Esta es la historia de un hombre que, desde su nacimiento, comprobado o no, en meseta de Somuncurá, portaba algo especial y distinto. Este lugar es una vasta altiplanicie volcánica de aproximadamente 25,000 km2 situada entre Río Negro y Chubut, en la Patagonia argentina. Es conocida como una «isla de roca» con alturas superiores a los 1.000 metros sobre el nivel del mar. En lengua mapuche, Somuncurá significa «piedra que suena o habla», posiblemente haciendo referencia al viento sobre los basaltos.
Toda esta influencia de los aires en movimiento y la energía antigua de los volcanes, profería sobre los nacidos en estas tierras, algunas características especiales. De origen humilde y llano, Gumersindo Rojas, más conocido a posteriori como el “brujo de la meseta”, era el hijo menor de ocho hermanos, alternados entre niños y niñas. Su papá prestaba servicios de peón en una estancia del lugar, mientras que su madre cuidaba de los hijos, de las pocas ovejas y cabras y de que se conservaran limpias las pocas comodidades del rancho.
Los niños se ocupaban de acarrear leña, cazar algún avestruz y estar alertas para espantar a los pumas, que como amos de la meseta acechaban a los animales. Los varones sabían todos usar la escopeta, las boleadoras y la gomera. Tenían la suerte de vivir cerca de una pequeña pero permanente aguada, lo que les facilitaba la vida. A unas pocas leguas de su acotado latifundio, corría un pequeño arroyo, de donde también se solían proveer de agua, la que acarreaban en tambores que transportaban con la carreta tirada por los caballos.
La naturaleza agreste del lugar, los fríos extremos del invierno, la enorme amplitud térmica del verano, y por momentos la extrema sequedad, agravada por los vientos intensos y recurrentes, eran factores decisivos para que la vida no fuera tan sencilla, sino más bien laboriosa y exigente. No era fácil sembrar y cosechar, tampoco plantar arboles y verlos crecer, al menos para que dieran sombra. El monte nativo, era más bien de especies arbóreas de baja talla, preparados para la seca y la velocidad del viento.
Gumersindo o sólo Gumer, como lo llamaba su madre, fue beneficiado por el hecho de ser el menor, ya que cuando él nació, con una diferencia de quince años con el hermano mayor, la realidad de su hábitat ya había sido mejorada, por el accionar de su padre y sus hermanos mayores. Cuando él lanzó su primer llanto, pudo hacerlo en una cunita acomodada, en un ambiente más acogedor que el que recibió al mayor de los ocho hermanos.
Siendo pequeño, él acompañaba a su mamá en las tareas domésticas, aunque sin hacer nada. Mientras que los varones mayores se ocupaban de tareas de campo, junto a su padre, y sus hermanas, lavaban, cocinaban y limpiaban a la par de su madre, él niño tenía tiempo para actividades lúdicas y ensoñaciones. Por las noches, la ausencia de luz artificial permitía visualizar un cielo plagado de estrellas que junto a la luna iluminaban la meseta. Gumersindo era un apasionado mirador del cielo y sus tesoros, aprendiendo rápidamente a distinguir todos los fenómenos estelares. Cosmógrafo por afición, fue una de esas noches cuando aún siendo niño, fue sorprendido por un puma hembra que procuraba alimento para sus crías. El encuentro hubiera sido mortal, de no haber tenido la buena ventura de que justo su padre se hubiera levantado para beber agua, lo cual le permitió escuchar el ronroneo característico del animal, y poder salvar a su hijo de una muerte segura.
Para un mortal cualquiera, ese encuentro y salvación inesperada, hubiera dejado secuelas. En el caso de un mortal distinto, las consecuencias derivadas de este suceso fueron superlativas. La mente del niño Rojas, el menor de todos, se expresó en la aridez de la estepa patagónica, en estados crecientes de alerta y premonición, acerca de todo lo que sucedía a su alrededor. El niño empezó a predecir con un grado de exactitud admirable todo lo que aconteceria en varias leguas a la redonda, tanto a las personas, como a los animales y la naturaleza.
Al principio nadie de su familia le creía, porque pensaban que había quedado loco, el pobrecito. Ellos decian, que las heridas que las garras del puma le habían dejado en su torso, le habían transfundido tanto miedo y dolor, que lo habían vuelto un inútil delirante de por vida. Más allá de esto, y con la protección de su mamá, Gumersindo siguió comentando todo lo que pasaría en el futuro cercano, con una precisión asombrosa. Nada escapaba a su visión premonitoria, que se comprobaba día a día. Cuando callaba, era porque seguro un hecho inevitable y doloroso le sucedería a un miembro de la familia.
La fama de Rojas de saberlo todo, se fue incrementando al ritmo de su progresión biológica. Vecinos de la meseta concurrían a escucharlo hablar y predecir, porque del conocimiento de sus predicciones se podía provisionar y actuar de otra manera. Gumersindo Rojas, ya conocido como el brujo, no recibía dinero por sus visiones, pero sí la gente traía obsequios tales como ovejas, cabras y avestruces, que le permitían a su familia tener una vida más holgada, en un lugar inhóspito y desapacible. Así como le sucedió a Funes el memorioso, a Rojas el vidente, la vida se le hizo aburrida de tan predecible, carente de toda sorpresa y despojada de la incertidumbre característica del ser humano.
Ya siendo un adulto de más de treinta años, su cualidad prodigiosa, había adquirido tal maestría, que él decía escuchar los pensamientos de la gente que le rodeaba, hecho que le producía enormes malestares, y muchas discusiones con sus familiares. El conocimiento de los pensamientos perversos que todos tenemos, le producía desazón, tristeza y desesperanza. Pedía a gritos que sus hermanos, dejaran de pensar tan negativamente y que dejaran de tener ideas de odio y venganza, sobre tal o cual vecino, que les había robado una o varias ovejas.
Para intentar dejar de conocer a cada minuto las intenciones de los demás, antes de que estos las manifestaran o no, es que se fue a vivir alejado, a unos metros de su casa materna. Antes de eso y durante su alejamiento, tuvo muchas propuestas de vecinas, que querían formar pareja con él, ya que además de su gracia física, algo menguada por las cicatrices que el puma le había dejado, vivir con una persona que lo conociera todo, resultaba cuanto menos un hecho promisorio. Rojas, el vidente, rechazó todas y cada una de las propuestas femeninas, decidiendo que la soledad era la mejor forma de soportar lo que él ya consideraba una maldición más que un don. Su familia perdió todo contacto y cariño de él y para él, incluyendo que ya casi no quería ver a nadie, salvo que alguien le rogará por un caso de extrema necesidad.
Pasados sus treinta y dos, y ya preso de pánico, porque sus visiones no cesaban, incluso en la soledad más absoluta, ideó replicar el término de su vida, de una manera parecida a la del profeta Jesús, aquel cuya leyenda lo había deslumbrado. Entendiendo que su destino se había torcido cuando había sido salvado de ser comida para pumas, empezó conversaciones con una de las hijas de la puma original que lo atacó, ahora ya madre de una camada de felinos, para que organizara su despedida de este mundo. Esta rara habilidad de conversar con los animales, nunca le produjo ninguna aflicción. Al contrario, le producía satisfacción la compañía por las noches de algún que otro avestruz con sus crías, que dormían plácidamente en su escueto rancho.
Una noche fresca de verano, mientras sostenía la mirada hacia el cielo que tanto le gustaba, se preparó para su partida silenciosa. No sintió dolor cuando la mordida del gato le quitó la respiración, y pasó con suma tranquilidad a otra dimensión, de la cual parecía sentirse parte.
Su cuerpo jamás fue encontrado, tal como fue pactado con sus animales liberadores y su leyenda quedó sepultada en las tierras volcánicas de la meseta.
Cada tanto aparece por la tapera de su rancho algún puma, que pasa la noche refugiado, como hablando con alguien en un lenguaje inentendible. Nadie de la familia de Rojas, se anima a cortar este ciclo de apariciones, porque tiene miedo de ser preso de algo superior e inmanejable.
En la tumba de Rojas, en donde no hay cuerpo, sino solo una cruz de madera, se puede leer garabateado: “aquí yace el espíritu de quien lo vio todo”.
Rojas, el vidente….









