¡El escritor en su laberinto!

Nuestros proyectos personales se semejan a los viajes en barco: contienen anclas, velas , recursos y herramientas (timón y brújula), los cuales se articulan a los fines de arribar a algún norte planeado. Los barcos necesitan el ancla y la vela para sortear con éxito su recorrido en el mar. Un capitán sabrá con el paso del tiempo interpretar las señales con mayor maestría, de modo tal de soltar anclas para quedarse a la espera de mejores condiciones o levar anclas para echarse a nuevamente a navegar. Las velas aprovechan la potencia del viento, para acercarnos a nuestro norte prefijado. Mientras que el ancla nos permite detenernos, para equilibrar nuestros momentos de ansiedad y sosiego.

«Desde una visión puramente personal, nosotros hemos sido creados como barcos, por lo que necesitamos ponernos en marcha, ya que nuestra vida carecería de sentido sin acción, de la misma manera que un navío carecería de propósito si una vez construido, permanece en el puerto sin nunca partir.» Desde un punto de vista antagónico, no podemos estar en permanente movimiento, pues nuestra energía o nuestros recursos, tanto como los de un barco, se acabarían inexorablemente, sin lograr finalmente arribar al puerto deseado.

Toda vez prefijado el destino, equiparable a algún propósito personal, trazamos un plan de navegación, que tendrá en cuenta el viento (nuestra actitud) y las provisiones (nuestras capacidades y habilidades, que podríamos llamar nuestros recursos), de modo tal que equilibrando con nuestras anclas (poner conciencia de las situaciones) los momentos de accionar y detenernos, avanzamos gracias al timón (que son nuestros valores) en busca de llegar a nuestro puerto de destino, el cual siempre distinguimos por la marcación de nuestra brújula. Todo plan u hoja de ruta es por tanto la visión más probable, que de acuerdo a nuestro leal saber y entender, nos depositará en nuestro objetivo.

Cuando tenemos la ventura (un poquito de suerte nunca viene nada mal) de lograr nuestro cometido luego de tantas horas de recorrido, si nos detenemos a evaluar los desvíos respecto de nuestro plan original, es muy probable que el trayecto casi lineal que trazaron nuestras mentes, se haya transformado en un recorrido semejante a un laberinto, con errores de cálculo , estados de ánimos positivos o negativos que retrasaron o aceleraron nuestra marcha, escasez de algunos recursos, impericias a la hora de soltar o levar anclas. Mi segunda opinión personal, creo que quizás compartida por muchos, es que lo importante es mantenernos activos en el camino, asumiendo y perdonando nuestras derivas, que son tan nuestras, como humanas y valiosas.

Los momentos en los cuales soltamos nuestras anclas, son de una inacción relativa, ya que muchas veces nos sirven para recalcular el recorrido, en función de los recursos disponibles, los resultados parciales esperados, y nos brindan la posibilidad de darnos cuenta si es que no tenemos que cambiar nuestro norte, haciéndolo más lejano o más cercano, más o menos asequible o incluso eligiendo otro, por qué no.

La complejidad de nuestras derivas, y al mismo la riqueza de vivir con pasión los recorridos, adquiere una dimensión única, cuando nuestro plan de navegación es compartido con otros en un mismo barco. El condimento es que cada uno de los tripulantes, aun sosteniendo el mismo propósito final, y validando el plan común, presenta sus propias interpretaciones y visiones respecto de lo que va sucediendo en el trayecto. En ese recorrido compartido que puede ser un matrimonio, el trabajo en una empresa, u otro proyecto que nos vincule con otras personas, aparece una red de relaciones tejida en torno a conversaciones de posibilidad o de no posibilidad, e historias salpicadas por nuestros paradigmas y visiones más arraigadas. La fortaleza de hacer un viaje siendo parte de un equipo con una visión común es que nuestros estados de ánimos pueden ser amortiguados, del mismo modo que nuestra ansiedad por avanzar o nuestra tendencia a la inacción.

Volviendo a un plano más íntimo como para acercarnos más ciertamente al título de mi blog de hoy, vale decir a la esfera de recorridos si se quiere más personales, puedo afirmarles con casi absoluta certeza, que en mi propósito declarado hace ya unos siete años, de escribir un blog semanal con divulgación los días domingos, he estado tantas veces en situaciones muy próximas a un laberinto sin salida que ya casi he olvidado la cuenta.

Este aprendiz de escritor se ha encontrado perdido, indeciso o con falta de ganas de escribir, durante varios fines de semana y por varias cuestiones

  • ¿Qué tema desarrollo?
  • O peor aún, ¿No es repetido el contenido de mi blog?
  • El escrito: ¿tiene que significar algo para mí o para el que lo lee?
  • ¿Acaso tengo obligación de escribir todos los fines de semana?

¿Como he sorteado las dificultades para seguir con mi barco en la mar?

  • Cambiando las preguntas por otras que me sumen posibilidades de seguir.
  • Dándome cuenta que por más que sea un proyecto personal, desde el momento que es compartido involucra a otras personas por lo que la red de relaciones puede ser mi contención, y porque no mi inspiración y mi fuente de provisión de temas.
  • Tratando de poner conciencia y aceptarme en las dificultades y los errores de escritura, sorteando mis desánimos.
  • Pensando en todos los que tienen expectativas por leer algo los domingos por la mañana.
  • Honrando a aquellos que me escriben palabras de aliento para seguir, y a los que decididamente han sostenido críticas constructivas sobre los contenidos.
  • Pensando en mi familia que todos los domingos me apoya fervorosamente para que continué navegando.
  • Tratando de ser coherente con mi propio compromiso personal, con la mirada siempre puesta en el sentido que tiene para mí escribir.
  • Siendo respetuoso de todos los que me escriben para decirme algo como: “lo que escribiste me sirvió para……”
  • Diciéndome que puedo seguir aprendiendo de mis errores para intentar ser mejor cada Domingo.
  • Buscando el equilibrio entre la autocompasión y la autoexigencia.

Más allá de todo esto, les puedo asegurar que, así como he escrito con una sonrisa en mis labios, lo he hecho con varias lágrimas en mis ojos. Les puedo confirmar que he sentido bienestar, placer, conformidad, decepción o frustración, pre, durante y post escritura de las entregas semanales.

El proceso creativo es tan íntimo y rico, como un encuentro cara a cara con tus propios ángeles y demonios, lo que produce sensaciones indescriptibles.

Sostener ese proceso amerita un esfuerzo que sin perder de vista los propósitos, sea capaz de superar el cansancio, el sueño y la falta de ganas, munido de la alegría de ver cada semana un nuevo fruto recogido del árbol de la escritura.

“El escritor en su laberinto”, viene a transformarse en algo así como, “el escritor en sus miles de laberintos”.

En 1996 Rodolfo Braceli, periodista argentino, le hizo una entrevista al genial escritor Gabriel García Marquez. De la misma, he extraído algunas preguntas y respuestas que se relacionan con la última parte del escrito de hoy. Se las dejó a modo de reflexión final.

Y ahora, ¿se puede saber en qué anda?

–Paré tres meses. Tres meses sin crear, pero ya tengo tres historias atrasadas y las tengo como si las hubiera escrito. A mí se me ocurren ideas, historias y no tomo nota, las voy dejando ahí. El método de selección que tengo es que la historia que se me olvida es porque no me interesa más.

–Era olvidable.

–Verdad, era olvidable. Yo pongo a prueba mis historias así: empiezo a contarlas a mis amigos… cuento cuento y cuento. Y algunas van enriqueciéndose a medida que las cuento; otras desaparecen, no me interesan más.

–Usted, ¿por qué sufre más: por la página en blanco o por el exceso de historias pendientes?

–En una famosa entrevista a Hemingway, él da la fórmula para resolver, para siempre, el problema de la página en blanco… éste fue el escritor que más reveló sobre el oficio, sobre la carpintería de la escritura. Durante una época, me levantaba en las mañanas y cuando entraba en el estudio a escribir echaba el desayuno, vomitaba, de la náusea que me daba. Yo escribía cuando podía y como podía, pero a partir de Cien años de soledad se me crearon las condiciones de escritor profesional. Momento de gravísima responsabilidad. Uno ya sabe que es como si fuera el empleado de un banco, y además, es el gerente más feroz y más exigente de uno mismo… Entonces, primero yo siempre fui periodista y escribía de noche y dormía de día. Eso ya no tenía sentido: si era empleado, tenía que trabajar en horas de oficina. Tuve que aprender a escribir de día. Más adelante tuve que aprender a escribir sin fumar, porque me di cuenta de que el cigarrillo me estaba matando.

–¿Cómo hizo para aprender a escribir de día?

–Me impuse el horario de mis hijos en el colegio. Yo los llevaba al colegio a las ocho de la mañana, regresaba, me ponía a escribir y a las dos y media de la tarde iba a buscarlos. Ese horario me quedó para siempre. Me costó mucho, porque para mí la inspiración venía al anochecer. Después, con el cigarrillo, fue igual: nunca había escrito una letra sin fumar. Pero me impuse otra cosa. No lo digo como heroísmo. Tengo la impresión de que el cigarrillo me abandonó a mí. No lo soportaba más. Hice así. Y lo apagué. Por entonces estaba nada menos que en El otoño del patriarca, que es lo más difícil que he escrito.

–Me contaba de sus vómitos cuando empezó a escribir por las mañanas.

–Me aterrorizaba cada mañana, sí, hasta el día que leí la entrevista de Hemingway. El dice que hay que empezar, seguir, hasta que hay un momento que los románticos llaman inspiración… llámalo como quieras, pero hay un momento que es verdaderamente sublime, que es cuando uno se da cuenta de que las cosas salen solas, como si estuvieras contándotelas al oído, como si lo estuviera escribiendo otro… Bueno, cuando estés así, decía Hemingway, y te llegue la hora de terminar, sigue una paginita más, la del día siguiente. Entonces, cuando tú llegas al día siguiente, ya tienes empezado tu día, recopias eso y sigues. Para mí, parece mentira, así se acabó el problema de la página en blanco. Ah, nunca te metas con un libro que no te gusta.

Ni más ni menos que……

“El escritor en sus miles de laberintos”.

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