Los dichos, refranes y sentencias que usamos cuando nos comunicamos o conversamos, tienen por lo común un origen antiguo e histórico, proviniendo de la tradición oral más que la escrita. Son simplificaciones que encierran juicios, prejuicios o mapas mentales originados social y culturalmente, que tienden a explicar por lo general comportamientos humanos o describir situaciones y probables desenlaces de las mismas, como por ejemplo cuando decimos “siempre que llovió paró” o “después de la tempestad viene la calma”. Encierran una cierta idea de sabiduría general, mezclada con conceptos arraigados por la propia la evolución social y cultural de una comunidad. Algunas son globales, pero otras son preponderantes en ciertas zonas geográficas, dependiendo de los sesgos propios de cada comunidad, y muchos encierran enseñanzas, moralejas o cuestiones éticas.
Las más viejas expresiones son reemplazadas por otras más novedosas pero que se edifican sobre los mismos postulados, aunque quizás la globalización las edifica con una visión más amplia, abarcando rápidamente los confines de todos los países. Más allá de eso cuando uno viaja por turismo, es común escuchar regionalismos para identificar objetos, comportamientos, situaciones o personas, los cuales también van mutando de generación en generación.
Po ejemplo, hace poco escuché algo que me pareció super gracioso, que es una mutación de: “a quien madruga Dios lo ayuda”, por “quien madruga centrifuga”, y eso es así en España (de donde proviene) por los precios más baratos de la energía eléctrica a horas tempranas, ya que a horas centrales las tarifas son exorbitantes.
Son como cápsulas del tiempo que “nos permiten conocer una sociedad que existió y que transmitió la sabiduría que adquirió por la experiencia del día a día”. De hecho, que muchos refranes hayan perdurado durante generaciones manifiesta y justifica su valor.
En otros casos, los refranes se adaptan a los tiempos, surgiendo así «paremias» (sinónimo de refrán) más “modernas” como “Dios los cría y ellos se contagian”, que retrata el contexto de la pandemia que vivimos desde 2020. Es un juego que se conoce como desautomatización y que responde a la alteración de un refrán existente para crear otro. Lo mismo ha ocurrido con otros como: “Nadie sabe lo que tiene hasta que ordena su cuarto”, “Ojos que no ven, gabardina que te roban”, “El que ríe el último no entendió el chiste” o “Haz mal y no mires a cuál”. Algunos de los cuales tienen una motivación más cómica que moralizante, dicho sea de paso.
Otras veces son estos mismos enunciados los que nos generan preconceptos o generalizaciones que nos anulan posibilidades, típico de “más vale pájaro en mano que cine volando”.
Metiéndonos de lleno en el mundo de la tecnología y la conectividad es posible encontrar sentencias que si bien tienen algún correlato en el pasado se han acomodado a los tiempos que corren, entre los cuales algunas resultan sencillamente brillantes:
“Dime quién te etiqueta y te diré quién eres”.
“Etiqueta bien y no mires quién”.
“Nunca digas esta aplicación no la descargaré”.
“A la cama no te irás sin mirar el móvil una vez más”.
“A lo hecho, foto”.
“Afortunado en el juego, desafortunado en notificaciones”.
“Instagram que no se ve, corazón que no siente”.
“Cada persona es dueña de sus silencios y esclavo de sus WhatsApps”.
“En Twitter cerrado no entran moscas”.
“El ebook no ocupa lugar”.
Así podríamos seguir largo tiempo compartiendo nuevos refranes que nos vinculan con nuestras ansiedades por estar hiperconectados.
Es probable asimismo que, si indagamos un poquito en nuestras vivencias de niños o no tanto, una gran mayoría de nosotros pueda recordar una o varios refranes que nos hayan dejado una marca indeleble, sentencias que nos resultaron propicias y nos impulsaron u otras que nos generaron miedo o actitudes francamente limitantes.
Una de ellas en particular me generó durante mucho tiempo una intriga especial, ya que era repetida sistemáticamente en las charlas de sobremesa en casa de Clementina, mi nona materna:
“Lo que se hereda no se hurta”.
Aplicado a personas y situaciones diferentes, el mismo conlleva connotaciones positivas o negativas dependiendo del contexto y de la intención de los interlocutores.
¿Qué hay de cierto y qué de falso en esta supuesta afirmación?
¿Es cierto, que la que nace barrigón es al ñudo que lo fajen?
Lo cierto es que cada uno de nosotros posee un ADN que es un mosaico genético de nuestros antepasados. Lo no tan cierto es que este mapa genético no es absolutamente determinante de todas nuestras conductas, habilidades y maneras de vivir. Aún hoy existe una amplia controversia entre hereditadismo y ambientalismo respecto de las posibilidades de desarrollo y crecimiento de las personas.
Miguel Zahonero Bermejo, que es Licenciado en Biología por la Universidad de Barcelona, nos trae algunos conceptos interesantes, que buscan equilibrar las dos visiones.
Genética y conducta: ¿los genes deciden cómo actuamos?
El cuerpo de los seres humano es el resultado de millones de años de evolución del material que encontramos en el núcleo de las células: el ADN. Los genes son las unidades de información que posee este material genético, y la traducción del código genético se expresa en características, ya sean físicas (el color de los ojos, el tipo de pelo o la forma de nariz) como psicológicas (la conducta o la personalidad).
¿Pero todo depende únicamente de los genes? Es decir, ¿somos lo que somos y nos comportamos tal y como lo hacemos porque nuestro ADN dice que seamos así? La respuesta es no. El ambiente que nos rodea tiene algo que decir al respecto. La naturaleza humana es muy complicada, pero cada día estamos más cerca de entenderla.
El comportamiento con base genética
El uso de gemelos para estudios ha sido una gran herramienta que los científicos llevan usando durante años para entender cómo los genes y el ambiente influyen de manera diferente a cada persona. La idea es fijarse en hasta qué punto es la crianza o los genes lo que sirve para predecir mejor las regularidades que se pueden encontrar en el desarrollo del organismo y el repertorio de conductas habituales.
La investigación con gemelos muestra grandes evidencias de cuándo y cómo los genes y el ambiente dan forma a la naturaleza humana. Algunos de ellos revelan que la importancia de los genes puede cambiar de forma drástica según la etapa de la vida en la que nos encontremos. La influencia genética tiende a incrementar con los años en muchas características, como se ha visto con el peso corporal.
En otro ámbito, la investigación con gemelos ha sido importante en el campo de la genética molecular. El más conocido es con el peso corporal. Gracias a esta clase de estudios, se ha podido identificar casi 100 variantes genéticas implicadas en la obesidad.
Pero el efecto de los genes no tiene por qué ceñirse solo a cómo se forma nuestro cuerpo; también explica cómo aparecen ciertas predisposiciones psicológicas. Por ejemplo, se cree que tomamos elecciones en busca de un ambiente que favorece nuestra predisposición a expresar fortalezas heredadas genéticamente. Un adolescente al que por genética se le da bien leer probablemente empiece a ir a una biblioteca en busca de más libros, allí se reunirá con gente que piensa similar a él y puede que comience a relacionarse con ellos.
Del mismo modo, el cociente intelectual es en buena parte heredable y es difícil modificarlo de manera significativa y sostenida a través de ejercicios y nuevos aprendizajes.
El miedo al determinismo genético
Los estudios con gemelos son una gran oportunidad de entender cuándo el ambiente tiene más fuerza sobre nosotros y cuándo el comportamiento es más fácil de moldear.
Sin embargo, en el ámbito de la psicología y de las ciencias cognitivas, se han visto envueltos en la controversia. Los críticos de la investigación con gemelos cuestionan que las características psicológicas, tales como la salud mental, tengan una fuerte base genética. Esto se debe en parte a un miedo a la idea de que todo aquello que pensamos, sentimos y hacemos sea poco más que la consecuencia de genes haciendo su trabajo y condenándonos a una vida que no podemos cambiar.
Los genes no lo son todo
La influencia que la genética tiene sobre características humanas suele malinterpretarse. Es erróneo asumir que una conducta que tiene una fuerte influencia genética debe ser innata por obligación. Los genes no son todo; un gen se expresará dependiendo del ambiente, es decir, que puede mostrar sus efectos o directamente no tener ninguno, según en el entorno en el que vivimos.
Con un ejemplo quedará más claro. Hay personas que tienen predisposición a padecer cáncer de pulmón por su genética. A menos que fumen o respiren constantemente humo de tabaco, es muy probable que no desarrollen la enfermedad. Y esto mismo se está viendo con el comportamiento. La conducta se obtiene como una respuesta a una señal ambiental.
Aunque algunas formas de comportamiento tienen una base genética, esto no implica que esta predisposición vaya a hacer que nuestro cerebro quede diseñado de forma que manifestemos estas conductas independientemente del modo en el que interactuemos con el entorno. Si bien nuestro ADN no pueda ser modificado a través de experiencias y aprendizajes, la expresión o no de sus genes depende en gran parte de las condiciones ambientales en las que vivimos. Por ejemplo, estudios en relación con la esquizofrenia (una enfermedad mental con un componente fuertemente heredable a través de los genes) demuestran que la expresión de la enfermedad es mayor cuando se vive en un contexto que produce estrés.
¿Conocer la base genética implica peligro?
Uno de los temores generados a partir de estos trabajos es que, al reconocer que el comportamiento tiene base genética, la gente dejará de ser igual de responsable a la hora de comprometerse con comportamientos saludables y con la educación de sus hijos.
Sin embargo, conocer la propia predisposición a sufrir una enfermedad mental o de otro tipo no tiene por qué conllevar a una pérdida de interés en la mejora de salud, al contrario, se gana un compromiso y motivación para cambiar su comportamiento y hábitos.
En un reportaje que le hicieron a Eric Turkheimer presidente de la Agencia de Genética Humana (GHA), agencia creada con la finalidad de investigar desde una óptica equilibrada las visiones hereditarias y ambientalistas de nuestro comportamiento, es posible rescatar estos conceptos:
¿Cuánto hay de hereditario en nuestro comportamiento?
Al igual que todos los demás animales, los seres humanos heredan el ADN de sus padres, y esa herencia genética influye en todo lo que nos rodea, incluidos nuestro comportamiento, carácter y valores. Sin embargo, a diferencia de otros animales, los humanos establecen metas y aspiraciones, y se esfuerzan por inculcar un comportamiento virtuoso en sus hijos.
Otra gran diferencia con el resto de los animales es que los humanos son conscientes de su herencia genética y pueden mejorarla a través del ejercicio de su libre albedrío. La ciencia definida por esta paradoja se llama genética conductual y abarca algunas de las Grandes Preguntas sobre la naturaleza humana.
¿Por qué consideran que es importante incluir la visión de la filosofía?
El genoma humano ha sido secuenciado y el conocimiento de la genética a nivel biológico está avanzando a una velocidad vertiginosa, pero la tecnología genómica ha superado nuestra capacidad de darle sentido, aquí es donde entra la filosofía.
Si las diferencias en la capacidad cognitiva están relacionadas con los genes, ¿no sirve de nada los esfuerzos para mejorar el funcionamiento humano o para suavizar las desigualdades en las oportunidades? Si las diferencias en la capacidad de desarrollarse como personas están relacionadas con la genética, ¿no «tenemos opción» sobre nuestra capacidad para la virtud o la felicidad personal?
¿En qué estamos determinados por nuestra genética?
Quedan aún grandes misterios en la genética contemporánea. Desde antes del descubrimiento del ADN ya sabíamos que los genes tienen un rol muy importante en cómo somos y en cómo nos comportamos los humanos. Eso fue gracias a los estudios que se realizaron en gemelos y familias.
Por ejemplo, en algunas enfermedades que impactan en la conducta, como la esquizofrenia. Pero también en diferencias personales como la inteligencia, la personalidad, y aspectos por el estilo.
¿Cuánto los ayudó en estas investigaciones la mejor compresión del ADN?
Fue algo que siempre se supo que se iba a conocer mejor. Incluso antes de que el proyecto del genoma humano fuera completado, los científicos sabíamos que íbamos a poder contar con un mapa de lo que somos. Pero en algo nos equivocábamos con nuestras expectativas: creíamos que íbamos a poder encontrar un gen de la esquizofrenia, un gen de la inteligencia humana, un gen de la personalidad; pero no fue así.
Para sorpresa de todos, todo terminó siendo mucho más difícil de lo que creíamos. En muchos sentidos, no existe un gen de la esquizofrenia o un gen de la inteligencia, sino que la influencia genética sobre esos aspectos está diseminada en cientos o en miles de genes. Cada gen tiene un impacto minúsculo sobre esos aspectos, así que sería casi imposible caracterizarlo biológicamente.
Ese descubrimiento llevó a que muchas investigaciones empíricas se pregunten ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo analizamos ahora? Y, por otro lado, a que muchos trabajos filosóficos busquen comprender qué significa sostener que los genes tienen influencia sobre aspectos como la inteligencia humana -aunque no pudieron identificar a ningún gen responsable de hacer que alguien sea inteligente o no.
La genética conductual terminó siendo mucho más compleja e inasible de lo que pensábamos. En el mismo sentido, los filósofos de la ciencia han tenido que repensar sus nociones. Creo que ese es el aspecto más trascendente en el que se está trabajando ahora.
La vieja sentencia que escuchaba de niño no tiene una interpretación sencilla ni aún con todos los avances de la ciencia genética y las investigaciones ambientales del comportamiento humano. Aun seguimos teniendo aspectos desconocidos y difíciles de predecir con exactitud.
Para culminar un último refrán recién sacado de la era digital:
“Más vale prevenir que formatear”.