El valor del cariño!

Me encuentro contemplando viejas fotos a color impresas, de esas cuando las personas sacaban fotos para atesorar los momentos, y las guardaban en álbumes, para hojearlas y revisarlas cada tanto, en ocasiones especiales, reuniones familiares, o ante la despedida de un ser querido. La nostalgia, que es ni más ni menos, que las huellas o cicatrices, que la vida va dejando en nuestros corazones, es por lo general el punto de partida para esa revisión de los afectos, de los rostros, de lo que emana de esas imágenes grabadas en un papel.

El avance de la tecnología hace que sacar una instantánea digital, guardarla en la memoria de un teléfono o en la nube, sea moneda corriente, transformando lo que antes era todo un acontecimiento, en una situación rutinaria y en cierta medida desvalorizada, dada su repetición y frecuencia. Podemos decir que se ha depreciado, el valor de conservar un recuerdo y se ha apreciado, el valor de que el mundo conozca al instante lo que estoy haciendo, celebrando, disfrutando o sufriendo.

Mientras observo una foto de mamá, otra de papá, de mis tíos, y otros tantos seres queridos que ya no están físicamente, en esa imagen impresa en el papel, me siento atravesado por aquel momento, aquellas vivencias que no se repetirán, pero que significan poner en la piel, el valor del cariño, sus virtudes sanadoras y todo lo que eso conlleva.

Siempre tuve una discusión interna, sobre lo que es más importante, si la educación o el cariño. Con los años pude caer en la cuenta, que, en realidad, la realidad superlativa y superadora, es la educación con cariño. Revisando las fotos, percibo el cariño de mis padres y otras personas que me rodeaban, los cuales acompañaban a los niños con una fuerza educadora, comprometida y responsable sin igual.
Las fotos en papel, me transportan a ese mundo mágico y edificante de vivir rodeado de cariño y sentimientos afectuosos, como esa fuerza impulsora, creadora de mundos a donde las personas por lo general quieren pertenecer. Los lazos afectivos, te mantienen con los pies sobre la tierra, equilibran tus expectativas con tus posibilidades, perteneciendo al mundo de los que sienten y se emocionan.

El cariño, resulta tan necesario, y puede provenir de la familia, de los amigos, de los compañeros y hasta de algún desconocido, aquel que nos encuentra a la vera del camino, con una cubierta pinchada y con necesidad de ayuda.

El valor de las fotos en papel, para los de mi generación, traspasa los umbrales de la tecnología, nos humaniza y nos hace revivir aquellos momentos, que alguien valoró como inmortales. En esas fotos se se hace perenne el cariño, haciéndose palpable, asequible y omnipresente.

A continuación, les traigo reflexiones que le pertenecen al escritor Francesc Miralles:

El elixir de la amistad

Braulio había sido siempre un hombre de pocos amigos, pero contaba con una aliada que había acompañado sus cambios de humor desde los primeros cursos en la escuela. Casada y con familia numerosa, Montse siempre había lamentado que su compañero de la infancia hubiera crecido como un hombre huraño y solitario. Sabía que tras aquel caparazón de intolerancia y acritud se ocultaba una persona sensible y con buenas intenciones.

Más de una vez Montse se había preguntado por qué Braulio tenía una vida social casi nula. Cuando él le presentaba una nueva amistad, esta desaparecía poco después y no se volvía a hablar del asunto. ¿Se habrían peleado? ¿Sería que los demás no eran capaces de ver sus virtudes?

Montse se hacía estas preguntas mientras paseaba por una calle comercial buscando, precisamente, un regalo para su amigo. Su cumpleaños era al día siguiente y aún no había encontrado nada para él. De repente, se detuvo ante un vendedor ambulante. Mostraba orgulloso un ambientador, pero lo que le llamó la atención fue su etiqueta: «elixir de la amistad«. Intrigada, le preguntó en qué consistía, y aquel caballero elegantemente vestido le explicó:

—El ambientador es de lavanda, pero se trata solo de una artimaña. Con la excusa de enseñar a la persona su funcionamiento, le hago un diagnóstico de su capacidad para hacer amigos y le indico aspectos a mejorar.

A la mañana siguiente, aquel mismo caballero llamaba al domicilio de Braulio, que estuvo a punto de cerrarle la puerta en las narices.

—Le traigo un obsequio de su amiga Montse. Junto con el precio del ambientador, su amiga ha pagado una demostración.

De no haberse tratado de ella, Braulio habría agarrado el frasco y despedido al comercial de malas maneras. Sin embargo, no le quedaba otra opción que dejarle entrar.

—Podría haber elegido otro momento que no fuera el sábado por la mañana –gruñó mientras le mostraba el camino al salón.

—Su amiga me ha dicho que le trajera el obsequio cuanto antes, Braulio –dijo sonriendo el vendedor mientras pulverizaba la esencia de lavanda a su paso–. Mis clientes aseguran que este ambientador, haciendo honor a su nombre, ha cambiado el ambiente de su vida.

—¡Bobadas! Hay que ser muy ingenuo para pensar que un aroma a lavanda puede cambiar la existencia de alguien.


—¿Hubiera preferido otra esencia, Braulio?

El aludido ni contestó. El comercial no perdía el buen humor, y eso lo irritaba aún más.
—Tengo que felicitarle por el buen gusto con el que ha decorado la casa. Este podría ser un lugar muy agradable donde recibir amigos.

En este punto, el inquilino perdió la paciencia y se dispuso a librarse de la visita.
—Concédame unos minutos, se lo ruego. Ahora viene la parte más interesante del regalo. Braulio, ¿se ha fijado usted en la etiqueta del frasco? Dice: Elixir de la amistad.

El hombre, que aquel día cumplía años, le miró pasmado y con un poco de curiosidad.
—Lo del ambientador ha sido una excusa para charlar con usted y hacer un diagnóstico de su capacidad para hacer amigos. Ahora mismo es baja, pero con unas pocas correcciones va a ser el rey de la fiesta.

Braulio cruzó los brazos, dispuesto a escuchar, solo por respeto a lo que había pagado su amiga, lo que aquel tipo tuviera que decirle.

—Mi primer consejo es que usted cambie las críticas por los elogios.

—¿Por qué? Cuando algo está mal, como venir a molestar un sábado, hay que decirlo.

—Señalar un defecto no hace que nadie rectifique –repuso el comercial–. Al contrario, criticar solo sirve para que se ponga a la defensiva, se justifique y quede resentido. Se consigue mucho más elogiando sinceramente lo bueno que esa persona pueda tener.

—Tomo nota, ¿algo más?

—Si quiere crear usted un ambiente amistoso, antes de nada, escuche.

—¡Ya lo estoy haciendo! –protestó Braulio.

—Se trata de que el otro se sienta importante –prosiguió sin perder la calma–, pues de hecho lo es.

Después 
de escuchar, trate aquellos temas que interesen al interlocutor, en vez de hablar
de sí mismo. El objetivo sería conseguir que el otro hablara más que usted.

Braulio se rascó la cabeza, sorprendido ante aquel curso de empatía a domicilio, y repuso:
—Lo explica usted como si cambiar de forma de ser fuera sencillo.

—Así será si usted lo cree, Braulio. De hecho, este es el secreto para alentar a los demás: hacer que los defectos o problemas parezcan fáciles de solucionar.

—Entiendo la lógica de todo lo que dice, señor…

—Gabriel –el comercial estaba ahora entusiasmado–. Ha tardado usted en hacerlo, pero dirigirse al otro por su nombre es también importante porque crea cercanía.

—Lo que quiero decir es que el test que ha realizado en esta casa no es significativo porque, con todos mis respetos, no se puede tratar a un extraño como a un amigo.

—¡Ahí está la clave! Le agradezco que haya sacado el tema, Braulio. Trate a cualquier persona como si fuera un amigo y nunca le faltará compañía o una mano cuando la necesite.

A fin de cuentas, como decía Will Rogers, un extraño es un amigo al que aún no conocemos.

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