Conciencia !

Es común que esta palabra no se escriba sola, sino acompañada por los más diversos adjetivos o construcciones gramaticales, que delimitan el ámbito en donde queremos destacar su necesidad o importancia.

Hay que tener conciencia cívica y social.

Debemos desarrollar una conciencia educativa distinta.

La conciencia no me dejó pegar un ojo.

No tienen conciencia del daño que han causado.

Cuando un sujeto desarrolla la acción de la consciencia, aparece el consciente.

No somos conscientes del momento que estamos viviendo.

Somos conscientes que esta planificación necesita ser revisada.

¿Usted es consciente de sus actos?

Como contrapartida la ausencia de la conciencia.

Un inconsciente como manejaba.

El inconsciente colectivo.

Lo primero que tenemos que distinguir claramente, es que el sentido de la conciencia posee varias acepciones:

¨Conocimiento que el ser humano tiene de si mismo, y de sus propios actos¨.

¨Conocimiento responsable y personal que alguien tiene de algo, en un ámbito compartido¨.

¨Capacidad para distinguir el bien del mal¨ o conciencia moral¨.

En todos sus posibles significados existen elementos comunes:

Conocimiento y capacidad de…..

Registro del impacto en uno mismo y en los demás.

Si bien se trata de un sustantivo, se verifica a través de una acción, en este caso consciente.

¿Dónde pretende ir con todo esto?

En la web circulan cierta cantidad de mensajes que nos hablan de elevar nuestro nivel de conciencia, no como distinción de lo bueno y lo malo, sino más bien en lo referido con nuestro devenir.

Aparecen reflexiones,  tales como:

¨El secreto del éxito personal es vivir de manera consciente, es decir poniendo  más conciencia en nuestros actos¨.

¨Ante un evento, tome unos minutos y ponga la conciencia necesaria¨.

En un sentido racional, sin lugar a dudas que elevar el nivel de consciencia nos pone en otro lugar.

En otro sentido complementario, el ser humano no está en bienestar o no se siente feliz por una decisión o de manera totalmente consciente.

El estado emocional de la persona, es decir aquello que lo mueve, es más primitivo y uno de los principales síntomas de nuestra buena salud.

Por lo general, salvo que sea fingida, uno no esboza una sonrisa porque es consciente que debe reírse.

Del mismo modo, la espontaneidad de un abrazo, no surge de un elevado nivel de conciencia.

Muchas decisiones obedecen a situaciones de preferencia y gustos personales, donde no prima la racionalización, sino emociones que están más allá de la esfera de la conciencia racional.

Por consiguiente:

¿cuándo y dónde es útil  poner una cuota superadora de conciencia?

De manera personal, creo que la construcción social implica subir el nivel de conciencia, respecto de la inclusión y registro de los otros.

Mis acciones, cuando salen fuera de mi ámbito personal, necesitan de la cuota de conciencia necesaria, para prevenir daños para mí y para los otros, o asimismo para generar oportunidades de construir algo nuevo o antes inexsistente.

En un fuero interno e individual, dando por tierra con el paradigma que todos queremos ser exitosos según mandatos sociales y culturales, si no elijo poner mayor status de conciencia para llegar a ser un triunfador.

¿cuál es el inconveniente?

¿Se puede vivir pensando y racionalizando cada paso que damos?

Como tantas veces he manifestado, no me compres lo que pienso y digo.

Porque mis pretendidas ideas brillantes, capaz me sirvan sólo a mí.

Asimismo y sinceramente no me lo creo del todo.

Considero oportuno preguntarte:

¿Dónde estás poniendo tu conciencia?

¿Qué espacio tiene en tu vida lo emocional y afectivo?

En el área de tu vida que más acción consciente registras:

¿Están ahí tu compromiso y tu responsabilidad?

Para culminar, algunos chistes, que (de seguro) nos ayudarán para alcanzar un estado de mejor conciencia:

Un automovilista entra en un taller y le dice al mecánico:
-Quiero que me cambie la bocina. Por favor, ponga una que suene cinco veces más fuerte.
-¿Pero por qué quiere usted una bocina tan ruidosa?
-Es porque ya no tengo frenos.

Un señor va donde el médico:
-Doctor, me he torcido un tobillo.
-¡Bueno, vamos a ver eso! ¡Quítese el zapato y párese delante de esta ventana sacando la lengua, lo más que pueda!
El paciente obedece. El médico, sin moverlo de ese sitio, le examina el tobillo durante media hora.
-Es sólo un problema muscular. Ahora entre la lengua y siéntese mientras escribo su receta.
-¿Por qué, doctor, mientras que me examinaba, me puso en la ventana con toda la lengua afuera? Eso no tiene nada que ver con mi tobillo.
-Así es, no tiene nada que ver. Le dije que hiciera eso simplemente porque no soporto a mi vecina de enfrente.

Un grano de arena le dice otro grano de arena:
-¿Damos un paseo?
-¡De acuerdo!
Los dos granos de arena ruedan por el desierto del Sahara. De pronto un grano le dice al otro:
-Mira con disimulo hacia atrás. Tengo la impresión de que nos están siguiendo.

Un hombre entra en un restaurante de lujo acompañado por un niño.
-Sírvame el cubierto especial para mí- le dice al camarero- y un helado al pequeño.
El caballero da cuenta del opíparo menú, mientras el niño repite su ración de helado.
-Bien -se levanta el comensal, dirigiéndose al pequeño-, termina tu ración de helado mientras yo voy a hacer un recado.
El camarero prepara la cuenta y espera el regreso del padre del niño. Pero este tarda más de lo debido y el camarero pregunta al chico:
-Parece que tu padre tarda un poco, ¿no?
-Mi padre está de viaje.
-¿Cómo que está de viaje? ¿No acaba de salir de aquí hace un momento?
-¿Se refiere a ese señor que ha entrado conmigo?
-¡Naturalmente!
-¡No lo había visto en mi vida! Me lo encontré en la calle y me dijo que me invitaba a un helado

Del Amor y el Buen Humor !

Este fin de semana viene recargado de luminosidad. El benévolo invierno austral, se ha asociado por estos días, con un imaginario barredor de nubes y un pintor al que sólo le gustan los azules. El resultado es este clima maravilloso, hospitalario, con poco viento y algo de calorcito, que invita a disfrutar del aire libre.

No son pocos los recuerdos, que tengo de inviernos más crudos.

Cuando era pequeño, a la hora de la fría siesta, solíamos comer batata dulce cocinada en el horno de leña.

Tío Marochi era el hacedor de tamaña exquisitez.

La ceremonia comenzaba con el fuego, que transformaba en brasa la madera de duraznos y ciruelos de la poda. Con el horno caliente, los preciados tubérculos eran puestos por espacio de una hora al calor del horno. Una vez cocidos, Marochi las repartía en las manos de los niños y niñas presentes, envueltas en trapos para evitar las quemaduras.

Las batatas ya listas, eras abiertas con sumo cuidado, usando nuestros dedos. El placer era degustar el riquísimo contenido. El sabor de esos apetitosos bulbos asados, me resulta aún hoy incomparable.

El ritual se repetía varias veces durante la temporada de las escarchas.

Nosotros, éramos muy felices, colaborando con las tareas que involucraba la actividad.

Marochi nos enseñaba y nos cuidaba.

Hablaba poco, y hacía mucho. Su gran recompensa, era escuchar nuestros diálogos, y disfrutar de nuestra presencia, mientras comíamos.

Lo estoy viendo, sentado en esa silla de madera antigua, manos callosas sosteniendo el mate, receptando frases inverosímiles y riendo con nuestras ocurrencias.

Todo esto transcurría debajo de la higuera, donde ubicábamos nuestras sillas bajitas, al lado del horno.

Momentos mágicos, irreemplazables por su esencia y contenido.

El condimento especial de las batatas era el amor que Marochi nos profesaba.

Ese ángel de espaldas anchas, sonrisa generosa, y manos laboriosas, nos amaba incondicionalmente.

La ternura que ponía en cada una de sus cocciones no tenía parangón.

El humor y las frases divertidas las poníamos nosotros. El clima propicio se generaba con la espontaneidad propia de la infancia.

Los enojos y frustraciones que a veces traíamos, resultaban incinerados en el fuego ceremonial.

Estoy buscando una palabra que se asemeje al Amor y lo contenga.

Creo que mi indagación puede resultar infructuosa.

Del mismo modo, trato de explorar algo que se asemeje al Buen Humor.

De nuevo, es probale fracase en el intento.

Las tardes invernales resultaban sumamente acogedoras por el amor y el buen humor.

El poder de la buena onda, nos ponía en otra sintonía.

Pienso en muchos de los problemas que podríamos evitar, haciendo la mejor composición que nos salga, de amor y buen humor.

¿Podemos aprender a conservar todo el tiempo que podamos, nuestra risa de niños?

¿Habrá que aprender a reírse más de uno mismo?

¿A todo nivel, es necesario generar más espacios para disfrutar del amor y el buen humor?

Como es habitual, lamento decirte que no tengo las respuestas.

Uno trata de equilibrar trabajo, familia, intereses, estudios, dedicaciones, compromisos con el tiempo disponible.

¿Son el amor y el buen humor asociados, la amalgama que suavice la presión y las responsabilidades, posibilitándonos un tiempo de mayor calidad?

La propuesta puede ser constituirse en un primer actor, o al menos actor de reparto, en esta película cotidiana que nos toca vivenciar.

Un actor que se brinde desde el amor y el buen humor, para mitigar la ansiedad, la depresión y otros males.

¿Cómo andas de amores y buenos humores?

Algunos chistes, que nos sirven de cierre.

Número 1:

¿Crees en el amor a primera vista o vuelvo a pasar?

Número 2:

Sabes querida, cuando hablas me recuerdas al mar.

¡Que lindo mi amor! No sabía que te impresionara tanto.

¡No, si no me impresionas, me mareas!

Número 3:

Me voy a comprar algo fundamental.

¿Qué cosa?

Un gorro, jajajaja.

Funda-mental. ¿Lo entendiste?

No te vayas, no tengo amigos.

Número 4:

¿Doctor, que hago para adelgazar?

Basta que mueva la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.

¿Cuántas veces?

Todas las veces que le ofrezcan comida.

Número 5:

¡Papá me pican los mosquitos!

Pues apaga la luz.

La apaga y entran dos luciérnagas.

Papá. ¡Ya me están buscando con linternas!

Una carta para mi Papá

Una brevísima, aunque necesaria introducción.

La división de los acontecimientos como pretéritos, presentes y futuros,

¿es una parte de nuestras limitaciones humanas?

¿es una forma de organizar nuestra mente?

¿es una arquitectura en desuso?

¿Cuanto tiempo más será válida la diferenciación?
¿Acaso en este instante, no estamos viviendo los tres tiempos a la vez?

Este día de celebración y reconocimiento no presenta un rasgo temporal distintivo.

Festejar, es una oportunidad que nos pone de buen humor, abriendo nuestro corazón.

Nos coloca de buen ánimo, alzar nuestras copas y brindar.

¿Estás preparado para ello?

Te comparto algo personal.

Resulta probable que podamos enumerar facetas y vivencias en común.

Río Cuarto, 16 de Junio de 2019.

Papá:

Te quiero agradecer por todo aquello que me enseñaste, sin saber quizás, que lo estabas haciendo.

Porque te levantabas muy temprano para trabajar.

Porque cuando volvías, por las noches, bastante extenuado, nos traías un chocolate de regalo.

Porque estabas en los actos escolares, mirándonos con mucho cariño.

Porque jugabas al fútbol con nosotros.

Porque no nos levantaste la mano, ni la voz, para acallar nuestros caprichos.

Porque nos amabas incondicionalmente.

Porque eras muy noble y respetuoso.

Porque fuiste puro servicio y honestidad.

Te perdono, por todo aquello con lo que luchabas por mejorar.

Por tu terquedad, a veces innecesaria.

Por tu intransigencia, en algunas situaciones desmedida.

Por no escuchar, cuando era de cajón hacerlo.

Por vivir en tantas ocasiones de tus recuerdos.

Te admiro, porque eras pura templanza.

Por tu vocación de servicio.

Por tus palabras con pocos juzgamientos, siempre conciliadoras.

Por tu presencia, cueste lo que cueste.

Por aprender de tus errores.

Te quiero, sin una explicación concreta.

Porque pudiste abrazarnos y lo hiciste tantas veces.

Porque elegiste alzarnos y caminar sosteniendo nuestro peso.

Porque eras mucho más, que lo que podíamos abarcar con nuestros corazones.

Te puedo mencionar tantas cosas, que seguro vos ya sabes.

Recibí de tus acciones, como legado, la hermosa vocación de Ser Papá.

Eso te transforma en alguien bastante especial para mí.

No es sencillo, esto de proponernos hacer varias cosas al mismo tiempo.

Para vos resultaba muy fácil.

A mí me cuesta horrores.

Cada tanto, imagino como hubiera sido tenerte más tiempo con nosotros.

Capaz que te hubiera podido pedir Perdón por lo que te hice renegar de adolescente.

Capaz que con el tiempo hubiera aceptado mejor tus palabras.

Capaz hubiéramos compartido muchísimos momentos juntos, siendo amigos.

Tus nietas preguntan por vos.

Te conocen, aún sin haber tenido la oportunidad.

Necesito contarte, que se nota claramente tu presencia en ellas.

Papá, muchos de tus valores personales, son mi guía y fuente de inspiración.

Por carácter transitivo, ahora orientan a tu descendencia.

Es así Papá, no tiene mucho sentido hablar en pasado.

Miremos para adelante, porque nos queda mucho por hacer.

La sonrisa y la alegría que te caracteriza, se hace presente en este domingo de reunión familiar.

La antiquísima vocación de trascendencia, nos llena de energía, nos pone a caminar en la senda de tus logros.

Por eso hoy te agasajamos.

Queremos que te sientes con nosotros, aquí en la cabecera de la mesa.

Cuenta por favor, alguna historia de los abuelos, tus padres.

Mientras disfrutamos de esta exquisita comida, brindamos con vos.

Levantamos estas copas llenas, para honrarte en tu día.

Felicidades Papá!

Con mucho cariño.

Tu hijo.

Sin Palabras

Érase una vez que las personas quedaron sin palabras.

El lenguaje se había ido perdiendo. Las conversaciones se fueron apagando.

Esto tuvo un principio, cuando los seres humanos comenzaron a distinguir de manera diferente, lo que otrora significaba lo mismo.

Lo que para unos era una mesa, para otros empezó a ser una silla.

Entonces hubo personas sentadas sobre la mesa, comiendo alimentos sobre sillas.

Lo que para unos era una fruta, para algunos resultaba un árbol.

De este modo hubo personas subidas a frutas, degustando cortezas.

Lo que para unos era un número, para otros era una letra.

Así algunos sumaron letras, mientras los demás escribieron palabras hechas de números.

Lo que para unos era agua de un río, resultaba arena fresca para muchos.

Debido a esto, los sembradíos fueron grandes desiertos, que a su vez fueron lagos.

Lo que para unos eran preguntas, para casi todos eran respuestas.

Esto provocó que muy pocos se cuestionaran. Por lo tanto, ya nada sería creado.

La sucesión de desacuerdos, generó tamaña confusión, que la materia prima de la comunicación, que servía para identificar las cosas, los hechos, las acciones, los pensamientos, las emociones, los acuerdos, los compromisos, se hizo tan pero tan inasequible, que fue desapareciendo.

Como las personas no pudieron sostener palabras comunes, se hizo tan difícil entenderse, que las obras quedaron inconclusas, las relaciones acabadas.

Este apocalipsis de la palabra, que había sido anunciado por algún profeta, allá a lo lejos, ocurrió lenta pero inexorablemente.

Ya casi nadie pudo leer, porque los libros resultaban harto incompresibles.

Así el hombre volvió a su primitivismo original, aunque bastante más perdido, debido a tamaña involución.

Lo que muchos vaticinaban que ocurriría luego de un tremendo cataclismo, efectivamente hubo de suceder, pero de una manera mucho menos catastrófica, si se quiere. Al perder la palabra, el hombre extravió la descripción de los hechos, las declaraciones de amor y gratitud, las opiniones, las promesas.

Quedo aislado en su propio lenguaje, inaccesible para el resto, en una torre de babel de cuatro mil millones de idiomas.

Las personas perdían toda su energía en tratar de descifrarse infructuosamente.

Se escuchaban gritos ahogados, que sonaban como vocablos olvidados y derruidos, encajados en las cuerdas vocales.

Los muertos vivientes, eran zombies que no conjugaban ningún verbo.

De repente, el sonido estridente del despertador del celular que se sentía lejano, fue cobrando fuerzas. Me hizo recobrar de a poco mis sentidos.

Todo había sido una terrible pesadilla.

Revisé el móvil, por las dudas. Allí había palabras.

Prendí el televisor. En efecto aún sonaban en sus altavoces, audibles y disponibles, bellas y significativas palabras.

Sin embargo, me quedé un rato pensando.

¿Cuántas palabras nuevas he incorporado últimamente?

¿Cuáles términos he olvidado, reemplazando los mismos por emoticones?

¿Qué pensamientos que intentan expresar algo, no puedo concebir del todo, porque se me han ido perdiendo voces?

¿El insumo crítico para describir lo que acontece, ha perdido sinónimos, antónimos, expresiones centrales y de todo tipo?

La terminología técnica se está incorporando a velocidades agigantadas.

¿La terminología más humanizada se pierde a la misma tasa?

La simplificación de las expresiones:

¿Nos suma o nos resta posibilidades?

En un extremo tanto Gre Gre para decir Gregorio.

En el mismo sentido los maestros del discurso, esos oradores interminables, con sus adornos e inflexiones.

En el extremo opuesto, la expresión a través de símbolos binarios y muy poco sofisticados.

Con este mismo carácter, oraciones que no se entienden, ni cierran una idea.

En el medio, personas que intentamos comunicarnos, sosteniendo conversaciones, observando y observándonos con nuestros propios anteojos, individuales, únicos e irrepetibles.

Postulado social del lenguaje: construir una red de relaciones sostenidas por conceptos comunes identificados por palabras.

Desde expresiones tan simples, como un no, un sí, un te amo, un te perdono, un te agradezco, se articula la vida, la cual adquiere dimensión en los detalles profundos, de verbos que se conjugan para la convivencia.

Por eso el lenguaje, edificado a través de la palabra, puede recrear un mundo nuevo delante de nuestros ojos.

Terminó de despertar de la angustia del tremendo sueño. El de las expresiones ya no más disponibles.

Hurgo en mi cerebro, en busca de este bello retazo del libro, Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, el cual define a las palabras de esta manera:

…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

Sencillamente.

SIN PALABRAS.

ODIO

Pedro se levantó esa mañana, pleno de esa sensación de triunfo por lo sucedido.

Su resentimiento se había transformado en odio; de este sobrevino la bronca incontrolada, que hizo que rayara con una punta filosa el auto de su vecino.

Nadie lo había visto, pero él se había visto a sí mismo.

No eran nuevos sus enojos. El vecino lo había enfurecido, desde el mismo momento en que le pidió, según él de mala manera, que no escuchará música a tan alto volumen.

Parece que hubiera sucedido hoy, sin embargo, aconteció hace ya varias semanas.

Una siesta, alguien tocó su puerta bastante fuerte. Al abrir se encontró con su vecino, que lo miraba algo enojado. Les costaba escucharse, dado el sonido estridente que brotaba por todos lados.

Vecino: ¿Podes bajar la música? No podemos dormir y hemos pasado una mala noche con uno de los chicos

Pedro: No está fuerte. Yo no tengo la culpa si tu habitación está cerca.

Vecino: Te parece que no está fuerte, si casi estamos gritando.

Pedro: No seas exagerado. Usa tapones entonces.

Vecino: Hace como quieras. En un rato llamo a la Policía.

El vecino se dio vuelta y se marchó a su casa.

Pedro quedó mascando bronca. ¿Qué le pasa a este tipo? ¿Quién es él para decirme lo que tengo que hacer?

Bajó el volumen de la música, no sin antes dejarla unos cinco minutos a un nivel bastante más elevado, que hacía retumbar los vidrios.

La policía no llegó. No viene al caso, ya que desde ese suceso no saludó más a su vecino.

Se sintió derrotado y abatido, por haberse sentido obligado a bajar el volumen.

A partir de entonces, el pensamiento de vengarse por su pérdida de libertad lo tuvo en vilo. Buscó el momento justo para hacerlo.

Observó y controló los movimientos rutinarios de su vecino. Engancharlo descuidado con algo.

Al fin, al cabo de tres semanas, vio la luz.

Auto nuevo, estacionado en la vereda. Hermoso color. Tiene buen gusto parece. ¿Cómo hace la guita? Pensó.

Sumó a su resentimiento la envidia, que complementó de maravillas, la decisión de revancha.

Estudió durante varios días cuál sería el mejor momento de ajar la pintura.

Vislumbró que la ocasión más oportuna era cuando su vecino llegaba a la tardecita de trabajar. Dejaba el auto un rato en la calle, capaz fuera por si necesitaba salir a comprar algo.

Fue a su taller. Allí afiló un tornillo del diámetro apropiado. El rayón en la pintura tenía que ser visible. Ni muy grande, ni muy chico, de carácter perceptible.

Lo hizo, de callado. Ahora, mirándose al espejo se sintió un ganador.

Como cuando le escribió groserías a esa mujer que lo había rechazado.

Como cuando le tiró el café a ese cliente, que le dejó de comprar.

Como cuando no quiso colaborar con la colecta para la hija del compañero con problemas de salud, porque el tenía otra idea distinta para ayudar. Una mejor porque era de él.

No llevaba registro del tiempo que empleaba viviendo sus resentimientos y enojos, pero sabía que era prolongado.

Rencor, odio, enojo, ira, violencia, convivían en Pedro como un coctel explosivo.

Esas emociones condicionaban su vida, pero él no lo sabía. No conocía otra manera de ser.

Aunque en pareja, por la cual profesaba un profundo amor, vivía en su propio mundo de prejuicios y superioridad. Era un antisocial modernizado y rebelde, obsesionado por luchar con lo que, según él, no coincidía con su clara visión.

Extracto de “Breves Historias de Aversión y Odio”.

La vida cotidiana nos ofrece ejemplos de situaciones parecidas, donde confluyen los mismos elementos.

No creo haya mortal sobre la tierra, que no haya sentido aversión por algo o alguien.

Una emoción que nos mantiene como esclavos, encerrados en ese sentimiento, que nos limita y nos hace sufrir.

Lo odiado se transforma en objeto de obsesión.

Muchas veces la persona objeto del rencor, ni está enterada de lo que pasa. No tiene idea de la emoción de la que es objeto. Por lo tanto, esa emoción paraliza o motiva sólo al que la siente.

Sería ingenuo pensar que no se puede sentir rencor ante una situación extrema. Por ejemplo, no sentir rechazo por el asesino de un ser querido. Incluso mandar al olvido ese hecho. Sin embargo, podemos coexistir poniendo conciencia sobre esa emoción invalidante, evitando que trastoque nuestra vida.

Quedarnos anclados en la animosidad o resquemor, nos produce un gasto de energía y dilapida nuestro tiempo y acciones, en cuestiones cuando menos improductivas y dañinas para uno mismo.

La antítesis del odio, es el amor, un sentimiento mucho más ligado a la oportunidad que nos brinda la vida de trascender.

Es muy común escuchar la expresión: del amor al odio. La desilusión de un querer traicionado, o no correspondido deja secuelas tales, que sobreviene el rencor.

El perdón nos aleja del resquemor, y es una declaración tan poderosa, que libera al que acepta el perdón solicitado, diciendo: Te perdono.

No articular acciones con personas que nos hacen daño, es una salida mucho más sana, que vivir preso del rencor.

A veces nos hay opciones, pero aún nos queda abierta la posibilidad de discernir, que los sentimientos o actitudes de otros no me pertenecen a mí, por lo tanto, no las elijo.

¿Cómo andas de rencores?

¿Cuál es tu resentimiento?

Víctor Hugo, aquel magistral escritor sentencia:

odio

En un sentido parecido Ghandi nos dice:

odio 3

Vos que tienes para decir?

¿Ya no quedan próceres?

Las festividades de nuestra Patria nos remiten a la esencia de nuestro ser como Nación.

Este sábado celebramos que durante la jornada del 25 de mayo de 1810, un grupo de personas comprometidas, en representación de muchos, definieran las bases para establecer un Gobierno local de criollos.

Conseguir una identidad que nos represente no es tarea sencilla. El ADN argentino aún se sigue construyendo y modificando, a lo largo de esta historia de un poco más de doscientos años.

No soy historiador, ni sociólogo, por lo que puede resultar infructuoso y desmerecedor para aquellos que lo son, intentar elaborar una sinopsis del derrotero de nuestra idiosincrasia, nuestros gobiernos, nuestros avances y retrocesos.

Sin embargo, puedo reconocer que, a lo largo y ancho de nuestro suelo, podemos encontrar y rescatar la figura de aquellos líderes que, dejando de lado la mezquindad, trabajaron incansablemente al servicio de los demás.

Siguiendo arraigados ideales y valores como la libertad, la república, la justicia, la unidad, la patria, aparecen la figura de próceres centrales y poco discutidos: José de San Martín y Manuel Belgrano.

El 25 de mayo tiene a este último como partícipe activo de la Primera Junta Provisional de Gobierno, creada luego de la sucesión de un conjunto de acontecimientos, agrupados bajo el nombre simbólico de Revolución de Mayo.

La construcción de las figuras de estos próceres, copia la impronta de las comunicaciones y posibilidades de la época: boca a boca, escritos y cartas, más adelante libros, música y cine. Todo ello para realzar sus virtudes, su accionar y su vocación más allá de su propia persona.

Tuvieron adeptos y contrarios, aciertos y errores. Lo que rescatamos como concluyente, es su incansable vocación por hacer y proponer realidades nuevas y superadoras. Su basamento: la coherencia de expresar declaraciones fundacionales y accionar por y para que se concreten.

La trascendencia de estos hombres y mujeres, despojados de vanidades, tratando de incluir más que de excluir, abarca otras culturas, otras nacionalidades. Algunos con su inmensa labor, aún hoy, sirven de guía y faro para nuestro mundo global.

Con el devenir de los sistemas políticos, adquirieron más importancia las instituciones que las personas. La construcción de acuerdos que posibilita la institucionalidad de los sistemas democráticos, nos permite la convivencia, y la inclusión de todas las opiniones.

Los próceres y sus obras pueden ser equiparados a los cimientos, sobre los cuales se construye el edificio de la civilidad y participación institucional.

Son los líderes ciudadanos que con sus acciones, su impronta para hacer el bien, con sus fortalezas y debilidades, aprovechan las oportunidades y mitigan las amenazas.

Las redes sociales, entronizan y demonizan casi al miso tiempo, la labor de los que están al servicio de los demás.

¿Nuestros próceres, hubieran resistido que fueran virales sus proezas y flaquezas, típicas de su propia condición humana?

Resulta por demás fácil, expresarnos y emitir juicios de valor por las redes, no siendo responsables de fundamentar lo que decimos.

¿Será por eso que nos cuesta sopesar el accionar de nuestros líderes?

Los procesos de creación y desarrollo de sistemas sociales inclusivos, no son mágicos, ni espontáneos.

Requieren de la definición concreta de hacia dónde ir, valores que acompañen, expresados en un plan que involucra recursos humanos, técnicos y económicos, agrupados en torno a objetivos y metas.

La inmediatez y facilidad de los opiniones emitidas y replicadas, es sólo eso. No la podemos confundir con el tiempo y otros condimentos requeridos para llevar a cabo un programa estratégico como sociedad.

La comunicación e información suelen llegar antes que las acciones, incluso aún que las decisiones que las preceden. Necesitamos recuperar la perseverancia y paciencia para crecer aprendiendo de nuestros errores y apoyando a nuestros líderes.

Imaginemos un debate por redes sociales acerca de cruzar la cordillera de los Andes para liberar a Chile.

En lo personal creo que José de San Martín, como mínimo hubiera dudado de hacerlo.

¿La libertad de expresión, usando el mecanismo que sea, conlleva un ejercicio de responsabilidad por lo que se dice?

¿Cuál es tu opinión?

Ya no quedan próceres, se suele decir.

No estoy tan seguro de ello.

Creo que sí los hay.

Desapercibidos dentro de una enmarañada y confusa multiplicación de mensajes, existen liderazgos coherentes, de personas que conforman equipos humanos, con muchos tiros al blanco, y otros tantos afuera.

Ellos se esfuerzan día a día para generar nuevas propuestas.

La velocidad de transformación tecnológica, es un hecho a favor, pero al mismo tiempo nos exige revisar con mayor frecuencia lo que estamos haciendo.

Esta fecha de celebración de la gesta histórica del 25, nos invita a revisar nuestros procesos de reconocimiento y desaprobación del accionar propio y de otras personas.

Las críticas propias y ajenas, tienen que estar acompañadas de reconocernos como seres perfectibles y aprendientes, iguales y distintos, aceptando y construyendo desde las diferencias.

Instituciones, sin personas liderando no son viables, salvo en un proceso anárquico.

Personas liderando, sin el marco de referencia de los sistemas y valores sociales donde están inmersos, me parece que tampoco.

El sol del 25 viene asomando….

¿Será hora de una nueva Primera Junta?

¿Ya no quedan próceres?

Tan Volátil !

Este fuerte viento desarticula mis pensamientos, los volatiliza.

La mañana se ha empecinado en no quedarse quieta. La fuerza de este aire en movimiento, no deja rincón sin remover.

Las hojas que habían decidido quedarse aferradas, resistiendo al otoño, son desprendidas por manos invisibles y poderosas.

Los pájaros esperan mejores condiciones para levantar su vuelo. Son conscientes de su debilidad para enfrentar la tempestad. Vienen superando instancias de nidos destruidos, gastando una renovada energía para honrar su vida.

Por siglos han mantenido y acrecentado esa innata rebeldía, que los fortalece en entornos cambiantes y distintos, día tras día.

Cuidan sus pichones y procuran su alimento, manteniendo la alegría de su canto.

Me abstraigo por un momento de la figura de ese hornero, inmóvil y firme al lado de su casita.

Pienso en la primera vez que usé un pincel. No recuerdo exactamente que pieza de madera, fue mi primer lienzo a barnizar. Al terminar parcialmente la tarea, dejé el instrumento sumergido en el aguarrás contenido en un frasco.

Varias jornadas después, cuando quise utilizar de nuevo la herramienta, la encontré con sus cerdas endurecidas. El solvente había desaparecido, dejando una laca gruesa y solidificada al fondo del recipiente.

Lección aprendida, en la próxima ocasión, lavé el pincel lo mejor que pude, empleando el mismo disolvente. Si debía usarlo nuevamente, en un corto período de tiempo, lo dejaba empapado en el diluyente. De no ser así, procedía a lavarlo por segunda vez, antes de guardarlo, para garantizar que no se inutilizaran sus cerdas.

Tanto para el ave, como para el pincel, las condiciones del entorno son como vaporosas, ligeras e inestables.

Es probable que la aceleración de los ciclos meteorológicos, producto del aumento global de la temperatura de la tierra, genere un stress adicional de adaptación a nuestros amigos voladores.

Es posible que otros solventes duren más o menos tiempo, generando un efecto distinto sobre la conservación final de las propiedades del pincel.

Ahora propongo nos detengamos a analizar nuestro devenir actual.

¿El mundo está cambiando exponencialmente?

Hay suficientes hechos que lo demuestran.

  • Hiperconectados y con muchas posibilidades de comunicación.
  • Tecnologías obsoletas por minuto.
  • El conocimiento disponible e ilimitado.
  • Medicina robotizada.
  • Clonación de especies.
  • Expectativas de vida crecientes.

Proliferan situaciones volátiles, exponencialmente cambiantes e inestables.

¿Cuál es la clave?

¿Cómo hacemos para mantener el pincel en condiciones de ser utilizado?

¿Cómo nos transformamos en reconstructores permanentes?

¿Existe algún límite para la volatilidad?

No tengo respuestas, sólo ligeras presunciones, que son las partituras que trato de tocar.

Son mi interpretación de lo que que puede ser útil, nada más que eso.

Comunidad más que individualidad : en entornos cambiantes nuestra capacidad para accionar como equipo, amén de nuestros egos, nos dará mejores chances.

Creatividad más que rutina : lo que siempre hice así, tiene una fecha de vencimiento más corta. Necesito producir variantes.

Valores que nos guían : no puedo dejar de lado las creencias, aunque las mismas no sean aquellas que traigo del pasado y deba adoptar otras nuevas.

Aprendizaje sobre aprendizaje : lo que me habilitó ayer, aún conservado quizás no me habilite más en este presente.

Uso eficiente de los recursos : hay que ser maestros para ganar en calidad de vida, apostando a recursos cada vez más escasos.

Actor más que espectador : capacidad para ser un sujeto que genera posibilidades no sólo para él sino para los demás.

Visión crítica dentro de escenarios cambiantes : que la volatilidad no se transforme en un fundamentalismo.

Actitud para generar oportunidades : de la mano de las relaciones y mi grado de perseverancia, aparecen las posibilidades.

¿Esto garantiza el éxito?

No en todos los casos, pero al menos nos pone a rodar en esta ruta, dónde el camino para llegar a algún lado, cambia a cada rato.

Vuelvo a concentrarme en el hornero. Amainó el viento, apareció un poquito el sol. El ya no está más.

A los pocos minutos, regresa ufano con algo en el pico y se mete en su morada.

Ni lerdo ni perezoso, se encargó de su tarea, aprovechando la volatilidad.

Las chances parecen estar en estos entornos cambiantes.

Tenemos que adquirir maestría para tomarlas.

Podemos asimismo, generar nuevos escenarios, siendo los artífices de la transformación.

En cualquiera de los casos, quedarse de manos cruzadas no parece ser la opción.

Bienvenidos a la volatilidad !

 

El díficil arte de enojarse !

El enojo es una de las emociones más presentes desde nuestro nacimiento.

Recuerdo el haber sido un niño con bastante tendencia a la ofuscación. Me producía irritación que otros infantes no quisieran jugar, que mis padres no me compraran un juguete, una mala nota en el colegio, sólo por citar ejemplos comunes.

Durante la adolescencia, los enojos pueden ser más reiterados, impulsivos y derivar en situaciones complejas de violencia o descontrol.

Unida a la frustración y camino previo a la ira, a una edad más madura, el enojo se produce fundamentalmente, debido a aquello que se interpone con nuestros objetivos personales. Es por ello, que nos molestan situaciones, actitudes de otras personas, pedidos no satisfechos, errores propios y ajenos, metas que no alcanzamos.

Vivir enojado, puede resultar nocivo para mantener relaciones estables, conservar amigos, trabajo. Nos limita la oportunidad de expandir nuestras posibilidades.

En el otro extremo, no enojarse por casi nada, puede implicar la aceptación pasiva de agresiones. La exacerbación de la calma, puede atentar contra nuestra dignidad humana. Vale decir, ante una agresión manifiesta recibida, mantenerse sin decir palabra, puede resultar contraproducente.

La exasperación usada como un mecanismo de manipulación hacia los demás, es inconducente para mantener sanas relaciones humanas.

La calma fingida, utilizada como un mecanismo de simulación para mostrar equilibrio, es una condición de inautenticidad, que se puede caer por su propio peso.

Poner conciencia y detectar lo que nos está enfadando, nos permite encontrar una salida para no permanecer en esa emoción. De este modo evitamos entrar en la cólera.

No manifestar enojos a tiempo, puede derivar en el resentimiento, que prolongado en el tiempo nos lleva al odio.

El enojo reduce el espacio de posibilidades para accionar. Es espontáneo y una reacción impulsiva.

Poner conciencia de la limitación que produce, es clave para sortear obstáculos y conseguir metas.

En un sentido práctico, cuando nos disgustamos con alguien, estamos emitiendo una señal de alarma hacia el otro. Le estamos diciendo:

¡Oye esto que estás haciendo es inaceptable!

Ahora bien, si nuestro devenir no es acompañado de otras señales en sentido contrario, de que aceptamos determinadas cosas de los demás, la cuestión se torna poco sostenible.

Los orígenes del cabreo pueden ser muy variados:

Enojos amorosos en relaciones profundas entre personas.

Enojos en el entorno de la amistad por promesas incumplidas.

Enojos por desavenencias laborales o contractuales.

Enojos por inconductas a la hora de conducir.

Enojos por situaciones injustas.

Así podemos enumerar cientos de razones.

El común denominador de los motivos, es por lo general un disparador o sea algo que no esperaba. No estaba en mi radar.

Mantener una adecuada gestión de lo que nos irrita, nos puede llevar a tomar mejores decisiones.

Estoy enojado conmigo mismo, por que las cosas no me salen cómo quería:

  • concurro a terapia, buscando ayuda profesional.
  • busco la asistencia de un coach.
  • genero nuevas relaciones.
  • indago en otras personas que hacen lo mismo, para saber cómo lo hacen.

Poner conciencia sobre el enojo, me permite articular numerosas acciones posibles.

Es por ello que mi escrito de hoy tiene este título:

EL DIFICIL ARTE DE ENOJARSE

Hay que aprender de nuestros disgustos?

Sin lugar a dudas.

Estando en una situación de rabia, o frustración, es probable que al hablar ofendamos, o produzcamos un daño que puede ser irreparable. Al mismo tiempo si no manifestamos adecuadamente lo que nos enoja, el efecto puede ser nocivo para nosotros mismos.

El hilo es muy delgado, por lo tanto se puede romper fácilmente. Nosotros somos como equilibristas manteniéndonos arriba, muchas veces en situaciones distintas con personas diferentes, aunque con algunos elementos comunes.

Ser un maestro viviendo nuestras irritaciones y las de los demás, suena a utopía, pero cuando más nos acerquemos a bajar a tierra esta emoción, tendremos nuevas oportunidades para crecer.

¿Cómo andas de enojos?

¿Cuál es tu equilibrio en relación con los acontecimientos y otras personas que te disgustan?

¿Te sale fácil la cara de…..?

Hace miles de años, un filósofo de los más reconocidos nos regalaba una frase genial.

enojo

Tantas veces escuchamos:

¿Es tan difícil no enojarse por pavadas?

Depende las pavadas……

Un chiste malo para el final

enojo 1

No te enojes, por favor !

 

 

Trabajo y Salario

Juan concurre por la mañana a su trabajo, siendo puntual con el horario de ingreso.

Durante la jornada desarrolla sus actividades de manera regular, siguiendo procedimientos preestablecidos y otros no tanto.

El es un vendedor en una ferretería de la zona.

Básicamente atiende el mostrador.

Al negocio asisten a diario distintos tipos de personas con el propósito de comprar.

Textual:

Con los años adquirí habilidades para tratar de entender lo que me piden los clientes. La idea es atenderlos bien para que vuelvan.

Algunos los menos la tienen más o menos clara, porque se dedican a construir, refaccionar, arreglar artefactos. Son técnicos, instaladores o aprendices de algo.

Otros tienen la idea expresada como pueden, pero les falta el poder de decisión de hacer lo que uno les recomendó.

Tengo la mochila del inodoro que pierde, ya le puse eso que me dijiste, pero sigue perdiendo. No le puse lo otro que me pediste que colocara, porque pensé que no hacia falta. ¿Se lo pongo o vos que decís?

Otros ni la menor idea.

Vengo a buscar ese pendorcho que sostiene el calefón. No sé el nombre. Me lo dijo el instalador. No lo anoté. Me  dió la medida, pero tampoco me acuerdo. Si lo llamo y le paso el teléfono, usted habla con él y capaz lo pueda comprar. ¿Qué le parece?

Otros vienen enojados.

Es increíble. Le dije a Pedro, ese que vos me comentaste que era bueno, que me pasara el listado completo. Le llevé todo lo que me pidió, pero ni bien llegué, me dijo que se había olvidado de un caño entero de fusión de media. Vos podes creer el……..  A mi parecía que faltaba algo porque los caños que pidió eran grandes. Quiero terminar el trabajo hoy. ¿Hasta que hora están abiertos? Pregunto por las dudas.

Con el tiempo aprendí a entender lo que me piden los dueños.

Hay que sonreír y mostrarse atento, sobre todo. La gente nos compra no sólo por el precio, sino porque acá los atendemos bien.

Todo pasa por el sistema. De no ser así se hace difícil seguir los inventarios. Con la situación económica los tenemos que tener bajos. Sobre todo no puede faltar de lo que sale.

Si no hay clientes, nos dedicamos a ordenar los materiales.

¿Que te parece si vendemos además accesorios para piletas?

Buena esa que nos dijiste de no vender más esa marca de pinturas. Son baratas pero muy malas. Lo comprobé en mi casa. Al principio tenía dudas, cuando los clientes me decían que no rendía nada.

Ahora sé lo que quiero para trabajar bien.

Un buen sueldo, que me reconozcan las horas que hago demás. Si me hace falta plata que me presten.

Que me den cabida en alguna de las ideas que propongo. Sentirme reconocido.

Que me entiendan cuando ando mal porque me pasa algo a mí o a alguien de mi familia.

Que me permitan enseñar a los que ingresan. Que pueda aprender de lo nuevo. Que me den cursos.

Que den premios a fin de año, para los que sumamos en el equipo.

Que pueda opinar sobre lo que se vende y lo que no, para comprar lo útil.

Que me traten bien, así puedo estar contento.

Comentario final:

Yo me siento a gusto acá, porque hay un buen equipo. Chico y que rinde. Casi  siempre todos pechamos para el mismo lado. La plata está bien, siempre puede ser mejor, pero el resto vale mucho. Los dueños son piolas y muy humanos. No la tienen fácil hoy. No hay guita en la calle.

Cada trabajador posee experiencias diferentes. Es probable vos vivas en tu trabajo situaciones que se asemejen o se distancien. No lo puedo saber, ya que el universo es muy amplio.

Lo concreto, que  podemos encontrar en cada una de las vivencias laborales,  es que la mención del salario aparece cada vez con menos fuerza, respecto de lo monetario.

Por supuesto que la retribución en dinero es importante. Dependiendo del contexto económico, que da estabilidad y mejores posibilidades o no, las empresas pueden crecer y ampliarse. Eso les permite pagar bien y además retribuir con beneficios adicionales.

Si te cuesta llegar a fin de mes, el salario dinerario adquiere mucha relevancia. Ni que hablar para aquellos trabajadores no formalizados, con sueldos menores,  y precarizados o inexistentes extras o reconocimientos.

A pesar de ello, si nos adentramos en las vivencias de muchas organizaciones, del tamaño que sean, vemos que el trasfondo es más rico, existe mucho potencial.

Juan describe con sus palabras, lo que denominamos el componente emocional del salario o retribución emocional.

Las organizaciones modernas, del tipo que sean, basan su crecimiento en el resultado de sus negocios, alianzas locales y globales. El denominador común es que se sustentan y espanden por disponer de recursos humanos, comprometidos y motivados.

Para ello, conciben y diseñan el espacio laboral, acompañado de otros condimentos o beneficios que contribuyen al bienestar de las personas:

  • Flexibilidad horaria.
  • Teletrabajo.
  • Programas de incentivos.
  • Reconocimientos no dinerarios a los logros.
  • Guardería.
  • Gym y Estética.
  • Plan de carrera cubriendo expectativas.
  • Enseñanza de idiomas.
  • Espacios de liderazgo.
  • Programas de Innovación.
  • Mejoras estructurales y capacitación.
  • Actividades de relajación y anti stress.
  • Actividades sociales y recreativas.
  • Beneficios de salud extra convenio.
  • Reserva del puesto de trabajo en caso de ausencia prolongada.

El listado puede continuar, puedes quitar o agregar elementos.

Cada persona dentro de una misma organización humana,  puede tener distintas preferencias por unos u otros. La clave, es encontrar el equilibrio, que sea abarcativo, pero al mismo tiempo lo más individual que se pueda, de modo tal de satisfacer , aquello que hace estar bien a muchos.

La idea es marcar las diferencias entre el salario tradicional y el salario que percibe el trabajador, en términos de cómo él se siente trabajando.

Algunos, lo resumirían diciendo:

La clave es sentirse parte de la organización, incluido.

Otros , basados en estudios estadísticos nos traen:

«Según el iOpener Institute for People & Performance de Inglaterra, un trabajador feliz aporta un 65% más de energía a sus tareas diarias y está más comprometido con la empresa en la que trabaja».

No existen recetas, ya que cada cultura organizacional, basada en los valores que la guían, puede definir su propio estándar de felicidad en el trabajo.

Lo que resulta casi indiscutible,  es que la evolución de lo que se percibe como salario, marca un derrotero, que va bastante más allá de la paga recibida.

Los millenials lo tienen bastante claro.

Juan, a sus 35 años, parece que también.

¿Cuál es tu visión al respecto?

Resiliencia !

Este día otoñal nos trajo de regreso al sol. Ocupado, vaya uno a saber en qué, esa estrella que nos alumbra, se pasó varios días apenas espiando. Le costó casi una semana, ganar el partido a las nubes.

Aquí lo tenemos, radiante y diáfano. Aprovecho para secar al calor del astro rey, todo lo humedecido, incluyendo por cierto las pantuflas.

Mientras voy completando los traslados de elementos medio enmohecidos, se me viene, mitad a la mente, mitad al corazón, un recuerdo de mi vida. Lo que rememoramos, ha sido procesado en nuestro cerebro, que nos devuelve una versión modificada, teñida por las nuevas vivencias, cada vez que traemos algo del pasado.

Sin embargo, las emociones que estuvieron, sirvieron para  marcar a fuego, determinadas frases, instantes que no cambian.

Tienes que ser fuerte Marcelo. Llora todo lo que quieras, pero que las lágrimas no te quiten las ganas de seguir.

Sentada frente a mí, en la cocina de casa, me hablaba la esposa de un primo hermano, sobrino de Papá.

La penosa enfermedad  había finalmente vencido a mi padre. Su impensada partida nos había dejado anímicamente derruidos.

No hubo elección, ni chance alguna. En siete meses, pasamos sin escalas, de compartir una tarde de fútbol, con mi hermano Carlos Ariel, otros amigos y Papá Ramón, a hacer su despedida y duelo.

Con mis veintidós años, mi hermano Ariel de catorce, mi hermana Claudia algo mayor que yo, nos quedamos acompañando a nuestra mamá Ana, que enfermó de depresión.

Nos sobrepusimos al hecho del fallecimiento de Papá como pudimos. En mi caso, conviviendo con hermosas remembranzas, donde la alegría contagiosa  y las enseñanzas de él, se mezclaban con la inmensa tristeza de no tenerlo.

La fortaleza, a la que se refería mi prima, no fue la misma para cada uno de nosotros.

Superar la adversidad y buscar la mejor versión de uno mismo, es bastante personal.

En mi caso, pude culminar mis estudios universitarios, para alcanzar el título de ingeniero. Luego nos unimos para formar una familia con mi esposa Eugenia, madre de mis hijas, Emilia, Paula y Lucía.

Reconozco que nuestra existencia, viene acompañada de un combo de felices y otros duros momentos. Reflexiono que no son elegidos, sobre todo los que nos dan un mazazo repentino y seco. Suceden, de manera muy rápida, dejándonos mal parados y con un gran dolor a cuestas.

Quien más, quien menos, hemos transitado y transitaremos situaciones difíciles en nuestro devenir.

El impacto depende de cada persona. Un mismo hecho puede afectarnos de manera distinta.

¿Qué hace la diferencia?

La capacidad que tenemos para sobreponernos a las circunstancias  que se tornan muy cuesta arriba.

Esa fortaleza interior, que nos impulsa a salir, se distingue en la actualidad por el sustantivo resiliencia.

Más novedosa es la comprobación fundada en casos concretos, de que se trata una cualidad, como otras, que se puede desarrollar. Es un atributo, que si bien está dentro de nosotros, gran parte de su crecimiento y madurez se adquiere con la práctica.

Más relevante aún, es que ese aprendizaje deriva muchas veces de ejemplos cercanos, como padres resilientes u otros modelos a seguir.

Crecer en resiliencia implica cambiar hábitos y creencias.

Un buen uso de esta condición casi de invulnerabilidad, le ha permitido, a personas que están cerca del abismo, a dar lo mejor de sí para superar la adversidad.

¿Qué caracteriza a una persona con habilidad resiliente?

  • Distingue su potencial y sus limitaciones.
  • Confía en sus capacidades.
  • Piensa que una dificultad es una oportunidad de aprender.
  • Se maneja con optimismo.
  • Busca relaciones positivas y practica el buen humor.
  • No controla situaciones, sino vive con sus emociones amortiguadas por la conciencia.
  • Es flexible a los cambios.
  • Acciona de manera tenaz y constante.
  • Pide y da ayuda a los demás.

Es muy probable que este listado, te sirva como guía de comparación, para determinar cuan identificado estas con este carácter de resiliente.

Es válido mencionar, que puede que sea algo ideal, el hecho de cumplir con todos los distingos de la enumeración precedente.

La gama de matices, que nos acompaña en muchas áreas de nuestras vidas, se pone de manifiesto una vez más, para facilitarnos estar más próximo o apartado, dependiendo de las situaciones.

La cultura, la condición social, la economía, las relaciones, en las cuales estamos inmersos, ponen su granito de arena. Nos posibilitan acercarnos o alejarnos de nuestra meta de superación de obstáculos.

Soy un convencido de que podemos cultivar la resiliencia como beneficiosa para nosotros mismos,  como ejemplo para nuestros hijos y otros personas con las cuales ligamos afectivamente.

Asimismo, soy muy consciente de que las sociedades que han superado circunstancias tremendamente desfavorables, han resurgido robustecidas y renovadas.

Muchos episodios históricos lo demuestran.

En estos procesos se necesitó de personas resilientes, que lideraron y contagiaron el poderoso convencimiento de que se iba a lograr el objetivo.

En algún momento la caída es inevitable o al menos no elegible.

Lo importante no es caer, sino aprender a levantarse.

El final amerita este pensamiento.

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