No hace mucho tiempo una periodista televisiva argentina dijo que hay una generación a la que se le muere el gato y deja de trabajar. Su dicho fue primero título, después polémica: difundido, replicado, maximizado, viralizado, importado, malinterpretado y hasta memes se hicieron sobre este episodio. La periodista instauró un debate sin pretenderlo: ignoraba la penetración y virulencia que alcanzó su testimonio. Comentó, durante una entrevista, un acontecimiento real con importancia relativa. El ejemplo procuró retratar su incredulidad. “Es muy difícil convocar el interés de talentos jóvenes”. Sin querer, se abrió una controversia pública respecto de la denominada “generación de cristal” y su inmersión en el mundo adulto, y por sobre todas las cosas en el mercado laboral. Esta frase detonó preguntas que nos obligaron a adentrarnos en las capas de complejidad de un nuevo arquetipo joven y social, desmenuzarlo, estudiarlo y razonar sus modos y las razones que mueven o no mueven a esa generación.
La periodista contó que publicó una oferta de trabajo con una descripción excluyente: “que no sea o no se perciba integrante de la generación de cristal”. La muerte de un gato como argumento para faltar al trabajo fue un caso de referencia, que sirvió para ilustrar el fenómeno. Hubo varios hechos que motivaron esta publicación, como por ejemplo la vez en que una potencial incorporación al medio periodístico que dirige se ausentó de una entrevista laboral sin avisarle con anticipación y sin contestarle los mensajes. La razón que la joven finalmente esgrimió fueron dolores menstruales. La motivó asimismo un pedido de vacaciones de un redactor con tres semanas de antigüedad laboral que adujo, en la solicitud, problemas personales. Ella imaginó un inconveniente de salud, una emergencia financiera. El motivo fue, al final, una pelea con su novia.
En el fondo de todo esto subyace el sentido de responsabilidad y compromiso, al respeto por el trabajo y las oportunidades. Según sus palabras, se trata de una población joven que no es capaz de atravesar las frustraciones garantizando la sostenibilidad de otros compromisos. La presencia de una situación de trascendencia ambigua que desbalancea la agenda de una persona con fragilidad emocional. Ella sin proponérselo puso en duda las afirmaciones de un discurso dominante que es permeable al componente emocional, donde parece que está bien, que está permitido que sea el desánimo y el abatimiento lo que movilice. Nos invitó a cuestionar las debilidades y una poca musculatura de la resiliencia. En esa entrevista se permitió criticar cierta benevolencia de aceptar que estos jóvenes adultos gocen de impunidad dado que representan la porción más grande de la torta de votantes y consumidores.
Un dueño de siete peluquerías, dos perfumerías y un club de caballeros se sumó al debate. Tiene 700 personas trabajando a su cargo. Se prepara la apertura de un nuevo local, pero tiene cada vez más dudas. En la convocatoria, impartió que el único requisito es tener “ganas de trabajar”. Existe un reconocimiento que fue un comentario cargado de sorna que ironiza sobre la concepción de un nuevo paradigma social, de un nuevo orden laboral. De palabras de él: “Los motivos por los que la gente se ausenta al trabajo se han ampliado por razones que han existido siempre y que hoy están más expuestas: ataques de pánico, estrés, días femeninos”.
Asegura, en base a su experiencia, que subió el índice de incumplimiento horario y que las razones de renuncias se diversificaron, desde viajes programados, hasta reconfiguraciones en los modos de vida. Rescata de su memoria una primera anécdota: un empleado que le avisó “no voy a ir porque se me quedó el auto”. Manifiesta que no se puede justificar esto, y que él mismo hubiese resuelto el inconveniente sin prescindir del deber laboral. Se trata de una generación en donde hay un contraste entre las reacciones y la adaptabilidad ante la adversidad y el valor de los compromisos asumidos. Manifestó que las justificaciones que evocan “problemas personales” ya no se circunscriben a enfermedades, muertes de familiares o situaciones económicas. La figura de “hechos de fuerza mayor” se ha multiplicado. Aseguró durante su entrevista que “las nuevas generaciones pusieron el disfrute y goce a la par de las responsabilidades y el compromiso”.
Intentó combatir contra este nuevo convenio sociolaboral, pero cayó en la cuenta de que es una batalla perdida. Su decisión fue la de reducir las horas de trabajo porque interpreta que la vida doméstica se convirtió en un bien preciado. Cree que la gente disfruta más su tiempo libre y distingue cierto desánimo en el espíritu de vocación. “La pasión se ha perdido un poco. Ese fuego sagrado ya no está, o puede estar en otro lado”. Vislumbra un desmoronamiento de la cultura del trabajo, un culto atravesado ahora por un sinfín de situaciones que lo alteran, lo debilitan y lo relativizan.
La denominación “generación de cristal” lo acuñó la filósofa española Montserrat Nebrera en 2015, como una figura metafórica que engloba las características de una población joven, nacida entre 1995 y la primera década del siglo XXI, donde según esta filósofa priman la fragilidad emocional, la gestión de los sentimientos, la susceptibilidad en ebullición, la sobreprotección de su crianza y la poca tolerancia a las frustraciones.
No es un término homologado por los órganos académicos. Si bien hay escuelas sociológicas que lo adoptaron, según presumió su creadora, no se trata de un concepto teórico o técnico universalizado. Los psicólogos, psicoanalistas y sociólogos rechazan suscribir esta distinción, pero reconocen su integración al vocabulario popular. Algunos sociólogos reconocen que se impone, quizás para hablar de algo que sí se nota hoy en día, que es un cambio en los modos de subjetivación. No creen que se pueda generalizar de una generación de tal estilo, o atribuirle una serie de propiedades a una generación.
En el debate de filósofos y sociólogos mucho más formados que este simple escritor, no hay un consenso general de que exista como grupo de características determinadas. Es bastante común que se pongan etiquetas o motes, que surgen de juntar una cantidad de factores o de síntomas, para hacer un cuadro clínico y después crear mágicamente un antídoto.
Pienso que esto es una necesidad casi del marketing y de la lógica de la investigación de mercado de caracterizar de forma apresurada a los distintos cambios sociales que se producen en las juventudes. Un poco como una voluntad de cosificar y de encorsetar la complejidad que tiene, en las distintas sociedades, en las distintas culturas, las formas de ser joven. Opino que lo que quizás hace referencia la metáfora de un cristal que puede hacerse añicos, es que en los últimos años los padres y las madres han configurado relaciones con sus respectivos hijos de cierta sobreprotección y desmesurado temor.
Hay un acuerdo en la sociología, incluso en algunas tradiciones psicológicas, de que es una generación en la que los padres le tienen miedo a sus hijos. Capaz que el expertise y la experiencia que los adultos estamos acostumbrados a pasarle a nuestros hijos están resquebrajados. Eso nace de que los jóvenes tienen saberes específicos, sobre todo digitales, que los padres desconocemos en cierta manera. Como esos saberes digitales están legitimados, tienen un valor muy importante de prestigio y de mercado, los adultos se sienten un poco ninguneados o inferiores frente a sus propios hijos. Algunos de ellos opinan que el problema radica en el proceso de esa transferencia de conocimiento. Entregar el testigo o el palo que se utiliza en las carreras de postas, a las nuevas generaciones es un pasaje muy cauto, limitado e inseguro por parte de los adultos. Eso reproduce inseguridad en los jóvenes, indudablemente. Y esa inseguridad es lo que hace que tenga muchas más dificultades para la frustración, tanto amorosa como la que deviene de mirarse a un espejo, donde la estética y la estilística son muy importantes.
Una singularidad que congrega a los de cristales que muchos tienen una alta dificultad para enfrentar la frustración. No es el único que identifica este denominador común: “La intolerancia a la frustración, la falta de tolerancia, de espera, la velocidad en la respuesta, todo tiene que ser rápido, con el común denominador de la ansiedad, que no es solo de los jóvenes». Todos estamos de alguna manera inmersos en la cultura de la inmediatez y en la poca tolerancia a la frustración. Escucho muy a menudo eslóganes como “querer es poder” que significa que si peleo con fuerza voy a obtener todo lo que quiero. Nada más lejos de la realidad, ya que no todo se puede. La mayoría de las cosas que uno quiere no se logran, son pocas las cosas que se consiguen. Pienso que habría que revertir ese concepto: esas pocas cosas que sí se logran son muy valiosas.
Hay una porción de responsabilidad por la generación de cristal en el ritmo de la vida moderna, acelerado con la invasión de internet y la conquista final de las redes sociales. Es un tiempo histórico en el que todo caduca pronto, todo pasa de moda rápido. Se trata de una era en la que lo efímero engendra un malestar enraizado, una insatisfacción permanente y una exclusión constante.
En lo personal veo bastante compleja la interacción y transmisión entre generaciones que no se entienden. Quizás antes los jóvenes tenían un mandato más claro. La noción del deber ser, o de principios claros de índole ético estaban mucho más afianzados. Es probable que el permanente escepticismo, duda y fragilidad, produzca que los chicos tengan muy poca posibilidad de mirarse en las generaciones anteriores. Eso es un problema para los más jóvenes, no para los adultos. El gran problema para los jóvenes es que uno aprende a ser adulto mirando a otros adultos, y los adultos a los que mira no tienen nada o aparentemente tienen poco para darles o se sienten inferiores frente a los jóvenes.
La generación de cristal suma a la ansiedad e incertidumbres propias que se desprenden del mero hecho de ser joven, una exponenciación de la exposición y la inmediatez que te hace estar en un momento en la cima, y en el otro en el abismo.
Encontrar el equilibrio es harto difícil, y mientras, el cristal puede romperse.