Es una jornada de sábado por la tarde propicia para la práctica deportiva. Un clima ideal acompaña a las jóvenes deportistas de voleibol, categoría sub 14. Un equipo diezmado por algunas ausencias de último momento no impide que las apenas siete jugadoras asuman el desafío de una fecha más del campeonato, defendiendo los colores rojos del municipio de Río Cuarto.
Las chicas, entre las cuales se encuentra mi hija Emma Lucia, hace dos años que han empezado la práctica deportiva regular, con entrenamientos dos a tres veces por semana. Es un placer ver cómo se han integrado para convivir en equipo, profesando valores que les imparte el entrenador. No hay estrellas, cada una ocupa su posición funcional, desarrollando habilidades y destrezas, que hace un tiempo no poseían. Juegan con respeto entre ellas y hacia los rivales, en este torneo que dura todo el año, cada dos fines de semana. Hoy les tocó en un club de Río Cuarto, pero viajan y disputan competencias en distintas ciudades del sur de la provincia de Córdoba.
La de hoy fue una jornada que las consagró vencedores en los tres partidos jugados. Tres de tres, es un número impensado cuando empezaron su práctica casi tres años atrás. Este crecimiento en la obtención de resultados positivos va de la mano con la constancia, compromiso y voluntad de entrenar y corregir los errores. Por otro lado, la consecución de buenos resultados tiene estrecha relación con la fineza del engranaje que han construido junto con el entrenador. Mi hija ha adquirido relevancia en el armado de las jugadas. Yo soy “la armadora” dice. Otras compañeras se han potenciado con el saque, otras con la recepción y otras con el remate y bloqueo en la red.
No se trata de un equipo improvisado, sino más bien de un equipo que ha logrado desempeñarse dentro de roles bien establecidos, complementarios y donde prima la voluntad por seguir aprendiendo. La regularidad de entrenamientos, la superación de obstáculos, lesiones, dolores en los dedos, brazos y piernas, tiene que ver con todo esto. La naturaleza humana nos ha hecho tan versátiles y productivos solos y más aún cuando trabajamos en equipo, que asombra ver deportistas de tan corta edad, tratando de dar la milla extra en cada jugada.
Considero en lo personal que los deportes en general, pero aún más los deportes en equipo, son un elemento sustancial para el desarrollo de las personas, en un contexto social y de sana competencia. No encontré en la jornada que me tocó vivenciar hoy, ningún elemento de conflicto, en este ejercicio lúdico que duró varias horas, durante varios encuentros deportivos simultáneos en dos canchas contiguas. Es altamente destacable el apego a los valores deportivos, sin rivalidades extremas, ni chanzas, ni burlas de ningún tipo.
El primer partido que les tocó jugar se resolvió en dos sets, con una diferencia marcada para el equipo rojo. El segundo partido fue muy parejo, se resolvió lo mismo en dos rondas de 25 puntos ganados, pero fue el más entretenido e igual. El tercer partido significó una victoria en dos rondas, pero con mucha diferencia de juego y de puntos. El equipo rojo municipal, fue bastante superior a su rival. Más allá de esto, lo que fue lo más importante y destacable de ese juego, es que, ante la marcada superioridad, los puntos conseguidos casi no se celebraban, por respeto al rival. Mi hija me dijo: sabes que pasa Papá, nosotros cuando comenzamos a jugar éramos así, no nos salían las jugadas, errábamos todo y no recibíamos bien. No vale la pena festejar cuando eso puede herir a otros. Tampoco está bueno jugar a media máquina, porque eso es otra forma de faltar el respeto. Una lección de cortesía y ejemplo deportivo, que fue compartido por todo el equipo y su entrenador.
Caemos en la cuenta, que finalmente la práctica deportiva es una gran escuela que puede servir y de mucho, para construir una mejor sociedad, generando buenas conductas y propiciando el desarrollo físico, emocional e intelectual. La actividad deportiva, por otro lado, impacta positivamente en el aprendizaje y en la forma de construir propósito y sentido a nuestras vidas.
No es necesario ser parte de un equipo de alta competencia, creo que eso es un ámbito limitado, al cual pueden acceder pocas personas. Ser parte de una actividad deportiva en equipo, que nos enseñe a desarrollar disciplina, regularidad y compromiso, va mucho más allá del éxito de la alta competencia, espacio reservado para profesionales del deporte. El deporte semi profesional, con cierto grado de amateurismo, se puede constituir en un basamento para disfrutar, crecer y aprender en equipo con otros.
Los clubes son un sitio importante que necesita ser conservado y acrecentado, de modo tal de generar una juventud (y valido para cualquier condición etaria) con sentido de responsabilidad, pertenencia y apego a la disciplina, con valores como el compañerismo, la solidaridad y el respeto hacia el otro.
Una jornada deportiva donde se mezclaron emociones, cuerpo y lenguaje, sirvió para invertir el tiempo de jóvenes, en actividades que los saquen del encierro, las redes sociales y la ausencia de rumbo.
Los adultos debemos poner de nuestra parte para que estas actividades y otras sigan creciendo, desarrollándose y generando buenos y superadores espacios de convivencia para los adolescentes.
La práctica deportiva enaltece a quienes la llevan a cabo, desde el lugar que les toque participar.
Para finalizar les dejó varias reflexiones que no me pertenecen acerca de esto que he pretendido expresar:
Un pilar de salud integral: La práctica regular, incluso moderada, fortalece el sistema inmunológico, mejora el descanso y reduce el riesgo de enfermedades crónicas, como la diabetes o problemas cardiovasculares.
Transformación mental y emocional: El deporte funciona como un liberador de endorfinas, lo que combate el estrés, la ansiedad y mejora el estado de ánimo, elevando la autoestima y la confianza personal.
Escuela de vida y valores: A través de la competencia y el esfuerzo, el deporte enseña disciplina, perseverancia, respeto a las reglas y a los demás, y la importancia del trabajo en equipo (compañerismo).
Resiliencia ante la adversidad: Enseña a gestionar tanto la victoria como la derrota, fortaleciendo la mente para superar obstáculos y levantarse con más fuerza ante las dificultades.
Integración y cohesión social: Practicar deportes de equipo, según mencionan en, no solo hace la actividad más divertida, sino que fortalece las relaciones sociales y promueve la empatía.
Desarrollo de la disciplina diaria: El deporte ayuda a estructurar rutinas, ordenando hábitos diarios que mejoran la calidad de vida general.