En primera persona !

La constancia no me ha acompañado en todas las circunstancias. En algunos temas a lo largo de mi vida me ha faltado el compromiso, las ganas, la voluntad, o esa llama que nos impulsa a seguir con el afán de cumplir con uno o varios objetivos.

Tantas veces he trazado planes que no han llegado a buen puerto, o se han logrado solo de manera parcial.

Creo que no debo entristecerme por ello, porque en el otro platillo de la balanza debo sopesar que no en todas los proyectos me he comportado con esa falta de consistencia.

Existen ejemplos de sobra de un lado y del otro.

No quiero aburrir contando la historia de mis logros y mis fracasos. Considero relevante contarles que he luchado de manera perseverante con mis demonios interiores, con el fin de conseguir la continuidad y la persistencia, que me dieran la fuerza para alcanzar las metas que me he propuesto.

«Vale decir que de manera permanente he tratado de ser consistente, con un éxito decididamente relativo»

Esa actitud que me ha acompañado desde niño me ha posibilitado aprender, crecer como ser humano, hasta donde algunos mapas mentales y paradigmas me han permitido trascender.

Esto no me hace ni mejor ni peor que otros seres humanos, sólo es un sello distintivo de mi personalidad, que me ayuda a vivir, a seguir para adelante a veces rápido, otras veces lento, muy a menudo en compañía de los valores que me guían.

Considero que para avanzar, son sin lugar a dudas muy importantes nuestras relaciones, además de los nexos que podamos construir, la autoridad que nos demos y la que demos a otros para hacer junto a nosotros.

Hay una frase que reza: «en general tu puedes llegar hasta donde tus relaciones te lo permiten». Sin embargo y como contraparte, es válido decir, que existen momentos en los que uno se encuentra sólo, a merced de sus propios ángeles y demonios. Espacios de tiempo donde nos sentamos a solas con nuestros propios planes, en esas conversaciones internas, a menudo interminables.

Es común que usemos esos momentos para pensar, para recalcular los planes, para evaluar cómo, con qué, con quienes y hacia dónde ir.

En mi caso personal uso parte de ese tiempo en «modo escritor vocacional». Una vocación que llevo conmigo desde que conocí las palabras, articuladas junto a sus distintas combinaciones posibles. No tengo el don de Cervantes, ni de Borges, ni de Cortázar, ni de Isabel Allende ni de otros tantos creadores, que con sus cuasi perfectas oraciones producen una especie de magia difícil de igualar.  Sus historias llegan a lo profundo de cada lector, atrapándolos en una telaraña que combina exactas porciones de racionalismo, imágenes y emociones, haciéndonos palpitar más fuerte el corazón. No es para nada mi caso.

Siguiendo el designio de esa vocación decidí hace doscientas semanas atrás que, de manera ininterrumpida durante cada fin de semana, tomaría un tema con el propósito de desmenuzarlo un poco, generando preguntas y reflexiones que nos pudieran abrir una ventana en nuestro pensamiento. Tratar de unir nuestro lenguaje y emociones, para que a partir de allí quizás podamos alcanzar otros niveles de conciencia individual y colectiva. No es mi intención brindar respuestas, ya que cada ser humano las tiene en si mismo, escondidas, dormidas o expectantes. Por otro lado serían sólo las mías, tan limitadas como personales. Sólo entregar disparadores que nos permitan encontrar algunas pistas que sobrenadan en el torbellino en el que tantas veces nos encontramos.

A lo largo de más de cuatro años, he asumido un compromiso conmigo mismo en primer lugar y después con cada uno de los fieles lectores, que cercanos o en los lugares más lejanos e impensados, a los cuales accedemos producto de la tecnología, se atreven a leer, comentar y mostrar interés por lo que escribe este incipiente aprendiz de la palabra.

«En este dominio de mi existencia he podido sostener mi empeño o más bien dicho mi tenacidad».

Doscientos peldaños que subí inmerso en un montón de sensaciones, positivas y negativas, alegrías y tristezas, luces y sombras. Más o menos inspirado, con falta de sueño, con dolores de cabeza, con escaso tiempo, he intentado honrar mi promesa.

Mis escritos se vieron traspasados por lágrimas cuando describí la pérdida de un amigo, la del papá de mi esposa: Del mismo modo fueron alcanzados por la alegría del relato de logros ajenos y propios, del amor y del cariño. Mostraron la nostalgia por la quinta que me vio correr de niño, acompañado por esa inmensa libertad, y el afecto de mis entrañables tíos.

Mi familia fue y es mi principal sostén en todo lo que emprendo. Agradezco de corazón a Eugenia, Paula, Emilia y Lucía, por lo que me regalan día a día. El amor que siento y recibo de ellas, fue clave para mantenerme firme recorriendo este camino compuesto por doscientos hitos.

No debo confundirme con el hecho de creer que he llegado a algún lado o alcanzado algo de éxito. Un camino se distingue por un inicio, un recorrido y un final. Eso es físicamente una verdad. Como contraposición, opino que el camino del conocimiento o el aprendizaje tienen un arranque, pero no concluyen jamás, salvo que decidamos abandonarlos. Mientras recorremos ese tipo de camino, es probable que solo podamos aspirar a cubrir metas parciales, aquellos hitos que nos regalan esa especie de tranquilidad de saber que continuamos enfocados en el trayecto.

Haber llegado a escribir doscientos capítulos me pone feliz, entendiendo que la felicidad es ese estado transitorio, efímero y muy difícil de definir que, así como llega se esfuma en un abrir y cerrar de ojos, dejando una inmensa energía en nuestro interior.

Gracias a los lectores por el tremendo aguante, por las críticas recibidas, por el tesón que muestran al leer mis blogs. Sin todo eso se haría muy difícil continuar en la senda de este camino sin final.

Un amigo me dijo hace poco: «lo tuyo es admirable, la verdad no sé cómo haces para que todos los fines de semana puedas producir un texto«. Por supuesto que los elogios hay que agradecerlos y son bien recibidos, aunque estoy seguro que existen muchas personas que a diario lideran situaciones, donde la perseverancia puesta de manifiesto, deja la mía tan chiquita y banal que me da vergüenza que me hayan elogiado. Personas que están durante todos los días al servicio del próximo, del otro, dejando de lado sus propios intereses y conveniencias, poniendo un compromiso que reducen el mío al tamaño de un grano de arena en el desierto.

No me queda más que agradecerles porque ellos son los verdaderos dueños de un merecido reconocimiento.

Para culminar dos frases de pensadores superlativos, que resumen el sentido de lo que quiero transmitir hoy:

«No es lo que hacemos de vez en cuando lo que da forma a nuestra vida. Es lo que hacemos consistentemente». (Anthony Robbins, escritor estadounidense).

«El fracaso tras una larga perseverancia es mucho más grande que nunca haber luchado lo suficiente como para llamarlo fracaso». (George Eliot, escritora británica).

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