Esa tarde durante la merienda, la conversación derivó en preguntas concretas acerca de los gustos culinarios, costumbres y otras por el estilo. Los oyentes no podían creer que a este argentino que está escribiendo, no le gustará tanto el mate, ni el dulce de leche, ni la extendida sobremesa. Los compañeros vespertinos eran de varias nacionalidades, americanas del norte, del sur, europeas y asiáticas, vale decir que se trataba de una mesa cosmopolita de personas viajadas y conocedoras de los hábitos típicos de cada país.
Todos querían entender si yo tenía alguna aversión por mi país, o cuáles eran los motivos de rechazo a parte de lo que ellos, consideraban costumbres folclóricas y de identidad del “ser argentino”. Se tranquilizaron un poco cuando les dije que el asado si me gustaba y mucho. Más allá de esto siguieron indagando las causas de la falta de afinidad con costumbres tan tradicionales.
Respecto de mi poco interés por el dulce de leche, conté sucintamente la reseña de cuando me intoxiqué comiendo una torta de dulce de leche, que amorosamente había hecho una exnovia. Ante el asombro de todos, di los detalles de todo lo que me pasó, en esa ocasión, en donde realmente la pasé mal, y bastante peor mi enamorada, la cual por cierto no tuvo nada que ver, aunque ella se sintiera culpable. De algún modo, esto convenció a los presentes, de que existía una razón justificable para mi poca simpatía con el dulce de leche.
Cuando me tocó explicar lo del mate, ahí no tuve más que decir que no era de mi gusto tomarme tiempo en su preparación y en el ritual tanto en solitario como compartido, debido a que directamente no me gustaba. Eventualmente les dije, tomo mate los domingos en compañía de mi esposa mientras cocino el asado dominical, pero en un número muy acotado de cebadas, en la medida que la yerba aguante. Las caras de todos me hicieron sentir que era como que estaban viendo “un bicho raro”. La sensación se acrecentó cuando agregué que prefería tomar té negro, como los ingleses. Expliqué que el ritual del té, más incluso que el del café, había sido promovido por mi familia de origen desde mi infancia, siendo la hora del té nuestro momento familiar para compartir y contarnos cosas.
Estas caras de extrañeza se agudizaron aún más, cuando expliqué que la sobremesa no era de mi agrado, porque prefería gastar el tiempo en otras cosas, como por ejemplo leer, dormir la siesta, caminar o hacer otra cosa. Aclaré por cierto que, dado mi trabajo, que es de corrido, es muy difícil que pueda disponer muy seguido de tiempo para hacer sobremesas. Todos argumentaron que una de las costumbres fascinantes y rescatables del “ser argentino” era casualmente, la posibilidad maravillosa de interactuar varias horas, compartiendo largas charlas y debates, sobre los más variopintos temas.
Esto de parecer un bicho raro, a los ojos de las demás, no me produjo la más mínima desazón, sino más bien, lo viví y lo vivo diariamente como un hecho distintico de mi personalidad. Debo reconocer que he cambiado en un sinfín de veces, pero casi nunca lo he hecho por una situación que pueda ser considerada de rechazo o para adaptarme a un molde o costumbres prefijadas. En esos cambios que he decidido hacer, mi grado de efectividad no ha sido elevado, y casi siempre he sido capaz de reexaminar mis decisiones, y aceptar mis equivocaciones, aunque esto último no me resulta sencillo.
Luego de superar la incomodidad que generé en mis interlocutores cosmopolitas, entramos en el terreno del asado. Conté todo lo que había puesto a la parrilla a lo largo de mi vida, sumando varios puntos de simpatía y aceptación. Para ellos, quizás pasé a ser un argentino un poco más típico, más tradicional y entendible. Pude detallar, además, varios trucos para encender bien la leña o el carbón, además de las técnicas más recomendadas para sacar un asado a punto, cubriendo el abanico de todos los gustos de los comensales, desde muy jugoso a cocido casi seco.
La conversación cambió de tema y de foco, lo cual me hizo sentir menos en el centro de la tormenta que se había generado por mi desapego al “ser argentino”. Cuando finalizábamos la tertulia, nos despedimos muy afectuosamente, con alguna gastada al final, sobre el mate y el dulce de leche, que deparó en risas y promesas de mi parte de que algún día quizás quien sabe, tomaría el mate como una costumbre.
Más allá de todo pienso que cada uno de nosotros vive, ha vivido a vivirá momentos en los que puede haber sido “el bicho raro”, por los motivos que sean. Creo que “no ser típico”, cuando no es elegido, como esnobismo o moda, sino como una condición genuina y aceptada, es un rasgo de personalidad que debe ser vivido como tal, a sabiendas de que no podemos gustar a todos y todo el tiempo, sino más bien convivir tolerando nuestras diferencias, y acrecentando nuestro respeto por uno mismo y por el otro, como “un auténtico otro”.
La idea de las generalizaciones de los comportamientos y costumbres no es de mi total agrado, ya que prefiero conservar mi visión y espíritu crítico, dentro del marco de referencia de mi libertad de pensamiento y acción. Es por eso por lo que trato de alejarme todo lo que más puedo de los fundamentalismos de cualquier tipo, para estar más cerca de mis convicciones y libertad para decidir.
Espero que les haya gustado esta defensa del bicho raro, que es aquel que muchas veces no sigue la corriente, ni va donde va la mayoría, solo por no pasar vergüenza o ser uno más, sino por conservar dentro de lo que se pueda un cierto grado de autenticidad, que tampoco se vincula con ser distinto sólo por serlo.
Para culminar les dejó esta reflexión que no me pertenece, y que solo tiene la intención de dar mayor claridad a mi escrito de hoy, sobre todo referido al oficio de escritor:
“Los escritores somos bichos raros.
Pero ser raro puede ser más normal de lo que piensas.
Y también raro puede ser extraordinario, curioso y excepcional.
Podemos ser tildados de extraños por los normales y podemos ser tildados normales por los más raros”.
Por eso ser raro, no es tan raro, aunque parezca lo contrario.