta revision del foco, la problemática de la disparidad de la educacion en si y la falta de la misma en un gran número de personas que lamentablemente se amplía a lo largo del tiempo, agrandando y alimentando esa brecha de la diferencia.
Día a día se profundiza la grieta futura desde las misma base debido a la diferencia educativa. Muchos no acceden a educarse y muchos ya no tienen tierra fertil para cultivar la educacio n por falta o mala alimentacion. Esta brecha es insoslayable y muy dificil de reparar sin el compromiso de todos. Este compromiso es dificil encontrarlo por la misma grieta, lo que genera un espiral que al contrario de elevar al humano lo va sumiendo en la miseria del mismo ser.
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