Relatividad: la vida misma !

Un mecanismo completamente desarmado, una radio descompuesta en varias partes que se tornan inútiles, horas enfocando concentrando con una lupa los rayos de sol para comprobar sus efectos sobre una hoja de papel, la creación de un vivero de cristales en una solución de ácido sulfúrico concentrado, o inflar un globo con oxígeno obtenido de la electrólisis del agua desmineralizada. Quizás no eran los pasatiempos preferidos por muchos de mis compañeros o amigos, pero en mi caso me mantuvieron bastante ocupado durante parte de mi niñez y adolescencia. La curiosidad por descubrir cosas nuevas o aquello que se escondía detrás de la fachada de la materia, eran rasgos muy fuertes de mi temprana personalidad. Será por ello que finalmente me incliné por estudiar una disciplina científica, pero no asociada la investigación pura, sino más bien a la aplicada.

Entre los científicos que ocupan un lugar destacado por sus aportaciones concretas, y que ocupan un sitial destacado casi como famosas estrellas de cine, se encuentra sin lugar a dudas Albert Einstein. En especial y debido a mi inclinación por los experimentos y sus resultados concretos, este afamado científico ocupó desde siempre un sitial de preferencia a la hora de mis lecturas y tiempo dedicado a entender sus postulados. Desde que tomé conocimiento de su obra, he tratado, a veces con éxito y más veces con un disimulado, pero rotundo fracaso, de lograr una comprensión medianamente acabada de sus teorías. Esto explica porque habiendo tenido inclinaciones parecidas de joven, mis esfuerzos por descubrir lo que esconde la materia, no hayan sido acompañadas por esa maravillosa intuición científica que poseía Albert, produciendo que, en mi caso, haya alcanzado límites mucho más humanos, tremendamente alejados de la brillantez del genio de Einstein.

Tanto a mí, como a otros millones de personas, nos queda el consuelo de que aún hoy, separados por más de cien años desde que sus principios fueron publicados, la ciencia aún está confirmando su validez con experimentos que comprueban lo que aquel científico despeinado predecía tanto tiempo atrás en el pasado. Otra singularidad puede ser que, en la época en los cuales sus leyes vieron la luz, el mundo científico no se rindió inmediatamente a sus pies, debido a que la simpleza con la que se escribieron sus postulados, contradecía lisa y llanamente al intrincado mundo de los hombres de ciencia, los cuales publicaban trabajos para que sólo lo comprendieron un reducido grupo de entendidos.

La teoría de la relatividad de Albert Einstein es famosa por su predicción de fenómenos bastante extraños pero reales, como el envejecimiento más lento de los astronautas respecto a las personas que vivimos en la Tierra y el cambio en la forma de los objetos a altas velocidades.

La verdad es que, si leemos una copia del artículo original de Einstein de 1905 sobre la relatividad, este artículo es de lectura bastante fácil. El texto es sencillo y claro y sus ecuaciones son, en su mayoría, álgebra: nada que presente un problema para un estudiante de cualquier instituto. Es más, Albert siempre necesitó de la colaboración de compañeros matemáticos para que lo ayudarán a expresar acabadamente sus ideas, ya que la matemática y cálculo diferencial no eran precisamente su fuerte.

Eso se debe a que el objetivo de Einstein nunca fue elaborar una estrafalaria teoría matemática. Le gustaba pensar de forma visual, creando experimentos en su mente e intentando solucionarlos en su cabeza hasta poder ver las ideas y los principios físicos con una claridad cristalina. Sus archivos llevaron incluso al FBI a investigar sus documentos.

Ahora, más de 100 años después de que el genio presentara su ecuación sobre la gravedad, el equipo de investigación del Instituto Max Planck de Radioastronomía (MPIfR), en Alemania, ha probado nuevamente y de manera precisa que Einstein tenía razón.

“Estudiamos un sistema de estrellas compactas, un laboratorio inigualable para probar las teorías de la gravedad en presencia de campos gravitacionales muy fuertes. Para nuestro deleite, pudimos probar una piedra angular de la teoría de Einstein, la energía transportada por ondas gravitacionales», afirma el autor del estudio Michael Kramer.

Los investigadores explican que las observaciones no solo están de acuerdo con la teoría, también demostraron efectos que antes no se podían estudiar, como la llamada danza de los púlsares.  “Seguimos la propagación de fotones de radio emitidos por un faro cósmico, un púlsar, y rastreamos su movimiento en el fuerte campo gravitacional de un púlsar», explica Ingrid Stairs de la Universidad de British Columbia, en Vancouver (Canadá).

Con velocidades de aproximadamente un millón de kilómetros por hora, es su movimiento rotando entre sí lo que puede usarse «como un laboratorio de gravedad casi perfecto».

Investigadores de todo el mundo continúan con sus esfuerzos para encontrar desviaciones en la relatividad general, lo que abriría una ventana a la nueva física más allá de nuestra comprensión teórica actual del universo.

Sus descabelladas predicciones de la relatividad acerca del comportamiento de la materia, el espacio y el tiempo han probado ser correctas durante 100 años consecutivos.

Para entonces, el desprecio mal disimulado de Einstein por los métodos educativos rígidos y autoritarios de su Alemania natal ya le había supuesto la expulsión del equivalente actual de instituto, por ello mudó su casa a Zúrich con la esperanza de asistir a la Escuela Politécnica Federal (ETH). Sin embargo, Einstein decidió que primero asistiría durante un año a una escuela en Aarau, una ciudad cercana, para prepararse. La institución hacía hincapié en métodos vanguardistas como el pensamiento independiente y la visualización de conceptos. En ese entorno feliz, pronto empezó a preguntarse cómo sería correr junto a un rayo de luz.

Einstein ya había aprendido en la clase de física qué era un rayo de luz: una serie de campos eléctricos y magnéticos oscilantes que se mueven a 299 792 458 metros por segundo, la medida de la velocidad de la luz. Si corriera junto a un rayo de luz a esa velocidad, razonaba Einstein, podría ser capaz de observar una serie de campos magnéticos y eléctricos oscilantes justo a su lado, que en el espacio serían aparentemente estáticos.

Pero eso era imposible. Para empezar, dichos campos estáticos violarían las ecuaciones de Maxwell, las leyes matemáticas que codificaban todo aquello que conocían los físicos del momento sobre la electricidad, el magnetismo y la luz. Las leyes eran (y son) bastante estrictas: cualquier onda en los campos tiene que moverse a la velocidad de la luz y no puede permanecer estática, sin excepciones.

Y lo que es peor: los campos estáticos no encajarían con el principio de relatividad, una noción que los físicos han asumido desde los tiempos de Galileo y la era de Newton en el siglo XVII. Básicamente, la relatividad afirmaba que las leyes de la física no podían depender de la velocidad a la que te movieras; todo lo que podías medir era la velocidad de un objeto en relación a otro.

Pero cuando Einstein aplicó este principio en su experimento mental, originó una contradicción: la relatividad dictaba que cualquier cosa que pudiera ver mientras corriese junto a un rayo de luz, incluyendo los campos estáticos, también debería ser algo que los físicos de la Tierra pudiesen crear en el laboratorio. Pero nunca se había observado algo así.

Einstein dio vueltas a este problema durante otros 10 años, durante sus años de universitario en la ETH y tras mudarse a Berna, capital de Suiza, donde se convirtió en examinador en la oficina de patentes suiza. Allí fue donde consiguió resolver la paradoja de una vez por todas.

Medición de la luz desde un tren en movimiento

Einstein puso a prueba todas las soluciones en las que pudo pensar, pero nada funcionaba.Empujado por la desesperación, empezó a pensar en una noción simple pero radical. Las ecuaciones de Maxwell funcionan para todo, pensó, pero quizá la velocidad de la luz siempre haya sido constante.

En otras palabras, cuando ves pasar volando un rayo de luz, no importa si su fuente se mueve hacia ti, se aleja de ti o se desplaza hacia un lado, ni tampoco importaría la rapidez a la que se mueve dicha fuente. Siempre medirías la velocidad del rayo a 299 792 458 metros por segundo. Entre otras cosas, eso significaba que Einstein jamás podría ver campos estáticos oscilantes, porque nunca podría atrapar ese rayo de luz.

Esta era la única forma en la que Einstein podía reconciliar las ecuaciones de Maxwell con el principio de relatividad. Aun así, en un principio parecía que su solución tenía un gravísimo defecto. Einstein explicó posteriormente el problema mediante otro experimento mental: imagina disparar un rayo de luz a lo largo de una vía férrea mientras un tren circula en la misma dirección a unos 3200 metros por segundo.

Alguien que esté junto a las vías mediría la velocidad del rayo de luz mediante el número estándar: 299 792 458 metros por segundo. Si la velocidad de la luz no fuera constante, las ecuaciones de Maxwell tendrían que funcionar de forma diferente dentro del vagón de tren y se habría violado el principio de relatividad, concluyó Einstein.

Esta aparente contradicción dejó a Einstein devanándose los sesos durante casi un año. Más adelante, en una hermosa mañana de mayo de 1905, se dirigía al trabajo con su mejor amigo, Michele Besso, ingeniero al que conocía desde sus días como estudiante en Zúrich. Ambos estaban debatiendo el dilema de Einstein, algo que hacían con frecuencia. Y de repente, Einstein vio la solución. Trabajó toda la noche y cuando se volvieron a ver la mañana siguiente, Einstein le dijo a Besso: “Gracias. He resuelto completamente el problema”.

La revelación de Einstein consistía en que los observadores en movimiento relativo experimentan el tiempo de forma diferente: es perfectamente posible que dos acontecimientos tengan lugar de forma simultánea desde la perspectiva de un observador, pero que ocurran en momentos diferentes desde la perspectiva del otro. Y ambos observadores estarían en lo cierto.

Einstein ilustraría posteriormente este argumento mediante otro experimento mental. Imagina que de nuevo tienes un observador que está junto a las vías mientras pasa el tren. Pero este momento, un rayo alcanza el primer y último vagón justo cuando pasa frente a él el vagón central del tren. Debido a que ambos impactos ocurren a la misma distancia del observador, su luz llega al ojo al mismo tiempo. Así que este observador puede afirmar sin equivocarse que ambos han sucedido de manera simultánea.

Mientras tanto, el otro observador está sentado en el punto medio exacto de este tren. Desde su perspectiva, la luz de ambos impactos también tiene que viajar la misma distancia, y del mismo modo medirá la velocidad de la luz como igual en ambas direcciones. Pero debido al movimiento del tren, la luz que procede del rayo en el vagón de cola tiene que viajar más distancia hasta el observador, alcanzándolo unos instantes más tarde respecto a la luz procedente del primer vagón. Debido a que los pulsos de luz han llegado en momentos diferentes, dicho observador solo puede concluir que los impactos no han sido simultáneos y que el impacto frontal sucedió primero.

En resumen, Einstein se dio cuenta de que lo que es relativo es la simultaneidad. Una vez aceptas eso, todos los efectos extraños que asociamos a la relatividad son simplemente una cuestión de álgebra.

Einstein redactó rápidamente sus ideas en un estado de euforia extrema y envió su artículo para que fuera publicado pocas semanas después. Le otorgó un título (Sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento) que reflejaba su lucha por reconciliar las ecuaciones de Maxwell con el principio de la relatividad.  Como conclusión incluyó un agradecimiento a Besso (a quien agradezco por algunas sugerencias valiosas) lo que garantizó a su amigo ser recordado por la posteridad.

Masa y Energía

Sin embargo, este primer artículo no fue el último. Einstein siguió obsesionado con la relatividad durante todo el verano de 1905 y en septiembre envió un segundo artículo como una especie de idea adicional.

Estaba basado en otro experimento mental. Imagina un objeto en reposo, escribía. Ahora imagina que espontáneamente emite dos pulsos de luz idénticos en direcciones opuestas. Este objeto permanecerá quieto, pero debido a que cada pulso transporta cierta cantidad de energía, el contenido de energía del propio objeto disminuirá.

Ahora bien, decía Einstein, ¿cómo vería este proceso un observador en movimiento? Desde su perspectiva, el objeto simplemente seguiría moviéndose en línea recta mientras los dos pulsos echan a volar. Pero, aunque la velocidad de los pulsos sería la misma (la velocidad de la luz) sus energías serían diferentes: el pulso que se mueve hacia delante, en la dirección del movimiento, tendría una energía mayor que el que se mueve hacia detrás.

Mediante fórmulas algebraicas, Einstein demostró que para que todo esto fuera coherente, el objeto no solo tiene que perder energía cuando emite estos pulsos de luz, sino que también tendría que perder un poco de masa. O, en otras palabras, la masa y la energía son intercambiables.

Einstein escribió una ecuación en la que relacionaba ambos conceptos. Empleando la notación actual, que abrevia la velocidad de la luz mediante la letra c, creó la que probablemente sea la ecuación más famosa de la historia: E = mc2.

Relatividad General, fama y ocaso creativo

Aunque casi a regañadientes, el mundo académico acabó rindiéndose al genio de Einstein. Desde su puesto de profesor en Zúrich se planteó el reto de introducir la gravedad en el escenario relativista. En 1915 estaba muy cerca de alcanzar su objetivo cuando descubrió que el matemático David Hilbert se había propuesto completar la teoría antes que él. Estalló así uno de los períodos de mayor tensión mental de su vida.

Para no aburrir con tantos detalles técnicos, podemos decir que fue finalmente Einstein el que ganó la pulseada con unos pocos meses de antelación por sobre el matemático. Finalmente fue posible comprender el efecto que la gravedad tiene sobre el equilibrio del cosmos, y como la masa tiene la fuerza para desviar un rayo de luz de su trayectoria, todos efectos que surgen de su teoría de relatividad general y los campos de energía gravitatoria.

La tensión con Hilbert finalmente se subsanó cuando en una carta dirigida al matemático finalmente este le escribía:

“Se ha producido una cierta hostilidad entre nosotros, cuya causa no pretendo analizar. He luchado contra el sentimiento de amargura que ha despertado en mí y lo he vencido por completo. Vuelvo a pensar en ti con un afecto sobre el que no pesa sombra alguna y te ruego que hagas lo mismo conmigo”.

Una vez levantado el andamio de las ecuaciones relativistas, Einstein se aplicó a pintar su imagen personal del universo. La cosmología, una ciencia dominada hasta entonces por la especulación, dio con él un paso de gigante. La confirmación experimental, en 1919, de la desviación de la luz bajo la acción de la gravedad convirtió a Einstein en una celebridad de la noche a la mañana.

Luego sobrevendría la etapa en que mientras se apagaba su estrella creativa, se acrecentaba la dimensión pública de Einstein. Se convirtió en una figura patriarcal, crítica y respetada, pero de quien se emancipaban las nuevas generaciones de físicos. Inmune al desaliento, se lanzó en solitario a la conquista de una teoría no cuántica capaz de reconciliar electromagnetismo y gravitación. Jamás lo logró, lo mismo que todos los científicos que lo subsiguieron hasta la actualidad en alcanzar una teoría que explicara todos los principios físicos contenidos desde una átomo hasta la inmensidad del espacio, uniendo la gravitación, el electromagnetismo y la mecánica cuántica.

Al final de su vida, Einstein adquirió la dignidad de un santo laico. Tras dos conflictos mundiales, que legitimaron la guerra química y el pánico nuclear, la admiración por el progreso científico se había teñido de espanto. Para toda una generación desencantada, la figura del sabio distraído y de pelo alborotado, que abogaba por el desarme y predicaba la humildad intelectual frente a la naturaleza, suponía una última oportunidad de recuperar la fe en una ciencia humanista. En el apogeo de su popularidad, cuando se convirtió en una imagen icónica que sacaba la lengua a los fotógrafos, Einstein había cumplido setenta y dos años, edad a la que finalmente murió.

Los puntos oscuros de su biografía se centran en la relación con su primera mujer, Mileva Marié, y dos de sus hijos, Lieserl, que nació de manera semiclandestina antes del matrimonio y fue dada en adopción, y Eduard, frente a quien mantuvo una actitud ambivalente tras conocer que padecía una enfermedad mental. Para muchos queda el retrato de un ciudadano ejemplar, un pacifista que plantó cara a la Primera Guerra Mundial, al nazismo y al macartismo, con una vida personal no tan ejemplar.

Una vida relativamente común, ordinaria y con desapegos personales, para un genio de la relatividad, podría ser la mejor frase que encierra sus contradicciones existenciales.

En una entrevista concedida en 1949, se animó a vaticinar:

“Ignoro con qué clase de armas se combatirá en la Tercera Guerra Mundial, pero en la Cuarta serán palos y piedras.”

Para cerrar un pensamiento que define su no concepto de la autoridad, extraído de una carta a otro científico:

“Una fe insensata en la autoridad es el peor enemigo de la verdad.”

Lecciones aprendidas !

Existe un consenso cuasi generalizado de que los individuos y cualquier organización va adquiriendo madurez o mayor experiencia a medida que salen airosos de eventos de distinta naturaleza, los cuales pueden ser ciertamente positivos o negativos, éxitos o fracasos, buenos, malos o mediocres. Del mismo modo, existe una visión compartida acerca de las virtudes del aprendizaje en todo momento, de cuán importante es capitalizar los aciertos, los errores, los logros y los retrocesos, en un sinfín de eventos, los cuales pueden ser rutinarios, ordinarios o extraordinarios.

Que haya acuerdos comunes no implica per se que tanto a nivel personal (en conversaciones con uno mismo) o nivel grupal (en conversaciones relacionales), existe una cultura apropiada que nos permita acumular esa riqueza inmaterial que se torna concreta y material cuando de vivir nuevas situaciones se trata. Vale decir que estar de acuerdo no implica necesariamente que empiece a funcionar algo según esas maneras de ver comunes.

Es posible encontrar un viejo adagio que reza: “el éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano”. Si hacemos una mirada introspectiva nos daremos cuenta que no siempre mantenemos con nosotros mismos un equilibrio o mesura a la hora de evaluar nuestras fortunas y falencias. Tiene que ver con cómo nos relacionamos con nuestro ego, y cuán capaces somos de desarticular viejos y nuevos paradigmas, o modas de pensamiento y accionar. En el caso de un equipo humano, es común encontrar percepciones de equipo ganador o perdedor, sin saber muy bien a qué se debe ello. Una sucesión de logros, algunos de los cuales no tienen una causalidad definida, nos predispone a vernos como exitosos. En contrapartida, una sucesión de fracasos, sin motivos debidamente analizados, nos hunde en la más profunda de las sensaciones de derrota.

Nuestras emociones nos juegan a favor y en contra dependiendo de los resultados de nuestras acciones, ya que algo catalogado de exitoso nos invita a pertenecer y por el contrario algo que no resulta beneficioso, nos invita a alejarnos. Al equipo ganador muchos se quieren sumar, mientras que al perdedor es común que le quede sólo algún distraído o muy convencido de que las cosas pueden cambiar.

¿Cómo aprender del éxito y del fracaso?

Si uno se abstrae de los resultados, y se mete más de lleno en los procesos, es posible encontrar comportamientos comunes en el éxito y en el fracaso, los cuales en principio no marcarían la diferencia en los resultados. Esos comportamientos pueden ser individuales o grupales. Una misma persona puede poner dedicación escasa o casi nula en un equipo que obtenga un resultado positivo o negativo. Otro individuo puede llegar tarde a las reuniones para organizar las tareas y eso no influir en el resultado final obtenido. Por lo general algunas conductas pasan desapercibidas o tapadas por el resultado, tanto sea este bueno o malo. Encontramos en ambos casos integrantes activos, o pasivos, poco o mucho comprometidos, concentrados o desconcentrados, líderes y seguidores, todos colaborando en un entorno común. En el otro extremo, en todos estos mismos equipos, existen en apariencia otros comportamientos , que también pueden no estar ligados al resultado, y que a priori serían sumamente beneficiosos para obtener una buena nota. Sin embargo, esto tampoco garantiza tener un equipo con avidez de aprendizaje.

Entonces, ¿qué marca la diferencia, a la hora de decir:, formo parte de un equipo o soy una persona habituada a vivir la cultura de “lecciones aprendidas”?.

Creo que existen algunos pocos, pero sustanciosos elementos que son útiles para desarrollar una cultura de aprendizaje y crecimiento, ya sea a nivel individual o de equipo.

  • La importancia de generar un sistema dónde se puede almacenar, documentar, crear, difundir y reexaminar todo lo que hacemos, que incluya cuando lo amerite análisis profundos y pormenorizados de las situaciones problemáticas que atravesamos.
  • Organización, planificación, recursos de todo tipo, puestos en torno al objetivo común que queremos alcanzar.
  • En el caso de un equipo, la conformación con integrantes de diferentes miradas, y con conocimientos concretos en la teoría y en la práctica (Hacer), que pueden enseñar sobre las mejores maneras de….
  • Amortiguar emociones entendiendo que conseguir algo es un proceso, que conlleva éxitos y fracasos parciales.
  • Generar ambientes donde se celebren los logros, sin caer en la euforia o la creencia de que y está. Si algo nos salió bien es garantía de que todo seguirá igual o que un desacierto nos garantiza el fracaso.
  • Propender a una cultura de conversaciones fluidas, sinceras, en torno a valores y conductas compartidas, conviviendo con los consensos y disensos dentro de un marco de respeto.
  • Reconocer al individuo y al equipo, sin descuidar ni lo uno ni lo otro.
  • Gestionar ambientes flexibles, adaptables con liderazgos que puedan ser útiles, dependiendo de las circunstancias y de lo que es mejor para…..

Las lecciones aprendidas son una manera de minimizar la no repetición de errores, pero al mismo tiempo son una forma sencilla de caer en la efímera sensación de triunfalismo.

Los procesos de aprendizaje forman parte sustancial de cualquier desarrollo de proyectos y existen varias guías de sistematización, que terminan resultando bastante útiles para la dirección y ejecución de proyectos de cualquier índole y envergadura.

En muchos de ellos se menciona la necesidad de organizar periódicamente “reuniones de lecciones aprendidas”, donde es posible discutir sobre los pormenores y detalles positivos y negativos del desarrollo de los proyectos, buscando encontrar elementos virtuosos para repetir y negativos para evitar.

Les dejo a continuación algunos tips para estos “talleres de lecciones aprendidas”, sacadas de una de las guías utilizadas para llevarlos a cabo:

  • Aprender sólo requiere decisión.

Es lo esencial para desarrollar un taller de lecciones aprendidas y enriquecerse del conocimiento que existe en el equipo. El sitio, la forma de la reunión, e incluso el tiempo, surgen como consecuencia de esa decisión.

No importa qué tan grande sea su equipo o su influencia en la organización. Sólo se requiere que tenga la decisión para llevar adelante un encuentro con su equipo.

  • Como organizador del taller, guíe, pero no condicione.

Es probable que las actitudes de los miembros del equipo se vean sesgadas por la presencia del organizador, que suele ser el líder o jefe del proyecto. Es importante enfrentar la reunión con una actitud positiva y abierta que promueva el diálogo y el disenso.

  • Utilice el humor

Si el equipo no muestra mucho entusiasmo en la actividad, puede recurrir al humor para que la gente se sienta más cómoda. Evite hacer chistes sobre alguien en particular, para que esta persona no se sienta incómoda.

  • No haga minutas, extraiga conclusiones

El taller de lecciones aprendidas es un espacio para aprender, conocer y enriquecer el saber profesional a partir de los que comparten los miembros del equipo.

  • Salga de la zona de confort

“Deberíamos mejorar la comunicación” es la primera conclusión de la mayoría de estos talleres. La comunicación se ha convertido en la zona de confort, en la respuesta por defecto, en la que todos los participantes coinciden, y sobre la que pocos actúan.

Para finalizar les comparto una frase que me pareció genial:

“Experiencia no es lo que le sucede a un hombre. Es lo que un hombre hace con lo que le sucede”.

Aldous Huxley

Liderazgo sólido en un mundo líquido !

Hace unos días encontré un interesante artículo sobre las condiciones necesarias para desarrollar el liderazgo fuera y dentro de las organizaciones en este mundo de cambios exponenciales.

Si bien este tema ya fue abordado hace casi una década atrás, adquirió mayor relevancia en el entorno de la pandemia. A partir de esa lectura busqué material suficiente como para intentar encontrar las concordancias, discordancias y elementos a tener en cuenta para abordar este tema desde varias perspectivas.

Existe la empresa líquida, tiempos líquidos o sociedad líquida. Entonces, ¿a qué se refiere este término? Siendo muy simplistas, se trataría de entender que vivimos en un mundo que exige fluidez para adaptarnos a un entorno que cambia con suma rapidez. Atrás quedaron las organizaciones estables y “sólidas” propias de otro siglo.

El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término de mundo líquido para definir el estado fluido y volátil de la actual sociedad, sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos.

Según Bauman están haciendo agua desde los Estados a las familias, pasando por los partidos políticos, Gobiernos que ya no mandan, los puestos de trabajo que antes nos daban seguridad y que ahora no sabemos si durarán hasta mañana.

El mundo está inmerso en lo que se ha venido a llamar la cuarta revolución industrial y en una disrupción tecnológica que junto con indudables avances también está produciendo intensos desafíos de todo tipo: sociales, económicos y, por supuesto, personales. Vivimos en un entorno VUCA, que, traducidos al español, se refieren a entornos volátiles, inciertos, complejos y ambiguos.

La mayoría de los expertos en desarrollo de capital humano coinciden en que hay que entrenarnos como líderes líquidos para surfear las olas dentro de mundos líquidos.

¿Qué cuestiones son claves para asumir un rol de líder líquido?

ADAPTABILIDAD

Los cambios aparecen cada vez con mayor rapidez con un entorno profesional en constante movimiento. Un día estás trabajando en la oficina y al siguiente puedes pasar un año trabajando desde casa. Los líderes líquidos sufren menos estos reveses típicos de los entornos VUCA. En lugar de aferrarse a lo establecido o bloquearse ante lo nuevo, el líder líquido rápidamente busca soluciones.

Fomentar equipos que buscan constantemente cómo mejorar aquello que existe predefinido en la organización. Por tanto, es recomendable rodearse de personas que no se marcan límites y “piensan fuera de la caja”. Tener este tipo de equipos requieren de líderes capaces de no sentirse cuestionados por alterar lo que está establecido. No es otra cosa que aceptar nuestra vulnerabilidad. Los modelos de organizaciones actuales requieren de líderes que sean capaces de aceptar que no son perfectos y no lo pueden controlar todo.

Los resultados cuando se fomentan entornos colaborativos son, por lo general, brillantes pues se basan en ese pilar tan importante como es la inteligencia colectiva.

INTELIGENCIA EMOCIONAL

Como en cualquier crisis, las personas navegan por un sinfín de emociones y la pandemia no ha hecho más que mostrárnoslo de una forma más clara. Desde la negación inicial al no creerse que había llegado hasta nuestro país, la rabia posterior por las decisiones que nos iban afectando, la tristeza de perder personas, cosas y libertades que eran importantes para nosotros y finalmente el miedo a lo que podía ocurrir.

Un líder líquido es consciente de ello porque reconoce en sí mismo, y en los demás, todas esas emociones sin disfrazarlas. Dedica tiempo a preguntar ¿cómo estás tú? y ¿cómo están tus seres queridos?. Sin inteligencia emocional, difícilmente se consiguen objetivos. Básicamente porque las personas, en plena crisis, están luchando, huyendo o bloqueados. Así es la respuesta innata del estrés.

Si quieres una acción que retenga el talento, un líder líquido debe cuidar emocionalmente su equipo.

RESILIENCIA

Una vez que se reconocen y regulan las emociones, podemos plantearnos qué respuesta vamos a dar a este entorno cambiante. La mayoría de las personas se queda en modo “supervivencia” esperando que la tormenta pase y todo vuelva a la normalidad.

No somos ni superhéroes o superheroínas ni máquinas. Lo que nos diferencian de ellos son las emociones. Muchos líderes olvidan esto en las crisis. Cuando caen los resultados, se olvidan de la humanidad. Siempre he afirmado que las personas no olvidan cómo les tratan en los malos momentos y abandonan el barco cuando las aguas se calman.

Un líder líquido acepta los cambios. La aceptación es reconocer que se pierden cosas importantes para nosotros. No minimiza lo que suponen los cambios, sino que se transforma con ellos.

En lo personal y dada mi experiencia profesional yo agregaría una cuarta cualidad necesaria.

COHERENCIA

Generar confianza aún en ambientes que no ofrecen puntos de referencia, nos pide al menos que mantengamos con nosotros, aquellos valores que puestos en pensamientos, palabras y acciones nos muestren gestionando desde el sentido común, y la fidelidad a acuerdos básicos de convivencia y respeto mutuo.

Solidez en lo líquido

Parece paradójico, pero incluso en entornos tremendamente cambiantes es posible desarrollar fundamentos sólidos. No es sencillo, porque hoy todo cambia continuamente, nada parece permanecer, todo se basa en adquirir para usar y tirar para poder volver a adquirir lo último, lo nuevo, hasta que llegue algo más nuevo… En este panorama lo consistente tiene una ardua batalla que librar para sobrevivir.

Ante esta tesitura y, siguiendo las propias palabras de Zygmunt Bauman, la clave para lograr el equilibrio en una vida líquida: “sostener ligeramente lo que se vaya presentando y soltarlo con elegancia, o lo que es lo mismo, fluir elegantemente con la vida”.

“El contrasentido del cambio es que, precisamente, tanto cambio inconsistente está generando una resistencia generalizada al cambio, un no cambio o un cambio ineficaz o insostenible.”

En un mundo que está viviendo la esquizofrenia permanente del cambio, si este no se gestiona con consistencia, de la incertidumbre pasamos al miedo y de este a la paralización, la huida o el enfrentamiento continuo.

Por eso estamos tan necesitados de verdaderos líderes que sean capaces de afrontar sin miedo la vulnerabilidad del mundo líquido que vivimos.

Necesitamos líderes consistentes. Un nuevo líder consciente en un mundo líquido. La consistencia de un líder da lugar a su credibilidad, y esta es la que genera la confianza para que otros se movilicen en torno a él, en búsqueda de consejo, de inspiración, de luz, de opinión, de compañía para hacer el camino. La confianza se gana a través del ejemplo.

Estos líderes consistentes y conscientes, además de las cuestiones clave que vimos en el punto anterior, requieren ejecutar acciones tales como:

  • Fijar objetivos y planes futuros claros, transparentes, viables, inclusivos

No se trata sólo de evocar visiones, sino de que estas sean convincentes; que las personas vean que se pueden hacer tangibles, porque se les ha explicado con claridad cómo hacerlo o las posibilidades para ello, y qué papel tienen cada uno en esa misión. Además, para fijar esa visión, así como el objetivo y los planes para lograrla, se ha tenido en cuenta a todos, a las diferentes voces y culturas de la organización.

  • Eliminar lo superfluo.

Lo que suponga agravios comparativos, los excesos, lo innecesario se elimina. Hay que centrarse en lo importante, lo relevante, lo que verdaderamente aporta valor para todos y para la consecución de la meta común. No permitir tratos de favor, privilegios, despilfarros, apropiaciones indebidas de recursos, logros o méritos, actuaciones interesadas que solo benefician a uno y perjudican a otros, manipulaciones, falsificaciones, abusos de poder, discriminaciones, chismes, rumores. Todo ello es una fuente de contaminación emocional y ética que acaba destruyendo cualquier proyecto en común.

  • Afrontar de forma abierta, transparente, valiente e inclusiva los problemas.

Afrontar los problemas, aunque sean difíciles y teniendo en cuenta a todas las partes implicadas. No mirar para otro lado, esperar a que pasen, a que otros los solucionen, a que se olviden. Ser firme en la exigencia de responsabilidades y compromisos, no tolerar los comportamientos no éticos, dañinos, que vayan en contra de los valores y compromisos asumidos.

  • Tomar decisiones que no sean contradictorias.

Comportarse de acuerdo a las decisiones tomadas y a las promesas realizadas, tanto explícitas como tácitas. No generar expectativas que no se pueden cumplir. Alinear las decisiones con la meta y con los valores. Reflexionar constantemente sobre los resultados, efectos, y consecuencias de nuestras decisiones para someterlas al juicio de la consistencia y aprender a mantenernos en él.

  • Ejemplificar

En cada palabra, en cada mensaje, en cada acción, en cada gesto, en cada símbolo los valores que se predican. Alinear la meta con las acciones que se proponen para conseguirla.

Ser claro e inequívoco en lo que se dice, verbal y no verbalmente, no tergiversar, ocultar, insinuar, edulcorar; todo ello generar confusión y conflicto.

  • Tener en cuenta las diferentes sensibilidades, opiniones, ideas, enfoques

Escuchar, observar, dialogar. Permitir que todos puedan expresarse, con respeto y claridad, interesarse por su punto de vista, tenerlo en cuenta; lo cual no significa ni compartirlo ni ajustarse a él, pero sí incluirlo en la toma de decisiones de forma razonada y congruente.

  • Acompañar y desarrollar la consistencia prestando el apoyo necesario a otros para que comiencen a practicarla

y para que se mantengan en el camino de lograrla. Esto requiere de alta dosis de motivación, empatía, autorregulación emocional, paciencia y comprensión. Ser consistente es un arduo camino de esfuerzos y tiempo, quien comienza esta aventura será acechado por numerosas tentaciones, sombras, dudas, insatisfacciones, recaídas. Estar ahí para recordar que no está solo, que puede seguir adelante, que existen muchos caminos para lograrlo, que comprendemos la dificultad pero que estamos ahí para ayudarle a superarla, es otra forma más de ser consistente.

Más allá de todas estas recomendaciones existe una cuestión central a tener en cuenta, que es que las organizaciones humanas o empresarias tienen un ADN y culturas que las hacen únicas, por lo que exigen una adaptación de los modelos, que también tendrá que ver con cuan volátiles o estables sean los ecosistemas en los cuales se desenvuelvan. No todas las recomendaciones son aplicables o desechables y también hay que tener en cuenta esto a la hora de generar los cambios de liderazgo que pretendan hacer más sustentable una organización.

Evaluar una empresa como un hecho aislado, sin considerar el cúmulo completo de redes y relaciones en las cuales opera, puede ser un error que agregue problemas y no soluciones consistentes.

Para finalizar les dejo una reflexión de Ronald C. Stern que nos invita a pensar:

“Ahora vivimos ya en la sociedad del conocimiento y hemos cambiado del estado sólido al líquido, donde cada cosa está en cualquier sitio. No existe ya un enfoque vertical para el liderazgo, la jerarquía debe estar al mínimo porque necesitamos un enfoque horizontal paralelo. El liderazgo real es horizontal porque la mentalidad del líder debe ser tratar con voluntarios”.

Máquinas como Dioses!

Alan Turing pese a su corta existencia fue uno de los científicos más influyentes del siglo XX. De eso no hay ninguna duda, ya que los conceptos teóricos de su máquina universal sentaron las bases para los desarrollos posteriores de la computación, los ordenadores e inteligencia artificial. Continuando con la narración y análisis de la semana pasada, está bueno ir más allá de él, pensando si en realidad los ordenadores pueden o no reemplazar a las personas. Se trata de una vieja discusión que para ser aclarada requiere del conocimiento de expertos.

Sin embargo, hay algunas cuestiones básicas con las cuales podemos entender el fenómeno sin ser grandes conocedores en la materia.

Lo primero que es bueno poner en la palestra es que lo computable termina siendo una simplificación extrema que se puede representar y operar con bytes, vale decir números binarios o combinaciones de 0 y 1. Alan Turing llegó a ese nivel de entendimiento desde su conocimiento elevado de matemáticas y del álgebra de Boole. En matemática, electrónica digital e informática, el álgebra de Boole, también llamada álgebra booleana, es una estructura algebraica que esquematiza las operaciones lógicas.

Se denomina así en honor a George Boole (1815-1864), matemático inglés autodidacta que fue el primero en definirla como parte de un sistema lógico, inicialmente en un pequeño folleto de 1847, The Mathematical Analysis of Logic, publicado en respuesta a una controversia en curso entre Augustus De Morgan y sir William Rowan Hamilton. El álgebra de Boole fue un intento de utilizar las técnicas algebraicas para tratar expresiones de la lógica proposicional. Más tarde fue extendido como un libro más importante: An Investigation of the Laws of Thought on Which are Founded the Mathematical Theories of Logic and Probabilities (también conocido como An Investigation of the Laws of Thought o simplemente The Laws of Thought​), publicado en 1854.

“Las interpretaciones respectivas de los símbolos 0 y 1 en el sistema de lógica son Nada y Universo”. Es una frase que pertenece a George Boole y simplifica su propuesta de accionamiento lógico. En la actualidad, el álgebra de Boole se aplica de forma generalizada en el ámbito del diseño electrónico.

Esta lógica se puede aplicar a dos campos:

  • Al análisis, porque es una forma concreta de describir cómo funcionan los circuitos.
  • Al diseño, ya que teniendo una función se aplica dicha álgebra para poder desarrollar una implementación de la función.

El ALGEBRA DE BOOLE es un formalismo que conlleva a la creación de FUNCIONES LÓGICAS donde las mismas relacionan una variable binaria de salida con una o más de entrada. Dichas funciones se basan en una serie de postulados y teoremas que imponen las reglas de juego entre dichas variables. Así como existen los operadores matemáticos: +, -, x y /, existen los operadores lógicos AND, OR y NOT. Con combinaciones entre estos tres operadores se pueden implementar cualquier función lógica posible.

«and» significa «y», indica que se cumplan ambas condiciones; «or» significa «y/o», indica que se cumpla una u otra condición (o ambas); «not» significa «no», e invierte la condición a la cual antecede.

Solo por citar ejemplos sencillos:

Si queremos recuperar todos los libros cuyo autor sea igual a «Borges» y cuyo precio no supere los 20 pesos, necesitamos 2 condiciones:

select * from libros

where (autor=’Borges’) and

(precio<=20)

Los registros recuperados en una sentencia que une 2 condiciones con el operador «and», cumplen con las 2 condiciones.

Queremos ver los libros cuyo autor sea «Borges» y/o cuya editorial sea «Planeta»:

select * from libros

where autor=’Borges’ or

editorial=’Planeta’

En la sentencia anterior usamos el operador «or»; indicamos que recupere los libros en los cuales el valor del campo «autor» sea «Borges» y/o el valor del campo «editorial» sea «Planeta», es decir, seleccionará los registros que cumplan con la primera condición, con la segunda condición o con ambas condiciones.

Queremos recuperar los libros que NO cumplan la condición dada, por ejemplo, aquellos cuya editorial NO sea «Planeta»:

select * from libros

where not editorial=’Planeta’

El operador «not» invierte el resultado de la condición a la cual antecede.

Con estos ejemplos sencillos es posible apreciar que lo que es computable es ciertamente un campo acotado, y para intentar salir de este atolladero en 1985, un científico israelí de la Universidad de Oxford, David Deutsch (n. 1953), propuso una «máquina de Turing cuántica«. Aunque su estructura es muy similar a una convencional, la diferencia más notoria radica en que en lugar de procesar ceros. y unos, es decir bits, la máquina de Deutsch procesa qbits (bits cuánticos). Mientras que la máquina de Turing ha sido la base conceptual de los ordenadores actuales, la máquina de Turing cuántica lo será de una nueva generación de ordenadores, los ordenadores cuánticos.

Aunque Turing no propuso una versión de su máquina basada en principios de la mecánica cuántica, lo cierto es que en vida estuvo al tanto de las ideas y avances principales de la mecánica cuántica, una de las ramas de la física que explica la materia y la energía. En su libro “Maquinaria de Computación e Inteligencia” Alan Turing esbozó la frase: “Solo podemos ver poco del futuro, pero lo suficiente para darnos cuenta de que hay mucho que hacer.» Pensaba en estas cosas, mientras se planteaba si habría alguna faceta del cerebro humano, por ejemplo “la voluntad”, que pudiera ser explicada por mecanismos no convencionales en los circuitos neuronales.

Sus ideas no andaban muy lejos de las de otros genios de la época, como las del matemático Kurt Godel, quien pensaba que, en ciertas etapas de la demostración de un teorema matemático, el hombre recurre a la “intuición”, la cual no puede ser representada mediante un algoritmo, y por tanto, programada en una máquina de Turing. Desde entonces han sido varios los científicos que han pensado que tal vez algunas funciones del cerebro solo pueden ser explicadas a la luz de procesos cuánticos en las células cerebrales o neuronas. A finales del siglo XX, el físico británico Roger Penrose (n. 1931) y el médico estadounidense Stuart Hameroff (n. 1947) pensaron que la “consciencia humana” podría ser explicada por procesos cuánticos en estructuras formadas por proteínas, los llamados microtúbulos, presentes dentro de las neuronas. Por consiguiente, no solo la voluntad, la intuición o la consciencia serían explicables por fenómenos de la mecánica cuántica, sino también la capacidad del cerebro humano para resolver problemas no computables.

La conclusión a la que conducen estas consideraciones es ciertamente apasionante y no es otra que hasta la fecha «el cerebro es la única máquina capaz de resolver problemas tanto computables como no computables». Los primeros son aquellos que pueden resolverse mediante un algoritmo, es decir, con una máquina de Turing universal o un ordenador. Los segundos son aquellos problemas que no pueden ser resueltos de forma algorítmica y, por consiguiente, con un ordenador. Por ejemplo, podríamos escribir un programa de ordenador que, utilizando el método babilónico, o series de Taylor, nos imprimiera todos los decimales de raíz cuadrada de 2 o los decimales del número pi.

Sin embargo, no hay algoritmos con los que un ordenador pueda escribir todos los números decimales de otros muchos números reales con una secuencia infinita de dígitos decimales. Otro ejemplo de problema no computable es el que consiste en determinar la trayectoria de un electrón desde un punto A hasta otro B.

Un experimento sencillo con el que demostrar cómo el cerebro humano es capaz de detectar casi al instante que un problema no es computable es intentar encontrar dos números pares cuya suma sea impar. Transcurridos unos segundos ya habremos concluido, tras apenas hacer mentalmente unas pocas pruebas, que no existe solución para dicho problema, mientras que resulta imposible escribir un programa de ordenador que sea capaz de llegar a ninguna conclusión. Y que esto sea así no es una cuestión de la pericia del programador o del número de instrucciones de que conste el programa.

En un problema computable, por ejemplo, escribir los decimales del número pi, algunos aspectos resultan muy curiosos, como que el número de instrucciones del programa que generará la secuencia del número pi será más corta en longitud que la secuencia de decimales que genera. Los ordenadores cuánticos serán en su día los que romperán esta limitación de las máquinas de Turing, de manera que podrán tratar indistintamente, como hace nuestro cerebro, problemas computables y problemas no computables en el sentido tradicional. Una máquina de Turing cuántica puede reproducir cualquier clase de computación, ya sea cuántica o tradicional. Los ordenadores cuánticos también permitirán resolver problemas del mundo real en los que actualmente hay serias dificultades, pues requieren el cálculo de un número de ecuaciones y variables tan grande que no pueden tratarse con los ordenadores actuales. Por ejemplo, los modelos climáticos o complejas reacciones químicas ilustran esta clase de situaciones. El cifrado de mensajes con algoritmos cuánticos permitirá que las transacciones comerciales por Internet u otros medios sean completamente seguras. Por supuesto, como ocurrió en el pasado y ocurre en la actualidad, un área de aplicación serán los usos militares, por ejemplo, en la simulación de la explosión de armas nucleares. En inteligencia artificial ya hay modelos de neuronas artificiales cuánticas. Su capacidad será de gran utilidad en el desarrollo de modelos y simulaciones en disciplinas como la astronomía, la física y la química. También tendrán aplicaciones en la industria del entretenimiento, por ejemplo, en la realización de efectos especiales en el cine.

Un ordenador cuántico es una máquina que, a diferencia de uno convencional, basa su funcionamiento en fenómenos cuánticos.

Se trata de fenómenos naturales que no pueden ser explicados por la física convencional; su explicación requiere de una teoría alternativa, la mecánica cuántica, capaz de explicar satisfactoriamente lo que ocurre en la estructura básica de la materia, los átomos.

Pese a lo que pudiera parecer, estos fenómenos se manifiestan en nuestra vida diaria. Gracias a ellos podemos explicar, por ejemplo, por qué un objeto es sólido, las propiedades físicas de los materiales o los colores.

Mientras que un ordenador representa los datos como secuencias de unos y ceros, es decir bits, los ordenadores cuánticos, como ya adelantamos anteriormente, lo hacen con qbits. La posibilidad de construir un ordenador cuántico se remonta a 1982, a partir de las investigaciones del célebre físico Richard Feynman, el primer científico en concebir esta clase de ordenadores. En la actualidad su diseño está todavía en sus primeros pasos. Hasta la fecha se han realizado algunos experimentos con unos pocos qbits. También se han diseñado simuladores que emulan esta clase de ordenadores en otros convencionales, pero para que uno convencional pueda ejecutar un algoritmo cuántico, necesita una gran memoria y una gran capacidad de cálculo, además de otras prestaciones de hardware. Sin embargo, los experimentos que se pueden realizar son más bien sencillos, lo suficiente para familiarizarse con esta tecnología. Estos simuladores se tienen que limitar a unos pocos qbits, ya que resulta imposible con la tecnología actual almacenar, por ejemplo, 500 qbits.

¿cómo funciona un ordenador cuántico?

En primer lugar, como ya sabemos, la información se almacena como una secuencia de qbits. A diferencia de un bit, cuyo valor es 0 o 1 o sea en estado – «apagado» o «encendido»- , un qbit puede tener un valor igual a 0, 1 o cualquier otro estado superpuesto, es decir, puede estar simultáneamente apagado y encendido, entre 0 y 1.

El estado actual de avance de los ordenadores cuánticos es muy limitado, aunque el proceso no se detiene.

En el año 2011 la empresa canadiense D-Wave Systems anunció la venta del primer ordenador cuántico comercial, bautizado como D-Wave One. Según la empresa, su ordenador disponía de un microprocesador de 128 qbits. Ese mismo año un equipo de investigadores de Estados Unidos, China y Japón anunció que esta clase de ordenadores pueden construirse según el modelo clásico de arquitectura de Von Neumann. En 2012 la empresa IBM anunció que también había realizado avances significativos hacia la construcción de una máquina de estas características. Más de medio siglo después, se repite aparentemente el mismo escenario que tuviera lugar tiempo atrás con ENIAC, Colossus y los otros ordenadores. Sin embargo, esto no es del todo así, ya que la construcción de un ordenador cuántico es un proyecto con tantas dificultades que en esta ocasión investigadores de distintos países han aunado esfuerzos, formando equipos multinacionales y dejando así atrás la competencia entre países. Entre sus aplicaciones, además de la criptografía, se espera que puedan realizarse experimentos de simulación con gran realismo, por ejemplo, las interacciones de los medicamentos en el cuerpo humano, la realización de cálculos en áreas como la física, la química o la astronomía, o su aplicación a problemas matemáticos de cierta envergadura, como es la factorización de grandes números.

En la actualidad han sido propuestos varios modelos de redes neuronales artificiales, cuyas neuronas están simuladas con puertas cuánticas, lo que abre la puerta a futuras investigaciones de lo que podríamos denominar como inteligencia artificial cuántica. Otra de las aplicaciones es la obtención de números aleatorios que sean “verdaderamente aleatorios” como si tales números hubieran sido obtenidos con un bombo de lotería.

La repentina desaparición de Alan Turing en 1954 no le permitió concluir sus investigaciones en la Universidad de Manchester. Durante su estancia en dicho centro abordó el diseño de modelos de circuitos neuronales con los que estudiar la que él definió como “maquinaria inteligente” en referencia al cerebro humano. En el mismo año de su muerte dos investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Belmont Farley (1920-2008) y Wesley Clark (n. 1927), fueron capaces de lograr con éxito la simulación en ordenador de redes de 128 neuronas capaces de reconocer patrones sencillos tras una fase de entrenamiento. Además, observaron que, si se eliminaba un 10% de las neuronas, la red no perdía su capacidad de reconocimiento de patrones. El modelo, ciertamente muy elemental, consistía en neuronas conectadas unas con otras al azar, asociando a cada conexión un valor de peso, y el circuito neuronal se comportaba de manera similar a una red neuronal humana.

A partir de estas simulaciones surgieron otros modelos de redes neuronales artificiales, por ejemplo, las redes con retro propagación, con las que es posible reconocer letras, números, fotografías, etc., de una manera más eficaz. En la actualidad, tanto las redes sencillas como aquellas con retro propagación son ampliamente utilizadas en la vida diaria, por ejemplo, en la clasificación del correo electrónico para evitar correos no deseados -los famosos spam-, en el reconocimiento del habla e imágenes, en el reconocimiento del electroencefalograma (EEG) humano, en el reconocimiento del latido cardíaco del feto para distinguirlo del de la madre, y así muchos ejemplos más. Desde hace años las redes neuronales artificiales han sido “construidas” en circuitos integrados, los llamados neurochips, formando parte de tarjetas que pueden ser incorporadas a un ordenador u otra máquina · con el fin de desarrollar aplicaciones o sistemas inteligentes en problemas tan variados como los citados anteriormente o, por ejemplo, en problemas de índole financiera. Ha hecho falta que transcurriera más de medio siglo para que las ideas de Turing acerca de la maquinaria inteligente formen parte de nuestra vida cotidiana.

Una vez desarrolladas las redes neuronales, con suficiente capacidad de aprendizaje, vale decir de reexaminar decisiones en función de los resultados, previendo e intuyendo situaciones y resolución de problemas, la distancia entre un cerebro humano y una máquina inteligente será cada vez más difusa y difícil de determinar, dando lugar a una nueva era, donde quizás los seres humanos ya no sean los seres más inteligentes del planeta, cediendo el lugar a mentes inteligentes artificiales ya no tan robotizadas o mecanizadas.

El legado de Turing y su máquina universal de computación no deja de crecer, abarcando ámbitos impensados y adquiriendo mayores capacidades de resolver problemas cada vez más complejos.

La ciencia ficción cada vez tendrá mayores dificultades para encontrar nuevos relatos futuristas, porque los postulados fantasiosos ya no lo serán tanto.

La idea de «Hombres como Dioses», será reemplazada o complementada por la de por «Máquinas como Dioses».

Sólo es cuestión de tiempo…. y verás.

Decir «NO» a la bomba!

Como ha sucedido tantas veces algunas historias o figuras históricas quedan relegadas al olvido. Los motivos son varios y variados, aunque muchas veces tienen que ver con el género, la religión, la raza o porque coinciden en el tiempo con otras historias o personajes que adquieren mayor relevancia, la cual puede ser real o magnificada por otros intereses políticos, sociales o económicos.

Durante las vacaciones familiares de este verano, recorriendo librerías me encontré con una colección de libros denominada “GRANDES IDEAS DE LA CIENCIA”. Esta colección impresa desarrolla temas vinculados con numerosos científicos exitosos y es en cierta forma una biografía científica, (si es que existe esta categoría) de la vida y obra de cada uno de ellos. Cada uno de los libros tiene unas 170 páginas de una lectura decididamente amena (para los que tienen un mínimo de formación académica o científica), siendo cada uno de ellos escrito por un científico vinculado con el área de desarrollo científico del texto.

En su presentación comercial, es posible leer un argumento de venta tal y como: “Una colección de libros única, rigurosa y didáctica, para conocer las teorías que explican el mundo a través de la vida de los científicos que la descubrieron”.

La colección es muy numerosa e interesante y se compone de 50 volúmenes, que para para mi como observador algo entrenado y curioso sobre la materia me resultan muy atractivos:

1. Einstein. La teoría de la relatividad.

2. Newton. La ley de la gravedad.

3. Heisenberg. El principio de incertidumbre.

4. Max Planck. La teoría cuántica.

5. Feynman. La electrodinámica cuántica.

6. Turing. La computación.

7. Schrödinger. Las paradojas cuánticas.

8. Boltzmann. La termodinámica y la entropía.

9. Bohr. El átomo cuántico.

10. Galileo. El método científico.

11. Gauss. La teoría de números.

12. Kepler. El movimiento planetario.

13. Pitágoras. El teorema de Pitágoras.

14. Copérnico. El heliocentrismo.

15. Arquímedes. El principio de Arquímedes.

16. Fermat. El teorema de Fermat.

17. Laplace. La mecánica celeste.

18. Gödel. Los teoremas de incompletitud.

19. Marie Curie. La radiactividad y los elementos.

20) Euclides. La geometría.

21. Faraday. La inducción electromagnética.

22. Euler. El análisis matemático.

23. Dalton. La teoría atómica.

24. Rutherford. El núcleo atómico.

25. Maxwell. La síntesis electromagnética.

26. Fermi. La energía nuclear.

27. Leibniz. El cálculo infinitesimal.

29. Lavoisier. La química moderna.

30. Cantor. El infinito en matemáticas.

31. Kelvin. La termodinámica clásica. La física entra en calor.

32. Dirac. La antimateria. El reflejo oscuro de la materia.

33. Meitner. La fisión nuclear. Uranio partido por dos, igual a energía.

34. Hilbert. Las bases de la matemática. En el principio fue el axioma.

35. Von Neumann. La teoría de juegos. Piedra, papel, teorema.

36. Tesla. La corriente alterna. La electricidad tiene un doble sentido.

37. Ampère. La electrodinámica clásica. Objetos eléctricos aún no identificados.

38. Huygens. La teoría ondulatoria de la luz. Un rayo atrapado en una onda.

39. Helmholtz. La conservación de la energía. Sin fecha de caducidad.

40. Hooke. La ley de Hooke. Estiramientos para recuperar la forma.

41. Riemann. La geometría diferencial. La matemática traspasa fronteras.

42. Gamow. El big bang. El conocimiento en expansión.

43. Helmholtz. La conservación de la energía. Sin fecha de caducidad.

44. Fisher. La inferencia estadística. Probablemente sí, probablemente no.

45. Pauli. El espín. Los electrones bailan.

46. Boyle. La ley de Boyle. Bajo presión.

47. Poincaré. La topología. Las matemáticas pierden las formas.

48. Landau. La superfluidez. / La física que surgió del frío.

49. Cavendish. La constante gravitatoria. / Pura atracción.

50. Chandrasekhar. La evolución estelar. Ha muerto una estrella.

Puede ser discutible si no habría que agregar o quitar alguno, pero creo que en general esta colección nos trae una visión coloquial de los grandes hacedores del devenir científico tecnológico de la humanidad.

Por el momento solo pude acceder sólo a tres de los cincuenta volúmenes. El primero referido a Turing, sobre la idea central de “pensando en máquinas que piensan”, lo pone a este célebre descifrador del código “Enigma” que torció el devenir de la segunda guerra mundial al poder dilucidar los mensajes encriptados de las fuerzas armadas alemanas, como el gestor intelectual de las bases teóricas de los primeros ordenadores (computadoras) mediante el uso de los principios de su «máquina universal U». El segundo sobre Einstein y su teoría de la relatividad, centrado en el concepto de que “el espacio es una cuestión de tiempo”. El tercero y que dará origen al tema central de hoy, está basado en la vida y obra de Heisenberg, el científico alemán que le propinó un cambio de sentido a las bases de la mecánica cuántica, con su famoso principio de incertidumbre, que lleva precisamente su nombre. La idea de apertura del libro está basada en una pregunta muy interesante: “¿Existe el mundo cuando lo miras?”.

Yendo de lleno al tema central del principio de incertidumbre, la mecánica cuántica y algunos de los grandes científicos que fueron ignorados en esta disciplina, por ser discriminados o estar a la sombra de otros, en este libro se hace referencia a una científica, que para ser honesto, no conocía en lo absoluto. Aparece en un pequeño apartado titulado: “Lise Meitner”, tal era el nombre de esta investigadora judía de origen austríaco, luego alemana por la anexión de este territorio a Alemania. Junto a otros investigadores de esta última nacionalidad comenzaron en la década de 1930 los estudios sobre la fisión nuclear, «hito relevante para el advenimiento de las primeras armas nucleares, en este caso las bombas atómicas».

No me quedé con esta breve mención en el libro dedicado a Heisenberg y quise ahondar en la vida y obra de esta mujer, debido a tres razones:

  • Fue la primera científica mujer nombrada en 1926 como profesora de la Universidad de Berlín.
  • Debió huir de Alemania a causa de su “porcentaje de sangre judía”, hecho que por las leyes raciales hubiera significado su muerte.
  • Ya en Suecia, y con un sueldo mucho más modesto que en Alemania, rehusó  de participar en Estados Unidos del proyecto Manhattan. De palabras de ella: “nunca haré nada por fabricar una bomba”.

La biografía de esta destacada profesora e investigadora es por demás interesante.

Lise Meitner (Viena, 7 de noviembre de 1878 -Cambridge, 27 de octubre de 1968) fue una científica austriaca que contribuyó a los descubrimientos del elemento protactinio y la fisión nuclear.​ Mientras trabajaba en el Instituto Kaiser Wilhelm sobre radiactividad, descubrió el isótopo radiactivo protactinio-231 en 1917. Formó parte del equipo que descubrió la fisión nuclear, en el año 1938, junto a su sobrino y el físico Otto Hahn, amigo y colaborador suyo. Por este logro, Otto Hahn recibió el Premio Nobel. Albert Einstein la elogió como la «Marie Curie alemana».

Al completar su investigación doctoral en 1905, Meitner se convirtió en la primera mujer de la Universidad de Viena y la segunda en el mundo en obtener un doctorado en física. Pasó la mayor parte de su carrera científica en Berlín, Alemania, donde fue profesora de física y jefa de departamento en el Instituto Kaiser Wilhelm; fue la primera mujer en convertirse en profesora titular de física en Alemania. Perdió estos puestos en la década de 1930 debido a las leyes raciales de Núremberg introducidas en la Alemania nazi, y en 1938 huyó a Suecia, donde vivió durante muchos años, convirtiéndose finalmente en ciudadana sueca.

En una carta que escribió en 1945, Lise Meitner se lamentaba:

“Resulta trágico que, incluso personas como Laue y Otto, no comprendieran a qué suerte abandonaba su pasividad a su propio país.”

A mediados de 1938, Meitner con los químicos Otto Hahn y Fritz Strassmann del Instituto Kaiser Wilhelm descubrió que bombardear el torio con neutrones producía diferentes isótopos. Hahn y Strassmann más adelante en el año demostraron que los isótopos de bario podrían formarse por bombardeo de uranio. A finales de diciembre, Meitner y Frisch resolvieron el fenómeno de tal proceso de escisión. En su informe de la edición de febrero de Nature de 1939, le dieron el nombre de «fisión». Este principio condujo al desarrollo de la primera bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, a otras armas nucleares y reactores nucleares.

Meitner recibió muchos premios y honores al final de su vida, pero no compartió el Premio Nobel de Química de 1944 por la fisión nuclear, que fue otorgado exclusivamente a Otto Hahn, colaborador suyo desde hacía mucho tiempo. Varios científicos y periodistas han calificado su exclusión de «injusta». Según el archivo del Premio Nobel, fue nominada 19 veces al Premio Nobel de Química entre 1924 y 1948, y 29 veces al Premio Nobel de Física entre 1937 y 1965. A pesar de no haber sido galardonada con el Premio Nobel, Meitner fue invitada a asistir a la Lindau Nobel Laureate Meeting en 1962. Sin embargo, Meitner recibió muchos otros honores, incluido el dar al elemento químico 109 el nombre de meitnerio, en 1997.

Fisión nuclear

Colaboró con Otto Hahn durante más de treinta años, con quien descubrió el protactinio en 1918. Fue wissenschaftliches Mitglied (miembro científico) en el Instituto Kaiser Wilhelm de Química desde 1913, después de su habilitación en 1922 se convirtió en profesora de Física Nuclear Experimental en la Universidad de Berlín, la primera profesora de Física en Alemania; ocupó este puesto desde 1926 hasta 1933. A finales de 1938 tuvo que abandonar Alemania, forzada por las Leyes de Núremberg del Gobierno de la Alemania nazi, y se unió al personal de investigación atómica del Instituto de Manne Siegbahn en la Universidad de Estocolmo, en donde estableció contacto con su sobrino, Otto Frisch. Con la contribución de Meitner, Otto Hahn y Fritz Strassmann produjeron el primer ejemplo de la fisión nuclear creada por personas, aunque no se dieron cuenta de lo logrado hasta que ella supo interpretar los resultados. En 1939 Hahn publicó su trabajo omitiendo el nombre de Meitner alegando que el régimen nazi no le habría dejado incluir una autora judía. Meitner y Frisch explicaron el fenómeno mediante el modelo de la gota líquida, introduciendo el término de fisión nuclear, en un trabajo publicado en la revista Nature. A pesar de su investigación sobre la teoría atómica y la radiactividad y de allanar con su descubrimiento de la obtención del punto de fisión el camino a Otto Hahn, el hecho de no aparecer como coautora fue esgrimido por el comité Nobel para otorgar solo a Otto Hahn el premio Nobel de Química de 1944, excluyendo a Meitner. Sin embargo, recibió el reconocimiento por sus contribuciones a la física en 1966, cuando le fue concedido el Premio Enrico Fermi en Estados Unidos.

Sugirió la existencia de la reacción en cadena, con lo que contribuyó al desarrollo de la bomba atómica. Sin embargo, estaba en contra de que se usaran sus descubrimientos para la bomba atómica. En su honor se nombró «meitnerio» al elemento químico 109.

Meitner se naturalizó ciudadana sueca en 1949. Se jubiló en 1960 y se trasladó a vivir al Reino Unido, donde vivían la mayoría de sus parientes. Lise Meitner murió en Cambridge, el 27 de octubre de 1968. Conforme a sus deseos, fue enterrada en Bramley (Hampshire) junto a su hermano Walter, fallecido en 1964. Su sobrino Otto Frisch fue quien compuso la inscripción de su lápida, “Lise Meitner: una física que nunca perdió su humanidad”.

Premio Nobel por la fisión nuclear

Aunque Meitner recibió varios honores durante su vida, nunca recibió el Premio Nobel, ya que este fue solo otorgado a Otto Hahn, por el descubrimiento de la fisión nuclear. Fue nominada 48 veces para Premios Nobel en Física y Química, pero nunca ganó ninguno.​ El 15 de noviembre de 1945, la Real Academia de las Ciencias de Suecia anunció que Hahn había sido otorgado el Premio Nobel en Química por su descubrimiento de la fisión de núcleos atómicos pesados.16​ Meitner fue la que le dijo a Hahn y Strassman que debían hacer pruebas más en detalle del radio, y fue ella la que le dijo a Hahn que era posible que el núcleo de uranio se desintegrase. Sin estas contribuciones de Meitner, no habría sido posible para Hahn descubrir que el núcleo de uranio se puede dividir en mitad.

En 1945, el Comité Nobel de Química en Suecia que seleccionó el Premio Nobel de Química decidió otorgar ese premio únicamente a Hahn: Hahn solo se enteró por un periódico mientras estaba internado en Farm Hall en Cambridgeshire, Inglaterra. En la década de 1990, los registros sellados durante mucho tiempo de los procedimientos del Comité Nobel se hicieron públicos, y la biografía completa de Meitner publicada en 1996 por Ruth Lewin Sime aprovechó este desprecintado para reconsiderar la exclusión de Meitner.10​17​ En un artículo de 1997 en la revista Physics Today de la American Physical Society, Sime y sus colegas Elisabeth Crawford y Mark Walker escribieron:

“Parece que Lise Meitner no compartió el premio de 1944 porque la estructura de los comités del Nobel no era adecuada para evaluar el trabajo interdisciplinario; porque los miembros del comité de química no pudieron o no quisieron juzgar su contribución de manera justa; y porque durante la guerra los científicos suecos confiaron en su propia experiencia limitada. La exclusión de Meitner del premio de química bien puede resumirse como una mezcla de sesgo disciplinario, obtusidad política, ignorancia y prisa”.​

Últimos años

El 14 de enero de 1939, Meitner se enteró de que su cuñado Jutz había sido liberado de Dachau y que a él y a su hermana Gusti se les permitió emigrar a Suecia.​ El jefe de Jutz, Gottfried Bermann, había escapado a Suecia,24​ y le ofreció a Jutz su antiguo trabajo en la editorial. Niels Bohr intercedió ante un funcionario sueco, Justitieråd Alexandersson, quien afirmó que Jutz recibiría un permiso de trabajo a su llegada a Suecia. Trabajó allí hasta que se jubiló en 1948 y luego se mudó a Cambridge para unirse a Otto Robert Frisch.​ Su hermana Gisela y su cuñado Karl Lion se mudaron a Inglaterra, 26​ Meitner también consideró mudarse a Gran Bretaña. Visitó Cambridge en julio de 1939 y aceptó una oferta de William Lawrence Bragg y John Cockcroft de un puesto en el Laboratorio Cavendish con un contrato de tres años con Girton College, Cambridge, pero la Segunda Guerra Mundial estalló en septiembre de 1939 antes de que pudiera. dar el paso.

En Suecia, Meitner continuó su investigación lo mejor que pudo. Midió las secciones transversales de neutrones de torio, plomo y uranio utilizando disprosio como detector de neutrones, una técnica de ensayo iniciada por George de Hevesy e Hilde Levi. Pudo hacer los arreglos para que Hedwig Kohn, que se enfrentaba a la deportación a Polonia, viniera a Suecia y, finalmente, emigrara a los Estados Unidos, viajando a través de la Unión Soviética. Ella no logró sacar a Stefen Meyer, pero él logró sobrevivir a la guerra. Además, rechazó una oferta para unirse a Frisch en la misión británica al Proyecto Manhattan en el Laboratorio de Los Álamos y declaró: «¡No tendré nada que ver con una bomba!». Más tarde dijo que los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki fueron una sorpresa para ella, y afirmó que «lamentaba que la bomba tuviera que ser inventada». Después de la guerra, Meitner reconoció el fallo moral que cometió al permanecer en Alemania (por su descendencia judía) de 1933 a 1938. Escribió: «No solo fue estúpido, sino muy incorrecto que no me fuera de inmediato».​ No solo lamentó su inacción durante este período, sino que también fue crítica con Hahn, Max von Laue, Werner Heisenberg y otros científicos alemanes que participaron en la invención de las bombas. En una carta de junio de 1945 dirigida a Hahn, pero que nunca recibió, ella escribió:

“Todos ustedes trabajaron para la Alemania nazi. Y ni siquiera intentaste la resistencia pasiva. De acuerdo, para absolver tu conciencia ayudaste a alguna persona oprimida aquí y allá, pero millones de seres humanos inocentes fueron asesinados y no hubo protesta. Aquí, en la Suecia neutral, mucho antes del final de la guerra, hubo una discusión sobre lo que debería hacerse con los académicos alemanes una vez que termine la guerra. Entonces, ¿qué deben estar pensando los ingleses y los estadounidenses? Yo y muchos otros somos de la opinión de que el único camino para usted sería hacer una declaración abierta de que es consciente de que a través de su pasividad comparte la responsabilidad de lo que ha sucedido y que tiene la necesidad de trabajar por lo que se puede hacer. Pero muchos piensan que es demasiado tarde para eso. Esta gente dice que primero traicionaste a tus amigos, luego a tus hombres y a tus hijos al permitirles arriesgar sus vidas en una guerra criminal, y finalmente que traicionaste a la propia Alemania, porque cuando la guerra ya era bastante desesperada, nunca hablaste contra la destrucción sin sentido de Alemania. Eso suena despiadado, pero sin embargo creo que la razón por la que te escribo esto es la verdadera amistad. En los últimos días uno había oído hablar de cosas increíblemente espantosas en los campos de concentración; supera todo lo que uno temía anteriormente. Cuando escuché en la radio inglesa un informe muy detallado de los ingleses y estadounidenses sobre Belsen y Buchenwald, comencé a llorar en voz alta y me quedé despierta toda la noche. Y si hubieras visto a esa gente que fue traída aquí desde los campamentos. Uno debería tomar a un hombre como Heisenberg y millones como él, y obligarlos a mirar estos campos y las personas mártires. La forma en que apareció en Dinamarca en 1941 es inolvidable”.

Esta reseña sintética de esta gran investigadora es una muestra más de que la ciencia y la filosofía son ámbitos indisolubles, con impactos de uno sobre otro. Por otro lado, “la biografía de Meitner está plagada de episodios que ilustran la resistencia en general que existía en la sociedad de esa época para aceptar la incorporación de mujeres al mundo universitario”.

Lise Meitner, aquella que se animó “ A DECIR NO “, a la bomba atómica.

En momentos donde la amenaza nuclear vuelve a estar en el tapete, producto de otra guerra sin sentido, animarse a decir NO, es imperativo.

¡No sé que no sé!

Sobreestimar nuestra inteligencia es un hecho más común de lo que parece. No somos tan afectos a declararnos ignorantes, sino más bien solemos opinar de cuestiones sobre las cuales no tenemos una idea cierta o un fundamento para hacerlo. La frase atribuido a Socrates «solo sé que no se sé nada» tiene poca cabida en nuestro accionar conciente, ya sea como una costumbre habitual o en alguna circunstancias que nos toca atravesar. Son muchos los que creemos saber, cuando en realidad no sabemos ni tenemos conciencia de esa ignorancia, mientras que él, Sócrates, sí posee la conciencia de su propia ignorancia.

Para no caer en la tentación de hacerlo sobre este tema, les transcribo a continuación un interesante artículo de la revista “Cultura inquieta”, en donde se abordan todos los aspectos vinculados con este fenómeno que tiene un nombre por cierto impactante.

Efecto Dunning-Kruger, o por qué mucha gente opina de todo sin tener ni idea

Por Jennifer Delgado Suárez via Rincón de la psicología.

El efecto Dunning-Kruger puede resumirse en una frase: cuanto menos sabemos, más creemos saber. Es un sesgo cognitivo según el cual, las personas con menos habilidades, capacidades y conocimientos tienden a sobrestimar esas mismas habilidad, capacidades y conocimientos. Como resultado, suelen convertirse en ultracrepidianos; gente que opina sobre todo lo que escucha sin tener idea, pero pensando que sabe mucho más que los demás. (Los ultracrepidianos son esas personas que opinan sobre todo sin tener conocimiento de casi nada. Son esos perfiles que no dudan en corregirnos, en minimizar nuestras valías para destacar en cualquier circunstancia y en medio de toda conversación).

El problema es que las víctimas del efecto Dunning-Kruger no se limitan a dar una opinión ni a sugerir, sino que intentan imponer sus ideas, como si fueran verdades absolutas, haciendo pasar a los demás por incompetentes o completos ignorantes, cuando en realidad no es así. Obviamente, lidiar con estas personas no es fácil porque suelen tener un pensamiento muy rígido.

La relación entre estupidez y vanidad se ha descrito como el efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes de lo que son.

El delincuente que intentó volverse invisible con zumo de limón

A mediados de 1990 se produjo en la ciudad de Pittsburgh un hecho que podríamos catalogar, cuanto menos, de sorprendente. Un hombre de 44 años atracó dos bancos en pleno día, sin ningún tipo de máscara para cubrir su rostro y proteger su identidad. Obviamente, aquella aventura delictiva tuvo una vida muy corta ya que el hombre fue detenido rápidamente.

Cuando lo apresaron, McArthur Wheeler, que así se llamaba, confesó que se había aplicado zumo de limón en la cara ya que este le haría invisible ante las cámaras. “¡Pero si me puse zumo de limón!”, fue su asombrada respuesta cuando lo arrestaron.

Más tarde se conoció que la idea del zumo fue una sugerencia de dos amigos de Wheeler, quienes bromearon sobre el hecho de que atracarían un banco usando esa técnica para que no los reconocieran. Wheeler puso a prueba la idea aplicándose zumo en su cara y sacándose una fotografía, en la cual no apareció su rostro. Es probable que se debiera a un mal encuadre, pero aquella “prueba” fue definitiva para Wheeler, quien decidió llevar adelante su plan «genial».

La historia llegó a oídos del profesor de Psicología social de la Universidad de Cornell, David Dunning, quien no podía dar crédito a lo que había sucedido. Aquello le llevó a preguntarse: ¿Es posible que mi propia incompetencia me impida ver esa incompetencia?

Ni corto ni perezoso, puso manos a la obra, junto a su colega Justin Kruger. Lo que hallaron en la serie de experimentos que realizaron los dejaron aún más sorprendidos.

El estudio que dio origen al efecto Dunning-Kruger

En una serie de cuatro experimentos, estos psicólogos analizaron la competencia de las personas en el ámbito de la gramática, el razonamiento lógico y el humor.

A los participantes les pidieron que estimaran su grado de competencia en cada uno de esos campos. A continuación, debían realizar una serie de test dirigidos a evaluar su competencia real.

Entonces los investigadores notaron que cuanto mayor era la incompetencia de la persona, menos consciente era de ella. Aunque es paradójico, las personas más competentes y capaces solían infravalorar sus competencias y conocimientos. Así surgió el efecto Dunning-Kruger.

Estos psicólogos concluyeron además que las personas incompetentes en cierta área del conocimiento:

– Son incapaces de detectar y reconocer su incompetencia.

– No suelen reconocer la competencia del resto de las personas.

La buena noticia es que este efecto se diluye a medida que la persona incrementa su nivel de competencia ya que también se vuelve más consciente de sus limitaciones.

¿Por qué cuanto menos sabemos, más creemos saber?

El problema de esta percepción irreal se debe a que para hacer algo bien, debemos tener al menos un mínimo de habilidades y competencias que nos permitan estimar con cierto grado de exactitud cuál será nuestro desempeño en la tarea.

Por ejemplo, una persona puede pensar que canta estupendamente porque no tiene ni idea de música y no conoce todas las habilidades necesarias para controlar adecuadamente el tono y timbre de la voz y llevar el ritmo. Eso hará que diga que “canta como los ángeles”, cuando en realidad tiene una voz espantosa.

Lo mismo ocurre con la ortografía, si no conocemos las reglas ortográficas, no podremos saber dónde nos equivocamos y, por ende, no seremos conscientes de nuestras limitaciones, lo cual nos llevará a pensar que no cometemos errores ortográficos.

De hecho, el efecto Dunning-Kruger se puede apreciar en todas las áreas de la vida. Un estudio realizado en la Universidad de Wellington reveló que el 80% de los conductores se califican a sí mismos por encima de la media, lo cual, obviamente, es estadísticamente imposible.

Este sesgo cognitivo también se aprecia en el ámbito de la Psicología. Tal es el caso de las personas que afirman que “mi mejor psicólogo soy yo mismo”, simplemente porque desconocen por completo cómo les puede ayudar este profesional y la complejidad que encierran las técnicas psicológicas.

En práctica, creemos que sabemos todo lo que es necesario saber. Y eso nos convierte en personas sesgadas que se cierran al conocimiento y emiten opiniones como si fueran verdades absolutas.

¿Cómo minimizar el efecto Dunning-Kruger, por nuestro propio bien?

Todos cometemos errores por falta de cálculo, conocimientos y previsión. La historia está repleta de errores épicos, como el de la emblemática Torre de Pisa, que comenzó a inclinarse incluso antes de que terminara la construcción. Hace tan solo unos años, el gobierno francés gastó 15.000 millones de euros en una flota de 2.000 trenes nuevos, para después descubrir que eran demasiado anchos para 1.200 de sus estaciones, lo cual les llevó a invertir aún más para acondicionar esas estaciones.

En nuestro día a día también podemos cometer errores por falta de experiencia y por sobreestimar nuestras capacidades. Los errores no son negativos y no debemos huir de ellos, sino que podemos convertirlos en herramientas de aprendizaje, pero tampoco es necesario tropezar continuamente con la misma piedra ya que llega un punto en que resulta frustrante.

De hecho, debemos mantenernos atentos a este sesgo cognitivo porque la incompetencia y la falta de autocrítica no solo hará que lleguemos a conclusiones equivocadas sino que también nos impulsará a tomar malas decisiones que terminen dañándonos.

Esto significa que, en algunos casos, la responsabilidad por los “fracasos o errores” que experimentamos a lo largo de la vida no recae en los demás ni es culpa de la mala suerte sino que depende de nuestra deficiente autoevaluación.

Para minimizar el efecto Dunning-Kruger y no convertirnos en esa persona que opina sobre todo sin tener idea de nada, lo más importante es aplicar estas sencillas reglas:

– Sé consciente al menos de la existencia de este sesgo cognitivo.

– Deja siempre un espacio para la duda, para formas diferentes de pensar y hacer las cosas.

– Opina siempre desde el respeto a los demás. Por muy seguro que estés de tu opinión, no intentes imponerla.

Debemos recordar que nadie es experto en todas las materias de conocimiento y ámbitos de la vida, todos tenemos carencias e ignoramos muchas cosas. Por tanto, lo mejor es enfrentar la vida desde la humildad y con la actitud del aprendiz.

¿Cómo lidiar con las personas que no reconocen su incompetencia o desconocimiento?

Las personas que opinan de manera tajante sobre todo sin tener idea y que subestiman a los demás, suelen generar un gran malestar. Nuestra primera reacción suele ser irritarnos o enfadarnos. Es perfectamente comprensible, pero no servirá de nada. En su lugar debemos aprender a mantener la calma. Recuerda que solo puede afectarte aquello a lo que le das poder, lo que consideras significativo. Y sin duda, la opinión de una persona que no es experta en la materia y ni siquiera sabe de lo que habla, no debería ser significativa.

Si no deseas que la conversación vaya más allá, simplemente dile: “He escuchado tu opinión. Gracias”, y zanja el asunto. Si realmente te interesa que esa persona salga de su estado de desconocimiento y sea más consciente de sus limitaciones, lo único que puedes hacer es ayudarle a desarrollar sus habilidades en esa área.

Evita frases como “no sabes de lo que hablas” o “no tienes ni idea” porque de esta forma solo lograrás que esa persona se sienta atacada, asuma una actitud defensiva y se cierre a tus propuestas. En su lugar, plantea una nueva perspectiva. Puedes decir: “ya te he escuchado, ahora imagina que las cosas no fueran exactamente así”. El objetivo es lograr que esa persona se abra a opiniones y formas de hacer diferentes.

También puedes recalcar la idea de que todos somos inexpertos o incluso profundos desconocedores en algunos campos, no es algo negativo sino una increíble oportunidad para seguir aprendiendo y crecer como personas.

Fuera ya del artículo que me resultó interesante, agrego algunos ejemplos para clarificar aún más el concepto:

Cuando una persona se cree muy habilidosa para algo, aunque evidentemente no lo es, como un cantante sin técnica vocal que se considera muy talentoso.

En los casos en que una persona no puede reconocer la competencia de otros también se presenta este efecto, como un paciente que cree saber más que su médico al automedicarse.

Si se entrena a una persona que presenta este efecto y se aumenta su nivel de competencia, será capaz de reconocer que era anteriormente incompetente. Por ejemplo, cuando alguien que se cree erróneamente experto en una materia es instruido sobre ella y al final descubre que no sabía tanto como creía.

Y para finalizar algo de humor asociado:

  • ¿Qué significa estar cómodo para un estadístico? Meter la cabeza en el frigorífico, los pies en el horno y calcular la media.
  • Un ratón le dice al otro: “¡Mira! ¡Cada vez que pulso el botón, el tío con la bata blanca se pone a escribir algo!”.
  • Están los que ven el vaso medio lleno y los que lo ven medio vacío. Luego están los químicos, que lo ven siempre lleno. Nota: de líquido y aire.
  • ¿Cuántos psicólogos hacen falta para cambiar una bombilla? Uno, pero la bombilla tiene que querer cambiar.
  • Un estambre le dice a un pistilo: “me gusta tu estilo.” Nota: El estilo, junto con el ovario y el estigma componen la unidad del órgano femenino de las flores que es el pistilo.
  • Un hombre siempre será mucho más seXY que una mujer.
  • Un grupo de científicos ha hallado el gen de la timidez. Lo podrían haber encontrado antes, pero estaba escondido entre otros dos genes.
  • ¿Qué le dice un protón a un electrón?: “tío, no seas siempre tan negativo”.
  • Un estudiante que viaja con Einstein le pregunta: “Profesor, ¿está usted seguro de que Londres para en este tren?” Nota: Según la más famosa teoría desarrollada por Einstein, tanto el tiempo como el espacio son relativos al estado de movimiento del observador. Tan correcto es decir por este motivo que “un tren para en Londres” como que “Londres para en un tren”.
  • Un psicoanalista muestra a un paciente una lámina Rorschach y le pregunta qué ve. “Son dos personas haciendo el amor». El psicoanalista le enseña otro dibujo. “Eso también son dos personas haciendo el amor”. El especialista concluye: “usted está obsesionado con el sexo”. “¿Yo? Es usted el que no para de mostrarme imágenes depravadas”.
  • Un número infinito de matemáticos entra en un bar. “Deme una caña”, dice el primero. “Deme media caña” pide el segundo”. “Deme un cuarto de caña” solicita el tercero. “Deme un octavo de caña”… Tras cinco minutos el camarero, harto, les pones dos vasos delante: “chicos, ahí tenéis: barra libre”.
  • ¿Qué significan las siglas ADN? Asociación Nacional de Disléxicos.
  • El alcohol no es un problema, es una solución. Nota: Una solución o una disolución en química es es una mezcla homogénea a nivel molecular o iónico de dos o más sustancias puras que no reaccionan entre sí, cuyos componentes se encuentran en proporciones variables. La descripción es válida para algunas bebidas alcohólicas.

¡Hermógenes, escritor a pedido!

Siendo niño sufrió en carne viva la falta de amor. Sin conocer padre y madre fue criado por dos supuestos abuelos, que muchas veces sólo servían para castigarlo y humillarlo. Hermógenes, tal era su nombre, jamás renegó de su suerte. Al menos, tuvo la dicha de culminar sus estudios primarios, sin sobresalir, pero poniendo todo el empeño del mundo. Las maestras lo adoraban, porque era ciertamente encantador, una especie de niño demasiado grandote para su edad. Mirta, la maestra de último grado se propuso desarrollar alguna faceta en él, que lo ayudara a sobrevivir, a sabiendas que quizás sería harto difícil que pudiera continuar con sus estudios secundarios.

«Los ángeles a veces bajan del cielo y se corporizan en seres de carne y hueso», eso pensaba Hermógenes, mientras Mirta le dedicaba todo el tiempo necesario para que él aprendiera a expresarse mejor y pudiera finalmente escribir. Lo cierto es que a este niño grandulón le costaba horrores aprender lengua y mucho más las matemáticas. Mirta, tenía una habilidad especial para detectar en sus alumnos tanto fortalezas como debilidades, a lo que sumaba que sentía profundamente su vocación, y amaba a los niños como ninguna otra maestra. Es por ello, que rápidamente detectó en Hermógenes una enorme sensibilidad, que estaba allí oculta, sin poder salir, producto de las limitaciones de su querido niño. Esta fue la razón por lo que decidió que Hermógenes tenía que aprender a escribir, para que a través de ese mecanismo pudiera soltar la riqueza que había en su interior, pletórico de sentimientos amigables, bondadosos y tiernos.

El proceso por el cual Hermo, diminutivo con el cual Mirta lo empezaría a llamar, y el cual a la postre le serviría como seudónimo para escribir, llegaria a ser un aprendiz de escritor, incluyó actividades programáticas tales como lectura compartida, interpretación de textos, ortografía, caligrafía, sintaxis y redacción de cuentos cortos y poemas, todo en grado creciente. Tal era el compromiso mutuo de ambos, cimentado en una magnífica relación afectiva, que Hermo se fue transformando a lo largo de un año en un incipiente y prolífico escritor, cuyas creaciones literarias tenían el sello distintivo y el perfume de las flores que nacen en el desierto. Hermógenes Orígenes, como sus compañeritos del colegio lo llamaban a modo de burla, se había convertido en una especie de ratón de biblioteca ya que sumaba y sumaba volúmenes de lectura, de géneros de los más diversos, agregándole fluidez y cada vez mayor precisión y amplitud a sus escritos.

Mirta estaba muy orgullosa del logro de su protegido, al cual le encomendaron por ejemplo la redacción y escritura de uno de los discursos de cierre del año lectivo, el último que vería a Hermógenes en sus aulas. Atrás habían quedado esas épocas difíciles cuando el niño llegaba algunas veces triste, luego de haber recibido alguna paliza de su abuelo. Mirta sabía que su Hermo se sobrepondría a todo como siempre, poniendo su mejor cara, trabajando incansablemente para acariciar a alguien con sus letras. El tropel de emociones que habitaban dormidas dando vueltas en su corazón y su cuerpo, fluían y daban belleza a sus textos, los que nunca carecían de su sesgo personal y una cuota de mínima sabiduría.

Hermógenes descubrió las ventajas del amor, por sobre todas las cosas y otras emociones menos reconfortantes. Ese talismán en crudo se dejó tallar por el cariño y el sacrificio denodado de su maestra, pasando por alto su vida si se quiere aciaga y tormentosa. Se ganó el respeto de sus compañeros, los cuales tantas veces lo habían tratado de torpe y poco inteligente. Se hablaba a si mismo, para no caer en la tentación de sentirse importante, sino sólo para enfocarse en el que sería su propósito en la vida, colaborar con quien lo necesitará con lo único que sabía hacer relativamente bien: «escribir».

Ya de adolescente Hermógenes comprendió que no viviría de sus escritos, por lo que aprendió rápidamente el oficio de albañil, con el cual se ganaría la vida, ya que el cielo se lo ganaría con lo que él decía que le daba sentido a su vida. Como albañil se defendía bastante bien. Uno de sus primeros trabajos fue revocar y pintar un muro de la casa de su adorada maestra Mirta, a la cual por supuesto no le cobró las refacciones. Era laborioso y cumplidor por lo que prontamente se hizo una aceptable reputación dentro del oficio, ya que por lo general lo que hacía era bueno , a tiempo y sin malgastar materiales. Honesto por demás, dejarlo sólo en una casa para trabajar era una irrefutable certeza. Por decisión propia no se dedicaba a grandes obras, como construir una casa entera, sino más bien a tareas en las cuales pudiera trabajar en soledad, mientras iba imaginando y degustando sus escritos. Su gran ambición era la escritura, y las refacciones y obras pequeñas su medio de subsistencia, un principio que respetaría por siempre.

Así como le llegaban pedidos para oficiar de albañil o pintor, casi en igual cantidad le llegaban solicitudes de vecinos y otras personas no tan cercanas, para que les escribiera en papel y a mano, desde cartas formales, hasta misivas de amor, o pedidos a Papa Noel. Todos los requerimientos eran atendidos con la misma calidad y dedicación, tratara de lo que se tratase. Hermógenes, el albañil o Hermo el escritor, tenía la inmensa virtud de haber aprendido a ponerse los zapatos del otro, hecho que tiempo después él descubriría que se llama empatía. Por lo que, si lo que le pedían era importante para el otro, porque no iba a ser importante para él. Su límite, aclarado desde el vamos por él, era la violencia o cualquier demostración parecida, por lo que eludía con elegancia las situaciones problemáticas, conflictivas, de amenazas, o de deudas. Inteligentemente pensaba que para eso estaban los abogados, quien era él para andar transmitiendo preocupaciones y gestionando entuertos. En las cartas de amor, se aseguraba de que nunca hubiera un tercero o tercera en discordia, y era especialmente efectivo en el galanteo simple y llano. La percepción de segundas intenciones en principio no era bien acogida por nuestro literato, el cual las cuestionaba para dar claridad y propósito a su texto. Los escritos enmarañados y viciados de imágenes o ideas subyacentes, no eran de su preferencia, por lo que los soslayaba con extremada pericia. Adornar, ribetear, engalanar un texto era algo muy distinto y parte de su arte y devoción, empleando adjetivos y descripciones complementarias, tantas como pudiera. Dios le había dado la posibilidad de expresarse, por lo que el trataría por todos sus medios de que su redacción y los contenidos fueran lo mejor que su capacidad pudiera crear.

Cuando le preguntaron después de muchos años cuál era el secreto del éxito al escribir una carta de amor, él se limitaba a responder: «depende que tipo de amor, usted no se olvide que hay tantos amores y variedades como humanos hay en la tierra». Más allá de eso, él siempre recomendaba a las personas la sinceridad antes que el halago y el ofrecimiento de una vida conjunta y de respeto, más que la ostentación o vanas promesas. La única condición para escribir una misiva de amor era que le dijeran al menos una virtud y un defecto de la otra persona. Cuando el requirente se deshacía en halagos, sin encontrar defectos en el otro, por lo general les decía con absoluta franqueza: «mire, yo no soy quién para juzgar, pero me parece que usted admira a esa persona, pero no la ama, piénselo un poquito, total después puede volver». En el caso de que sólo las virtudes fueran físicas, no accedía al pedido por falta de información real acerca de la otra persona, mientras que en el caso de percibir algo de despecho en lo que decían o de rechazo previo, por lo general les recomendaba el olvido, ya que era según sus propias palabras, terreno poco propicio para que nazcan los frutos del amor.

Hermo, aquel niño descuidado por casi todos, menos para su protectora, adquirió sin desearlo ni proponérselo, una merecida fama de escritor a pedido, que no le significaba ningún ingreso, sino sólo la satisfacción de sentirse útil para sí mismo y para los demás. Su afición por la escritura era tal que no podía eludir su vocación, ni siquiera cuando redactaba sus presupuestos. Era común que los redactara casi en forma de cuentos tales como:

Estimado Mario:

En ocasión de nuestro encuentro, acaecido por la mañana del viernes 3 del presente mes, el cual me resultó muy reconfortante, por cierto, he evaluado una por una todas las tareas que Usted me ha requerido, llegando al siguiente detalle que con gusto paso a describir:

  1. Levantar muro de 1 x 1 con ladrillo común, para divisorio de cocina y lavadero, revoque, mano de obra, pintura y materiales (ya conversados) incluidos: $ 25.000
  2. Arreglo de cielorraso, en living-comedor, mano de obra, materiales (ya conversados) y pintura incluidos: $ 35.000
  3. Recambio de grifería de baño principal, mano de obra y materiales (ya conversados) incluidos: $ 45.000

Plazo de ejecución: 3 días corridos, pudiendo comenzar el día 12 de febrero por la mañana temprano.

Forma de pago: anticipo del 50 % para compra de materiales, 30 % al finalizar la obra, y 20 % a la semana de concluido, que Usted puede considerar como garantía por mi trabajo. La conformidad suya por mis labores, será suficiente para que Usted decida pagarme este último porcentaje.

Aprovecho esta opoertunidad para aclarar algunos aspectos sobre mi trabajo y el ambiente que necesito para desarrollarlo en tiempo y forma.

  1. Me gusta la música clásica, por lo que agradeceré si me permite escuchar en mi pequeño equipo ese tipo de música a bajo volumen mientras trabajo.
  2. Como hago horario continuado si Usted me ofrece un plato de comida y agua de beber durante la hora del almuerzo, no sólo se lo agradeceré sino que le efectuaré un descuento del 3 % del monto total de la obra.
  3. Como me gusta por demás charlar y eso me distrae bastante, le recomiendo que Usted y su familia lo evite en lo posible. En caso de que Usted lo considere propicio prefiero tomar un té a media mañana y otro a la siesta, a que me ceben mates, ya que eso me desconcentra y me produce muchas ganas de charlar.

Más allá de que mi precio, condiciones y tiempo estipulado de trabajo le resulte adecuado y sirva para que podamos concretar este acuerdo, le agradezco infinitamente esta posibilidad y le deseo un gran comienzo de semana.

Nota al pie: Tuve la inmensa fortuna de leer algunas partes de la carta que estaba pegada en la heladera. Interpreto que es de uno de sus hijos en ocasión del día del padre. Dígale a su hijo de mi parte, que lo poco que pude leer me gusto mucho. Mil disculpas por el atrevimiento de la lectura y este comentario, pero como ferviente devoto de la escritura, no podía dejar pasarlo. Espero no le moleste.

Nuevamente gracias

Hermógenes.

Presupuestos como este generaron algo de sorpresa al principio, pero luego formaron parte de su oficio, a tal punto que muchas personas sólo lo llamaban para quedarse con un texto de este tipo, siempre distintos entre sí, y plagados de apostillas y notas al pie.

Los que lo conocían más en detalle, afirmaban que no había formado su propia familia. Cuando era preguntado respecto de su situación relacional o de familia, casi siempre respondía que no tenía tiempo para disponer de una, hecho que parece no le producía tristeza o desánimo, como si lo afectaba por ejemplo, cuando a alguien no le gustaba como había resuelto su pedido literario.

Hermo, discurrió la vida entre fratachos, pinceles, lápices y biromes, sin tocar nunca con sus manos la tecnología o los medios sociales. Su congruencia era su mejor carta de presentación, que se difundía de boca en boca, de barrio a barrio, de vecino a vecino. Era más amigo de los amaneceres que de los ocasos, por lo que su musa inspiradora lo visitaba muy temprano y lo iba abandonando para desaparecer cuando el sol se pone. Sus rutinas y hábitos era su verdadera fortaleza, en las cuales fuera también entrenado por Mirta su mentora.

En la plenitud de su vida, pudo mantenerse gracias  a su habilidad de albañil, la cual conservó hasta una edad bastante avanzada. Cuando sus fuerzas menguaron, nunca le faltó nada (que no era mucho) para subsistir, gracias a la numerosa cantidad de amigos, conocidos y admiradores. Continúo con su arte hasta donde pudo, conservando esa magia que lo hacía un ser único. Un día, cuando el sol aparecía tímidamente por el horizonte se acabó su luz. Quizás empezaría a brillar en otra dimensión, vaya uno a saber. Buscaron entre sus pertenencias para encontrar alguna frase escrita, que se correspondiera con su lápida, pero tal era su humildad y falta de egoísmo que no la había preparado. Uno de sus vecinos más cercanos, el que lo había asistido asiduamente en su última etapa, improvisó un texto que rezaba:

“Aquí yace Hermógenes (Hermo) el único hombre que rompía muros con sus palabras y transpiraba letras con cada pared que levantaba”.

Las historias son según quien las ve, pero la coincidencias y desavenencias de las vistas las hace muy poderosas.

¿Quién paga la cuenta?

Salir fuera de casa, juntarse en reuniones, celebrar algo, son por lo general momentos únicos y particulares en cada caso. No es lo mismo, la juntada habitual de un grupo de amigos de años en un bar, que una cena de trabajo, que un encuentro entre nuevas amistades, que una primera cita romántica, o una segunda, o la reunión en un consorcio de vecinos, una salida de padres o madres del colegio con cierta afinidad, o una invitación a la casa de alguien que se transforma en anfitrión.

Cada evento en los que socializamos, dependiendo de su naturaleza posee diferentes objetivos, pero lo que casi todos tienen en común es que requieren de fondos para llevarse a cabo. Así sea sólo degustar una taza de café o de té, o una bebida fresca en el verano, existen cuestiones que necesitan ser aclaradas previamente, para evitar malos entendidos o momentos de tensión a la hora de asumir los costos o pagar las cuentas.

En nuestra cultura occidental existen, aún con diferentes matices, convenciones preestablecidas, según las cuales nos manejamos de cierta manera tácita. Alguna vez he sido testigo de episodios en donde algunas personas, han cuestionado estos acuerdos implícitos, generando que lo que había sido una reunión en armonía, donde se había podido conversar y disfrutar, se transforme en una situación desagradable con un final cuanto menos de mal gusto.

¿Cuáles son esas convenciones aceptadas?

Los manuales de protocolo son claros al respecto, y la norma indica que quien invita es quien paga, sin excepción. Sean negocios, una cita romántica, un evento familiar o una reunión de amigos, si alguien osa decir «Te invito a tal lado a comer tal cosa», uno debe interpretar que puede tranquilamente caer con los bolsillos vacíos y una actitud aristocrática.

En cambio, si decimos «¿Vamos a comer a tal lado?», o «Nos juntamos en tal lugar«, entramos en el sinuoso terreno del «pago a la española o el pago a la sueca». ¿Qué significa eso? Los habitantes de la madre patria llaman «pagar a escote» eso mismo que nosotros nombramos, muy argentinamente, como «hacer una vaquita o pagar a medias». Esto es, cualquiera lo sabe, dividir la cuenta matemáticamente entre los amigos presentes, más allá de quien haya consumido qué. Los suecos, por el contrario, practican la gran jugada que es costumbre en varios lugares del mundo: revisemos el ticket y veamos qué consumió cada uno, y así repartimos los gastos en función de eso.

Cuando se paga a medias (a escote en España), la colecta del dinero puede convertirse también en un momento de inesperado compromiso. A veces no disponemos de los billetes que nos permiten dividir la cuenta en partes completamente iguales, poseemos tickets de descuento que nos gustaría utilizar o se nos ha olvidado pasarnos por el cajero y solo tenemos en la cartera nuestra tarjeta de crédito. La solución es tan simple como acordar con el bar o con el restaurante que cada uno se hace cargo de lo suyo y que sea el local el que se tome la responsabilidad de realizar la división.

Por último, en las reuniones con muchos miembros, pocas veces se espera que una única persona (o un pequeño grupo de ellas) pague por todos los comensales, a no ser que esta se haya ofrecido antes con motivo, por ejemplo, de una celebración como un cumpleaños. Se debe tener cuidado con invitar a todo un grupo pues las connotaciones que dicho acto conlleva pueden ir desde que los demás te consideren un soberbio por hacerte cargo de una suma tan grande, a que te juzguen de manera contraria, como un individuo débil que necesita reafirmarse a través de su dinero.

Respecto de dividir por partes iguales, independientemente de qué consumió cada uno puede dar lugar a situaciones injustas si se quiere.

En boca de algún comensal escuché decir alguna vez:

¿Me molesta que dos fulanos hayan pedido un vino carísimo y yo casi no haya tomado alcohol? Profundamente. ¿Me exaspera que mi amigo Jorge además del vino pida un lomo de mil pesos porque viene del gimnasio y necesita proteínas y a mí esa noche me pintó comer un revuelto gramajo de trescientos pesos bajado con una gaseosa light? Un montón.

Otra anécdota extraída de un blog de un viajero reseñaba:

“Estando en Londres hace unos años fuimos a comer con mi ex y un amigo inglés, y al momento de llegar la cuenta mi ex -que era de buen pasar y de costumbres muy latinoamericanas- depositó su tarjeta sin siquiera desviar la atención de la conversación. El inglesito, muy nervioso, retuvo al camarero para que lo dejara mirar el ticket y sacó de su bolsillo los pounds exactos de lo que había consumido. Mi ex insistió en invitarlo, como hacía siempre con todos, hasta que el tipo pasó de la amabilidad a la firmeza sin soltar su dinero de las manos del mozo. Quisimos pagar, pero no hubo caso”.

La incomodidad ante estas situaciones es tal que hasta ha sido objeto de una investigación publicada por The Economic Journal, en la que se concluye que, aunque todos prefieran pagar por separado y cada uno lo que consumió, esta cuota de egoísmo se profundiza cuando ven que cada uno deseaba minimizar su costo a expensas del de los demás.

El tema ha sido foco de varios estudios. Tantas opiniones encontradas, disparó que un grupo de jóvenes desarrolló una excelente herramienta, disponible en los smartphones, que permite hacer cálculos precisos a la hora de dividir la cuenta. Está disponible únicamente para iOS y es completamente gratuita.

Se trata de “Plates” una app muy simple que permite hacer cálculos por consumo personal o generales y también sobre la propina para que no se complique nada a la hora de hacer el pago de la cuenta.

La interfaz de la aplicación es bastante sencilla. Tiene una barra en la parte izquierda que es donde se hacen los ajustes de cantidad de comensales y en la parte de la derecha aparece un escenario con los platos, que representan la cuenta individual de las personas que están en la mesa. Lo primero que hay que hacer es elegir cuantas personas están compartiéndola, es posible hacer un cálculo para 10 personas, no más.

La aplicación Plates permite dividir la cuenta en cantidades iguales para cada persona, o también es posible crear una cuenta por cada usuario, incluso puedes dividir el precio de algún plato entre dos personas si lo compartieron.

Luego se puede también calcular de forma automática la propina y dividirla en el precio final antes de calcular lo que cada uno deberá pagar

Algunos traumas vinculados al patriarcado

De otro blog fue posible extraer el siguiente texto:

¨Tengo un amigo que tiene muchas citas en Tinder con diferentes chicas y es tan antiguo que hace la pantomima de ir a comer a un lugar lindo y pagar tremenda cuenta en modo patriarcal para ver si después de todo eso logra tener una noche de intimidad. Su actitud cavernícola lo deja siempre en un eterno default salarial, pero finalmente pienso que los traumas y costumbres se respetan cueste lo que cueste. A mí, particularmente, me nace pagar el trago o la cerveza de un encuentro casual y jamás podría tener un one night stand dividiendo lo que tomó cada uno. Llámame antiguo”.

Reuniones de negocio

En cuanto a los negocios, es muy simple: el que convoca a la reunión debe pagar y nadie se sentirá culpable o fuera de lugar porque esto ocurra. El ademán de querer pagar a medias en una situación como esta queda normalmente fuera de lugar, y ponerse incómodo mientras el otro saca la tarjeta o revisa la cuenta tampoco tiene sentido. Se puede hablar del clima o de otro tema trivial, como para matar el silencio, pero siempre con actitud relajada.

Aspectos filosóficos

Pagar o no pagar la cuenta tiene que ver con el significado en sí de la propia acción: ¿si pago yo, estoy poniéndome en un plano superior respecto al que no paga? ¿Si no soy yo el que invita, los demás me van a considerar un tacaño? ¿Si ofrezco siempre el aperitivo estoy permitiendo que mis amigos o mis compañeros se aprovechen de mí?

¿Quién paga en la primera cita?

Para abordar este tema complejo, voy a copiar de manera literal un artículo que escribió para la BBC, la escritora canadiense de 27 años, Anne Rucchetto:

“Cuando empecé a salir con gente, mi madre me advirtió que «no hay nada que sea gratis».

«Los hombres pensarán que les debes algo», sentenció.

Sé bien que mi madre no pretendía llenarme de temor, pero su declaración me causaba preocupación cada vez que conocía a alguien nuevo. Me tomó tiempo librarme de ese sentido de obligación que sentía hacia los hombres que pagaban los US$5 que valía mi cerveza pero, desde ese momento, no volví a hacerlo.

Hoy en día, buscar a alguien con quién salir es más fácil que nunca, con las apps y comunidades online para personas de todas las orientaciones, identidades y antecedentes imaginables.

Pero, ¿quién debería pagar la cuenta en esa primera cita? es una pregunta que siempre enciende una acalorada conversación.

Siempre solía adoptar la lógica de que para que las mujeres seamos tratadas igual que los hombres, debemos pagar nuestra parte y dividir la cuenta con nuestra pareja. Para asegurarme de que eso no fuera problemático, siempre sugerí salir a lugares de módico precio, restaurantes baratos y animados, boliches, recitales, parques.

Hace unos cinco años, mis amistades y maestros me plantearon ideas que me hicieron cuestionar esa estrategia.

Me abrí a escritoras feministas como Gloria Jean Watkins (conocida por su pseudónimo, «bell hooks») que me hicieron pensar en quién se beneficia más de la actual estructura social. Ella y otras me obligaron a cuestionar la mecánica del poder a todo nivel, incluyendo en los pequeños intercambios individuales.

Las personas se benefician de diferente manera según la actual estructura de la sociedad, así que, dependiendo con quién estamos pasando el tiempo, no debería esperarse que ambas partes paguen las mismas cantidades.

En promedio, las mujeres ganan menos que los hombres. Las canadienses ganan 69 centavos por cada dólar menos que un hombre.

Esto no quiere decir que nos cueste menos vivir; en muchos casos puede ser más caro.

La expectativa en torno a la apariencia y los comportamientos de las mujeres tiene un costo material y personal.

La apariencia física de las mujeres se mide con estándares imposiblemente altos y es objeto constante de ridiculización en todas partes, desde la industria de la farándula hasta la Casa Blanca.

De nosotras se espera que seamos más calmadas, más atentas, comprensivas, flexibles y complacientes que los hombres en todos los aspectos de nuestras vidas: familia, trabajo, relaciones y amistades. Cumplir con esas normas es costoso material y económicamente.

Aún más, la cuestión de quién paga no puede reducirse a un asunto de hombres versus mujeres. Todos tenemos diferentes experiencias basadas en nuestro género, estatus socioeconómico, raza, ciudadanía y mucho más.

Al final, la igualdad no es lo mismo que la equidad. Igualdad es todos calzando el mismo par de zapatos. Equidad es que todos calcemos zapatos que nos queden bien. En las buenas relaciones, las personas buscarán la equidad.

Cuando salí por primera vez con un hombre que se pasaba la mayoría del tiempo jactándose de su auto deportivo y sus viajes, me confundió que quisiera dividir la cuenta. Curiosamente, es frecuente que sean estos hombres privilegiados los que le han comentado a mis amistades que yo «soy feminista, así que lo dividimos».

Así los hombres crean o no que el trabajo de las mujeres está infravalorado, eso es un hecho. Más aún, así o no estén de acuerdo con que a las mujeres se les pague menos, ellos se benefician directamente de eso.

Con esto no estoy diciendo que los hombres no trabajen arduamente o que siempre deban pagar: en situaciones en las que es obvio que yo tengo ingresos más altos que el hombre con quien estoy saliendo, me parece bien dividir o pagar toda la cuenta.

Si percibo que un hombre relaciona su pago de la cuenta en la primera cita conmigo como que yo le quedo «debiendo» algo, insistiré en pagarla yo y cerrarle la puerta a cualquier oportunidad de seguir la comunicación. Ese tipo de mentalidad primitiva delata una falta de perspectiva, respeto y consentimiento.

Llevo con mi pareja, Zac, más de un año. Tuve un buen presentimiento sobre él cuando me dijo que amaba los animales, describió su apreciación por sus amigos y compartió sus opiniones sobre derechos laborales. Él pagó en nuestra primera cita y yo en la segunda.

Ahora, compartimos los gastos basados en nuestra capacidad de hacerlo cuando salimos juntos o nos visitamos en la casa del otro. Esto podría cambiar en el futuro, pero hemos encontrado un equilibrio que nos funciona a los dos.

Nuestra meta más importante es asegurarnos de que ambos nos sintamos respetados y que ninguno se sienta menospreciado o abusado.

Las primeras citas son una pequeña oportunidad para reconocer que la gente en la sociedad tiene diferente acceso a los recursos. Si queremos ser buena compañía y buenas parejas, desafiar los desequilibrios de poder es importante en todas las relaciones.

Quién paga en la primera cita no define los términos de la relación.

A medida que los lazos se estrechan, las personas involucradas pueden buscar los términos que les convengan. Independientemente de las expectativas que podamos tener sobre quién debe (o no) pagar en la primera cita, siempre es bueno tener consideración.

Fin.

Se puede estar o no de acuerdo con la manera de pensar de esta escritora, lo que no se puede negar es que aborda el tema desde varias perspectivas interesantes.

Como se puede apreciar si bien existen reglas tácitas que regulan el pago de los tickets de una cena, almuerzo, o reunión cualquiera sea su objeto, o también y porque no de otros gastos, la relatividad también se aplica para muchas situaciones y está bien que así sea.

Esperando que les haya gustado, les vuelvo a repetir la pregunta:

¿Quién paga la cuenta?

¡La verdad de la milanesa!

Este año se está agotando. Está respirando sus últimos sorbos de aire, aproximándose cada vez más a su ocaso. Próximo a entregar la posta en esta carrera cronometrada que llamamos tiempo, hace sus últimos esfuerzos por tratar de caernos bien, sintiéndose culpable por todo lo que no tuvimos ganas, no supimos o no quisimos hacer. Se va repleto de votos y promesas incumplidas, dejándole al próximo varios contenedores de sueños que no se alcanzaron; sin embargo para los que tuvo la dicha de ser parte en su proceso de cumplimiento, se los lleva él, muy ufano de sí mismo.

El nuevo año arranca recargado de buenos deseos, de prosperidad, de ofrendas, de lindos augurios y sobre todo de esperanza. Su ansiedad de principiante lo hace presumir de su poder, sintiéndose que todo lo puede, bailando al son de músicas alegres que suenan en fiestas tanto concurridas como estridentes. Para sus primeros pasos como año, no tienen sentido los balances, eso se lo deja al año viejo y su historia de éxitos, fracasos y logros a medias. El no está para lágrimas y desconsuelos, sino para vanagloriarse de ser la novedad. Brindis tras brindis, todos celebran su nacimiento, dándole la bienvenida al discurrir de tantas vidas, de muchas circunstancias, de las cuales «al final deberá hacerse cargo para bien o para mal».

Es casi una regla general que quien más o quien menos usemos el año viejo como excusa para nuestras excusas, haciéndolo responsable azaroso de varios propósitos que no llegamos a cumplir. Del mismo modo, aún sin cambiar nada o muy poco de lo que venimos haciendo, creemos que, por arte de magia, el recién nacido está cuasi obligado a depararnos mejor fortuna. De esta manera solemos poner en este especie de entelequia o fantasía, que es la partición del tiempo en años, la responsabilidad por nosotros mismos y por los demás.

La verdad de la milanesa, es que es no es tan sencillo enfrentarse a uno mismo, a esos demonios que nos acompañan a todo sitio donde vamos. El año que se va no tiene quien lo defienda y resulta más sencillo darle su justo merecido. Ya viene este año renovado en donde nos proponemos firmemente que gran parte va a ser mejor, poniéndonos tantas metas como quepan en nuestra hoja de propósitos. Capaz sea más sencillo poner pocos objetivos y cumplibles, pero a veces nos perdemos en esa lucha con nosotros mismos y nuestro ego exacerbado, y le tememos a que nos tilden de pusilánimes o poco ambiciosos, aunque un grupo íntimo o reducido o quizás nadie sepan de nuestras intenciones para el año que viene.

El que sabe cómo son las cosas, tiene «la verdad de la milanesa». No hay dudas: la verdad de la milanesa es una verdad irrefutable, y la frase es tan común que a veces uno olvida que está aludiendo a uno de los platos de comida preferidos de casi todos los argentinos. Necesitamos investigar, ¿de dónde proviene ese refrán?

Aunque muchos crean que la milanesa es una receta emblemática de la Argentina, sus orígenes son ampliamente discutidos y una simple revisión de la etimología de la palabra revela que en aquel gentilicio hay, por lo menos, una ciudad, Milán, involucrada en sus orígenes. Pero hay mucha más historia detrás.

La frase evoca una verdad que no se conoce. ¿Quién puede asegurar que tal o cual es el verdadero origen de la receta? ¿Quién tiene la verdad de la milanesa? Sin duda, al que se le atribuya esa virtud es un conocedor, un sabio, alguien que, como indicaría el lunfardo porteño «la tiene clara» o «la sabe lunga».

¿Por qué tanto misterio? Hay quienes creen que originalmente era un plato austríaco conocido como wiener Schnitzel (escalope vienés), ya que fue mencionado en un libro de cocina de 1831. Más tarde, durante las invasiones austríacas a Italia, el plato era ampliamente consumido en la región de Milán. Allí, sin embargo, se lo conoce no como milanesa, sino como cotoletta alla milanese (porque lo que se empana es una costilla y se sirve con hueso).

La teoría italiana dice que en realidad el escalope vienés es una versión del plato milanés que habría llegado a Viena gracias a Josef Radetzky, mariscal de campo austríaco radicado en Italia entre 1831 y 1857, quien en un informe sobre la situación en la zona habría mencionado las virtudes del platillo. Pero no existen pruebas concretas de tal hecho.

«La cotoletta se come desde siempre. La preparación de carne empanada está documentada ya en la cocina medieval, y el hecho de empanar era un procedimiento muy común en esa época», explicó a BBC Mundo el investigador Giovanni Fancello, integrante de la Asociación Italiana de Gastronomía Histórica. Según Fancello, el registro más antiguo de algo similar a una milanesa aparece en el libro Historia de Milán, de Pietro Verri. «En el menú de un almuerzo ofrecido por un abate en el año 1134 para la fiesta de San Sátiro, aparece entre los nueve platos servidos el Lombos cum panitio. Es decir, lomos de carne empanada».

«La milanesa presente en el Río de la Plata es seguramente herencia de los italianos, y muy probablemente, de los lombardos», indicó también a BBC Mundo el periodista gastronómico italiano Pietro Sorba, radicado en la Argentina desde hace 30 años y autor de 14 libros sobre historia y antropología culinaria. «Carne frita con pan rallado hay en diferentes regiones de Italia, pero la similitud con la cotoletta alla milanese es llamativa. Así que es bastante probable que la conexión sea esa».

Pero a pesar de la relación con Italia, Nápoles y la napolitana no tienen nada que ver. La famosa milanesa napolitana (coronada con jamón, queso y tomate) nada tiene que ver con la ciudad que vio jugar a Maradona. Cuenta la historia que su creador fue un cocinero llamado Jorge La Grotta, a partir de un error en la cocina. En la década del 50, un asistente suyo se disponía a preparar una milanesa para un comensal y terminó quemándola. El chef le dijo: «No te preocupes, lo vamos a arreglar. Tapá la milanesa con jamón, queso, salsa de tomate y luego lo gratinás». Al ver que más que una corrección era en realidad un manjar, fue agregada inmediatamente al menú del restaurante y de todos los argentinos.

Pedir una milanesa en Milán, un Schnitzel en Argentina o una napolitana en Nápoles es probablemente la mejor manera de que los mozos se rían del pedido. Cada país con su receta y su propia denominación seguirá reclamando la autoría, pero por cierto en el único país donde se celebra cada 3 de mayo el Día Nacional de la Milanesa, es aquí en Argentina.

El historiador Daniel Balmaceda, periodista y escritor, se convirtió en un gran divulgador de los orígenes de muchos platos y expresiones gastronómicas que son de uso corriente en la Argentina.

Y, entre todas las que usamos cotidianamente, hay una que llama la atención por lo mucho que se la usa y lo poco que la gente se cuestiona de dónde proviene.

“La verdad de la milanesa”: todo el mundo sabe qué sentido tiene decirla, pero… ¿por qué la decimos? ¿Hay milanesas que dicen la verdad, y otras que dicen mentiras?

Si bien exactamente no es ese el sentido de la expresión, Balmaceda la explica con mucha claridad.

“El rebozado de la milanesa preserva la carne. Cuando uno come milanesas no sabe realmente qué hay adentro. Eso le pasaba a mucha gente en 1920, 1930. Decían: ¿Qué nos pusieron acá adentro? Recién cuando uno abría y cortaba, podía ver. Esa era la verdadera milanesa. “La verdad de la milanesa es cuando recién la abrimos”, explica el historiador.

Podríamos decir, haciendo una analogía que “la verdad de la milanesa” es lo que está dentro, lo que subyace por debajo de….., aquello que una vez descubierto resulta un sinsentido poner en duda.

Estuve buscando si esta expresión bastante antigua tiene su correlato milennial o centennial.

Lo más parecido que encontré es:

Real (preferiblemente, en mayúsculas, REAL)

Es una manera de enfatizar algo que es verdad y de confirmar que no estás exagerando en absoluto (aunque probablemente se esté exagerando TODO) .

Ejemplo: Estoy tan cansada que estoy muerta, REAL.

Como se puede apreciar no hay una equivalencia en el mundo milennial para la expresión “la verdad de la milanesa”.

¿Será porque las verdades que salen a la luz o la verdad en sí mismo no tienen o solos elementos relativos para esta nueva generación?

No soy sociólogo como para encontrar el motivo de porque algunas frases con historia no tienen su contraparte evolucionada. Quizás solo este dentro del combo de diferenciación de una respecto de la otra.

Lo concreto es que “la verdad de la milanesa” parece para las nuevas generaciones conservar solo la milanesa como hecho indiscutido.

Aprovecho para saludar a todos mis lectores y desearles el mejor de los años por venir.

Les regalo algunos últimos pensamientos, como para arrancar el año y despedir al que se va:

«El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar», Albert Einstein.

«Quien no se mueve, no siente las cadenas», Rosa Luxemburgo.

«Lo más difícil es la decisión de actuar, el resto es meramente tenacidad», Amelia Earhart.

¡Bienaventurado 2023!

¡Primera Navidad!

A casi una semana de que nuestra selección de fútbol se coronara como campeón mundial, en este caso obteniendo su tercera copa dorada, aún hoy, varios de los temas de conversación general giran en torno a ese suceso extraordinario. Entre festejos malogrados, discusiones en Francia acerca de la legitimidad de algunos fallos arbitrales, con sus respuestas inmediatas del lado argentino, discurrió una semana plagada de decisiones erradas, mostrando dos caras de nuestra idiosincrasia: la primera (nuestra selección) muy exitosa, organizada y con objetivos, mientras que la segunda como contrapartida, nos muestra como aficionados de un cierto caos, mucha euforia y escasa planificación. El otro foco de discusión se centra en si Messi es el mejor jugador del mundo, de la historia, de Argentina, del universo, con partidarios y detractores, ubicados en polos bien opuestos y pocas opiniones mesuradas o fundamentadas. Parece ser que la pasión le ha ganado la pulseada a la racionalidad y mesura, quedando el escenario parecido al de una mesa que busca equilibrarse teniendo solo dos patas.

Por otro lado, miles de publicaciones se han hecho eco de este maravilloso proceso que llevó a nuestra selección a lo más alto de la cúspide. En todos ellos se rescatan los valores del esfuerzo, sacrificio, planificación, organización, trabajo en equipo, convicción, aptitud y actitud puesta en conseguir un objetivo superlativo. Se rescata el hecho de haber superado una circunstancia inicial adversa, de la mano de la resiliencia y el aprendizaje de los errores.  En varias de ellas se pide asimismo, que se aplique un proceso de similares características o cualidades para nuestro desarrollo económico y social. Resulta claro que un camino transitado de esta manera, nos llevará en el mediano plazo a un status distinto y con mayores posibilidades, pero es necesario involucrarse desde las acciones y no sólo desde la palabra, dentro del grado de responsabilidad que a cada uno le competa. Empezar con uno mismo a veces es el camino más difícil e intrincado, aunque sumamente necesario para sumar voluntades. Los argentinos fuimos testigos de que Messi había ganado el mundial desde la humildad, el trabajo, la constancia, la perseverancia y el esfuerzo por ser cada día mejor y superarse a sí mismo. Un cambio de paradigma para nuestra cultura que tiende a buscar otras maneras, y situarse a veces en el otro extremo. La importancia de capitalizar este momento histórico nos compete a todos sin distinción, ya que podemos ser artífices de un presente mejor.

En lo personal la jornada previa y post mundial fueron maravillosas, ya que pude celebrar los quince años de mis mellizas el sábado por la noche, y luego pasado el mediodía del domingo pude festejar la consecución de la copa. Por supuesto que el primer evento supera con creces al segundo en cuanto a mis sentimientos y motivaciones más profundas. Sin embargo, en ambas situaciones pudimos estar toda la familia presente, los más cercanos, hermanos, hermanas, sobrinos, sobrinas, tíos y tías. Hacía ya un tiempo que no disfrutábamos de estar todos juntos, degustando de la compañía, la comida, las charlas, las chanzas y la felicidad.

Varias lágrimas se escaparon producto del recuerdo de los que ya no están, papá Ramón, mamá Ana, papá Rodolfo, aquellos que son y supieron ser, nuestro más preciado capital del corazón. Emocionarse hace muy bien, incluyendo dentro del grupo de los que lloran a individuos del sexo masculino, los cuales rompen cada vez con más frecuencia ese paradigma de que “los hombres no lloran”.

Un día como hoy, hace exactamente un año, y dentro del último rebrote masivo que tuvimos del Covid, visitaba a mi mamá Ana, sin saber que esa ocasión sería mi postrero encuentro con ella. No estaba preparado para muchas cosas, y menos para hacer de ese encuentro una despedida. Tenía la plena convicción de que ella seguiría por siempre presente, y que llegaría a recibir el nuevo el año con nosotros. Me entristeció verla debido a su deteriorada condición física y mental y me fue difícil digerir el momento, pero las remembranzas de esa mujer vigorosa, servicial, mamá a tiempo completo y poderosamente humana, sonaban más fuertes en mi músculo cardíaco, por lo que en esa media hora que estuve con ella, pude sentir que había vuelto a ser su niño, aquel que le produjo tantos dolores de cabeza y alegrías del corazón por partes iguales, para ser después uno de sus más fervientes confidentes. Unos días después de esa reunión del 24 de diciembre por la tarde, Ana dejaría de ser una presencia física para pasar a formar parte de ese mundo en el cual ella tanto creía, aquel donde reina Dios, a quien ella le rezaba como una ferviente creyente.

Parece mentira, pero ha pasado un año, aunque en estos momentos que escribo siento ese encuentro como si fuera ahora mismo. Ana ha trascendido de muchas formas, estando presente no sólo en mi corazón si no en mis más profundas convicciones y sobre todo en el cariño. Esta «primera Navidad sin Ana» es una imposibilidad porque ella está muy viva en cada ocasión que transito. Para ser honesto ayer estaba decididamente triste, pero cuando me senté a escribir y a recordarla, algo mágico sucedió en mí, cambiando mi humor, para traerla de vuelta a mí, como esa «persona plena de energía que fue, aquella que lo supo dar todo y mucho más».

La miro con mis ojos de niño, cuando cortaba la tela para confeccionar mis camisas, exquisitas creaciones que me calzaban como un guante en mi cuerpo, o cuando tejía esos abrigos, con los cuales esquivaba de seguro al frío o como cuando tuve tres días seguidos en cama enfermo con escarlatina y con cuarenta grados de fiebre, casi sin conciencia, para despertar de ratos y siempre verla a mi lado, cambiando el paño frío de mi frente. Ana y búsqueda incesante de la perfección, esa mujer que procuraba hacer todo bien, a pesar de su cansancio y siempre a favor de los otros.

Tengo mucha gratitud con Ana porque no pude tener mejor suerte en la vida, de haber recibido tanto, dando relativamente tan poco a cambio. Ana se recuesta a mi lado abrazándome para darme calor, o acunándome para que duerma su niño por demás inquieto, ese niño incansable que la hacía enloquecer. Por momentos tiene prisa, pero nunca tiene pausa, ya que no conoce el stop. Pienso que no se puede ser así, el colmo de lo servicial, pero la respeto porque ella es sólo como sabe ser.

La melancolía la seguía a todas partes, y con el tiempo me la fue transmitiendo, aunque ya me encuentro un poco más curado de esa doliente aflicción. He decidido poner primera en todos los recuerdos que tengo de las riquísimas tortas y festejos de cumpleaños que nos hacía. Impecables celebraciones, donde sus exquisitos quehaceres brillaban, a la par de su bello rostro y su sonrisa.

«Mamá Ana, vive en lo más profundo de nuestro ser, como aquella que fue, es y será el principio y desarrollo de nuestras vidas. La mamá que todos tenemos, la de las manos laboriosas e incansables».

Esta noche cuando levante mi copa, lo haré en su honor, brindando por todo el legado que dejó, por sus obras, por su afdctuoso accionar y su templanza de bien. Sin lugar para la tristeza, hay lugar para el amor y la alegría. Estará conmigo, como cuando me decía: “Marcelo, no seas loco”, para luego reírse a pura carcajada.

¡Brindo por Ana, y por todas las mamás del mundo!

¡Feliz Navidad!