El tiempo nos permite dar valor a vivencias del pasado que encuentran un presente que potencia ese recuerdo provechoso. Son pequeños e inestimables tesoros, que sin querer estuvieron en alguna época de nuestra vida, que nos dejaron marcas indelebles, bocanadas de aire fresco y puro, que permanecen ahí, junto a otros recuerdos de la niñez, que afloran desde una profundidad que nos conmueve.
Siendo niño tuve la suerte de convivir con un conglomerado de exquisitos árboles de los más variados portes y funciones. La casa quinta donde nací estaba rodeada de especies de árboles frondosos, que ante la ausencia de equipos de climatización nos daban sombra y frescura en el verano, nos protegían de los fuertes vientos y atemperaban los crudos inviernos. Había robles, magnolias, siempre verdes, paraísos, jacarandas, sauces, muchos de ellos entreverados entre sí y compitiendo por captar el agua de lluvia y los rayos de sol.
En ese conjunto de árboles frondosos había algunos que nos daban frutos, tales como nogales, perales, higueras, granadas, olivos, nísperos y damascos, pero su ubicación y cantidad estaban pensados más bien para amortiguar el clima. El predio asimismo estaba rodeado de otras especies más pequeñas, las cuales nos proveían de otros frutos comestibles y por cierto muy ricos: naranjos, mandarinos, limoneros, limas, pomelos, ciruelos, duraznos, membrillos, manzanos castaños y caquis. Aún conservo en mi olfato el aroma de la planta inmensa de laurel, que estaba un poco alejada de la casa (nunca supe porque), y cuyas ramas se vendían para que al secarse sus hojas se usaran como condimento para cocinar. Luego la quinta, estaba dividida en dos fracciones bien diferenciadas: una que se usaba para cultivar varias clases de hortalizas, y la otra para el cultivo intensivo de muchas variedades de duraznos y ciruelas. En el medio entre ellas, una extensión de terreno estaba dedicada al cultivo de la alfalfa, que estaba destinada a dar de comer a los animales, tanto verde, como secada y almacenada en grandes parvas. Toda la quinta estaba rodeada de extensas filas de árboles que hacían de barrera para los vientos y de límite con las otras parcelas y allí encontrábamos álamos, plátanos (no los que dan esa fruta), sauces, granados, paraísos, siempre verdes y varias especies más.
Durante la primavera, época de la floración, el paisaje de aromas y colores era indescriptible, ya se mezclaban los aromas de azahares, y de las flores de los durazneros y ciruelos, más un sinfín de otros colores y aromas de flores de los otros árboles frutales. A todo esto, se sumaba que el pequeño jardín de la casa contenía rosas, jazmines, ceibos y otras plantas ornamentales, que engalanaban ese espacio muy cuidado.
Todo el entorno o ecosistema de árboles era habitado por un sinnúmero de aves de todo tipo, colores y tamaños, las cuales ponían su canto al amanecer, anidando en los árboles más altos y protegidos, salvo los horneros que tenían predilección por los más bajos y de ramas gruesas. La convivencia entre ellas era plácida, salvo cuando aparecían los tordos, las calandrias y las aves cazadoras como chimangos, aguiluchos y halcones. Las lechuzas tan pintorescas se alejaban a la zona de frutales, y hacían sus nidos en la tierra, bien alejadas de nuestra especie humana. La cantidad de aves que ponían huevos en sus nidos, propiciaba la presencia de roedores, hurones, iguanas, comadrejas, serpientes y otros animales que se alimentaban de pichones y huevos.
Mis abuelos habían heredado de sus antepasados italianos, esa sabiduría intuitiva de que los árboles eran sumamente necesarios para generar espacios oxigenados, frescos y vivibles, además por supuesto de proveer de frutas y alimentos. Cuando las labores de la quinta se interrumpían por el clima se dedicaban de lleno a desmalezar las tazas de los árboles frutales y en invierno a podar. Los árboles eran cuidados, regados y mantenidos, para conservar su vigor y esplendor. Recuerdo que uno de mis pasatiempos favoritos, compartido con mis amigos que me visitaban era el de trepar a las ramas de los árboles más altos, y por supuesto el de degustar toda clase y variedad de frutas, tanto las de verano, como las más exquisitas de invierno: naranjas comunes, naranjas de ombligo, y naranjas de sangre; esta última fruta que años después me enteré que era una mutación de una naranja común, tenía pulpa rojiza y producía un jugo del mismo color algo espeso (como jugo de frambuesa), que daba origen a su nombre (de sangre), y que como característica especial contiene en ese jugo rojo un sinnúmero de sustancias antioxidantes. Los árboles son un recuerdo feliz de mi niñez y adolescencia, sobre todo porque cuando los visualizo, me conecto con mis abuelos, padres y tíos, aquellos que los plantaron y cuidaron.
En este acogedor lugar que tuve la oportunidad de habitar de niño, los árboles ocupaban un espacio central y vital para nuestra existencia. El mundo finalmente está reconociendo su valía, sobre todo en la lucha contra el cambio climático.
A continuación, les transcribo una publicación del Banco Mundial, del año 2016.
¿Por qué los bosques son fundamentales para el clima, el agua, la salud y los medios de subsistencia?
¿Ha bebido agua, ha comido una fruta o ha respirado profundamente hoy? Debe agradecer a los bosques por todas esas cosas.
Las cuencas y humedales forestales proveen el 75 % (i) del agua dulce accesible en el mundo para satisfacer necesidades domésticas, agrícolas, industriales y ecológicas, y además actúan como filtros naturales del aire.
El 21 de marzo se celebra el Día Internacional de los Bosques, los cuales constituyen el pilar de la lucha contra el cambio climático y el logro de un desarrollo sostenible. Los bosques son los principales almacenadores de carbono de nuestro planeta. Sin embargo, cuando se talan los árboles por razones agrícolas o para construir infraestructura se emiten a la atmósfera grandes cantidades de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, lo que contribuye al cambio climático.
Al mismo tiempo, los bosques en pie ayudan de manera decisiva a abordar los impactos del cambio climático no solo absorbiendo los gases de efecto invernadero, sino también creando paisajes con una mayor resiliencia. Esto lo hacen regulando el flujo del agua, mejorando y manteniendo el suelo para la agricultura, y protegiendo tanto las comunidades costeras contra los fenómenos meteorológicos extremos y el aumento del nivel del mar como los corredores migratorios para la flora y la fauna.
Tras el acuerdo de París alcanzado en la COP21, varios países han mostrado un fuerte compromiso con sus planes de acción climática —conocidos como contribuciones previstas determinadas a nivel nacional (INDC, por su sigla en inglés)— sobre medidas de adaptación y con la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la deforestación, la degradación forestal, el cambio del uso del suelo y la agricultura. En conjunto, estas actividades son responsables de casi una cuarta parte de las emisiones mundiales, pero representan una proporción mucho mayor de emisiones en numerosos países en desarrollo.
Estos planes nacionales pueden traducirse en una demanda potencial de billones de dólares por parte de los países para realizar inversiones forestales y relacionadas con el clima. Para cumplir con el objetivo de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados centígrados, estos compromisos deberán convertirse en inversiones, en particular en iniciativas que aborden el tema de los bosques y paisajes con capacidad de adaptación.
Mejorar la gestión de los bosques ofrece oportunidades para reducir la vulnerabilidad actual y futura al cambio climático, avanzando al mismo tiempo en los objetivos de mitigación y adaptación.
La relación entre los bosques y las personas es igualmente importante. Se estima que alrededor de 1300 millones de personas —una quinta parte de la población mundial— obtienen beneficios directos e indirectos de los bosques consistentes en empleo, productos forestales y contribuciones a los medios de subsistencia e ingresos. Unos 300 a 350 millones de personas, de los cuales alrededor de la mitad son indígenas, que viven dentro o cerca de bosques densos, dependen casi exclusivamente de estos para su subsistencia. Cientos de millones de personas más, incluyendo personas que habitan en las ciudades, necesitan los recursos forestales para obtener alimentos, materiales de construcción y fuentes de energía.
Además, los bosques contribuyen a la generación de riqueza y la creación de empleo. Gracias a la creciente demanda de productos forestales, se espera que esta contribución aumente en las próximas décadas. El sector forestal formal emplea a más de 13,2 millones de personas, produce más de 5000 tipos de productos a base de madera, y genera un valor agregado bruto de poco más de USD 600 000 millones (dólares estadounidenses) —casi un 1 % del producto interno bruto mundial— cada año.
Tres ejemplos de proyectos recientes o en curso que son respaldados por el Banco Mundial ayudan a demostrar por qué el financiamiento para el uso sostenible de los recursos forestales y los esfuerzos en favor del desarrollo con bajas emisiones de carbono son más importantes que nunca para el futuro de los bosques, y para crear resiliencia frente al cambio climático y mejorar los medios de subsistencia.
Etiopía
El Programa de Paisajes Forestales de Oromia (i) ayuda a mejorar el uso del suelo y reducir las tendencias de deforestación en este estado, que tiene una población de 30 millones de habitantes. En Etiopía y en Oromia, en particular, los bosques se siguen reduciendo principalmente por la demanda de tierras de cultivo y de leña. Entre 2000 y 2013, la pérdida de bosques en el estado ascendió a cerca de 400 000 hectáreas. La iniciativa de Oromia asciende potencialmente a USD 68 millones, que son aportados por la Iniciativa sobre Paisajes Forestales Sostenibles del Fondo del Biocarbono (con el apoyo de Noruega, Estados Unidos y el Reino Unido). Un acuerdo de adquisición de créditos de reducción de emisiones que podría alcanzar un monto de USD 50 millones y abarcar 28 millones de hectáreas —una jurisdicción del tamaño de Italia— se combinará con una donación inicial de USD 18 millones para fortalecer un entorno propicio e inversiones en el terreno. Las actividades de ejecución, como la planificación local del uso de la tierra, en virtud de la cual las comunidades podrán identificar y acordar conservar las áreas forestales (particularmente en el límite entre las tierras de cultivo y los bosques), ayudarán a sentar las bases para que a medida que avance el programa los sectores, las partes interesadas y el financiamiento se movilicen en pro de un uso sostenible de la tierra.
De cara al futuro, el programa constituirá el marco general y la plataforma de coordinación del estado para el trabajo de múltiples asociados en todos los paisajes forestales de Oromia. El programa a largo plazo ayudará a transformar la manera de gestionar estos paisajes para reducir la pobreza, crear medios de subsistencia con capacidad de adaptación y mitigar el cambio climático.
Viet Nam
En Viet Nam —donde unos 25 millones de personas dependen de los bosques para su subsistencia— el Proyecto de desarrollo del sector forestal que respalda el Banco Mundial (FSDP, por sus siglas en inglés) (i) está adoptando un enfoque único sobre la sostenibilidad y la conservación de la biodiversidad, centrándose en el uso eficiente de los suelos degradados, así como en una mejor tenencia de la tierra. Más de 43 000 familias recibieron micropréstamos de bajo interés y apoyo técnico para desarrollar sus propias plantaciones forestales. Casi el 75 % de estas tierras plantadas cumplió con los estándares internacionales de sostenibilidad, mientras que los hogares que completaron el proceso de certificación internacional de gestión forestal obtuvieron sobreprecios del 20 % al 30 % por su madera (en comparación con los no certificados). Esta ganancia extra ha ayudado a las familias a pagar sus préstamos y realizar inversiones en educación y otras necesidades. El FSDP también reforzó las regulaciones y la capacidad para proteger la biodiversidad en bosques destinados a usos especiales, incluyendo varias áreas que son reconocidas internacionalmente por su importancia ecológica.
Kazajstán
En Kazajstán se desarrolla otro proyecto del Banco Mundial, cuyo objetivo es abordar los desafíos de la gestión forestal. Allí los bosques no solo representan una fuente importante de empleo permanente y estacional para muchas comunidades, sino que también son muy valorados por los habitantes ya que sirven como fuentes de leña, pueden ser usados como áreas de pastoreo de ganado, y en ellos se pueden realizar actividades de apicultura, recolección de bayas y setas, y recreación. Sin embargo, el acceso de la comunidad a los bosques ha sido limitado en ciertas áreas, en un esfuerzo por combatir la tala ilegal y los incendios forestales, que plantean un desafío especial debido al clima seco de Kazajstán. Al mismo tiempo, el país necesita una mayor capacidad nacional y local para responder a los incendios y otros riesgos.
El Proyecto de Protección Forestal y Reforestación, (i) que recibe financiamiento del Banco Mundial por un monto de USD 30 millones y del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM) por un monto de USD 5 millones, se centra en métodos de administración participativa para mejorar la gestión ambiental de casi 1 millón de hectáreas, incluyendo 46 000 hectáreas de pino en que se han vuelto a plantar en los bosques de Irtysh. Un mayor conocimiento de técnicas modernas de cultivo ha reducido de manera significativa el gasto gubernamental en los costos de las plantaciones. Además, camiones nuevos y sistemas modernos de información de detección de incendios han mejorado considerablemente la cobertura y el tiempo de respuesta a los siniestros forestales. El proyecto tiene también valiosos impactos en el cambio climático, ya que el valor de las emisiones de gases de efecto invernadero mitigadas alcanzará unos USD 306 millones en un periodo de 20 años.
Si bien el artículo ya tiene unos años y los valores económicos pueden estar desactualizados, preferí dejarlo tal cual, de modo tal que se visualicen los impactos adicionales de políticas de forestación. Dejemos de lado por favor, los conceptos que parecen de promoción de este banco, los cuales, pienso que no nos tienen que tapar los otros postulados poderosos que aquí se vierten.
Debemos sin duda continuar con la política de recomponer nuestro clima de la mano de los árboles, que son un sumidero esencial de los gases de efecto invernadero. Por supuesto que son necesarias otras acciones complementarias, pero la idea hoy era recuperar la conciencia sobre la importancia de los árboles para torcer el rumbo del calentamiento global.
Está muy bueno declamar: !Plantar un árbol hace la diferencia!