Hablemos….. de Lenguaje ?

Los seres humanos son animales con capacidad de interactuar a través del lenguaje. Esa interacción se da en la esfera personal como en la social, donde mediante el lenguaje es posible representar cosas, y los hechos vinculantes, que las definen. El poder del lenguaje radica en que a través del mismo es posible crear, proponer, en base a abstracciones, que luego se transforman en acciones. Las palabras nos llevan al hacer, como un rio lleva a nuestro bote.

La filosofía empieza a tener registros de la importancia del lenguaje, como un hecho transformador, en una etapa tardía. La filosofía de Descartes, “pienso luego existo” marcó una época que duró mucho en la evolución del pensamiento filosófico. No hay corrientes de pensamiento eternas, ni mucho menos únicas. Sobre todo, para cerebros inquietos, como el de Ludwig. (que no era Beethoven)

Ludwig Wittgenstein (1889-1951) es uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Su trabajo inicia el célebre “giro lingüístico” de la filosofía, un cambio en la forma de abordar los tradicionales problemas filosóficos. Fue autor de dos libros que revolucionaron el panorama filosófico y fueron fundacionales para nuevas corrientes de pensamiento.

Este filósofo austríaco-británico, nacido en Viena en una familia de la alta burguesía industrial de ascendencia judía, rica y culta, fue educado por tutores en su propia casa hasta los catorce años: Tras acabar los estudios secundarios en Linz, estudia ingeniería aeronáutica en Technische Hochschule de Berlín-Charlottenburg y posteriormente en la universidad de Manchester, hasta 1911. Sus intereses se desplazaron de la aviación a la matemática y, de ésta, a sus fundamentos; la lectura de Los principios de matemática, de Russell le lleva a la filosofía. Visita en 1911 a Frege y estudia con Russell, en el Trinity College de Cambridge, durante el curso de 1912 a 1913. Conocido es el enorme impacto que la brillantez de su inteligencia causó en Russell, ambos formando parte del famoso grupo de “The Apostles”, donde conoce y trata también a G.E. Moore y a J.M. Keynes.

Las bases del pensamiento filosófico del pensador austríaco pueden entenderse en base a los fundamentos de su filosofía lógica y lingüística, que puede resumirse en apartados claves, tanto relacionales, como de hechos y obras.

Bertrand Russell. Cuando Wittgenstein marchó a Reino Unido, conoció a Russell y su filosofía le influyó enormemente. Es importante notar que Russell, enfocado en la filosofía de la matemática, no tenía una filosofía del lenguaje propiamente dicha (lo que será la especialidad de Wittgenstein). De hecho, las reflexiones de Russell sobre el lenguaje solo pueden comprenderse aludiendo a otras tesis filosóficas más generales.

La idea fundamental que Wittgenstein hereda de Russell es que el análisis del lenguaje es una buena vía para analizar y comprender la realidad. Sin embargo, para tal cometido, no es válida cualquier forma del lenguaje. Para Russell (como lo será para el primer Wittgenstein) el lenguaje natural (el de nuestro día a día) es engañoso y confuso. Es el lenguaje lógico, el lenguaje formal, el que supone (por su claridad y forma) el medio privilegiado para desentrañar la estructura de la realidad.

Tractatus. Aunque tiene algunos escritos menores, la bibliografía de Wittgenstein se compone principalmente de dos obras. La primera de ellas es el Tractatus Logico-philosophicus [1921]. El Tractatus es un libro estilísticamente fascinante, compuesto por aforismos ordenados y jerarquizados (así, encontramos la proposición 1, la 1.1, la 1.2 etc.). Su objetivo: determinar la naturaleza del lenguaje y su relación con el mundo y el pensamiento. La fascinación también surge de que la obra se plantea como un sistema deductivo coherente en todas sus proposiciones, por lo que, de aceptar las premisas del Tractatus, es muy difícil rechazar sus conclusiones.

Esta obra es una obra de filosofía lógica, donde se pretende esclarecer las relaciones del lenguaje con el pensamiento y la realidad. En este texto, la lógica tiene un papel clave porque se le otorga el papel de sistema simbólico por excelencia. En otras palabras, en el Tractatus se exploran las condiciones trascendentales de la lógica, es decir, qué nos permite conocer y qué no conocer.

Mundo y lenguaje. Las dos primeras proposiciones del Tractatus son las siguientes:

1. El mundo es todo lo que acaece.

1.1 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.

Para el primer Wittgenstein, el mundo, la realidad, está conformada por hechos. Por ejemplo, un hecho podría ser el siguiente: “El perro de la vecina está saltando en el jardín”. Es importante notar que para el filósofo austríaco el componente último de la realidad son los hechos, no las cosas. Mientras que, para su maestro, Russell, los elementos últimos de la realidad son las cosas (perro, jardín), para Wittgenstein los objetos siempre entran en relación entre sí y es imposible pensar las cosas aisladas unas de otras. Esto afirma el filósofo en el Tractatus:

2.01 El estado de cosas es una combinación de objetos (cosas).

2.12 Esencial a la cosa es poder ser constitutiva de un estado de cosas.

2.012 En lógica, nada es accidental: si la cosa puede entrar en un estado de cosas, la posibilidad del estado de cosas debe estar ya prejuzgada en la cosa.

Notemos que, para Wittgenstein, los hechos son “la existencia de un estado de cosas”, esto es, estados de cosas que ocurren en la realidad. De esta manera, “los unicornios tienen un cuerno en la cabeza” no es un hecho, pues los unicornios no existen. Ahora comprendemos mejor lo que es el mundo: “El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas”.

Una vez definido lo que es el mundo, ¿qué relación hay entre él y nuestro lenguaje? La respuesta a esta pregunta es la clave del giro lingüístico que lleva a cabo Wittgenstein. En la proposición 2.1 encontramos la respuesta:

“Nosotros nos hacemos figuras [representaciones] de los hechos”.

En otras palabras, con el lenguaje representamos la realidad de tal manera que al objeto “perro” le corresponde en la frase la palabra “perro”. Además, representamos los hechos de tal manera que las distintas palabras están combinadas entre sí de igual forma a como están los objetos combinados en la realidad (porque no es la vecina la que está saltando).

En la cita anterior, vemos un punto clave en el Tractatus: que el mundo y el lenguaje (y el pensamiento) tienen la misma forma lógica y guardan entre ellos relaciones de semejanza (¿cómo podría una cosa representar a otra si no fueran semejantes?). De ahí el giro lingüístico: en la medida en que el lenguaje y la realidad son isomorfos (tienen la misma forma lógica), podemos estudiar la realidad a partir de un estudio del lenguaje.

El sinsentido de la filosofía. Lo que ocurre con la filosofía en general, y con la metafísica en particular, es que el lenguaje que usa no refiere a términos de la realidad y, por tanto, se crean sinsentidos. Si yo digo «el perro de la vecina está saltando en el jardín», cada palabra se corresponde con un objeto de la realidad. La proposición será verdadera en la medida en que la relación entre las palabras se corresponda con la relación entre las cosas. Así, si el perro está saltando en el salón, diremos que la proposición es falsa y si está saltando efectivamente en el jardín, diremos que es verdadera.

4.0031 La mayor parte de las proposiciones y cuestiones que se han escrito sobre materia filosófica no son falsas, sino sin sentido. No podemos, pues, responder a cuestiones de esta clase de ningún modo, sino solamente establecer su sinsentido. La mayor parte de las cuestiones y proposiciones de los filósofos proceden de que no comprendemos la lógica de nuestro lenguaje. (Son de esta clase las cuestiones de si lo bueno es más o menos idéntico que lo bello). No hay que asombrarse de que los más profundos problema no sean propiamente problemas.

Así, cuando un filósofo afirma, por ejemplo, que “el ser es la esencia de todos los entes”, en realidad, para Wittgenstein no está diciendo nada porque sus palabras (ser, ente) no corresponden a objetos de la realidad. Los problemas filosóficos son problemas solo por un mal uso del lenguaje, pero nada más. Desde este punto de vista, la forma correcta de acercarse a la realidad es la de la ciencia. A este respecto, escribe Wittgenstein:

6.53 El verdadero método de la filosofía sería propiamente este: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural (que no tiene nada que ver con la filosofía); y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontentos a los demás pues no tendrían el sentimiento de que estábamos enseñándoles filosofía, pero sería el único estrictamente correcto.

Decir y mostrar. Wittgenstein llega, él mismo, a un aprieto. Si las palabras con sentido son las que refieren objetos de la realidad, ¿qué ocurre con palabras como “lógica”, “representación” o “verdad” que aparecen en su propio libro? El filósofo austríaco está también haciendo un uso “filosófico” del lenguaje, es decir, un mal uso, está creando sinsentidos. Sin embargo, Wittgenstein es consciente de este problema y sabe que lo más importante no es lo que dice (pues es un sinsentido), sino lo que muestra.

2.172 La figura, sin embargo, no puede figurar su forma de figuración; la muestra.

 4.1212 Lo que se puede mostrar no puede decirse.

Para entender esto mejor, pongamos un ejemplo matemático. Imaginemos un vector. Un vector siempre une dos puntos en el mapa (tal y como el lenguaje siempre habla de objetos del mundo). Sin embargo, el vector no puede señalarse a sí mismo, de la misma forma que el lenguaje (porque representa la realidad) no puede representarse a sí mismo. Para poder hablar del lenguaje tendremos que decir sinsentidos, usar mal lenguaje, de tal forma que lo importante no es lo que se diga, sino lo que se muestra. El vector no nos dice su funcionamiento, sino que lo muestra. De ahí la célebre cita de la escalera de Wittgenstein:

6.54 Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido).

Positivismo. El Tractatus fue muy influyente para la corriente filosófica llamada “positivismo lógico”, corriente que se desarrolló durante el período de entreguerras. Los pensadores afines a este movimiento se aglutinaron alrededor de Moritz Schlick, catedrático de la Universidad de Viena, por lo que también se conoce a este movimiento como el “Círculo de Viena”.

Los positivistas buscaron la forma de delimitar correctamente el conocimiento verdadero. Al igual que Wittgenstein, su método era el análisis lógico del lenguaje. Estos autores heredan de Wittgenstein su teoría de la significatividad, es decir, toda una teoría acerca de la realidad, del mundo y del lenguaje que les permitía cumplir su objetivo epistemológico.

La influencia fundamental que tuvo el primer Wittgenstein en esta corriente de pensamiento se puede resumir en dos puntos principales. El primero de ellos es la creencia de que el significado de un enunciado yace en el reflejo de un hecho (esto es, que el lenguaje representa la realidad). El segundo punto consiste en que la única forma de saber si un enunciado es verdadero o falso es comparándolo con la realidad.

El Tractatus, según su propia teoría del lenguaje, está lleno de sinsentidos porque emplea palabras sin un referente real (palabras como verdad, lógica o significado). Este aprieto surge del hecho de que el lenguaje no puede hablar de sí mismo. Por eso, el libro no es importante por lo que dice, sino por lo que muestra. El problema que los positivistas heredan del Tractatus es que este libro no señala los criterios necesarios para comparar los enunciados con la realidad (criterios necesarios para delimitar si estos, los enunciados, son verdaderos o falsos). Los positivistas, que veían en Wittgenstein a un maestro (aunque este nunca afirmó ser parte del Círculo), dedicaron sus esfuerzos a la búsqueda de estos criterios con el fin de encontrar la forma de alcanzar el conocimiento verdadero y dejar los pseudoproblemas filosóficos.

Investigaciones filosóficas. La teoría filosófica que Wittgenstein expone en el Tractatus cambia radicalmente con la publicación de su segundo libro: «Las Investigaciones filosóficas». Entramos ahora en el período conocido como el del segundo Wittgenstein. Sin embargo, antes de señalar la diferencia entre ambos períodos, señalemos en primer lugar las semejanzas.

Dentro de las continuidades, la más importante quizá sea que la preocupación lingüística de Wittgenstein sigue siendo puramente filosófica (y no filológica, por ejemplo). El objetivo de la filosofía del lenguaje de Wittgenstein (tanto en el primer período como en el segundo) no es describir el sistema de símbolos de la comunicación humana, sino usar el lenguaje para esclarecer problemas filosóficos, problemas sobre la realidad y el conocimiento.

¿Qué ideas del Tractatus se abandonan en las Investigaciones filosóficas? La más notoria es la idea de que el lenguaje natural es engañoso y que, para un correcto análisis filosófico, el filósofo debe estudiar el lenguaje lógico, formal (auténtica forma del pensamiento y del mundo, se pensaba en el Tractatus). Otro abandono importante es la idea de que el lenguaje representa la realidad. Para el segundo Wittgenstein, el lenguaje se usa, más que representa.

Usos y juegos del lenguaje. Para el primer Wittgenstein, que un nombre (por ejemplo, “perro”) denomine a un objeto externo (al perro de mi vecina) no depende de nada externo al lenguaje: la capacidad representadora del lenguaje es algo intrínseco al mismo. Esta idea, básica y medular en el Tractatus, es una idea que está impresa en la tradición occidental desde Platón hasta el siglo XX, pasando, por ejemplo, por San Agustín.

En cambio, para el segundo Wittgenstein, el significado de una palabra no estriba en su referencia (en el objeto externo), sino que yace en el contexto comunicativo en el que se pronuncia, es decir, el significado de una palabra es su uso. Para el primer Wittgenstein, decir “la cabra tira al monte” cuando alguien comete un error es un sinsentido, pues las palabras no refieren a la realidad (¿qué cabra? ¿Qué monte?). En cambio, para el segundo Wittgenstein, el lenguaje significa porque se usa. ¿Qué uso le damos a esta frase en tal contexto comunicativo? En nuestro ejemplo, señalar la tendencia que tenemos a seguir nuestra propia naturaleza.

Una noción clave que resume todo lo anterior es la de juegos del lenguaje. Los juegos del lenguaje son las diferentes formas (heterogéneas entre sí) de usar el lenguaje. Los malentendidos lingüísticos (filosóficos o no) se dan cuando dos personas usan la misma palabra (por ejemplo, Dios) en juegos de lenguaje diferentes. Así, el cristiano usa la palabra “Dios” de una forma y con una función muy diferente a la del científico que afirma que “Dios no existe”.

En las Investigaciones filosóficas, Wittgenstein abandona la idea de que el significado de una palabra reside en el objeto externo que señala. En este segundo período, la tesis de Wittgenstein es que el significado de una palabra es su uso.

Reglas del lenguaje. La noción de regla es, junto a la de juegos del lenguaje, la noción más importante de esta segunda etapa. En las Investigaciones filosóficas, el significado de una palabra es su uso. Pero, como todos los juegos, los usos del lenguaje tienen unas reglas.

Las reglas lingüísticas, para el segundo Wittgenstein, son las reglas que rigen el buen funcionamiento de los juegos del lenguaje. Por ejemplo, si para felicitar a alguien decimos “la cabra tira al monte” no estamos usando correctamente la expresión. Un aspecto fundamental es que las reglas son intrínsecas a los juegos, que son heterogéneos entre sí. En otras palabras, las reglas siempre son relativas a un juego en particular.

Por otro lado, las reglas lingüísticas son, como es evidente, sociales. Llegamos aquí a la célebre crítica de Wittgenstein al lenguaje privado. El lenguaje privado, según la teoría de las Investigaciones, es una idea contradictoria, porque las reglas son siempre sociales. Si existiera un lenguaje privado, sus reglas serían personales y todo podría hacerse concordar con la regla. Esto significa que, a su vez, todo podría dislocar la regla, por lo que “no habría concordancia ni desacuerdo”.

Pragmática. La publicación de las Investigaciones supuso una revolución en la filosofía lingüística. El lenguaje natural se revalorizó y dejó de estar considerado como un artificio engañoso, origen de infinidad de errores. El lenguaje lógico y formal, antaño pensado como aquel que mostraba verdaderamente la esencia del lenguaje, pasó a comprenderse como una forma más de hablar, como un juego de lenguaje más.

Veamos este cambio de paradigma con un ejemplo. Para el “Círculo de Viena”, cuando alguien afirma que “hace frío”, esta frase es verdadera o falsa dependiendo de si, termómetro mediante, hace realmente frío o no. Después de las Investigaciones, entendemos que este (el científico, el que examina la realidad) no es el único juego de lenguaje posible y que el significado puede varias dependiendo de su contexto social. Así, es probable que cuando alguien dice: “Hace frío”, en realidad no quiera hacer una afirmación sobre la temperatura, sino que esté sugiriendo cerrar las ventanas.

De este cambio de paradigma nace la pragmática lingüística, que tendrá en Austin y Searle sus máximos exponentes. De hecho, para estos autores, el lenguaje no sólo no describe la realidad (como suponía el Tractatus), sino que incluso puede crearla (como cuando decimos a nuestra pareja “¡Quiero el divorcio!”).

La función creadora del lenguaje hoy no se discute, pero el ser humano tomo muchos siglos para reconocerla.

¡El pensador que dejó la ingeniería por la filosofía no tuvo tiempo de crear un tercer libro que pudiera demostrarlo!

Hallar significado y propósito, una filosofía de vida !

Una de las principales calamidades del siglo XX, que se continúa en el siglo XXI es la falta de sentido tanto individual como social. Muchas personas carecen de un propósito firme en sus vidas, tanto es así, que es considerado como normal no tener un norte.

La vida es tomada por muchos como un hecho fortuito, como una sucesión de aleatoriedades, donde resulta difícil encontrar equilibrio, bienestar y una sensación de felicidad.

Como decía Simone de Beauvior,

Declarar que la existencia es absurda es negar que se le pueda dar sentido alguna vez; decir que es ambigua es afirmar que su significado nunca es el mismo, que constantemente ha de ser adquirido”.

o Mary Wollstsonecraft”,

“Nada contribuye más a tranquilizar la mente como un firme propósito, un punto en el que el alma pueda fijar su ojo intelectual”.

La filosofía existencialista se encargó de fomentar una idea de seres extremadamente relajados, garabateando filosofía y poesía, en una visión romántica y despojada de la vida. Los que sortearon esta etapa, dentro de esta corriente de pensamiento, luego de haber negado la existencia de Dios como un sentido superior, pudieron sin embargo enfocarse en la tarea de encontrar otro sentido, algo que puede definirse de este modo: si venimos de la nada y vamos hacia la nada, pasemos el tiempo que nos queda celebrando la existencia misma de la vida.

El gran desafío que nos queda es usar el libre albedrío para descubrir que significa para cada uno de nosotros vivir auténticamente, creando nuestro propio sentido de autenticidad.

La pregunta filosófica por excelencia: ¿cuál es el sentido de la vida? no tiene una respuesta, sino millones, dependiendo de cada persona que se anime a responderla, aunque la respuesta carezca de objetividad, no sea acabada, ni aplicable a cualquier circunstancia de nuestras vidas. La filosofía no es una ciencia exacta sino la madre de todas las preguntas, pero que no tiene las precisas respuestas.

La primera clave es distinguir entre significado y propósito.  Estos términos suelen usarse indistintamente, como si implicarán lo mismo, pero es necesario establecer diferencias, que resulten sutiles para algunos, pero diferencias al fin.

El propósito es un objeto último o un fin que ha de alcanzarse. Es una meta.

El significado tiene que ver con el modo en el que desarrolla una vida sobre una base continuada, en la manera en que ocurren las cosas, no en el resultado final o en el objetivo buscado.

Dos ejemplos simples para entender la diferencia pueden ser:

  • Estoy sentado en un restaurant y pido el menú para ver que ofrece. El propósito del menú es ayudarme a elegir el plato que voy a comer. El significado del menú es toda la información que posee para ayudarme con la elección.
  • Estoy en un viaje por la carretera y uso un mapa GPS para guiarme. Ese dispositivo tiene como propósito guiarme a mi destino. El significado de ese mapa es la representación del territorio, aunque no sea el territorio.

¿Puede haber significado sin propósito y viceversa?

Volviendo sobre los ejemplos podemos encontrar las respuestas (que no son verdades absolutas).

  • Supongamos que el menú está en francés y yo no sé nada de francés. El propósito del menú sigue estando, pero no significa nada para mí, ya que no puedo interpretar la información. Del mismo modo, puedo saber francés, pero el precio de los platos es tan elevado que no me alcanza el dinero para comer. El menú tiene significado para mí, pero no sirve a mi propósito ya que no puedo comer.
  • Normalmente no basta con trazar una línea sobre un mapa para llegar a un lugar deseado. El mapa tiene significado para mí, pero no tengo propósito de llegar a ningún lado. Viceversa, tengo la idea de ir a Roma, pero el GPS tiene información desactualizada, por lo que no adquiere el significado que busco para mí.

Si dispongo de algún propósito conocer el significado de las cosas puede colaborar para que yo lo alcance. Pero si no tengo propósito los significados me serán menos útiles. El mapa más exacto del mundo no tiene significado para mí si no tengo intenciones de ir a ningún lado.

Nos sentimos mucho más plenos cuando tenemos un propósito de vida. A partir de ahí encontramos significados, aunque algunos de ellos no contribuyan a nuestro propósito. Es un ejercicio saber cuáles son los significados (o modos de…..) que se alinean con nuestro propósito. Se puede vivir con muchos significados y sin propósito, pero la vida carecerá finalmente de sentido. Del mismo modo, tener un propósito no garantiza que la vida sea significativa.

Se puede tener un solo propósito durante toda su vida, o una serie de propósitos fluctuantes acorde a los diferentes momentos de la vida. Por ejemplo, primero la paternidad, pero cuando los hijos son mayores, tomar al desarrollo profesional como el propósito sustancial. Una famosa cita bíblica nos dice: “Hay bajos los cielos, una estación para cada cosa y un tiempo para cada propósito”.

Es importante encontrar la suficiente flexibilidad para perseguir propósitos distintos a lo largo de la vida, porque si no corremos el riesgo de obstinarnos con metas que ya no nos sirven de nada. Las cosas significantes, por ende, deben cambiar a la par, o bien a partir de que encontremos nuevos significados, o sea cosas que nos hacen sentido, podemos elegir nuevos propósitos.

Los propósitos está claro que no se consiguen solo con el deseo de alcanzarlos, tampoco nadie es capaz de darnos un propósito como un regalo, ya son cuestiones muy personales y únicas. El verdadero propósito puede ser no tan obvio y a veces se requiere mucho tiempo para descubrirlo. Lo que seguro habrá en ese camino, es un cúmulo de significado, por lo que nuestra vida no estará desperdiciada, ya que en caso el propósito habrá sido llenarse de significados para encontrar finalmente el propósito.

El tiempo bien utilizado juega un rol muy importante tanto en el significado como en el propósito.

Thomas Mann nos dice al respecto,

“Sujeta bien el tiempo. Protégelo, vigílalo, cada hora, cada minuto. Si no lo tienes en cuenta se desvanece. Considera sagrado cada momento. Dale a cada uno claridad y significado, a cada uno el peso de tu atención, a cada uno su verdadero y merecido logro”.

En el poema “Si” la sugerencia de Kipling para una vida satisfactoria es “llenar el minuto implacable con sesenta segundos dignos de ser vividos”. Lo que pretendía Kipling era hallar significado en todos los pequeños momentos de la vida cotidiana, sin desperdiciarlos, y un propósito en la acumulación de dichos momentos. Un camino transitado de esa manera, está pavimentado con significado y conduce a un propósito.

Si puedes llenar el minuto implacable

Con sesenta segundos dignos de su transcurso,

Tuya es la tierra y todo cuando contiene,

Y, lo que es más, ¡Tú serás un hombre, hijo mío!

Significados y propósitos que se construyen y se realimentan para darnos un sentido, dentro de un período denominado vida.

La filosofía práctica nos acerca una vez más a una comprensión más plena de nuestra existencia.

El maestro Kong !

Oriente tuvo y tiene una influencia descollante en el pensamiento universal. Nuestra mente occidental dominada por la filosofía clásica y todas sus corrientes asociadas, ha recibido sin embargo aportes importantes de grandes pensadores chinos, indios y japoneses, artífices de escuelas de pensamiento, que son una alternativa muy válida a la hora de enfrentar las adversidades y oportunidades que se nos presentan, tanto en lo individual como en lo social.

¿Cuáles son las diferencias entre la filosofía oriental y occidental?

Nuestro modo de pensar puede determinarlo la tradición en la que nos formamos. Por eso, conocer las diferencias entre la filosofía oriental y occidental nos ayuda a comprender por qué percibimos el mundo de una u otra manera.

Establecer diferencias entre la filosofía oriental y la occidental tiene sentido, ya que son dos formas de pensamiento disímiles, pero complementarias En primer lugar, no comparten el mismo origen de procedencia. Oriente se caracterizó por una multiplicidad de reflexiones provenientes de India, China y Japón. Por su parte, esta disciplina en Occidente tuvo sus comienzos en la Grecia antigua.

Además, el enfoque de ambas filosofías es distinto. Así, la filosofía oriental se centra en el cultivo y la búsqueda de una actitud más espiritual que trascienda el plano del mundo material en el que vivimos.

Mientras que la filosofía occidental es predominantemente racional y dual.

Visión de la realidad: unidad vs. Pluralidad

La filosofía oriental y la occidental conciben la realidad de maneras diversas. En la filosofía oriental, prevalece la unidad del mundo frente a la multiplicidad y diversidad de nuestro entorno. Este tipo de pensamiento sostiene que existe un principio originario único del cual todo procede. Es decir, cada cosa de nuestro mundo es producto de un principio único.

Según el libro “Oriente y Occidente” de Luis Racionero, la cultura oriental nos lleva hacia un concepto de unidad o consciencia cósmica. Este término fue descrito por el psiquiatra canadiense Richard Maurice Bucke como “una consciencia subjetiva del cosmos, la vida y el universo”. De forma habitual, dicha unidad suele representarse a través del círculo, el cual simboliza perfección y belleza, como por ejemplo el yin y el yang.

Por su parte, la filosofía occidental se caracteriza por ser plural y dualista. En otras palabras, realiza una separación entre dos opuestos: cuerpo-alma, bien-mal, individuo-sociedad, por nombrar algunos.

No-dualidad

La filosofía oriental se distingue por ser un pensamiento que niega la dualidad. Es por ello, que en la filosofía oriental se argumenta que tal concepción implica negar la división de la realidad en dos categorías contrarias y antagónicas. De este modo, se rechaza la pluralidad del mundo que afirma la filosofía occidental.

Al hacer esto, la diferenciación entre sujeto y objeto típica de Occidente se ve afectada. La filosofía oriental considera que el mundo en el que vivimos es una unidad en la que no existe tal antagonismo entre el ser humano y los objetos que nos rodean. Así considerado, la ausencia de dualidad nos puede llevar hacia aquel principio que es el origen de todo.

Visión del ser humano: ilusión vs. Individualismo

Oriente y Occidente establecen distintas formas de concebir al ser humano. En el caso de Oriente, consideran que pensar al individuo de manera distinta a los demás y a la unidad del universo, es una ilusión. Más aún, sostienen que la idea de persona es la causa de todos los males de la vida humana.

En cambio, la filosofía occidental apoya el concepto de sujeto e individualidad. Según esta concepción, los seres humanos se distinguen unos de otros, son seres individuales. Tanto es así que ellos mismos son conscientes de su distinción en relación con las demás realidades.

Diferencia de métodos. Vivencia interior vs. Lógica

Existe una gran diferencia entre el método utilizado por la filosofía oriental vs. la occidental. La primera busca una iluminación y vivencia interior. Esto significa que quieren lograr la autoconsciencia de la verdad del alma. ¿Cómo se consigue? A través de diferentes métodos, los más conocidos son el yoga y el nirvana.

Gracias al yoga se logra el autocontrol del cuerpo y la concentración. Por su parte, el nirvana pertenece a la filosofía budista y busca la iluminación a través de la abstracción mental continuada. Lo que se pretende es un gran vaciamiento del contenido mental para alcanzar la verdad de la realidad de las cosas.

Por otro lado, la filosofía occidental es heredera del pensamiento lógico aristotélico. El mismo emplea conceptos universales, buscando las conexiones lógicas entre ellos. Esta reflexión fue usada como un instrumento filosófico, siendo bastante racional y una guía para el pensamiento occidental.

Puntos de encuentro entre ambas filosofías

A pesar de las grandes diferencias que existen entre la filosofía oriental vs. occidental, también podemos nombrar sus similitudes. Una de ellas es que ambos modos de pensamiento persiguen el conocimiento de la realidad a través del ejercicio mental, dejando de lado los elementos sensibles. (salvo por alguna rama filosófica occidental donde las sensaciones son el centro de atención).

Asimismo, este par de tradiciones filosóficas se concentran en reflexionar sobre una realidad última o el fondo absoluto de las cosas que el ser humano capta en su entorno. De igual manera, se preocupan por alcanzar la felicidad, la dicha y la autorrealización.

Si bien estamos ante un pensamiento distinto, pero que tiene sus puntos de unión en el propósito final que se pretende alcanzar. Por un lado, en Oriente predomina la espiritualidad, la relación entre el hombre y la naturaleza; también la trascendencia del ser humano en relación con el mundo en el que vive.

En Occidente se cultivó la reflexión racional y sistemática sobre el entorno del individuo. Esto modela cómo pensamos y actuamos en la vida. Sin embargo, podemos aprender de las dos filosofías, enriqueciendo así nuestra existencia.

El origen de la filosofía oriental china se remonta unos miles de años antes del nacimiento de Cristo, pero vamos a estudiar a una en particular que está en los orígenes de la cultura china.

Confucio y Confucionismo

El nombre Confucio es una invención de los misioneros jesuitas que tuvieron presencia en China a partir de los siglos XVI y XVII. Latinizaron el apelativo chino Kǒng Fūzǐ, que significa maestro Kong (el cual era su apellido). El “ismo” es una creación debida a una disciplina desarrollada en el mundo académico europeo durante la segunda mitad del siglo XIX, la ciencia de las religiones, que vio la necesidad de inventar una tradición que se pudiera remontar el personaje de “Confucio”. La palabra “confucianismo” fue construida como la palabra “cristianismo”. Tal cual tomamos la figura central de Cristo y la transformamos en un ismo, y del mismo modo hacemos con el pensador Confucio. En cambio, cuando hablamos de la tradición confuciana en chino, no se menciona el nombre de Confucio. Se habla de Rújiā, la enseñanza de una categoría de gente de la antigua China que, resumidamente, eran expertos en cultura escrita y ritual.

Estuvieron implicados en la constitución del primer imperio centralizado, a partir del siglo XIII de la era cristiana, porque el gobierno necesitaba personas que dominaran la escritura para tareas de archivo y para transmitir la información a los confines del espacio chino, así como de personas que dominaron los ritos. Los confucianos están convencidos de que se necesitan estructuras ritualistas que ordenen las relaciones humanas, sobre todo la estructura jerárquica de la sociedad. La estructura política china ha sido y todavía es muy top-down el poder de decisión desciende de la cima a la base y raramente circula al revés (bottom-up).

El confucianismo no puede considerarse una religión, sino más bien una filosofía política, que pone el énfasis en la ética y virtud individuales para alcanzar una sociedad y gobierno estables. Confucio, predicó en la China del siglo VI a. C. cinco principios que, tras consolidarse, fueron bautizados con su nombre. Hoy son parte de la religión tradicional china y están arraigados en la cultura de Corea, Japón o Vietnam.

Confucio nació en el Estado chino de Lu en el año 551 a. C. y vivió las luchas entre dinastías del periodo de los Reinos Combatientes. Como funcionario del imperio Zhou, predicó los preceptos que consideraba necesarios para lograr un gobierno estable y fue famoso por aplicar reformas en el ámbito de justicia. Su aprecio por el estudio le llevó a fundar la primera escuela confuciana, donde tuvo unos 3.000 discípulos de todos los estratos sociales. Tras su muerte en el 479 a. C, sus seguidores difundieron sus enseñanzas en libros como “Las Anacletas” y lo encumbraron como sabio. Su doctrina se expandió en China durante dos milenios y su sistema de valores quedó ligado al sistema político del Imperio hasta 1911.

Jerarquía social para alcanzar la armonía

El confucianismo no es una religión como el cristianismo o el islam, pues no se compone de dogmas, sino de pautas de comportamiento dirigidas a lograr el gobierno perfecto y la armonía social. Por eso se la considera más una filosofía política y una forma de vida. Para Confucio, las deidades soberanas son el Cielo o el Señor de lo Alto (Tian), y la Tierra, que representan respectivamente las dos fuerzas universales: el Yin absoluto, el eslabón débil, femenino; y el Yang absoluto, fuerte, masculino. Dos elementos opuestos pero complementarios. Según esta cosmovisión, el Cielo ordenó el universo de manera jerárquica y lo dividió entre aquellos con fuerza de yin, los nobles, y aquellos con fuerza de yang, los viles. La sociedad se compone de autoridades y subordinados de tal forma que un individuo es débil respecto a un superior y fuerte respecto a un inferior.

En la cúspide de la jerarquía confuciana se encuentra el emperador, el “hijo del Cielo”, quien media entre el Señor de lo Alto y los hombres para hacer cumplir la voluntad celestial. El gobernador debe ser el máximo depositario de cinco virtudes: amor al prójimo (Ren), rectitud (Yi), cortesía y buenos modales (Li), estudio y sabiduría (Zhi), y honestidad (Xin). Cumplir estos mandatos significa seguir el noble camino o tao (un concepto que comparte con el taoísmo, otra corriente filosófica de origen chino también centrada en el equilibrio y armonía del  individuo con el universo), lo que convierte al hombre en un caballero o noble (Junzi). Si el gobernante no cumplía esta senda virtuosa, sus funcionarios podrían sustituirlo por otro que sí cumpliese el mandato divino y fuese justo con la sociedad.

El siguiente nivel de jerarquía lo representa el padre de familia, que es el yin respecto a su mujer e hijos, lo que hace del confucianismo una religión patriarcal. El padre se encarga de inculcar las cinco virtudes a sus descendientes. Debe enseñarles sobre todo el respeto hacia su autoridad y sus antepasados, y pasión por el conocimiento. La sabiduría es la vía para perfeccionarse, y este mérito personal permite al hombre convertirse en maestro o buen funcionario, más allá de su clase social. La idea que subyace es que construir una comunidad justa y armónica comienza por uno mismo.

El confucianismo, muy presente en la China actual

Sin embargo, los preceptos de Confucio no dan respuesta a problemas metafísicos, como la incógnita de qué hay después de la muerte. Esto provoca que deba complementarse con otras religiones. De hecho, el 42% de la población china profesa la religión tradicional del país, una mezcla de confucianismo, budismo y taoísmo. Las virtudes que predicaba el maestro Kong siguen presentes en la sociedad china. Por ejemplo, su exigente sistema de oposiciones a funcionario público mide la sabiduría y el mérito personales, elementos confucianos que hereda del sistema de examen imperial chino. La piedad filial, la responsabilidad y el respeto a los ancestros también mantienen su importancia en la actualidad.

En próximas entregas ahondaremos en otras corrientes de pensamiento oriental, que nos servirán para comprender esquemas de vida y accionar distintos de nuestra cultura occidental.

Para culminar, algunas reflexiones confucianas por excelencia:

Es posible conseguir algo luego de tres horas de pelea, pero seguro que se podrá conseguir con apenas tres palabras impregnadas de afecto.

Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso.

Un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso.

Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces entonces estás peor que antes.

¿Uno que no sepa gobernarse a sí mismo, cómo sabrá gobernar a los demás?.

Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro.

La virtud no habita en la soledad: debe tener vecinos.

No hay cosa más fría que un consejo cuya aplicación sea imposible.

¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir.

Quien pretenda una felicidad y sabiduría constantes, deberá acomodarse a frecuentes cambios.

Filosofía Parte Dos

Este fin de semana es un acto continuado del verano, que sigue con su despiadado calor impactando sobre nuestro hemisferio sur, aunque parece, que en estas latitudes, hubiera una inmensa lupa que concentra toda la radiación solar sobre gran parte de nuestro territorio argentino, lo que hace que los termómetros alcancen por momentos, temperaturas por encima de los promedios históricos.

Las mil maneras de refrescar nuestros cuerpos no surten efecto, por lo que hay que recurrir a los medios tecnológicos disponibles para contrarrestar y minimizar el shock térmico. Las plantas y los animales no tienen la misma posibilidad (salvo los que están al cuidado de los humanos), por lo que el calor hace estragos en su naturaleza, provocando mortandad y desolación.

Volviendo al tema filosófico, todos tenemos en mayor menor medida una filosofía personal, la cual nos sirve fundamentalmente para vivir. Muchos de nosotros quizás no seamos conscientes de que la poseemos, como tampoco estamos muy al tanto de nuestras emociones, incluyendo por cierto que ante la pregunta rápida de cuáles son nuestros propósitos de vida, nos cueste un poco responder.

¿Es imperativo tener y vivir según una filosofía personal de manera consciente?

En lo personal pienso que no.

¿Nos sirve distinguir nuestra filosofía personal y trabajar sobre ella para sacarle provecho?

En lo personal pienso que sí.

Tal cual vimos la semana pasada, tener un inquisidor filosófico que colabore con nosotros para superar instancias difíciles, es un hecho que marca diferencias para quien las sabe capitalizar.

¿Cuántas corrientes filosóficas existen?

El devenir del ser humano ha estado acompañado de distintas corrientes de pensamiento filosófico, los cuales fueron teñidos y al mismo tiempo tiñeron, la conducta y el comportamiento del ser humano en sociedad.

¿Son estas corrientes puras?

Por lo general no, porque se nutren de otros espacios de pensamiento, los cuales a su vez sacaron elementos de otros, por lo que en realidad podemos encontrar conceptos filosóficos clásicos en las corrientes más modernas, como, asimismo, ninguna de ellas y por condición taxativa del pensamiento filosófico puede ser tomada como una verdad absoluta.

Desde los orígenes de la cultura occidental es posible encontrar distintas corrientes filosóficas, las cuales en una versión compilada son las siguientes, incluyendo sus principales exponentes:

1. Idealismo

El idealismo es un conjunto de corrientes filosóficas que han estado presentes a lo largo de la historia de la filosofía. Su origen se puede remontar a Platón, pero su desarrollo abarca buena parte del siglo XIX.

Los filósofos idealistas sostienen que la base de la realidad es el pensamiento y que la materia es una producción del mismo. O, lo que es lo mismo, los objetos no existen sin una mente que los haga posibles. Aquello que percibo son ideas de mi mente, si no lo percibo no existe.

El idealismo ha tenido diferentes bifurcaciones que se conocen como: idealismo objetivo, idealismo subjetivo, idealismo trascendental e idealismo alemán.

Representantes: Platón (objetivo), Hegel (objetivo), Descartes (subjetivo), Hegel (subjetivo), Kant (trascendental), Scchelling (alemán).

2. Realismo

La corriente del realismo filosófico podría considerarse la antítesis del idealismo. Este movimiento defiende la existencia de los objetos independientemente de la conciencia que las observa. Las cosas subsisten al margen de si el ser humano las percibe o no a través de los sentidos. Aunque atiende al pensamiento de filósofos como Platón o Aristóteles, es en la Edad Media cuando se desarrolla.

Representantes: Aristóteles y Santo Tomás de Aquino.

3. Escepticismo

Esta corriente se fundamenta en la duda. Para los pensadores escépticos la razón y los sentidos carecen de fiabilidad por lo que no existe nada que se pueda afirmar o negar con firmeza. Así que, estos pensadores dudan de todo: de la validez de los juicios, de la capacidad humana o de los valores externos. El escepticismo presenta tres etapas, la primera surge en la antigüedad.

Representantes: Pirrón, Timón el Silógrafo y Sexto Empírico.

4. Dogmatismo

Esta corriente tiene lugar en los siglos VII y VI a. de. C. y se opone al idealismo y al escepticismo. El dogmatismo se sustenta en la posibilidad de la razón humana en conocer toda la verdad e interpretar la realidad. Para ello se fundamenta en la aceptación de dogmas, sin aceptar cuestionamientos de los mismos. Un dogmático confía ciegamente en la razón sin admitir sus límites.

Representantes: Tales de Mileto, Anaximandro, Anaximenes, Heráclito, Pitágoras y Parménides.

5. Relativismo

Este movimiento filosófico se inicia en la antigua Grecia de la mano de los Sofistas. El relativismo niega la existencia de verdades absolutas e independientes del hombre. La verdad, al igual que defiende el subjetivismo, depende del individuo que la experimenta y también de los diferentes factores externos que influyen en el conocimiento.

El relativismo considera que todas las formas de conocer el mundo tienen la misma validez.

Representantes: Protágoras y Pitágoras.

6. Subjetivismo

Esta doctrina filosófica surge en la antigüedad y toma como punto de partida al individuo en tanto que sujeto congnoscente. El subjetivismo entiende que el conocimiento depende de cada individuo, por tanto, la verdad o la falsedad de los juicios dependen del sujeto que conoce y juzga. Sin asumir verdades absolutas o universales.

Representantes: Protágoras, Georgias de Leontinos (época antigua) y Nietzsche (contemporánea).

7. Empirismo

Este movimiento filosófico surge paralelamente al Racionalismo. El empirismo se fundamenta en la experiencia como origen de todo conocimiento. Para los empiristas los límites del conocimiento se encuentran en la propia experiencia ya sea externa o interna, fuera de ella solo existe la especulación.

El empirismo se puede remontar a los sofistas y epicúreos, sin embargo se desarrolla en la modernidad.

Representantes: Locke y Hume.

8. Racionalismo

Esta doctrina filosófica se fundamenta en que la razón es el origen del conocimiento, no la experiencia como defiende su corriente coetánea, el empirismo. Es decir, solo podemos considerar como cierto aquello que parte del propio entendimiento. El racionalismo surge en el siglo XVII de la mano de Descartes, quien trató de buscar un saber verdadero elaborado desde la razón.

Representantes: Descartes, Leibniz y Spinoza.

9. Criticismo

Esta corriente la inicia Emmanuel Kant con su obra Crítica de la razón pura y parte, en gran medida, para solucionar la dicotomía surgida entre el racionalismo y el empirismo (razón y experiencia).

Con ella, el filósofo pretende fijar los límites del conocimiento. Esta doctrina busca demostrar que el conocimiento parte de la experiencia pero que necesita de la razón para poder completarse, de aquí la frase: “sin sensibilidad ningún objeto nos sería dado y, sin entendimiento, ninguno sería pensado”.

En este sentido el criticismo da especial importancia al sujeto en el acto de conocer frente al objeto, como si lo hacen el racionalismo y el empirismo. Para el criticismo es el sujeto quien crea al objeto (realidad).

Representante: Emmanuel Kant.

10. Pragmatismo

Corriente filosófica que tiene lugar en Estados Unidos e Inglaterra y surge de la mano de Sanders Peirc. Este movimiento pretende relacionar el significado de las cosas con la evidencia. Para ello se limita a la experiencia sensible y deja a un lado la metafísica.

Los pensadores pragmáticos entienden que no hay verdades absolutas y que el conocimiento lo da la experiencia. El pragmatismo defiende como verdadero aquello que es útil. Es decir, el criterio para juzgar la verdad se fundamenta en los efectos prácticos.

Representantes: Charles Sanders Peirce, William James y John Dewe.

11. Historicismo

Es una corriente intelectual que surge de la mano del pensador Wilhelm Dilthey según la cual la historia tiene un papel fundamental para comprender la naturaleza humana y la sociedad. La historia es el punto de partida para entender cualquier fenómeno social, cultural o político.

Representantes: Wilhelm Dilthey y Edmundo O’Gorman.

12. Fenomenología

La fenomenología abarca diferentes disciplinas. En el siglo XX surge como corriente filosófica y su método parte de la no suposición de nada. Es decir, pretende describir objetos o fenómenos de manera consciente, sin atenerse a presuposiciones o preconceptos.

Representantes: Edmund Husserl, Jan Patocka y Martin Heidegger.

13. Existencialismo

Es una de las corrientes filosóficas más destacadas del siglo XX. Uno de los principios básicos que sostienen los filósofos existencialistas es que “la existencia precede a la esencia” y se centran fundamentalmente en el análisis de la condición humana.

El ser humano no tiene una condición firme, es decir, no hay una naturaleza que le lleve a ser de una manera o de otra, el punto de partida es su existencia. Como no tiene una naturaleza establecida, tiene la libertad de hacerse a sí mismo, puede decidir en cada momento, así va construyendo su esencia. Son nuestros actos quienes determinan quienes somos y el significado de nuestras vidas.

Representantes: Soren Kierkegaard, Martin Heidegger, Karl Jaspers, Jean-Paul Sartre y Henri Bergson.

14. Positivismo

El positivismo es una corriente filosófica que surge para dar respuesta a los nuevos cambios acaecidos con la Revolución Industrial y su mayor representante fue Comte.

Esta doctrina se fundamenta en los hechos, en la experiencia y no en ideas abstractas. Por ello defiende el papel de las ciencias naturales, cuyo método puede ser trasladado al estudio de la sociedad.

Los filósofos positivistas atienden exclusivamente a hechos que pueden ser comprobados científicamente y a los resultados de la experiencia. Dejan a un lado las afirmaciones abstractas y metafísicas.

Representantes: Auguste Comte, John Stuart Mill, Richard Avenarius y Heribert Spencer.

15. Estructuralismo

Es uno de los movimientos teóricos más influyentes del siglo XX y surge en Francia en la década de los 60.

El estructuralismo ha tenido gran repercusión en diferentes campos del conocimiento, entre ellos la filosofía. Propone un método de análisis basado en el estudio de la independencia e integración de las partes dentro de un todo. Consiste en el estudio de las unidades mínimas que constituyen la estructura de los fenómenos y de las relaciones que existen entre estas.

Representantes: Roland Barthes y Jean Baudrilland

16. Escolástica

Esta corriente surge y se desarrolla en Europa occidental entre el siglo XI y el XV. Los pensadores escolásticos trataron de conciliar la razón y la fe, manteniendo a esta última siempre por encima de la anterior. Con ello pretendían demostrar que no hay incompatibilidad entre teología y filosofía.

Esta filosofía se enseñaba en las universidades durante la Edad Media y de ella surgieron diferentes posturas:

Dialéctica: la fe debe ser demostrada y analizada por la razón.

Antidialéctica: la fe es la única fuente de sabiduría.

Posición intermedia: la fe y la razón son distintas, pero ambas convergen en la verdad.

Representantes: San Anselmo de Canterbury, Santo Tomás de Aquino y Juan Duns Escoto.

17. Cinismo

Esta filosofía fue fundada por Antístenes alrededor del año 400 a.de C. Se caracteriza por su carácter ascético y busca encontrar la felicidad fuera de las cosas efímeras como pueden ser el lujo o el poder. Para los pensadores cínicos, la verdadera felicidad se encuentra fuera de las cosas fortuitas. Esta se consigue mediante la virtud, llevando una vida simple y alejada de las convenciones sociales.

Representantes: Antístenes y Diógenes.

18. Epicureismo

Es una corriente filosófica iniciada por Epicuro de Samos (341-270 a.C.) que considera que la sabiduría consiste en aprender a dominar bien los placeres con el fin de no ser dominado por ellos.

En este sentido, el objetivo de las personas reside en alcanzar el bienestar a través del cuerpo y de la mente para, de esta forma, lograr la “ausencia de turbación” (ataraxia).

Representantes: Horacio, Lucrecio Caro, Metrodoro de Lápsaco (el joven) y Zenón de Sidón.

19. Estoicismo

Esta corriente se centra en el ideal del ser humano, confía en un ser autárquico. La sabiduría radica en la capacidad que tiene el ser para alcanzar la felicidad sin necesitar nada ni a nadie. Aquel que consiga esto de forma autosuficiente, sin necesitar bienes materiales, será más sabio.

El estoicismo tiene como fundador a Zenón de Citio, sin embargo, abarca tres etapas distintas que se pueden dividir en: antiguo (siglos IV-II a. C.), medio (II a. C.) y nuevo (durante el Imperio Romano).

Representantes: Zenón de Citio, Posidonio y Séneca.

20. Humanismo

El humanismo es un movimiento intelectual que se da en los siglos XIV y XV durante el Renacimiento. La filosofía humanística se da en un periodo transitorio entre la Edad Media y la Modernidad. Para los humanistas el ser humano es el centro de la naturaleza, por ello pretenden comprender cómo actúa, sus pensamientos y capacidades para dar un sentido racional a la vida. Este movimiento rescata y estudia a los clásicos griegos y latinos y los toma como referencia.

Representantes: Leonardo Bruni, Marsilio Ficino y Erasmos de Rotterdam.

Las más modernas:

21. Filosofía Analítica

La filosofía analítica es otra de las corrientes filosóficas actuales. Se comenzó a desarrollar en el siglo XX, en el área anglosajona y a partir de la obras de B.Russell, G.Edward Moore o L. Wittgenstein. Esta corriente está directamente ligada a las ciencias y a la lógica matemática, siendo su principal objetivo el análisis lógico del lenguaje con el objetivo de entender y desentrañar los conceptos filosóficos y científicos insertados en nuestro lenguaje, ya que éste una representación de nuestro mundo/realidad. Así, hallamos la propia conceptualización del lenguaje podremos entender gran parte de nuestra realidad.

Asimismo, la filosofía analítica se muestra contraria y escéptica con la “filosofía tradicional/metafísica”. Desde esta corriente se afirma que la filosofía que se muestra capaz de darnos información sobre la realidad o “resolver” los grandes dilemas filosóficos, no es correcta, ya que, debemos tener presente, que esos problemas filosóficos son creados, falsos y resultado de las confusiones lingüísticas. Por tanto, la filosofía tradicional no es válida.

22. Filosofía Continental

Esta corriente nace a mediados del S.XX y se caracteriza porque en ella tienen cabida aquellos pensadores que no se insertan dentro filosofía analítica. Además, se caracteriza porque esta corriente surge de la unión diversas doctrinas filosóficas, como: el existencialismo, marxismo, fenomenología, hermenéutica, estructuralismo o el idealismo.

Asimismo, desde esta corriente se establece que la ciencia (métodos científicos) no es la única disciplina que nos permite entender comprender el mundo el mundo que nos rodea. Además, considera que la realidad es producto del devenir histórico y del contexto (cultura, ubicación, idioma…) en el que se desarrolla el individuo, no de la interacción de las estructuras.

23. Filosofía Posmoderna

La filosofía posmoderna nace en los años 60 en Francia y se extendió al resto de Europa en la década de los 70 como consecuencia de toda una serie de publicaciones del filósofo Jean-Francois Lyortad (creador del concepto de posmodernidad). Asimismo, entre sus representantes destacan filósofos como M.Foucault y R. Rorty.

Desde esta corriente se rompe con los movimientos filosóficos desarrollados durante la Ilustración (Edad Moderna), con la primacía del sujeto/razón y se desecha la idea de que la estructura es el centro de todo. Así, lo que se pretende es dar un nuevo enfoque filosófico centrado en el análisis de las relaciones de poder y la organización política/económica.

Igualmente, la filosofía posmoderna se caracteriza porque no cree en las verdades absolutas (cada individuo tiene su verdad), por la defensa de la diversidad y el librepensamiento o sea expresarse como cada uno considere oportuno.

Como se puede apreciar abundan los conceptos filosóficos occidentales, los cuales tienen su contrapartida o similitudes en la filosofía oriental, de la cual nos ocuparemos en una tercera entrega.

La posibilidad de afrontar los problemas y las oportunidades desde una visión filosófica personal, acicalada con distintos pensamientos de grandes filósofos, que nos pueden ser traídos por consejeros filosóficos de mirada amplia y con conocimiento de varias escuelas, puede ser una opción muy valiosa, sobre todo si lo hacemos dentro de un proceso guiado y sin ataduras.

Para finalizar una frase que tiene que ver con todo lo expuesto:

“Obra siempre de tal modo que también puedas desear que la máxima que te guía se convierta en ley universal”. Immanuel Kant.

¿La filosofía puede salvarnos?

Mediodía con calor, pero no tanto. Sentado en una galería rodeada de vegetación y árboles de buen porte, disfruto de los sonidos de variada intensidad y tinte, que provienen de distintas fuentes. El viento es el director de orquesta de una sinfonía que se mueve al son de su batuta. Sin embargo, no sólo el aire en movimiento es el gestor de la música de fondo que me rodea. El nítido canto de un zorzal, emerge exquisito y inconfundible. Su trinar resuena por encima de todo, con una potencia increíble y una composición de notas deliciosas.

Esta muestra gratis de la naturaleza, me invita a reflexionar y me transporta a mis sueños de niño, cuando mi adicción a la lectura, incluía libros de la madre de todas las ciencias, aquella que aún me desvela, con sus preguntas sin respuestas concretas, sino sólo indicios de sabiduría, a cuentagotas, y siempre vinculadas a la curiosidad, el asombro o la duda.

Desde que el hombre es hombre, los cuestionamientos personales, respecto de sus orígenes, conductas y propósitos, sean los mismos individuales o sociales, han estado en el centro mismo de su corta vida como especie.

La filosofía ha acompañado a nuestra humanidad desde que obtuvo la distinción del raciocinio, buscando equilibrarla y darle sustento. Todas las ciencias, que se derivan de la filosofía, sean duras o blandas, tratan de responder aspectos específicos del quehacer humano, pero ninguna ha sido ni será tan amplia en su mirada como la filosofía. Antiguamente, y ante la ausencia de la psicología y la psiquiatría, los problemas individuales, eran asumidos como parte de la cuestión filosófica de la especie humana.

En la actualidad no se habla tanto de filosofía, pero sí de pensadores, dentro de corrientes de pensamiento. Son esos pensadores, los que tratan temas relacionados con el conjunto social y las relaciones humanas. Sin embargo, algunos de ellos han tomado el desafío de transformarse en guías o asistidores a tiempo parcial, para ayudar a encaminar a las personas dentro de contextos inciertos. Un amigo en una charla amena, puede ayudarte a pensar sobre un problema inesperado, algo que te ha sacado de relativo equilibrio. Una muerte impensada y prematura, una relación rota, la pérdida de un trabajo, la falta de norte, decidir entre varios caminos, son situaciones en los cuales nos encontramos cara a cara con nuestros propios demonios internos, necesitando conversar y sacar afuera nuestras emociones. La filosofía puede servirnos y de mucho para afrontar estas vicisitudes, que a menudo nos afectan.

¿Es posible usar la visión de un filósofo que nos traiga elementos de la filosofía que nos ayuden a encausar un problema?

Para Lou Marinoff, profesor y catedrático de Filosofía en el City College de Nueva York, fundador y presidente de la American Philosophical Practitioners Association y director de la revista Philosophical Practice, le cual es autor del libro titulado: “Más Platón y menos Prozac”, no existen dudas de que la filosofía tiene un componente práctico indiscutible.

En este libro, él divide los problemas de desequilibrio de los seres humanos en cuatro categorías: aquellos que devienen de una situación física mental que necesita ser tratada con medicación, otros que surgen de problemas durante etapas de la vida temprana, otros a raíz de traumas fuertes y sostenidos, ambos donde el profesionalismo combinado de la psicología y la psiquiatría son necesarios, y una cuarta categoría, donde están incluidos un montón de desajustes de vida, como los ya mencionados en párrafos anteriores y en donde según este pensador, la filosofía práctica puede ser una herramienta útil.

La filosofía según Marinoff orienta a las personas y las ayuda tener una visión del presente, con marcada vocación de trabajo y superación para el futuro. Su método se denomina proceso PEACE, palabra compuesta por la primera letra del nombre de cada etapa, de la cual se compone la terapia que él propone.

El enfrentar un problema desde una óptica filosófica, engloba en su metodología las siguientes etapas:

P: En primer lugar, debemos identificar el “Problema”. Muchas personas necesitan ser preguntadas porque no siempre somos capaces de darnos cuenta o poner en contexto el problema.

E: En segundo lugar, debemos hacer un inventario de las “Emociones” que nos ocasiona la situación. Hablarlas y sacarlas afuera es clave, para poder hacerlas constructivas.

A: En tercer lugar, debemos hacer un “Análisis“que nos permita enumerar las posibles soluciones que tenemos para nuestro problema.

Según Marinoff a menudo sucede que a su consulta filosófica concurren personas que han cubierto estas etapas, con lo que la asistencia se hace más directa y rápida. Otras tantas, las personas creen tener resueltas estas etapas, pero han partido de una incorrecta identificación del problema, por lo que es necesario revisar y barajar de nuevo.

C: Una vez superados los tres pasos previos, se recurre a la “Contemplación” del problema en su conjunto. Esta etapa es clave para encontrar una visión filosófica unificada de la situación y las acciones a llevar cabo. Adoptar una postura filosófica central que englobe una idea general y superadora de la situación, que incluya un plan de trabajo, resulta imprescindible.

E: Por último, la quinta etapa es del del “Equilibrio”, vale decir que una vez cubierta las etapas anteriores, con la postura filosófica ya elegida y en tránsito, se llega a una situación de equilibrio, el cual nos permite de nuevo estar en nuestro eje y actuar hacia adelante.

Marinoff enseña en este libro, con ejemplos prácticos sobre esta metodología, cómo el pensamiento práctico derivada de la filosofía clásica nos puede asistir a superar los problemas y enfrentar las adversidades cotidianas.

Según él la filosofía no sólo puede salvarnos, sino que además nos permite adoptar y aprender mucho más de nuestra esencia y como nos vinculamos con nuestras emociones de manera productiva.

Para finalizar les dejó frases sobre la filosofía:

«No puedo enseñar nada a nadie. Solo puedo hacerles pensar» – Sócrates.

«La filosofía es un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser» – Platón.

«Si abordas cada situación como asunto de vida o muerte, morirás muchas veces.» Adam Smith.

«El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.» Immanuel Kant.

«Uno no puede pisar dos veces el mismo río». Heráclito.

La vida y las contradicciones !

Ayer leía un mensaje en redes que decía algo como que las personas vivimos y nos transformamos a medida que crecemos, reconstruyéndonos cientos de veces en nuestras vidas, por lo que algo que nos parecía malo, hoy puede no serlo, y viceversa. Influenciados por nosotros mismos y por el entorno, transitamos procesos adaptativos desde que nacemos, lo que nos posibilita mutar y cambiar de opiniones y juicios, aceptando o rechazando situaciones, a veces no siguiendo un patrón tan definido, por lo que se puede pensar que convivimos con pequeñas (o no tanto) contradicciones, algunas de las cuales pueden llegar a convertirse en una pesada carga, dependiendo del contexto.

La idea hizo sentido en mi mente, y quise buscar una historia de vida donde quede reflejado este concepto, que como siempre digo no tiene porque ser una verdad indiscutida.  La búsqueda no estaba resultando exitosa, hasta que un aviso publicitario me trajo el nombre de un científico cuya película biográfica, está al tope en las nominaciones a los premios Oscar. A continuación, una breve síntesis de lo que fue su vida y obra, la cual repartió elogios y críticas feroces, amor y odio, casi por igual. La cuestión moral adquiere ribetes superlativos, sobre todo teniendo en cuenta que fue el líder de un proyecto que significó la aniquilación de muchos de seres humanos.

Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica

El 16 de julio de 1945, a las 5:29 horas de la mañana, la vida de un hombre cambió para siempre. Este hombre era el físico Robert Oppenheimer, director del conocido como Proyecto Manhattan (un proyecto creado por el gobierno de Estados Unidos destinado al desarrollo de armas atómicas). Cuando Oppenheimer presenció en Alamogordo, Nuevo México, la bola de fuego previa al hongo nuclear durante la prueba Trinity (nombre en clave que recibió la detonación del dispositivo nuclear) afirmó que el mundo ya nunca volvería a ser igual. Según cuenta la historia, el científico pronunció una frase extraída del poema épico hindú Bhagavad Gita: «Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos».

Nacido el 22 de abril de 1904 en Nueva York, Robert Oppenheimer estudió filosofía, literatura e idiomas (se dice que tenía tanta facilidad para los idiomas que llegó a aprender italiano en un mes). Este hombre polifacético y con múltiples intereses también amaba los clásicos: leía los diálogos de Platón en griego y era un entusiasta del antiguo poema hindú Bhagvad Gita. Oppie, diminutivo por el cual era conocido entre sus allegados, empezó a mostrar interés por la física experimental en la Universidad de Harvard, concretamente mientras cursava la asignatura de termodinámica que impartía el profesor Percy Bridgman. Pero en Estados Unidos, muy pocos centros dedicaban parte de sus programas de estudios a ese tema, por lo que Oppenheimer decidió seguir sus estudios en Europa. Así, fue aceptado como estudiante de posgrado en el famoso Laboratorio Cavendish, nombre del Departamento de Física de la prestigiosa Universidad de Cambridge, que en aquel entonces estaba dirigido por el físico y químico neozelandés Ernest Rutherford.

El joven Oppie no era muy hábil trabajando en el laboratorio, por lo que prefirió decantarse por la física teórica y se graduó con la máxima nota: summa cum laude en 1925. En 1926 se matriculó en la Universidad de Göttingen, en Alemania, para estudiar bajo la supervisión del físico y matemático alemán Max Born. Göttingen era por entonces uno de los principales centros de física teórica de toda Europa. Allí Oppenheimer conocería al futuro Premio Nobel de física Paul Dirac. Pero Oppie seguía siendo muy lento a la hora de terminar cualquier trabajo en el laboratorio, lo que le valió las críticas de Born, que una vez llegó a decirle: «Tú te puedes ir de aquí, pero yo no; me has dejado muchísimo trabajo por hacer». Posteriormente, Oppenheimer estudió en varias universidades más: en Leiden junto a Paul Ehrenfest, en Utrecht donde colaboró con Hendrik Kramers y en Zúrich donde trabajó con el profesor Wolfgang Pauli.

¿El comunista?

Los propios amigos de Oppie lo definían como un hombre de carácter difícil. En la década de 1920, el científico parecía vivir al margen del mundo: no leía los periódicos ni escuchaba la radio. Se enteró del «crack» de Wall Street mientras paseaba con el físico y posterior premio Nobel Ernest Lawrence (seis meses después de que ocurriese). Afirmó que la primera vez que votó fue durante las elecciones presidenciales del año 1936, a pesar de que años antes ya había empezado a interesarse por la política internacional. En 1934, Oppenheimer destinó parte de su salario a apoyar a los físicos que huían de la Alemania nazi, e incluso luchó para conseguirle a Bob Server (futuro miembro del Proyecto Manhattan) un puesto en la Universidad de Berkeley, aunque el director del departamento de física de la Universidad, Raymond Birge, se lo denegó afirmando de que «con un judío en el departamento ya es suficiente».

En 1936, Oppenheimer comenzó una relación sentimental con Jean Tatlock, la hija de un profesor de literatura de Berkeley, y a partir de entonces, y como muchos intelectuales en la época, empezó a sentirse atraído por las ideas comunistas y de izquierdas. Parte de la herencia que había recibido de su padre la destinó a este tipo de causas, entre ellas a apoyar al bando republicano durante la guerra civil española y a financiar actividades antifascistas. Aunque Oppenheimer nunca se afilió oficialmente al Partido Comunista de Estados Unidos, algunos historiadores como Gregg Herken afirman haber hallado evidencias de que el físico sí tuvo relación con el comunismo durante las décadas de 1930 y 1940.

Director del Proyecto Manhattan

Contra todo pronóstico, Oppenheimer fue incluido entre los científicos que compusieron el elenco del Proyecto Manhattan, a pesar de que el FBI había empezado a investigarle en 1941para comprobar si militaba en el Partido Comunista de Estados Unidos. Lo que sí pudieron confirmar es que formaba parte del Comité Ejecutivo de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles, considerada, según la agencia de investigación, una organización que servía de tapadera para realizar actividades comunistas. Así, Oppenheimer fue incluido en el Índice de Detención Preventiva, una lista en la que figuraban todas aquellas personas que, en caso de emergencia nacional, debían ser arrestadas. Por todo ello causó cierto estupor que Leslie R. Groves, alto mando del Proyecto Manhattan y supervisor de la construcción del Pentágono, pusiera al frente del proyecto a Robert Oppenheimer. Pero es que el general lo consideraba la persona más idónea para llevarlo a cabo, a pesar de los informes del FBI.

Oppenheimer se dedicó en cuerpo y alma al éxito del Proyecto Manhattan. Pero tras el estallido de las dos bombas atómicas en suelo japonés, en Hiroshima y en Nagasaki, el orgullo que había sentido Oppenheimer tras las pruebas de Nuevo México se convirtió en un terrible sentimiento de culpa. En una visita al presidente Harry S. Truman, Oppenheimer, y frente a un sorprendido presidente, dijo que sentía tener «las manos manchadas de sangre». Cuando el científico salió, Truman, con el semblante demudado y visiblemente molesto, dijo que no quería volver a ver a nunca más “a este mal nacido».

Acusado y perseguido

En 1953, Oppenheimer fue acusado de haber mantenido vínculos con el comunismo y de haber protegido a sospechosos de serlo durante su estancia en Alamogordo. Aunque las acusaciones no pudieron probarse, le retiraron todas las acreditaciones de seguridad. Interrogado de manera despiadada e incluso humillado con detalles de su vida privada, Oppenheimer también fue acusado de estar en contra de la construcción de la bomba de hidrógeno. Según cuenta con todo detalle el historiador Gregg Herken en su obra Brotherhood of the Bomb (La fraternidad de la bomba), el gobierno estadounidense obligó a un general a declarar en falso y se llevaron a cabo de manera ilícita grabaciones telefónicas para implicar a Oppenheimer.

La Federación de Científicos Estadounidenses salió de inmediato en defensa de Robert Oppenheimer, convirtiéndolo en el símbolo de lo que puede llegar a ocurrir cuando un científico, tras hacer un descubrimiento polémico, se sume en un mar de dudas morales y por ello se convierte en víctima de una caza de brujas. En 1963, el presidente Lyndon B. Johnson le hizo entrega del premio Enrico Fermi de la Comisión de Energía Atómica, y en 1966 Robert Oppenheimer moría como consecuencia de un cáncer de garganta. En 2014, el Departamento de Energía de Estados Unidos publicó la transcripción completa y desclasificada de los juicios contra Oppenheimer, y a pesar de que muchos de los detalles ya eran conocidos, el material publicado confirmó que en realidad fue leal a su país y reforzó su imagen de científico brillante perseguido por la burocracia, los celos profesionales y víctima de un juicio injusto.

De la crónica es posible traslucir secuencias de incoherencias y paradojas profundas que llevaron a este científico, a ser preso de episodios impensados, tristes e injustos, mientras quizás pesaba sobre su conciencia la pesada carga, de ser un partícipe relevante para el fin de la segunda guerra mundial, pero para lo cual dos ciudades japonesas y todos sus habitantes fueron borradas de la faz de la tierra.

Jorge Luis Borges, nuestro eximio escritor y pensador se refería a la naturaleza del ser humano de la siguiente manera:

“Como ser humano soy una antología de contradicciones, de gaffes, y de errores, pero tengo sentido ético. Esto no quiere decir que yo obre mejor que otros, sino simplemente que trato de obrar bien y no espero castigo ni recompensa. Que soy, digamos, insignificante, es decir, indigno de dos cosas: el cielo y el infierno me quedan muy grandes”.

El valor de 350 !

Parece mentira o suena a realidad paralela, pero este fin de semana he arribado a este número, que aún no se muy bien porque, quiero destacar y valorar. Son tres centenas y media de fines de semana que estoy publicando de manera ininterrumpida, este escrito con diseño de blog, que tantos fines de semana me ha costado y por mucho crear.

En algún momento he querido abandonar, saltear algún domingo, o hacerlo más escueto, pero al final me he mantenido en la lucha y en la senda, que me permite aprender desaprendiendo y por sobre todas las cosas, sanar viejas y nuevas heridas.

He escrito y publicado porque pienso que el valor del respeto por uno mismo no tiene precio. Forma parte del APRECIO, un concepto que yo compartí hace ya unos años, cuando escribía lo siguiente (de paso un recuerdo más de Ana, mi ángel de la guarda que brilla en otra dimensión.

APRECIO

Esa tarde de otoño encontré a mi madre con lágrimas en sus ojos. Observaba un pequeño objeto que tenía en su mano. He hecho infructuosos esfuerzos por recordar su forma o su tamaño. Es muy probable que el foco de mi atención haya anclado en sus ojos llorosos, por lo que las características de ese objeto hayan quedado relegado a un segundo plano.

Mi memoria me trae con mayor facilidad aquello grabado en mi corazón, por donde pasa la vida y las emociones que marcan huellas indelebles.

Cuando Ana se percató de que la miraba insistemente, se secó las lágrimas con suma rapidez, y se dirigió a su habitación. Yo era bastante infante, un fiel seguidor de ella por entonces. El pequeño elemento fue guardado en su cómoda, mientras yo la seguía contemplando.

Dos semanas después, Rosita la cual se dedicaba a tratar los pies de las mujeres a domicilio, visitó a mi madre para una sesión dentro de sus citas programadas. Ella la recibió agradeciéndole su presencia. Cuando comenzó su trabajo, mi madre le dijo que no hacía falta que le haya regalado esa virgencita (el objeto que produjo el llanto de mi madre). Rosita levantó su vista para decirle: «es algo insignificante para que Ud. Anita pueda rezar como le gusta».

Con los años pude entender el valor de aquel presente que había recibido mi mamá.  Pude comprender porque se había emocionado. Fui capaz asimismo de vislumbrar la relación humana que ligaba a aquellas dos mujeres.

Rosita, era por esos tiempos una incansable emprendedora a tiempo completo, madraza dedicada a la crianza de sus hijas, único sostén de su familia. Había superado instancias dolorosas, incluyendo algunas situaciones de pérdida personal. Su vida no era para nada sencilla, pero había recibido, según ella manifestaba continuamente, las enseñanzas de su padre «para no rendirse ante las adversidades y seguir trabajando».

Con el fruto de su denodado esfuerzo, les había dado la posibilidad de educación y estudio a sus hijas, para que sean personas de bien, como ella acostumbraba decir.

«Para mí, la libertad de poder valerme por mi misma no tiene precio Anita». Mis padres eran muy humildes, pero nunca les faltaba voluntad para aprender y trabajar. No tuve un gran matrimonio, pero dejé a eso en el pasado. La sonrisa, una buena manera de hablar, acompañada de gestos naturales de empatía eran muy habituales en la manera de ser de María Rosa.

Durante muchos años la relación entre ambas se fue construyendo en torno a esas sesiones donde aprovechaban para charlar y compartir vivencias, sobre todo de los hijos.

Cuando emprendí mi propio camino, para trabajar fuera de Córdoba y luego formar mi familia, dejé de tomar contacto con Rosita y sus actividades. El tiempo la volvió a poner en mi camino, bastantes años después mientras iniciaba un entrenamiento como coach. Allí apareció Rosita, a la cual en un principio me costó distinguir. Seguía con ese enorme empuje que la caracterizaba, la sonrisa, las ganas de conversar, compartir y ayudar. Durante todo ese período se noto su decisiva influencia y su inmensa energía para generar un ambiente propicio para relacionarnos y aprender.

María Rosa, tiene claramente una mirada apreciativa por la vida, por su familia, por lo demás.

Son de esas personas que te hacen sentir bien, que te dan una palabra de aliento, que demuestran gratitud y que están ahí para lo que haga falta. Van por la vida repartiendo buenas vibras, impulsando a ellos mismos y a los demás para superar instancias, crecer, aportando siempre una mirada positiva.

Aprecio es una palabra que como todas tienen un significado etimológico. En este caso, podemos establecer que se trata de una palabra que deriva del latín. En concreto, es fruto de la suma de dos partes claramente diferenciadas:

-El prefijo “a-”, que significa “hacia”.

-El sustantivo “pretium”, que es equivalente a “premio” o a “recompensa”.

En mi caso personal, yo le agrego una significación que me hace más sentido: A-PRECIO, podría ser definido como lo que no tiene precio.

Se le conoce como la apreciación del acto y el resultado de la apreciación: es decir, para valorar o estimar a alguien o algo. La apreciación, de esta manera, puede interpretarse como una manera de relacionarse. Hay diferentes formas de afecto interpersonal, la apreciación muestra afecto hacia otra persona a través de una visión positiva de otra persona. Una persona que aprecia a otra valora sus virtudes, tiene estima y consideración por la otra.

El aprecio, de este modo, puede resultar equivalente al cariño o el afecto. Por ejemplo: “Sabes que te tengo mucho aprecio, pero no puedo permitir que actúes de este modo adentro de la empresa”, “Me da pena lo que ocurre con Pedro: siento aprecio por él y por su familia”, “Mi padre le tiene aprecio a esta casa, por eso no puedo venderla”.

Si hubiera una escala de sentimientos, podríamos decir que el afecto es menos intenso que el amor. Es decir, un padre no se preocupa por sus hijos, sino que los ama. Lo mismo sucede entre miembros de una pareja u otros vínculos familiares. Por el contrario, entre los compañeros de trabajo o vecinos, es posible que exista una estimación como la apreciación y no amor. Esto se debe a la falta de cercanía emocional o incluso al conocimiento limitado que estas personas pueden tener entre ellos.

Este tipo de afecto, aunque es posible que sea más superficial que la verdadera amistad en la que existe una confianza profunda, también nutre la autoestima personal ya que las relaciones personales en diferentes grados también brindan felicidad cuando estas relaciones son positivas. Este tipo de relaciones se definen por cordialidad y respeto hacia el otro. Además del placer que producen estos tipos de enlaces.

En esta clase de relaciones interpersonales puede haber una mayor distancia o perder la relación ya que este tipo de enlaces suelen ser causados por un evento específico, por ejemplo, coinciden en el mismo trabajo o en el mismo curso universitario. Cuando dos personas son realmente amigas, se mantienen en contacto durante sus vacaciones de verano y hacen planes con más frecuencia.

Una persona puede tener pocos amigos verdaderos a lo largo de su vida ya que la amistad profunda implica compromiso y dedicación de tiempo. Sin embargo, una persona conoce a muchas personas por las cuales siente una apreciación sincera, ya que este vínculo a ser más superficial requiere menos compromiso.

Una persona puede apreciar a otra al valorar y darle importancia a aspectos tales como que es respetuosa y agradable, que se preocupa por los demás, que le da más importancia al interior que al exterior, que facilita la convivencia o el trabajo…

De la misma manera, podemos determinar que el antónimo de aprecio es desprecio. Este es un término que se utiliza para indicar que se le tiene aversión, odio, indiferencia y absoluto asco a otra persona, a una actitud, a una idea…

En nuestra red de relaciones podemos actuar de forma constructiva, criticando y aportando sin falsedades, centrando nuestro discurso en una valoración constante de lo que nos brindan los demás, promoviendo el crecimiento y las interconexiones productivas.

María Rosa es una maestra en este campo de promover ambientes generosos y colaborativos desde la acción de mostrar aprecio.

Por un amigo me he enterado que este próximo 9 de abril cumple 82 años.

Aparece en mi retina su menuda y sonriente figura que vive para apreciar la vida, a los demás y a ella misma.

¡El valor de lo que no tiene precio!

¡El valor del a-precio!|

Para culminar con este escrito y agregarle valor unos tres años después, quisiera reforzar una idea central:

El aprecio y el valor que se da a uno mismo es uno de nuestros mejores argumentos para que podamos crear solos y con otros.

Apreciarse no implica caer en la vanagloria y el narcisismo, sino más bien aceptarse a uno mismo, con sus virtudes y defectos, como un ser con capacidad de aprender, y al que no le faltan las ganas y la voluntad para hacer.

Nos invito a practicar el A-PRECIO!

Por otros 350, la semana que viene arranca de nuevo el uno!

Las hermanas que escribían, entre otras cosas !

Cada año que despedimos nos deja un sinnúmero de aprendizajes, de hechos transcurridos y de historias para contar. De estas últimas algunas se hacen presente y futuro, aunque de este último solo tenemos aproximaciones y ninguna confirmación, más allá de todos nuestros esfuerzos puestos en tratar de controlarlo.

Termina un año y comienza otro, casi como el movimiento de una puerta sobre su bisagra cuando la abrimos. En cada cambio de calendario, confirmo plenamente la más inquietante de las verdades, cuan ignorante soy o somos, aunque nos cueste aceptarlo.

Devorador de libros y aficionado a la lectura desde mi infancia, por momentos me quedo sin el vital elemento. La trampa que le hago a la escasez o no disponibilidad, es recurrir a los volúmenes que atesoran mis hijas, las cuales comparten conmigo la avidez por leer. A quienes pertenecen los libros que hay en casa es una disquisición muy fina, por lo que pedir prestado no se acostumbra, sino más bien, pedir consejos acerca de qué libro leer.

Emilia, una de mis hijas, responde ante mi requerimiento sobre que lectura encarar: «Papá este libro te va a gustar, leí solo unas páginas y me pareció excelente. Que cada uno use su propio señalador y lo leamos de manera compartida. Después lo comentamos«.

Fue así que comencé la lectura de “Jane Eyre” de Charlotte Brontë. Aún no le he terminado, pero tengo que decir, luego de haber leído un cuarto del libro, que estoy sumamente impresionado por la calidad de esta escritora inglesa del siglo XIX. Volviendo al tema de mi supina ignorancia, debo decir que había escuchado sobre Charlotte y las Brontë, pero jamás hube de darle relevancia a su legado, tal es así que no había leído nada sobre ella, ni tampoco sobre sus hermanas, las cuales en conjunto (ahora lo vengo a descubrir) marcaron una época brillante y revolucionaria dentro de la historia de la literatura inglesa. Vivieron pocos años, pero tan intensos que es admirable lo que fueron capaces de hacer, siendo mujeres en un mundo literario vedado para ellas y accesible solo para los hombres.

Romper los moldes y cánones imperantes fue su mayor aporte al mundo de las artes, y es por ello que les quiero compartir una breve reseña de sus hojas de vida, sólo con el afán de que nos ilustremos juntos, sopesando su enorme aporte a la valorización de la mujer y su rol en la sociedad.

Las Brontë

Charlotte, Emily y Anne Brontë nacieron en Thorton, Yorkshire (al norte de Inglaterra), inmersas en la sociedad inglesa del siglo XIX donde las ocupaciones de las mujeres estaban más bien delimitadas. Este fue el principal problema de estas jóvenes inquietas. Apasionadas de la literatura, vivieron en una época que no las comprendía, puesto que la mujer no tenía cabida en el mundo intelectual. Pese a ello, se propusieron luchar contra su tiempo y dedicarse a ello.

Los Brontë conformaban un estrecho núcleo familiar. Charlotte, la mayor de las tres hermanas, nació el 21 de abril de 1816; Emily, dos años después, el 30 de julio de 1818, y Anne, el 17 de enero de 1820.                           

Su padre, Patrick Brunty, de origen irlandés, fue primero aprendiz de tejedor, después maestro de escuela y, finalmente, clérigo. En sus tiempos de estudiante de Teología, cambió su apellido, transformándolo en Brontë, palabra derivada del griego y cuyo significado es “trueno”. El pastor evangelista fue nombrado en 1820 rector de Haworth, un pueblo de los desolados páramos de Yorkshire, por lo que la familia al completo se mudó, y allí, en la destartalada rectoría, las hermanas vivieron la mayor parte de sus vidas.

En cuanto a la madre, Mary Branwell, contrajo matrimonio con Patrick Brontë en diciembre de 1812, y en siete años, entre 1813 y 1820, dio a luz a seis hijos, cinco niñas (María, Elizabeth, Charlotte, Emily y Anne) y un varón (Branwell).  Poco antes de que la más pequeña, Anne, cumpliera un año y, a pesar de que Mary era quince años menor que su esposo, cayó enferma de cáncer (aparentemente de útero, aunque algunas fuentes afirman que de estómago) y hubo de guardar cama y, tras siete meses y medio de tremenda agonía, fallecía a la edad de 38 años. Nadie les habló a los niños de la muerte de su madre, ni siquiera su tía Elizabeth Brandwell, hermana de Mary, que era soltera y a quien, por lo tanto, le correspondía cuidar de los enfermos de la familia.

Tía Elizabeth vino a casa de los Brontë a quedarse sólo unos meses, pero terminó viviendo con ellos durante 30 años, hasta el día de su muerte. Era una mujer áspera y de rígidas costumbres religiosas, que se ocupó de la casa y de la crianza, junto con el padre, de los seis niños huérfanos.

Patrick Brontë, por otro lado, fue un personaje extraño que, pese a ser irlandés y paupérrimo, había logrado la proeza de estudiar una carrera en Cambridge. Era alto, guapo y pelirrojo; escribía y publicaba poemas religiosos, prosa didáctica, cartas y artículos políticos. La tradición dice que fue un monstruo de talante ultraconservador y que descuidó fatalmente a sus hijas. Debía de ser, en efecto, un hombre abrasado por su propia rectitud, autoritario y seco; y es cierto que prestaba mucha más atención al único hijo varón, Branwell, y que en su educación invirtió todo su tiempo y su escaso dinero, mientras que las niñas tuvieron que asistir a terribles internados de caridad y hubieron de trabajar desde muy jóvenes.

Pero todo esto era normal en aquella época ya que, por entonces, la mujer carecía de toda consideración social. Lo que resulta paradójico en este caso es que un padre de esa época alentara en sus hijas el amor por la lectura, que debatiera con ellas, desde muy niñas, los asuntos más candentes de la actualidad, educándolas así en los temas serios propios de hombres, o que mirara con permisivos ojos su afición a la escritura, hasta el punto de regalarle a Charlotte un cuaderno de notas.

Cowan Bridge, un horror que marcó a las hermanas

Transcurrido el tiempo de duelo por la muerte de su esposa, el reverendo Patrick empezó a preocuparse por el futuro de sus hijas. Con Branwell, el varón, no había problemas ya que él se sentía capacitado para educarlo. Pero para las hijas, para quienes descartaba el oficio de modista o vendedora, sólo quedaba la enseñanza. La escuela que Patrick conocía y a la que habían asistido por un tiempo las hijas mayores, María y Elizabeth, sobrepasaba su presupuesto para ingresar a las cinco niñas. Al poco tiempo se abrió una nueva escuela religiosa destinada a niñas necesitadas, llamada Clergy Daughters School Cowan Bridge, en Lancanshire, y el reverendo vio solucionado su problema.

Cowan Bridge si bien era un internado muy barato para hijas de clérigos, por contra, se había convertido en un lugar infernal donde obligaban a las alumnas a rezar durante horas enteras y seguidas, en ayunas y tiritando de frío. Las mataban de hambre: la comida nos solo resultaba repugnante, sino que estaba manipulada con tan poca higiene que las intoxicaciones eran habituales. También abundaban los castigos: humillaciones y azotes con varas de madera irrompible.

Emily tenía sólo seis años cuando entró junto con Charlotte en esa infernal escuela. Era la más pequeña y la más bonita de todas las alumnas, lo cual la puso en un cierto lugar de privilegio respecto de las demás y siempre comía un poco más que sus hermanas. Alguna maestra piadosa la cobijaba cuando tenía mucho frío, pero la educación calvinista de aquel lugar la conecta con el pecado y la culpa de un modo atroz.

Haber sido testigos inermes del horror de ese lugar marcó a las hermanas para siempre y, sin duda, alimentó ese íntimo conocimiento de la injusticia y del dolor que late febrilmente en sus novelas; de hecho, Charlotte Brontë se inspiró en este colegio para describir el infame colegio Lowood que aparece en su novela Jane Eyre (1847).    

Cowan Bridge era un matadero: de las 53 alumnas que había por entonces en el internado, una murió en el colegio y once dejaron la escuela por estar enfermas, seis de ellas para fallecer nada más llegar a sus hogares. Entre esas seis estaban dos de las hermanas Brontë: María, que falleció el 6 de mayo de 1825 con 11 años, y Elizabeth, que murió cinco semanas después, a los 10 años. A consecuencia de las condiciones infrahumanas en que vivían las alumnas en esa escuela, María enfermó de tuberculosis, y no sólo se ocupó nadie de su salud, sino que recibía un trato humillante en los helados salones de la escuela. Más aún: nadie del colegio avisó al padre de que su hija mayor estaba muy enferma, casi agonizando. Unas semanas después, María regresaría a su casa a morir. Elizabeth la seguiría al poco tiempo, también enferma de tuberculosis.

Charlotte y Emily despedían en poco tiempo a sus dos hermanas mayores. María, que había sido la figura materna, fue llorada para siempre y su muerte marcó, de una forma permanente y furiosa, la personalidad de sus hermanas, sobre todo la de Emily. Ella se preguntaba cómo había sido capaz de comerse aquellos bocados de pan extra cuando su hermana se estaba muriendo y así la comida pasó a ser una obsesión en su vida.

Continúa su educación, Angria y Gondal.

Después de enterrar a sus dos hijas mayores, el reverendo Patrick tomó conciencia al fin de las pésimas condiciones del colegio y sacó inmediatamente a Charlotte y a Emily de Cowan Bridge. Durante los seis años siguientes los niños no salieron de su casa más que para dar cortos paseos por los páramos de los alrededores. A partir de entonces, y salvo unas breves incursiones a unas buenas escuelas de señoritas y a un internado en Bruselas, las hermanas se educaron en Haworth. Allí recibieron clases del padre, cosían, leían y, sobre todo, escribían. Tanto Branwell como las niñas tenían libre acceso a todos los libros de la casa, que eran muchísimos, ya que los protestantes propiciaban la educación de las mujeres

Frente al dolor y en el aislamiento de aquel pueblo, los niños se refugiaron en la fantasía. Inventaron mundos paralelos por parejas, transformando en su imaginación unos soldados de madera en personajes de una serie de historias sobre esos mundos imaginarios: Charlotte y Branwell crearon Angria mientras que Emily y Anne idearon Gondal. Durante años confeccionaron libros diminutos escritos en una letra microscópica, que sólo puede leerse con lupa, con las crónicas de sus reinos que eran lugares apasionantes y violentos, luminosos y bárbaros. Si Branwell, por ejemplo, mataba o casaba a un personaje, Charlotte tenía que respetar ese hecho a la hora de escribir sus propias aventuras.

En este sentido, los cuatro niños eran como dioses: lo que escribían sucedía. Ese mundo irreal era para ellos más real que la vida de Haworth. La imaginación y la escritura cumplieron, especialmente en las hermanas, una verdadera función catártica y de autoanálisis. Emily jamás abandonó Gondal, de hecho, su única novela, Cumbres borrascosas (1847), que es una de las obras maestras de la literatura, pertenece, por ambiente y tono, a las crónicas gondalianas. Charlotte sí dejó Angria, con grandes esfuerzos, a los 25 años, curiosamente abandonó su mundo de ensueños cuando se enamoró por primera vez. Emily no se enamoró nunca; vivía encerrada en su mundo imaginario y todo parece indicar que sus problemas alimentarios la convirtieron en anoréxica. Eran muy miopes, poco agraciadas, inteligentes, cultas, orgullosas y pobres, con estas características, y en aquella época, el futuro de las Brontë era muy negro.

Por entonces las mujeres no podrían entrar en las universidades, y una señorita decente no tenía más posibilidades de trabajo que ser maestra o institutriz. Ambos empleos, humillantes y mal pagados, practicaron las Brontë. Pero lo que ellas deseaban era escribir.

Otro obstáculo a salvar

En 1831, a la edad de 14 años, Charlotte fue enviada al colegio de Roe Head, aparentemente por el hecho de que su padre cayera enfermo. Esta partida marca profundamente la vida de Charlotte, ya que le recordaba la marcha de sus dos hermanas mayores a aquel funesto colegio que provocó que enfermaran y que, en última instancia, las mató.

No fue una estancia placentera: fue discriminada por sus compañeras debido a la ropa pasada de moda que usaba y a su tremenda miopía, y, para completar la humillación, las autoridades de la escuela la consideraron una ignorante ya que no sabía nada de lo que se consideraba la educación formal de una joven de esa época. Sin embargo, Charlotte conoce allí a Ellen y Mary, amigas que conservaría por el resto de su vida, que supieron ver algo más en aquella niña de desdichada apariencia. Permaneció en Roe Head un año, tras el cual regresó a casa para seguir estudiando y enseñar a sus hermanas.              

Pero en 1835, la directora de Roe Head la llama para ocupar un puesto de maestra, por lo que regresa llevando a Emily con ella. En realidad, Charlotte odiaba ese trabajo y ese lugar, y sólo quería escribir. Con 20 años, le envió unos cuantos versos al célebre y laureado poeta Robert Southey, a los que el artista le contestó que eran buenos, pero que “la literatura no puede ser el objetivo de la vida de una mujer, y no debe serlo”. El comentario hundió a Charlotte en una de sus grandes depresiones: ella sabía que, como mujer, no debía escribir, e intentó resignarse. Por todo ello entra en períodos de ausencia e hipocondría, e incluso sufre un profundo colapso nervioso. De modo que, a los 22 años, y tras haber trabajado dos años en Roe Head, es enviada a casa de regreso.

Los cuatro años siguientes fueron de un enorme crecimiento artístico y personal para Charlotte, durante los cuales trabajó en varias casas como institutriz y se dedicó a escribir muchísimo. Ya en 1840, se decide a enviar las primeras novelas a algunos editores firmando como C. B.

En cuanto a Emily, cuando es contratada junto a Charlotte como maestra de Roe Head, su vida se convierte en una pesadilla. Emily odiaba las clases, odiaba a sus frívolas compañeras y, como sabía que su padre no aceptaría que dejara el trabajo, hizo lo único que podía hacer: dejó de hablar y dejó de comer. Se debilitó tanto que fue enviada a casa y reemplazada por la menor de las hermanas, Anne.

Con sus huelgas de hambre, Emily ejerció siempre control sobre sus actos y sobre su familia. En 1838, a los 20 años, decide trabajar, pero esta vez parte sola. Durante casi tres años no ha hablado con nadie fuera de casa y el miedo le cierra la garganta, pero sabe que debe hacerlo.

Va a Law Hill, cerca de Halifax, donde pasó seis meses como maestra, pero no puede estar sin escribir de día, podría ser vista; así que lo hace por las noches. Es insomne, escribe, no come y su salud se debilita fuertemente. Según palabras de Charlotte, Emily trabajó “desde las seis de la mañana hasta casi las once de la noche, con sólo media hora de descanso”, y lo llamó esclavitud.

Publicaciones y libros trascedentales

En otoño de 1845, el descubrimiento por Charlotte de los poemas de Emily las decidió, en un alarde de decisión y fortaleza, a autopublicar un libro con las poesías de las tres hermanas, que se editó con el título Poemas por Currer, Ellis y Acton Bell (1846), empleando cada hermana, respectivamente, las iniciales de su nombre como seudónimos, de forma que ni sus editores conocían su verdadera identidad: tres solteronas provincianas de 30, 28 y 27 años, respectivamente. Desgraciadamente, sólo se vendieron dos ejemplares. Aún así, la poesía de Emily Brontë ha sido reconocida como una de las mejores de ese siglo, y sigue siendo admirada por su originalidad, su lírica y sus imaginativas referencias personales.

Este fue el punto de partida para que cada una de las hermanas se embarcara en escribir su propia novela. La primera que se publicó fue Jane Eyre (1847), de Charlotte (pero aún bajo su seudónimo masculino, Currer), que tuvo un éxito inmediato a pesar de las críticas despiadadas, que no hacían otra cosa que aumentar las ventas. Esta novela provocó un considerable escándalo en la sociedad del momento por la forma directa, «vulgar para la época» de abordar las pasiones de su protagonista. Como toda la obra de las hermanas, Jane Eyre es autobiográfica. Se arma con pedazos de su historia. En Londres no se hablaba de otra cosa que de esa novela, y los círculos literarios se devanaban los sesos por descubrir la identidad de los misteriosos hermanos Bell.

Aparecieron más adelante, y en ese mismo año, Agnes Grey, de Anne, y Cumbres Borrascosas, de Emily. La primera era una árida revelación basada en los comentarios autobiográficos del bajo nivel material y moral de una institutriz victoriana. Es considerado un relato íntimo de amor y humillación en el que el yo más vulnerable se enfrenta al yo más severo.

En cuanto a Cumbres Borrascosas, Emily comienza a escribirla en diciembre de 1845 y la concluye en julio del siguiente año. Fue descalificada por la crítica durante mucho tiempo y tuvo muy mala acogida por el público. La intensidad de su sentimiento y la brutalidad de los personajes, las energías primitivas de amor y odio que impregnan la novela fueron juzgadas como salvajes y burdas por los críticos del siglo XIX.  Su estilo, rudo y salvaje, se aparta por completo del imperante en la literatura de la época, hasta el punto de que la obra yació olvidada por no considerarla, ni siquiera, una buena novela. Pero años después, los críticos comenzaron a preguntarse cómo accedió aquella joven tan aislada geográfica y emocionalmente a ese profundo conocimiento de las actitudes, deseos y motivaciones de los hombres; cómo alguien que no estuvo jamás enamorada y no mantuvo nunca una conversación con un joven pudo escribir semejante historia de amor y pasión.

Debido a la confusión y a la especulación sobre la identidad de las autoras de las diferentes novelas, ellas mismas deciden desvelar su identidad mediante una visita a Londres en la que se dieron a conocer a sus editores y que tuvo una gran repercusión social en la capital.

El fin

El año 1848 es fatal para la familia Brontë. Branwell nunca llegó a saber que sus hermanas habían publicado, ya que murió de tuberculosis en septiembre de ese año, no sin antes contagiar a Emily, que fallecería de la misma enfermedad tres meses después, el 19 de diciembre de 1848.

En los últimos meses de vida de su hermano Branwell, Emily fue la persona más allegada a él física y afectivamente. Lo cuida, lo cambia, le da de comer, lo cual provoca que se contagie la enfermedad. En septiembre, tras la muerte de Branwell, Emily se niega sistemáticamente a comer y a que la vea un médico. Un rato antes de morir, accedió a que el médico la viera para darle el gusto a su familia, pero lo único que aquel pudo hacer fue firmar el certificado de defunción.           

También para entonces, Anne había sido atacada por el mismo mal y murió cinco meses después que Emily, el 28 de mayo de 1849, un año después de publicar su segunda novela, La inquilina de Wildfell, una obra sumamente audaz en sus ideas y por la que se la considera la primera y más completa novela feminista.

De Anne se sabe que estuvo muy enamorada de Weightman, un pastor anglicano a quien esperó durante años pero que jamás la correspondió, y, cuando parecía que eso iba a ocurrir, el pastor murió de cólera. Al poco tiempo de este hecho, murió su amada tía Elizabeth.

Cuando se contagió de tuberculosis, al contrario que su hermana Emily, Anne hizo todo lo posible por curarse. Incluso aceptó la sugerencia del médico de ir a vivir cerca del mar para recuperar su salud. Y hacía allá viajó junto a Charlotte y Ellen, amiga de Charlotte, en 1849. Tras un durísimo y largo viaje, llegaron a Scarborough. Anne se sintió feliz de ver el mar y, agonizante, caminó por la playa. Un anochecer, junto al fuego, murió a los 29 años. 

Sola y desesperada después de la muerte de sus hermanas, Charlotte quedó viviendo con su padre en Haworth, dedicada a la literatura. En los años siguientes, Charlotte fue varias veces a Londres para promover la publicación de su obra, y a Manchester, donde visitó a su futura biógrafa, la novelista Elizabeth Gaskell, a quien invitó a Haworth. Charlotte se convierte en un personaje muy famoso y por fin reconocida por grandes escritores de la época. Publicó otras dos novelas, Shirley (1849), en la que aborda el impacto de la revolución industrial en su Yorkshire natal, y Villette (1853), en la que recupera como argumento su experiencia en aquel internado de Bruselas que le había marcado para toda su vida. Ambas novelas disfrutaron de enorme éxito.

Además, en 1850 se reeditó Cumbres Borrascosas, con un adjunto de una selección de poemas de Emily y una biografía escrita por la propia Charlotte, pero ¿hasta qué punto fue esta fiel a la memoria de su hermana? Según parece, Charlotte revisó la novela de su hermana una vez fallecida, recortando fragmentos con el fin de que Cumbres Borrascosas se pudiera publicar en un solo volumen en lugar de los tres originales, por razones de espacio o tal vez para que su edición resultara mucho más económica; también se le permitió cambiar la puntuación. Y, desde entonces hasta 1963, la versión que corrió del famoso libro y fue objeto de numerosas traducciones, era de Charlotte y no de Emily. Pero en 1963, finalmente, se publicó la versión tal como lo escribió su autora.

En 1854, Charlotte, a pesar de haberse prometido mil veces que jamás lo haría, contrae matrimonio con el joven reverendo Arthur Bell Nichols, coadjutor de su padre y que fue el cuarto hombre en proponérselo. Él estaba profundamente enamorado de ella y ella aprendió a quererlo. Se podría decir que fue feliz por un tiempo, pero, al quedar embarazada, se desata el tremendo final al que parecía estar predestinada, como sus hermanas.

Releyendo la obra de Charlotte, se puede comprender el temor profundo a los embarazos y la asociación inconsciente entre nacimiento y muerte (hay que recordar que la madre muere aparentemente a causa de los múltiples partos). De modo que la neurosis se apodera de ella con toda su fuerza.

María, su madre, había muerto a los 38 años. Al poco tiempo de casarse, Charlotte enfermó de tuberculosis, al igual que sus hermanas, y murió el 31 de marzo de 1855, unos días antes de cumplir los 39 años, estando todavía embarazada. Aun así, había empezado otro libro, Emma, que no consiguió terminar.

Una vida dedicada a la literatura, superando la pobreza, las muertes prematuras de seres queridos, penosas enfermedades y una sociedad que tenía prejuicios invalidantes para la mujer.

¡Las hermanas que escribían, entre otras cosas!

¡La Navidad y el perdón!

La Navidad está tan próxima que casi podemos tocarla, percibir sus perfumes más íntimos, escuchar el tañido de sus campanas y ver esas estrellas en el firmamento que guiaron a los Reyes Magos al pesebre de Jesús.

¿Cuántas maneras existen de celebrar la Natividad?

Mi respuesta es que tantas como tantos afectos existan, aquellos que nos unen junto a la mesa de nochebuena, o nos disparan los más intensos recuerdos por aquellos que supieron ser nuestra amorosa compañía.

Fui alimentado en el fervor navideño, por dos sesgos familiares distintos. El materno, para los cuales la Navidad era un momento de recogimiento, oración, dar gracias y bendecir el nacimiento de Jesús. El paterno, para los cuales la Navidad era una fiesta para celebrar con inusitada alegría, disfrutar de grandes banquetes y estar unidos en familia.

Con esa mezcla de intimidad y desparpajo, con el tiempo fui viviendo un nuevo sentido personal agregado a los otros dos, que me permitieron vivirla desde otra dimensión. Le fui agregando el condimento del perdón a uno mismo y a los demás, por todo aquello que nuestra conciencia registra como cuestiones a perdonar para lograr esa paz interior, sumado a la aceptación del perdón que otros necesitan para conseguir su propia condición de paz.

Lo del perdón tiene para mí un significado muy especial, arraigado en esta historia, que, si bien me emociona como muchas, adquiere una valoración muy grande en mi corazón, desde el hecho que involucra a mi papá Ramón.

La historia se remonta a cuando tenía unos doce años de edad, mientras vivía en contacto con la naturaleza, y las labores de la tierra, en la quinta familiar de Villa Esquiu. Aunque fue un acontecimiento aislado, y aparentemente sin importancia, significó el alejamiento de dos entrañables amigos, mi Papá y el Petiso.

Los recuerdos me transportan a una de esas tardes de verano, una de aquellas, donde como era costumbre, me encontraba deambulando por el fondo de la quinta; allí había una frondosa línea de árboles de los más variados tamaños y especies, plantados próximos a la canaleta de riego; en momentos en los cuales estaba degustando unas moras negras, fue cuando divisé en la copa del árbol, dos extraños pájaros, muy bonitos, altivos, copete rojo y un trinar maravilloso. Conocedor de las aves que habitaban la zona, jilgueros, mixtos, urracas, tordos, cabecitas negras, corbatitas, brasitas, palomas, cardenales, zorzales, entre otros, era claro que estos bellos y entonados pájaros no pertenecían a la fauna local, y estimaba que habían escapado de alguna jaula, buscando su libertad, y comida rica, como estas dulces moras. Me quedé un rato escuchándolos y admirando su porte, luego volví para contarle de mi hallazgo a Papá, un apasionado amante de los pájaros en libertad.

Al día siguiente y a la misma hora, fuimos al lugar donde los había divisado, y mi Papá pudo observar esos bonitos pájaros, provisto de esa mirada de niño que tenía, la cual emanaba de sus ojos grises e inquietos. Esa misma jornada, algo más tarde y como todos los sábados, nos visitó en la quinta, el querido Petiso, quien tenía afición por las aves, y que había construido en su casa de la ciudad una inmensa pajarera, donde mantenía cautivos, aunque bien cuidados y alimentados, un sinnúmero de aves nativas y otras exóticas. Papá lo invitó a ver los raros y hermosos pájaros, y él quedó maravillado ya que se trataba de Federales, un ave de la zona del litoral. Nos confirmó lo que presumíamos, que de seguro habían escapado de su encierro, los que ahora vivían gustosos y libres en nuestra quinta.

El Petiso le dijo a mi padre que los entramparía, ya que, caso contrario, estos pájaros serían presa fácil de algún halcón, aguilucho o chimango. Mi Papá le dijo: “ni se te ocurra, deja esas aves en libertad”. Con esa frase terminante, se acabó la discusión respecto de ese tema. Yo no sabía que posición tomar, ya que de hecho una vez había entrampado un jilguero, a pedido de un amigo, aunque después de eso, no volví a hacerlo de manera regular. La conversación derivó en aspectos futbolísticos, pasión de ambos, mi padre, hincha de Belgrano de Córdoba y el petiso, hincha de Racing de la misma ciudad. Ambos eran amigos desde muy jóvenes, mantenían una estrecha y fluida relación, con más coincidencias que desavenencias.

Durante la semana apareció el Petiso en la quinta. Fue con su auto hacia fondo de la quinta, usando el callejón que llegaba hasta ese lugar, y colocó unos tramperos cercanos a los árboles de mora. Le pregunté: ¿le pediste permiso a mi Papá? Él no me respondió, sino solo me dijo que no me hiciera problemas, que los iba a cuidar muy bien y que los podríamos ver todas las veces que quisiéramos. Al cabo de unas horas ambos federales copete rojo, viajaban rumbo a la ciudad, a encontrarse con otros compañeros de cautiverio, en la inmensa jaula de Carlitos, el Petiso. No quiero entrar en detalles de qué sucedió cuando por la noche volvió mi Papá de su trabajo en el estudio contable. Una vez que estuvo enterado de lo sucedido, su enojo fue tal, que no recuerdo en toda mi vida posterior, haberlo visto una vez más de esa manera. No dijo mucho, sólo se notaba un nivel de crispación difícil de explicar con palabras.

Al sábado siguiente, como era habitual, apareció a la siesta Carlitos, su amigo, y mi Papá directamente no quiso hablar con él, ni aceptar explicaciones de ningún tipo. Fue así que el Petiso, fue varios sábados más a tratar de congraciarse, pero no hubo caso. La relación estaba rota, mi Papá no lo perdonó, y los que supieron ser como hermanos, se distanciaron definitivamente. Las reuniones familiares y de amigos a las que asistían juntos, ya que compartíamos lazos de todo tipo, los mostraba a cada uno en extremos opuestos de la mesa, apenas dándose un saludo por protocolo y sin dirigirse la palabra.

Transcurrió el tiempo, y sobrevino la penosa enfermedad de mi Papá. Diez años después del suceso de los pájaros, este se debatía y luchaba como podía y con todas sus fuerzas por conservar su vida. El petiso, a través de su hermana, esposa de un primo hermano mío, estaba consciente de lo que sucedía. Acompañando a mi Papá en la clínica, yo esperaba que Carlitos apareciera en algún momento, ya que Ramón a veces se acordaba y preguntaba por él. Finalmente, el Petiso apareció una tarde, y estuvieron charlando largo rato. Antes de irse, me abrazó, lloró como un niño y me pidió perdón por haber estado alejado tanto tiempo. Le dije que estaba bien, que lo que importaba es que finalmente se hubieran reconciliado. Mi papá Ramón, casi un mes después, falleció en nuestra casa, rodeado por sus seres queridos, esposa, hijos e hija, habiendo dado en su vida lo mejor de sí. Dejó para nosotros un legado plagado de valores, compromisos y amor.

El espíritu navideño me trae consigo el perdón. Este episodio profundo del pasado, me sirve para ahondar en mi interior, y a reconocer en él, donde tengo alojado el perdón, el que pido y el que acepto; otros lo situarán en el corazón, y otros lo tendrán allí no muy bien identificado, aunque haciendo memoria, podrán visualizar situaciones de las más diversas, donde no estuvo presente, donde no lo dimos, donde paso el tiempo, y la emocionalidad quizás hoy te permita decirlo: Te pido perdón, o te perdono.  

En mi vida he tenido y tengo varios episodios de Pájaros Federales, propios y ajenos. pero la historia que acabo de contarles, me sirvió para aprender que vivir en el resentimiento y en el No Perdón, es una energía que desgasta y limita, por lo que he buscado encontrar el timing, para que, verificada la ofensa, el destrato, o lo que haya ofendido o me haya ofendido, destrabar lo acontecido con un Te pido Perdón o Te perdono. En general las situaciones donde cabe pedir perdón u otorgarlo, me resultan muy emocionales y mezcladas en algunos casos con condimentos de nuestro  ego, por lo que, poniendo un poquito de conciencia, percibimos que podemos achicar la línea de Pájaros Federales y reconocer que los otros y nosotros mismos, muchas veces no hacemos las cosas con mala intención, las hacemos lo mejor que podemos, dentro de nuestras limitaciones y mapas mentales.  Perdonar para mí no implica olvidar, pero si meternos por el lado de la Paz, haciendo las paces….

Llegado a este punto, cabe preguntar:

¿Cómo te vinculas con el Perdón?

¿Percibís cuando ofendes a otro?

Mirar demasiado en el pasado o vivir anticipadamente el futuro, te saca energías para vivir el presente, que está allí a tu alcance, por lo que, si te resulta útil, puedes detectar cuál es tu línea de Pájaros Federales, y proponte al menos revisarla, cada tanto.

Allí aparecerán varios Perdones que no dimos o que no pedimos.

Atrevámonos a abrir las puertas del Perdón y por favor incluyamos los que tengas que perdonarte a vos mismo, tus propios Pájaros Federales.

Que esta Navidad, nos posibilite encontrar la paz y el perdón, mientras esperamos el nacimiento de Jesús.

¡Feliz Navidad!

Los límites y las creencias !

Somos personas que decimos, hacemos, pensamos y sentimos. Esos cuatro estadios en los cuales podemos encontrarnos no tienen según mi punto de vista, un orden prefijado, una secuencia que los ordene, y se replican a cada instante, en este proceso mágico y maravilloso que llamamos vida. Es más, se dan de manera simultánea y tantas veces con un grado de conciencia relativa o más bien desde nuestro subconsciente.

Sin embargo, y yendo a lo concreto los disparadores del pensar, hacer y decir, son nuestras emociones, nuestros estados de ánimo, que son como la música de fondo, sobre el cual se edifican nuestros propósitos o sueños, aquello que le da sentido a nuestra vida. Por lo tanto, lo que sentimos, es en cierta manera lo que nos impulsa, nos mantiene inmóviles o nos hace retroceder.  Tener ganas es el primer punto de partida para hacer cualquier cosa que nos propongamos, y sostenerlos en el tiempo, pese a los resultados no deseados, las pérdidas, los sinsabores, es otro gran desafío. Hay que tener ganas de perder, ganar, empatar y también de revisar, cambiar y reorientar nuestros propósitos.

Las ganas salen de nuestro ser más profundo, aquel que olvidamos en la vorágine de los quehaceres diarios, y la que tantas veces le huimos en nuestras conversaciones íntimas, por lo que cultivar nuestro ser tendría que ser (valga la redundancia) nuestra razón de ser.

“Somos seres limitados” es una frase que comúnmente nos traen a colación y que realmente nos las creemos más de lo debido. Los límites por lo general son internos y propios. Nacen con nosotros desde una temprana edad, siempre desde las emociones como el miedo, la angustia, el no poder, el no servir para…… solo por citar los más comunes.

Los límites y las creencias van de la mano y conforman un combo que nos inactiva, a veces casi por completo, les hemos dado en llamar: “creencias limitantes”, y son aquellas que por lo general nos sabotean las acciones, incluso antes de que lleguemos a emprenderlas, paralizando en todo o en parte nuestros sueños.

Las creencias limitantes si las pudiéramos definir son ideas, opiniones o pensamientos negativos que consideramos como ciertos, sin que necesariamente lo sean, y que condicionan nuestra vida.

Se trata de estas creencias que todos tenemos, que aparecen de vez en cuando, normalmente cuando menos nos lo esperamos y menos lo necesitamos, y nos bloquean.

“No sé hablar en público”, “soy incapaz de aprender a conducir”, “mis compañeros son mucho más inteligentes que yo”, “no se me da bien escribir” … de ésta última te hablaré en detalle más adelante.

Poco importa que no se ajusten a la realidad, para nuestra mente son ciertas y, por lo tanto, son reales para nosotros. Nuestro comportamiento se ve totalmente influenciado por estas ideas. Son muy dañinas, ya que nos impiden crecer y desarrollarnos, evitan que nos enfrentarnos a nuevos retos y dificultan nuestra toma de decisiones.

Nuestras creencias proceden del entorno en el que hemos vivido, la experiencia y/o las opiniones de los demás.

Puede ser debido a algo que hayamos intentado hacer alguna vez y, como no nos salió bien, ya decimos que es imposible. Quizás alguien cercano (un familiar, un profesor, un compañero) nos dijo que no valíamos, que no podíamos lograrlo, etc.

Esta idea se queda grabada en nuestro subconsciente y, ante una situación similar, surge de manera automática. Y nosotros la aceptamos sin cuestionarla, como una verdad absoluta. Quizás hemos cambiado mucho desde aquella situación inicial y tenemos nuevas habilidades, pero nuestra mente se bloquea y nos impide actuar.

Muchas creencias limitantes tienen su origen en la infancia, de ahí la importancia de generar en los más pequeños ideas potenciadoras, que son ideas en positivo que nos impulsan a avanzar y superar dificultades.

No merezco… ser amado, tener éxito, la atención de los demás, que respeten mis decisiones…

No puedo… aprobar esa oposición, hablar en público, confiar en nadie, trabajar de lo que me gusta, aprender inglés…

No tengo derecho a… ser feliz, expresar mis opiniones o los demás se enfadarán, descansar, quejarme, cometer errores…

No valgo… para estudiar, para cocinar, para la informática, para enseñar, como madre, como padre…..

Es imposible… ser autónomo y vivir tranquilo, ser rico y buena persona a la vez, que la empresa no se aproveche de mí, que encuentre una pareja que me trate bien…

Soy incapaz de… llevarme bien con esa persona, comer sano, ir al gimnasio, callarme, cambiar de opinión…

Es difícil… encontrar gente afín a mí, aprender a conducir, ser feliz, perdonar…

No es correcto/No está bien… decir palabrotas, cometer errores, pensar primero en uno mismo, decir que no…

Existen cientos de creencias limitantes, cada uno tiene las suyas que son muy pero muy personales.

Les traigo a continuación un breve relato de una persona que al igual que yo, dedica parte de su tiempo a escribir un blog.

Mi experiencia personal

Y ahora, te quiero contar que una de las creencias limitantes que he tenido recientemente es la de no saber escribir.

La consecuencia de esta creencia era que cada vez que me ponía a escribir, me tensaba, y lo que me comentaba internamente, aunque no lo escuchaba, debía de será algo así como “que mal escribes”, “lo estás haciendo fatal”, “así no se hace”, “lo que escribes no tiene ni pies ni cabeza”, “pierdes el hilo constantemente”, “no vas a ser capaz de escribir en español de manera correcta”…

Bueno, como comprenderás, al poco rato de estar escribiendo, me cambiaba el humor y como alguien viniera a preguntar qué tal estaba o qué tal iba con el artículo… te puedes imaginar que el tono de voz con el que contestaba no era el más amistoso.

Se dice que las creencias se forman entre los 0 y 7 años y es probable que esta creencia me viniera de muy pequeña.

El recuerdo que tengo de todos mis años de colegio, instituto y universidad es que tenía malas notas en Historia, donde hacíamos presentaciones, y en Lengua, donde eran frecuentes las redacciones. En Filosofía, ¡ni te cuento lo mal que lo pasaba cuando tocaba hacer las disertaciones!

Bueno, tal vez por esa razón estudié ciencias, y podría decir gracias a eso, porque me encantó lo que estudié.

Gracias también a mi curiosidad por el desarrollo humano y el bienestar, me doy cuenta de lo que quiero mejorar en mi vida. ¡Y este punto es muy importante porque quiero comunicarme contigo en este blog!

Desde que empecé a estudiar y leer sobre PNL (Programación Neurolingüística), Inteligencia Emocional y Psicología, he rellenado unas cuantas libretas con frases, dibujos, citas, reflexiones.

Entonces, lo de no saber escribir, ¿es verdad?

Técnicamente, la primera respuesta es soy capaz de coger un bolígrafo con la mano y un papel y dejar líneas sobre él. Además, soy capaz de dibujar letras y juntarlas para hacer palabras. Por lo tanto, sé escribir.

Segundo, sé hacer frases y, además, voy a recordarle a mi cerebro que ¡sé hacerlas en varios idiomas!

Una vez que me dije estas cosas, decidí tomar las riendas y aplicar en mí misma una de las técnicas recomendadas para superar este bloqueo.

Una de las cosas más útil que aprendí en las diferentes formaciones de estos últimos años es que dos creencias contradictorias no pueden convivir.

Los pasos que yo he seguido para intentar cambiar esta creencia de no saber escribir son los siguientes:

1.- Identifiqué la creencia que me limitaba, fui consciente de ella. Fui lo más concreta posible.

2.- Busqué un lugar tranquilo durante unos minutos.

3.- Me relajé, cerré los ojos y pensé en un lugar agradable.

4.- Imaginé que había una pizarra, me acerqué a ella y escribí mi creencia limitante.

5.- Después, la borré y pensé en la nueva creencia potenciadora (contradictoria) que deseaba integrar a partir de ese momento.

6.- La escribí en la pizarra y la dije en voz alta dos veces.

7.- Abrí los ojos y escribí en mi libreta:

“Hoy puedo decir que disfruto escribiendo (acabo de hacerlo escribiendo las líneas anteriores), lo hago bien (las frases se entienden, ¿no? y las personas que lo leen lo disfrutan” (aquí arriesgo un poco y espero que dejes tu comentario al respecto.

8.- Y durante todo este mes, la recordaré a diario al levantarme hasta que la tenga bien interiorizada.

Me pareció muy útil traerle este escrito de una persona que hace lo mismo que yo.

Para finalizar les regaló una frase que me resulta inspiradora:

“Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, estás en lo cierto”, Henry Ford.