En el inicio de un ciclo lectivo de una materia técnica universitaria, el profesor luego de presentarse dijo que una de las cuestiones más relevantes es que “hay que dedicar tiempo y poner ganas para entendernos”. Algunos oyentes, entre los cuales me estaba yo, no le encontramos mucho sentido a esta aseveración, que a mí se me hizo más palpable y concreta cuando el profesor estableció algunas reglas simples y de cumplimiento estricto:
- En mi clase se viene a escuchar, proponer, participar, compartir y trabajar de manera ordenada. El que quiera hacer otra cosa es libre de hacerlo, pero fuera del ámbito de esta aula.
- No doy consultas individuales, sino que dedico un espacio de mi clase, al final, para que las preguntas sean hechas y de ser posible respondidas, pero en presencia de todos. Esto ayuda a una mejor integración de conocimientos y les posibilita a todos sumarse a las dudas.
- Si bien hay un examen final, es mi costumbre tomar cada mes exámenes parciales, de conocimiento acumulativo y progresivo, a lo que además sumo desarrollo de temas especiales de la materia, que distribuyo según requerimientos. En ambos casos, el tiempo asignado a responder en el examen o a desarrollar el tema particular se respeta. Una presentación fuera de tiempo implica una nota de cero.
- Luego de los cinco minutos de inicio de clase, no se permite el ingreso más de ningún alumno, en ninguna circunstancia. La acumulación de más de cinco faltas implica que la persona deba rendir un examen especial, que debe aprobar si o si, para poder seguir cursando la materia. La chance de aprobación es de tres veces, y de no ser aprobado en esas instancias el alumno queda libre.
- Para aprobar la materia, es exigible la presentación de un trabajo de aplicación práctico-técnica en grupo de tres personas, las cuales aprueban o desaprueban en conjunto.
Si bien nosotros ya conocíamos la exigencia y rigurosidad del profesor, una cosa es saberlo, y otra cosa es vivirlo en primera persona. Varios de los alumnos quedaron preocupados por los requerimientos planteados, aunque con el tiempo la mayoría terminamos agradeciendo y valorando el que el profesor haya puesto “la vara alta” en muchos sentidos, y nos hubiera dado un marco de referencia para poder cursar, aprender y rendir la asignatura.
Aún hoy y cada tanto resuena en mi cabeza la frase: “hay que dedicar tiempo y poner ganas para entendernos”. Trabajando a diario como parte de un equipo, en donde en muchas ocasiones me toca liderar, establecer mecanismos para un mejor entendimiento es uno de los principales desafíos de poder trabajar juntos en temas y proyectos que son de interés compartido, y en donde las responsabilidades tienen que ser conservadas de manera individual y el resultado alcanzado potenciado por la labor conjunta. Los “malentendidos” deben ser reemplazados por el buen entendimiento entre las personas.
¿Qué significa “un malentendido”?
Es una mala interpretación, o equivocación en el entendimiento de algo: “Todo empezó con un lamentable malentendido”. Su plural es malentendidos: “Surgen tensiones y malentendidos”. Con este sentido y para evitar de cuajo un malentendido, no debe escribirse en dos palabras como “mal entendido” ya que no existe la palabra “entendido” como sustantivo; por lo tanto, tampoco es admisible el plural “malos entendidos”. Sí es posible la secuencia mal entendido cuando se trata del participio de entender, en función adjetiva, precedido del adverbio mal, que, por su naturaleza adverbial, se mantiene invariable aunque el participio esté en plural: “Ese criterio de ahorro mal entendido le cuesta muy caro al contribuyente” u otro ejemplo sería, “Opino que fueron celos mal entendidos”.
Si uno analizara la pérdida de recursos: tiempo, dinero, materiales y otros que se generan a partir de los no entendimientos, o de los entendimientos parciales o incompletos, emplearía como nos pidió el profesor, un precioso tiempo y muchas ganas para entendernos.
Los malentendidos son malas interpretaciones o errores en el entendimiento de mensajes verbales o acciones, a menudo derivados de diferencias culturales o suposiciones falsas. Técnicamente se denominan «diferencias cognitivas» y pueden generar conflictos innecesarios, tensión y distanciamiento.
Puntos Clave sobre los Malentendidos:
Ortografía y sintaxis Correcta: una mala escritura puede ocasionar malentendidos, por lo que ser cuidadoso y pensante a la hora de escribir nos puede ayudar y mucho.
Origen y Causas: Surgen de interpretar acciones sin tener toda la información, la «escalera de inferencia» (ir de la observación a conclusiones erróneas), diferencias culturales, o falta de comunicación clara.
Consecuencias: Generan conflictos imaginarios, desconfianza, peleas, e incluso pueden destruir relaciones personales y laborales al impedir acuerdos.
Cómo Aclararlos: Para evitar o resolver malentendidos, es necesario:
Hablar abiertamente: La comunicación directa es fundamental para aclarar las intenciones.
Detener la inferencia: No asumir intenciones negativas sin pruebas.
Empatía: Entender que cada persona filtra la realidad según sus valores y experiencias.
Un ejemplo clásico es asumir que alguien te ignora (iniciando una pelea) cuando, en realidad, no te vio o tuvo un inconveniente.
Otro ejemplo es encontrar rayado nuestro auto y asumir que lo hizo el vecino, que no viene saludando hace unos días, vaya uno a saber por qué.
Los malentendidos asimismo se dan por informaciones o precisiones que faltan, a la hora de concertar algo. En los ámbitos laborales esto es moneda muy corriente.
Pedir precisiones y alcances de un trabajo y recibirlas de manera correcta es la clave para que podamos cumplir un pedido, u ofertar algo a otra persona.
La importancia de escucharnos y de chequear mutuamente lo que hemos interpretado es de vital importancia para logar resultados sostenibles, repetitivos y constantes.
Para finalizar les regalo una historia que no me pertenece y que refleja que los malentendidos pueden suceder en todos lados:
Dice el refrán que no hay palabras mal dichas sino mal entendidas. Y esto fue lo que ocurrió el 7 de diciembre de 1994, cuando se iba a celebrar el día de las velitas en el CIAT de Cali, Colombia. En esa oportunidad se convocó a todo el personal para que asistiera a un acto religioso frente al pesebre que tradicionalmente se organiza en la entrada principal, como parte del inicio de las festividades decembrinas. Pero esa vez había una razón más: se iba a orar por la liberación de Thomas Hargrove, jefe de Comunicaciones del CIAT, que había sido secuestrado el 24 de septiembre de ese mismo año y no se tenía noticias de él. Desde que se supo del plagio de Hargrove se conformó un comité para trabajar por su liberación. Dicho comité organizó diferentes actividades de solidaridad pidiendo su liberación, y la oración del día de las velitas fue uno de esos actos. La idea era que cada empleado llevara una vela y orara y cantara alrededor del pesebre, y así se dijo en la invitación enviada a todo el personal. Sin embargo, la secretaria del encargado de Capacitación le informó al comité que su jefe le dijo que él iba a dar 1500 velas, por lo tanto, se envió otro mensaje donde se decía que no era necesario llevar velas porque se iban a repartir ese mismo día. Llegada la fecha, el personal se fue acomodando junto al pesebre. Los miembros del comité le dijeron a la secretaria de Capacitación que fuera por las 1500 velas para repartirlas. Al minuto regresó con cara de susto. ¿Qué le pasa?, preguntó alguien. Ella, con voz débil, dijo: «Le entendí mal a mi jefe. No eran 1500 velas, sino que él iba a dar 1500 pesos para comprar velas». Los miembros del comité no atinaron a reaccionar. La gente seguía llegando y -no se sabe cómo, pero fueron apareciendo las velas. No en la cantidad esperada, ni tampoco alcanzó para que cada uno tuviera una en la mano (que fue la idea principal), pero la ceremonia se cumplió. En esta historia hay varios finales felices: 1) Tom Hargrove fue liberado 10 meses después, 2) nadie salió quemado con velas, 3) la secretaria no volvió a ser víctima de los malentendidos y 4) el jefe se ahorró los 1500 pesos.