Mientras esperábamos el arranque de la función, los músicos afinaban sus instrumentos, probaban acordes y ensayaban presurosos ante la inminencia de la gala.
Se podían divisar distintos instrumentos de viento, de madera y metal: flautas, oboes, clarinetes y trompetas. Se distinguían los timbales, con esa percusión estridente. En la zona central los más diversos instrumentos de cuerda: violines, chelos, contrabajos y un piano.
Un total, de aproximadamente sesenta músicos, conformaban esa hermosa orquesta de música sinfónica, cuyo nombre he tratado de recordar infructuosamente.
En el medio de este conjunto de herramientas musicales y personas, recorría y conversaba con todos ellos, un simpático personaje, vestido de gala como el resto, pero con una prestancia sin igual. Imaginaba, sin saberlo con certeza, que se trataba del director de orquesta.
Unos quince minutos más tarde, se bajó el telón, se apagaron las luces generales, quedando iluminada sólo una parte del escenario.
En ella se ubicaba el ya confirmado director, que moviendo su batuta fue dando entrada a los músicos e instrumentos. De esa manera, al son del inicio de la primera sinfonía, que si mal no recuerdo era de Puccini, toda la sala se fue iluminando con luz, contenida por refinados sonidos, acompasados, equilibrados y deliciosos.
El ritmo, la esencia, la sintonía, eran administrados celosamente por los movimientos de la varita mágica del director. El indicaba la intensidad, el momento, la secuencia, con que cada intérprete encajaba y seguía la partitura a rajatabla.
La sucesión de música vibrante, que llegaba al corazón, paró el tiempo por completo. No recuerdo cuanto duró la función, las finas y riquísimas notas, que se colaban por todos lados, inundaban el recinto que cobraba vida y trascendencia.
Al final, el director y su orquesta agradecieron bajo una catarata de aplausos repetidos.
Sin ser un especialista, ni siquiera un conocedor de la historia musical, o seguidor permanente de la música clásica, percibí que la orquesta había tocado de manera impecable. Numerosos comentarios de personas eruditas en el tema, así lo confirmaban. La belleza y armonía de los acordes musicales, habían producido el efecto de estar en alegría y bienestar.
Por analogía a un director de orquesta, durante las jornadas de clases, mujeres y hombres con vocación de enseñar, se paran frente a personas en formación, para transmitir y generar conocimiento.
Esta semana se celebra la vocación de ser Maestro.
La figura de la maestra o del maestro, significa mucho para el desarrollo personal y educativo de los pequeños y los no tanto.
En los lugares más alejados, montañas, pueblos recónditos, donde pocos quieren ser servicio, ahí emerge la estampa del maestro que hace las veces de director, enfermero, cocinero, padre, madre, abuelo, abuela, consultor, confidente.
El educador y pedagogo, usa su batuta para lograr inspiración en matemáticas, lengua, ciencias sociales y naturales, música, plástica. Descubre y asiste a cada integrante de su agrupación estudiantil, en el desarrollo de los más variados intereses, que profesan sus grandes mentes inquietas.
El instructor, da soporte emocional, pone su cuerpo, su lenguaje y su energía, con el propósito de que salgan a la luz las más exquisitas y disímiles competencias, de ese conjunto de individuos en proceso de formación.
He tenido y tengo la inmensa fortuna de disponer de abnegados mentores, que profesaron y profesan la afición de educar.
Mi gran amigo Ricardo, director de escuela, maestro rural, es puro servicio a la comunidad.
No puedo más que agradecer lo que me dan día a día.
Una carta escrita a una maestra de primaria, hace una sentida descripción de su indispensable función:
» Te queremos dar las gracias por habernos enseñado que la enseñanza no se aprende sólo a través de los libros, tú nos has enseñado que se puede transmitir a través de la diversión.
El primer día que llegaste, a todos nos causaste una gran impresión, puesto que eres la profesora más joven y moderna que hemos tenido. Tú nos has hecho las excursiones más divertidas que hemos tenido en la vida.
Sobre este curso 2010/2011, nos gustaría enumerar qué cosas nos han gustado de ti, las cuales han sido:
-Tu modo de enseñar, gracias al cual hemos podido comprender que la enseñanza no está solo en los libros.
-Oportunidades, porque nos han ayudado a cambiar.
-Que nos hemos conocido, gracias a lo cual hemos podido comprender a nuestros compañeros.
-Que aunque haya costado mucho esfuerzo y trabajo hemos conseguido que algunos compañeros hayan mejorado mucho la actitud.
-Los trabajos realizados, porque gracias a ellos hemos aprendido a trabajar en equipo.
-El apoyo que nos has dado durante el curso.
-Igualdad, con excepciones por problemas personales.
-La relajación, gracias a ella hemos podido estar más concentrados y más atentos.
-Excursiones, porque han sido las mejores que hemos hecho.
Te queremos y te agradecemos un montón «.
Esta misiva resume la función del educador y su trascendencia.
Se me ocurre preguntarte:
¿Quiénes son tus maestros?
En esa conexión única e irrepetible de maestro-alumno se forja la llama perpetua del aprendizaje y la superación.
¿A quién le das autoridad para que te ilumine?
Un proverbio de la sabiduría china, nos dice:
» Si estas planeando para un año, planta arroz; si estas planeando para una década, planta árboles; si estas planeando para una vida entera, planta educación «.
Un gran pensador, nos trae:
» La enseñanza es más que impartir conocimiento, es inspirar el cambio. El aprendizaje es más que absorber hechos, es adquirir entendimiento «.
En tiempos en que las cosas parecen ser poco duraderas, asoma el emblema del maestro, como aquel que nos devuelve rasgos de humanidad, y se pone al servicio para abrir puertas en nuestro interior-exterior.
La orquesta de aprendices, recibe cada día el hechizo de sus maestros.
» Todo el que recuerda su propia educación, recuerda a sus maestros, no los métodos o técnicas. El maestro es el corazón del sistema educativo «.
Brindo por ellos.









