No en todas las latitudes del cono sur del continente americano, parece que el otoño se ha hecho presente. Cercano a los trópicos el calor aún persiste, negándose a abandonar su hegemonía térmica, que tiene en vilo a algunos cultivos y a las personas.
Por el momento manejar la variable climática es un hecho imposible, producto de la gran cantidad de energía contenida en los movimientos de masas de aire. Manejar la atmósfera que rodea la tierra es un sueño que, por ahora, resulta muy difícil de alcanzar, por lo que nuestra especie debe soportar las vicisitudes de lo que denominamos clima, adaptándose como pueda, dentro de su condición de vida.
Esto me lleva a preguntar, lo siguiente, que creo que es una cuestión esencial.
¿Cuántas cosas que pasan en tu vida realmente puedes elegir?
En primer lugar, no elegimos cuándo y dónde nacemos y quienes son nuestros padres. Más allá de algunas teorías de un destino prefijado, el hecho concreto es que nuestro nacimiento no depende en nada de cada uno de nosotros como individuos.
Luego existen una sucesión de acontecimientos en nuestra vida temprana sobre los cuales tenemos una influencia relativa. Por ejemplo, nuestro primer colegio, nuestro club donde hacemos deportes, y otros en el mismo sentido. Nacemos y crecemos amparados por nuestra familia, siendo nuestros padres los que nos profesan amor, mientras nos educan al mismo tiempo.
Nuestro libre albedrío recién comienza a manifestarse, no con total plenitud, cuando en la adolescencia nos rebelamos contra estos mandatos familiares y sociales, dando nuestros primeros atisbos de independencia.
Luego sobreviene una época de decisiones un poco más difíciles: elegir trabajo, estudio, lugar de residencia, pareja o no, hijos o no, rodeados de más o menos afecto familiar, de amigos y de relaciones.
Siempre parece que somos muy capaces de elegir todo lo que realmente nos conviene, y que tenemos infinitas posibilidades de hacerlo, aunque si miramos en retrospectiva sobre las decisiones que hemos tomado, caeremos en la cuenta, que un montón de veces las situaciones nos tomaron a nosotros, con pocas chances de optar ciento por ciento por nosotros mismos.
Solo para poner un ejemplo personal, cuando falleció mi papá Ramón a una edad temprana de su vida y por ende de la mía, tanto él como yo, ni nadie de mi familia estábamos preparados. Fuimos alcanzados todos por esa situación, eligiendo como podíamos y nos salía transitarla dentro de un cúmulo indescriptible de profundas emociones.
Vale decir que, si miramos en retrospectiva, y nos preguntamos cuando realmente hemos podido elegir algo sobre lo cual podamos decir: “esto lo elegí yo, ciento por ciento”, nuestro conteo se resolverá con los dedos de las manos.
Entonces, la primera reflexión que se me ocurre es que elegimos dentro de nuestras posibilidades de elegir.
Expandir nuestras posibilidades es un gran desafío sobre lo cual tenemos que trabajar arduamente, muchas veces sin tanto éxito.
Esto nos lleva a una segunda reflexión, que es responder cuán efectivos y cuánto beneficio en lo espiritual, humano, económico, financiero, en la salud y otros ámbitos nos han dejado nuestras decisiones.
Aquí la cuestión se torna aún más complicada, porque incluso algo que en principio a todas luces nos traería un beneficio concreto, por razones ajenas a nuestro control, no ha sido lo que esperábamos o pro el contrario, tuvimos un golpe de suerte y lo que era algo endeble o tímido, terminó siendo un gol al ángulo.
La vida es por cierto un ámbito en donde podemos ejercer un cierto control sobre nosotros mismos, un poco menos sobre nuestra familia y muchísimo menos aún sobre nuestro entorno, del cual por cierto nos podemos valer si somos inteligentes.
La tercera idea que quiero dejarme en primer lugar a mi mismo, y después al resto, es que existen acciones y hábitos que disminuyen el grado de incertezas, en donde nos toca actuar y decidir: ser constantes, coherentes, planificar, respetar, incluir, aceptar, mantener una actitud propositiva y declararnos en todo momento abiertamente ignorantes. Estas acciones colaboran con nuestro éxito relativo.
El cuarto pensamiento, que es como el corolario de todo lo anterior, es que si bien nosotros no elegimos gran parte de las cosas que nos suceden, si podemos elegir la actitud que usamos para enfrentarlas, sean hechos positivos o negativos que nos impactan.
Esta última reflexión es la que tantas veces me ja servido para salir de situaciones difíciles, o para no creerme el superhombre cuando algo me ha salido de maravillas.
Lo que cuenta es la actitud que ponemos en todo momento, aunque parezca que todo está perdido. Es como si estuviéramos en un juego donde las reglas no siempre son claras, pero podemos jugar con las cartas que nos tocan.
Nadie elige de manera consciente estar enfermo, perder su empresa o su trabajo, tener un accidente o despedir a un ser muy cercano.
Si podemos elegir de manera consciente que hacer con eso, aprendiendo a convivir con nuestras emociones más profundas y reveladoras de nuestra naturaleza humana.
Nuestra vida es un devenir incesante de cosas que nos pasan, no da para el aburrimiento, ni para el exceso de presión, si elegimos las actitudes correctas de cómo enfrentar tanto el éxito como el fracaso, por lo que finalmente son nuestras actitudes las que terminan equilibrando nuestro eje, amortiguando nuestras emociones, para evitar que se transformen en estados de ánimos permanentes.
Descreo en lo personal, que tenemos un hado prefijado. Tampoco creo que solo por poner actitud podemos hacer la total diferencia. La ilusión de control que tenemos sobre nuestras vidas es sólo eso.
Lo que estoy convencido, es que la suma de todo lo mencionado, nos pone en mejores condiciones para decidir en los ámbitos en que nos toca hacerlo, a sabiendas que controlamos un pequeño y muy reducido espectro de situaciones.
Mejorar la aptitud, si por cierto que sirve.
Elegir la actitud correcta y sostenerla, es todo un desafío, que nos dará bases un poco más sólidas, para asumir situaciones difíciles.
Yo era uno de los confundidos sobre lo que significa aceptar.
Aceptar por sí solo nos deja ahí en la aceptación.
Aceptar conviene que venga acompañado por decisiones que nos vuelvan a impulsar y nos renueven las energías. Aceptar lo que no podemos cambiar, pero trabajar en lo que sí podemos controlar.
Al final de eso se trata….
De seguir persiguiendo nuestros sueños.
La idea de que nuestras actitudes pueden hacer la diferencia es poderosa. No se trata de ser optimistas o pesimistas, sino de ser conscientes de cómo nuestras acciones y decisiones pueden influir en el resultado.
Excelente relato, deja en claro la objetividad del escritor, en donde nos hace sentir parte ya que expresa que el individuo en el devenir de la vida, va encaminando según sucesos donde no se puede elegir pero se es parte y también donde va tomando decisiones en donde entra en juego la elección (dentro de aquello que podamos elegir) que a la vez tambien nos condiciona.
Se me viene a la mente preguntarme
El porqué y el para que elijo aquello que elijo?
Y el como tomo, incorporó, interpretó lo demås que no puedo elegir.
Saludos desde Rosario.
Gracias por todos los años de relatos significativos!
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