“En el pueblo donde vivo hay mucho espacio para el bien. Yo soy uno los encargados de que así sea, día tras día, incluyendo aquellas jornadas donde no todo aparenta estar en paz”.
Con esa frase mezcla de propositiva, tranquilizante y algo presuntuosa, arrancaba su presentación ante el público sentado en el auditorio, esa especie de superhombre, estandarte de una clase única de conciencia general. Su figura y discurso lograban por momentos captar una plena atención, acaparando todas las miradas situadas entre el asombro y la incredulidad.
Desde su nacimiento, ya su madre había denotado en él ciertas características impropias de un mortal común y corriente. El pequeño Theo, como cariñosamente lo llamaban, tenía amplios poderes de clarividencia, destrezas físicas inigualables, a los que sumaba una memoria prodigiosa que le permitía reconocer a cada persona conjuntamente con su extenso historial.
El colegio fue una etapa muy aburrida para él, ya que casi siempre sabía de antemano que temas se tratarían y de qué manera. Terminó su escuela secundaria en tres años, debido a un permiso especial para cursar dos años en uno. Se inclinó hacia la astronomía para seguir una carrera universitaria que le resultara atractiva. Hubo de migrar a una ciudad más grande para poder perseguir sus meteóricos sueños. Sus compañeros de carrera, tenían distintas opiniones sobre su origen y comportamiento. Para algunos no era humano, para otros sólo una persona indescifrable y arrogante, mientras que, para sus pocos amigos, los cuales por cierto parecían conocerlo mejor, la sensación era que se trataba de un ser rayano en lo sobrenatural, tierno y apacible.
Su entusiasmo por el estudio de las galaxias, estrellas, planetas y todo aquello que escapa al entendimiento cercano y natural en cualquier persona, lo conectó decididamente con la reseña ficcional de muchos superhéroes, cuyos orígenes no eran terrenales. Se hizo apasionado por la lectura de todo lo vinculado con Superman, el Hombre Araña, los Cuatro Fantásticos, Flash, Antorcha, y muchísimos más. En poco pero intensísimo tiempo, libros y comics fueron devorados conjuntamente con todas las películas del género, procesando en su cerebro todos los comportamientos de los superhéroes dedicados a hacer el bien.
Su afición compulsiva afectó su trabajo en el observatorio astronómico, que dependía de la Universidad donde había cursado sus estudios. Esa ocupación conseguida con mucho esfuerzo y aprovechando una recomendación especial, sufrió las consecuencias de los constantes desequilibrios de sus estados de ánimo. Tanta información recibida de golpe, sumada a sus habilidades sobrenaturales innatas, le produjeron un conflicto en su condición personal que no sabía cómo manejar. Esta fue su etapa de vida más sombría, la que lo llevó a plantearse qué camino o proyecto personal seguir.
Común a la historia de la mayoría de los superhéroes, un encuentro casual con un viejo mentor, antiguo profesor de su carrera, le posibilitó vislumbrar su destino prefijado. Su antiguo consultor lo fue llevando pregunta tras pregunta a encontrar las respuestas que él mismo ya tenía en su interior.
Decidió que no sería un superhéroe convencional en cuanto a los procederes ocultos, sin identidad ni reconocimiento, trabajando a escondidas tales como son los modus operandi de muchos de ellos. Por el contrario, él adoptaría la impronta de una figura pública, irreprochable, sin tachas, trabajando de sol a sol por el bien, en detrimento del mal. Volvería al pueblo que lo vió nacer, para comenzar su carrera personal a favor del correcto quehacer y los valores más deseados.
Lo primero que hizo fue abandonar el reducido nombre de Theo, por el cual era conocido hasta ese momento. Su mejor opción fue conservar el nombre largo Theophilus, aunque no acompañado de su apellido formal que era Cranton, sino por algo más acotado como Roy. Su nombre significaba la combinación de amigo de Dios por Theophilus, más el regio que es la acepción en francés de la palabra Roy.
El Regio Amigo de Dios, comenzó su derrotero de superhombre a tiempo completo, ubicándose estratégicamente en el café más céntrico del pueblo de donde era originario. Por razones ajenas a mi voluntad de mero relator, no puedo develar el nombre del sitio ni su localización geográfica.
En ese lugar pleno de socialización, encuentros y desavenencias, pudo usar sus poderes de intuición, más su prodigiosa memoria para conocer de antemano, aquellas situaciones, intenciones personales o todo otro posible acto, que pudiera representar algún daño hacia las personas, instalaciones o servicios dentro de su querida comunidad.
Su accionar era muy concreto. Gracias a sus poderes innatos, el conocimiento previo le permitía desalentar mediante mensajes directos a las personas involucradas, cualquier acto asociado a lo que él denominaba “el no bien”.
La gente del pueblo comenzó a recibir, quien más y quien menos, amables sugerencias para evitar todo tipo de problemas.
Tony, el verdulero que tenía la balanza medio arreglada para pesar unos gramos de menos, fue instado a recalibrar su medio de pesaje para que entregara el peso justo. Siguiendo una acción similar, Charly el de la venta de huevos, fue decorosamente invitado a vender los huevos del tamaño y color que rezaba la publicidad de los escritos con tiza blanca de las pizarras. Ni que hablar de Luigi, el dueño del taxi que siempre cobraba algo de más y además no salía los días de lluvia. De repente empezó a actuar como si fuera otro con los clientes que se subían a su auto.
Mary, la peluquera más tradicional, había comenzado a no respetar los turnos, debido a un creciente cúmulo de pedidos no programados. Eso ocasionaba todo tipo de conflictos y episodios difíciles de digerir. Novias que llegaban al altar con su peinado a medias. Hombres con su cabellera mal cortada, con apariencia de haber sido aserrada debido a los nervios de Mary por el gran cúmulo de trabajo. T.R. como se hizo llamar de manera simplificada, abandonando la idea original de una identificación más resonante, instó vigorosamente para que la peluquera tomara un ayudante que le posibilitara ordenar y cumplir con los numerosos compromisos asumidos.
T.R. acompañó durante muchas noches de tentación al cleptómano del pueblo, de modo tal de cambiar sus ansias por lo ajeno por una nueva y remozada vocación de serenatero. Acto seguido, le pidió al gomero que cambiara los clavos que desparramaba por las calles con el propósito de incrementar su trabajo, por plantas con flores que plantaba y cuidaba con mucho amor en la plaza, en el frente del colegio, la iglesia y el club recreativo.
Los niños del colegio recibían mensajes recordatorios para devolver aquellos elementos que por equivocación habían tomado de algún compañero. De esa manera se empezaron a recuperar valiosos útiles extraviados para la alegría de sus dueños. Del mismo modo los invitaba a compartir sus meriendas, ayudarse en las tareas y compartir sus libros de estudio.
La pereza estaba dentro del radar del famoso veedor popular. Si alguno no escuchaba el despertador y se dormía seguido, complicando sus propias tareas y la de los demás, recibía la delicada visita de T.R. que hacía las veces de despertador. Ponía una cuota de responsabilidad en la cabeza de los haraganes y amantes de unos minutos de más con la cabeza en la almohada.
La suma de cada mínima obra de Theophilus transformó la cultura del pueblo, el cual no sólo se fue acostumbrando al accionar desinteresado de T.R., sino que fue haciendo crecer el bien como característica distintiva de ese lugar. Este hecho trascendió las fronteras de la pequeña comunidad para instalarse en la opinión pública, a través de los medios masivos de comunicación y las redes sociales, las cuales reflejaban permanentemente sus logros.
De esta forma fue invitado a charlar sobre sus métodos, en la Universidad que lo formó en su conocimiento sobre los astros. Luego de soltar la primera frase a modo de presentación, inicio de esta crónica, siguió con el relato de numerosas conductas derivadas de su accionar ejemplificador. La gente que asistió al auditorio universitario en un número aceptable, salió de la reunión encantada con las palabras de T.R., no sin antes tomarse un autorretrato junto con el increíble personaje, paladín del bien.
La tradición oral sobre la cual se basa la historia de Theophilus, se fue inexplicablemente perdiendo. Nadie sabe que fue de él después del relativo éxito durante su primera presentación como personaje público. Alguien se tomó una última foto en su compañía. Cuando giró su cabeza para pedirle que autografiara un pequeño papel, escribiendo una dedicatoria para su hijo, T.R. ya no estaba presente.
Sus familiares lo buscaron usando todos los medios disponibles, resultando infructuosos los intentos.
En el pueblo se seguían recibiendo algunos mensajes de un origen desconocido. Mensajes que invitaban a abandonar los malos procederes. Sin embargo el teléfono del cual provenían no era identificable mediante el empleo de ninguno de los métodos y tecnologías disponibles.
Sus escasos amigos no supieron más nada de su paradero. Quedaron en una eterna perplejidad por la inexistencia continuada de un camino destinado al éxito que no tuvo su merecido final. ¿Qué hubiera sido este mundo si nuestro Theo no hubiese desaparecido? ¿cuántas buenas acciones hubieran estado al alcance de nuestras manos? Se preguntaban sin una respuesta que resolviera los enigmas planteados.
Indicios no comprobados nos hablan de un T.R. que en apariencia fue recogido por otros seres a bordo de una nave que giraba a mucha velocidad, emitiendo muchos destellos de luz.
Otras fuentes lo muestran desarrollando actividades encubiertas para una agencia de investigación estatal de renombre, la cual se aprovechaba de sus facultades de clarividente.
No existe una imponente lápida con una leyenda descriptiva de lo que fuera su vida: ”Aquí yace un prohombre que trabajó sin descanso para hacer el bien”. Apenas quedaron las crónicas del pueblo, donde fuera elogiado muchas veces.
Theophilus Roy, casi un superhéroe, desapareció del mundo real para siempre.
Sobrevive en la imaginación de algunos que me contaron su corta pero fructífera vida.
Yo se las cuento a ustedes. También se la narro a mi hija Lucía, la cual me pregunta:
¿Papá esto es cierto?
Tan cierto como los Reyes Magos hija……
Solo unos 2.000 años después.