Mi vinculación con estos animales fue siempre desde el respeto real y tangible. Criado en una granja familiar, había caballos que servían para hacer varias labores de campo, en donde la maquinaria era improductiva o directamente no se podía usar. Esta bella especie ha acompañado al ser humano desde tiempos remotos, luego de ser domesticado o entrenado, formando parte de muchas actividades, vinculadas a su fuerza o su destreza, incluyendo la práctica de varios deportes, alguno de ellos olímpicos. En el hipismo son tan famosos y costosos tanto los jinetes, como los de pura sangre de carrera, constituyendo duplas históricas invencibles, que resultaron una verdadera leyenda.
La cinematografía mundial ha filmado cintas memorables, en donde la presencia estelar de estos animales les ha dotado de un condimento especial y difícil de igualar, salvo por el protagonismo de algún can, que los haya opacado o superado. Hay muchísimos acontecimientos históricos en don un corcel ha sido solicitado, venerado, llorado o sepultado con grandes honores. El más famoso de todos tiene como protagonista nada menos que a un rey de Inglaterra.
En 1485 Inglaterra se encontraba en medio de la guerra de las Rosas. En la batalla de Bosworth, el rey Ricardo III combatía en primera línea cuando su caballo tropezó y dio con su jinete en tierra. De pronto, el monarca se encontró rodeado de enemigos y, según cuenta Shakespeare, gritó angustiado: “¡Un caballo, mi reino por un caballo!”, lo que aparentemente fueron sus últimas palabras antes de ser ultimado por los hombres de la Casa de Lancaster. Que un caballo se caiga en plena batalla no parece muy raro, menos que el jinete quede en el suelo desamparado ante el enemigo, y que lo maten ni qué decir.
Como se ve la figura del caballo y su significación, estuvieron, están y estarán presentes en nuestra cultura, y de hecho, algunos de han valido de la figura de este noble y sacrificado animal, algunas disquisiciones teóricas, sobre la gestión de proyectos, ideas o gestión en las organizaciones humanas.
¿Está muerto el caballo?
La pregunta responde a una metáfora humorística que se utiliza a menudo para ilustrar la inutilidad de seguir invirtiendo tiempo, esfuerzo o recursos en un esfuerzo fallido o improductivo. La teoría se basa en una antigua sabiduría tribal de Dakota que dice: “Cuando descubres que estás montando un caballo muerto, la mejor estrategia es desmontar.”
A pesar de su simplicidad, esta teoría destaca un problema común en muchas organizaciones y aspectos de la vida: la reticencia a abandonar prácticas ineficaces. La teoría se complementa con ALGUNAS ESTRATEGIAS GENERALMENTE INÚTILES PERO QUE MUCHAS PERSONAS Y ORGANIZACIONES SUELEN UTILIZAR EN LUGAR DE DESMONTAR EL CABALLO MUERTO:
- Comprar un látigo más fuerte: Intentar forzar más productividad de un enfoque ya fallido.
- Cambiar de jinete: Asignar a alguien nuevo a la misma tarea fallida.
- Formar un comité para estudiar el caballo: Gastar tiempo y recursos analizando el problema sin tomar acción.
- Visitar otros sitios para ver cómo montan caballos muertos: Buscar validación o inspiración externa sin abordar el problema central.
- Aumentar los estándares para montar caballos muertos: Elevar las expectativas sin cambiar el problema subyacente.
- Nombrar un equipo para revivir el caballo muerto: Crear un grupo de trabajo para abordar un problema insoluble.
- Reclasificar el caballo muerto como “con discapacidad vital”. Usar eufemismos para evitar enfrentar la realidad de la situación.
Como dijo Albert Einstein:
“Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes.”
Esta cita resume perfectamente la esencia de la Teoría del Caballo Muerto.
Otra cita relevante proviene de Peter Drucker, gurú del management:
“No hay nada tan inútil como hacer eficientemente lo que no debería hacerse en absoluto.”
Esto nos recuerda que la eficiencia es inútil si se aplica a las tareas incorrectas.
La Teoría del Caballo Muerto sirve como un recordatorio para reconocer cuándo es el momento de dejar de lado los esfuerzos improductivos y redirigir nuestra energía hacia soluciones más viables. Es un llamado a abrazar el cambio, innovar y estar dispuestos a pivotar cuando sea necesario.
Así que, la próxima vez que nos encontremos atascados en una tarea engorrosa e improductiva, es lícito preguntarnos ¿Estamos montando un caballo muerto? Si es así, podría ser el momento de desmontar y encontrar un nuevo camino a seguir.
¿Y si el caballo no está muerto, sino que solo parece estarlo?
Las frases y teorías organizacionales nos ayudan a identificar estrategias fallidas, pero, puede suceder que un proyecto, una empresa o una idea no están realmente muertos, sino que simplemente parecen estarlo porque no cumplen con nuestras expectativas inmediatas.
A veces, un negocio o iniciativa es desahuciado prematuramente, no porque haya llegado a su fin, sino porque quienes lo lideran pierden la paciencia o no interpretan correctamente las señales de vida. En estos casos, abrumados por las señales de enfermedad, el problema no es aferrarse a lo imposible, sino asumir que algo está acabado cuando aún hay margen para la reinvención y el crecimiento.
Si a una semilla no se le da tiempo, espacio y nutrientes, no germinará. Las empresas requieren diversas bases: sostenibilidad, rentabilidad, reinversión y un equilibrio entre sus stakeholders. Sobreexplotar recursos sin permitir su regeneración asfixia al caballo; negar incentivos a los dueños para sostenerlo lo condena a la inanición. Darlo por muerto antes de tiempo lo matará irremediablemente.
¿Hay forma de saber si tu caballo sigue vivo?
Insistir en una estrategia fallida es un error, pero también lo es abandonar algo con potencial solo porque no ha alcanzado su máximo desempeño.
Para diferenciar entre un caballo realmente muerto y uno que necesita atención, podemos considerar lo siguiente:
¿El problema es estructural o solo requiere ajustes?
A veces, un proyecto necesita un cambio estratégico, no su liquidación. ¿Está el caballo respirando, agonizando o realmente ha muerto sin posibilidad de recuperación? El rendimiento por debajo de lo esperado puede tener diversos factores y distintas causas. Una visión unilateral y limitada puede terminar por matarlo, aunque su potencial sea enorme.
¿Existen señales de mejora, aunque sean pequeñas?
Si hay indicios de recuperación en tendencias o indicadores, aunque sean mínimos, es posible que lo que se necesite sea paciencia. El simple hecho de revertir tendencias negativas, o disminuir su inercia, y resistir tiempos difíciles, puede ser una señal positiva que no se debe soslayar. En carreras largas, la resistencia importa tanto, o más, como la velocidad.
¿El entorno ha cambiado y tu caballo necesita adaptarse?
El problema no siempre es la idea, sino su ejecución en un contexto en constante evolución. Factores como normativas, mercado, competencia y tecnología pueden requerir ajustes en lugar de una declaración de fracaso. La velocidad con la que las cosas cambian en la sociedad actual requiere de prudencia y criterio. Si se conoce el medio y se ha corrido al caballo con buenos desenlaces, una mala carrera no implica que se agotó esa fórmula.
¿Qué hacer con este caballo? ¿Es momento de cambiar de enfoque o de jinete?
Si el problema es el equipo, la estructura o los recursos, ¿se han tomado las medidas necesarias para fortalecerlos? Cambiar el jinete sin atender al caballo y otras causas estructurales sólo se agrava la situación.
¿Se ha explorado otra forma de hacerlo funcionar?
Si la caballeriza tiene problemas recurrentes sin importar los caballos o jinetes, el problema puede estar en el sistema y no en los individuos. Los análisis simplistas pueden atraer peores resultados. Un caballo muerto puede salir mucho más caro que uno enfermo, y si se quiere vender al caballo, se venderá mejor, en cuánto más sano esté.
La tentación de enterrar caballos vivos
Muchas innovaciones estuvieron a punto de ser descartadas por parecer inviables. Empresas como Apple o Tesla enfrentaron periodos donde fueron consideradas fracasos seguros. Sus líderes, en lugar de abandonar, encontraron nuevas formas de hacerlas prosperar.
Esto no sólo aplica a negocios, sino también a nuestros proyectos. Tal vez estemos a punto de renunciar a un proyecto, una relación o una meta porque aún no vemos resultados inmediatos. La paciencia y la reinvención pueden transformar una causa perdida en una historia de éxito.
Menos emocionalidad más datos y objetividad.
Es necesario reevaluar con datos, no con frustración.
No es recomendable tomar decisiones desde la desesperación, sino desde el análisis objetivo.
Explorar nuevas estrategias alineadas con los recursos disponibles.
El problema no siempre es la idea en sí, sino cómo se implementa. Si las aspiraciones no son realistas, los esfuerzos serán en vano. Sin una estrategia clara, podremos estar montando al Cid sobre un caballo muerto, y aunque eso a veces gane batallas, no es sostenible a largo plazo. Si no le hemos dado tiempo, dinero y esfuerzo suficiente, no podemos aferrarnos a un diagnóstico fatalista.
Consultar con otros es una salida.
Obtener distintas perspectivas y contar con indicadores objetivos puede ofrecer una visión más amplia y certera de la situación.
Darle tiempo.
No todas las ideas generan resultados inmediatos; algunas requieren madurez, ajustes y perseverancia.
Antes de abandonar el caballo, asegurémonos de que realmente está muerto. Tal vez solo necesite atención, un cambio de dirección o simplemente alguien que vuelva a creer en él.
¿Alguna vez te ha pasado dar por muerto un proyecto que luego revivió?
De caballos vivo y muertos todos hemos montado al menos un poco.









