Gervasio Cañuelas salió como todos los domingos, en horas tempranas, a visitar a su primo, que vivía en el otro extremo de la ciudad. Iba preparado con su paraguas, por las dudas lloviera, tal y como estaba pronosticado. Mientras caminaba rumbo a la parada de colectivos, y para protegerse del sol, abrió su paraguas a modo de sombrilla. El viento no era intenso, ni mucho menos, pero una ráfaga subrepticia, le arrebató el paraguas de las manos, el cual fue a dar de pura casualidad, sobre el recorrido de un motociclista, el cual se derrumbó de su vehículo, derrapando con su humanidad por espacio de varios metros. Gervasio no lo podía creer, ya que esta como tantas otras veces, había sido víctima de su mala fortuna.
Gervasio corrió presuroso a socorrer al hombre caído, el cual gracias a Dios sólo había sufrido raspaduras menores, no así la motocicleta, la cual estaba bastante destruida, por cierto. Mientras el hombre se levantaba, un transeúnte que circulaba justo por allí, siendo testigo de lo ocurrido, comenzó a increpar a los gritos al pobre Gervasio, acusándolo de que había tirado el paraguas a propósito, provocando la caída, acusándolo de asesino. La sonoridad elevada de los gritos atrajo a otros vecinos y personas que circulaban por allí, los cuales comenzaron una formar un círculo alrededor del hecho, que tenía en su centro al caído, a Gervasio y al vociferante.
Como era de esperar, la cosa comenzó a agravarse, ya que alguno de los presentes llamó a la policía, otro a la ambulancia y un tercero a familiares del accidentado. Con el correr de los minutos, con los paramédicos presentes, la policía tomando testimonios sobre la base acusatoria del testigo que vió todo, más los familiares del motociclista caído que habían comenzado a insultar a viva voz a Gervasio, la situación se tornó ciertamente inmanejable. Con prontitud vinieron más fuerzas de seguridad, que procedieron a cortar la circulación de la calle en ambos extremos de la misma. Era fin de semana, con escasez de noticias, lo que propició que los medios periodísticos radiales y televisivos acudieran rápidamente al lugar, interesados en difundir la historia del hombre que mediante un paraguas había intentando asesinar a una persona.
La policía secuestró el paraguas destrozado, como evidencia de lo sucedido, con todos los recaudos necesarios para que las huellas dactilares de Gervasio se mantuvieran intactas, sobre lo que ellos ya denominaban como un «arma letal». Al mismo tiempo, que la ambulancia se llevaba al motociclista al hospital más cercano, ya que, si bien no presentaba heridas de consideración visibles, argumentaba estar perdido, mareado y confundido, Gervasio fue detenido, esposado y subido al patrullero que tenía las sirenas encendidas, sospechado de intento de asesinato, y acosado por la muchedumbre presente, los periodistas y los familiares del lesionado, los cuales nos dejaban de gritarle y lanzarle toda suerte de improperios, a la vez que intentaban golpearlo.
El recorrido de Gervasio, hacia la comisaria más próxima no estuvo exento de sobresaltos, ya que los periodistas que siguieron al coche patrulla, al igual que los familiares, unos exagerando el suceso, para llenar espacios vacíos del domingo, y los segundos, para asegurarse que Gervasio pagara las consecuencias, casi chocan entre ellos y con el coche patrulla en reiteradas oportunidades. Finalmente, Gervasio llegó a la sede policial, donde la fiscalía ya alertada de la situación, lo esperaba presto para labrar la acusación por intento de homicidio. Gervasio fu bajado de la patrulla y escoltado a la celda, donde dada la resonancia del caso, fue puesto en soledad, previniendo cualquier ataque de algún recluso que quisiera hacer justicia por mano propia. La policía tomó declaración a los familiares y al testigo vociferante que había venido con ellos, en presencia del fiscal, el cual luego de escuchar lo sucedido no tuvo dudas de que debía imputar a Gervasio del delito que se lo acusaba.
Gervasio, como era de esperar se declaró inocente de todo cargo, pidió un abogado defensor de oficio, ya que no tenía dinero para afrontar un letrado pago, y pidió llamar a su primo, el único familiar con el que contaba. Unas horas después, en presencia del defensor de oficio y de su primo, que había podido concurrir para acompañarlo en estas circunstancias, Gervasio pidió su liberación inmediata, la cual fue negada formalmente por el juez de turno, el cual alertado por la repercusión de los medios de comunicación se había hecho presente presuroso, luego de recibir la imputación de la fiscalía.
Gervasio fue trasladado, desde la sede policial local, a una prisión de máxima seguridad, cita en las afueras de la ciudad, recibiendo en ese trayecto una escolta policial, digna de un delincuente altamente peligroso. Los medios de comunicación, los curiosos y otros tantos, se dieron cita a la salida de la comisaria, generando nuevas escenas de caos y descontrol. Ya lo medios televisivos y radiales, habían agregado a la historia antecedentes de dudosa procedencia respecto de Gervasio, lo cual lo mostraban como un ser humano agresivo, malhumorado y homofóbico, lo que incluyó un reportaje al dueño del local comercial, donde supuestamente Gervasio había comprado el paraguas, el cual decía abiertamente, que el cliente había hecho preguntas específicas acerca de la dureza de la punta del paraguas, que pidió sea metálica, mientras usaba el mismo como si fuera una espada. Gervasio había pagado el paraguas en efectivo, y no quiso recibir la factura, lo cual según la periodista tornaba más sospechosa la conexión. Bastante tiempo después, saldría a la luz que el local comercial, solo quería aprovechar la situación para promocionarse, y no se le ocurrió mejor idea a su propietario que hacerlo de esa manera.
A la tarde del domingo, la vinculación del agresor y su víctima, había sido establecida, ya que Gervasio y el motociclista caído, habían concurrido juntos a la misma escuela de oficios, donde habían aprendido electricidad domiciliaria, oficio al cual se dedicaba Gervasio. La difusión del caso, se hizo aún más grande, cuando en teoría un compañero de ambos, había escuchado hace unos tres años, una acalorada discusión entre ambos. Este señor manifestó al entrevistador y para un medio televisivo, que al final de la discusión que casi terminó a los golpes, Gervasio había amenazado de muerte a su compañero, ahora internado producto de la caída. Meses más tarde se comprobaría que se trataba de otro Gervasio, el violento en cuestión, pero mientras tanto, todo servía para acrecentar «la leyenda del asesino del paraguas».
Con el correr de las horas, a la voz del dueño del local, y del supuesto compañero de la escuela de oficios, se sumaron varias más, todas las cuales no dejaban bien parado a Gervasio. Ante la magnitud de testimonios y de indicios en contra, el abogado defensor recomendó que Gervasio se declarará culpable, buscando un acuerdo extrajudicial, para solventar los costos médicos y los daños a la motocicleta, más un juicio penal abreviado, donde pudiera recibir la mínima sentencia. Gervasio, pese a todo, sostenía su inocencia, por lo que prefirió ir a juicio, amén de que no tenía dinero para solventar ningún gasto, ni contar con mejores herramientas de defensa.
El juicio, fue otro suceso mediático, que se llevó a cabo varios meses después, en presencia de mucho público y un jurado popular. Gervasio fue condenado sin atenuantes, a cumplir una pena de prisión de cuatro años y medio, y el juicio civil le obligaba a pagar todas los costos médicos y particulares del damnificado. No sirvieron de nada, todos los esfuerzos del primo por buscar testigos a favor de su primo, personas que se atrevieran a decir la verdad de lo sucedido, ya que aparte que nadie se animaba, la condena social y mediática ya había sido impuesta.
Luego de más de un año encarcelado, la historia de Gervasio dio un giro inesperado. El mismo motociclista había sufrido un evento similar, pero producto de un perro que venía siendo guiado por un alto comisario policial que estaba de paseo. Los argumentos del motociclista y del supuesto testigo que también lo había visto todo, ya no tuvieron el mismo peso. Todo indicaba que la caída de la moto, era un modus operandi de este señor, el cual lo hacía para ganar dinero fácil. Los testigos que habían hablado en contra de Gervasio, incluyendo al dueño del local comercial y el compañero de la escuela de oficios, revirtieron rápidamente sus testimonios, por lo que el primo de Gervasio, munido de cierto dinero que había conseguido, pudo contratar un abogado defensor apropiado, por lo que a poco más de un año se pudo revisar el caso, y la cámara de casación pudo finalmente liberar a Gervasio, declarando nula la condena anterior.
Una vez recuperada la libertad, los mismos medios que habían condenado a Gervasio, aprovecharon la situación, para llenar amplios espacios de aire, entronizando a Gervasio, como un mártir del sistema judicial y la inoperancia policial, ofreciendo dinero para el ex condenado apareciera en televisión para contar su historia de calvario. Gervasio se negó sistemáticamente, y se recluyó en su pequeño departamento, del cual salía, sólo para hacer las changas de electricidad que lo sostenían económicamente, además de hacer sus compras y de visitar a su primo, el único que había confiado en su inocencia.
Cuenta la historia, que las desventuras de Gervasio no se acabarían así nomás, ya que siguió sufriendo episodios varios de “mala yeta”. También los que lo conocieron un poco más, hablaban de que se trataba de un caso «medio hereditario», ya que su padre había soportado la misma condición de desafortunado. La cuestión es que Gervasio no salió más de su departamento, cuando había lluvia pronosticada, debido a que sufría de fobia a los paraguas y a los paragüeros. Si alguna lluvia lo sorprendía, prefería buscar refugio o directamente mojarse, pero «jamás de los jamases» volvería a portar un arma letal como un paraguas, ya que producto de su manipuleo había quedado encerrado un largo período de tiempo.
Intentó sin éxito alguno, durante muchas veces y por todos los medios posibles, librarse de su «condición de enyetado», concurriendo a varias curanderos y manos santa. Cuando todo hacía presuponer que ya lo había superado, otro evento de infortunio, lo hacía consciente nuevamente de su “mala suerte”. Incluso, ya de viejo y en circunstancias de su muerte natural, Gervasio fue enterrado un día de verano muy lluvioso, lo que provocó que en el trayecto del coche fúnebre, su ataúd saliera despedido y llevado por la corriente de agua de la calle, durante varias cuadras, no sin antes provocar un accidente múltiple de autos que colisionaron con el afán de esquivarlo.
La mala suerte siempre fue la fiel compañera, del desafortunado Cañuelas y su final no estaría exento de ello.