A la edad de siete años no disponía de una gran experiencia para detener una marcha presurosa, sobre todo cuando hacía apenas unos días mis padres me habían regalado mi primera bicicleta. Esa falta de habilidad para contrarrestar la inercia, hizo que terminara enlodado en un gran charco de agua y barro, donde literalmente fui a parar de cabeza. Tamaña desventura no empañó la gran alegría de haber disfrutado de lo que percibía como una inmanejable velocidad en dos ruedas, que yo mismo podía generar.
El episodio fue una gran manera de descubrir el sabor del fango, además de su gran poder para manchar definitivamente la ropa. En realidad, eso ya la conocía con creces mamá Ana la cual no sabía si reír o llorar cuando me vio regresar, transformado en una mezcla de momia casera y chanchito feliz. No fue ni mi primera ni mi última caída durante muchos años de pedaleo.
Las bicicletas me acompañaron durante toda la niñez y la adolescencia. La distancia que separaba la ciudad de la zona rural donde vivía , sumada a la escasez de medios de transporte, eran mitigadas por el uso continuo del rodado que me permitía juntarme para estudiar, visitar amigos y salir los fines de semana. La ruta era bien peligrosa por su escaso ancho, camiones y camionetas que transportaban al mercado las hortalizas y frutas producidas en las chacras, grandes transportes que hacían la logística de las plantas de gas ubicadas varios kilómetros más adelante de nuestra quinta. El riesgo se completaba con una nula iluminación nocturna en ese tramo de poco más de tres kilómetros.
La tremenda oscuridad no me producía miedo, o quizás las ganas de divertirme en la ciudad superaba los temores a ser atropellado, o a ser mordido por varios perros que salían normalmente a mi paso. Mi bicicleta de adolescente, rodado 28, sólo se divisaba por los pedales con ojos de gato. Aún conservo una inmensa gratitud a la luna llena, ya que su luz era una gran fuente de visión durante mis regresos, casi de madrugada.
Terminado el secundario, luego del período durante el cual hice el servicio militar, sobrevino mi ingreso a la Universidad que se encontraba muy distante, lo que me dificultó seguir con la sana costumbre del pedaleo. Una vez recibido de ingeniero, con mi primer trabajo mis ingresos aumentaron, mutando mis anhelos de movilidad a la preferencia de las cuatro ruedas. Ahorrando como muchos lo hacen, me pude comprar mi primer auto. De ahí en más conté siempre con la posibilidad de moverme en automóvil, lo que me facilitaba combinar trabajo, nuevos estudios, la docencia universitaria y una relación afectiva con Eugenia, por fortuna mi esposa, quien era en esos tiempos mi novia.
La última bicicleta, esa fiel compañera de muchos años, quedó archivada sin más. Aún recuerdo que fue un regalo de mi padre cuando cumplí trece años. Simple, robusta y hermosa son calificativos que conservo en mi alma.
Luego de muchos años y como consecuencia de la pandemia, he vuelto a andar en dos ruedas después de poco más de treinta años. Mis hijas me las pidieron para ellas, sumándome entusiasmo para volver a pedalear, por lo que a la compra sume una para mí.
De este sencillo modo hace unos días que he recuperado movimientos, equilibrio, gasto de energía y fortaleza en las piernas. Es probable que no llegué a alcanzar una figura tan delgada y atlética como a mis veinte años, pero lo cierto es que es un disciplina muy buena para compartir en familia y con amigos.
La pandemia ha ocasionado que numerosas personas, prohibidas de hacer otras prácticas deportivas, vean en el ciclismo una posibilidad de mantener su estado físico, conservando su salud emocional. Esta explosión de demanda ha ocasionado que se hayan acabado rápidamente los stocks de bicicletas, indumentaria y accesorios, según manifestaba el presidente de una de las cámaras empresariales que asocia a los bicicleteros de nuestro país. Los ha sorprendido la gran cantidad de pedidos que las dificultades logísticas y productivas no les permiten cubrir al cien por ciento.
Al salir a pedalear se visualizan grandes pelotones de personas practicando el ciclismo de ruta con esas bicicletas super livianas, o bien el ciclismo más tipo montaña con bicicletas amortiguadas y ruedas más anchas. La proliferación es muy evidente y constante, lo que ha ocasionado que algunos circuitos se hayan llenado de entusiastas, semiprofesionales y expertos profesionales.
Un artículo que leí me resultó super interesante, ya que tildaba a los ciclistas de enemigos de la economía tal cual la conocemos. Basaba su explicación en que las personas al movilizarse sólo en bicicleta para cubrir todos sus menesteres diarios, no gastan su dinero en seguro para el auto, combustible, lavaderos, servicios de mantenimiento de talleres, repuestos. Por lo general gozan de buena salud, por lo que no invierten asimismo en medicinas, doctores e internaciones.
La pandemia ha modificado para bien costumbres respecto del cuidado e higiene personal, entre los cuales está el lavado de manos, no compartir utensilios, proteger con el codo los estornudos y al toser. Además, ha reflotado la importancia de concentrar una adecuada atención en la salud física para posibilitar una salud mental acorde.
Sin entrar en detalles sobre los efectos negativos de la pandemia, ya los medios en general se encargan de ello, pienso que es oportuno resaltar que algunas de las nuevos modelos, vivencias y convivencias que se han desarrollado ponen en foco cuestiones que estaban en un segundo o tercer plano en nuestras vidas. La importancia de los afectos, lo valioso del cuidado mutuo, y las prácticas de salud responsables, son sólo algunos de los que podemos citar.
Por otro lado, la legión de equilibristas en dos ruedas seguirá en aumento, siendo muy difícil de predecir si será sólo una moda pasajera o algo que vino para quedarse.
Con este viejo pero renovado hábito, he recobrado el sentir en mi corazón la alegría de subir a una bicicleta que me acerca a mi Papá y todo su cariño.
Con el aire pasando por mis pulmones, siendo mis piernas los motores que me impulsan, vuelvo a saborear el barro donde la cinética no contrarrestada me depositó hace muchos años. Los ojos verdosos de Ana me observan con esa combinación de enfado, incredulidad y amor.
Respiro aires de niño y me siento feliz.
Me envuelve la energía y magia de la adolescencia.
¿Acaso existe un precio para eso?








