La frase con la que se titula el escrito de hoy, fue una de las más escuchadas durante mi niñez, siendo expresada en muchas de las conversaciones mantenidas por adultos.
Hoy, quizás ha sido reemplazada por otras, que de alguna forma pretenden significar lo mismo.
“Era algo que iba a suceder por más que uno quisiera que no”
“La suerte estaba echada”
“Estaba en el lugar y momento equivocados”
“Cosas que pasan”
“El destino está escrito”
“Hay cosas que nosotros no manejamos”
“No hay que tentar al destino”
A esta lista se pueden agregar algunas más que nos vinculan con el azar, la suerte, el destino o el hado.
El destino, asimismo llamado fatum, hado o sino puede ser definido como el poder sobrenatural, inevitable e ineludible que, según se cree, guía la vida humana y la de cualquier ser a un fin no escogido, de forma necesaria y fatal, en forma opuesta a la del libre albedrío o libertad.
Voy a poner dos ejemplos concretos que intentan explicar la diferencia entre lo que está dentro del alcance de nuestras manos y lo que no (destino), aunque no resulte cien por ciento comprobable que sea así del todo.
Un ejemplo de libre voluntad: Supongamos que hay una persona que está ebria y tiene un coche en pésimas condiciones. Decide conducir su coche en estado de embriaguez por la carretera que baja de una montaña y lo hace a alta velocidad. Si en algún punto se saliese de la carretera y cayese por el precipicio, ¿de quién sería culpa? ¿Sería un accidente causado por el destino o un accidente causado por la libre voluntad?
Según mi punto de vista tiene más que ver con la libre voluntad, pues podría haber escogido no beber y conducir. Podría haberse asegurado de que su coche estuviese en mejor estado y podría haber conducido despacio.
Un ejemplo de suceso destinado: Tomemos por ejemplo el caso de otro conductor que está sobrio. Conduce cuidadosamente y mantiene su coche en perfectas condiciones. También conduce por la misma pendiente de la montaña siendo muy precavido. De repente una porción de la carretera se hunde debido a un desprendimiento y acaba teniendo un accidente. En este caso la persona no tenía control sobre el desprendimiento y por lo tanto esto es un suceso destinado.
Mas allá de que estos ejemplos parezcan de alguna manera bastante claros, alguien podrá decir que siempre es riesgoso conducir por un sendero que baja de una montaña, agregando estadísticas que demuestran que hay mayor porcentaje de accidentes en ese tipo de rutas.
Acto seguido podrá decir que el suceso no era tan destinado, ya que podría haber tenido en cuenta esas estadísticas antes de emprender su viaje.
El destino desde la perspectiva religiosa
En las culturas occidentales y orientales, la mayoría de las religiones han creído en formas de destino especialmente relacionadas con la predestinación, desde el tao del confucianismo chino o el karma del hinduismo a la católica y bienhechora Providencia o Gracia, que deja cierto margen a la libertad.
Desde un punto de vista religioso, el destino es un plan creado por Dios, por lo que no puede ser modificado de ninguna manera. Esto, por supuesto, exceptuando el conocimiento judeocristiano que desde la Sagrada Escritura rechaza de plano la existencia de una predestinación absoluta debido al libre albedrío, que, entre otras cosas, hace al hombre ser a imagen y semejanza de Dios.
Los griegos llamaban al destino «ανανκη » (Ananké) y lo consideraban una fuerza superior no solo a los hombres, sino incluso a los mismos dioses. Esta entidad, el Hado (dios supremo), había establecido que, al igual que Kronos encadenó a su padre, un hijo suyo lo haría con él. El destino era personificado por la diosa Moira, rebautizada como Fatum en la mitología romana.
El destino desde la perspectiva filosófica
En la perspectiva filosófica occidental el destino se relacionaría con la teoría de la causalidad que afirma que, si «toda acción conlleva una reacción, dos acciones iguales tendrán la misma reacción», a menos que se combinen varias causas entre sí haciendo impredecible a nuestros ojos el resultado.
Nada existe por azar al igual que nada se crea de la nada. Todo tiene una causa, y si tiene una causa estaba predestinado a existir desde el momento en que la causa surgió. Debido a que la inmensa cantidad de causas es impensablemente inmensa, nos es imposible conocerlas todas y enlazarlas entre sí. Esto puede estar estrechamente relacionado con un tejido, en el que cada uno de nosotros es una cerda que se involucra con otras y al final esta se va entretejiendo para crear un propósito, aquel propósito que ha completado y da por hecho la realización de una vida.
El arte y la literatura (muy ligados al quehacer filosófico) se han encargado muchas veces de tratar el tema, debido a que afecta a la más íntima condición humana y los más diversos aspectos de la experiencia. Muchas leyendas y cuentos enseñan la inutilidad de afrontar un destino inevitable que se ha predicho correctamente mediante oráculos, augurios, vaticinios o profecías. En las fábulas clásicas subyace el principio de que es imposible cambiar la naturaleza de una persona, como tampoco es posible la de un animal o la de una fuerza natural, y por lo tanto el destino está prefijado desde el nacimiento: el orden social es tan irreversible como el natural. Este concepto es especialmente relevante en la tragedia griega, en que el personaje principal o héroe se levanta contra los dioses o contra la sociedad incurriendo en un defecto de carácter o pasión (la palabra «pathos» o pasión significaba también enfermedad para los griegos) denominado hybris (en griego antiguo ὕϐρις u orgullo impío contra los dioses o las normas sociales) y es castigado con el fin habitual de toda tragedia: muerte o locura
Atando cabos, y debido a la multicausalidad que puede tener cualquier evento, podemos decir que una parte de nuestra vida, donde están situados nuestros intereses, objetivos y proyectos, puede en cierta forma estar sujeto a nuestra gestión, ser el resultado de una acción regida por nuestra voluntad representada en nuestros actos y decisiones.
De la misma manera, la misma multicausalidad nos deja otra parte donde no tenemos injerencia, aún en temas que se encuentren en la órbita de lo que da sentido a nuestras vidas.
«Dentro de esa contradicción multicausal que incide en nuestra vidas, nos movemos a cada momento acompañado por emociones, pensamientos y creencias que inciden en nosotros a la hora de decidir».
La evolución cognitiva, y científica que ha acompañado al hombre en los últimos siglos le ha permitido aumentar su expectativa de vida, escapando al destino mortal, de manera impensada para un hombre antiguo.
¿Eso lo ha hecho más feliz o no?
La respuesta depende de varios factores que no están dentro del alcance de este limitado escritor.
Para ir concluyendo:
¿De qué parte de nuestro destino somos artífices?
O de modo más personal.
¿Qué porción de tu destino crees que estás manejando ahora?
¿Estarías mejor con más libertades para decidir, es decir accionando con libre albedrío en más áreas de tu vida?
¿Qué parte de tu accionar incide en lo bueno y lo malo que te pasa?
Como cierre y para disminuir el grado de seriedad que pueden contener estas preguntas, va algo de humor que puede estar vinculado o no.
- Mamá hoy tomaré mi vida en serio. He decidido ir a la Universidad y no faltar más.
- Pero hijo, si hoy es Domingo.
- Te da cuenta mamá, el destino no quiere que estudie.
- ¿Cuál es su destino?
- No está escrito aún, lo voy forjando con ánimo y perseverancia.
- ¿Quiere un boleto de tren o no?
El presidente fue a visitar una clase de 4to. Grado de una Escuela Primaria.
Su llegada se produjo durante una discusión acerca de las palabras y sus significados.
La maestra preguntó al presidente si le gustaría participar en la discusión sobre el significado de la palabra “tragedia”. Accedió sin dificultades.
Entonces, el ilustrado líder pidió a la clase un ejemplo de “tragedia”.
Un pequeño niño se paró y dijo: “Si un amigo mío, está jugando en la calle y lo atropella un auto, eso es una tragedia”.
“No”, dijo El presidente. “Eso sería un accidente”.
Una pequeña levantó su mano y dijo: “Si un ómnibus de transporte escolar se desbarranca en un precipicio, muriendo todos sus ocupantes, eso sería una tragedia”.
“Me temo que no” sostuvo el presidente. “A eso podríamos llamarlo una gran pérdida”.
El silencio creció en el aula. Ningún otro alumno se animó a dar una respuesta.
El presidente los instó a continuar, diciendo:
“¿Es que no hay nadie que pueda darme un ejemplo de lo que es una tragedia?
Finalmente, en el fondo de la clase, un pequeño muchacho levantó su mano y con voz muy tenue, se animó a decir:
“Si el avión presidencial está transportando al Sr. presidente y a todo el gabinete y un misil lo destruye, haciéndolo añicos, eso sería una tragedia”.
“Fantástico”, dijo El presidente. “Eso está muy bien. ¿Y podrías decirme por qué eso sería una tragedia? “
“Sí” dijo el chico. “Porque, en primer lugar, no sería un accidente y en segundo lugar, tampoco sería una gran pérdida”.