En una comunicación telefónica sostenida durante la mañana de hoy, mi interlocutor, luego de hacerme una pregunta, me disparó una sentencia, que hace mucho que no escuchaba: “está bueno lo que haces porque vos estás en la plenitud de la vida”.
Para ser honesto hacía mucho que no escuchaba ese concepto de “la plenitud de la vida”. Me recordó que era mi madre, la cual casi siempre la usaba, en los cotilleos habituales con otras mujeres o cuando me quería dar a entender, que no podía hacer algo porque eso me llegaría cuando yo estuviera en la plenitud de la vida.
Recuerdo, frases tales como:
“se fue en la plenitud de vida, que pena”.
“esas cosas vienen solas cuando estés en la plenitud de la vida”.
“desperdició la plenitud de la vida y ahora no tiene nada”.
“fue perdiendo su plenitud de vida, hasta ser lo que es hoy”.
“no seas ansioso, ya vas a llegar a la plenitud de la vida”.
El número de veces que, siendo pequeño, mi madre u otras personas mencionaban esta idea, producía en mi la sensación, de que “la plenitud de la vida” era una especie de montaña que se debía escalar, casi como un mandato, para llegar y valga la redundancia, a una vida plena. En paralelo, esta sensación o mejor aún emoción, estaba acompañada por otra más incapacitante, que era la de no poder saber, donde estaba ese cerro que había que escalar, para alcanzar la tan ansiada plenitud.
Como contrapartida, se mencionaba, quizás no tan repetidamente, el concepto “del ocaso de la vida”, aplicable por cierto a las historias de nuestros próceres máximos.
“ya en el ocaso de la vida, que queda por hacer”.
“estoy en la última etapa de mi vida, en el ocaso, demasiado fue lo hice”.
“que se le puede pedir, está en el ocaso de la vida”.
En ese caso, con pocos años de vida, “el ocaso de la vida”, me semejaba a un pozo profundo y oscuro, en donde no te quedaba más opción que esperar al desenlace.
La idea de la vida plena me parecía ciertamente inalcanzable, porque como saber donde estaba y qué había que hacer para ubicarla, y el ocaso, me producía una tristeza y bajón, que me costaba superar, sumado a que lo vinculaba con un vacío de vida (plena igual a lleno, ocaso igual a vacío).
Estuve varios años para madurar la posibilidad de que, en realidad, ambas etapas no son más que fases de nuestras vidas, y un poco más tarde, caí en la cuenta, que en realidad no existen como tal, sino como una combinación permanente de plenitudes y ocasos, una gama de colores, que se va encendiendo y apagando, según nuestra actitud y compromiso con nuestras vidas y las de los demás.
Hoy me considero pleno, quizás más lleno y menos vacío, que hace unos años. Menguado un poco físicamente, pero más entero emocionalmente y con más ganas de hacer. Paradójicamente, el balance me cierra más ahora, que cuando estaba más pleno de vida.
A continuación, les comparto un escrito que no me pertenece.
Vivir en plenitud, una decisión importante, por Valeria Sabater.
Vivir en plenitud es posible gracias a la valoración de lo que tenemos, con todo lo vivido y con lo que somos. Ahora bien, el arte de sentirnos plenos nos capacita también para ser emprendedores, exploradores de mejores caminos al sentirnos habilitados por la experiencia, el amor propio y la seguridad personal. Pocos estados psicológicos son tan enriquecedores como poderosos.
Decía el poeta T. S Elliot que “la plenitud que ansía el corazón humano siempre está disponible”. Sin embargo, no la vemos. Aún más, tampoco sabemos cómo alcanzar esa dimensión porque en muchos casos no alcanzamos a entender un aspecto clave: la plenitud fluye en nosotros solo cuando nos vaciamos.
Hablamos de dejar ir la ansiedad por no tener ciertas cosas, para darnos cuenta de que tenemos más de lo que pensamos. Apagar el miedo por perder ciertas dimensiones, personas u objetos para descubrir que a veces se está mejor sin muchas de esas realidades. La plenitud es, al fin y al cabo, un despertar y, ante todo, una toma de conciencia sobre quién somos para vivir con mayor equilibrio.
Suele decirse aquello de que esta dimensión llega en cierta etapa de nuestro ciclo vital, que es producto de la madurez. En los últimos años se está poniendo la atención en esa década comprendida entre los 50 y los 60 cuando el ser humano, supuestamente, alcanza mayor grado de bienestar psicológico. Bien, cabe decir que en tema de edad nada es absoluto.
Cada uno llega a esa cumbre del desarrollo personal y la plenitud en su día y en su momento, más pronto o más tarde. Otros, en cambio, jamás alcanzan esa cúspide.
Vivir en plenitud no es un estado. No es llegar a ese pico de la pirámide de necesidades de Abraham Maslow, lugar donde reside la autorrealización y pensar que todo acaba ahí, que hemos conquistado la felicidad. En realidad, vivir en plenitud en realidad es un proceso: formar parte del movimiento de la vida sintiéndonos fuertes y capacitados para lo que pueda venir.
Por tanto, no estamos ante una dimensión del desarrollo personal fácil de alcanzar o conquistar. Es más, desde las ciencias sociales se vive un constante interés por comprender cómo afrontamos las personas estos devenires en épocas tan complejas. La psicología social desea comprender, más que nunca, cuáles son nuestros recursos internos para alcanzar el bienestar.
Así, el psicólogo de la Universidad de Princeton Daniel Kahneman suele decir que gran parte de estas investigaciones tienen un curioso problema: las personas no sabemos definir con exactitud qué es la felicidad. Sin embargo, en un estudio que él mismo llevó a cabo, y que publicó en la revista Sciencie bajo el título ¿Seríamos más felices si fuéramos ricos?, demostró algo muy interesante que, al parecer, la mayoría tenemos claro.
En este trabajo el doctor Kahneman nos hizo ver que, por término medio, las personas sabemos que el dinero no da la felicidad. Y sabemos también que felicidad no es lo mismo que realización personal. En realidad, algo a lo que aspiramos gran parte de las personas es precisamente a esta última dimensión: a sentirnos plenos, realizados, en equilibrio con nosotros mismos y la propia vida.
Vivir en plenitud es lo opuesto a vivir en el vacío. Este último estado se experimenta cuando crece el desánimo, la angustia, el miedo y la sensación de soledad. Queda claro que, de algún modo, siempre estaremos lidiando con estas realidades psicológicas; sin embargo, la persona que trabaja a diario su plenitud está mejor habilitada para manejar esas situaciones.
Rara vez nos hacemos esta pregunta: “¿qué es lo que traemos en nuestro ser?” A menudo, solemos definirnos a nosotros mismos por lo que hacemos o lo que hemos vivido (yo soy enfermera, yo soy mecánico…). Ahora bien, para vivir en plenitud haríamos bien en tomar conciencia de aquello que llevamos en nuestra personalidad y que nos define:
Yo soy pasión, soy esperanza, optimismo, soy determinación, yo llevo conmigo mi compasión como enfermera, yo llevo mi amor por mi familia, llevo la satisfacción por lo que soy y he conseguido….
Vivir en plenitud no es un estado, es más bien un proceso y ante todo una actitud. Es tener muy claro qué es lo que llevamos en nuestro interior y, con ello, sacar el máximo partido del presente, al aquí y ahora.
Si llevamos pasión, conectemos con nuestra realidad para disfrutar de ella. Asimismo, si llevamos el afecto cuidemos de los nuestros, conectemos con nuestros seres queridos en el momento presente. Si nuestro interior se define por la curiosidad, el aprendizaje y la experiencia, aprovechemos cada segundo para seguir experimentando y sintiendo la vida.
Se trata como vemos, de alcanzar una armonía entre lo que somos y lo que hay a nuestro alrededor. Vivir en plenitud no es lamentar lo que nos falta o sufrir por lo que nos sobra. Es sentirnos capacitados para aceptar lo que no se puede cambiar, tener valor para transformar lo que sí puede cambiarse y seguir progresando sin perder ese equilibrio personal.