Belleza !

Esa mañana de Domingo la plaza estaba vacía. El sol estival había asomado hace unos minutos, apenas oscurecido por esas nubes que se deshilachaban con su potencia. Quizás era muy temprano para que la misma estuviera llena con niños, paseantes o caminantes.

Ella eligió uno de sus bancos preferidos para sentarse. Ese lugar les daba mejor perspectiva a sus reflexiones. Ubicado en el centro, estaba rodeado de árboles, añosos en su gran mayoría. Musicalizaban la escena, el canto de varios pájaros, escondidos en los follajes. Ella no era una experta conocedora de sus nombres, pero sí del sentido de sus voces. Eran la compañía que necesitaba para buscar en su interior, lo que no encontraba en el afuera.

Durante varios veranos, la escena se había repetido. Iba junto a su familia, a ese pequeño paraje de las sierras, donde por momentos abundaba el silencio, la quietud y la calma. El objetivo era lograr el codiciado descanso, lo que necesitaba para recuperar algo de la armonía que la vida en la ciudad destrozaba.

Ese banco la había visto llorar, cuando aún siendo adolescente se había enamorado de aquel joven escritor, que al poco tiempo la había dejado sin más. Ella quiso probar suerte con ese primer amor, que le regalaba hermosas palabras y caricias. Su abuela, quien era su confidente, se alegró de la noticia, pero le dijo sin titubeos: “cuídate de los que saben escribir, pues tienen el poder de enamorarte sin siquiera tocarte”.

Las tablas de madera habían sido testigos de su inmensa alegría, cuando al cabo de varios años, se había cumplido su sueño de ser una doctora. Ella quería ayudar a cuidar la salud de los otros a tiempo indefinido. Fue allí mismo, que decidió que todos los veranos atendería algunos días gratis y por algunas horas, en ese dispensario pequeño y algo destartalado, con que contaba la comuna. El jefe comunal agradecido, le había facilitado rápidamente las formalidades. En ese espacio se había sentido liberada, feliz y al mismo tiempo comprometida. Era un oasis para su profesión, donde la gente concurría agradecida , dispuesta a compartirle sus penurias y males.

En esa misma plaza conoció al amor de su vida, cuando abrigada para protegerse del fresco, se había sentado a leer “La casa de los espíritus”. En un banco cercano, un apuesto joven al cual no conocía, estaba leyendo lo mismo. Esa rara coincidencia del destino, posibilitó un intercambio inicial de palabras entre ambos, dando lugar a posteriores encuentros y salidas. El era un escritor aficionado, arquitecto de profesión, con el cual formaría finalmente su familia. Aún resonaban los ecos de las palabras de su abuela, pero esta vez había aprendido a no beberse el amor de golpe, sino más bien a hacerlo en diminutos sorbos, como para no atragantarse.

Con el nacimiento de su primogénito y luego de su inquieta hija, ese banco la había albergado varias mañanas en soledad, para aprovechar algunas horas donde los críos dormían. De esa manera ella podía encontrarse de nuevo con sus pensamientos, con su anhelada individualidad. Fue allí donde junto a su marido, evaluaron qué alternativa elegir, para tratar de encausar la vida de su adorada hija, aquejada por entonces de una enfermedad mortal. Apenas terminado el primario, una penosa dolencia acuciaba a su pequeña, la cual había pasado de la risa a esa carita angustiada, en un abrir y cerrar de ojos. La cirugía era posible pero muy riesgosa, por las consecuencias. No hacerlo implicaba un camino casi sin retorno. Allí decidieron avanzar con la operación. Rezaron tomados de las manos a ese Dios que les había sonreído tantas veces. Fue así que la chiquita superó su padecimiento, sólo con la secuela de una pequeña dificultad para hablar, que era más notoria cuando se ponía nerviosa.

Los recuerdos la llevaron a esa tarde que la sorprendió esa torrencial lluvia, con algo de granizo. Dirigió la mirada al árbol que la había protegido de ese furioso vendaval. De allí en más ese había sido su preferido. Volvió a agradecerle sus servicios desinteresados, regalándole una sonrisa. Esa tarde había compartido el asiento con una amiga de la infancia, para charlar sobre su hijo adolescente que tenía algunos problemas con los vicios. No sabía qué hacer, ya que lo habían intentado todo, sin lograr un resultado definitivo. Necesitaba que la escuchara su amiga, la que nunca la juzgaba, la que había recogido tantas veces lo bueno y lo malo de su vida. Menos mal que se fue antes del aguacero, porque no se hubiera perdonado que se le arruinaran esos coquetos zapatos que traía puesto. Su amiga, luego de prestar suma atención, le había dicho que esperara a que su hijo creciera. De seguro las cosas cambiarían para bien. Algo así sucedió, ya que con el tiempo su hijo pudo encaminarse, estudiar en la Universidad y al mismo tiempo trabajar.

Luego de una larga noche de discusión, el amanecer los había depositado con su pareja en ese mismo banco, donde se conocieron unas décadas atrás, esta vez para discernir si el amor les alcanzaba para seguir juntos o no. Las obligaciones, el trabajo, la crianza de los hijos, habían hecho mella en la relación, provocando daños en esa misteriosa vocación de amar. Evaluaron si lo que los unía era más fuerte, que lo que les provocaba ampollas en el corazón. Las conclusiones no fueron determinantes. Decidieron continuar esperando mejores épocas, como las de antes, para lo cual bajarían el volumen de sus conversaciones estériles, aminorando un poco la marcha. Después de algunos años de esa charla bisagra, se podría decir que el plan había funcionado acompañado por ciertos altibajos. Hoy su idilio, si bien no era brillante, resultaba acogedor y tierno. No volverían las épocas donde se expresaban amor a cada rato, pero tampoco la oscuridad de los días sin hablarse. Un equilibrio cuasi perfecto «era su amor después del amor». Esa era la definición más acertada de su relación.

Hoy la mañana que se iba tornando más diáfana, le provocaba pereza para el recogimiento, aunque al mismo tiempo, le producía tristeza el gran contraste de esa luminosidad con las nieblas de su alma. Intentaba en vano encontrar un motivo por el cual se encontraba sola, apenas despuntado el sol. No tenía nada en sus bolsillos como para entretener sus manos. No sabía muy bien que la retenía allí en ese lugar, llena de algo que sonaba a melancolía. Quizás era la primera vez que estaba allí por nada. Era probable que el paso hacia una avanzada madurez, estaba acompañada por esos vacíos de pensamiento y sensaciones. Capaz era una nueva etapa donde tendría que descubrir cosas nuevas, abandonando los viejos y herrumbrados sinsabores. Era posible que la soledad siempre haya sido eso. Escondida en una maraña de vivencias, no había podido distinguirla antes. Quizás era solo el aire que entraba limpiamente a sus pulmones, lo que le daba esa sensación de paz.

Más allá de cualquier razón para hacerlo, continuó sentada con ese miedo a cuestas de sentirse vacía de todo propósito. De a poco la plaza de se fue inundando de voces, corridas y juegos. Su soledad ya no estaba tan sola. Disfrutó un rato de lo que la rodeaba. Finalmente se levantó sin haber experimentado mucho, desprovista de esa partitura que tantas veces había sonado en su interior.

Mientras caminaba de regreso, alejándose decididamente del bullicio, sintió que se activó el ritmo acompasado de su corazón que antes ni siquiera había sentido. Eso le devolvió algo de lo que ella llamaba su vida. Volvieron algunos colores a sus ojos, recuperando de a poco sus sentidos.

¿Qué es la belleza? . Se preguntó.

Mientras iba buscando la difícil respuesta, pensó que lo más práctico sería caminar de regreso hasta la casa por el sendero del arroyo.

El correr del agua, que venía presuntuosa y calmada desde tan lejos, lograba hipnotizarla.

Su existencia, al fin y al cabo, no había sido lo que ella esperaba, pero tampoco lo que no esperaba.

Sólo era eso, una sucesión de hechos sin muchas explicaciones.

Sólo era eso.

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