Las mañanas luminosas lo inspiraban. Los rayos de sol que se filtraban por la cortina creaban una atmósfera única, recreando ese cuadro que conservaba grabado en su memoria, aquel que mostraba a un viejo escritor, sentado en ese pequeño escritorio de madera con su pluma levantada, apenas unos centímetros encima del papel, mientras el tintero se situaba expectante en un segundo plano. Esa pintura al óleo que había visto de niño, durante una salida al museo con su padre, en una de esas tantas ocasiones en las que había disfrutado de la compañía su papá, lo había marcado para siempre, definiendo quien quería ser o mejor dicho a qué se quería dedicar.
Más allá de su vocación por las letras, la sensación de soledad que transmitía ese hombre maduro del cuadro, sería otra característica compartida con él. Sus relativos éxitos como escritor, contrastaban nítidamente con sus rotundos fracasos amorosos y familiares. Fruto de su único matrimonio, tuvo dos hijos varones, con los cuales fue relacionándose cada vez menos, una vez alejado de la casa familiar. Algunos mensajes cada tanto, y los reproches de su ex esposa que le reclamaba mayor acercamiento, se podría decir que constituían su esforzado entorno familiar. Su segunda relación amorosa, unos años después de la rotura definitiva de su matrimonio, duró el tiempo que tardó su nueva enamorada en percatarse, de que por más que ella lo intentará él jamás sería un tipo convencional y apto para un compromiso duradero.
Su aislado y ferviente amor real era su afición por la escritura, por los personajes que creaba y por los laberintos con difícil salida que ideaba en torno a ellos. Las historias que tejía eran madejas enmarañadas, donde al final nada era lo que parecía. Los críticos de su obra, rescataban ese don que poseía por terminar confundiendo a casi todos, incluyendo tantos vericuetos en la trama, que hacían que sus narraciones fueran impredecibles y dignas de contar con una brújula para seguirlas. Habiendo incursionado en varios géneros, la ciencia ficción era lo que mejor producía, paradójicamente gracias a su excelso conocimiento histórico. Los comportamientos humanos se repetían sin cesar, independientemente del avance tecnológico y digital, por lo que la traición, la obediencia, la fidelidad, el amor, el odio, la misericordia, la bondad, la maldad, la egolatría, el bien común, y tantos más, no perdían nunca el atractivo ni la fuerza como esqueletos centrales de su narrativa.
La exquisitez de sus tramas conservaba en vilo a sus lectores, los cuales no podían identificar con claridad quienes eran los buenos, los malos y los no tanto. El comportamiento polivalente de sus personajes, era casi una copia natural de la vida misma, por lo que aquellos que eran lectores asiduos de sus obras literarias, se sentían parte del argumento y los enredos provocados. Eso le había traído algunos inconvenientes, desde el inicio mismo de sus publicaciones, por lo que optó rápidamente en escribir bajo el seudónimo de Allan Dillinger. El primer nombre lo adoptó desde la profunda admiración que sentía por el famoso escritor Edgar Allan Poe, el segundo le sonó artísticamente deseable, así lo vendía cuando le preguntaban, pero él en el fondo sabía que se debía a su fascinación por el famoso ladrón de bancos John Dillinger. En la intimidad, él se había prometido que, si existiera otra vida más allá de esta, se transformaría en un descabellado ladrón de bancos, a los cuales odiaba con todas sus fuerzas, ya que no le permitían abrir cuentas bajo la titularidad de seudónimos de personas.
Los lectores le escribían posteos amenazadores a su falsa cuenta, ya que no era ni personal, ni de su alias, cuando en teoría la mejor persona de la trama, asesinaba sin miramientos a su madre, cuando se enteraba que la misma no era sino su tía, la cual se había hecho cargo de niño ante la muerte de su hermana. O cuando todo el dinero recaudado en una colecta de caridad, terminaba con el supuesto beneficiario (víctima de una enfermedad mortal incurable) en una isla caribeña con sus dos amantes, una de los cuales, había sido la ideóloga de tamaña estafa en complicidad con el resto. Estos eran algunos ejemplos, de tramas que se descarrilaban casi siempre al final, casi sin ton ni son, pero al amparo de la mente retorcida y del oscuro corazón de Allan. La más grande cantidad de reclamos, sucedió en ocasión de la publicación de su novela futurista “Ocaso de los mundos”, debido a que la rebelión de los genes luego de años de manipulación, nos había regresado al origen mismo, cuando nuestra apariencia era de primates evolucionados, los cuales habían dominado a la fuerza todos los mundos que habíamos conquistado, más allá de nuestro planeta, al cual por cierto habían destruido , luego de haber aniquilado a la especie humana de los sapiens. Si bien el argumento no era nada novedoso, lo que si despertaba una repulsión absoluta era que la evolución había eliminado por completo la diferenciación sexual, creando seres que no tenían ninguna distinción, ni criterios morales, ni preferencias sociales, religiosas o políticas, sino sólo eran movidos por una profunda inclinación por la violencia, y sin el amparo de ninguna ley.
Volviendo a esa mañana en particular, Allan estaba tratando de encontrar las ideas apropiadas para una versión moderna de Romeo y Julieta, pero más acorde con su estilo. Impaciente por dibujar una trama atractiva, quiso dejar de lado la noción profunda del amor que supera todos los obstáculos, para atarse a un concepto más revolucionario, por el cual la epopeya de amor entre los dos jóvenes era más bien, sólo una perfecta excusa para fingir la muerte de los dos supuestos enamorados, los cuales tenían como única finalidad unir todas sus riquezas y poder, y unos años después reaparecer para reclamar a fuego y sangre todo lo que por derecho era suyo, eliminando a todos los que osaran cruzarse en sus caminos. Deshonrando con cada frase a la afamada tragedia de William Shakespeare, no hacía más que convencerse de que cuanto más corrupta sea la trama, más gloria agregaría a su carrera. Yendo más o menos por la mitad del desarrollo, tuvo algo de sueño y se recostó en el sofá que disponía en su sala de escritura. Se durmió sin darse cuenta, y despertó unas horas después, sofocado por el desasosiego que producen las pesadillas.
Se sentó en su mesa, abrió el ordenador y se dispuso a continuar el relato desde donde lo había dejado. Su sorpresa fue mayúscula, cuando al releer algo de lo que había escrito, cayó en la cuenta de que toda la urdimbre había sido radicalmente cambiada, siendo mucho más parecida o casi idéntica a la idea original del genial autor de Romeo y Julieta. Ofuscado por haber perdido horas y horas de trabajo incesante, culpó a sus más acérrimos enemigos de haber contratado a un hacker para que se encargaran de torcer por completo su narrativa. Demoro un instante en decidirse a reescribir nuevamente la historia, tomando la precaución de guardarla en un dispositivo separado, el cual llevaría consigo a cada minuto. Ese día se hizo largo, ya que se había obsesionado con recuperar el tiempo, por lo que cerca de la medianoche terminó de reeditar completamente el texto y lo guardó en su disco, tal cual había urdido. En toda su vida, ni aún cuando estaba casado, sus hábitos habían sido los de una persona ordenada, por lo que se le ocurrió salir a la madrugada en búsqueda de un lugar de comida rápida, como para saciar el hambre y despejarse de sus tribulaciones. El texto editado se fue, volvió y se acostó con él, dentro del dispositivo de almacenamiento, por lo que se durmió plácidamente esta vez, sin temor a otras sorpresas.
Ese día continuó con el taller literario que daba todos los miércoles lo que lo mantuvo ocupado por varias horas. Ninguno de sus alumnos sabía quien era él en realidad, ya que se propuso desde siempre desligarse de todo tipo de vinculación entre su vida de escritor y su vida personal. Al atardecer encendió la televisión, para mirar las noticias, que eran una de sus fuentes de inspiración, cenó luego algo liviano, y para finalizar el día se propuso seguir escribiendo algunas líneas más. Encendió su ordenador, conectó el disco que aún conservaba entre sus ropas y abrió el archivo que almacenaba su nueva novela. Una mueca mezcla de asombro y de dolor se dibujó en su rostro, mientras su cuerpo se estremecía. No lo podía creer. La trama se había reeditado según los principios morales y rectores ideados por Shakespeare. Intentó corregir unas palabras, pero el teclado no seguía las específicas funciones por las cuales había sido diseñado. Sumamente contrariado, intentó usar otra computadora, pero el proceso se repitió tal cual. Echando maldiciones, borró el texto que no le respondía. Descansaría un poco, se tomaría las cosas con calma y lo intentaría quizás la semana siguiente una vez más, comenzando de cero.
Lamentablemente el alzamiento de las ideas y las palabras, lo perseguiría de ahí en más, sin que nuestro afamado escritor pudiera hacer algo para impedirlo. Por más que lo deseara, ya las palabras le eran ajenas e inmanejables, no pudiendo comunicar lo que él concebía en su mente. Las historias a contramano que tantas veces había desarrollado se habían vuelto en su contra, y los finales inesperados se habían comido finalmente a su seudónimo.
El escritor cayó en la absoluta indiferencia del público, ya que por mucho tiempo no pudo publicar ninguna obra. Los críticos se preguntaban si se había quedado sin ideas, ignorantes de la calamidad que afrontaba. Decidió cambiar, con el afán de desarrollar una literatura más clásica, pero eso le costaba horrores. Fue entrando en un ocaso literario, que sólo superaba cuando alguno de sus alumnos escribía algo que él consideraba digno de sus enseñanzas.
Por momentos se revelaba y lograba escribir algo que se asemejaba a su estilo original, pero por las noches manos invisibles volvían al texto más amoroso y humano. Jamás pudo entender quien o quienes, o qué fuerzas más poderosas lo tenían acorralado, sin poder expresarse, sumido en un destierro narrativo que no pudo superar.
Un día el escritor desapareció por completo. Sus hijos denunciaron la falta de contacto desde hacia varios meses. Sus vecinos del complejo donde vivía, hacía varios días que no le veían. La policía no encontró ningún cuerpo, ni pistas que indicarán donde podía encontrarse. Un año más tarde lo dieron por muerto, aunque los turistas que visitan la tumba de William Shakespeare en la iglesia de la Santísima Trinidad de Strafford, afirman que ni bien terminan de leer el epitafio, compuesto por el mismo escritor para su tumba, que reza:
Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito el que remueva mis huesos.
Aparece una figura por detrás con el rostro cubierto, que les pregunta si conocen un tal Allan Dillinger, que es un escritor contemporáneo que supera con creces al formidable William. Ante las caras de extrañeza de los consultados, el extraño personaje intenta darles unas hojas amarillas, ajadas, con un texto apenas legible, que él dice pertenecen a Allan y que les gustaría que leyeran.
Ante la negativa por recibirlas, él se aleja despacio, cojeando un poco, hasta desaparecer de la vista de todos. Nadie sabe cómo se llama, ni de donde viene, ni de qué vive, pero tampoco nadie hace nada por impedir sus reiteradas presencias y requisitorias a los visitantes.
La conspiración de las palabras llegó para quedarse.