Hace unos días nuestro arbolito navideño volvió a estar iluminado. Fue armado con extremo cuidado y dedicación por mis hijas, siguiendo la tradición de llevar a cabo esa práctica el 8 de diciembre, jornada en la que los católicos celebramos a la inmaculada concepción de la virgen María. La sorpresa se dio cuando fueron a encender las luces, ya que las mismas tenían un cortocircuito que impidió dejarlas conectadas. A partir de allí nos vimos embarcados en la tarea de seleccionar y comprar un nuevo set de luminarias, que realzaran con sus destellos los brillos de guirnaldas, bolas y adornos de los más variadas formas y colores. Tal es así, que finalmente nuestro emblema navideño, volvió a resplandecer, animado por estas renovadas luces, que, actuando en modo intermitente o continuo, generaban un cúmulo de heterogéneas danzas de resplandores y sombras.
Es increíble como un cambio de luces puede impactar sobre la significancia de algo manteniendo su esencia. De un modo parecido un cambio de entorno o ambiente, puede resignificar algo en nuestras vidas, abandonando viejos mapas mentales, reflotando habilidades paralizadas por los miedos, las frustraciones y la falta de constancia.
La Navidad es la celebración de la alegría del nacimiento de Jesús. El hecho humano y natural que garantiza la continuidad de la especie, adquiere con su alumbramiento el sentido de la trascendencia espiritual, cimentada en el amor, la fe y la concordia.
Esa acción que es el amor, nos define por encima de todo, siendo aquello que nos mueve y da sentido a la imperfección de nuestra humanidad; es lo que nos completa de pies a cabeza, unido a la frecuencia del latido de nuestro corazón.
Tomo las manos de Ana, para sentirlas cerca, para atesorarlas. Ella apenas abre sus ojos, haciendo un esfuerzo para distinguirme. Suelto una de sus manos, para acariciar entre mis dedos su blanco pelo. Le hablo para decirle que la quiero, que ahí estoy. Mientras Eugenia, mi otro amor, hace sombra para que el sol no le dé de pleno, continuó con mi búsqueda incesante por captar su mirada. Durante la media hora que nos permitieron estar, a medida que mis lagrimas caían sin disimulo de mis ojos, sentí la plenitud de ser el hijo que se dormía acunado en su pecho, escuchando sus latidos acompasados, y los susurros de su voz que contenían mi existencia.
Aparecieron imágenes conmovedoras de los guardapolvos planchados, la comida caliente y las manzanas acarameladas de postre. Aldina, como es su segundo nombre, me dio la vida, compartiendo el cien por ciento de la suya, con infinidad de muestras de amor.
Ana, se está apagando inexorablemente, conservada en todo mi ser, como la mujer que estuvo incondicionalmente a mi lado, aún cuando yo estuviera viviendo lejos, regalándome día tras día muchas muestras de confianza.
Con Ana hemos hablado una y mil veces de tantos temas, usando ese lenguaje especial que une al hijo y su madre. Me ha preguntado tantas cosas respecto de sus nietas, del colegio, de sus gustos. Ha sido tan feliz cuando las abrazaba y besaba, que me tiembla el cuerpo de sólo recordarlo.
Por supuesto que me produce tristeza verla de esta manera. Sin embargo, en la enorme vitalidad que tuvo por tanto tiempo, me siento reconocido y espejado. Por eso cierro los ojos para disfrutar de los recuerdos más hermosos de mis padres, Ramón y Ana, una pareja que se amaba, respetaba y convivía en la concordia y la paz.
Acariciando sus manos, aunque no me reconozca, yo si reconozco quien es ella. Ella es Ana, la mamá de los sacrificios, del esfuerzo denodado, del compromiso eterno con sus hijos, del cariño demostrado en acciones.
No estoy tan preparado para no tenerla como creía que lo estaba. Quizás sea una visión egoísta, pero supongo que perdonable. Nunca pensé que ser un potencial huérfano fuera tan difícil aun siendo ya grande. Será porque en el fondo sigo siendo ese niño cobijado en las faldas de su mamá. Es probable que parte de mis anhelos hayan quedado atrapados en su mirada protectora.
Ana, es la abuela que está viva en la sonrisa de sus nietas Emilia, Paula y Lucía, las cuales comparten toda su fuerza y compromiso por ayudar, por ser serviciales y amorosas.
Son buenas hijas, aprendientes, las cuales, a pesar de su corta edad, ya tienen desarrollado un gran sentido crítico, de libertad, compromiso y responsabilidad.
Anita, como algunos te nombran, quiero contarte que ellas están muy activas y solidarias con la causa de Todos x Santi.
Durante varios días se juntaron en la plaza central de Río Cuarto con su amiga Olivia y prima de Santi, para juntar fondos que las personas depositan gustosas en esas alcancías primorosamente decoradas.
Papá, me cuentan mis hijas mellizas, hoy nos fue muy bien, recaudamos mucho dinero. La gente colabora un montón. Lo dicen con una fuerza que contagia sus ganas por hacer más.
Ana recibe los destellos atenuados de las luces de Navidad, mientras que Santino lucha con toda su vitalidad para superar su acuciante enfermedad. Su familia espera con muchas ansias juntar los fondos necesarios para culminar el tratamiento de Santi en España.
Diferentes intensidades de luz, distintas situaciones donde el plus lo produce el amor.
El amor de aquel niño que nació en un pesebre humilde, para ser el estandarte de la misericordia.
Me despido de Ana con emociones encontradas. A medida que me alejo siento la Navidad en la piel. Recupero la imagen del niño que era vestido por su mamá. Ese niño que tenía la edad de Santino. Ese niño que jugaba, reía, y tenía muchas cosas resueltas porque tenía el cariño inabarcable de su mamá.
Por eso soy un convencido de que Santino se merece todo lo que podamos hacer por él y mucho más.
Las luces de Navidad, alcanzan los más recónditos confines de esta tierra asolada por un virus mutante y cada vez más contagioso. Ómicron se esparce cual polvo levantado por el viento.
Las luces de Navidad nos regalan siempre la esperanza de que lo mejor está por venir. Aun cuando algún ser muy cercano en los afectos ya no esté con nosotros, ella se encarga de sintonizarnos en la buena onda.
Levanto esta copa simbólica para brindar por aquello que nos hace tan especiales. La posibilidad de ser y vivir en el amor.
Aun cuando te cuesta saber quien soy, ahora lo único que me importa es que sé quién eres y quien serás siempre para mí.
Ana, mamá, te quiero.
Las luces de Navidad brillarán eternamente con nosotros!