En la semana escuché en un programa radial una consigna para compartir con los oyentes, la cual consistía en traer a la memoria los mejores recuerdos de la niñez. Podían estar vinculados a juegos, afectos, objetos o circunstancias que nos dejaron sus huellas marcadas, siendo depósitos emocionales de felicidad. Imágenes, olores, colores, texturas, sonidos, palabras, encuentros, que incluso aún hoy, nos venían de nuevo al cuerpo, o a cualquiera de nuestros sentidos, solos o combinados, produciéndonos sensaciones muy profundas, que se revivían en nuestros corazones y mentes. De esa manera la conductora describía la idea, la cual podía ser enviada de manera escrita para ser leída en el programa, pidiendo que la misma fuera escueta o resumida, de modo tal de poder compartir la mayor cantidad de mensajes posibles.
Los relatos de los oyentes no tuvieron desperdicio, abarcando una amplia gama de situaciones: la primera vez que tuve consciencia de un regalo, los cuentos de papá, la presencia de mamá en los abrazos al despertar por las mañanas, los olores que provenían de la cocina de los abuelos, mi primera bicicleta, las vacaciones en el mar o en las sierras, ese abrigo de color azul que me tejió la abuela, pasando por celebraciones de cumpleaños y fiestas especiales de Navidad.
En lo personal, ha medida que iba escuchando, iba incorporando al mismo tiempo mis propias añoranzas de la infancia, las cuales me afloraban por doquier: los chocolates que traía papá cuando volvía por la noche del trabajo, el olor de las camisas recién planchadas por mamá, algunas aventuras con amigos en la quinta familiar, la sonrisa de tío Marochi, sólo por citar algunas de las incontables que me salieron al encuentro, para apoderarse de todos mis sentidos.
En los relatos cada tanto aparecían recuerdos entrañables del cariño de maestras, episodios vividos en los colegios, y logros educativos de nuestra niñez y adolescencia. En muchas de esas pequeñas narraciones, se hacía referencia a la importancia del colegio primario y secundario para la formación de las personas, y como funcionan esos ámbitos no sólo como lugares esenciales para la educación, sino asimismo para la contención y mitigación de otros problemas que nos sacuden como sociedad. Se me vinieron a la mente tantos recuerdos hermosos, que rememoramos con los compañeros del primario, con los cuales volvimos después de mucho tiempo a tener contacto gracias a la tecnología y los grupos de WhatsApp.
La radio es una buena compañía cuando se viaja solo, por lo que, una vez acabado el programa, decidí permanecer en la misma sintonía radial. El programa que le siguió era más de actualidad y noticias de todo tipo. Una de las primeras que trajeron a la luz fue un informe del Observatorio de Argentinos por la Educación, la cual me resultó alarmante. Para evitar errar con números y que mi memoria me juegue una mala pasada, he buscado en las redes las noticias vinculadas con ese informe o con el tema en específico, de modo tal de tratar de ser los más concreto posible con la información. He elegido dos que me parecen relevantes para describir el fenómeno y sus consecuencias, aunque aclaro que pueden estar teñidos de visiones personales y políticas, siendo para mí lo importante la información que contienen más que las opiniones posiblemente sesgadas.
“En Argentina se perdió el foco de la educación, por el aumento de pobreza: en las escuelas están más ocupados en la asistencia”, manifestó Guillermina Tiramonti
Según la prueba nacional ERCE, 6 de cada 10 alumnos vulnerables no alcanzan el nivel mínimo de lectura en primaria. El informe, que publicó Infopico, indica que el nivel de aprendizaje de lectura de los alumnos se asocia con el nivel socioeconómico. A raíz de estos alarmantes datos, en “La Redacción” dialogamos con la especialista e investigadora Guillermina Tiramonti que nos dio más detalles de estas cifras.
La investigadora del ámbito educativo hizo referencia al informe y dijo que “duelen estos números porque son 6 de cada 10 chicos de sectores vulnerables y el promedio es de 4 de cada 10, si tomamos el conjunto de los sectores sociales”.
“Es evidente que la escuela primaria es ineficiente para transmitir a las nuevas generaciones el instrumental mínimo de la cultura que es la lectoescritura. Esto es una alerta muy fuerte para quienes gestionan el sistema educativo y para toda la sociedad”, sostuvo.
-¿Cuál es el impacto a largo plazo de las desigualdades educativas?
-Es enorme el impacto porque el 60 % de los chicos se quedan afuera de la posibilidad de desarrollar una vida en el mundo integrado. Es cierto que son niños que están en tercer grado y que tienen oportunidades, si es que desarrollamos políticas adecuadas, de superar esta deficiencia. Si un chico no sabe leer y escribir, de adulto no podrá integrarse a ningún trabajo.
Sobre el rol de las familias, la especialista sostuvo que “los chicos que vienen de familias educadas, donde se utiliza la lectoescritura, tienen mayor facilidad para incorporarse a la cultura letrada que propone la escuela y además, los padres pueden hacer mayor seguimiento de los chicos. En contraposición, los chicos más vulnerables, en general, vienen de familias poco escolarizadas y utilizan códigos lingüísticos muy elementales que no ayudan a los chicos y los padres tienen menor capacidad de acompañar”.
Tiramonti comparó los resultados brindados por la prueba ERCE con otros países: “dentro de la Argentina hay una brecha grande. Pero hay un dato que brinda el informe muy curioso: los chicos de los sectores sociales más altos de nuestro país, que generalmente van a escuelas privadas, tienen resultados educativos semejantes a los chicos de los sectores medios y medios-bajos de otros países como Brasil, México, Chile. O sea, que ni siquiera estamos formando adecuadamente una elite” “Un porcentaje alto sabe leer y escribir, pero no con resultados óptimos”.
¿Qué se puede aprender de esos países?:
“supongo que se puede estudiar que metodologías utilizan y de qué forma llegan a estos resultados. Debemos cuestionar las metodologías que usamos para enseñar a leer y escribir y el seguimiento que hacemos de los alumnos. En Argentina perdieron el foco en su función esencial, que es la de enseñanza-aprendizaje y están más preocupados por lo asistencial, que lógicamente tiene un sentido porque estamos aumentando permanentemente el número de nuestros pobres” “Hemos perdido el rumbo”, declaró.
Con respecto a la utilización de la tecnología en los chicos: “deberíamos hacer un uso pedagógico y productivo de los aparatos que tanto cautivan a los niños. Por ejemplo: los chicos participan de redes, se conectan con otros, entonces tenemos que incentivarlos a que intercambien información, idiomas, etc.
“Tenemos que pensar la educación a la luz de la realidad”.
“Tenemos que discutir seriamente las metodologías de aprendizaje que estamos usando y modificarlas. Además, debemos capacitar a los docentes en metodologías para la alfabetización”, detalló la investigadora.
Guillermina contó que forma parte de un organismo que se llama “Coalición por la Educación” y realizaron “una cartilla muy simple donde se marca que tienen que aprender los chicos en cada grado, de modo que los padres puedan hacer un seguimiento”.
El deterioro educativo, en cifras que duelen
Es doloroso el informe del Observatorio de Argentinos por la Educación, que da cuenta de que sólo 53% de los chicos que entran a la escuela termina el secundario de manera regular, y que sólo 16% lo hace de manera regular y con saberes sólidos. Del restante 47%, la mitad termina con mayor edad (ha repetido algún año) o abandona.
El informe espera que las cifras empeoren en los años venideros. El impacto de la forzosa virtualidad escolar sobre el ausentismo y el aprendizaje es hasta el momento un temor anecdótico que no tiene sustento numérico. Pero no se puede ser muy optimista respecto de esos números, a pesar de que testimonios directos de algunos directivos escolares dan cuenta de llamados de los ministerios para “aprobar a todos”. Parece ser que salir bien en la estadística cuenta más que impartir una buena formación para los políticos. La educación no está exenta de la tergiversación de valores que afecta a tantos ámbitos de nuestra vida diaria.
En 2006, cuando se sancionó la Ley de Educación Nacional, se estableció un piso de 6% del PBI como inversión anual de la Nación y las provincias en educación. Aunque, como ocurre con tantas otras leyes, la regla sólo se cumplió en 2015, Argentina ha venido gastando de manera consistente poco más de 5% del PBI en Educación durante la última década. En términos del PBI, Argentina gasta en educación tanto como varios países de la OCDE.
Los resultados, sin embargo, no son proporcionales al tamaño del gasto. Un informe de diciembre de 2021, elaborado por el Centro de Estudios de la Educación Argentina de la Universidad de Belgrano, dirigido por el exministro Alieto Guadagni, da cuenta cabal del deterioro de la educación argentina a lo largo de los años. Según este informe, el máximo nivel educativo alcanzado por la población de entre 25 y 64 años de edad, para el promedio de la OCDE, fue de 57% en nivel secundario y para 40% nivel terciario, en 2020. Para Argentina, las cifras fueron 36% y 35%. Inferiores, pero no dramáticas.
Cuando la comparación se hace para el rango de edad de 25 a 34 años, 32% completaron estudios secundarios y 40% terciarios en Argentina. Es decir, entre los más jóvenes se mantiene el porcentaje de alumnos con estudios terciarios completos, pero cae 4 puntos el porcentaje que completa el secundario. ¿Será que los rezagados están cada vez más rezagados? Si la educación es la mejor herramienta de igualación social, estamos desperdiciando tiempo y dinero.
Como corolario, las pruebas Pisa, Aprender y otras son concluyentes respecto de la calidad de los conocimientos con que los chicos concluyen su escolaridad. Nos hemos caído por el tobogán, y el informe del Observatorio Argentinos por la Educación lo ratifica en ese magro y lapidario 16% que concluye el secundario con dominio de la lengua escrita, comprensión adecuada de textos y pensamiento matemático. Si estos resultados no fueron planificados por una mente maléfica, son fruto de una brutal incapacidad de los estados, nacional y provinciales, para prestar este servicio esencial.
Lo cual nos lleva a una conclusión: no son recursos lo que faltan, sino usarlos bien. En las 24 jurisdicciones, aproximadamente el 80% del presupuesto va a salario de gestión estatal y 13% a salario de gestión privada. No queda dinero para formación docente, infraestructura o materiales pedagógicos, entre otras necesidades.
Que los chicos aprendan parece depender más de la insistencia de sus padres y de la vocación del docente que les toca en suerte que de los planes de estudio o la planificación de los respectivos ministerios de educación.
Repetimos como loros que Argentina tiene un enorme capital humano. Al ritmo que vamos, no está claro que tengamos más capital humano que otros países latinoamericanos. Estamos más cerca de ser una fuente de trabajo barato de baja calificación, que una usina de cerebros.
Revertir las cifras demandaría, al menos, un ciclo escolar completo. No parece muy complejo lograr enseñar, al cabo de 12 años, a los chicos a leer y comprender, a poder escribir ordenando sus ideas, y a tener un pensamiento lógico esencial. No sólo no lo estamos logrando, sino que cada año estamos más lejos de lograrlo. Como decíamos: si no es planificado, parece serlo.
He copiado de manera literal los informes periodísticos con el ánimo como ya dije de poner de manifiesto los números, dejando de lado juicios o prejuicios.
Números que duelen, números que necesitamos revertir, como una condición imprescindible para retomar el camino.
Para finalizar un pensamiento sobre la educación que pertenece a Nelson Mandela que nos revela su importancia.
“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”