¡Hermógenes, escritor a pedido!

Siendo niño sufrió en carne viva la falta de amor. Sin conocer padre y madre fue criado por dos supuestos abuelos, que muchas veces sólo servían para castigarlo y humillarlo. Hermógenes, tal era su nombre, jamás renegó de su suerte. Al menos, tuvo la dicha de culminar sus estudios primarios, sin sobresalir, pero poniendo todo el empeño del mundo. Las maestras lo adoraban, porque era ciertamente encantador, una especie de niño demasiado grandote para su edad. Mirta, la maestra de último grado se propuso desarrollar alguna faceta en él, que lo ayudara a sobrevivir, a sabiendas que quizás sería harto difícil que pudiera continuar con sus estudios secundarios.

«Los ángeles a veces bajan del cielo y se corporizan en seres de carne y hueso», eso pensaba Hermógenes, mientras Mirta le dedicaba todo el tiempo necesario para que él aprendiera a expresarse mejor y pudiera finalmente escribir. Lo cierto es que a este niño grandulón le costaba horrores aprender lengua y mucho más las matemáticas. Mirta, tenía una habilidad especial para detectar en sus alumnos tanto fortalezas como debilidades, a lo que sumaba que sentía profundamente su vocación, y amaba a los niños como ninguna otra maestra. Es por ello, que rápidamente detectó en Hermógenes una enorme sensibilidad, que estaba allí oculta, sin poder salir, producto de las limitaciones de su querido niño. Esta fue la razón por lo que decidió que Hermógenes tenía que aprender a escribir, para que a través de ese mecanismo pudiera soltar la riqueza que había en su interior, pletórico de sentimientos amigables, bondadosos y tiernos.

El proceso por el cual Hermo, diminutivo con el cual Mirta lo empezaría a llamar, y el cual a la postre le serviría como seudónimo para escribir, llegaria a ser un aprendiz de escritor, incluyó actividades programáticas tales como lectura compartida, interpretación de textos, ortografía, caligrafía, sintaxis y redacción de cuentos cortos y poemas, todo en grado creciente. Tal era el compromiso mutuo de ambos, cimentado en una magnífica relación afectiva, que Hermo se fue transformando a lo largo de un año en un incipiente y prolífico escritor, cuyas creaciones literarias tenían el sello distintivo y el perfume de las flores que nacen en el desierto. Hermógenes Orígenes, como sus compañeritos del colegio lo llamaban a modo de burla, se había convertido en una especie de ratón de biblioteca ya que sumaba y sumaba volúmenes de lectura, de géneros de los más diversos, agregándole fluidez y cada vez mayor precisión y amplitud a sus escritos.

Mirta estaba muy orgullosa del logro de su protegido, al cual le encomendaron por ejemplo la redacción y escritura de uno de los discursos de cierre del año lectivo, el último que vería a Hermógenes en sus aulas. Atrás habían quedado esas épocas difíciles cuando el niño llegaba algunas veces triste, luego de haber recibido alguna paliza de su abuelo. Mirta sabía que su Hermo se sobrepondría a todo como siempre, poniendo su mejor cara, trabajando incansablemente para acariciar a alguien con sus letras. El tropel de emociones que habitaban dormidas dando vueltas en su corazón y su cuerpo, fluían y daban belleza a sus textos, los que nunca carecían de su sesgo personal y una cuota de mínima sabiduría.

Hermógenes descubrió las ventajas del amor, por sobre todas las cosas y otras emociones menos reconfortantes. Ese talismán en crudo se dejó tallar por el cariño y el sacrificio denodado de su maestra, pasando por alto su vida si se quiere aciaga y tormentosa. Se ganó el respeto de sus compañeros, los cuales tantas veces lo habían tratado de torpe y poco inteligente. Se hablaba a si mismo, para no caer en la tentación de sentirse importante, sino sólo para enfocarse en el que sería su propósito en la vida, colaborar con quien lo necesitará con lo único que sabía hacer relativamente bien: «escribir».

Ya de adolescente Hermógenes comprendió que no viviría de sus escritos, por lo que aprendió rápidamente el oficio de albañil, con el cual se ganaría la vida, ya que el cielo se lo ganaría con lo que él decía que le daba sentido a su vida. Como albañil se defendía bastante bien. Uno de sus primeros trabajos fue revocar y pintar un muro de la casa de su adorada maestra Mirta, a la cual por supuesto no le cobró las refacciones. Era laborioso y cumplidor por lo que prontamente se hizo una aceptable reputación dentro del oficio, ya que por lo general lo que hacía era bueno , a tiempo y sin malgastar materiales. Honesto por demás, dejarlo sólo en una casa para trabajar era una irrefutable certeza. Por decisión propia no se dedicaba a grandes obras, como construir una casa entera, sino más bien a tareas en las cuales pudiera trabajar en soledad, mientras iba imaginando y degustando sus escritos. Su gran ambición era la escritura, y las refacciones y obras pequeñas su medio de subsistencia, un principio que respetaría por siempre.

Así como le llegaban pedidos para oficiar de albañil o pintor, casi en igual cantidad le llegaban solicitudes de vecinos y otras personas no tan cercanas, para que les escribiera en papel y a mano, desde cartas formales, hasta misivas de amor, o pedidos a Papa Noel. Todos los requerimientos eran atendidos con la misma calidad y dedicación, tratara de lo que se tratase. Hermógenes, el albañil o Hermo el escritor, tenía la inmensa virtud de haber aprendido a ponerse los zapatos del otro, hecho que tiempo después él descubriría que se llama empatía. Por lo que, si lo que le pedían era importante para el otro, porque no iba a ser importante para él. Su límite, aclarado desde el vamos por él, era la violencia o cualquier demostración parecida, por lo que eludía con elegancia las situaciones problemáticas, conflictivas, de amenazas, o de deudas. Inteligentemente pensaba que para eso estaban los abogados, quien era él para andar transmitiendo preocupaciones y gestionando entuertos. En las cartas de amor, se aseguraba de que nunca hubiera un tercero o tercera en discordia, y era especialmente efectivo en el galanteo simple y llano. La percepción de segundas intenciones en principio no era bien acogida por nuestro literato, el cual las cuestionaba para dar claridad y propósito a su texto. Los escritos enmarañados y viciados de imágenes o ideas subyacentes, no eran de su preferencia, por lo que los soslayaba con extremada pericia. Adornar, ribetear, engalanar un texto era algo muy distinto y parte de su arte y devoción, empleando adjetivos y descripciones complementarias, tantas como pudiera. Dios le había dado la posibilidad de expresarse, por lo que el trataría por todos sus medios de que su redacción y los contenidos fueran lo mejor que su capacidad pudiera crear.

Cuando le preguntaron después de muchos años cuál era el secreto del éxito al escribir una carta de amor, él se limitaba a responder: «depende que tipo de amor, usted no se olvide que hay tantos amores y variedades como humanos hay en la tierra». Más allá de eso, él siempre recomendaba a las personas la sinceridad antes que el halago y el ofrecimiento de una vida conjunta y de respeto, más que la ostentación o vanas promesas. La única condición para escribir una misiva de amor era que le dijeran al menos una virtud y un defecto de la otra persona. Cuando el requirente se deshacía en halagos, sin encontrar defectos en el otro, por lo general les decía con absoluta franqueza: «mire, yo no soy quién para juzgar, pero me parece que usted admira a esa persona, pero no la ama, piénselo un poquito, total después puede volver». En el caso de que sólo las virtudes fueran físicas, no accedía al pedido por falta de información real acerca de la otra persona, mientras que en el caso de percibir algo de despecho en lo que decían o de rechazo previo, por lo general les recomendaba el olvido, ya que era según sus propias palabras, terreno poco propicio para que nazcan los frutos del amor.

Hermo, aquel niño descuidado por casi todos, menos para su protectora, adquirió sin desearlo ni proponérselo, una merecida fama de escritor a pedido, que no le significaba ningún ingreso, sino sólo la satisfacción de sentirse útil para sí mismo y para los demás. Su afición por la escritura era tal que no podía eludir su vocación, ni siquiera cuando redactaba sus presupuestos. Era común que los redactara casi en forma de cuentos tales como:

Estimado Mario:

En ocasión de nuestro encuentro, acaecido por la mañana del viernes 3 del presente mes, el cual me resultó muy reconfortante, por cierto, he evaluado una por una todas las tareas que Usted me ha requerido, llegando al siguiente detalle que con gusto paso a describir:

  1. Levantar muro de 1 x 1 con ladrillo común, para divisorio de cocina y lavadero, revoque, mano de obra, pintura y materiales (ya conversados) incluidos: $ 25.000
  2. Arreglo de cielorraso, en living-comedor, mano de obra, materiales (ya conversados) y pintura incluidos: $ 35.000
  3. Recambio de grifería de baño principal, mano de obra y materiales (ya conversados) incluidos: $ 45.000

Plazo de ejecución: 3 días corridos, pudiendo comenzar el día 12 de febrero por la mañana temprano.

Forma de pago: anticipo del 50 % para compra de materiales, 30 % al finalizar la obra, y 20 % a la semana de concluido, que Usted puede considerar como garantía por mi trabajo. La conformidad suya por mis labores, será suficiente para que Usted decida pagarme este último porcentaje.

Aprovecho esta opoertunidad para aclarar algunos aspectos sobre mi trabajo y el ambiente que necesito para desarrollarlo en tiempo y forma.

  1. Me gusta la música clásica, por lo que agradeceré si me permite escuchar en mi pequeño equipo ese tipo de música a bajo volumen mientras trabajo.
  2. Como hago horario continuado si Usted me ofrece un plato de comida y agua de beber durante la hora del almuerzo, no sólo se lo agradeceré sino que le efectuaré un descuento del 3 % del monto total de la obra.
  3. Como me gusta por demás charlar y eso me distrae bastante, le recomiendo que Usted y su familia lo evite en lo posible. En caso de que Usted lo considere propicio prefiero tomar un té a media mañana y otro a la siesta, a que me ceben mates, ya que eso me desconcentra y me produce muchas ganas de charlar.

Más allá de que mi precio, condiciones y tiempo estipulado de trabajo le resulte adecuado y sirva para que podamos concretar este acuerdo, le agradezco infinitamente esta posibilidad y le deseo un gran comienzo de semana.

Nota al pie: Tuve la inmensa fortuna de leer algunas partes de la carta que estaba pegada en la heladera. Interpreto que es de uno de sus hijos en ocasión del día del padre. Dígale a su hijo de mi parte, que lo poco que pude leer me gusto mucho. Mil disculpas por el atrevimiento de la lectura y este comentario, pero como ferviente devoto de la escritura, no podía dejar pasarlo. Espero no le moleste.

Nuevamente gracias

Hermógenes.

Presupuestos como este generaron algo de sorpresa al principio, pero luego formaron parte de su oficio, a tal punto que muchas personas sólo lo llamaban para quedarse con un texto de este tipo, siempre distintos entre sí, y plagados de apostillas y notas al pie.

Los que lo conocían más en detalle, afirmaban que no había formado su propia familia. Cuando era preguntado respecto de su situación relacional o de familia, casi siempre respondía que no tenía tiempo para disponer de una, hecho que parece no le producía tristeza o desánimo, como si lo afectaba por ejemplo, cuando a alguien no le gustaba como había resuelto su pedido literario.

Hermo, discurrió la vida entre fratachos, pinceles, lápices y biromes, sin tocar nunca con sus manos la tecnología o los medios sociales. Su congruencia era su mejor carta de presentación, que se difundía de boca en boca, de barrio a barrio, de vecino a vecino. Era más amigo de los amaneceres que de los ocasos, por lo que su musa inspiradora lo visitaba muy temprano y lo iba abandonando para desaparecer cuando el sol se pone. Sus rutinas y hábitos era su verdadera fortaleza, en las cuales fuera también entrenado por Mirta su mentora.

En la plenitud de su vida, pudo mantenerse gracias  a su habilidad de albañil, la cual conservó hasta una edad bastante avanzada. Cuando sus fuerzas menguaron, nunca le faltó nada (que no era mucho) para subsistir, gracias a la numerosa cantidad de amigos, conocidos y admiradores. Continúo con su arte hasta donde pudo, conservando esa magia que lo hacía un ser único. Un día, cuando el sol aparecía tímidamente por el horizonte se acabó su luz. Quizás empezaría a brillar en otra dimensión, vaya uno a saber. Buscaron entre sus pertenencias para encontrar alguna frase escrita, que se correspondiera con su lápida, pero tal era su humildad y falta de egoísmo que no la había preparado. Uno de sus vecinos más cercanos, el que lo había asistido asiduamente en su última etapa, improvisó un texto que rezaba:

“Aquí yace Hermógenes (Hermo) el único hombre que rompía muros con sus palabras y transpiraba letras con cada pared que levantaba”.

Las historias son según quien las ve, pero la coincidencias y desavenencias de las vistas las hace muy poderosas.

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