La etapa de niño a adolescente no me resultó fácil de conjugar. A mis doce años de edad era pequeño para algunas cosas, aunque grande para otras. Desde el primer año de secundaria tuve la fortuna de contar con una gran maestra de literatura. La profe Lillo se afanaba por despertar en nosotros, el interés por las letras y la técnica de la palabra.
Sin internet ni social medias, sólo podíamos recurrir a la biblioteca del colegio. Modesta pero efectiva, allí se encontraban los volúmenes más diversos, que atendían por igual las inquietudes de las ciencias duras y blandas.
Literatura se componía de un universo de palabras, ortografía y reglas de sintaxis, complementada por lecturas obligadas, que debíamos interpretar y presentar a modo de ensayos y síntesis, de lo que él o los autores querían transmitir.
El arte literario era del interés de un grupo reducido, aunque consistente de estudiantes, en su mayoría del sexo femenino y algunos varones entre los cuales me encontraba.
La Profe trabajaba de manera diferenciada con aquellos amantes de las oraciones entrelazadas en un libro. Nosotros los inquietos lectores, éramos su círculo que más esperanzas le generaba. Apasionada por el oficio de la escritura y las letras, intentaba formar hacedores de frases armoniosas, llenas de emoción y de vida. Introducción nudo y desenlace, nos repetía insistentemente.
Las tareas extras para el grupo, consistían en la redacción de los discursos de los alumnos para los actos escolares, a los cuales se agregaba la lectura de libros adicionales a los obligatorios del programa curricular. Por consiguiente, a lo largo de todo el secundario, tuve la oportunidad de escribir encendidas reseñas históricas, para homenajear a nuestros próceres patrios, o especiales textos celebrando el día del estudiante, del aniversario del colegio, entre tantas ocasiones que ameritaban expresar el sentimiento coordinado en vocablos.
Los ejercicios para mejorar nuestras habilidades, incluían por supuesto la adquisición de nuevos conceptos, ideas, la ampliación de nuestro léxico, además del uso y distinción de sinónimos y antónimos.
La profe nos solía decir que no se puede interpretar acabadamente el significado de una palabra, sino se la complementa con sus hermanas que la amplían, y sus negativos o antónimos que las contrapesan.
Durante una clase hubo de escribir en mi carpeta una secuencia de palabras que aún hoy recuerdo:
- Cuentos de terror; 2. Sobrenaturales; 3. Metafísicos; 4. Analíticos
Sin comprender acabadamente de que se trataba, al final de la clase me acerqué a su escritorio, para indagar acerca del motivo de lo que había escrito y su significado.
Ella sonriente me devolvió una pregunta:
¿Ya has leído algo de Cortázar?
No, profe.
¿Y de Edgar Allan Poe?
Tampoco.
«Eso que escribí, es el orden de importancia con qué clasifica Cortázar las traducciones al inglés de los cuentos y creaciones de Poe. La literatura en todo sentido, no sería tal, si no hubiera contado con la imaginación y el genio atormentado del escritor estadounidense más prolífico, que vivió sólo cuarenta años».
Otros compañeros se sumaron y la charla derivó en otras inquietudes.
Esa misma tarde fui a la biblioteca para encontrar algo representativo de ese ignoto escritor para mí.
— Busca en ese estante querido.
Mis manos toparon con un pequeño volumen con el nombre del autor.
No recuerdo el nombre del título de la antología. Se me viene a la memoria que contenía unos diez cuentos cortos seleccionados, en realidad nueve más el poema narrativo «El Cuervo».
La lectura a mis doce años de esa recopilación aún me produce escalofríos.
Los que más me impactaron.
Corazón delator
Este cuento lidia con los fuertes sentimientos de culpa a los que se enfrenta un asesino, quien debe cargar con el peso no sólo de ocultar su crimen, sino también de aplacar su propia conciencia, antes de que esta lo arrastre a la locura.
Un fragmento magistral:
«¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo…»
El gato negro
“El gato negro” cuenta la historia de un hombre cuya adicción al alcohol le lleva a cometer atrocidades, con consecuencias que luego regresarán para atormentarlo.
En la trama resulta difícil distinguir si Poe alude a elementos paranormales, o si es únicamente la demencia del personaje la que acaba por causar su propia desgracia.
El final de la narración es estremecedor:
«Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.»
La caída de la casa Usher
Impactó al público de la época con la temida idea de la catalepsia, es decir, la muerte aparente, una macabra posibilidad en tiempos en que no existían los instrumentos técnicos para determinar el deceso de una persona.
El inicio de este cuento no tiene desperdicio ni comparación:
«Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo».
El cuervo
Fue escrito en 1845 y resulta ser para muchos críticos el más famoso. La obra parece ser una macabra premonición del sufrimiento que esperaba al escritor tras la muerte de su esposa Virginia.
En la historia, un joven intenta desesperadamente dejar atrás el recuerdo de su amada fallecida, mientras es visitado por un cuervo que no hace sino enrostrarle su pérdida repitiendo la frase “Nunca más”. Una seña de que el joven está cayendo en la locura.
Casi al final, Poe habla de este modo con el ave:
«¡Que esta palabra sea la señal de nuestra separación pájaro o demonio! – grité irguiéndome -. Vuelve a la tempestad, a las riberas de la Noche plutónica; no dejes aquí una sola pluma negra como recuerdo de la falsedad que tu alma ha proferido. Deja mi soledad inviolada. Abandona ese busto colocado encima de la puerta. Retira tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta». El cuervo dijo: «¡Nunca más!.»
Sin necesidad de efectos visuales o animaciones computarizadas, la mente de un ser humano, para algunos atormentado, para otros creador y gestor de atrocidades imaginarias, consigue captar el interés y erizar la piel de los lectores, sobre todo cuando se trata de un niño-adolescente.
Dinos que te produce espanto y te diré quien eres, parece decirnos Poe.
De terror…..
Gracias profe !
Por cultivar nuestra pretendida vocación literaria.









