La historia de la humanidad como tal, desde que el hombre evolucionó desde los primates, es bastante extensa, pero podemos decir que los cambios más sustanciales ocurrieron en un muy corto período de tiempo evolutivo. El hombre como especie tiene años más años menos, unos 250.000 años, pero lo que podríamos encasillar dentro de la categoría de hombre civilizado, sólo ocupa una ínfima fracción de ese tiempo, apenas unos 5.000 años divididos entre pre y post cristiandad. Antes de eso sólo existíamos en el mejor de los casos, como cazadores y recolectores, agrupados en pequeñas comunidades. Si nos enfocamos en esos 5 mil años, asimismo podemos decir que los cambios más sustanciales ocurrieron en los últimos 125 años, luego de la revolución industrial, con una aceleración creciente y muy cercana con la revolución digital, las comunicaciones, la robótica y la aún incipiente inteligencia artificial.
No es impropio decir que en el último 0,05 % del tiempo de quehacer humano en la tierra se han producido más cambios y profundizaciones que en todo el resto del 99,95 % del tiempo de vida de la especie. Las consecuencias globales menos deseables están a la vista y nos impactan cada día: «nuestro planeta no resiste tanto grado de presión, reaccionando con desajustes climáticos y ambientales que impactan tanto en los países desarrollados, en vías de desarrollo y en los pobres». Las consecuencias de esos impactos son diferentes, por cierto, provocando muchísima mayor zozobra en los países menos pudientes, donde no existen tantos mecanismos disponibles para amortiguarlos.
Esta creciente aceleración deja cada vez una brecha más pronunciada entre los que subsisten y pelean cada día por los alimentos, el acceso al agua potable y otras condiciones dignas de una vida mínimamente confortable y los que tienen un acceso ilimitado y asequible a todas las ventajas de las nuevas revoluciones. Los sistemas políticos de gobernanza global, aún no son eficaces para mitigar el cambio climático, la erradicación de la pobreza y el acceso a condiciones sustentables para gran parte de la humanidad.
El escenario de los últimos años se caracteriza fundamentalmente por la falta de certezas, o mejor dicho porque no alcanzan el tiempo y los recursos para superar las incertidumbres conocidas, cuando aparecen ya otras en el horizonte. La flexibilidad, adaptabilidad y otros mecanismos de abordaje de estas nuevas coyunturas son claves, porque el conocimiento nos desborda y nos transforma en analfabetos a cada minuto, tensionando nuestras emociones hasta el límite. Parece ser que lo que hace minutos hemos aprendido ya resulta viejo y no aplicable del todo.
Yendo ahora la mundo empresarial, social y humano, los sistemas organizacionales son sometidos a exigencias para los cuales no existen procedimientos, estructuras, recursos humanos y funciones que puedan amortiguarlas y mucho menos gestionarlas de manera acabada. Los líderes tratan de ingeniar equipos preparados para afrontar los múltiples desafíos del mercado, pero la volatilidad los supera y por consiguiente sus integrantes deben abordar tareas para los cuales no se encuentran debidamente preparados.
¿Sabemos qué pasará mañana? ¿Y la semana que viene? ¿Y el mes que viene? ¿Sabemos qué va a pasar el año próximo? ¿Y eso nos angustia, nos excita o nos motiva? Para ser honestos con nosotros mismos, la incertidumbre es interesante si la podemos mantener en un entorno controlado. Una película necesita incertidumbre, un libro de narrativa también, pero estos son ejemplos de espacios acotados y que sabemos que tienen un principio y un final. Son entornos donde la incertidumbre tiene un papel, pero donde asumimos la certidumbre del final cierto.
¿Y fuera de esos entornos? ¿Nos interesa o atrae la incertidumbre? Bueno, según y cómo dice Zygmunt Bauman en una entrevista en La Vanguardia “la única certeza es la incertidumbre”. Aparte de este juego de palabras al que somos aficionados muchos escritores y pensadores, es cierto que la experiencia nos demuestra que hacer previsiones esperando que se cumplan al 100% es un error y quizás hasta una pérdida de tiempo. Socialmente estamos viendo cómo años de estabilidad (aparentemente no demasiado sólida, pero estabilidad desde el punto de vista psicológico) está rompiéndose en un espacio de tiempo muy corto. Esto crea inestabilidades, miedos e inseguridades que afectan al mercado. La incertidumbre de no saber cómo y cuándo va a acabar esta crisis afecta al mercado, que se paraliza y se vuelve inestable.
En realidad, el ser humano busca la certidumbre, trata de proyectar su vida al futuro para saber qué es lo que éste le depara y no tener sorpresas. El ser humano trata de gestionar su vida desde lo conocido. La certidumbre, en estos casos supone un colchón que mitiga la inestabilidad del cambio no querido o esperado. La sorpresa se ve como un hecho desagradable si no trae consigo un significado que implique control: podemos asumir la sorpresa de un cumpleaños, incluso la sorpresa de un ascenso, pero no la de un despido porque éste implica un cambio de esquemas y una pérdida de control del entorno en el que vivíamos.
Sin embargo, económicamente la incertidumbre tiene un valor, forma parte del mercado incluso como producto. Por un lado, están las bolsas, que viven de la incertidumbre, de la apuesta por el futuro. Por supuesto, los operadores tratan de mitigar esa incertidumbre a través de análisis, estudios e informes, pero si se perdiera esa incertidumbre la bolsa no tendría mucha razón de ser.
Con la incertidumbre creciente están los que entrenan y venden soluciones que son capaces de mitigar esa incertidumbre, los consultores y asesores que son contratados porque los empresarios, autónomos o emprendedores se encuentran en un entorno que no comprenden o que son incapaces de gestionar. Pero no existen recetas mágicas ya que los consultores y asesores, tampoco son totalmente efectivos para sortear “las grandes olas de no certezas”. De alguna manera el predominio de las incertidumbres, tiene tanto peso en sí mismo, que no somos capaces de valorar su impacto, por lo que por lo general la subestimamos.
La gestión empresarial también muestra indicios de ese deseo de control que los lleve a encontrar certezas. Los modelos de negocio van en la dirección de controlar no sólo a la propia empresa, sino también el entorno. Cuando Michael Porter, por ejemplo, habla de las 5 fuerzas del mercado lo que está tratando es de conocerlo para dominarlo. Es normal y lógico, porque la incertidumbre cuesta dinero, no conocer el entorno es peligroso, y no estar preparado para dar respuestas rápidas nos puede sacar del mercado. Hemos de tener en cuenta, sin embargo, que esa capacidad de conocimiento, control y predicción se está perdiendo. En una era en la que el conocimiento es muy fácil de conseguir y al que es muy fácil acceder, nos encontramos con un entorno inestable, lleno de caras, como un poliedro, en el que surgen constantemente nuevas teorías y enfoques que nos alejan de una comprensión unívoca de la realidad. Hay tantas formas de estar en el mercado y caminos hacia el éxito o el fracaso como empresas y proyectos, que nos podemos perder en caminos laberínticos.
La incertidumbre o quizás mejor aún un cierto grado de incertidumbre, no sólo no es malo, sino que permite un desarrollo más adecuado e interesante de nuestras empresas y proyectos. La incertidumbre nos mantiene alertas, nos obliga a improvisar y a mejorar constantemente nuestras capacidades, nos hace trabajar e idear fuera de la caja, y nos hace más dinámicos.
Gestionar la incertidumbre implica aceptar los fallos como parte de nuestros procesos de gestión, asumiendo que son un elemento fundamental de mejora. El error aparece como un resultado no deseado, una acción o gestión incorrecta que rompe la certidumbre de un resultado adecuado y deseado. Lo que pasa es que en ocasiones ese error abre puertas a otras proyecciones, a cambios en escenarios futuros que posiblemente no hayamos sido capaces de ver pero que pueden ser muy interesantes para nuestros proyectos.
La gestión de la incertidumbre ha de ser planificada en las organizaciones, estando preparados para su llegada y dejando espacios de indefinición. La innovación bebe de la incertidumbre, del desconocimiento del alcance de los proyectos innovadores que comenzamos. Empresas abiertas e innovación abierta son magníficas herramientas para integrar la incertidumbre dentro de nuestras empresas sin que genere una explosión descontrolada de ellas y dentro de ellas. Los modelos abiertos de gestión, favorecen la posibilidad de sacar el máximo partido de la incertidumbre. La incertidumbre ayuda a las empresas a aprender, pues les obliga a estar constantemente adaptándose a nuevos escenarios y a prever múltiples variantes.
El desafío entonces se plantea acerca de cómo gestionamos los entornos internos y externos afectados por el fenómeno de la incertidumbre, dentro de un sistema formal y material. La primera pregunta que deberíamos hacernos, tal vez, es si estamos convencidos que la incertidumbre se puede gestionar. ¿Cómo gestiono lo incierto? ¿Las recetas que empleó mi competidor o mi vecino son estrictamente aplicables a la cultura de mi organización?
Creo que hay varias claves para integrar la incertidumbre dentro de nuestras estructuras:
Conocimiento. Es importante conocer, saber para dar respuestas correctas a modelos nuevos, a escenarios nuevos.
Out of the box. Ese conocimiento no puede ser el tradicional, no podemos seguir respondiendo con criterios tradicionales cambios imprevistos e impensables hace unos años.
Flexibilidad y adaptabilidad. Debemos estar dispuestos a cambiar estructuras físicas y mentales, a olvidar normas que se han mostrado inútiles y carentes de validez.
Apertura. Rompiendo los límites de la empresa, rompiendo nuestros propios límites mentales de modo que nos permitan encontrar soluciones en entornos y fuentes distintas a las habituales.
Cambio. Integrar el cambio como parte normal de la empresa, como forma de gestión. Sólo las organizaciones que están dispuestas a cambiar están en disposición de sobrevivir.
Error. Como elemento clave de la incertidumbre, pues la crea y le da sentido al ayudarnos a aprender de ese error.
Estamos en un momento en el que sólo nos cabe convivir con la incertidumbre, adecuando nuestras organizaciones a cambios constantes y a veces desconocidos. Los mercados que antes nos parecían maduros y estables están cambiando o desapareciendo. Y nuevas formas de comercialización, de gestión y de acceso a mercados están apareciendo sin que a veces lleguemos ni a comprenderlas. Podemos luchar por el control, pero el control se nos va a escapar como el agua. Por eso resulta mucho más inteligente convivir con la incertidumbre y tratar de sacar el máximo partido de ella.
Los sistemas humanos y sobre todo aquellos que se construyen en situaciones cambiantes necesitan valores guías, aquellos que no nos ponemos a discutir, sino más bien que guían a nuestras acciones. La gestión de la incertidumbre requiere según mi punto de vista apoyarse en estos valores:
Confianza: Con una fuerza de trabajo distribuida, los líderes deben confiar en que los colaboradores harán su trabajo y se centrarán más en medir los resultados (es decir, si el resultado deseado se entregó a tiempo y cumplió con las expectativas establecidas), en lugar de rastrear las entradas (es decir, cuántas horas se trabajaron y cuándo). Los colaboradores deben confiar en que la empresa los respalda cuando asumen riesgos o cuando tienen que lidiar con el cuidado de sus niños, por ejemplo. Los clientes deben confiar en que los proveedores y socios pueden cambiar rápidamente cuando sus entornos cambian. Desde el punto de vista organizacional, las empresas deben poder confiar en las conexiones que tienen con los colaboradores, los clientes y sus socios. En ese contexto, la seguridad no es solo un mecanismo defensivo; se convierte en un medio para establecer la confianza.
Capacidad de aprendizaje: En un mundo que cambia rápidamente, el conocimiento es una ventaja competitiva, impulsa la acción. Afortunadamente, los datos están en todas partes. Para ser una organización en constante aprendizaje, las empresas deberán adquirir, analizar y actuar utilizando datos todo el tiempo. A veces, los datos no serán perfectos e incluso podrían contradecir la sabiduría convencional, como cuando la pandemia NO provocó una recesión masiva. Se deberá desarrollar la capacidad de leer señales del entorno y combinarlas rápidamente con lo que ya se conoce, o realizar pequeños cambios (como pruebas AB) para desarrollar más datos. Los datos se convierten en un componente básico en las iniciativas de crecimiento a medida que la organización aprende qué funciona.
Colaboración e innovación: Las reglas y los procesos siempre tendrán su lugar en los negocios; sin embargo, la rigidez es exactamente lo contrario a la adaptabilidad. Los directivos siempre deben hacer responsables a las personas ejecutantes de sus labores; sin embargo, la toma de decisiones de arriba hacia abajo y la micro gestión también se oponen a la adaptabilidad. La colaboración entre funciones, las estructuras organizativas fluidas y un poder distribuido para actuar impulsarán la ventaja competitiva, el compromiso de los colaboradores y la satisfacción del cliente. Una vez más, la confianza y los datos son facilitadores clave de este tipo de colaboración e innovación. Si algo se puede reducir a una regla, lo podemos automatizar, siendo la inteligencia artificial (IA) la que puede generar conocimientos para la experimentación y la toma de decisiones acelerada.
Por último y creo que de manera transversal a todas las funciones que prosperan y de desarrollan dentro de una organización humana, que clásicamente han sido preparadas para competir interna y externamente, ahora se necesitan habilidades para adherir a una visión más cooperativa y competitiva, por lo que tejer relaciones internas y externas que compitan y cooperen al mismo tiempo permitirá sortear obstáculos y desarrollar proyectos que incluyan y se multipliquen en nuevos actores , regiones y escenarios cambiantes.
«Ya no se trata solamente de la supervivencia del más apto, sino más bien sumar a la aptitud una actitud adaptativa y cooperativa hacia adentro y afuera de las organizaciones».
Gestionar lo incierto es el desafío.










