No parió la abuela !

Un invierno que ahora no parece invierno, pero que amaga de a ratos con volver, luego de habernos dado varios días seguidos durante los cuales se batieron récords tras récords de bajas temperaturas, nos regala, con su desacostumbrado calorcito, la posibilidad de que vuelvan a aparecer las ropas livianas y primaverales. El cono sur latinoamericano, tiene tantos climas y geografías, que nos invita a conocerlo profundamente y de punta a punta.

Siendo niño, investigué sobre conocimientos globales a través de las enciclopedias de papel, aquellos voluminosos y numerosos libros, que nos describían lo que había en cuanto a regiones, países, historia, desarrollo económico, social, religioso, cultural y político. Para comparar el tamaño de los países no sólo usaba el tamaño de superficie, sino además la cantidad de personas que lo habitaban y en especial me gustaba cotejar la densidad poblacional. Sentía curiosidad por saber cómo hacían tantos japoneses para vivir en una isla tan pequeña.

Del mismo modo, captaban mi atención aspectos vinculados con las grandes mortandades y calamidades que había sufrido nuestra especie humana, y el resto de los animales y vegetales que habitan este planeta, durante su historia reciente. Entonces aparecían pestes, guerras, terremotos, glaciaciones, y varios más, con su distinto grado de impacto sobre el número de personas que habitaban la tierra.

Recuerdo, casi como si fuera hoy, que estaba tan absorbido por la aventura del conocimiento, que pasaba horas y horas, encerrado en la pequeña biblioteca familiar, leyendo y releyendo datos, estadísticas e historia, que se me olvidaba comer, lo que provocaba que Ana mi madre tuviera que recordármelo, al principio bien, y al rato de llamarme varias veces, ya no tanto. Cuando llegaba al frente de mi plato de comida, por lo general durante la cena, era muy común que ella me dijera que debía agradecer y devorar todo, ya que había un montón de niños en el mundo que no corrían con la misma suerte, provocando que sufrieran de hambre. Entiendo que esto fue un latiguillo común de muchos papás y mamás a lo largo de la historia más reciente, al cual se sumaba lo del cuco, lo de las orejas de burro, solo para citar los más relevantes.

Esta información extraoficial que venía de los canales más cercanos me hacía pensar que tarde o temprano, el mundo estaría tan poblado y sobreexplotado en sus recursos naturales, que acabaría colapsando. Me imaginaba un mundo donde todo sería semejante a Japón en cuanto a densidad poblacional, pero con estándares de vida como los del África subsahariana. Cuando iba por la calle y veía familias numerosas, compuestas por madre, padre y un número de hijos mayor a tres, pensaba que eso no estaba bien, porque estaba colaborando con la posibilidad de que en un futuro no hubiera recursos para todos. La proyección de ese momento daba que la población mundial rápidamente pasaría los 10.000 millones, provocando hambre y guerras por los recursos naturales.

«Unos cincuenta años después, mis miedos de los cinco años han sido gestionados por mi cerebro más maduro y despojado, aunque han aparecido nuevos temores y por cierto las guerras continúan».

Lo concreto es que la tendencia mundial de que cada vez seamos más se ha estancado y próximamente, si no se revierte esa tendencia, entraremos por primera vez en toda nuestra historia humana, en un período de contracción poblacional, lo que traería aparejado un sinfín de nuevos problemas, vinculados con la escasez de personas.

A continuación, les comparto de manera literal un artículo publicado el año pasado en la revista “The conversation”, que nos muestra esta realidad. Por las dudas, aclaro que es una transcripción literal, y que algunas opiniones vertidas no son compartidas en su totalidad por quien escribe este blog, sobre todo en la relación entre el cambio climático, los sistemas productivos y la posible crisis demográfica derivada.

¿Se está produciendo un colapso demográfico mundial?

En un número creciente de países, los políticos expresan su preocupación por el descenso de la tasa de natalidad y la fertilidad, estableciendo los términos de una nueva narrativa.

Mientras que el mundo académico es consciente desde hace relativamente mucho tiempo de la tendencia a la baja de la fecundidad mundial y de sus consecuencias en términos de dinámica demográfica en el umbral del siglo XXII, las clases políticas y los medios parecen centrarse en plazos más cortos, representaciones más catastrofistas y medidas tan voluntaristas como limitadas.

Panorama demográfico mundial

Según la definición del Instituto Nacional de Estudios Demográficos francés, la tasa de natalidad es el número de nacidos vivos en un año determinado dividido por la población media de ese año, mientras que la tasa de fecundidad es la relación entre el número de nacidos vivos en un año determinado y el total de la población femenina en edad fértil (entre 15 y 50 años).

Las tasas de natalidad y de fecundidad, que a menudo se intercambian, son indicadores interrelacionados en el sentido de que la fecundidad es, de hecho, una condición de la tasa de natalidad, por lo que permite un análisis más rico.

Según las Naciones Unidas, el aumento de la esperanza de vida y el desfase entre el descenso de la natalidad y el de la población –conocido como inercia demográfica– provocarán un aumento de la población mundial durante unos cincuenta años más, especialmente en las zonas de crecimiento demográfico persistente, sobre todo en el África subsahariana.

Sin embargo, es probable que el descenso masivo de la fecundidad que se observa actualmente frene esta tendencia, o incluso la detenga a principios del próximo siglo. Esta dinámica, que hace que el número medio de hijos por mujer descienda progresivamente por debajo de la tasa de reemplazo de 2.2, presenta algunas características muy específicas y arroja luz sobre los retos sociales, económicos y ecológicos de nuestro mundo moderno.

En primer lugar, no tiene precedentes en la historia –aparte de pandemias o hambrunas a gran escala, como las del siglo XIV– en la medida en que, sin dejar de ser un fenómeno colectivo, se basa cada vez más en decisiones personales y opciones reproductivas menos “restringidas” a nivel individual o familiar, que se traducen en la limitación y el espaciamiento de los nacimientos como anticipación y reacción a las dinámicas económicas, sociales, culturales y antropológicas.

Esta tendencia también es universal, aunque la escala y el ritmo de su despliegue sean diferenciados y aún muy limitados, como puede verse sobre todo en el África subsahariana.

A escala mundial, el descenso de la fecundidad se ha acelerado en los últimos 50 años. La tasa global de fecundidad mundial era de 2.3 en 2021, frente a 5.1 en 1965, 4.8 en 1970, 3.7 en 1980, 3.3 en 1990 y 2.8 en 2000. Esta tendencia a la baja se aceleró después de 2015.

Por último, esta tendencia parece imparable, resultado de factores de importancia variable en los distintos contextos, que a menudo son difíciles de aislar o incluso de cuantificar.

La fecundidad se retrasa cada vez más en los países de la OCDE y en algunos de los gigantes demográficos. Durante el periodo 1995-2014 en todos los países de la OCDE sin excepción la edad media del primer nacimiento ha aumentado.

¿Hacia una globalización de los comportamientos reproductivos?

Al igual que los países “viejos” han abrazado el modelo de desarrollo del Antropoceno y tienen tasas de fecundidad muy bajas (Europa, Japón y gran parte de Estados Unidos), algunos países se han sumado a esta tendencia más tarde y a un ritmo más rápido que los primeros, especialmente en Asia (Turquía, Irán, Corea del Sur) y Sudamérica (Colombia, Brasil). Estos países de muy baja fecundidad, más la Federación Rusa, representan casi el 40 % de la población mundial. Si añadimos los países de baja fecundidad (entre 1,7 y 2,1) del cono sur de América Latina, la periferia china, India y el sudeste asiático, casi dos tercios de la población mundial participan de estas claras tendencias a la baja.

Más allá de la correlación entre los niveles de desarrollo económico y la evolución de la fecundidad, existen varias explicaciones posibles. La primera y más importante es la expansión, en casi todo el mundo, del modelo de familia nuclear con una fecundidad baja o moderada, resultado a su vez de cambios en las normas socioantropológicas, en particular los avances mundiales en la igualdad entre mujeres y hombres en términos de educación y el reconocimiento gradual, por y para las mujeres, del derecho a una existencia social fuera del hogar, a través del estudio, el empleo y la participación en la comunidad, por ejemplo.

Hay otros factores determinantes, como el desarrollo y la financiación del acceso a productos y servicios de salud reproductiva y derechos conexos (anticoncepción e interrupción voluntaria del embarazo), la aceleración de la escolarización (sobre todo de las niñas) y la urbanización global, que limita la vivienda de las familias numerosas y el acceso al trabajo de los jóvenes. Y, por último, la convergencia de los patrones de consumo y las normas globalizadas de comportamiento sociocultural que transmiten las redes sociales.

Dramatización de las narrativas

Desde el siglo XIX en adelante, comenzando con las teorías de Malthus y continuando hasta hoy, se ha desarrollado una narrativa en torno a los términos “explosión demográfica”, “bomba demográfica” y “superpoblación”. Una narrativa que sigue siendo relevante hoy en día y que se utiliza ampliamente para describir la dinámica del crecimiento de la población, especialmente en el África subsahariana.

Más recientemente, y en sentido contrario, el énfasis puesto en la ralentización o incluso el descenso de la fecundidad sigue transformando dinámicas demográficas objetivamente verificables en narrativas catastrofistas servidas por un léxico altamente connotativo, dominado por expresiones como “declive demográfico”, “inflexión demográfica”, “invierno demográfico”, o incluso “colapso demográfico”.

Así, tras la narrativa de Malthus sobre el espectro de la explosión demográfica, es la narrativa del colapso demográfico y civilizatorio la que se está imponiendo gradualmente, proponiendo soluciones que van desde la vuelta a la religión a marchas forzadas de la teocracia iraní (sin éxito real en otros lugares) hasta importantes incentivos financieros en China y apelaciones al patriotismo y al “rearme demográfico”.

Cuando se trata de demografía, el vocabulario siempre ha tenido un papel significativo que va más allá de los datos objetivos para traducir las representaciones políticas, sociales y antropológicas subyacentes. El momento actual parece resonar con sentimientos de angustia civilizatoria en países desarrollados y emergentes, correlacionados con la creciente marginación económica y geopolítica de Occidente, que se asocia a “valores” ampliamente cuestionados (democracia, igualdad de género, derechos humanos).

Por último, los descensos diferenciados de la fecundidad en el mundo también pueden analizarse como respuestas individuales y colectivas a la crisis global del cambio climático.

Si bien optar por tener menos hijos para salvar el planeta puede representar una actitud ecorresponsable a nivel individual, ¿no es más crucial replantearse colectiva y radicalmente los modelos de producción y consumo, y sus consecuencias en términos de despilfarro, agotamiento de los recursos, contaminación masiva y degradación del clima y la biodiversidad?

Es un hecho que este sistema económico es cada vez menos sostenible y que exige las necesarias políticas de descarbonización a escala mundial. Un sistema así no puede ser racionalmente un modelo de desarrollo para todos los habitantes del planeta. Los retos que hay que resolver son mucho más ecológicos, climáticos, medioambientales y sociales que puramente demográficos.

En lo personal y siendo padre de tres hijas ya adolescentes, pienso que estoy por encima de la media de lo que el mundo necesita para continuar. Desde mi perspectiva individual, pude superar mis miedos de niño de que se genere una tierra superpoblada, aunque permanezcan en mí otros temores.

La especie humana que siempre encontró soluciones a sus crisis más profundas, quizás pueda hacerlo en caso de que cada vez seamos menos, quizás acompañados por robots y entidades virtuales.

No creo, aunque lo desearía, estar presente en el 2100 para verlo.

Por ahora, el dicho «sobre que eramos muchos, encima parió la abuela», parece haberse transformado en:

«No parió la abuela».

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