Este domingo celebramos el día del Padre en varios estados de distintos continentes. Este día de celebración varía según el país y la costumbre; algunos países lo festejan en un día que corresponde a una tradición religiosa, y otros que han establecido una fecha basada en el calendario civil.
En la tradición católica se conmemora originalmente el 19 de marzo, día de San José, padre de Jesús, si bien muchos países europeos y la mayoría de los iberoamericanos, entre otros, adoptaron la fecha estadounidense, celebrando el tercer domingo de junio (algunos toman como ejemplo de hombre y vida a San José). La realidad es que en un poco más de cincuenta países, se levantarán copas para brindar y festejar “la paternidad”.
Un domingo en el cual una corriente positiva unirá emocionalmente a millones de personas, en torno a mesas servidas en familia, en restaurantes u otros lugares a donde se llevé a cabo la celebración. Honrar al padre con la entrega de un presente es lo más típico. Honrar al padre desaparecido físicamente, pero muy vivo en nuestros recuerdos y corazones es otra costumbre, y es cuando por lo general afloran las más íntimas sensibilidades.
Esta celebración es aprovechada por algunos para hacer una mirada retrospectiva respecto de quien es o quién fue su papá, respecto de su manera de ser, sus enseñanzas, sus virtudes, sus aciertos y errores. Ese análisis nos lleva muchas veces a una comparación con nuestro accionar como padres o bien como hijos. En escritos anteriores, me he centrado en la figura emotiva, sustancial y formadora de la figura paterna, compartiendo recuerdos acerca de mi papá Ramón. En cada ocasión que me he referido a mi papá, lo he hecho con una mezcla de alegría, lágrimas y recuerdos muy profundos.
La imagen del padre ha ido cambiando con el correr de las generaciones. De un padre rígido que imponía respeto desde la distancia y la educación sin tanta demostración de afecto, hoy hemos migrado a una figura de más compañía, cariño y soporte emocional para los hijos. La cultura, las costumbres y los procederes cambian e impactan en nuestras vidas de manera inexorable.
Más allá de esta transformación en la semblanza paterna, quiero compartirles que tuve la fortuna de tener un padre presente, cariñoso y algo desestructurado, si lo comparamos con una persona que nació hace casi una centuria. Siempre he valorado positivamente esa situación. Además he de destacar la rectitud y hombría de bien de mi papá, la cual venía acompañada por un gran sentido del humor y una sonrisa por demás contagiosa. Descendiente de italianos, heredó la melancolía y la nostalgia que se trajeron a cuestas los que bajaron de los barcos, muchos sin ninguna posesión, salvo su inmensa voluntad y ganas de emprender y trabajar. Su partida a una edad relativamente temprana fue una instancia muy difícil de superar para la familia toda, y para mí con poco más de veintiún años cumplidos.
En este domingo especial, en donde algunos tendrán la dicha de dar un abrazo a su papá o recibir ese gesto de parte de sus hijos, mientras que otros podrán dar rienda suelta a las remembranzas y al afecto por el que ya no está físicamente, quiero detenerme en esto del sentido del humor y el desparpajo que tenía mi padre para vivir ciertos momentos. También los quiero invitar a que ustedes revisen aquellas situaciones hilarantes que les tocaron vivir juntos, generadas por él o compartidas como picardía o broma.
La primera de estas situaciones que recuerdo se vincula con el hecho que mi padre era ciertamente una persona de vestir elegante y decoroso. Si se puede mencionar una obsesión, era la que él tenía por los zapatos. Para él, constituía una devoción disponer de varios zapatos de cuero, bien lustrados y con suela de cuero, no de goma como se estila ahora. Una amplia gama de marrones y de negros, eran alternados en su uso todos los días, antes de concurrir a su estudio contable. Un sábado por la mañana, día en el cual por lo general yo lo acompañaba a su trabajo, toda vez que dejamos el vehículo estacionado, y comenzamos a caminar hacia su estudio, empecé a notar que la gente miraba a mi papá y esbozaba una sonrisa. Me fijé detenidamente y caí en la cuenta de que él estaba calzando dos zapatos de distinto color y forma. Un zapato negro opaco más redondeado, y uno marrón tono medio algo brillante y con una punta algo más pronunciada.
Rápidamente le dije lo que estaba sucediendo, pensando que él tomaría la decisión de concurrir a alguna zapatería de la zona céntrica de Córdoba donde caminábamos, para enmendar su error comprando un par nuevo, pero esto no sucedió. Seguimos haciendo el recorrido, con la salvedad de que cada vez que alguien lo miraba y se reía de su error, él no sólo que no trataba de disimularlo o de sentir vergüenza, sino que establecía un diálogo con el transeúnte que se había percatado de su yerro. En ese recorrido intercambiamos palabras y sonrisas con no menos de veinte personas, de todos los sexos, siendo esa experiencia inolvidable.
Durante el recorrido de regreso de la oficina al coche, una vez culminada la jornada de trabajo, y como hacíamos todos los sábados, pasamos por el mercado Norte, a hacer las compras habituales del fin de semana. Allí la situación se tornó aún más graciosa, ya que, si bien mi papá era muy conocido y respetado por los puesteros, era capaz de bromear y conversar con todos ellos de manera muy abierta. Ese recorrido por los puestos fue por demás bizarro, ya que mi papá no sólo no ocultaba, sino que mostraba sin tapujos su elección equivocada, siendo objeto de bromas y charlas de todo tipo. Cuando llegamos a casa, le mostré a mamá Ana, los pies de papá, lo que provocó su sonrisa y un reto cariñoso de parte de ella.
La segunda situación hilarante que recuerdo fue cuando la punta del zapato de su socio y amigo contador quedó atrapada por la rueda de un auto en un semáforo. Por razones que desconozco. el Flaco (apelativo que él le había puesto) se acercó mucho al auto que estaba frenando por la luz roja del semáforo, en una esquina de una avenida de Córdoba. El solo atinó a recoger el pie dentro del zapato, cuya punta quedó pisada por la rueda del auto. Mi papá preso de una risa incontenible le golpeó la ventana al conductor del vehículo, advirtiéndolo de lo que estaba sucediendo. El señor adelantó un poco el coche, para que el flaco pudiera sacar su zapato de debajo de la rueda. La punta del zapato del pie derecho quedó decididamente deteriorada, por lo que mi padre continuó con las risas y las chanzas con su amigo, durante toda esa jornada. Unos días después le regaló al Flaco un par de zapatos nuevos, en virtud de que a ellos los unía una relación de amistad y respeto mutuo, que iba mucho más allá de una mera sociedad de trabajo. Ese zapato fue guardado en el estudio contable, en un lugar donde cada tanto ambos lo miraban, y volvían a sonreír y disfrutar del recuerdo del momento. No fue menor el hecho de que su pie hubiera salido indemne de ese incidente, como tampoco fue menor todas las risas que provocó ese hecho a lo largo de los años.
Puedo seguir contando un montón de anécdotas más, las cuales seguirían mostrando que mi padre era una persona con un sentido del humor por encima de la media. La idea no es aburrirlos con esto, pero sí invitarlos a que cada uno de ustedes pueda revisar este tipo de circunstancias graciosas, que conforman parte de la naturaleza humana de la paternidad.
Para muchos de nosotros nuestro papá fue con el tiempo nuestro super héroe, aquel que nos marcaba el rumbo, nos introdujo en algún deporte, o nos escuchó y nos dio su opinión cariñosa ante algún problema. Estar siempre orgulloso de los logros de sus hijos, sintiéndolos como propios, disfrutando de vernos crecer y aprender de la vida, es algo común y compartido del ser papás.
Hoy quiero recordar con mucha dignidad a mi papá Ramón, decirle que conservo gran parte de su esencia, y agradecerle porque que además de todo lo que hizo por nosotros, era capaz de agregarle ese humor positivo, que hacía que fuera capaz de reírse de él mismo y de las coyunturas que le tocó atravesar. Esto me ha servido como ejemplo para sobrellevar mis propias penurias y disfrutar de mis mejores momentos como padre.
Por su sonrisa, y por la sonrisa de todos los papás en su día.
¡Un gran cariño para todos!