¡Vende humo!

En la semana tuve la oportunidad de escuchar una columna periodística que hacía referencia a la acción de «vender humo», vinculándola con nuestra realidad económica y social. Hacía referencia a los encargados de llevar a cabo este tipo de “venta” dentro de nuestro sistema político de gobernanza. Independientemente del grado de certeza de sus afirmaciones, no es muy difícil llegar a la conclusión que, a lo largo de nuestra historia, y dentro de cualquier sistema político quien más, quien menos, todos los responsables de turno han caído repetidas veces en dos clases de acciones, las cuales resultan por demás tentadoras a la hora de cautivar a los votantes o al público:

  • Vender humo.
  • Vender espejitos de colores.

Si bien existen diferencias entre ambas, ya que la primera se vincula con hechos de ventas de favores que al final no se concretan, y la segunda a realzar las bondades o virtudes de productos que se comercializan, en el devenir se las suele confundir, para ser usadas casi como propuestas con igual sentido.

En cada uno de estas acciones, es posible encontrar elementos comunes:

  • El vendedor que suele estar asociado a una persona con pocos escrúpulos (un cara de piedra como se suele decir).
  • Mucho marketing, palabras grandilocuentes.
  • Una promesa que analizada usando el sentido común luce bastante difícil de cumplir (casi un ideal utópico y un sueño).
  • Ausencia de un plan para….
  • Datos o estadísticas parciales, cuando no, muy difíciles de comprobar.
  • Una estafa moral o real, dado que finalmente la realidad cae por su propio peso.

En la actualidad proliferan en distintas regiones del mundo, casi sin exclusiones geográficas o políticas actividades que pueden ser encasilladas como venta de humo y otras tantas de espejitos de colores.

La realidad que contrasta a la venta de humo son los números, que finalmente nos muestran sin maquillajes los problemas recurrentes de la humanidad:

Pobreza, analfabetismo, falta de educación, corrupción, trata de personas, violencia y guerras asociadas, injusticias, desigualdades y tantas más que las lista sería interminable. Desde hace varias décadas existe un problema que nos afecta a todos que es el cambio climático derivado del calentamiento global, el cual impacta a todo el mundo sin ninguna distinción provocando hoy, por ejemplo, sequías y temperaturas extremas inéditas en toda Europa. La tendencia de esta problemática, sino profundizamos de manera inmediata nuestras acciones de mitigación, nos llevará muy probablemente a que el mundo colapse, derivando en la extinción masiva de las especies de este planeta, lo cual obviamente nos incluye.

Las ventas de humo y de espejitos de colores tienen una vida cada vez más corta, potenciada por la digitalización, la comunicación masiva en línea y acelerada por la exponenciación de los cambios. Los vende humos se van quedando sin creyentes y sin futuro, mientras la humanidad organizada en torno a distintos sistemas de gobernanza no logra resolver sus problemas.

La columna periodística incluía la referencia al origen de la frase “vender humo”. La busqué para verificarla y compartirla con ustedes.

¡Fumo punitor, qui fumo vendidit!

La Venta de Humo ya era conocida en tiempos de los Romanos. Efectivamente, el Derecho Romano recogía el delito de Vendittio Fumi (Venta de Humo), asociado a la corrupción. La figura de Vendittio Fumi legislaba la circustancia mediante la cual un intermediario (generalmente un letrado) recibía de su cliente un dinero a cambio de conseguir los favores de un funcionario público que nunca se llegaban a realizar.

El caso más sangrante de Vendittio Fumi se produjo en el año 282 DC, a cargo de un tal Vetronio Torino, que iba por ahí dándoselas de influencer, presumiendo de que tenía mano con el Emperador y podía conseguir cualquier cosa que se propusiera. Esto llegó a oídos del Emperador, para más señas Alejandro Severo, que le tendió una trampa. Usó un agente a modo de cebo, supuestamente interesado en los favores del Emperador; Vetronio entró al trapo, fue apresado, juzgado y condenado a muerte.

Rodeado de madera y paja húmeda a la que pegaron fuego, Vetronio Torino murió asfixiado por el humo; «Fumo punitor qui fumo vendidit!» cuentan que gritaba en su agonía.

Otra historia vinculada con la venta de humo, se relaciona nada más y nada menos con el libro de Don Quijote de la Mancha. Transcurre en el Capítulo XLVII de la Segunda Parte del Quijote. Sancho Panza está ejerciendo su autoridad en la Ínsula de Barataria y un campesino acude a solicitar mediación para la boda de su hijo con la bella Clara Perlerina. El desarrollo del proceso de marketing que se hace es realmente hilarante, formando parte de la inmensa genialidad de Miguel de Cervantes Saavedra. La primera parte de ese libro y la mencionada segunda parte (se unificarían en un solo libro un poco más tarde de la publicación de la segunda parte) contienen descriptos no sólo este, sino otros tantos comportamientos humanos y sociales, dentro de un desarrollo pleno de ironías, sarcasmos y un humor refinado. Siendo una obra cúspide de la literatura universal recomiendo su lectura y discusiones posteriores.

El labrador de Miguel Turra y la bella Clara Perlerina

Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perláticos, y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y, mirada por el lado derecho, parece una flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le saltó de viruelas; y, aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquéllos no son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia que, por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen, arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y, con todo esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca grande, y, a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las más bien formadas. De los labios no tengo qué decir, porque son tan sutiles y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y aberenjenado; y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la quiero bien y no me parece mal.

-Pintad lo que quisiéredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.

-Eso tengo yo por servir -respondió el labrador-, pero tiempo vendrá en que seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede ser, a causa de que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar, diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la puede estender, que está añudada; y, con todo, en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.

Hasta aquí se hizo la presentación de la bella Clara Perlerina. Como se puede ver, el labrador de Miguel Turra es un artista manejando las expectativas, aunque quizá peca de ser demasiado honesto (o acaso ignorante). El proceso continúa con la primera de las peticiones que el campesino hace al Duque (representado por Sancho) y la descripción del mancebo que la pretende.

-Está bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado de los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.

-Querría, señor -respondió el labrador-, que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus; y de haber caído una vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo, fuera un bendito.

Si bien parece que la pareja pudiera ser tal para cual teniendo en cuenta la descripción que se ha hecho de ambos pretendientes, el labrador expone el motivo de la petición: una carta de recomendación para que D. Andrés Perlerino consienta en dar la mano de la doncella. A priori podría parecer que cosa sin mayor implicación en los asuntos del Ducado.

–¿Queréis otra cosa, buen hombre? -replicó Sancho.

-Otra cosa querría -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo; pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los suegros.

Para tener una idea relativa, en el siglo XVI un médico ganaba 300 ducados al año, un barbero 100, un buey costaba 15 ducados y un cerdo 4. El rescate de Cervantes se fijó en más de 500 ducados. Este hombre estima el valor de la dote entre 300 y 600 ducados, y con las mismas, se las pide a Sancho.

–Mirad si queréis otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza.

-No, por cierto -respondió el labrador.

Y, apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en que estaba sentado y dijo: -¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados?; y ¿dónde los tengo yo, hediondo?; y ¿por qué te los había de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?

Espero que les haya resultada divertida la historia.

La venta de humo es tan antigua como la humanidad misma.

Es probable que, por error, omisión o exceso de protagonismo, hayamos incurrido o formado parte de alguna venta de humo o de espejitos de colores, ya que creo que ninguno está exento de caer en la tentación.

«Los que detentan mayor grado de responsabilidad más empeñados tienen que estar en accionar sobre bases sólidas, planes, programas y trabajo, guiados por valores como la honradez, el servicio y el compromiso por hacer que las cosas pasen».

La venta de humo tiene cada vez menos cabida. Los datos que contrastan a los cuentos y relatos ya forman parte de nuestro devenir social, cultural y económico.

Una frase memorable de Miguel de Cervantes en boca de Don Quijote de la Mancha nos dice:

“Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.”

¡El escritor en su laberinto!

Nuestros proyectos personales se semejan a los viajes en barco: contienen anclas, velas , recursos y herramientas (timón y brújula), los cuales se articulan a los fines de arribar a algún norte planeado. Los barcos necesitan el ancla y la vela para sortear con éxito su recorrido en el mar. Un capitán sabrá con el paso del tiempo interpretar las señales con mayor maestría, de modo tal de soltar anclas para quedarse a la espera de mejores condiciones o levar anclas para echarse a nuevamente a navegar. Las velas aprovechan la potencia del viento, para acercarnos a nuestro norte prefijado. Mientras que el ancla nos permite detenernos, para equilibrar nuestros momentos de ansiedad y sosiego.

«Desde una visión puramente personal, nosotros hemos sido creados como barcos, por lo que necesitamos ponernos en marcha, ya que nuestra vida carecería de sentido sin acción, de la misma manera que un navío carecería de propósito si una vez construido, permanece en el puerto sin nunca partir.» Desde un punto de vista antagónico, no podemos estar en permanente movimiento, pues nuestra energía o nuestros recursos, tanto como los de un barco, se acabarían inexorablemente, sin lograr finalmente arribar al puerto deseado.

Toda vez prefijado el destino, equiparable a algún propósito personal, trazamos un plan de navegación, que tendrá en cuenta el viento (nuestra actitud) y las provisiones (nuestras capacidades y habilidades, que podríamos llamar nuestros recursos), de modo tal que equilibrando con nuestras anclas (poner conciencia de las situaciones) los momentos de accionar y detenernos, avanzamos gracias al timón (que son nuestros valores) en busca de llegar a nuestro puerto de destino, el cual siempre distinguimos por la marcación de nuestra brújula. Todo plan u hoja de ruta es por tanto la visión más probable, que de acuerdo a nuestro leal saber y entender, nos depositará en nuestro objetivo.

Cuando tenemos la ventura (un poquito de suerte nunca viene nada mal) de lograr nuestro cometido luego de tantas horas de recorrido, si nos detenemos a evaluar los desvíos respecto de nuestro plan original, es muy probable que el trayecto casi lineal que trazaron nuestras mentes, se haya transformado en un recorrido semejante a un laberinto, con errores de cálculo , estados de ánimos positivos o negativos que retrasaron o aceleraron nuestra marcha, escasez de algunos recursos, impericias a la hora de soltar o levar anclas. Mi segunda opinión personal, creo que quizás compartida por muchos, es que lo importante es mantenernos activos en el camino, asumiendo y perdonando nuestras derivas, que son tan nuestras, como humanas y valiosas.

Los momentos en los cuales soltamos nuestras anclas, son de una inacción relativa, ya que muchas veces nos sirven para recalcular el recorrido, en función de los recursos disponibles, los resultados parciales esperados, y nos brindan la posibilidad de darnos cuenta si es que no tenemos que cambiar nuestro norte, haciéndolo más lejano o más cercano, más o menos asequible o incluso eligiendo otro, por qué no.

La complejidad de nuestras derivas, y al mismo la riqueza de vivir con pasión los recorridos, adquiere una dimensión única, cuando nuestro plan de navegación es compartido con otros en un mismo barco. El condimento es que cada uno de los tripulantes, aun sosteniendo el mismo propósito final, y validando el plan común, presenta sus propias interpretaciones y visiones respecto de lo que va sucediendo en el trayecto. En ese recorrido compartido que puede ser un matrimonio, el trabajo en una empresa, u otro proyecto que nos vincule con otras personas, aparece una red de relaciones tejida en torno a conversaciones de posibilidad o de no posibilidad, e historias salpicadas por nuestros paradigmas y visiones más arraigadas. La fortaleza de hacer un viaje siendo parte de un equipo con una visión común es que nuestros estados de ánimos pueden ser amortiguados, del mismo modo que nuestra ansiedad por avanzar o nuestra tendencia a la inacción.

Volviendo a un plano más íntimo como para acercarnos más ciertamente al título de mi blog de hoy, vale decir a la esfera de recorridos si se quiere más personales, puedo afirmarles con casi absoluta certeza, que en mi propósito declarado hace ya unos siete años, de escribir un blog semanal con divulgación los días domingos, he estado tantas veces en situaciones muy próximas a un laberinto sin salida que ya casi he olvidado la cuenta.

Este aprendiz de escritor se ha encontrado perdido, indeciso o con falta de ganas de escribir, durante varios fines de semana y por varias cuestiones

  • ¿Qué tema desarrollo?
  • O peor aún, ¿No es repetido el contenido de mi blog?
  • El escrito: ¿tiene que significar algo para mí o para el que lo lee?
  • ¿Acaso tengo obligación de escribir todos los fines de semana?

¿Como he sorteado las dificultades para seguir con mi barco en la mar?

  • Cambiando las preguntas por otras que me sumen posibilidades de seguir.
  • Dándome cuenta que por más que sea un proyecto personal, desde el momento que es compartido involucra a otras personas por lo que la red de relaciones puede ser mi contención, y porque no mi inspiración y mi fuente de provisión de temas.
  • Tratando de poner conciencia y aceptarme en las dificultades y los errores de escritura, sorteando mis desánimos.
  • Pensando en todos los que tienen expectativas por leer algo los domingos por la mañana.
  • Honrando a aquellos que me escriben palabras de aliento para seguir, y a los que decididamente han sostenido críticas constructivas sobre los contenidos.
  • Pensando en mi familia que todos los domingos me apoya fervorosamente para que continué navegando.
  • Tratando de ser coherente con mi propio compromiso personal, con la mirada siempre puesta en el sentido que tiene para mí escribir.
  • Siendo respetuoso de todos los que me escriben para decirme algo como: “lo que escribiste me sirvió para……”
  • Diciéndome que puedo seguir aprendiendo de mis errores para intentar ser mejor cada Domingo.
  • Buscando el equilibrio entre la autocompasión y la autoexigencia.

Más allá de todo esto, les puedo asegurar que, así como he escrito con una sonrisa en mis labios, lo he hecho con varias lágrimas en mis ojos. Les puedo confirmar que he sentido bienestar, placer, conformidad, decepción o frustración, pre, durante y post escritura de las entregas semanales.

El proceso creativo es tan íntimo y rico, como un encuentro cara a cara con tus propios ángeles y demonios, lo que produce sensaciones indescriptibles.

Sostener ese proceso amerita un esfuerzo que sin perder de vista los propósitos, sea capaz de superar el cansancio, el sueño y la falta de ganas, munido de la alegría de ver cada semana un nuevo fruto recogido del árbol de la escritura.

“El escritor en su laberinto”, viene a transformarse en algo así como, “el escritor en sus miles de laberintos”.

En 1996 Rodolfo Braceli, periodista argentino, le hizo una entrevista al genial escritor Gabriel García Marquez. De la misma, he extraído algunas preguntas y respuestas que se relacionan con la última parte del escrito de hoy. Se las dejó a modo de reflexión final.

Y ahora, ¿se puede saber en qué anda?

–Paré tres meses. Tres meses sin crear, pero ya tengo tres historias atrasadas y las tengo como si las hubiera escrito. A mí se me ocurren ideas, historias y no tomo nota, las voy dejando ahí. El método de selección que tengo es que la historia que se me olvida es porque no me interesa más.

–Era olvidable.

–Verdad, era olvidable. Yo pongo a prueba mis historias así: empiezo a contarlas a mis amigos… cuento cuento y cuento. Y algunas van enriqueciéndose a medida que las cuento; otras desaparecen, no me interesan más.

–Usted, ¿por qué sufre más: por la página en blanco o por el exceso de historias pendientes?

–En una famosa entrevista a Hemingway, él da la fórmula para resolver, para siempre, el problema de la página en blanco… éste fue el escritor que más reveló sobre el oficio, sobre la carpintería de la escritura. Durante una época, me levantaba en las mañanas y cuando entraba en el estudio a escribir echaba el desayuno, vomitaba, de la náusea que me daba. Yo escribía cuando podía y como podía, pero a partir de Cien años de soledad se me crearon las condiciones de escritor profesional. Momento de gravísima responsabilidad. Uno ya sabe que es como si fuera el empleado de un banco, y además, es el gerente más feroz y más exigente de uno mismo… Entonces, primero yo siempre fui periodista y escribía de noche y dormía de día. Eso ya no tenía sentido: si era empleado, tenía que trabajar en horas de oficina. Tuve que aprender a escribir de día. Más adelante tuve que aprender a escribir sin fumar, porque me di cuenta de que el cigarrillo me estaba matando.

–¿Cómo hizo para aprender a escribir de día?

–Me impuse el horario de mis hijos en el colegio. Yo los llevaba al colegio a las ocho de la mañana, regresaba, me ponía a escribir y a las dos y media de la tarde iba a buscarlos. Ese horario me quedó para siempre. Me costó mucho, porque para mí la inspiración venía al anochecer. Después, con el cigarrillo, fue igual: nunca había escrito una letra sin fumar. Pero me impuse otra cosa. No lo digo como heroísmo. Tengo la impresión de que el cigarrillo me abandonó a mí. No lo soportaba más. Hice así. Y lo apagué. Por entonces estaba nada menos que en El otoño del patriarca, que es lo más difícil que he escrito.

–Me contaba de sus vómitos cuando empezó a escribir por las mañanas.

–Me aterrorizaba cada mañana, sí, hasta el día que leí la entrevista de Hemingway. El dice que hay que empezar, seguir, hasta que hay un momento que los románticos llaman inspiración… llámalo como quieras, pero hay un momento que es verdaderamente sublime, que es cuando uno se da cuenta de que las cosas salen solas, como si estuvieras contándotelas al oído, como si lo estuviera escribiendo otro… Bueno, cuando estés así, decía Hemingway, y te llegue la hora de terminar, sigue una paginita más, la del día siguiente. Entonces, cuando tú llegas al día siguiente, ya tienes empezado tu día, recopias eso y sigues. Para mí, parece mentira, así se acabó el problema de la página en blanco. Ah, nunca te metas con un libro que no te gusta.

Ni más ni menos que……

“El escritor en sus miles de laberintos”.

Llegó la Hora !

¿Cuán común es tener éxito en un intento?

¿Cuán común es tener éxito luego de múltiples intentos?

Las probabilidades deberían ser mayores cuando mayor es el número de veces que intentamos hacer algo.

El sentido común nos orienta a encontrar ciertos fundamentos, por los cuales la repetitividad relativa tendría que llevarnos cada vez más cerca de los resultados esperados.

  • Aprendemos de los errores que cometemos en cada oportunidad, haciendo foco en las causas, mientras amortiguamos los efectos.
  • Tomamos referencias de otros que ya lo han logrado o asociarnos con ellos para…
  • Con cada intento trazamos nuevas estrategias o elaboramos planes distintos no perdiendo el norte de hacia donde queremos arribar.
  • Abandonamos pensamientos limitantes, mentalidades de escasez y prejuicios respecto de…
  • Revisamos cada fase del proceso de encarar un nuevo intento para buscar puntos débiles, teniendo presente que toda cadena es tan fuerte como lo es su eslabón menos fuerte.
  • Chequeamos nuestra actitud, las herramientas y los recursos, de modo tal que confluyan hacia dónde queremos apuntar.

Las preguntas originales fueron planteadas por la supuesta positiva (éxito), aunque podrían haber sido planteadas por la supuesta negativa (fracaso), tales como:

¿Cuán común es fracasar en un intento?

¿Cuán común es fracasar luego de múltiples intentos?

En lo personal prefiero usar los primeros supuestos por la positiva, por el hecho de que «intentar hacer algo ya implica un éxito en si mismo». Vale decir que salir de la inacción venciendo un estado de ánimo pasivo es válido y un aliciente para continuar.

Hay dos puntos del listado que enumeré que creo que merecen una especial atención.

El primero de ellos es «la actitud», ya que ella es el punto de partida de cualquier iniciativa.

El segundo son los prejuicios o paradigmas, que normalmente confluyen en «ideologías o fundamentalismos», los cuales no hacen más que limitar nuestro campo de pensamiento, palabra y acción, ya que nos quitan un elemento sustancial para lograr finalmente un cometido, ya que:

  • No nos permiten reexaminar consistentemente nuestras decisiones.
  • Limitan el tamaño de nuestra red de relaciones, ubicándonos en un grupo monocular de mirada sesgada.

Para citar un ejemplo personal que se relaciona con este escrito.

Mi objetivo hoy era el de dejarles una mirada acerca de lo que considero importante a la hora de encarar un proyecto o accionar con respecto a algo, sobre todo en momentos en donde estamos atravesando nuestra crisis número….. (no me imagino poner un número) como sociedad.

El título de “llegó la hora” tiene que ver con un recuerdo de las películas de mi infancia, aquellas que devoraba con suma devoción, y que por cierto eran de escasa disponibilidad.

Mi memoria me trae la imagen de un encumbrado militar que, durante una reunión de planificación de una batalla crucial, arrancaba la misma diciendo:

“Caballeros, llegó la hora”.

Esa sola frase que escuchaba de niño aún hoy me moviliza para actuar.

El contenido de este blog estaba claro, asimismo tenía certeza de cómo sería el encabezado o punto de partida.

Para arrancar este escrito buscaría por internet los diálogos de esa película que recordaba, aunque no recordara exactamente el título y los autores.

Hice numerosos intentos de búsqueda, usando frases y palabras distintas, pero todos resultaron infructuosos. Ni la película, ni lo diálogos aparecían. Mi cerebro no era de gran ayuda en este caso, ya que mi memoria no aportaba ninguna pista sustentable.

Gasté una media hora de mi tiempo en los intentos, para dejar sin efecto la búsqueda. El recurso “tiempo” parece que no tuviera valor porque muchas veces no le ponemos un precio, pero si de algo estoy seguro es que lo tiene y mucho.

Después de media hora reexaminé mi decisión, optando finalmente por el encabezado tal cual ustedes lo están leyendo.

Prioricé por tanto el objetivo, dejando de lado la elección de la introducción, aunque eso no fuera mi idea primigenia. La cuestión era arrancar, no con la pompa que hubiera deseado, pero si respetando el tiempo (un recurso escaso) de modo tal de no malgastar mis recursos.

Muchas veces he perdido de vista el objetivo deambulando por las ramas. En esta ocasión hube de sortear el desajuste emocional provocado porque las cosas (encontrar los bonitos diálogos) no se me daban.

Haciendo un parangón con esto de seguir intentando para alcanzar finalmente un éxito relativo, humildemente opino que continuar procurando construir «una sociedad más sostenible requiere de planes que no repliquen lo tantas veces lo ya repetido y que nos llevó a numerosas crisis sucesivas». Los fundamentalismos no son precisamente la mejor receta para tener éxito porque nos alejan del sentido común y de lo posibilidad de contar con varias miradas que amplíen el espectro de las soluciones. Las causas necesitan ser conocidas, abordadas y gestionadas desde una mirada provista de muchas ideas, incluso aquellas que pareciera que no se pueden mezclar tales como el agua el aceite.

Dentro del plan para escribir este blog, el cierre del mismo estaba prefijado desde el mismo momento en que tuve la oportunidad de participar de un evento de difusión y promoción de la industria de los video juegos.

La primera ponencia de la jornada se refería a la necesidad de «Derribar Mitos».

Creo que eso es clave a la hora de encaminar cualquier intento y mucho más ante un problema harto repetido y complejo como el que hoy estamos atravesando como sociedad.

La siguiente exposición fue realmente esclarecedora, respecto de que necesitamos para superar obstáculos de manera conjunta y mancomunada.

La expositora nos traía de manera literal (gracias por permitirme usar estos conceptos).

Lo que es recomendable dejar:

  • Individualismo
  • Pasividad
  • Incomunicación
  • Soberbia
  • Vagancia
  • Y todo el resto que nos impide trabajar en equipo

Lo que es recomendable adoptar:

  • Equipo
  • Proactividad
  • Experiencia
  • Paciencia
  • Trabajo conjunto
  • Profesionalismo global

Creo que esta vinculación como desenlace del propósito con el cual encaré estas reflexiones, nos resulta muy productiva, porque:

He sumado los valores de las miradas de otras personas, en esto de «Derribar mitos» y de «Las recomendaciones para dejar y adoptar».

Y por sobre todas las cosas he empleado mi tiempo, y espero que el tuyo, en algo que creo que suma con la esperanza de que en algún momento pueda multiplicar.

Les regalo estos dos pensamientos, que considero valiosos, respecto del éxito y del fracaso:

«Los resultados negativos son justo lo que quería. Son tan valiosos como los resultados positivos». (Thomas A. Edison).

«Un fracasado es un hombre que ha cometido un error, pero que no es capaz de convertirlo en experiencia». (Elbert Hubbard).

Como broche de oro algunos pensamientos del distinguido científico de la relatividad, «Albert Einstein».

«Trate de no convertirse en un hombre de éxito, sino tratar de convertirse en un hombre de valor».

«No podemos resolver nuestros problemas con el mismo pensamiento que usamos cuando los creamos».

«Locura: hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes».

Comenzar a vivir !

El frío invierno que nos tenía contra las cuerdas ha cesado momentáneamente en su embestida. Sus golpes están amortiguados por estas temperaturas más otoñales, con matices primaverales y rayos de sol en abundancia. Es una invitación clara para salir de nuestras madrigueras, buscando desarrollar actividades al aire libre, deportivas, recreativas o turísticas.

Mi vocación de escritor aficionado me mantiene expectante, como hipnotizado por el entorno y las palabras que no vienen tan fácil a mi encuentro. Escribo observando como el viento arrecia el aire, provocando remolinos y volteando las últimas hojas que resisten estoicas en los árboles.

La lectura de un libro me trajo de regalo un pensamiento del emperador Marco Aurelio. Para ser honesto no sé mucho de él, pero me pareció que la frase amerita tener un valor por sí sola, independiente de su historia personal.

“El hombre no ha de temer a la muerte. Lo que ha de temer es nunca comenzar a vivir “.

El comenzar a vivir sucede como un hecho biológico desde el instante en que nacemos. Está claro que desde ese mismo momento estamos predestinados a morir, más tarde o más temprano. Biológicamente no existe un mecanismo para nacer y morir repetidas veces. Muchos intentos se han hecho para prolongar la vida de manera indefinida lo cual aún no se ha logrado; sin embargo, los avances científicos y médicos han logrado cuestiones impensadas, tales como el reemplazo de órganos enfermos, morigerar los efectos del envejecimiento y próximamente y en un futuro no muy lejano, lograr una especie de juventud prolongada, convirtiendo a nuestra especie en una más parecida al concepto de semi Dios.

El comenzar a vivir desde una perspectiva más existencial, filosófica o trascendental, puede ocurrir muchas veces en nuestras vidas, del mismo modo que el comenzar a morir. Nuestras vidas están plagadas de momentos bisagra donde nos sentimos renacidos, para lo cual metafóricamente tuvimos que morir con antelación. Quizás la frase de Marco Aurelio tenga mucho que ver con esto, el de animarse a vivir sin miedos, con la esperanza de que siempre habrá oportunidades para volver a vivir, de estar de vuelta de los fracasos, de las oportunidades perdidas, de los errores no forzados, de las incoherencias y de tantas situaciones impensadamente malas.

Mi último momento bisagra fue la desaparición física de mi madre, que me fue pegando de a poco, como en cámara lenta. Tuve que aprender a ser huérfano a edad madura. Antes de que este hecho sucediera pensaba que era natural y que estaba preparado para no tenerla más. Las emociones y mis sentimientos me demostraron todo lo contrario.  Con el discurrir de los días, se me hizo muy evidente y muy necesaria su presencia. Los recuerdos me abarrotaron y comencé a extrañarla, soñarla y buscarla en fotos e imágenes conectando muchas historias, que me unen con este presente. Mi vida había dado un vuelco significativo, debiendo buscar las fuerzas para renacer a otra existencia, ahora sin padres. Tantas veces mis lágrimas me acompañaron en silencio, cuando me embargaba la emoción de sentirme como una «especie de ser desprotegido«. Percibirme otra vez vulnerable me sumió al principio en una coyuntura desequilibrante. Con el correr de los días, pude traer de vuelta conmigo tantas cosas que ella y mi padre me legaron, tantas enseñanzas, cariño, bondad y amor. Todo esto me impulsó a sentirme de nuevo en la senda, de la mano de los valores que sembraron con sus ejemplos y acciones.

Tomé acabada conciencia de que este trayecto donde estoy acompañado por mi familia, tiene muchas oportunidades y al mismo tiempo desafíos. No es ni mejor ni peor que antes, sino distinto y particular.

En la semana tuve la oportunidad de saludar a otra persona que había sufrido una pérdida similar hace poco tiempo. En este caso se trataba de su papá y del mismo modo que yo, él ya no tenía padres. La conversación surgió de manera natural. Compartíamos una sensación similar, la de sentirnos parte de otro estadio en la vida, el de ser huérfanos. Su historia tenía matices diferentes porque su padre había estado enfermo desde hacía varios años, con lo que él tenía la sensación de que su padre “sufrió su vida durante sus últimos años”.

Me contó que luego de la muerte de su papá, había responsabilizado a su padre en cierta manera por la situación que parecía haberse autoprovocado, por muchos excesos que había cometido. Sin embargo, su mirada sobre su padre cambió, con todos los saludos post morten que había recibido de muchos amigos y personas cercanas a su padre, los cuales lo habían conocido en otro entorno, donde todos lo destacaban por su generosidad, hombría de bien y el valor de su palabra y sus ayudas para con los demás. Si bien ya lo había perdonado, pudo comprender y luego aceptar la dimensión y figura humana de su papá. Yo pensaba mientras lo escuchaba atentamente, que era una historia que tenía que contar en mi blog, por su calidez personal y por su acabada riqueza humana. La conversación me sirvió para no sentirme solo y al mismo tiempo para no creerme el pupo del mundo, en esto de que solo a mí me pasan ciertas cosas.

Hoy, luego de darle sentido a la frase de Marco Aurelio, puedo resignificar muchas instancias de mi derrotero personal, episodios en los cuales me he animado a vivir y otras tantas donde “sólo me he animado a morir un poco no viviendo a pleno”. Es algo así como que lo que vale es «darse cuenta de lo que verdaderamente cuenta», aquello que nos distingue como esencialmente humanos. Cuestiones tan simples y tan poco rebuscadas, pero que al mismo tiempo cuesta tanto distinguir, en la prisa del día a día.

Siempre hay oportunidad para comenzar a vivir, para lo cual hace falta dejar morir un sinnúmero de prejuicios y preconceptos.

La escritura de estos blogs son un proceso de sanación personal que comparto con el único propósito de poder servir, no como ejemplo, sino en el mejor de los casos, acaso como una llamada para despertar de algunos sueños que nos retienen dormidos.

Para culminar les regalo este hermoso poema, escrito por Litto Nebbia, que me acompaño muchas veces durante mi adolescencia, muy ligado a esto de renacer después de morir.

Sólo se trata de vivir

Dicen que viajando se fortalece el corazón

Pues andar nuevos caminos

Te hace olvidar el anterior

Ojalá que esto pronto suceda

Así podrá descansar mi pena

Hasta la próxima vez

Y así encuentras una paloma herida

Que te cuenta su poesía de haber amado

Y quebrantado otra ilusión

Seguro que al rato estará volando

Inventando otra esperanza

Para volver a vivir

Creo que nadie puede dar una respuesta

Ni decir que puerta hay que tocar

Creo que a pesar de tanta melancolía

Tanta pena y tanta herida

Sólo se trata de vivir

En mi almanaque hay una fecha vacía

Es la del día que dijiste que tenías que partir

Debes andar por nuevos caminos

Para descansar la pena hasta la próxima vez

Seguro que al rato estarás amando

Inventando otra esperanza para volver a vivir

Creo que nadie puede dar una respuesta

Ni decir que puerta hay que tocar

Creo que a pesar de tanta melancolía

Tanta pena y tanta herida

Sólo se trata de vivir

Dicen que viajando se fortalece el corazón

Pues andar nuevos caminos

Te hace olvidar el anterior

Ojalá que esto pronto suceda

Así podrá descansar mi pena

Hasta la próxima vez

Seguro que al rato estaré volando

Inventando otra esperanza para volver a vivir

Creo que nadie puede dar una respuesta

Ni decir que puerta hay que tocar

Creo que a pesar de tanta melancolía

Tanta pena y tanta herida

Sólo se trata de vivir

Descansar para ser más eficientes. ¿Desconectar para conectar?

El mundo vive y debate distintas realidades respecto del uso y distribución del tiempo diario de una persona. Cada porción del tiempo en el cual se divide la jornada diaria, es motivo de análisis y profundización. En un esquema básico encontramos tres segmentos bien diferenciados: horas dedicadas al trabajo, horas de sueño y las horas remanentes de tiempo fuera del trabajo, que son usadas para múltiples propósitos.

En el ámbito de la duración de la jornada laboral, algunos países europeos han ido reduciendo la cantidad de horas de trabajo llegando en alguno de ellos a un período acotado de seis horas. Las discusiones sobre la productividad comparativa entre jornadas cortas o largas de trabajo encuentran fundamentos de uno y otro lado que sólo sirven para argumentar en contra a favor, pero pocas veces para buscar consensos. La tecnología ha posibilitado el desarrollo de las labores bajo el concepto de home office, trabajo remoto y otras modalidades combinadas. Existe un amplio espectro de situaciones dependiendo de la rama o actividad laboral, la necesidad o no de fijar turnos de trabajo y las condiciones propias de la tarea a desarrollar.

Respecto de los esquemas de sueño, el debate no es sólo por la cantidad de horas dedicadas a dormir, sino asimismo por la calidad de las mismas. La problemática adquiere otros ribetes, cuando ponemos en la ecuación las dificultades que tienen muchos seres humanos para conciliar y sostener un sueño reparador de manera consistente y a lo largo de todos los días. Los dispositivos tecnológicos tales como celulares y tablets, más el acceso ilimitado a películas y series por streaming o televisión digital, conspiran contra la conciliación del sueño, aumentando las chances de mantenernos despiertos, expectantes y absorbiendo cantidades voluminosas de información o distracción sin chances de un adecuado procesamiento cerebral. La lectura queda en muchos casos en un segundo plano, opacada por los destellos luminosos, efectos especiales o imágenes que se repiten sin cesar en nuestras retinas, mermando nuestros procesos creativos.

El resto del tiempo que nos queda, se compone de un sinnúmero de actividades, entre los cuales se encuentran entre las principales, el tiempo de traslado desde el trabajo a casa, las actividades rutinarias del hogar, y el cuidado y educación de nuestros hijos. El tiempo efectivo que dedicamos a otras actividades que pueden ser denominadas como de desconexión o de ocio suele ser muy acotado y concentrado durante los fines de semana, en el mejor de los casos.

Una nueva relación entre el trabajo y el ocio está apareciendo con cierta frecuencia y relativa preponderancia en algunas regiones. Para reflejar esta modalidad de abordaje y vinculación entre el hacer y el no hacer, les traigo a continuación un artículo muy interesante de la BBC, en el cual se hace referencia y se explica esta manera de ver y hacer las cosas. Desde otra óptica podemos decir, que se trata de una particular cultura y perspectiva sobre la desconexión para estar mejor concentrados cuando trabajamos.

Descanso activo: cómo lograr que el «no hacer nada» te ayude a ser más productivo en tu trabajo

Por Amanda Ruggeri.

BBC Future.

Cuando me mudé a Roma desde Washington DC, un paisaje me impresionó más que cualquier columna antigua o gran basílica: el de la gente sin hacer nada.

A menudo podía ver a mujeres ancianas apoyadas sobre sus ventanas, mirando a la gente pasar, o a familias en sus paseos nocturnos, deteniéndose cada tanto para saludar a sus amigos. Hasta la vida de oficina resultó ser diferente.

Olviden los sándwichs apurados en el escritorio. En la hora del almuerzo, los restaurantes se llenaban de profesionales que se sentaban a comer apropiadamente.

Por supuesto, desde que los jóvenes del Grand Tour (un itinerario que europeos de clase media y acomodada solían realizar) empezaron a escribir sus observaciones en el siglo XVII, quienes vienen de afuera han estereotipado la idea de la «indolencia» italiana.

Y no es enteramente así. Los mismos amigos que iban a casa en sus motocicletas para un almuerzo distendido a menudo volvían a la oficina para trabajar hasta las ocho de la noche.

Aun así, la aparente creencia de balancear el trabajo duro con il dolce far niente, la dulzura de no hacer nada, siempre me llamó la atención. Después de todo, no hacer nada parece ser lo opuesto a ser productivo. Y la productividad, ya sea creativa, intelectual o industrial, es el uso máximo de nuestro tiempo.

Pero mientras llenamos nuestros días con «hacer» más y más, muchos de nosotros descubrimos que la actividad sin parar no es la apoteosis de la productividad. Es su adversaria.

Los investigadores están estudiando que no solo significa que el trabajo que producimos al final de una jornada de 14 horas es de peor calidad que cuando estamos frescos. Este patrón de trabajo también perjudica nuestra creatividad y cognición.

Con el tiempo, puede hacernos sentir físicamente enfermos, e incluso, irónicamente, como si no tuviésemos un propósito.

«Piensa en el trabajo mental como hacer flexiones», dice Josh Davis, investigador y autor del libro «Two Awesome Hours» («Dos horas geniales»). Digamos que quieres hacer 10.000. La manera más «eficiente» sería hacerlas todas sin pausas.

Pero sabemos, sin embargo, que eso es imposible. En cambio, si hiciéramos solo una tanda en un momento, entre otras actividades y las fuésemos distribuyendo en las semanas, alcanzar la meta sería mucho más factible.

«El cerebro es muy parecido a un músculo en este sentido«, escribe Davis. «Establecer las condiciones inadecuadas a través del trabajo constante nos hace lograr poco. Si establecemos las condiciones apropiadas, hay poco que no podamos hacer».

Hacer o morir

Muchos tendemos a pensar, sin embargo, que nuestros cerebros no son músculos, sino un computador: una máquina capaz de llevar a cabo trabajo constante. No solo es falso, sino que presionarnos a trabajar durante horas sin descanso puede ser perjudicial, dicen algunos expertos.

«La idea de que puedes estirar indefinidamente los tiempos de concentración y productividad a esos límites arbitrarios está muy mal. Es contraproducente», dice el científico Andrew Smart, autor de «Autopilot» («Piloto automático»).

Un metanálisis encontró que trabajar durante muchas horas aumentaba el riesgo de sufrir enfermedades coronarias en un 40%, casi tanto como fumar cigarrillos (50%).

Otro estudio encontró que las personas que trabajaban largas jornadas tenían un riesgo significativamente mayor de sufrir un infarto, mientras que quienes trabajaban más de 11 horas al día tenían casi 2,5 de más probabilidad de experimentar un episodio depresivo en comparación con quienes trabajaban entre siete y ocho horas.

En Japón, esto ha llevado a una perturbadora tendencia llamada karoshi, o muerte por exceso de trabajo.

La joven que falleció en Japón tras trabajar 159 horas extra en un mes y cuya muerte reabrió el debate sobre el «karoshi»

Si te estás preguntando si esto significa que deberías tomarte unas vacaciones atrasadas, la respuesta puede ser sí.

Un estudio sobre ejecutivos en Helsinki (Finlandia) encontró que durante más de 26 años, los gerentes y empresarios que tomaron menos vacaciones en la mediana edad sufrieron de muertes tempranas y una peor salud en la vejez.

Eficiencia, ¿algo nuevo?

Es fácil pensar que la eficiencia y la productividad son unas obsesiones nuevas. Pero el filósofo británico Bertrand Russell hubiese estado en desacuerdo.

«Se dirá que, aunque un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solo tuviesen cuatro horas de trabajo de las 24», escribió Russell en 1932.

Dicho esto, algunas de las personas más creativas y productivas del mundo se dieron cuenta de la importancia de hacer menos. Tenían una ética de trabajo fuerte, pero también se dedicaron al reposo y al ocio.

«Trabaja en una sola cosa hasta que la termines», escribió el artista y escritor Henry Miller en sus 11 mandamientos sobre la escritura. «¡Para a la hora señalada!…¡Mantente humano! Ve a lugares, ve a gente, bebe si te provoca».

Hasta el padre fundador de Estados Unidos, Benjamín Franklin, un modelo de diligencia, dedicó gran parte de su tiempo a estar inactivo. Cada día se tomaba un descanso de dos horas en el almuerzo, noches libres y una noche entera de sueño.

En lugar de trabajar sin parar en su carrera como impresor, con la que se mantenía, pasaba «grandes cantidades de tiempo» socializando y practicando pasatiempos. «De hecho, los mismos intereses que lo alejaron de su profesión inicial lo llevaron a muchas de las cosas maravillosas por las que es conocido, como haber inventado el pararrayos y la estufa Franklin», escribe Davis.

Incluso en un nivel global, no hay una clara correlación entre la productividad de un país y el promedio de horas de trabajo. Con una media de 38,6 horas por semana, por ejemplo, el empleado estadounidense promedio trabaja 4,6 horas más a la semana que un noruego. Pero por el PIB, los trabajadores noruegos contribuyen el equivalente de US$78,70 por hora, en comparación con los US$69,60 que contribuyen los estadounidenses.

En el caso de Italia, ¿el hogar de il dolce far niente? Con un promedio de 35,5 horas de trabajo semanales, produce casi 40% más por hora que Turquía, donde la gente trabaja una media de 47,9 horas por semana.

Todos esos descansos para tomar un café, entonces, parecen no ser tan malos.

Entre siestas y descansos cortos

La razón por la que tenemos jornadas laborales de ocho horas se debe a que las empresas descubrieron que reducir las horas de los empleados tenía el efecto contrario al que esperaban: aumentaba su productividad.

Durante la Revolución Industrial, eran normales las jornadas de 10 a 16 horas. Ford fue la primera compañía en experimentar con un día laboral de ocho horas, y encontró que sus empleados eran más productivos no solo en cada hora, sino en general. En un margen de dos años, las ganancias se duplicaron.

Si días laborales de ocho horas son mejores que los de diez horas, ¿podrían ser incluso mejores las jornadas con menos horas? Quizá.

Para las personas mayores de 40 años, una investigación encontró que una semana laboral de 25 horas puede ser óptima para la cognición. Suecia, por su parte, experimentó recientemente con jornadas de seis horas y concluyó que los empleados tenían mejor salud y productividad.

Esto parece corroborarse por la forma en que las personas se comportan durante un día de trabajo.

Una encuesta de casi 2.000 empleados de tiempo completo en Inglaterra estimó que las personas solo eran productivas durante dos horas y 53 minutos en una jornada de ocho horas.

El resto del tiempo lo invertían revisando las redes sociales, leyendo noticias, teniendo conversaciones no relacionadas con trabajo con colegas, comiendo e incluso buscando otro empleo.

Podemos enfocarnos por un período de tiempo todavía más corto cuando estamos empujándonos al límite de nuestras capacidades.

Investigadores como el psicólogo K Anders Ericsson, de la Universidad de Estocolmo, han estudiado que al introducirse en el tipo de «práctica deliberada» necesaria para dominar cualquier actividad, necesitamos más descansos de lo que creemos.

La mayoría de la gente solo puede trabajar durante una hora sin necesidad de tomar una pausa. Y hay músicos de élite, autores y atletas que no dedican más de cinco horas constantes al día a su oficio.

¿La otra práctica que tienen en común? Su «tendencia creciente a tomar siestas para recuperarse», escribe Ericsson. Una manera, por supuesto, de reposar tanto el cerebro como el cuerpo.   

Descanso activo

Pero el «descanso», como algunos investigadores lo señalan, no es necesariamente la mejor palabra para describir lo que estamos haciendo cuando no hacemos nada.

La parte del cerebro que se activa cuando no hacemos «nada», conocida como Red neuronal por defecto (RND), juega un papel crucial en la consolidación de la memoria y la visión del futuro.

Es también la zona del cerebro que se activa cuando la gente está observando a otros, pensando sobre sí misma, haciendo un juicio moral o procesando las emociones de otras personas.   

En otras palabras, si esta red se apagara, podríamos tener dificultades para recordar, anticipar consecuencias, captar interacciones sociales, entendernos a nosotros mismos, actuar éticamente o tener empatía hacia los demás. Todas las cosas que nos hacen no solamente funcionales en el ambiente laboral, sino en la vida.

Quizá lo más importante de todo es que si no nos tomamos el tiempo para dirigir nuestra atención hacia adentro, perderemos un elemento crucial de la felicidad.

«Te ayuda a reconocer la importancia más profunda de las situaciones. Te ayuda a sacar un significado de las cosas. Cuando no estás dándole significado a las cosas, solo estás reaccionando y actuando en el momento, y estás sujeto a muchos tipos de conductas y creencias cognitivas y emocionales no apropiadas para el ambiente», dice Mary Helen Immordino-Yang, neurocientífica e investigadora del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California (EE.UU.).

Tampoco tendríamos la capacidad de pensar en nuevas ideas o conexiones. Las luces de la RND se encienden cuando estás haciendo asociaciones entre asuntos que parecen no estar relacionados o propones ideas originales.

También es el lugar donde afloran esos momentos de iluminación, lo que significa que, si como Arquímedes, tuviste tu última buena idea cuando estabas paseando o en el baño, debes agradecerle a la biología por ello.

Quizá lo más importante de todo es que si no nos tomamos el tiempo para dirigir nuestra atención hacia adentro, perderemos un elemento crucial de la felicidad.

«Estamos haciendo cosas sin darles significado durante mucha parte del tiempo», dice Immordino-Yang.

«Cuando no tienes la habilidad de insertar tus acciones en una causa más amplia, estas se sienten sinsentido con el tiempo, y vacías, y no conectadas con tu sentido más amplio de ti mismo. Y sabemos que no tener un propósito con el tiempo se conecta con no tener una salud emocional y psicológica óptima».

¿Tejer y meditar?

Los que han practicado la meditación saben que hacer nada puede ser sorprendentemente dificultoso. ¿Cuántos de nosotros, después de 30 segundos de reposo, revisamos nuestros celulares?

De hecho, nos hace sentir tan incómodos hacer nada que preferiríamos hacernos daño. Literalmente. En 11 diferentes estudios científicos, los investigadores estimaron que los participantes preferirían hacer cualquier cosa, incluso recibir choques eléctricos, en lugar de hacer nada. Y no fue que les pidieron que se sentaran rectos por mucho rato: entre seis y 15 minutos.

La buena noticia es que no hace falta dedicarte a hacer absolutamente nada para cosechar beneficios. Es cierto que el descanso es importante. Pero también lo es la reflexión activa, masticando un problema que tienes o pensando en una idea.

Cualquier otra tarea que no requiera del 100% de concentración también puede ayudar, como tejer o garabatear.

De hecho, cualquier cosa que requiera de visualizar resultados hipotéticos o escenarios imaginarios, como discutir sobre un problema con amigos o perderse en un buen libro, también ayuda, dice Immordino-Yang.

Si tienes propósito, puedes incluso activar tu red neuronal por defecto si estás revisando las redes sociales.

«Si simplemente estás viendo una linda foto, está desactivada (la RND). Pero si estás tomándote pausas y permitiéndote analizar la historia más amplia de por qué esa persona en la foto se está sintiendo de esa manera, elaborando una narrativa a su alrededor, entonces es muy posible que estés activando esas redes», dice la investigadora.   

Otro método altamente efectivo para reparar el daño es la meditación: tan solo una semana de práctica para quienes nunca hayan meditado, o una sola sesión para los más experimentados, pueden mejorar la creatividad, el humor, la memoria y la concentración.

Cualquier otra tarea que no requiera del 100% de concentración también puede ayudar, como tejer o garabatear. Como escribió Virginia Woolf en «Una habitación propia» (1929): «Dibujar croquis era un modo haragán de cumplir el trabajo inútil de la mañana. Es, sin embargo, en nuestros ocios, en nuestros sueños, que la sumergida verdad suele salir a flote».

Otro modelo de equilibrio entre tiempo de ocio y de trabajo que romperá de manera total o parcial o no podrá hacerlo con paradigmas instalados desde hace siglos.

Para cerrar lo haremos con algo de humor vinculado:

Vengo a presentar mi tesis: “Apatía, desgana y pereza en el marco de la Sociedad Actual”.

Bien, comience por favor.

No me apetece.

¡¡Brillante!!

Los duelistas !

La historia que vengo a contarles encierra en sí mismo un interrogante crucial, casi diría existencial.

¿Cómo es que una «verdadera amistad» puede derivar en un duelo?

Aún hoy no encuentro repuestas, quizás sólo algunas aproximaciones o reflexiones que surgen de la narrativa, qué a más de cuarenta años del suceso, emergen de mis recuerdos, algo distorsionados, endebles y en baja definición.

Con Guillermo Moreno compartíamos todo o casi todo. Habíamos sido compañeros desde primer grado. Nos habían unido los llantos y sollozos comunes, cuando aquel primer día de clases, nuestras madres nos habían dejado en apariencia abandonados, merced de esas señoras con guardapolvos que intentaban contenernos y consolarnos.

Nuestra primera hora en clase, y por esas cosas del azar, nos encontró sentados como compañeros en un banco de a dos ubicado en la segunda fila del aula. Moreno y Bordolini serían de ahí en más un dúo que se mantuvo unido hasta aquel decisivo día, a partir del cual nuestras vidas empezarían a transitar caminos separados.

Durante ese primer recreo, ambos presos de una profunda congoja por el exilio materno, no atinamos a salir al patio y nos quedamos sentados en nuestros bancos, mascullando pensamientos y soportando emociones galopantes. Cada uno garabateaba lo que podía en el cuaderno de clases, mientras una de las maestras, la que permaneció en clase custodiando a los tristes e irresolutos, nos miraba con ternura.

En ocasión del segundo recreo, fue cuando nos animamos a asomar nuestras narices fuera del aula, aunque de manera muy tímida y prudente. Comenzamos a hablar de quienes éramos, dónde vivíamos y cómo se componían nuestras familias. En las siguientes jornadas, la relación crecería en calidad y acciones compartidas. La amistad con Guillermo se fue complementando con otras amistades que fuimos entablando, a lo largo de todo el primario, con las cuales nuestra principal diversión consistía en jugar al fútbol durante los recreos, usando para ello una pelota improvisada con una media, la cual era rellenada con retazos de telas.

Con Guillermo compartíamos aspiraciones, gustos y expectativas similares. Nos unía el placer de poseer las mejores canicas, de muy variados colores y materiales, además de ser compulsivos adoradores de las figuritas impresas y de los álbumes donde se pegaban. Jamás llegamos a completar ninguno porque siempre nos faltaban las figuritas difíciles, pero siempre estábamos ahí, tratando de cambiar y negociar todo lo que se pudiera. Por otro lado, éramos alumnos buenos y aplicados, con notas elevadas y un elevado concepto de las maestras.

Nos juntábamos en la casa de él o en la mía cuando nos daban tareas para resolver en equipo de a dos y hasta cuatro integrantes. Los resultados de nuestros trabajos mostraban que podíamos trabajar muy bien, respondiendo adecuadamente a las exigentes requisitorias y profundidad de los trabajos que nos encomendaban. El colegio era más bien humilde, pero el nivel de enseñanza era riguroso y bastante minucioso. Estudiábamos a tiempo completo. Las horas parecían no ser suficientes para completar todas y cada una de las tareas. Tanto Guillermo como yo pasábamos gran parte de nuestra jornada fuera del aula completando ejercicios, deberes, buscando material y llevando a cabo las tareas de plástica, donde por cierto contábamos con el apoyo incondicional y muy hábil de nuestras madres.

El primario transcurrió de ese modo, dentro de un ambiente escolar apacible, pleno de travesuras, incidentes y episodios hilarantes. Durante el sexto grado, sin mal no recuerdo el grado, el profesor de gimnasia, formó un equipo de fútbol para jugar un campeonato intercolegial, con el cual salimos subcampeones. Guillermo no tenía el nivel de otros compañeros, no siendo convocado a formar parte del equipo. En este momento de la historia detecto el primer quiebre en la relación de Guillermo con varios de nosotros. Los que formábamos parte de ese equipo que fue casi campeón conformábamos un grupo muy unido y feliz, prestando poca o nula atención a los que no estaban dentro de ese círculo de semidioses del fútbol.

La continuidad de los acontecimientos fue muy rápida e inmanejable. Las semanas sucesivas mostraron un cierto distanciamiento de Guillermo, que en mi caso no fui capaz de acortar. Éramos niños traviesos y juguetones que no reparábamos mucho en cuestiones de sensibilidad o exclusión.

La primera confrontación directa ocurrió en un recreo de aquel sexto grado cuando Guillermo nos hizo una trampa aviesa y descarada, cuando dio por ganada una partida a las bolitas, arrebatando el conjunto completo que estaba en juego. Mis ojos no daban crédito a lo sucedido. Claramente su canica era la más lejana del objetivo, opinión compartida por todos los que participábamos del juego. Sin embargo, él sostuvo su condición de ganador, negando todos los reclamos. Mi dolor más profundo es que además de que yo era el ganador, había injustamente perdido en ese juego mi canica más preciada, aquella que me había regalado el doctor Zanón, traída directamente por él de un viaje a Europa.

El segundo suceso imperdonable según mi condición de niño, fue la apropiación por parte de Guillermo de una figurita que hacía más de un mes que estaba tratando de conseguir. Había pactado con otro niño, en una larga negociación, el canje de esa preciada imagen de Bertoni (el jugador de la selección argentina) por otros tres jugadores de la liga local. Cuando fui a efectuar el canje, el otro niño me dijo que Guillermo se la había llevado dándole cinco figuritas en lugar de tres, como era lo que nosotros habíamos convenido. Mi sorpresa fue mayúscula, amén de que Guillermo ya poseía la figurita de Bertoni. Cuando fui a preguntarle porque lo había hecho, negó rotundamente los hechos, culpando al otro niño de la situación. Mis oídos no daban crédito de lo que escuchaba. Me di vuelta y me fui, preso de una profunda decepción.

El distanciamiento con Guillermo era más que evidente. Mi orgullo ponía freno a cualquier intención de mi parte por preguntarle a que se debían las situaciones que él estaba generando, quizás a pedir disculpas por algún hecho que hubiera hecho sin querer, derivando en esas reacciones adversas de él hacia mi persona. Pienso que, debido a mi naturaleza de niño, se tornaba difícil enfrentar algunas situaciones que me afectaban.

Esa mañana de invierno gélida dentro de la clase la historia, se hicieron mención a los duelos que se pactaban como una manera de resolver el honor mancillado o pisoteado por algún contrincante o adversario político, por algún amante despechado o por otras razones que escapaban a la razón pura. En esa clase la profesora hizo reseña de algunos duelistas, que se batían a espada o a tiros, contando cada uno de ellos con la posibilidad de disponer de un padrino en la contienda, una especie de hombre de confianza y en cierta forma un instructor más avezado en las armas elegidas para dirimir la contienda. Si bien no fue el tema central de la clase, que se enfocó más bien en la historia post declaración de la independencia, quedó en nuestra imaginación que ya contenía las imágenes de cine de dos pistoleros del lejano oeste batiéndose a duelo, esta nueva versión de duelistas enfrentándose con otras modalidades en nuestro propio suelo argentino.

El recreo que siguió a esa clase nos encontró a casi todos jugando un picadito de futbol en el patio trasero del colegio. En uno de los tantos cruces o disputas fuertes por la pelota, quedamos enfrentados con Guillermo, en un choque estruendoso y violento que nos dejó a ambos algo maltrechos y tirados. Nos levantamos como pudimos para empezar una danza de empujones y gritos. Imbuidos del espíritu de los duelistas de antaño, luego de que finalizaran los arrebatos, convinimos en disputar un duelo a la salida del colegio. Nos considerábamos estudiosos y disciplinados, y habíamos aprendido que el comienzo de los duelos se daba cuando una persona le arrojaba o golpeaba con un guante la cara a otra, en señal de desafío y ofensa. Por ello, es que nuestro duelo quedaría solo ahí, en el uso de los guantes que nos servían para protegernos del frío, los cuales, habiendo sido mojados en la mezcla de escarcha y barro de la cuneta de la calle, serían usados como armas para propinarnos guantazos. La decisión fue la de no adoptar ningún padrino y más aún no hacer ninguna promoción de nuestro desafío.

Ese día cuando salimos del colegio después del mediodía, la escarcha aún se mantenía en los cordones cuneta de las calles. Los fríos eran intensos y prolongados, provocando varios días seguidos de temperaturas bajo cero. Los compañeros que salieron con nosotros no entendían muy bien de que iba la cosa, cuando nos vieron mojar nuestros guantes de lana en la acera llena de hielo y barro. Los que se quedaron a observar, quedaron atónitos cuando vieron este enfrentamiento a guantazo limpio, entre Guillermo flaco y alto, y Marcelo petiso y algo más morrudo. Recuerdo como si fuera hoy que recibí el primer guantazo en la cara, sin poder atinar ninguno sobre mi rival que fue muy hábil para esquivar todos mis guantazos. Su altura y mayor flexibilidad le sirvieron muy bien para dar la primera estocada y luego evitar recibir alguna de mi parte. La contienda duró menos de un minuto, ya que fuimos separados por nuestros compañeros, que aún no comprendían cabalmente que estaba sucediendo.

Luego nos retiramos cada uno por su lado, sin ningún comentario, cada uno caminando junto a algunos compañeros, que nos preguntaban que nos pasaba, sin encontrar por cierto ninguna respuesta de nuestra parte. Este duelo singular marcó el fin de una amistad que había conocido mejores momentos en el pasado.

Jamás volvimos a hablar del tema, pedimos a la maestra que nos cambiará de banco y los amigos casi inseparables, desunieron sus destinos hasta el final de la primaria.

Mantuvimos de ahí en más una relación más bien fría y de compromiso, sin coordinar acciones conjuntas.

La historia de un duelo simbólico entre niños que seguro nos sirvió para crecer y aprender, pero que en el fondo fue un episodio mucho más negativo que positivo, conforma parte de aquellas cosas de las cuales uno nunca termina de sentirse orgulloso y preferiría que no hubieran sucedido.

Historias como estas, mezcla de cosas serias, travesuras y honores mancillados, conviven con nosotros dejándonos más interrogantes que respuestas.

Por ello es que aún resuena en mi cabeza el interrogante inicial de este relato:

¿Cómo es que una verdadera amistad puede derivar en un duelo?

Es probable que pueda ser reformulada a una pregunta más general:

¿Cómo es que una relación de amistad puede terminar?

O más bien, por la positiva:

¿Cómo es que una relación de amistad puede ser alimentada para que siga siendo fructífera?

Las respuestas son muy personales, por cierto.

Mi afición a las contiendas duró muy poco y me sirvió para entender las diferencias, y la necesaria aceptación de los distintos puntos de vista.

Aún hoy, este ser humano inacabado, pretende lograr un mejor conocimiento de si mismo, para lograr un próspero entendimiento con los demás.

«La tarea no se acaba nunca».

Este cuento que tuvo introducción y desarrollo, tiene un final con condimentos de suspenso que no encuentra las palabras adecuadas para cerrar.

¡Cuanto menos todos nuestros intentos por hacerlo valen la pena!

Tras los pasos de Ana !

Una tarde espléndida nos encuentra recorriendo una hermosa región de Italia. Mis ojos no alcanzan a abarcar la plenitud y la belleza de esas montañas que son parecidas a otras tantas, pero que tienen un encanto especial. Una llamada ancestral reverbera en mis genes invitándome a recuperar parte de mi esencia. Esta geografía friulana es la misma que pisaron mis antepasados, que cultivaban sus tierras, algunos en las cercanías del río Tagliamento, otros en los márgenes del río Noncello. El primero desemboca en el Adriático, el segundo es navegable, hasta desembocar en el río Meduna, el cual llega casi hasta Venecia. Todos estos ríos nacen en los Alpes y tienen un corto recorrido hacia el mar.

Plantaciones de vides proliferan en toda el área, dando un marco esplendoroso, muy rico en aromas y abundante en colores. La región friulana estuvo dominada por varios países y tiene influencias eslavas, austríacas, venecianas y francesas. La combinación de todas estas vertientes culturales hasta cerca del 1900, cuando se consolidó la republicana italiana, derivó en la generación de una región única, que fue atesorando lo mejor de esas culturas, para convertirse en una región con una identidad propia, indescifrable, impactante y poderosamente atractiva. En toda esta región se habla una lengua distinta al italiano, el friulano o furlano que tiene raíces, construcciones y palabras propias de varias lenguas, predominando además del italiano, los influjos eslavos, franceses, alemanes, romaníes y húngaros.

Cuatro provincias componen la región del Friuli-Venezia y Giulia (la contradicción con el nombre es que Venezia no forma parte de esta región). Pordenone es quizás la más cercana a la cultura del Véneto. Próximo a Aviano (lugar de nacimiento de mi bisabuela materna Ana), emerge el monte Piancavallo que es la pista de esquí más cercana, situada en las Dolomitas friulanas. Udine, es la provincia, que al decir de sus habitantes es la que mejor representa la identidad friulana.  En las orillas del Tagliamento, se encuentra la pequeña comuna de Rivé Dárcano, lugar de nacimiento de mi bisabuelo materno Giovanni Giuseppe. Udine es la provincia más extensa y poblada. Limita con varios países, tales como Austria y Eslovenia. Goritzia es una provincia pequeña, y quizás la más eslava culturalmente. Por último, aparece Trieste, la más diminuta de todas y cuya capital homónima supo ser la capital del Imperio Austro Húngaro. Esta ciudad es una pujante economía portuaria del mar Adriático, en la cual es posible encontrar un crisol de culturas e identidades cosmopolitas.

Mientras recorro la ciudad de Pordenone (una ciudad puerto sobre el rio Noncello en la época de dominio Veneciano) me reencuentro con algunos paisajes que me resultan familiares. Esta calle peatonal que estoy transitando, con veredas techadas, es la misma que probablemente caminaron mis ancestros friulanos. En algunos tramos se llama vía Dele vedue (en friulano), o en italiano Della Vedova (como mi apellido materno) o en español “de la viuda”. Me detengo a contemplar una pastelería y chocolatería que me asombra. Se pueden apreciar numerosos objetos de chocolate, confeccionados y pintados de manera artística a la perfección: zapatos, carteras, botines de fútbol, flores y tantos más. Peratoner es el nombre de este paraíso del chocolate, que se encuentra funcionando desde el año 1873.

Imagen de la chocolateria Peratoner.

Protegido del sol, gracias a esta vereda techada, continúo mi recorrido. La calle desemboca en una catedral-iglesia majestuosa. La iglesia catedral y campanario de San Marco se levanta ante nosotros, invitándonos a pasar. No tengo palabras para describir tanta belleza. Me siento en uno de sus bancos siguiendo una llamada interior, que me invita a orar y rezar frente a su altar. Durante unos diez minutos permanecí en un estado de quietud y paz interior como hacia mucho tiempo no estaba. La conexión me sirvió para desenredar esa maraña de pensamientos que me mantenían confuso, para ver con claridad de donde vengo y hacia dónde voy.

Vista interior de la iglesia-catedral de San Marco.

No recuerdo exactamente el momento en el cual me levanté para recorrer nuevamente ese sagrado templo, en el cual viví una experiencia inolvidable. Mis ojos intentaban en vano acumular imágenes mientras mi corazón desbordaba de emociones. A cada paso que daba agradecía la posibilidad de haber conocido este lugar tan caro para mis sentimientos.

En la caminata de regreso nos sentamos un ratito en un banco frente al rio Noncello (el río que no se esconde), donde pude observar sus aguas presurosas que bajan al encuentro del Meduna. Otro momento de calma y contemplación que me hacían falta para completar una siesta-tarde de recogimiento. Algunas gotas caen, tornando el ambiente aún más caluroso y húmedo. Sin embargo, nada me saca de este momento de íntima conexión.

En toda mi estancia en el Friuli encuentro a mi mamá Ana, en cada rincón, cada fragancia, cada destello luminoso o cada detalle de belleza. «Su rostro de muñeca, sus pelos dorados y su impronta femenina son propios de este lugar».

Recorriendo estos lares he podido comprender la naturaleza de su personalidad, sus acciones y sus convicciones más profundas. Ana, es la mujer que buscaba la perfección a cada paso, en todo lo que hacía. Intentaba producir todo con primor, sin máculas, ni detalles. Mientras estaba sentado en ese banco de la iglesia de San Marco, pude recibir algo de su inquebrantable fe y mientras oraba ella estaba conmigo, allí presente.

Ana, la que nos regaló su amor, su compromiso y su abnegada convicción por la vida, tiene un origen lejano y al mismo tiempo tan cercano para mí. A cada paso por el Friuli, todo se hace tan evidente y tan perteneciente a ella, que de solo mencionarlo todos mis sentidos se estremecen.

Ana, la mujer siempre elegante, arreglada y respetuosa, es una proyección escapada de esas tierras que tienen una identidad tan particular e inimitable.

A menos de un año que abandonaras este mundo físico, he podido reencontrarme con tu esencia lejos de casa, en una región italiana singular, que explica bastante tu quehacer y tus ideales.

Cada viaje tiene un significado especial, una marca indeleble. En este caso, jamás olvidaré este reencuentro con parte de mi naturaleza, haber caminado los pasos de mis ancestros y por, sobre todo, haber podido ver los ojos verdes de Ana a cada paso y en cada momento que inspiraba el aire friulano.

Este recorrido por mis tierras ancestrales, me produjo una felicidad sin igual, y muchas ganas de revivir esa posibilidad.

Porque no existe una razón, porque hay cosas que no son fáciles de explicar, esas tierras se han quedado en mi corazón.

Quizás, la única explicación válida sea que esos paisajes, lugares, iglesias, ríos y montañas, me devuelven una imagen desestructurada de Mamá. Esa mujer que me amó por encima de toda dificultad, tejiendo con lana esos perfectos y hermosos abrigos para mí, acompañando mis pasos y siendo feliz con mis éxitos.

Por eso hoy más que nunca, necesito culminar, con este título sobre una parte de mi viaje por Italia, que quizás lo explique todo.

“Tras los pasos de Ana, mi querida Mamá”.

¡Viajar nos hace un poco nómades!

Los seres humanos fueron en sus inicios esencialmente nómades. Las justificaciones para esa manera de vivir tienen que ver con su necesidad de proveerse de recursos para su subsistencia, mejores condiciones de habitabilidad, seguimiento de las manadas de animales y los cursos de agua. Vale decir que el hombre primitivo no viajaba por placer o trabajo tal cual lo conocemos hoy, sino para proveerse de todo lo que le hacía falta, más equilibrado con la naturaleza y generando muy poco impacto ambiental. Era un ser eminentemente cazador y recolector. Confiaba plenamente en que sus habilidades, destreza y fuerza físicas serían más que suficientes para conseguir alimentarse, vestirse para protegerse del frío y habitar refugios naturales tales como cuevas o cavernas. Una vida sustentable salvando el detalle de que la esa condición había que ganársela minuto a minuto, palmo a palmo durante nuestros constantes viajes de exploración, con variados períodos de estadía en los distintos lugares que habitaba de manera momentánea.

Su permanencia en tal o cual lugar se regía por la presencia o no de recursos que les fueran útiles para cubrir sus necesidades vitales. La densidad de población era de unos cientos de miles, quizás llegando a algunos millones desparramados por la geografía de vastas regiones de lo que hoy conocemos como Europa, Asia y África. Estos continentes según estimaciones científicas se piensan que estaban de alguna forma unidos, lo que facilitaba las migraciones de todos los animales, entre los cuales estaba el hombre. Las fuentes de alimento no eran estables, ni remotamente predecibles, por lo que prosperar poblacionalmente no era sencillo, ni práctico de hacer.

El sedentarismo arranca con el desarrollo y evolución de la agricultura lo que posibilitó contar con fuentes de sustento abundantes y algo más predecibles. Esto provocó una explosión demográfica y sostenido desarrollo, dando lugar a la creación de comunidades y ciudades organizadas en torno a la producción de alimentos. La revolución industrial y todos los avances tecnológicos posteriores nos llevaron a niveles impensados de población, llegando hasta los estadios de la revolución tecnológica donde el agrupamiento y crecimiento en torno a ciudades tienen más que ver con la presencia o no de recursos digitales o digitalizables. Muchas máquinas hacen el trabajo pesado por nosotros, quedando la actividad del hombre cada vez más circunscripta a la generación de más tecnología, con la esperanza de que quizás cuando este planeta se torne inhabitable, podamos migrar hacia otros, llevando con nosotros varias lecciones aprendidas, para no repetir en esos nuevos destinos. Cuanto nos queda en nuestra hermosa tierra dependerá de nosotros, ahora lo sabemos de manera muy palpable. Es probable que si no cambiamos nuestros hábitos no lleguemos a la etapa del enfriamiento definitivo del núcleo de nuestro planeta unos 2.500 millones de años más tarde a partir de hoy, siendo aún más probable que ya estemos viviendo en otras tierras.

¿Quiénes tendrán esa posibilidad de colonizar nuevos planetas?

Por ahora existe una nueva modalidad de nómadas digitales los cuales siguen las oportunidades de desarrollo digital del mismo modo que nuestros ancestros seguían a las manadas de animales.

Del mismo modo conservamos hoy la posibilidad de sentirnos un poco nómades en ocasión de un viaje al destino que sea, acrecentando esta distinción según la distancia y la afinidad cultural del destino al que vayamos, incluida por supuesto nuestra más desarrollada característica humana, la posibilidad de expresar nuestras ideas con palabras.

Para pasar del terreno filosófico a cuestiones más concretas respecto de ser un «homo viajero», hace unos meses el ingeniero Jorge Hilbert del INTA organizó un viaje a Europa con el objetivo de seguir profundizando nuestros conocimientos en energías renovables. En este caso particular, se pudo organizar que un contingente de personas de Argentina pudiéramos visitar una feria técnica en Birminghan, Inglaterra, enfocado en la digestión de materias orgánicas de variadas fuentes, entre los cuales se incluyen distintos granos y sus plantas, residuos industriales, el aceite de cocina ya descartado, la basura domiciliaria y residuos provenientes de los mercados de frutas y verduras. Este proceso de reacción biológica produce biogás, que luego puede ser purificado para producir biometano (que reemplaza al gas natural de la red domiciliaria) y puede ser quemado para generar electricidad renovable. Asimismo, de los motores se obtiene energía térmica que puede tener múltiples usos, además gas carbónico licuado y biofertilizante orgánico para reemplazar a los fertilizantes químicos.

El contingente que viajo a Inglaterra estaba compuesto además de Jorge, por la ingeniera Laura Galizia, compañera de trabajo mía en Bioeléctrica y experta en el proceso de digestión usando muchos y variados sustratos además de formar parte del staff de la empresa de ingeniería Biomass, la cual desarrolla, diseña y vende muchos proyectos de energías renovables de biogás y los ingenieros Martín Pino y Ezequiel Weibel, los cuales poseen su propio emprendimiento de diseño y construcción de este tipo de procesos.  Por último, quien escribe este blog, quien además de ingeniero, es un principiante de las letras, haciendo lo que puede al respecto. Jorge, el cual tiene mucho camino desarrollado en la promoción y desarrollo de las energías renovables con base en la digestión de biogás, exponía en la feria sobre la temática del estado y evolución de esta industria en Argentina, la cual por cierto aún no tiene la difusión, importancia y alcance que en estas latitudes que estuvimos visitando. Estos sistemas sirven muy bien para descarbonizar o desfosilizar (si es que existe esta última palabra) nuestra matriz de energía, generando estos subproductos que mencionamos, un ejemplo concreto y superador de una verdadera economía circular que creo que tenemos que impulsar fuertemente en nuestra país y región.

Este sábado visitamos una planta a 120 kms de Londres que hace todo lo mencionado en el párrafo anterior , y que es además un ejemplo a seguir. Ayer algunos del contingente visitaron dos plantas en Inglaterra que usan decomisos de productos vencidos, basura de vertederos municipales y otros sustratos orgánicos residuales para producir biometano y electricidad. Es increíble ver como se separa lo orgánico de todo el resto de residuos (plásticos, maderas, etc, etc) para que algo que parece que no tiene valor, lo encuentre con creces en la generación de biogás, siendo un factor clave en la lucha contra el cambio climático, a favor de la sustentabilidad del planeta y de un mejoramiento general de como y para qué hacemos las cosas. Joaquin,quien es el Jefe de esta Planta, un español de la Coruña, nos atendió de mil maravillas por espacio de unas 3 horas. Pese a una demora no deseada se quedó a esperarnos y se prodigó a más no poder para que pudiésemos aprender todo lo posible. Todo el agradecimiento para él. Increíble nuestra fortuna de encontrar a una persona que hablara en castellano y que además fuera tan solicito y amable para responder todas nuestras preguntas sin escatimar ningún detalle. De haber sido en inglés, y si bien todos en mayor o menor medida hablamos ese idioma, quizás nos hubiésemos perdido varios detalles.

Nuestro viaje no termina acá, ya que desde este Domingo pisaremos suelo italiano, donde se sumará otra contingente de personas dedicadas, comprometidas y apasionadas con esta nueva manera de ver y hacer las cosas. Durante toda la semana que viene visitaremos plantas de digestión y fábricas de tecnología aplicada para hacer más eficiente estos procesos ya mencionados. Hemos formado un grupo de viajeros muy bueno, los cuales compartimos las ganas de incrementar el desarrollo de esta industria en nuestro país.

Un agradecimiento especial a Jorge por esta oportunidad y al resto de mis compañeros de viaje. Se valora mucho todos los intercambios y amabilidades.

Anécdotas del viaje de un nómade que se acuerda poco de serlo!

Ana Laura, además de saber muchísimo de biogás, es una excelente organizadora de viajes. Creo que sin su desinteresada colaboración yo no hubiera llegado a muchos lados (tantos trenes y vuelos).  Tanta precisión organizativa sorprende y se agradece infinitamente.

Por otro lado, ha sido testigo privilegiada de algunos percances menores que nos han pasado, y que no dejan de ser risueños (casi todos sucedidos a quien suscribe).

El primero de ellos fue mi valija con cuatro ruedas que producto de la pendiente y mientras esperábamos un taxi en el aeropuerto de Buenos Aires, ha salido a buscar mejores aires, recorriendo algunos metros hasta caer sobre la calle a unos metros de la vereda. Por suerte sin consecuencias para la valija ni para ningún auto, ni para nadie en las cercanías.

El segundo nos sucedió a los dos en ocasión de tomar el metro hacia Heatrow, cuando estando cerca del andén, sentíamos que alguien silbaba con fuerza un pito, pero no percibimos que era con nosotros, sino hasta que la gente que estaba parada cerca nuestro nos empezó a hacer señas para que saliéramos fuera de la línea límite demarcatoria porque eso era lo que estaban pidiendo. Una vez que salimos presurosos, las mismas personas comenzaron a reírse con nosotros, porque se comportan por lo general muy educadamente hasta para reírse.  No se ríen de uno, sino toda vez que uno se toma las cosas con humor.

El tercero me dio la posibilidad de ser dueño de una porción de suelo de las adyacencias del palacio de Buckingham, cuando en ocasión de buscar posición para tomar una foto, fui recorriendo terreno marcha atrás hasta encontrar una barandilla mal ubicada (como para exculparme queda bien decirlo así, pero estaba bien puesta), la cual provocó mi caída hacia atrás de espalda sobre mi mochila, la cual amortiguó y ayudó a que no sufriera ningún percance mayor. Había muchas personas ya que era un viernes por la tarde de mucho calor, las cuales me miraron sorprendidas y sin saber mucho qué hacer ya que me levante muy presto y orondo, como diciendo acá no ha pasado nada.

El cuarto nos sucedió cuando estando esa misma tarde en el centro del Green Park, nos habíamos sentado a degustar unas típicas hamburguesas en unas reposeras que se encontraban libres. Nos todas estaban ocupadas, y muchas personas estaban sentadas en el pasto. Eso no nos llamó la atención hasta que vino un señor y muy amablemente nos preguntó si habíamos pagado las reposeras, ya que sentarse en cada uno de ellas costaba unas 3 libras esterlinas, o sea unos 800 pesos argentinos. Le dijimos que nos disculpara que no sabíamos, y acto seguido nos levantamos, caminamos unos metros y nos sentamos como muchas personas en el césped y bajo la sombra a degustar nuestra comida.

El quinto obedece a que todos los escalones o resaltos que en Argentina se señalizan pintados de amarillo, en ocasiones con franjas oblicuas negras, en estos lares y en zonas de tránsito público se pintan solo de blanco. Eso provocó que varias veces enganchara mi pie con alguno de ellos, hasta que mi cerebro se calibrara adecuadamente para la nueva situación. Una vez estuve a punto de trastrabillar, pero zafé bastante bien. Mención especial asimismo para le hecho de que se conduce sentado en el asiento y por la mano contraria, por lo que uno debe estar atento todo el tiempo a la hora de cruzar una calle, cambiando rápidamente nuestro mapa mental para seguir siendo precavido y cuidadoso como peatón.

Un viaje excelente, con un muy buen grupo de profesionales y personas, con las cuales se puede compartir y aprender mucho, en un país donde el nivel de desarrollo técnico es muy elevado.

¿Qué más puede pedir un sedentario devenido en nómade transitorio?

Acá en Inglaterra este Domingo se celebra el día del Padre. Eso tenemos en común entre otras cosas.

Un saludo especial para todos los padres, los que nos acompañan y los que no están ya con nosotros de manera física aunque de seguro en nuestro cariño.

Papá Ramón, busco algunos recuerdos tuyos en mi corazón. Esa sonrisa tan especial que te caracterizaba, y con algunas lágrimas en los ojos, sólo tengo que decirte que fuiste y eres una de las mejores personas de mi vida. Sin tu amor comprometido, tu vocación por transmitirme la importancia de aprender y el don de los valores que me legaste, es probable que no hubiese tenido esta posibilidad de tratar de ser cada día un poco mejor.

En tu día, te doy las gracias de todo corazón!

Te quiero Papá!

El debutante !

La historia parece repetirse inexorablemente. Las semejanzas son aportadas por el hecho de que nuestro cerebro para gastar menos energía, busca ante cada evento una situación ya vivida en el pasado, que contenga elementos con características comunes. De ese modo nos ayuda a sortear obstáculos o situaciones inesperadas, trayendo los files que nos permiten tomar decisiones para sobrellevar las cosas.

Si escuchamos a alguien que empieza su alocución con una frase tal como: «Había una vez……», nosotros automáticamente nos preparamos para escuchar un cuento. Por lo tanto, nos quedamos a la espera de una introducción, un nudo y un desenlace. Nuestro cerebro nos dice, «esto ya lo viviste». Hasta ahora todo parece un cuento de hadas, pero he aquí que nuestra condición humana no sólo contiene razón, sino que nos conecta indefectiblemente con algo más primitivo, aquello que denominamos como «emociones». Por lo general nuestros recuerdos grabados a fuego, son aquellos en los cuales nuestras emociones han estado trabajando a pleno. Miedo, alegría, enojo, frustración, tristeza, felicidad, calma, risa o llanto son componentes esenciales, únicos e irrepetibles con los que cada uno de nosotros vive una situación determinada, pasando en un mismo acontecimiento a vivirlas de manera desordenada y caótica, por momentos juntas y todas a la vez. Mientras esas emociones se suceden nuestro cuerpo pasa por distintos estadios de quietud o acción dependiendo de esos disparadores casi inmanejables.

Poner conciencia ante eventos nuevos o inesperados, de modo tal de aquietar o amortiguar nuestras sensaciones, es un arte cuyo dominio resulta inalcanzable. Ante cada nuevo examen que rendimos, nuestro cerebro nos va conectando con las experiencias anteriores, las cuales nos hacen sentir emociones semejantes aunque influidas por nuestros «nuevos estar siendo para la ocasión» y por otros detalles no menos importantes: si estamos bien dormidos o no, si hace frío o calor, la discusión previa que tuve en casa, cuán preparado me siento (no cuánto efectivamente sé), y otras cuestiones que una vez pasado el trance nos suenan a infantiles o nimiedades, pero que en la coyuntura alcanzan la talla de un Goliat.

Si esa respuesta la sabía, pero…… ¿qué me pasó que respondí mal?

Pues todo esto que les estoy tratando de explicar (pido disculpas si no lo he logrado) adquiere una dimensión especial cuando el devenir nos pone frente a la instancia de «un debut».

Esta semana nos tocó vivir en la empresa una jornada de entrenamiento para «mejorar nuestra condición de oratoria y discurso ante el público». Nuestras profesoras Delfina y Lucia, la primera escritora, la segunda actriz, fueron realmente unas genias, tratando de pulir estos diamantes en bruto, intentando por todos los medios que obtengamos un buen inicio, un aceptable final, y que transitemos el desarrollo mediante algunas boyas que nos sirvieran de ancla para desenredar la historia en nuestra mente. Al mismo tiempo, hicieron sus mejores esfuerzos para que aprendiésemos a vincular la historia que contábamos con distintos tonos de voz, expresiones faciales y posturas corporales, que acompañando al estilo que nos caracteriza, sirvan para matizar el relato con condimentos emocionales de alegría, tristeza, angustia, miedo, tranquilidad o paz. De ese modo, nos explicaban, se logra transmitir un mensaje recargado, que les permita vivir a los demás lo que nosotros ya hemos vivido y ahora estamos compartiendo. Creo, en lo personal, que los doce participantes, y gracias a la conducción magistral de Delfina y Lucia, pudimos al cabo de las dos medias jornadas, lograr un cometido ciertamente decoroso.

Al final de la segunda jornada, nos tocó pasar a contar a cada uno de nosotros su historia frente a los demás. A medida que los que me precedieron pasaban y relataban de manera exitosa, durante un poco más de tres minutos sus motivadoras historias, los nervios se iban apoderando de mí. Los sujetaba diciéndome: «lo vas a hacer bien, porque ya lo has hecho antes». Al mismo tiempo mi cerebro se esforzaba por encontrar en mi disco duro alguna semejanza palpable con algún suceso del pasado. Mientras escuchaba atentamente a cada uno de los oradores, me invadía la sensación de que todos ibamos a poder sortear la enrucijada.

Luego de mi exposición me sentí muy aliviado, percibía nítidamente que había contado mi historia desde el corazón, mostrándome tal cual soy, más allá de un cierto acting y de errores no forzados o no deseados.

¿La historia acaba así nomás?

De ninguna manera…

Casi siempre cabe otra historia dentro de una historia que se está contando.

Procurando hoy develar el misterio de que es lo que intentaba encontrar mi cerebro buscando afanosamente en mi disco duro (algo rayado), mientras esperaba mi turno de entrar al escenario, me sentí atravesado por una revelación, que iluminó la oscuridad de mis recuerdos.

Allí me encontraba yo, esa mañana fría de junio, siendo un niño de colegio primario parado al borde de una cancha de futbol, dentro del predio del Profesorado de Educación Física de la ciudad de Córdoba. Ese día participábamos por primera vez de una final de un torneo de futbol infantil, siendo nuestro contrincante la prestigiosa Academia Argüello. Nosotros concurríamos al colegio parroquial San Roque, una humilde escuela de Villa Corina, en la zona noreste de la ciudad. Un campo de juego de dimensiones pequeñas, para equipos de sólo seis participantes, vale decir un arquero y cinco jugadores de campo. Si bien, yo había jugado en los entrenamientos, aún no lo había hecho nunca de manera oficial, sabiendo de antemano que mi condición era la de ser suplente.

Yo sentía una gran admiración por las destrezas futbolísticas de mis compañeros: el arquero Coqui Ruiz, nuestro delantero estrella el Búfalo Mansilla, acompañado por el veloz Gustavo Marziali, la defensa compuesta por el Gringo Conci, el Colo Gabriel Aguirre y Roberto Acuña, y nuestro ariete central Daniel Nievas, o el maestro Horacio Cano, más los polifuncionales Javier Ruiz, Fernando Montenegro y Alejandro Ruiz. (la memoria me trae estos nombres, mil disculpas por los probables errores u omisiones de nombres o posiciones). Muchos de ellos eran titulares indiscutidos, mientras que yo solo era un diminuto delantero rápido o quizás enérgico pero bastante torpe, que entraba cuando alguno se golpeaba, o porque de vez en cuando hilvanaba algo interesante como delantero por la derecha.

Esa mañana inhóspita de sábado estaban presentes muchos padres y familiares que habían concurrido a alentarnos. Eran nuestra hinchada que se situaba sólo separada por unos metros de la numerosa hinchada rival, la cual contaba con muchas banderas de su colegio y elementos sonoros para alentar. La noche anterior a ese posible debut (no era seguro que debutara) no había dormido muy bien. Los nervios me habían consumido y desvelado. Papá Ramón me había llevado, intentando por todos los medios darme algo de tranquilidad. Mis ojos lo divisaban en el lateral del frente a donde estábamos nosotros, junto con el resto de familiares que nos vitoreaban intensamente. Ese día no se encontraba Alejandro , profesor de educación física, nuestro técnico y uno de los organizadores del evento. Una situación familiar dolorosa lo había obligado a viajar a Brickman, su ciudad natal. Su reemplazante fue el papá del Bufalo, el cual armó nuestra formación de arranque, la cual inició el partido con todas las ganas del mundo.

El partido fue de entrada muy disputado, de hecho, estuvimos igualados en cero durante un largo rato, con pocas situaciones concretas de gol. No recuerdo si a finales del primer tiempo (se jugaba a dos tiempos de 20 minutos cada uno) o al inicio del segundo, nuestro rival abrió el marcador. En una jugada donde predominó finalmente la habilidad del mejor jugador del equipo contrincante sobre nuestra defensa, que había resistido con fiereza varios embates, la valla custodiada por nuestro arquero Coqui Ruiz fue vencida. Luego del 1 a 0 en contra, el partido se nos hizo muy cuesta arriba. El técnico sustituto Mansilla, empezó a meter cambios que no daban los resultados esperados, ya que no arrimábamos peligro al arco rival. La ansiedad y nerviosismo se apoderaron de todos los jugadores de nuestro team, no así de nuestra afición que conservaba la fe en nosotros y seguían alentando a más no poder.

Faltando unos diez minutos para terminar, me sentía decepcionado por partida doble: «íbamos perdiendo y no iba a poder debutar». Me embargaba la tristeza de que mi papá, el cual no había concurrido a su estudio contable a trabajar, para poder ver y alentar al equipo donde jugaba su hijo, no viera al menos unos minutos míos dentro de la cancha. Sin embargo, unos instantes después fui llamado por el técnico para reemplazar a uno de los delanteros. El acto de ingresar me posibilitó pasar de la quietud acongojada a la acción total ni bien recorrí mis primeros metros dentro de la cancha.

Al ver la actitud que puse ni bien pisé el campo de juego, una persona que alentaba al equipo rival, me endilgó inmediatamente el mote de “la hormiga atómica”.  Eso derivó en una serie de cantos alegóricos de la tribuna rival donde ese apelativo fue usado para rimar junto a otras palabras, con pretensiones manifiestas de desgastar nuestros ánimos. La hinchada rival no sólo cantaba, sino que hacía sonar de manera estridente unas bocinas y cornetas a gas que habían llevado. Mi primera y casi única intervención relevante fue una corrida por la derecha, donde superé a un defensor y cuando me enfrenté al segundo me enredé un poco con la pelota, aunque pude dar un pase medio mordido a mi compañero delantero que avanzaba libre por el centro, con posibilidades de convertir el empate. Su definición se fue por centímetros afuera del arco, ya que no pude definir bien cuando el arquero rival salió a cortar. Mi pase había sido algo defectuoso y a destiempo de su corrida, lo que no facilitó la potencia y precisión requerida para rematar al arco.

El partido no tuvo ninguna otra instancia a favor para poder empatar y forzar la definición por penales. Participé de varias jugadas más donde no pude concretar nada fructífero para el equipo, el cual finalmente cayó derrotado por la mínima diferencia, habiendo dejado toda la entrega en la cancha. El rival festejó el campeonato con alegría desbordante y merecida, en medios de vítores y abrazos de los padres a los triunfantes jugadores, mientras nuestra congoja se expresaba en tristeza y llanto. Recuerdo que mi papá se acercó a nuestro grupo para felicitarnos por todo lo que habíamos hecho, con esa sonrisa que siempre lo caracterizaba aún en los momentos difíciles. Después de saludar a todos, durante el recorrido hacia el auto, me dijo que había jugado muy bien, que la práctica del deporte de competición tenía buenos y malos momentos, que el combo servía para mejorar y crecer.

Habiendo vivido muchos eventos más de ese tipo, donde en el debut te toca perder o ganar, a veces contra un rival, otras veces contra uno mismo, llego a la conclusión de que lo importante es animarse a dar el primer paso con la confianza puesta en nuestras habilidades, con las emociones a flor de piel, y con la conciencia plena de que siempre se puede mejorar si uno pone la constancia y dedicación necesarias. El talento es muchas veces superado por la actitud perseverante y las ganas de continuar más allá de cualquier obstáculo o imposibilidad.

Lo importante es mantener la actitud debutante…

Ser un convencido de que lo único necesario es aprender a vencer la timidez..

Saber que si bien ignoramos mucho al mismo tiempo contamos con una enorme capacidad para aprender.

El debutante es siempre falible, pero en cada debut va creciendo su potencial para acariciar algún éxito.

Sólo anímate a debutar y verás…..

«Escenarios hay de sobra, protagonistas son los que faltan».

54 vueltas completas al sol !

El tiempo cronológico no detiene su marcha. Las etapas de nuestra vida discurren inexorablemente, con o sin prisa, pero sin pausa. Siendo niño me parecía un hito inalcanzable «el llegar a ser grande». Los mayores hacían cosas que los niños no podíamos hacer. Eran padres, trabajaban, tenían casa, auto, dinero, ocupaciones, se desempeñaban profesionalmente, y fundamentalmente yo los percibía como «aquellos que tenían la vida resuelta». Las responsabilidades y tareas de los grandes los mantenían ocupados o al menos siempre preocupados. Pero ellos tenían el poder de decidir sobre nuestras vidas, otorgando o no ciertos permisos, eligiendo tal o cual colegio, seleccionando nuestra ropa y lo que estaba permitido comer o no. Nuestras opiniones contaban sólo hasta un cierto punto relativo, con el consabido límite de “esto es así porque es así”.

En ese mismo espacio vital nos sentíamos de igual forma contenidos por un sinnúmero de palabras, gestos y acciones que nos daban seguridad. Papá y mamá se prodigaban diariamente para que no nos faltara nada, para que tuviéramos todo lo necesario para que nuestro desarrollo humano estuviera garantizado. Mis recuerdos de la niñez son bellos porque están ligados al amor de mi padres, a esos abrazos y besos antes de dormir, a las fiestas de cumpleaños donde terminábamos muertos de cansancio, pero plenos de felicidad. Cada congoja era absorbida por los ojos brillantes de mamá cuando me miraba y por el influjo de sus manos que me acariciaban, para darme esa tranquilidad que estaba necesitando a gritos.

Los niños estudiábamos, nos divertíamos jugando y cada tanto hacíamos esas preguntas para las cuales no existían respuestas contundentes y absolutamente válidas.

Casi todas las preguntas empezaban con un qué, un por qué, dónde, cuándo, cómo, quién y algunas veces un para qué.

¿Cómo es el cielo? ¿Cómo es el infierno?

¿Quién es Papá Noel?

¿Dónde se va la gente cuando se muere?

¿Por qué tengo que ir todos los días al colegio?

¿Cuándo puedo salir sólo?

¿Qué es la libertad?

¿Para qué vamos a la casa de la tía si a ella no le gusta que vayamos?

Las preguntas sin respuestas concretas eran nuestra especialidad única, como un preciado sello distintivo.

Otra característica común de nuestra niñez es que soñábamos con ser de muchas maneras distintas y todas a la vez. Podíamos ser bomberos, ingenieros, profesores, pintores, escritores, jugadores de fútbol, doctores, abogados, policías, cowboys, sin saber muy bien por qué y para qué. Los sueños tienen la magia de poner nuestras emociones a flor de piel, de permitirnos vivir y saborear la vida sin prejuicios, posibilitándonos lo imposible e imaginando una particular y personal manera de hacer las cosas.

Las preguntas para los cuales nuestros mayores no tenían respuestas, encontraron o no los ecos necesarios durante nuestra madurez. Tal es así, que algunas quedaron olvidadas cuando empezamos a vivir nuestras propias ocupaciones y responsabilidades. Otras se reflotaron en las voces de nuestros hijos y aún siguen siendo una total incógnita. Los sueños se fueron cristalizando o no con los años. El balance de sueños realizados es de difícil certificación, ya que algunos de ellos fueron reemplazados por otros distintos, unos tantos validados parcialmente y una parte abandonados o echados al olvido.

Con cada celebración de cumpleaños, revivimos nuestro big bang inicial, festejamos el seguir siendo parte de este camino de preguntas sin respuestas absolutas, disfrutamos de continuar soñando, aunque no todos los sueños se alcancen en realidad.

En este cumpleaños número 54, el primero sin papá y mamá, siento la presencia de ellos en mi corazón, sus manos en mis manos y su amor en mi amor. La gratitud de haber recibido tanto de esos seres maravillosos y esenciales, que pusieron sus valores, compromiso y cariño mientras me regalaban parte de su vida.

En este cumpleaños número 54, mi vida es compartida con mi esposa Eugenia y mis hijas, que celebran y comparten conmigo esa vocación de perseguir anhelos, mejorar y prosperar, aún cuando no se tenga todo tan claro. Ellas se llevan y merecen gran parte de mi devoción.

En este cumpleaños número 54 agradezco los saludos de tanta gente que dibujan pinceladas en el lienzo de mi vida, compañeros de trabajo, amigos y hacedores con los cuales me vinculo.

En este cumpleaños número 54, agradezco a mis familiares y amigos que me acompañaron en todas las celebraciones y pusieron su presencia, gestos y acciones. A la torta de mi cuñada Laura, a las atenciones de mi suegra Coqui, y a todos los que levantaron su copa para brindar conmigo. Me siento acompañado en mi condición de huérfano por el cariño mutuo de mis hermanos Carlos y Claudia.

Para todos ellos mi más sentido agradecimiento. No hay nada mejor que los afectos.

«Nada es tan bueno como tener gente al lado que al igual que yo, sin encontrar todo lo que busca, y no cumpliendo el cien por ciento de sus sueños, elige compartir su valioso tiempo a mi lado«. Aciertos y errores que terminan de definir nuestra condición humana, sensible e imperfecta.

En este final les regalo estas reflexiones de cumpleaños que me resultan imperdibles:

Abraham Lincoln

Lincoln dijo una vez «y al final, no son los años de tu vida los que cuentan. Es la vida de tus años», Como muchas citas de cumpleaños, es un modo ingenioso de recordarle a la gente que la edad no se mide con números.

Robert Frost

Este aclamado poeta estadounidense era bueno para los mensajes humorísticos de cumpleaños. Dijo una vez que «un diplomático es un hombre que siempre recuerda el cumpleaños de una mujer, pero jamás recuerda su edad».

Margaret Fuller

Margaret Fuller ofrece un mensaje conciso pero significativo, relacionado con el envejecimiento: «desde temprano, supe que el único objetivo en la vida es crecer«. Como lo indica esta cita, incluso las más cortas frases suelen contener una cierta sabiduría.

Franz Kafka

Franz Kafka dijo que «la juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece». Aquellos que festejen un cumpleaños deben recordar que la juventud es un estado mental, tal como él lo señala aquí.

Lewis Carroll

En la clásica novela «Alicia a través del espejo» de Lewis Carroll, Alicia habla con Humpty Dumpty sobre cumpleaños y «no-cumpleaños». Dice que «hay trescientos sesenta y cuatro días en los que puedes conseguir regalos de no-cumpleaños, y solamente uno para regalos de cumpleaños, como sabes». Brillante.

T.S. Elliot

El poeta y crítico literario norteamericano tenía algunas palabras sabias propias: «los años entre los cincuenta y los setenta son los más difíciles. Siempre te piden que hagas cosas, pero no estás lo suficientemente decrépito para no hacerlas».

Bob Dylan

En su canción «My Back Pages», Bob Dylan canturrea «ah, pero yo era mucho más viejo entonces, ahora soy más joven». Muchos mensajes pueden encontrarse en la canción, como aprender a tomarnos con menor seriedad al envejecer.

Bob Hope

Manteniéndose en el tema, el comediante Bob Hope una vez dijo que «sabes que estás envejeciendo cuando las velas cuestan más que el pastel». A veces, un poco de humor es lo mejor para que alguien se sienta más joven.

Jonathan Swift

El satírico irlandés Jonathan Swift dijo «que vivas todos los días de tu vida», recordando a la gente que celebre no solamente los cumpleaños, sino cada día. Cualquier día puede ser una ocasión para nuevas comprensiones y para el crecimiento persona, después de todo.

Anónimo

Una persona anónima dijo una vez que «un cumpleaños es tan solo el primer día en otro viaje de 365 días alrededor del sol. Disfruta el viaje». Esto también enfatiza el hecho de que un cumpleaños sea solamente un momento dentro del viaje más amplio que es la vida, y cada día merece ser celebrado.