Soy un profesional de la Ingeniería Química, con un entrenamiento certificado de Coach Profesional. Casado con Eugenia, tres hijas Maria Emilia, Ana Paula y Emma Lucia.
El enojo es una de las emociones más presentes desde nuestro nacimiento.
Recuerdo el haber sido un niño con bastante tendencia a la ofuscación. Me producía irritación que otros infantes no quisieran jugar, que mis padres no me compraran un juguete, una mala nota en el colegio, sólo por citar ejemplos comunes.
Durante la adolescencia, los enojos pueden ser más reiterados, impulsivos y derivar en situaciones complejas de violencia o descontrol.
Unida a la frustración y camino previo a la ira, a una edad más madura, el enojo se produce fundamentalmente, por todo a aquello que se interpone con nuestros objetivos personales. Es por ello, que nos molestan situaciones, actitudes de otras personas, pedidos no satisfechos, errores propios y ajenos, metas que no alcanzamos.
Vivir enojado, puede resultar nocivo para mantener relaciones estables, conservar amigos, trabajo. Nos limita la oportunidad de expandir nuestras posibilidades.
En el otro extremo, no enojarse por casi nada, puede implicar la aceptación pasiva de agresiones. La exacerbación de la calma, puede atentar contra nuestra dignidad humana. Vale decir, ante una agresión manifiesta recibida, mantenerse sin decir palabra, puede resultar contraproducente.
La exasperación usada como un mecanismo de manipulación hacia los demás, es inconducente para sostener relaciones humanas sanas.
La calma fingida, utilizada como un mecanismo de simulación para mostrar equilibrio, es una condición de no autenticidad, que se puede caer por su propio peso. Ser una persona absolutamente inalterable, puede esconder una faceta de no involucramiento y de poco compromiso con las situaciones y las relaciones. Manifestar que algo no está bien, con gestos que son sinceros y coherentes con las palabras, es ciertamente legítimo. Acompañarlo de una propuesta de acercamiento de posiciones suele ser absolutamente superador.
Poner conciencia y detectar lo que nos está enfadando, nos permite encontrar una salida para no permanecer en esa emoción. De este modo evitamos entrar en la cólera.
No manifestar enojos a tiempo, puede derivar en el resentimiento, que prolongado en el tiempo nos lleva al odio.
El enojo reduce el espacio de posibilidades para accionar. Es espontáneo y una reacción impulsiva.
Poner conciencia de la limitación que produce, es clave para sortear obstáculos y conseguir metas.
En un sentido práctico, cuando nos disgustamos con alguien, estamos emitiendo una señal de alarma hacia el otro. Le estamos diciendo:
¡Oye esto que estás haciendo es inaceptable!
Ahora bien, si nuestro devenir no es acompañado de otras señales en sentido contrario, de que aceptamos determinadas cosas de los demás, la cuestión se puede tornar insostenible.
Los orígenes del cabreo pueden ser muy variados:
Enojos amorosos en relaciones profundas entre personas.
Enojos en el entorno de la amistad por promesas incumplidas.
Enojos por desavenencias laborales o contractuales.
Enojos por inconductas a la hora de conducir.
Enojos por situaciones injustas.
Así podemos enumerar cientos de razones.
El común denominador de los motivos, es por lo general un disparador o sea algo que no esperaba. No estaba en mi radar.
Mantener una adecuada gestión de lo que nos irrita, nos puede llevar a tomar mejores decisiones.
Si estoy enojado conmigo mismo, porque las cosas no me salen cómo quería o esperaba, entonces puedo:
concurrir a terapia, buscando ayuda profesional.
buscar la asistencia de un coach.
generar nuevas relaciones.
indagar en otras personas que hacen lo mismo, para saber cómo lo hacen.
Escarchando el suelo, el invierno se hizo presente con toda su gélida fuerza. El frío continuará por varias jornadas más, para tornar desapacible algunos días de las vacaciones escolares. El receso es siempre bienvenido y esperado, aunque hubiera sido preferido por cierto al menos una pequeña cuota de calidez.
Residiendo a media cuadra de un teatro, reviso cada tanto su cartelera. Me sorprende que el afamado escritor inglés, o quizás como refiere Borges, “el menos inglés de los poetas de todos los tiempos”, siga siendo uno de los protagonistas centrales de las marquesinas culturales de calidad. Las obras maestras del Bardo de Avon, son una fuente inagotable de lirismo, de comedia, de tragedia y de filosofía en estado puro.
El maestro de la tragedia, menos conocido por su poesía y por su comedia, es el exquisito titiretero de las «letras que inspiran».
Que nos dice sobre él la enciclopedia británica:
Shakespeare es generalmente reconocido como el más grande de los escritores de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura. La fama de otros poetas, tales como Homero y Dante Alighieri, o de novelistas tales como León Tolstói o Charles Dickens, ha trascendido las barreras nacionales, pero ninguno de ellos ha llegado a alcanzar la reputación de Shakespeare, cuyas obras hoy se leen y representan con mayor frecuencia y en más países que nunca. La profecía de uno de sus grandes contemporáneos, Ben Jonson, se ha cumplido por tanto: “Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad”.
Otro crítico contemporáneo nos dice sobre él:
Ningún otro escritor ha tenido nunca tantos recursos lingüísticos como Shakespeare, tan profusos en “Trabajos de amor perdidos” que tenemos la impresión de que, de una vez por todas, se han alcanzado muchos de los límites del lenguaje. Sin embargo, la mayor originalidad de Shakespeare reside en la representación de personajes: Bottom es un melancólico triunfo; Shylock, un problema permanentemente equívoco para todos nosotros; pero “sir” John Falstaff es tan original y tan arrollador que, con él, Shakespeare da un giro de ciento ochenta grados a lo que es crear a un hombre por medio de palabras.
Shakespeare fue poeta y dramaturgo venerado ya en su tiempo, pero su reputación no alcanzó las altísimas cotas actuales hasta el siglo diecinueve. Los románticos, particularmente, aclamaron su genio, y los victorianos adoraban a Shakespeare con una devoción que George Bernard Shaw denominó “bardolatría”.
En el siglo XX, sus obras fueron adaptadas y redescubiertas en multitud de ocasiones por todo tipo de movimientos artísticos, intelectuales y de arte dramático. Las comedias y tragedias shakespearianas han sido traducidas a las principales lenguas, y constantemente son objeto de estudios y se representan en diversos contextos culturales y políticos de todo el mundo. Por otra parte, muchas de las citas y aforismos que salpican sus obras han pasado a formar parte del uso cotidiano, tanto en inglés como en otros idiomas. Y en lo personal, con el paso del tiempo, se ha especulado mucho sobre su vida, cuestionando su sexualidad, su filiación religiosa, e incluso la autoría de sus obras.
Resulta curioso que todo el conocimiento que ha llegado a la posteridad sobre uno de los autores del canon occidental no sea más que un constructo formado con las más diversas especulaciones. Se ha discutido incluso si Shakespeare es el verdadero autor de sus obras, atribuidas por algunos a Francis Bacon, a Christopher Marlowe (quien, como espía, habría fingido su propia muerte) o a varios ingenios; la realidad es que todas esas imaginaciones derivan del simple hecho de que los datos de que se dispone sobre el autor son muy pocos y contrastan con la desmesura de su obra genial, que fecunda y da pábulo a las más retorcidas interpretaciones.
Casi ciento cincuenta años después de la muerte de Shakespeare en 1616, comenzaron a surgir dudas sobre la verdadera autoría de las obras a él atribuidas. Los críticos se dividieron en “stratfordianos” (partidarios de la tesis de que el William Shakespeare nacido y fallecido en Stratford fue el verdadero autor de las obras que se le atribuyen) y “anti-stratfordianos” (defensores de la atribución de estas obras a otro autor). La segunda posición es, en la actualidad, muy minoritaria.
Los documentos históricos demuestran que entre 1590 y 1620 se publicaron varias obras teatrales y poemas atribuidos al autor William Shakespeare, y que la compañía que representaba estas piezas teatrales, Lord Chamberlain’s Men (luego King’s Men), tenía entre sus componentes a un actor con este nombre. Se puede identificar a este actor con el William Shakespeare del que hay constancia que vivió y murió en Stratford, ya que este último hace en su testamento ciertos dones a miembros de la compañía teatral londinense.
A lo largo del tiempo han existido teorías que subrayan que William Shakespeare era tan solo un alias tras los que podían esconderse otros ilustres nombres como Christopher Marlowe (1564-1593), el filósofo y hombre de letras Francis Bacon (1561-1626) o Edward de Vere (1550-1604), decimoséptimo conde de Oxford. Jacobi asegura inclinarse por Edward de Vere, que frecuentó la vida cortesana en el reinado de Isabel I (1533-1603), y lo califica como su “candidato” preferido, dadas las supuestas similitudes entre la biografía del conde y numerosos hechos relatados en los libros de Shakespeare.
¿Cuál es una de las razones principales por la que se cuestionó la autoría de Shakespeare? El World Book Encyclopedia señala “la negativa a creer que un actor de Stratford on Avon hubiese podido escribir tales obras. Su origen rural no cuadraba con la imagen que tenían del genial autor”. La citada enciclopedia añade que la mayoría de los supuestos escritores “pertenecían a la nobleza o a otro estamento privilegiado”. Así pues, muchos de los que ponían en tela de juicio la paternidad literaria de Shakespeare creen que “solo pudo haber escrito las obras un autor instruido, refinado y de clase alta”. Con todo, muchos especialistas creen que Shakespeare sí las escribió.
La duda sobre la autoría no reduce para nada la calidad de las obras, que además de profusas y decididamente humanas y no humanas a la vez, tienen un refinamiento especial y único, que las hace merecedoras de todos los elogios y la universalidad que han alcanzado.
Ante la falta de manuscritos hológrafos y de fechas precisas de composición, se hace muy difícil el establecer una cronología bibliográfica shakespeariana. El First Folio, que reagrupa la mayor parte de su producción literaria, fue publicado por dos actores de su compañía, John Heminges y Henry Condell, en 1623, ocho años después de la muerte del autor. Este libro dividía su producción dramática en “Historias, Comedias y Tragedias”, y de él se hicieron 750 copias, de las que han llegado a nuestros días la tercera parte, en su mayoría incompletas. Gracias a esta obra se conservó la mitad de la obra dramática del autor, que no había sido impresa, pues Shakespeare no se preocupó en pasar a la historia como autor dramático.
En líneas generales, la crítica ha destacado sobre todo dos aspectos de la obra dramática de William Shakespeare.
En primer lugar, una indiferencia y distanciamiento casi inhumanos del autor respecto a la realidad de sus personajes, que comparte asimismo con la mayor introspección y profundización en la creación de su psicología. Shakespeare no moraliza, no predica, no propone fe, creencia, ética ni solución alguna a los problemas humanos: plantea, y lo hace mejor que nadie, algunas de las angustias fundamentales de la condición humana (ser o no ser, la ingratitud, sea filial ,El rey Lear, o no, la ambición vacía), pero nunca da respuestas: no sabemos qué pensaba Shakespeare, al que el espectáculo del mundo le trae al fresco, por más que su visión de fondo sea pesimista y sombría ante la posición miserable y mínima que ocupa un hombre hecho de la misma materia que los sueños en un universo misterioso, profundo, inabarcable y sin sentido. Mientras que el teatro barroco español privilegia lo divino sobre lo humano, Shakespeare reparte por igual su temor (o, más exactamente, su maravilla) ante lo celeste y ante lo terrenal.
En segundo lugar, la crítica ha destacado el extraordinario poder de síntesis del «Cisne de Avon» como lírico; su fantasía es capaz de ver un universo en una cáscara de nuez; como creador de personajes, cada uno de ellos representa en sí mismo una cosmovisión, por lo cual se le ha llamado Poet’s poet (poeta de poetas). Son auténticas creaciones Ricardo III, Hamlet, Otelo, Bruto, Macbeth, lady Macbeth, Falstaff… Sin embargo, y por eso mismo, se le han hecho también algunos reproches: los personajes de sus obras parecen autistas, no saben escucharse y permanecen cerrados en su mundo a toda comprensión profunda del otro. ¿Qué simpatía existe entre Hamlet y su pobre y torturada novia Ofelia? ¿Se han «escuchado» alguna vez Marco Antonio y Cleopatra, quienes, a pesar de ser amantes, desconfían patológicamente el uno del otro? El crítico Harold Bloom ha señalado esto como una de las diferencias más notables y sensibles entre Shakespeare y Cervantes. En este último existe empatía, amistad y conexión humana entre sus personajes, de forma que estos aprenden de los demás y evolucionan, mientras que los autistas personajes trágicos de Shakespeare son incapaces de comprenderse y realizar este humano acercamiento.
Para cerrar este breve análisis de la personalidad del genial escritor podemos citar sus frases más célebres.
“El amor de los jóvenes no está en el corazón, sino en los ojos” (Romeo y Julieta).
«Morir, dormir… ¿dormir? Tal vez soñar.» (Hamlet).
«Antes que nada ser verídico para contigo mismo. Y así, tan cierto como que la noche sigue al día, hallarás que no puedes mentir a nadie.» (Hamlet).
To be, or not to be, — that is the question. —» (Hamlet).
«Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes.» (Macbeth).
«El tiempo no vuelve atrás, por lo tanto, planta tu jardín y adorna tu alma en vez de esperar a que alguien te traiga flores».
«Al nacer, lloramos porque entramos en este vasto manicomio.» (El Rey Lear).
“El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen.» (El mercader de Venecia).
“Perder el sueño, que desteje la intrincada trama del dolor; el sueño, descanso de toda fatiga; alimento el más dulce que se sirve a la mesa de la vida.» (Macbeth).
«El que va demasiado aprisa llega tan tarde como el que va muy despacio.» (Romeo y Julieta).
“El pobre contento es rico y bien rico; quien nada en riquezas y teme perderlas es más pobre que el invierno.” (Otelo).
“Ser de tal o cual manera depende de nosotros. Nuestro cuerpo es un jardín y nuestra voluntad, la jardinera”. (Otelo).
Dos que me resultan imperdibles:
Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas las que pueda soñar, imagina tu filosofía. (Hamlet).
La vida es una historia contada por un idiota, una historia llena de estruendo y furia, que nada significa. (Macbeth).
La cultura no es lo que parece ser. No sólo es un conjunto de aspectos que tienen que ver con un cuadro, una muestra artística, un atelier de escultura o la presentación de un libro. La cultura abarca mucho más, ya que según me lo transmitiera un maestro del pensamiento, puede entenderse por cultura, a todas las respuestas que surgen de la pregunta: ¿Cómo se hacen las cosas por acá?
Cuando uno conoce un lugar nuevo, una ciudad, una región, aún dentro de una misma provincia o país, hay rasgos culturales que lo pintan de cuerpo entero: la limpieza de las calles, el saludo amistoso o no de las personas, el orden público, el sistema de transporte, las escuelas, los hospitales, las comidas típicas, donde y para que trabajen las personas, las costumbres generales, comidas típicas, vestimentas particulares, lugares de ocio, los deportes que se practican y así un sinnúmero de quehaceres individuales y comunes que definen “la cultura del lugar”.
En los ámbitos de trabajo dentro de cualquier actividad, existe del mismo modo una cultura o modo de hacer las cosas, el cual define la impronta general y los resultados que se obtienen. Una cultura traspasa la visión individual, dándole a cada sujeto que la conforma, ciertos rasgos de conducta que lo hacen pertenecer o sentirse dentro de esa manera general de hacer las cosas.
El desafío de introducir cambios en una cultura arraigada por años es una de las tareas más complejas, al cual se enfrentan las organizaciones de cualquier nivel que sean. Es difícil a veces definir por donde empezar, pero la peor decisión es no hacerlo. Es bueno trazar un plan, pero aún mejor sumar a todos a ese plan, aunque el mismo no sea perfecto, generando ejemplos claros y concretos de cómo se tienen que hacer las cosas y replicar esa semilla en todos los lugares más escondidos y olvidados de los quehaceres tanto sea rutinarios como extraordinarios. Los valores de esta nueva cultura tienen que ser claros, acompañando al plan trazado y a las personas o no desviarse del camino, o si lo hacen les sirvan de guía para pegar el volantazo de nuevo hacia el camino que nos lleve a cumplir los objetivos, que tienen que ser simples, entendibles y coherentes.
Desarrollar una nueva cultura que sea más sostenible que la anterior es un trabajo que demandará tiempo, recursos y por sobre todo compromiso, ya que modificar cómo operamos es un trabajo en sí mismo. Como en todo proceso, habrá gente extremadamente comprometida, que necesitará menguar sus ansiedades, personas comprometidas dentro del esquema de valores pautado y otras que no la aceptarán por no compartirla. Necesitamos modificar hábitos, creencias y formas de ver las cosas, de ahí la relevancia y el tiempo que se necesita para lograrlo.
Por si faltara poco, “la revolución 4.0 o más bien la nueva sociedad del conocimiento”, viene a dar un condimento adicional a estos escenarios difusos que se presentan y que son un marco de referencia adicional, al cual es difícil de escapar.
A continuación, un extracto de un artículo publicado en el 2017, donde se nos reseña esto de la “sociedad del conocimiento” y su impactos generales y riesgos asociados:
“La sociedad del conocimiento ha cambiado la creencia sobre el saber científico como algo capaz de controlar la naturaleza y contribuir a una verdad objetiva, por un conocimiento distribuido y difuso, que surge como un mosaico sin organizar. Esto unido a la cantidad de información que se genera y a su rápida difusión propicia una mayor democratización y participación en el saber, a la vez que puede someternos a marcos de pensamiento dominantes ante un mundo que se presenta con una mayor complejidad.
Los cambios tecnológicos, en todos los campos, están suponiendo una auténtica revolución basada en el conocimiento y que altera sensiblemente los modos en que trabajamos y convivimos. Precisamente ha sido la revolución tecnológica, asociada al modo de producción capitalista y a la continua expansión del comercio mundial, la que ha provocado la globalización, entendida como; “la interrelación e interdependencia creciente de todas las sociedades del planeta en un único sistema mundial de relaciones económicas, políticas y culturales”.
La globalización de los sistemas políticos y económicos está teniendo consecuencias para el modelo de sociedad que no son siempre positivas. La educación ha pasado de tener sentido en sí misma para la formación de una ciudadanía crítica, aunque también haya servido a la reproducción del orden existente, a ser un instrumento para el desarrollo económico, un productor de riqueza, con los riesgos que esto puede suponer en la formación de las nuevas generaciones.
El conocimiento, en su sentido más restrictivo y fundado en la teoría económica, adquiere hoy valor para la sociedad por su capacidad para generar riqueza. Se incorpora como un nuevo factor de producción junto a la tierra, el trabajo y el capital. Esta instrumentalización del conocimiento y la consideración de su valor de uso nos llevan a confundir la información neutral o especializada, de lo que constituye un conocimiento con sentido, haciéndonos dependientes a los marcos globales económicos. Un segundo riesgo es el exceso de información que puede convertirnos en ignorantes.
Otro aspecto interesante es el exceso de información que puede convertirnos en ignorantes. Las tecnologías han propiciado un incremento de la información, de su acceso y de su distribución a través de la sociedad en red, pero este incremento de información no supone directamente un incremento del conocimiento. Accedemos a informaciones más o menos elaboradas, como pueden ser “El origen del Universo de Hawking” o “el catálogo de Ikea”, que mientras no estén vinculadas a un sujeto, bajo el proceso de elaboración de la mente humana, no son más que informaciones.
Este cambio sustantivo que se produce en las sociedades de la información no nos conduce directamente a una mejor comprensión del mundo y de nuestro lugar en el mismo, como personas libres y autónomas que participan en su construcción. En la medida que la información se amplía y se incrementa el conocimiento especializado para desarrollar actividades tecnológicamente complejas, tenemos una menor comprensión global de la realidad que nos rodea y utilizamos un bajo contenido reflexivo. La sociedad es cada vez más compleja por la acumulación exponencial de información. Sufrimos una intoxicación por exceso de información, que se traduce en una dificultad cada vez mayor de discriminar lo importante de lo superfluo”.
Sin lugar a dudas, la complejidad de la revolución del conocimiento da un condimento extra para todo esto, lo que produce incertidumbre y ansiedades crecientes, presentando aspectos positivos y negativos para establecer un modelo cultural sostenible en las organizaciones.
El desafío de hacer las cosas de otra manera es superlativo, lleva tiempo, esfuerzo y compromiso. Todo proceso transformador de algo es un hecho superlativo en sí mismo.
Para finalizar una frase que refleja el sentido de lo que queremos reflejar, dicha por el poeta y prosista español, Antonio Machado:
“En cuestiones de cultura y de saber, sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da”.
Julián hacía varios días que dormía nada o casi nada. El pico máximo de su paroxismo lo había sumido en estados similares a los de un orate. Sus amigos, que otrora lo veían alegre, vital y ganador con el sexo opuesto, lo desconocían por completo. El porcentaje de conquistas efectivas era el más alto, considerando a todos los integrantes de la banda de compañeros inseparables. Julián que en el pasado no había errado ningún disparo al corazón de una dama, en este presente se encontraba derrotado, cabizbajo, taciturno y mudo. Preso de episodios de inanición, desprovisto de ganas para continuar con el gimnasio, su porte esbelto y su figura de hombre musculoso, poco a poco se iban desvaneciendo.
Todo comenzó bastante bien o por lo menos así parecía. En una charla, después del habitual partido de fútbol de los sábados por la tarde, Julián les había compartido una extraña confidencia. Había conocido en la semana, una hermosa mujercita llamada Juliana. Yendo a la biblioteca de la facultad, en búsqueda de un libro para estudiar economía, se había encontrado con la homónima, presa de la misma necesidad. Como era su costumbre, se comportó ante todo como un caballero, cediendo el único ejemplar disponible a Juliana. Quedaron en que compartirían horas de estudio para aprovechar la posesión del preciado ejemplar. Si bien no cursaban en el mismo horario, se las habían arreglado para juntarse a estudiar en el departamento de ella, durante varios días seguidos. La rareza, es que Julián ese sábado por la noche no saldría con los muchachos, sino que continuaría con la práctica de aprender junto a su tocaya. Los amigos no lo podían creer. ¿Quién era esta susodicha, como para cambiar los hábitos de un ganador como Julián? ¿Qué le pasaba a Julián que, de golpe, era este ser dominado, estudioso y despreciativo con su grupo?
Los dos compañeros de estudio rindieron el examen con sendas notas sobresalientes. Se tornaron inseparables y muy unidos. Julián no vivía más que para seguir los pasos de Juliana, en todo lo que pudiera. Estaba preso de esos ojos oscuros, esa cara de ángel, y ese cuerpo de bailarina, que eran los rasgos más distintivos de Juliana. Él iba perdiendo a pasos agigantados, la íntima batalla con esos sentimientos que iban creciendo en su pecho, nublando su capacidad de raciocinio. Del otro lado, Juliana si bien había sido clara, respecto de que ella ya tenía una relación previa, es como que le daba ciertas esperanzas de conquista. El novio de Juliana, vivía en el campo y venía cada tanto a visitarla. Cuando eso sucedía, nuestro amigo sufría a mares, aunque conservaba la ilusión de que su adorada rompiera finalmente con él. Los episodios de visita se hicieron más regulares, provocando en Julián una obsesión cada vez más mayor por ella.
Luego de varios meses de idas y vueltas, la situación se torció a favor del ferviente enamorado. Juliana empezó a tener dudas acerca de su relación previa, pidiendo se alejarán por un tiempo, para ver que sentía. En esa charla, el nombre de Julián no apareció, pero a buen entendedor pocas palabras, por lo que la relación de Juliana, abandonó la escena dando un portazo que retumbó en todo el edificio. La alegría de Julián fue completa. Por fin, se le había allanado el camino con la morocha de sus sueños. A la semana siguiente, ambos empezaron una especie de romance no tan definido. Muchas visitas, llamadas, salidas juntos, las cuales era Julián, él que por lo general las propiciaba. Además, era Julián el que buscaba la mirada, las manos y los escasos besos de ella. La balanza no estaba siendo equilibrada, si uno miraba la situación desde afuera.
Así siguió la cosa, durante varios meses, donde el galán se desarmaba en galanteos, mientras que la dama rehuía todo lo que podía. Abundaban los regalos de un lado, mientras que del otro abundaban los disimulados rechazos. Julián no cejaba, empeñándose cada vez más en la empresa, lo que como era de esperar producía el efecto contrario en ella. Los amigos de Julián trataban de hacerle ver por todos los medios, que no había reciprocidad. Julián se enojaba diciéndoles que era cuestión de tiempo para que ella cayera rendida a sus pies. Empezó el deterioro acelerado de Julián cuando Juliana, empezó a distanciarse alegando que necesitaba espacio para sus actividades, sus amigas y su estudio. Julián no sabía que hacer, por lo que seguía haciendo lo que pensaba que era lo mejor, vale decir, más regalos, más invitaciones y más pedidos por estar juntos. En el mientras, descuidó completamente sus estudios, sus amigos, el deporte, su familia y casi todas sus arraigadas costumbres.
La hecatombe final sobrevino, cuando un amigo le vino con el cuento que había visto a Juliana a los besos en un boliche de la zona. En teoría ella le había dicho que saldría con sus amigas a bailar. Julian no sólo que no le creyó, sino que intentó golpearlo preso de un enojo incontenible. El amigo se retiró sin más, no sin antes decirle lo mucho que se equivocaba no confiando en él. El domingo al mediodía, con la excusa de que la invitaba a almorzar, Julián se apersonó en el domicilio de la pretendida. La notó distante, distraída y sin muchas ganas de hacer nada. La conversación derivó en las preguntas de rigor, acerca de cómo la había pasado la noche anterior, y con quienes había estado. Juliana le dio inicialmente algunas respuestas elípticas, pero ante la insistencia del reclamante, tuvo la valentía de decirle que realmente a él no le importaba, ya que ella había sido clara respecto de lo que quería para su vida. Julián sintió como que una daga le atravesaba el corazón, la acusó de mentirosa y traicionera, mientras le relataba todo lo que le había contado su amigo. Juliana, le pidió que se fuera, que no soportaría una vez más tanto atropello a su libertad.
Finalmente, Julián sacó fuerzas de su menguada entereza y haciendo gala de su orgullo herido, se fue de ese departamento, para no volver nunca más. La historia sigue como arrancó al principio. Julián tardó mucho tiempo en recuperarse de ese amor no correspondido. Sus amigos, sus padres y todas las personas que lo querían, intentaban ayudar, pero era una situación harto difícil, cuando del otro lado no había eco, no porque no quisiera, sino porque no podía responder como se esperaba. Algunos incluso sugerían, llevarlo a una curandera de mal de amores, para que destrabara el corazón y la mente del rechazado Julián, el cual repetía lágrimas día a día, mientras escuchaba las canciones que alguna vez disfrutó junto a su amada.
Con el tiempo, Julián se fue sobreponiendo dando pequeños pasitos de recuperado. Evitaba por completo cruzarse en la facultad con Juliana. Los pocos amigos comunes, no le daban conversación, ni preguntaban sobre lo sucedido, con lo que todo se fue diluyendo, como el sol cuando es absorbido por la noche,
Mal de amores, cariño no correspondido, será una lección que Julián no olvidaría jamás. Cada tanto, tuvo algunas recaídas de lágrimas y tristeza, aunque cada vez con menos frecuencia. La linealidad no existe, se decía a si mismo. Aprendió a perdonarse los errores de cálculo en esta y otras relaciones, pensando que muchas personas, finalmente hacen lo que pueden y no lo que quieren. Recordaría por siempre con una sonrisa, la vez que se sentó enfrente a una curandera, para contarle todos sus males, que en realidad se resumía en uno sólo: la mujer que él amaba, no sentía lo mismo por él. Jamás olvidaría las muecas qué en el rostro de la adivina, se dibujaban ante cada palabra emanada de su relato afligido. Tampoco podría dejar de sentir en su boca, el gusto de los brebajes que tuvo que beber, siempre en ayunas, cuidando de que no hubiera luna llena. Alguna vez pensó, que si lo hacía quizás podría transformarse en un hombre lobo o algo de esa naturaleza, eso ahora le daba mucha gracia.
Mientras el amor exista, existirán pocas correspondencias plenas, solo una gama de aceptaciones y rechazos totales o parciales. Una ecuación difícil de resolver, cuando empieza, y cuando termina un amor, y menos aún, develar la incógnita de quien ama más, quien menos, y quien es el que define que es el amor y para qué sirve.
No se puede estar todo el tiempo bien de amores, es casi una regla fija.
Mal de amores, consuelo de pocos o de tontos enamorados.
En el colegio había vivido una buena semana. Las pruebas que le habían tomado las maestras, las había resuelto con soltura. Los recreos fueron muy divertidos, junto a Coqui, Horacito y otros tantos más. Algunas peleas menores producto del intercambio de figuritas, o en ocasión de la disputa por algunos milímetros de distancia, durante el juego con esas hermosas bolitas de vidrio multicolor. Nada que ameritara la intervención de alguna maestra para apaciguar los ánimos.
El niño de apenas siete años, había adquirido cierto grado de conciencia relativa, desde hacía poco tiempo. Su vida, como la de todo pequeño, transcurría entre la casa, el colegio, algunas salidas familiares y celebraciones de cumpleaños. De pequeño porte, pelo dorado, enérgico y decidido, se las ingeniaba para ser algo inmanejable para mamá. Toda vez que volvía de la escuela, merendaba con su hermana, a lo que seguía la confección de los deberes. Hacer las tareas no le demandaba tanto tiempo, producto de su gusto por estudiar y aprender. No tenía la misma facilidad para ser ordenado y obediente, porque acomodar y hacer caso, no estaban en su lista de preferencias.
Terminadas las tareas, salía a la galería a pelotear, haciendo rebotar la pelota tantas veces, que terminaba siendo molesto. Su mamá le llamaba cien veces la atención, hasta cansarse y rendirse, dejando de lado sus intenciones por corregir sus conductas. «Ya tendrá más años y podrá darse cuenta», pensaba su mamá, hecho que casi nunca pudo ser comprobado. Su condición de buen alumno, y que no necesitará atención de mamá, le daba algunos créditos para mostrarse rebelde, indisciplinado y caprichoso. Aprendía de su hermana, contenidos de segundo grado, por lo que cuando pasará de año, ya sabría prácticamente todo.
Otra cosa que le gustaba hacer era leer. Se devoraba todos los libros que le regalaban, incluyendo que leía y releía los tomos de la enciclopedia británica que estaban a su disposición. Estudiaba a fondo cada país, con su mapa, sus estadísticas y su bandera. A menudo se preguntaba, que se sentiría haber nacido en suelo ruso, polaco, italiano, español o inglés. Comparaba tamaños, costumbres y lenguas de cada nación, mientras leía con sumo interés las historias de guerra que habían provocado la muerte de tantas personas. La imagen de Napoleón, le resultaba inabarcable, lo mismo que la de Julio César.
Cerca de la hora de cenar se preparaba para recibir a su papá que volvía de su trabajo en el centro. Su mamá le había contado detalles de lo que hacía papá: «lleva las cuentas de algunos negocios, porque es contador». Con los años entendería que significaba eso, por ahora todo lo que hacía papá le parecía maravilloso. El soñaba con parecerse, poder manejar un auto y trabajar en algo importante, para poder luego, ya siendo grande, «ser otro papá, pero igual a este». Casi siempre a la misma hora, minutos más, minutos menos, las luces del auto alumbraban la cochera abierta.
Se apagaba el ruido del motor, sintiéndose a los pocos segundos que la puerta del auto se abría y se cerraba. El niño y su hermana, se paraban esperando detrás de la puerta de casa, para que cuando se abriera, pudieran recibir de papá, la sorpresa que les traía todas las noches. La ceremonia consistía en adivinar en que bolsillo del saco se encontraba el chocolate que venía con un muñequito adentro. El saco tenía dos bolsillos, por lo que siendo dos las sorpresas e iguales, no había margen para el error. Sin embargo, cada noche el acto de papá se repetía inexorablemente, llenando de felicidad a los pequeños.
El arribo de papá tranquilizaba al pequeño niño, ya que luego de que papá se cambiaba, para vestir una ropa más de entrecasa, ayudaban ambos a preparar y llevar la comida a la mesa. Durante la cena, el sonriente papá, les consultaba a los pequeños, sobre lo que había pasado en el colegio, como había sido el día y las tareas. Charlaba con mamá, acerca del comportamiento, sobre todo del pequeño. Los informes casi nunca eran buenos, pero papá no hacía más que disfrutar del momento, salvo algún ceño fruncido producto del relato de mamá. Mientras eso sucedía, el pequeño solo pensaba en el momento posterior a la cena, cuando toda vez que los platos estuvieran lavados y secos por las manos de ambos mayores, él pudiera disfrutar de los frecuentes peloteos con papá. Cada fría noche después de cenar, el living era usado para practicar pegarle a la pelota, mientras papá hacía de arquero. Mamá no aprobaba, ni reprobaba estas prácticas, porque era unos de los pocos momentos del día, en donde padre e hijo compartían un momento de distensión, el cual, si bien duraba apenas unos minutos, le permitía a ella liberarse un rato del cuidado de ese inquieto hijo.
Papá y mamá se adoraban, pensaba el niño mientras se acostaba a dormir por las noches. Casi siempre exhausto, producto de vivir jornadas agotadoras no demoraba en dormirse, no antes sin desear profundamente, que en el futuro se transformará en alguien como papá. Con el tiempo aprendería cosas de él, tratando de parecersele, todo lo que más pudiera. Había algo mágico en papá, que lo hacía ver como un ángel sonriente, predispuesto a jugar como si fuera un niño.
La vida discurría plácidamente, toda vez que papá estuviera presente físicamente o no, omnipresente, gigante a los ojos del pequeño. Saber que se podía contar con él, y con mamá, era lo mejor que le podía suceder. Con los años caería en la cuenta de que un buen papá no se puede comprar, ni sustituir, ni dejar de tener. Las sorpresas de chocolate eran el mejor regalo de ese ser bondadoso y tierno al cual los hermanitos llamaban “Papá”.
En la quietud de la noche, cuando reinaba el silencio y existía la sensación de que todo estaba inmóvil, cada tanto una mano salvadora volvía a poner la colcha encima del pequeño, para que no pasara frío. Del mismo modo, cuando el travieso se enfermaba, esos ángeles cuidaban de él. En particular había uno, que le traía libros para leer y sobrellevar la convalecencia. Papá en todo momento estaba a disposición, sin egoísmos, comprometido con el oficio de ser Papá.
Al final de cuentas y del cuento, siempre fue bueno para el niño, tener un papá como aquel que le había tocado en suerte. No lo cambiaría por nada, ni por nadie. Solo quería a ese papá, que lo hacía sentir protegido, feliz y querido.
Siendo más grande extrañaría tantas veces haber sido ese pequeño niño. La vida tiene eso, a veces las cosas buenas no duran para siempre. Mas allá de eso, el corazón atesora los recuerdos y los devuelve cada tanto, como para que un abrazo de papá vuelva a ser sentido y revivido.
Quizás, ser papá se trate en parte de eso. Quedar en el corazón de los hijos.
La estocada final lo había herido de muerte. La certera punzada le había penetrado el estómago. De seguro la sangre no tardaría en brotar. Los que estábamos a favor del caído no lo podíamos creer. Nuestro mejor valor había sucumbido producto de las habilidades del “malo”. Tanto entrenamiento previo de nuestro contrincante no sirvió de nada, a la hora de ese combate sin reglas, donde el que representaba a “los malos” había triunfado, provocando una herida gravísima a «nuestro representante de los buenos».
«Los buenos» habíamos planificado este entrevero desde hacía varios meses. Habíamos leído y releído la historia muchas veces, copiando hasta el mínimo detalle, entrenando todos los movimientos. A lo largo de varias tardes, durante un mes completo, intentamos ser los mejores sparrings de nuestro contendiente número uno. Nuestro espadachín estrella, nuestro pequeño d’Artagnan, era sin dudas un rival harto difícil de vencer. Producto del esmero que pusimos en su adiestramiento, había sumado a sus dotes naturales, una serie de movimientos ofensivos y defensivos que lo tornaban a priori invencible.
Lo enfrentamos de a uno, de a dos, de a tres, tal cual la novela de Alejandro Dumas, y no lo habíamos podido vencer de ningún modo. Athos, Porthos y Aramis, de manera individual y conjunta no fueron capaces ni siquiera de acorralar o poner en aprietos a d´Artagnan (Dartañan, para nosotros). En la previa no hubo acuerdo para la elección de quien auspiciaría como d´Artagnan. La disputa derivó en una votación cerrada de los cuatro amigos, y de la abuela de uno de ellos. Los cinco votos dieron ganador a José (que no era el nieto de la abuela votante), por mayoría simple. Rubén fue ungido como d´Artagnan , mientras que José fue Athos, Victor fue Porthos y Marcelo fue Aramis. Estos últimos fueron decisión de cada uno, porque en definitiva no eran tan esenciales como nuestro Dartañan.
Más allá de todos nuestros esfuerzos, el conde Rochefort, había vencido sin miramientos a nuestro espadachín estrella, rompiendo los moldes de la novela, en donde el noble acababa rindiéndose ante el valor y la superioridad de d´Artagnan. Desde ese momento, fuimos conscientes que la realidad muchas veces supera a la ficción y no siempre los “buenos” triunfan.
Los tres mosqueteros originales, levantábamos con mucho esfuerzo a nuestro querido espadachín caído, el cual salió caminando con mucho esfuerzo apoyado en el hombro de Athos (José). Había sobrevivido gracias a Dios, pero tenía y teníamos nuestro orgullo por el piso. El conde abandonó la escena, con expresiones de júbilo, siendo escoltado por tres de sus seguidores, los cuales abandonaron la escena blandiendo sus espadas y caminando para atrás, de modo tal de evitar un contraataque, el cual por cierto no ocurrió. La derrota nos había producido un desánimo que directamente nos bajaba los brazos.
Caminando despacito, con el herido a cuestas, llegamos a la casa de Porthos (Victor), donde la abuela nos esperaba con la merienda. Tomamos café con leche y comimos unos bizcochos salados, casi sin dirigirnos la palabra. El herido d´Artagnan (Rubén), luego de la merienda lucía recuperado, pero tenía la cabeza gacha y conservaba la pose de derrotado. La abuela Cata, intentaba animarnos, con un éxito nulo en su empresa. Los resultados de la contienda significaron nuestro abandono de las espadas y los sueños de gloria. A partir de ahí, nos dedicaríamos a jugar al futbol, que era lo que más se nos daba. Atrás habían quedado, las efímeras épocas de fama, cuando entrenábamos para que Rubén fuera un espadachín campeón.
Alejandro Dumas había equivocado la novela con nosotros, o nosotros no habíamos hecho honor de la misma, ya que el maléfico cardenal y sus seguidores nos habían derrotado sin más. Lo que si conservamos durante mucho tiempo, fue la frase emblema de los mosqueteros:
“Todos para uno y uno para todos”.
Los tres mosqueteros (que eran cuatro).
La historia comienza en 1625 en Francia. El protagonista es el joven D’Artagnan, nacido en una familia noble de Gascuña venida a menos, que abandona su hogar y marcha a París para cumplir su gran sueño: convertirse en un mosquetero de la “Compañía de Mosqueteros del Rey”. A tal efecto, lleva consigo una carta escrita por su padre al capitán de la compañía de mosqueteros, el señor de Tréville, que también es gascón y fue compañero suyo en las guerras de Enrique IV. Al pasar por la aldea de Meung, el joven gascón se ve envuelto en una pelea con un caballero misterioso (que más adelante se revelará como el conde de Rochefort), quedando herido e inconsciente. Cuando D’Artagnan recupera la consciencia, se da cuenta de que el caballero ha robado su carta de presentación, a consecuencia de lo cual nace en él un deseo de vengarse del misterioso personaje.
Ya en París, D’Artagnan, tras una breve y poco cálida entrevista con el Señor de Trèville que, sin embargo, le previene contra el personaje que se encontró en Meung, es retado a duelo por los tres mosqueteros: Athos, Porthos y Aramis. Los cuatro hombres se encuentran y, cuando D’Artagnan está a punto de comenzar a luchar contra Athos, son interrumpidos por los guardias del cardenal Richelieu que amenazan con arrestarlos porque los duelos están prohibidos. Los tres mosqueteros y D’Artagnan se unen para derrotar a los guardias del cardenal. Gracias a este hecho, el gascón se gana el respeto y la amistad de Athos, Porthos y Aramis, volviéndose inseparables camaradas, así como el favor del Señor de Trèville. Después de una entrevista con el rey Luis XIII, quien por su rivalidad con el cardenal queda encantado con D’Artagnan, este último es aceptado como cadete de un regimiento de la Guardia Real al mando del señor de Essarts, esperando la posibilidad de llegar a ser mosquetero.
Después de obtener alojamiento y tomar un criado, llamado Planchet, conoce a la joven y bonita esposa de su maduro casero, Constance Bonacieux, de la que inmediatamente se enamora. Constance y D’Artagnan ayudan a la reina de Francia, Ana de Austria y al duque de Buckingham a mantener una cita secreta en el palacio del Louvre. En la cita, la reina regala a su amante una caja de madera que contiene doce herretes de diamantes, que originalmente se los había regalado su esposo Luis XIII. El cardenal Richelieu, informado del regalo por sus espías, persuade al rey para que organice un baile en honor a la reina, donde se espera que ella luzca los herretes, con la esperanza de descubrir al rey su historia de amor con Buckingham.
Constance intenta persuadir a su esposo, el señor Bonacieux, para ir a Londres y recuperar los herretes, pero éste, que había sido detenido, llevado a presencia del cardenal y convencido por este de espiar a su esposa, se niega y la delata al Conde de Rochefort. D’Artagnan decide, sin avisar a sus amigos, asumir la misión en su lugar. Parten los cuatro amigos con sus lacayos y después de una serie de aventuras y de quedar Porthos, Aramis y Athos fuera de combate y heridos por el camino en emboscadas de los agentes del cardenal, D’Artagnan logra llegar a Inglaterra tras herir y dejar fuera de combate a otro de los enviados del cardenal, el Conde de Wardes. Al ser alertado Buckingham por D’Artagnan que le han robado dos de los doce y teniendo la certeza que ha sido obra de la condesa de Winter, cierra los puertos ingleses para evitar que los herretes robados lleguen al cardenal y ordena a su joyero realizar dos réplicas de los faltantes que entrega a D’Artagnan junto con los originales, tras lo cual parte para Francia y logra devolverlos a la reina Ana justo a tiempo para salvar su honor y para vergüenza del cardenal, que es puesto en evidencia delante del Rey.
La venganza del implacable Richelieu llega rápidamente. La noche siguiente Constance es secuestrada. D’Artagnan parte para encontrarse con sus amigos y en Amiens, donde había quedado Athos, recibe como confidencia de este la historia de un noble y su mujer, a la que había ahorcado al descubrir que estaba marcada con una flor de lis en el hombro. Poco después y a causa de una borrachera, Athos reconoce sin quererlo que el noble de la historia en realidad es él. Poco después se batiría con Lord de Winter, barón de Sheffield, y tras vencerle y perdonarle la vida, se hace amigo del barón.
Mientras preparan la adquisición del equipo que necesitarán en la campaña del sitio de La Rochelle, D’Artagnan reanuda relaciones con Lord de Winter, que le presenta a su cuñada, Milady de Winter. D’Artagnan rápidamente se enamora de la linda noble, pero pronto se entera de que ella no le ama, siendo en realidad una agente del cardenal. Con la ayuda de una criada llamada Ketty (a la que previamente ha seducido) se las arregla para pasar una noche con Milady, haciéndose pasar en la oscuridad por su amante, el Conde de Wardes. Pero poco después y tras haber tenido relaciones sexuales con ella (esta vez sin disfraces), D’Artagnan se entera de un terrible secreto: Milady tiene una flor de lis grabada a fuego en su hombro, marcándola como una delincuente. Milady reacciona intentando matar a D’Artagnan, que logra escapar de su casa y acude a Athos, donde le cuenta que Milady tiene una flor de lis en el hombro, con lo que el mosquetero tiene la certeza de que se trata de la misma mujer a la que supuestamente había matado años antes. D’Artagnan se alivia cuando todos los guardias del rey son enviados a La Rochelle, donde el asedio de la ciudad protestante está teniendo lugar.
Milady hace varios intentos para matar a D’Artagnan dentro y alrededor de La Rochelle (primero mediante dos asesinos a sueldo, luego mediante un envío de vino de Anjou que hace pasar como proveniente de sus amigos), pero fracasa una y otra vez. Al mismo tiempo, y gracias a la ayuda de Aramis, que es amante de la duquesa de Chevreuse, confidente de la reina, D’Artagnan se entera de que la reina ha logrado salvar a Constance de la prisión, donde el cardenal y Milady la habían arrojado, y que su amada está escondida en un convento.
Una noche, los mosqueteros escuchan por casualidad una conversación entre el cardenal y Milady, en la que Richelieu le pide asesinar al duque de Buckingham (un partidario de los rebeldes protestantes rocheleses). Ella pide a cambio la muerte de D’Artagnan. El cardenal expide entonces un salvoconducto general a Milady («Por orden mía y para bien del Estado, ha hecho el portador de la presente lo que ha hecho»), dándole así permiso para matar a D’Artagnan. Athos, revelado ahora como el conde de la Fére, rápidamente se enfrenta a su exesposa y la obliga bajo amenaza de muerte a abandonar el salvoconducto del cardenal.
Tras una hazaña bélica, el cardenal permite a D’Artagnan ingresar por fin en los Mosqueteros. Debido a la guerra entre Francia e Inglaterra, cualquier intento por parte de los mosqueteros para advertir al duque de Buckingham sobre Milady sería considerado delito de traición a la patria, pero son capaces de enviar a Planchet con una carta al cuñado de Milady (lord Winter), que por su parte siempre ha sospechado que Milady mató a su hermano.
Milady es encarcelada por lord Winter al enterarse de su pasado y de sus planes relativos a Buckingham al llegar a Inglaterra. Pero pronto seduce a su puritano carcelero John Felton y lo convence, no solamente para ayudarla a escapar, sino también para asesinar al duque de Buckingham, a quien aborrece desde hace muchos años. Mientras el ingenuo Felton asesina con un cuchillo al primer ministro en Portsmouth, Milady logra embarcar rumbo a Francia. Tras avisar al cardenal de lo ocurrido, se esconde en el monasterio de Béthune, al norte de Francia. Para sorpresa suya, encuentra allí a Constance, la cual había sido enviada por la Reina. Fingiéndose amiga de Constance, Milady averigua que su enemigo D’Artagnan llegará al monasterio en cualquier momento para rescatarla. Logra escapar justo antes de la llegada de los cuatro mosqueteros, pero no antes de tomar su venganza: envenenar a Constance, que muere minutos después en los brazos de su amado D’Artagnan.
En ese momento aparece Lord de Winter y todos juntos deciden encontrar a Milady y juzgarla. La expedición queda a cargo de Athos, que revela a Lord de Winter que es el marido de Milady, componiéndose la expedición de los cuatro mosqueteros, sus cuatro lacayos, Lord de Winter y un misterioso hombre enmascarado, con una capa roja. Tras encontrar a Milady, organizan un simulacro de juicio contra ella en el que la acusan del envenenamiento de Madame Bonacieux; los intentos de asesinar a D’Artagnan; la instigación y complicidad en el asesinato del duque de Buckingham (del que son informados en ese momento por lord de Winter); la corrupción, traición y posterior muerte de Felton, el siervo de Lord de Winter; el asesinato de su difunto marido, Lord de Winter (Conde, hermano mayor del Barón). El cargo final viene cuando Athos afirma que Milady, su esposa, es una criminal marcada con una flor de lis en el hombro. Cuando la condesa exige que Athos presente al verdugo que la marcó, el hombre con la capa roja se adelanta y se descubre. Ella lo reconoce inmediatamente como el verdugo de Lille, el cual narra las primeras fechorías de Milady que llevaron a su marca, tras seducir y corromper a un sacerdote, su hermano, que después se ahorcó por remordimientos cuando Milady lo abandonó por el Conde de la Fère (Athos). Tras ser condenada a muerte por los improvisados jueces, Porthos y Aramis, es ajusticiada (decapitada por espada) en la otra orilla del Lys, fuera del territorio de Francia. En los Países Bajos Españoles, actual Bélgica.
Tras la ejecución de Milady, los cuatro mosqueteros regresan a La Rochelle. En el camino se encuentran con el conde de Rochefort, principal agente del cardenal y viejo némesis de D’Artagnan, quien viajaba a Armentiéres para encontrarse con Milady. Rochefort también tiene una orden de arrestar a D’Artagnan por alta traición y espionaje. Cuando el gascón se presenta ante Richelieu, le cuenta toda la verdad sobre Milady, y admite que él y sus amigos ya han juzgado, condenado y ejecutado a esa malvada mujer. A continuación, le presenta a Richelieu el papel con el perdón total escrito por la propia mano del cardenal, que Athos le había entregado semanas antes tras quitárselo a Milady. Richelieu, impresionado por el ingenio de D’Artagnan y ya que ha conseguido lo que quería de Milady, ofrece al joven mosquetero un despacho como teniente de mosqueteros, con el nombre en blanco. El cardenal hace entrar a Rochefort y pide a los hombres que estén en buenos términos y se hagan amigos.
El libro termina con D’Artagnan ofreciendo el despacho de teniente a cada uno de sus amigos, pero ninguno acepta y Athos escribe el nombre de D’Artagnan en él. Athos continuará siendo mosquetero, a las órdenes de D’Artagnan, hasta que entra en posesión de una herencia y se retira a sus propiedades. Porthos ha decidido casarse con Madame Coquenard, la viuda de un rico procurador, y deja el servicio y Aramis cumple su sueño de hacerse sacerdote, por lo que abandona también el servicio y entra en un monasterio.
D’Artagnan se bate tres veces con Rochefort, hiriéndole las tres, pero tras eso y decirle que seguramente le matará a la cuarta, hacen definitivamente las paces y se abrazan de todo corazón y para siempre.
Los escritores en su gran mayoría expresan una filosofía que les da un marco de referencia a sus pensamientos, a veces puestos en palabras que les hacen decir a sus protagonistas. Escribir no es un acto solo descriptivo, sino que por lo general viene acompañado de juicios, declaraciones y expresiones de maneras de ver y pensar las cosas.
Un ensayo es un claro ejemplo de como la filosofía se mete de lleno en la prosa, pero el modo de interpretar la realidad aparece claramente tanto en un cuento, como una novela, una fábula e incluso mismo en el sentir poético emanado de un verso de amor.
Ninguna persona cuando se expresa puede escapar de sus paradigmas, mapas mentales y vivencias pasadas, presentes y futuras. Negar subjetividad y personalismo en las expresiones lingüísticas es como negar que el sol sale todas las mañanas. Luchar contra nuestra propia naturaleza humana, tanto individual como colectiva, declarando que nuestros pensamientos o procederes son puramente razonables, impolutos y desprovistos de tendencias, solo nos hace quedar en ridículos. Empecinarnos en querer sostener la razón cuando es materia opinable es lo que nos hace alejarnos de nosotros mismos y de los demás.
Escribir, mal, bien o regular, no nos hace exentos de fijar posiciones, porque la pulcritud o buen arte, es sólo la cosmética de la expresión.
Por todo lo expuesto (sobre lo cual se podrá asentir, disentir o hacerlo de manera parcial) es que la sociedad se construye, siendo las leyes claros ejemplos de ordenamientos colectivos sobre los que se edifican las comunidades. Estado, justicia, parlamento, empresariado, pueblo, trabajo, y otras tantas más, son entelequias creadas para dar nombre a los sistemas que nos rigen individualmente para conformar una sociedad con valores.
Los escritores que han osado manifestarse por uno u otro sistema político, o por una u otra escala de valores, han sido amados y odiados casi en forma proporcional, por todos aquellos, que se sienten representados o discriminados por sus ideas, expresadas a través de la lengua, siendo esta última la que nos ayuda a distinguir, dando entidad a objetos, hechos y circunstancias mediante una denominación que parece ser inequívoca.
Izquierda y derecha, individualismo y socialismo, materialismo y espiritualidad, parecen vocablos antagónicos, aunque ciertamente unidos por los extremos. La paleta de grises que nos humaniza, es lo que se hace difícil de sostener, entre el blanco y negro, que parecen ambos que tuvieran mayor peso.
A continuación, una breve reseña de una escritora que puso su impronta y su pensamiento, para algunos de un solo lado de la balanza, para otros no tanto, y para la gran mayoría que no la conoce y ni siquiera sabe quien es y qué hizo, resultó y resulta ser una ignota intelectual sobre la cual no hay porque preocuparse.
Alisa Zinóvievna Rosenbaum (San Petersburgo, 2 de febrero de 1905-Nueva York, 6 de marzo de 1982), conocida como Ayn Rand, fue una filósofa y escritora rusa, nacionalizada estadounidense. Autora de las novelas El manantial y La rebelión de Atlas, desarrolló un sistema filosófico conocido como “objetivismo”.
Ayn Rand nació el 2 de febrero de 1905 en San Petersburgo (Imperio ruso). Era la mayor de tres hermanas de una familia judía, aunque sus padres no eran practicantes. Desde muy joven sintió un fuerte interés por la literatura y por el arte cinematográfico, y empezó a escribir novelas y guiones a los siete años. Leyó las novelas de Alejandro Dumas y Walter Scott, entre otros escritores románticos, expresando un apasionado entusiasmo por el movimiento romántico. Descubrió al escritor Víctor Hugo a los trece años, tras lo cual quedó prendada por sus novelas. Durante sus años en la escuela secundaria, fue testigo en 1917 tanto de la Revolución de Febrero como de la Revolución Bolchevique. Para escapar de los combates de la revolución, su familia se fue a Crimea, donde ella terminó la escuela secundaria.
Una vez que su familia regresó de Crimea, Rand se matriculó en la Universidad de San Petersburgo para estudiar filosofía e historia; de la cual se graduó en 1924. Como admiradora del cine, se inscribió ese mismo año en el Instituto Estatal de Artes Cinematográficas para aprender a escribir guiones cinematográficos. Fue en esa época cuando consiguió publicar por primera vez un folleto sobre la actriz Pola Negri (1925) y un folleto titulado Hollywood: American Movie City (1926), folletos que han sido reimpresos en 1999 en los llamados Escritos de Rusia en Hollywood. Descubrió también en la universidad al filósofo Nietzsche, de quien apreciaba mucho su exaltación de lo heroico y del individuo heroico, aunque años más tarde criticaría fuertemente lo irracional de su filosofía. Su mayor influencia la recibió de Aristóteles, al que consideraba el mayor filósofo del mundo y apreciaba en especial su Órganon.
Conociendo Nueva York por las películas estadounidenses, Rand tenía muy claro que quería emigrar a los Estados Unidos. Años más tarde escribió Los que vivimos, un relato de primera mano de aquellos años y de la atmósfera de la Rusia soviética, sobre el cual dijo: “Es lo más cercano a una autobiografía que haya escrito nunca”. A finales de 1925 obtuvo permiso para salir de la U.R.S.S. y visitar a sus familiares en los Estados Unidos, a donde llegó en febrero de 1926, con veintiún años. Aunque les dijo a las autoridades soviéticas que su visita sería corta, estaba decidida a no regresar nunca a Rusia. Pasó los siguientes seis meses con sus parientes en Chicago, en donde obtuvo una prórroga de su visado, y luego continuó hacia Hollywood para comenzar su carrera como guionista.
Ya en Hollywood, aceptaba cualquier tipo de trabajo para pagar sus gastos básicos. Casualmente conoció allí a Cecil B. De Mille, quien se interesó por ella y sus experiencias. De Mille le mostró el funcionamiento básico de un estudio de cine y le ofreció trabajo como extra, el cual Rand aceptó, apareciendo así de forma visible entre los extras en el metraje Rey de reyes. En el rodaje de la película conoció, además, al que sería su marido el resto de su vida: el también actor Frank O’Connor, con quien se casó en 1929. En 1931, recibió la ciudadanía estadounidense. Cinco años después, en 1936 escribió: “Llámenlo destino o ironía, pero yo nací, de entre todos los países de la tierra, en el menos conveniente para una fanática del individualismo: Rusia. Decidí ser escritora a la edad de nueve años, y todo lo que he hecho se ha circunscrito a tal propósito. Soy estadounidense por elección y convicción. Nací en Europa, pero emigré a Estados Unidos porque este era el país donde una podía sentirse totalmente libre para escribir”.
Tras años en el país norteamericano, en 1973 dio una conferencia en la West Point y declaró: “Puedo decir, y no como un mero patrioterismo, sino con el conocimiento completo de las necesarias raíces metafísicas, epistemológicas, éticas, políticas y estéticas, que Estados Unidos es el más grande, noble y, en sus principios fundadores originales, el único país moral en la historia del mundo”. Un año después fue sometida a una cirugía por cáncer de pulmón en 1974 debido a su tabaquismo. En 1976, dejó de escribir en su periódico y a pesar de sus objeciones iniciales, le permitió a Evva Pryor, una trabajadora social de la oficina de su abogado, que la inscribiese en el programa de seguridad social Medicare.
Falleció en 1982 y fue enterrada junto a su marido en el cementerio de Valhalla (estado de Nueva York). La pareja no tuvo hijos.
Ayn Rand sostenía:
La vida como fundamento de los derechos.
Cada individuo debe elegir mediante la razón qué valores quiere para su vida y los medios para alcanzarlos.
El individuo tiene derecho a existir para sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a los demás para sí mismo.
Nadie tiene derecho a iniciar el uso de la fuerza física contra otro ser humano, sea cual sea el fin que quiera obtener.
La realidad existe de forma absolutamente objetiva. Los hechos son los hechos independientemente de los sentimientos, deseos y temores del hombre.
En La virtud del egoísmo Rand escribió sobre la vida:
“Hay solo un derecho fundamental (todos los otros son sus consecuencias o corolarios): el derecho del hombre a su propia vida. La vida es un proceso de autosustento y acción autogenerada; el derecho a la vida significa el derecho a ocuparse en el autosustento y la acción autogenerada, lo que significa que la libertad consiste en ejecutar todas las acciones requeridas por la naturaleza de un ser racional para el sustento, el fomento, la satisfacción y el disfrute de su propia vida”.
En Derechos del hombre dijo:
“El derecho a la vida es la fuente de todos los derechos, y el derecho a la propiedad es solo su realización. Sin derechos de propiedad, ningún otro derecho es posible. Ya que el hombre tiene que sostener su vida por su propio esfuerzo, el hombre que no tiene derecho al producto de su esfuerzo no tiene medios de sostener su vida. El hombre que produce mientras otros disponen de su producto es un esclavo.”
En La rebelión de Atlas escribió sobre el trabajo manual, los empresarios y los inventores:
“El hombre que no hace más que labor física consume el valor material equivalente a su propia contribución al proceso de producción y no deja más valor ni para sí mismo ni para otros. Pero el hombre que produce una idea en cualquier campo de empeño racional, el hombre que descubre nuevo conocimiento, es el permanente benefactor de la humanidad…”
“El hombre que crea una nueva invención recibe un pequeño porcentaje de su valor en términos de pago material, no importa qué fortuna haga.”
Ayn Rand no se consideraba a sí misma como “de derechas” (tampoco “de izquierdas”). En innumerables ocasiones Ayn Rand declaró “I am not a conservative” (no soy conservadora), al mismo tiempo que declaraba vehementemente su oposición a Ronald Reagan. En el espectro político usualmente se la ubica en la derecha política por su apego a un tipo de individualismo “heroico y capitalista”.
Desde cierto punto de vista, se la puede considerar como una seguidora del ideal liberal libertario o simplemente “liberal”. Ella estaba de acuerdo en buscar la maximización de los derechos del individuo desde un análisis liberal individualista; sin embargo, Rand también buscaba maximizar lo que consideraba beneficios de la propiedad privada y del sistema capitalista, lo cual se identifica con los conservadores, quienes a su vez son considerados de derecha. No obstante, Ayn Rand denostó hasta su muerte a los liberales libertarios, a los que llamaba “hippies de derechas”.
Algunos puntos de la ideología de Ayn Rand sugerirían su no adscripción ideológica a la derecha conservadora:
Defendía el ateísmo como única postura racional ante el concepto Dios, al que consideraba indemostrable racionalmente, es una suma de contradicciones metafísicas y, por lo tanto, un atentado contra el funcionamiento mental del hombre que lo acepte.
Defendía la total libertad a la hora de producir, distribuir (solo a adultos) y consumir cualquier tipo de drogas, a pesar de condenar radicalmente su consumo como un atentado contra lo más valioso que tiene cada individuo: su mente. Como afirmó repetidamente, la libertad, si nos tomamos el concepto en serio, supone también la libertad para equivocarse, y, si alguien quiere tomar drogas, la libertad para suicidarse.
Condenaba absolutamente el reclutamiento forzoso de soldados, al que equiparaba con la esclavitud. Llegó a afirmar que todas las proclamas sobre la importancia del derecho a la propiedad hechas por los derechistas en Estados Unidos eran palabras huecas, ya que apoyaban la conscripción forzosa en el ejército. «¿Qué sentido tiene el tener derecho a tener una cuenta corriente si uno no tiene derecho a su propia vida?», afirmó.
Defendía el derecho absoluto de las mujeres a abortar si así lo deseasen, ya que cada individuo tiene un derecho absoluto sobre su vida y su cuerpo.
Se defendía como antisocialista y anticomunista por considerarlas una forma de opresión.
Defendía un Estado limitado, algo diametralmente opuesto a la proclama fascista “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado”.
Defendía el derecho absoluto a distribuir, entre adultos, cualquier tipo de texto o medio audiovisual, incluida propaganda nazi, comunista o pornografía (que aborrecía, al considerarla como un atentado contra la sexualidad y el buen gusto, pero cuyo derecho a ser producida y distribuida defendía vehementemente). Sostenía que “las ideas no delinquen”, y que solo se debían castigar los actos delictivos. Afirmaba que cualquier intento de que el Estado limitase la expresión de ideas erróneas, equivocadas o peligrosas solo podía terminar en una censura total de las ideas impopulares.
Basándose en el principio de que la esfera de la libertad del individuo solo puede autorrealizarse a través de la propiedad privada, Ayn Rand reconoce en el sistema político capitalista la afirmación de la economía libre y el ideal del autointerés personal mediante la cooperación social en el mercado. Partiendo de esta base Rand procede a identificar mediante el principio de no agresión al trabajo personal. En esto la doctrina de Ayn Rand es coincidente con lo sostenido por lo que se considera la derecha liberal, por cuanto que las desigualdades no serían estructuralmente impuestas por la sociedad, sino producto de la utilidad desigual de los bienes productivos en el mercado libre, sean estos el capital o el trabajo asalariado. Desasociaba así cualquier relación necesaria entre poder económico (defensivo) y poder político (agresivo), presentándolos como opuestos naturales.
Su filosofía ha sido así apologética del orden social capitalista puro sin intervención gubernamental, y por ende el modelo, a la vez ético y utilitario, para muchos grandes empresarios en la búsqueda del éxito en los negocios que no dependan de la coerción política. La influencia del egoísmo individualista racional se puede rastrear hasta la obra de Milton Friedman al respecto de la idea de internalización de las externalidades, limitando la responsabilidad corporativa al beneficio de los accionistas, así como en los trabajos de Robert Hessen y Stephen Hicks sobre la ética en los negocios.
Su pensamiento ha tenido más eco en Estados Unidos que en Europa, donde su impacto intelectual habría sido mucho menor.
Ayn Rand toma protagonismo con sus ideas, debido a un mundo inestable y doliente en muchos aspectos. Otros filósofos de otras vertientes asumen nuevos protagonismos en un mundo que pareciera carecer de soluciones a problemas ancestrales.
No maten al emisario, ni tampoco a las ideas.
Escribir no es un hecho meramente objetivo.
Lo rico es poder degustar toda la paleta de helados.
Any, la soviética, que fue amada, odiada e invisible.
Hace ya un tiempo escribí respecto de la dualidad espectador-hacedor.
Que pensaba yo un 22 de agosto de 2022. Era algo como esto:
¡De Espectador a Protagonista!
La pregunta que suelo hacerme tantas veces como puedo, se vincula con dos palabras muy usadas en la industria audiovisual:
¿Espectador o Protagonista?
En cualquier obra de cine, teatro, televisión, o en las mismas redes sociales hay un lugar para los que protagonizan y otro para los que observan o visualizan. Cuando una representación tiene éxito el número de espectadores multiplica varias veces al número de protagonistas.
Del mismo modo en esa gran marquesina que es cada una de nuestras vidas, nuestro tiempo se divide en momentos de observación y actuación (entendida como accionar), con un montón de momentos en donde la división no es tan exacta ni definida.
Normalmente asumir un rol protagónico requiere de un camino que conduce «de dejar de ser el espectador para pasar a ser al protagonista». Esto es así porque protagonizar requiere de un proceso de aprendizaje, en donde se conjugan múltiples estadios de observación y actuación.
Desde niños nos especializamos en observar lo que nos rodea de modo tal de abarcar con nuestros sentidos, mente y corazones todo lo que se desenvuelve en derredor nuestro.
Por lo general la vida de un futbolista profesional arrancó cuando siendo niño concurría a la cancha a ver a otros futbolistas, los cuales se desempeñaban como protagonistas dentro del campo de juego.
Desde ese momento se despertó en ese incipiente aprendiz una ilusión en forma de sueño, acompañada de una declaración fundacional:
“Quiero ser jugador de fútbol….”
Los puntos suspensivos obedecen a que esa frase suele estar acompañada por otros aditamentos tales como:
Para parecerme a Maradona.
Para ganar mucho dinero.
Para ayudar a sacar a mi familia de la pobreza.
Para ser el máximo goleador de la liga.
Del mismo modo, cuando uno elige una profesión o vocación, el proceso es muy parecido. Por ejemplo, cuando me propuse estudiar ingeniería, lo hice desde la admiración que sentía por los grandes ingenieros de la historia, aquellos que descubrieron y luego construyeron elementos fundamentales para nuestro desarrollo como sociedad.
Vale decir que la cuestión que nos hubimos de plantear al comienzo de este escrito puede ser reformulada de la siguiente manera:
¿Qué tengo que hacer para pasar de ser espectador a protagonista en este campo de mi vida?
Con el agregado de varias inquisiciones más.
¿Qué no estoy haciendo para ser protagonista de….?
¿Cuánto tiempo estoy dilapidando siendo mero espectador de cosas que no me suman valor?
La última pregunta se vincula con un hecho sumamente vigente:
“Horas y horas navegando por las redes, usando muchos mecanismos tecnológicos que nos mantienen embelesados y contemplativos de la vida de otros, siendo simplemente meros espectadores sin ningún objetivo a la vista”.
En el proceso para pasar de espectador a protagonista, en un campo específico, encontramos tanto aliados como enemigos:
Entre los aliados:
Tener claridad y priorizar con la mayor certeza posible nuestro protagónico.
Buscar maestros, referentes y socios en ese campo.
Mantenerse siempre con una actitud aprendiente.
Organizar los tiempos y los esfuerzos.
Buscar recursos y planes alternativos.
Trazarse metas de referencia, tales como hitos intermedios.
Cultivar la perseverancia, la resiliencia y sostener los estados de ánimo.
Entre los enemigos:
Miedo a ser protagonista o a cometer errores.
Desánimo ante el primer fracaso.
Culpar a los demás de mis propias derivas.
Ante el primer éxito considerarnos expertos.
Vivir episodios de sobreactuación.
Creer que el camino es sencillo y no requiere de atención y concentración plenas.
Falta de priorización.
En cualquier ámbito o disciplina o área de nuestras vidas en las cuales estemos decididos a PASAR DE ESPECTADORES A PROTAGONISTAS, es altamente recomendable decirnos a nosotros mismos que nuestro potencial es cuasi INFINITO.
Desde el “día cero”, que es aquel en donde decidimos emprender el camino de ser artífices de nuestra propia película, nuestras relaciones y como las cultivamos adquieren un cariz decisivo, en la medida que conservemos esa pasión por cumplir con nuestros sueños.
Desde ese mismo “día cero”, nuestro primer gran hito puede ser el de transformarnos en actor de reparto, y desde ahí ya con fuerzas renovadas buscar el protagónico de nuestras vidas. Entre el cero y los diferentes hitos atenazados, nuestro porcentaje de crecimiento tiene que ser acompañado por nuestra voluntad y decisión para continuar, esa llama que no tiene que apagarse pese a las grandas borrascas que podemos enfrentar.
No existe cronología aceptable o errada para pasar de ser espectador a protagonista. Tantas veces hemos sido testigos de historias que superación que rompen las “supuestas barreras etarias”, de seres humanos que dan saltos de calidad que nos dejan boquiabiertos. Personas que se convencieron de que todo era posible teniendo confianza en sí mismas, superando adversidades y conservando la actitud y fortalezas necesarias, para llegar finalmente a vivir los sueños que a priori parecían tan lejanos.
¿Qué pienso hoy?
Más o menos lo mismo, con algunos matices renovados.
¿Qué podría agregar o cambiar, luego de casi dos años?
La importancia de saber en qué área o dominio quiero ser un hacedor, una persona que acciona desde una observación previa y teniendo como sustento mis habilidades y actitudes para…. En otras seré un espectador, como para equilibrar energías.
Atrevernos a desafiar nuestros límites, que a veces son propios y otros tanto impuestos como mandatos sociales, familiares, laborales y tantas clases como hormigas habitan en el planeta.
Superar o correr nuestros límites nos permite decidir con más holgura, mientras que mantener una actitud aprendiente nos permite decidir mejor.
Vivir en la queja nos resta energía que es exigua.
Atreverse a enjuiciar menos a nosotros mismos y a los demás y ponernos al servicio de ser y proponer.
Cambiar nuestras conversaciones internas y con los demás hacia visiones de posibilidad y planes compartidos.
Actuar pensando que se pueden cambiar las cosas, o cambiar para obrar de otras maneras, que me lleven por otros caminos al lugar donde quiero.
Para finalizar un pensamiento que resume todo:
“Pase lo que pase involúcrate en ello, es la diferencia entre ser protagonista o un mero espectador de tu vida”.
La niña que está sucediendo al niño, está provocando temperaturas inusuales en estas latitudes del sur, incluyendo nevadas tempranas, aunque no del todo inusuales, por ejemplo, en la bella Bariloche. La pequeña se está mostrando tal cual es, despojada de calor y con grandes probabilidades de traer aparejada sequías invernales y primaverales.
En las vivencias cotidianas estamos inmersos en un sinfín de cosas que se muestran, preponderando las imágenes, videos y mensajes cortitos y al pie. Lo largo, analítico, y si nos hace pensar no tiene mucha cabida, en especial porque premia la inmediatez, sobre la mediatez y lo superficialidad sobre la profundidad. Demostrar algo quedo en el olvido, casi como un teorema que requiere hipótesis, tesis y demostración, de lo cual solo nos encargamos de la tesis o conclusiones. Casi todo lo tomamos como aquello que salta a la vista, incluyendo juicios rápidos y contundentes sobre nosotros mismos, los demás, y los hechos que nos vinculan.
Lo que se muestra no está admitiendo discusión, mientras que lo que se demuestra está archivado en un cajón bajo siete llaves.
¿Qué es mostrar?
Tiene dos acepciones bastante parecidas:
Manifestar o poner a la vista algo, o enseñarlo o señalarlo para que se vea.
Explicar, dar a conocer algo o convencer de su certidumbre.
¿Qué es demostrar?
Tiene asimismo dos significados:
Manifestar, declarar.
Probar, sirviéndose de cualquier género de demostración.
Parece ser que son verbos que indican acciones muy parecidas, pero en realidad la segunda acepción marca una gran diferencia:
Cuando muestro algo, quiero que se vea, y trato de convencer de su certidumbre.
Cuando demuestro algo, quiero probar lo que estoy mostrando.
Vale decir que de-mostrar implica una segunda acción que es la de probar, lo que implica analizar y dar fundamento a lo que muestro.
Hay algunas cosas que no necesitan demostración, como por ejemplo que el sol sale por el este.
Hay otras cosas que requieren demostración, como por ejemplo si yo digo que un auto circulaba a alta velocidad, normalmente lo acompaño de un instrumento útil para ello, como puede ser un velocímetro.
Lo que se puede objetivar se puede demostrar, más allá del número de variables inmersas en la demostración. La ciencia se basa en hechos empíricos objetivos, que demuestran tendencias, o que comprueban leyes, que antes fueron hipótesis y que mediante la demostración ahora son tesis.
Lo que no se puede objetivar, vale decir cualquier hecho subjetivo es más difícil y encierra habilidades especiales, pragmatismo e intuición, para ser aceptado. Lo subjetivo es más mostrable que demostrable, siendo todo un arte demostrar por ejemplo una conducta, o decir que tal o cual persona es coherente.
Nosotros mostramos mucho casi todo el tiempo, pero no somos tan capaces de demostrar tantas cosas, y mucho menos aceptar que otros nos la demuestran por nosotros.
Hay muchas frases que parecen decir lo mismo, pero que no son lo mismo:
Se mostró cariñosa todo el tiempo que estuvimos juntos.
Ella siempre me demuestra que me quiere.
Son sentencias que hablan de actitudes similares, pero al menos a mí me resultan bastante diferentes.
Cuando demostramos ganamos profundidad, saliendo de la superficie donde impera la acción de mostrar.
Yendo a un nivel mucho más personal, es diferente que alguien diga algo como:
“Les mostré a mis amigos mi casa nueva”.
a la misma persona diciendo:
“Les demostré a mis amigos que con mi trabajo y ahorros llegué a comprarme una casa nueva”.
Del mismo modo, yendo a una cuestión personal hay frases que en lo personal me resultan muy convincentes:
“me demostré a mi mismo que puedo aprender de mis errores”.
“estoy demostrando mi valor y mi coherencia a través de mis actos”.
“me demostraron que tiene sentido hacerlo de este modo”.
“es un hecho demostrado que el alcohol provoca accidentes”.
Podemos seguir así dando numerosos ejemplos, donde demostrar nos pone en un sitial de mejora, crecimiento y aprendizaje.
¿Se puede vivir demostrando todo y todo el tiempo?
Es poco probable, porque las decisiones necesitan previamente elegir en lo que quiero trabajar para demostrar a mi mismo y a los demás.
Demostrar implica mayor energía que mostrar, lo cual lo hacemos casi sin ninguna intención.
El secreto está en elegir lo que quiero demostrar (ir más profundo), de lo que quiero conservar solo con la acción de mostrar. Es un arte que se aprende y re aprende día a día, siendo como siempre preso de las circunstancias y momentos que nos tocan vivir.
El demostrar implica la coherencia primera del mostrar.
Si siempre llegue temprano al trabajo (me muestro así), puedo demostrar que soy puntual.
Demostrar implica siempre primero mostrar, vale decir un cúmulo importante de muestras, finalmente da lugar a una demostración.
La apertura del mostrar nos llevará a demostrar, por lo que demostrar encierra muchas acciones en sí mismo.
Mostrar que el cielo es azul no requiere mucho, pero demostrar que el cielo está plagado de estrellas y otros astros que se muestran es más complejo.
Elegir lo que necesito mostrar para demostrar algo implica una coherencia y esta última requiere ir más allá de la superficie, para adentrarnos en los fenómenos.
A continuación una «historia de demostración«.
Joselu, el hombre que demostró que los sueños se cumplen.
El Camino a “La Fábrica”
José Luis Mato Sanmartín “Joselu” nació el 27 de marzo de 1990 en Stuttgart, Alemania. Sin embargo, a partir de los cuatro años desarrolló su juventud en España, concretamente en Galicia. Fue allí donde empezó a dar sus primeras patadas a un balón y donde se encuentra su primer equipo, en el que todo comenzó, el S.D Silleda.
us primeros pasos en el fútbol profesional fueron en la temporada 2008/09 en el Celta de Vigo, que en ese momento jugaba en Segunda División. Durante esa campaña, combinó partidos con el primer equipo, el filial y el Juvenil de División de Honor. Gracias a sus grandes actuaciones y a su gran rendimiento, consiguió fichar por el equipo de sus amores, el Real Madrid.
El mercado de fichajes del Real Madrid en la temporada 2009/10 estuvo plagado de incorporaciones galácticas como Kaká, Benzema, Xavi Alonso o el mismísimo Cristiano Ronaldo. Sin embargo, Jorge Valdano, el director deportivo del conjunto blanco en aquel momento, vio con buenos ojos reforzar también la cantera y se fichó a un joven y talentoso delantero de Vigo por 1,5 millones de euros, Joselu Mato. El club tomó la decisión de mantenerle cedido en el Celta de Vigo por un año, pero no tardó en recabar en el club merengue.
El Inicio del Sueño, La Llegada a “La Fábrica”
Joselu pudo ponerse la camiseta del Real Madrid por primera vez en la temporada 2010/11 con el Real Madrid Castilla, el filial merengue, convirtiéndose en el máximo goleador del equipo con 14 dianas, solo igualado por un jovencísimo Álvaro Morata, compañero de equipo en aquel momento. Además, esa misma temporada tuvo la oportunidad de debutar con el primer equipo y no la desaprovechó. Su debut oficial se produjo en un partido de liga contra el Almería en el estadio Santiago Bernabéu y, en apenas unos minutos, logró anotar su primer gol con la elástica merengue a pase de Cristiano Ronaldo. También tuvo minutos en la Copa del Rey contra la S.D Ponferradina y, al igual que en liga, el delantero español consiguió anotar un nuevo tanto.
En la campaña siguiente, el Real Madrid Castilla consiguió el primer puesto en el grupo I de la Segunda División B y, tras una fase de ascenso de campeones en la que Joselu fue determinante con siete goles, logró el ascenso a la categoría de plata del fútbol español. Joselu fue una pieza angular durante todo el curso, ya que fue el pichichi de la competición con 24 dianas.
Regreso a Alemania
En el mercado de fichajes de verano de 2012, el delantero fue traspasado al Hoffenheim por 6 millones de euros. El inicio de la temporada fue espectacular para Joselu que empezó a anotar goles determinantes, como el que anotó frente al Fortuna Düsseldorf para lograr el empate a uno definitivo. Sin embargo, un cambio de entrenador mermó el crecimiento del jugador que empezó a ser un habitual en el banquillo y su primer curso en Alemania finalizó con 5 goles en 25 partidos.
El propio Joselu admitió que no fue capaz de adaptarse al equipo y salió cedido en la temporada 2013/14 al Eintracht de Frankfurt. Aquí pudo disputar por primera vez una competición europea, la Europa League, y volvió a su mejor versión con 14 goles en 33 partidos. Después del buen nivel que mostró, el Hannover 96 se hizo con sus servicios por 5 millones de euros y, en su única temporada allí, anotó 10 tantos en 32 encuentros.
La Frustración en Inglaterra
En la temporada 2015/16, gracias a sus cifras goleadoras en Alemania, logró llegar a la que, para muchos, es la liga más competitiva del mundo, la Premier League, concretamente al Stoke City por 5,75 millones de euros. En su estreno en la liga inglesa disputó 27 partidos y logró anotar cuatro goles. Después de un año complicado, el conjunto inglés decidió cederlo al Deportivo de La Coruña y Joselu volvió a España el 31 de agosto de 2016. Después de esta cesión, acabó en el Newcastle, también en la Premier League, donde no logró continuidad y, tras dos años, decidió regresar a España.
Consagración en España
Joselu regresó a la liga española en julio de 2019. Su destino fue el Alavés, equipo en el que estuvo tres temporadas y en el que fue determinante con sus actuaciones y, sobre todo, con sus goles. Su rendimiento fue tan alto que se consagró como uno de los grandes delanteros españoles de la liga y se convirtió en el máximo goleador de la historia del Alavés en Primera División con 36 goles.
Después de su gran rendimiento en Vitoria, en junio de 2022 dio comienzo una nueva etapa para el delantero español, esta vez en Barcelona en el RCD Espanyol. En su primera y única temporada, hasta el momento, logró ser el máximo anotador español de la liga y consiguió el Trofeo Zarra. Sin embargo, no pudo evitar el descenso de su equipo a LaLiga Hypermotion el día 28 de mayo de 2023 en Mestalla.
La Llamada de la Selección
Joselu fue un jugador importante en las categorías inferiores de España, sobre todo en la Sub-21, ya que aportó muchos goles y fue determinante para el buen rendimiento del equipo en aquellos años. Sin embargo, la llamada de la selección absoluta no le llegó hasta la temporada 2022/23 gracias a su despliegue goleador con el RCD Espanyol. Un recién llegado Luis de La Fuente decidió contar con él para la fase final de la Nations League y Joselu no desaprovechó la oportunidad, logrando anotar el gol de la victoria en semifinales frente a Croacia y ayudando a que España, finalmente, consiguiera hacerse con el título.
Reminiscencia Blanca
A pesar de que no pudo evitar el descenso del RCD Espanyol a Segunda División, sus buenos registros goleadores consiguieron el objetivo por el que Joselu llevaba trabajando desde que abandonó el Real Madrid en el verano de 2012, regresar a su casa y volver a vestir la camiseta del club de su corazón. El 19 de junio de 2023, el conjunto blanco hizo oficial la cesión de Joselu por una temporada, confirmando así su vuelta 11 años después. El día de su presentación no desaprovechó la oportunidad de mostrar su madridismo: “he soñado con este momento desde el día que marché”, fueron las palabras del delantero en el acto oficial de su presentación.
El fichaje frustrado de Mbappé empezó a levantar críticas hacia el de Joselu y a la idea de que él iba a ser el único delantero del equipo durante toda la temporada ya que, según muchos aficionados, el Madrid necesitaba un goleador de garantías. A pesar de las críticas y de la poca confianza que se depositó en él, Joselu tuvo un inicio de temporada espectacular y marcó su primer gol en su regreso al Madrid en la jornada 3 de liga frente al Getafe en el Santiago Bernabéu. Además, empezó a tener mucha participación con el equipo, llegando al parón invernal con siete goles anotados.
La segunda parte de la temporada ha sido más complicada para el delantero español. Sin embargo, esto no le ha impedido conseguir los dos primeros títulos para su palmarés: LaLiga EA Sports y la Supercopa de España. Pero, sin duda, su momento, el motivo por el que regresó al Real Madrid, ocurrió el pasado 8 de mayo en las semifinales de Champions contra el Bayern de Múnich.
El conjunto blanco estaba realizando un gran encuentro, pero un golazo de Davies puso por delante a los bávaros en el marcador y en la eliminatoria. En el minuto 81, Ancelotti decidió dar entrada a Brahim y a Joselu en busca de una nueva remontada para la historia en el Bernabéu, pero lo que nadie esperaba es que el delantero español iba a ser el héroe. Cinco minutos le bastaron para aprovechar un error de Neuer e igualar el partido y dos minutos más necesitó para rematar, no sin dificultad, el centro de Rüdiger para pasar a la historia de la Champions y del Real Madrid, poniendo el broche de oro a una nueva remontada y consiguiendo un billete a Wembley para disputar la final de la UEFA Champions League.
Y así fue el camino que tuvo que recorrer Joselu Mato para cumplir su sueño y escribir una página en la historia del Real Madrid. Un hombre que hace once años pedía links por las redes sociales para poder ver al equipo de sus amores, un hombre que fue a París como un madridista más para ver a su equipo levantar su decimocuarta Champions y que, ahora. podrá pelear en Londres por la decimoquinta. En definitiva, un hombre que luchó por un sueño durante once años, volver y triunfar en el club de su vida, el Real Madrid Club de Fútbol.
Algunos versos cantados desde niño, tus papás mirándote en la fila del colegio, mientras la enseña patria se muestra orgullosa, siendo testigo privilegiado de muchas caritas enrojecidas por el frío, conforman momentos imborrables, únicos, imposibles de plasmar con palabras.
Las emociones tienen la magia de ponernos en acción, dejando de lado por algunos instantes, ese ser racional, ubicándose en el centro de nuestro pecho, allí donde late nuestro corazón.
Así vivíamos y cantábamos nuestra máxima canción patria, aquella que fue creada hace tanto tiempo, modificada para hacerla asequible, entrañable, vívida y triunfal.
En cada rincón de nuestro suelo, en la escuela más alejada, donde algunos niños arriban a educarse a lomo de un caballo, de una mula, a pie, cruzando un río, o usando cualquier otro medio para venir desde grandes distancias, nuestros símbolos patrios son el común denominador de nuestra identidad nacional: la bandera, la escarapela y nuestro himno nacional.
Cada 11 de mayo se celebra el día del “Himno nacional”, aquel que se canta siempre que honramos a nuestra patria, uniendo nuestras voces en una comunión que no se destruye con nada. Nuestras voces se sintonizan solas, no haciendo falta un director de orquesta, ni un maestro de ceremonias, toda vez que se entonan las estrofas de nuestro himno.
La historia de la creación de nuestra canción patria no es muy difundida, pero encierra muchos condimentos de una época donde fue necesario crear símbolos que nos unieran.
Fue escrito por Alejandro Vicente López y Planes en 1812 y compuesto por Blas Parera un año más tarde. De pequeño, pensaba que su letra había sido escrita por dos personas, hasta que caí en la cuenta que López y Planes eran el mismo individuo.
El 24 de mayo de 1813 se presentó en la «Casa de Comedia» de Buenos Aires la obra teatral «El 25 de Mayo», referida a la Revolución de Mayo de 1810, de Luis Morante. La misma terminaba con un himno escrito por el propio Morante, al que el español Blas Parera había puesto música, coreado por los actores. Uno de los espectadores, el porteño Vicente López y Planes, se sintió inspirado y esa misma noche escribió la primera estrofa de un himno para reemplazar al anterior.
El Triunvirato entendió que debía darle al pueblo un canto nacional de mayor importancia que el que hasta entonces se entonaba. En un oficio del 22 de julio de 1812 dirigido al Cabildo de Buenos Aires, sugería a este que mandase a componer «la marcha de la patria», para ser ejecutada al principio delante de las clases.
La Asamblea General Constituyente del Año XIII ordenó componer la letra del himno con fecha 6 de marzo de 1813 y lo aprobó como «Marcha Patriótica» el 11 de mayo de ese año. Al día siguiente le encargó componer una nueva música a Blas Parera. En una sola noche terminó la partitura.
Según la tradición, el 14 de mayo de 1813, en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson se cantó por primera vez, siendo aquella dama quien interpretó sus estrofas. Se estima que la obra fue presentada el mismo día 25 de mayo de 1813, ya que el día 28 de ese mismo mes se cantó en el teatro durante una función patriótica efectuada durante la noche. Luego se lo conocería como Canción Patriótica Nacional, y más tarde simplemente como Canción Patriótica. Pero en una copia de 1847 aparece titulada como Himno Nacional Argentino, nombre que recibe en la actualidad.
En 1817, Parera abandonó la Argentina, viviendo varios años en Río de Janeiro y finalmente en España, donde murió. Sobre el exilio de Blas Parera se ha especulado mucho, indicándose que partió del país a causa de haber sido obligado a componer la música del himno; esta teoría carece de documentación que la avale. El musicólogo Carlos Vega explica al respecto que «meses antes de su partida, el gobierno argentino (recuérdese que el país estaba en guerra) exigió a todos los españoles residentes juramento de fidelidad a la patria naciente y morir por su independencia total, legalizando su adhesión mediante una carta de ciudadanía. Podría ser que la adopción de la nacionalidad argentina hubiera sido una imposición demasiado dura para el catalán, y acaso la causa de su extrañamiento súbito».
El testimonio de un viajero de la época da una idea de la amplia aceptación popular de la que gozaba el nuevo himno: En 1817, un diplomático estadounidense, Henry M. Brackenridge, fue testigo de la extraordinaria difusión que había tenido en el pueblo rioplatense la canción patriótica que la Asamblea del año 1813 había consagrado como Marcha Nacional.
Brackenridge viajaba en un pequeño barco desde Montevideo a Buenos Aires y, en el transcurso de la travesía, escuchó las estrofas del himno coreadas espontáneamente por sus acompañantes. El relato de Brackenridge, tomado de su libro «Voyage to South America» (Viaje a Sud América), publicado en Baltimore en 1819, decía:
“Por la tarde, nuestros compañeros, después de beber un vaso de algo estimulante, rompieron con una de sus canciones nacionales, que cantaron con entusiasmo como nosotros entonaríamos nuestro Hail Columbia. Me uní a ellos en el fondo de mi corazón, aunque incapaz de tomar parte en el concierto con mi voz. La música era algo lenta, aunque audaz y expresiva… Este himno, me dijeron, había sido compuesto por un abogado llamado López, ahora miembro del Congreso, y que era universalmente cantado en todas las provincias de El Plata, así en los campamentos de Artigas, como en las calles de Buenos Aires; y que se enseña en las escuelas como parte de la esencia de la educación de la juventud…”
La letra era marcadamente independentista y antiespañola, como correspondía al espíritu de la época. Tiempo más tarde la Asamblea del año XIII pide un «arreglo» de la letra, para que el himno quedara más acorde con los nuevos vientos que soplaban: Inglaterra se oponía vigorosamente a todo intento de autonomía en las colonias de España, su aliada en la guerra contra Napoleón. El embajador británico, Lord Strangford, hace saber al gobierno de Buenos Aires «lo loco y peligroso de toda declaración de independencia prematura».
Desaparecen entonces estrofas que anunciaban que «se levanta a la faz de la Tierra una nueva y gloriosa Nación». Se infiltran, en cambio, conceptos monárquicos tan en boga entonces, cuando los próceres competían en candidaturas de príncipes europeos para gobernarlos: el príncipe portugués, el francés o el italiano.
No extraña entonces el «ved en trono a la noble igualdad», afrancesamiento relacionado con el propósito de coronar al duque de Orleans , aunque otros autores señalan que los orleanistas no estaban a favor de la «noble igualdad» de la Revolución francesa, sino más bien lo contrario, que eran partidarios del Antiguo Régimen, O «sobre alas de gloria alza el pueblo, trono digno a su Gran Majestad», estrofa desaparecida en la versión definitiva. O «ya su trono dignísimo abrieron, las Provincias Unidas del Sur».
La música del himno experimentó en 1860 una modificación encomendada al músico Juan Pedro Esnaola, quien realizó una versión orquestada más rica desde el punto de vista armónico.
Tenido por Himno Nacional la Canción Patriótica de Vicente López y Planes, a través de un largo período de la nacionalidad fue interpretado de acuerdo con el texto original. Pero una vez desaparecido el furor de la contienda contra España, en aras de un acercamiento político con esta, debido a numerosas críticas por parte de representantes diplomáticos españoles, la canción nacional sufrió en su enunciado una modificación de forma en lo relativo a aquella parte que pudiera tener un concepto peyorativo para otros países.
Durante la segunda presidencia del general Julio Argentino Roca, el 30 de marzo de 1900 un decreto refrendado con la firma del Presidente de la Nación y de los ministros Luis María Campos, Emilio Civit, Martín Rivadavia, Felipe Yofre, José María Rosa y Martín García Merou disponía que:
«Sin producir alteraciones en el texto del Himno Nacional, hay en él estrofas que responden perfectamente al concepto que universalmente tienen las naciones respecto de sus himnos en tiempo de paz y que armonizan con la tranquilidad y la dignidad de millares de españoles que comparten nuestra existencia, las que pueden y deben preferirse para ser cantadas en las festividades oficiales, por cuanto respetan las tradiciones y la ley sin ofensa de nadie, el presidente de la República, en acuerdo de ministros decreta:
Artículo 1°. En las fiestas oficiales o públicas, así como en los colegios y escuelas del Estado, solo se cantarán la primera y la última cuarteta y el coro de la Canción Nacional sancionada por la Asamblea General el 11 de mayo de 1813.»
Desaparecieron así las marciales referencias a «los bravos argentinos que unidos juraron su feliz libertad sostener, a esos tigres sedientos de sangre fuertes pechos sabrán oponer». También se quitó: «San José, San Lorenzo, Suipacha, ambas Piedras, Salta y Tucumán, la Colonia y las mismas murallas del tirano en la Banda Oriental/Son letreros eternos que dicen: Aquí el brazo argentino triunfó, aquí el fiero opresor de la Patria su cerviz orgullosa dobló».
El 2 de agosto de 1924 el presidente de la Nación Marcelo T. de Alvear creó una comisión constituida por Floro Ugarte, Carlos López Buchardo y José André, para componer una versión oficial del Himno Nacional. Gracias al hallazgo de una partitura en el Museo Histórico Nacional atribuida a Blas Parera, a la cual la comisión introdujo arreglos, se pudo estrenar al público en el Teatro Colón el 25 de mayo de 1927. Sin embargo, debido a las críticas que trajo el «nuevo himno», por medio de un decreto de septiembre de 1928 Alvear armó una nueva comisión, en donde se aconsejó hacer una versión más fiel a la de Juan Pedro Esnaola. Hoy en día, la versión vigente del Himno corresponde a la transcripción realizada por Luis Lareta, que se ajusta a lo acordado el 25 de septiembre de 1928 por el Poder Ejecutivo de la Nación. Ya en 1900 se había reglamentado por decreto del Poder Ejecutivo utilizar una versión reducida de la marcha para actos oficiales y públicos.
Por un decreto del 24 de abril de 1944, esta Marcha fue aprobada como el “Himno Nacional Argentino”, tal cual lo conocemos hoy.
El músico argentino Charly García publicó una versión del Himno en su sexto álbum de estudio en solitario, Filosofía barata y zapatos de goma, de 1990. Todas las canciones fueron grabadas en ese mismo año. El álbum fue producido por García y Joe Blaney.
La versión del disco, si bien fue popular, causó polémica y en su momento fue descrita como «antipatriótica» por algunos medios y/o periodistas, y García debió sortear un juicio por “ofensa a los símbolos patrios”. Finalmente, la versión terminó siendo autorizada por los tribunales.
Actualmente la canción es considerada un clásico bastante recordado en la carrera de García, y suele ser incluida en algunas estaciones de radio FM (sobre todo las dedicadas al rock nacional/argentino) como cierre musical de la jornada, o para indicar el comienzo del trasnoche radial, en lugar de la versión oficial del Himno Argentino.
Nuestra canción patria está en el sentir de todos los argentinos, y sobre todo de los niños, ya que es uno de nuestros mayores símbolos, que definen junto a otros «nuestra identidad como nación argentina».
Lopez y Planes era uno solo, como uno solo es nuestro himno, escrito con letras celestes y blancas.
¡Este 11 de mayo que viva nuestra querida Patria Argentina!