Cada tanto hay que pegar un pleno. Los que han jugado a la ruleta u otros juegos de azar saben a que me refiero. Para los que no tienen idea, el concepto que quiero transmitir, es que es muy reconfortante vivir acontecimientos que nos emocionen hasta las lágrimas. Con el devenir del relato, quizás pueda ser capaz de transmitir lo que quiero y ojalá emocionarlos. Muchas veces, incluso los maestros más grandes de la escritura se quedan con uno o varios debes, respecto de lo que desean expresar. Lejos de esa maestría, de seguro mi caso no será la excepción. Las palabras son un contenedor, que se puede expandir muchísimo, pero no pueden llegar al infinito o al abismo más profundo, porque dejarían de ser ese concepto limitado y efímero, perdiendo su significancia. La torre de Babel es un riesgo que no estamos dispuestos a afrontar, porque no estamos preparados para entendernos del todo.
La vertiginosidad de la vida a veces nos impide vivirla. Parece una frase equivocada, que carece de sentido tamaña contradicción, pero a muchos, y por más que intentemos que no sea así, la sucesión de eventos nos supera, en varios momentos nos deshumaniza, dejándonos desprovistos de sentimientos que nos caracterizaban hasta no hace mucho. Nos asombramos poco, dudamos menos y la curiosidad la matamos navegando horas y horas en los mares superficiales de las redes sociales, preguntando a la inteligencia artificial, y buscando respuestas sin haber preguntado. La filosofía de los grandes pensadores no encuentra en este hombre, que ya no se pregunta mucho por su origen, ni por su destino, y ha dejado de sentir misericordia y paz, el consuelo necesario para sí mismo y para los demás. Aristóteles, sería cuanto menos ignorado, tapado por la tecnología, mientras alguien sube un video gracioso que tiene millones de me gusta.
Cada tanto, y disculpen que use de nuevo este latiguillo, suceden cosas imprevistas, que nos ponen a vivir en serio, aunque sea por un rato. Algún acontecimiento imprevisto, no tan deseado, pero que, dentro de la continuidad de la acción, nos corre un poco del eje que hace girar nuestro trompo.
Una casa ahora deshabitada, a 1000 kilómetros, que alguna vez fue testigo del nacimiento de mi familia. Donde mis hijas mellizas dieron sus primeros pasos, aprendieron a decir mamá y papá, que fue construida desde el deseo ferviente de ser parte de algo que signifiqué trascendencia. Muchos recuerdos, y una deuda siempre pendiente con las mellizas (Emilia y Paula) y las más pequeña (Lucía) y no saldada: “papá nos fuimos de esa casa cuando nosotras (las mellizas) teníamos cinco años y Lucía recién nacida y jamás volvimos para nada”. Frases que se dicen, dentro del contexto del año escolar, el trabajo, las amistades y todas las obligaciones contraídas y por contraer.
Tuvimos que ir, a corroborar su estado, luego de muchos años de ausencia, en donde fue habitada por otras personas, que eran como nosotros, familias en busca de ser eso. Lejos de las familias de origen, en esa casa empezamos a construir nuestra identidad de hogar, y vivir a la distancia con otros afectos: parientes que tuvimos la suerte estuvieran desde antes en ese Valle del Rio Negro, otrora plagado de peras y manzanas, y ahora de petróleo. La presencia de Anabel, la señora que cuidó como nadie a las mellizas, les enseñó a leer y fue la compañera de Eugenia, mamá primeriza de dos seres demandantes.
Hay que clavar un pleno y recuperar algunas cosas que estaban perdidas. Los recuerdos de mi mamá Aná que ya no está, de los hermanos de Eugenia que fueron a colaborar como podían con la crianza, de Coqui, su abuela aún presente, y de Rodolfo el abuelo al que mis hijas llamaban “abuelo papi”. Todo eso estaba contenido en esa casa, y había que despertarlo, porque por más que la vida no implique mirar para atrás, nos recuerda que necesitamos recordar de donde venimos, para saber a dónde vamos.
Como dijo don Antoine Exuperi: “lo esencial es invisible a los ojos”. Hacía falta hacer este cierre, o más bien esta apertura, hacia aquellas vivencias que por cierto no volverán, pero que forman parte de nuestra esencia. No importa mucho más que eso, el resto es moneda de cambio.
Cuando percibí la emoción de mis hijas, que se reencontraron con esa casa, con Anabel y con todo eso que tenían arraigado en su corazón, caí en la cuenta de mi error, de haber demorado tanto nuestra vuelta, de no haber tenido en cuenta durante tanto tiempo ese pedido dicho a media voz, amortiguado por las tareas y responsabilidades.
Tantas lágrimas necesarias, que estuvieron contenidas durante más de diez años, tuvieron la oportunidad de correr y brotar libremente, que la sola mención me estremece.
Por eso, la vida cierta es la de los momentos plenos, sin tantos matices cosméticos. La simpleza de querer saber donde dimos nuestros primeros pasos, en donde recibimos nuestros primeros arrumacos, y oímos nuestra primera canción de cuna.
Existen vivencias que generan un antes y un después. Momentos bisagra que no se repetirán. La intención de desprendernos de esa casa quedó arrumbada. Algunos nos dirán, quizás con razón que es mejor soltar y hacer lo que más convenga. Por el momento, valoramos mucho más el hecho de saber que ese valle de ríos grandes y caudalosos, en conjunción con esa casa son un ambiente mágico, del cual no hay que desprenderse. Porque no pensar que quizás en un futuro cercano, pueda ser habitada por alguna de ellas, en busca de nuevos horizontes, dentro de las fronteras de esta nación.
Entonces, no es tan difícil volver a ser un poco más humano, agradecido y respetuoso con nuestros sentimientos. Solo hay que parar la pelota, hacer un alto y permitirse vivir de hechos relevantes.
Las emociones que habitamos nos definen como personas, más que nuestro raciocinio y conciencia sin sentir.
Cada tanto hay que pegar un pleno.
Verter en nuestras mejillas “las lágrimas necesarias”.