No bien arribados a este mundo, nos empezamos a valer de una innata condición que compartimos con otros animales que habitan el planeta. La curiosidad es un sentimiento inquisitivo o una inclinación por el saber, es decir, un deseo genuino de averiguar algo o de descifrar aquello que a simple vista no resulta evidente. La curiosidad es un comportamiento instintivo, natural, que el ser humano, como ya dijimos, comparte con muchos animales, siendo el gato quien la encarna culturalmente (de allí el proverbio de “la curiosidad mató al gato”).
En el caso de los seres humanos, la curiosidad es típica de las etapas infantiles y juveniles, y da paso, en el caso de los adultos, al deseo de conocer o a la pasión por conocer, la cual se encuentra detrás de muchos exploradores, investigadores e innovadores en distintas áreas. De hecho, el cerebro humano está configurado de un modo tal que ante situaciones de curiosidad se genera una expectativa de recompensa, que posteriormente activa los neurotransmisores de la dopamina, serotonina y algunos opioides.
Todo lo queremos tocar, oler, sentir, ver, para lo cual estamos provistos de sensores que facilitan la tarea. Nuestro cerebro primitivo nos impulsa a registrar y conocer, quizás mucho más allá de lo que somos capaces de almacenar y accionar.
La cualidad de curioso, que se llama “curiosidad”, es una condición tan única, que valga la redundancia, curioseando en el diccionario, no existe una palabra exacta que pueda ser usada como sinónimo, y para decir lo contrario no existe un único vocablo que pueda ser usada como su antónimo. El diccionario nos habla de “armonía”, como un concepto similar, pero la verdad es que según mi punto de vista no hay una total coincidencia. El diccionario parece basarse en que la palabra “curiosidad” proviene del latín curiositas, derivado del vocablo cura, traducible como “esmero” o “cuidado”. Al añadirse a este último término el sufijo latino de cuantía -osus, tenemos que “curioso” sería “quien tiene minuciosidad o cuidado en demasía”, o sea, quien tiene muchos deseos de averiguar algo, de tomar precauciones y de estar al tanto de lo que ocurre.
Asimismo, se refiere a “fisgoneo”, pero esa palabra se vincula sólo con hechos físicos y no intelectuales. Los antónimos son identificados como desinterés o indiferencia, aunque tampoco existe una total concordancia conceptual.
La curiosidad junto con el asombro y la duda, conforman la triada de orígenes del pensamiento filosófico, aunque en lo personal creo que la curiosidad le saca varios cuerpos de ventaja.
Puede que la curiosidad matase al gato, pero más allá de ese pequeño accidente, lo cierto es que la curiosidad es uno de los motores de la vida. Es el ingrediente indispensable para el desarrollo, la innovación y el progreso. Un concepto que va más allá de chusmear en las redes sociales acerca de los compañeros de trabajo, del colegio o de quien sea.
La curiosidad nos permite explorar nuevas ideas y experiencias. Fue precisamente gracias a ella que nuestros antepasados descubrieron el fuego o la rueda.
¿Y quién si no una persona curiosa se atrevería a probar por primera vez un manjar como la miel? Hay que tener ganas de descubrir y probar cosas nuevas para meter la mano en un panal de abejas.
¿Existen personas más curiosas que otras?
Por cierto, que sí.
Las personas con un “plus de curiosidad” suelen tener una mentalidad abierta y están dispuestas a asumir riesgos para cosechar los frutos de nuevas experiencias. Les motiva explorar, innovar, mejorar y crecer. Esto es lo que impulsa a las personas curiosas a superar los límites establecidos o conocidos.
También son mentes atraídas por resolver problemas, buscar soluciones y ampliar sus conocimientos. Desean conocer el mundo que les rodea, las personas que lo habitan o cómo funciona la vida tal y cómo lo hace.
Puede parecer obvio, pero las personas curiosas también tienen la capacidad de mejorar el trabajo de un equipo de colaboradores. Su mentalidad abierta hace que se sientan atraídos por lo nuevo o lo diferente y ayuda a formar equipos más diversos y fomentar una cultura organizacional más tendiente a la mejora.
Un equipo de investigadores de la Universidad George Mason, en Estados Unidos, propone cinco dimensiones de la curiosidad:
- Exploración alegre: es la tendencia a explorar ideas y conceptos nuevos por puro placer y alegría. Las personas que demuestran esta dimensión tienden a ser de mente abierta y dispuesta a asumir riesgos para obtener las recompensas de nuevas experiencias.
- Sensibilidad a las carencias: esta dimensión tiene un componente emocional distinto, más que alegría, aparece la ansiedad al intentar gestionar ideas complejas o abstractas, solucionar problemas o reducir brechas de conocimiento. En este caso uno se adentra en la tensión por saber cómo se resuelve un problema en un examen o por recordar un dato, que no hay manera de que venga a la memoria, por ejemplo.
- Tolerancia al estrés: es un rasgo de carácter importante relacionado con la curiosidad. Las personas capaces de tolerar y afrontar el estrés son más propensas a asumir riesgos, superar límites y explorar nuevas ideas sin miedo al fracaso.
- Curiosidad social: se basa en la necesidad de un individuo de formar conexiones significativas con los demás. Es la inclinación por interesarse por los demás, especialmente por los que son diferentes de uno mismo. Esta dimensión ayuda a las personas a entablar relaciones, adquirir conocimientos y comprender culturas, creencias, valores y perspectivas diferentes.
- Búsqueda de emociones: es la tendencia a buscar actividades que nos hagan sentir que estamos aprovechando la vida al máximo. Estas personas suelen estar dispuestas a asumir riesgos y sobrepasar los límites para experimentar emociones. La curiosidad vinculada a la búsqueda de emociones no tiene que ver tanto con el aprendizaje o el crecimiento, sino más bien con la experiencia y la creencia de que solo se vive una vez.
Desarrollar la curiosidad tiene muchos beneficios tanto para las personas como para las organizaciones. A nivel individual, ayuda a las personas a explorar nuevas ideas y experiencias, establecer relaciones y desarrollar habilidades. La curiosidad también puede ayudar a las personas a ser más creativas y a resolver mejor los problemas.
En el caso de las organizaciones, impulsar la curiosidad puede conducir a la innovación en productos o servicios, el aumento de la productividad y a una mejora en el trabajo en equipo. Mejora la comunicación y colaboración entre los miembros del equipo al fomentar preguntas y discusiones abiertas.
También promueve el aprendizaje continuo y el desarrollo personal y profesional de los empleados. En este sentido, contribuye a un ambiente más motivador y comprometido ya que los empleados sienten que tienen margen para arriesgar. Permite una mayor adaptabilidad al cambio ya que fomenta la exploración de nuevas ideas y enfoques.
Promover el concepto de “curiosidad” enfocada sobre ciertos dominios sobre los cuales queremos crecer o dar un salto cualitativo o cuantitativo, es una tarea constante y continua de aquellas organizaciones que pretendan ser más resilientes a los efectos de los cambios constantes, repetitivos y no optativos, que la digitalización y la globalización están provocando a ritmos inasequibles.
Las organizaciones que pretendan seguir con vida, deben asegurarse que sus integrantes pueden tener la curiosidad infinita de los niños, acompañada de los cuidados y sopesando los riesgos, para que la curiosidad finalmente no mate al gato.
«Curiosidad infinita para accionar versus el letargo de conocimientos y prácticas que ya no sirven».
Bienvenidos a la era de los curiosos, esa emoción positiva que no quita la parálisis y nos posibilita movernos en este mundo de cambios exponenciales.
Para finalizar les dejo las siguientes reflexiones:
“Prefiero que mi mente se abra movida por la curiosidad a que se cierre movida por la convicción. (Gerry Spence).
“Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. (Immanuel Kant).
“No tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso”. (Albert Einstein).