El arquero !

La década del ochenta se iba despidiendo sin mucha pena ni gloria. Los niños de la barra no teníamos una idea cabal de la situación política y social de nuestro país. Vivíamos inmersos en un sinnúmero de actividades lúdicas, gastando la energía en aventuras, carreras de kartings a rulemanes, y por supuesto jugando muchísimo a la pelota.

El mundial del 78 que nos había coronado campeones del mundo, produjo por bastante tiempo, que los más pequeños quisiéramos imitar a aquellos gloriosos jugadores que alzaron la copa frente a Holanda. Muchos querían ser Kempes, otros Ardiles, Galván, Pasarella, Tarantini o Houseman. Los que oficiaban de supuestos directores técnicos practicaban la voz algo grave y pausada de Menotti, poniéndose en la boca un palito que hacia las veces de cigarrillo, imitando al flaco que fumaba uno tras otro.

Nuestra práctica del deporte más popular de la Argentina nos congregaba en varias canchas improvisadas, con arcos de madera en el mejor de los casos, algunas matas de gramilla seca, piso bastante irregular, de dimensiones para jugar con equipos de 5, 7, 9 y 11 jugadores, siendo estas últimas no sólo las menos sino por cierto las más precarias.

Aquella primavera del 80, el dueño de uno de los viveros de plantas más grandes de esa zona de Córdoba, construyó una cancha de medidas reglamentarias, con arcos a los cuales se les podían colocar redes, gramilla verde bien cortada, de piso bien parejito y hasta banderines en los corners. Sus líneas reglamentarias eran pintadas con cal antes de cada partido. El punto penal aparecía nítido, bien blanco y redondito, por primera vez para muchos de nosotros. Esta cancha era un sueño hecho realidad para los pibes de la barra. Jamás habíamos podido disfrutar de un escenario de esta naturaleza. Si bien el campo había sido creado para la práctica de mayores, adolescentes y menores, los que disponíamos de más tiempo para patear la pelota éramos los más chicos, por lo que todas las tardes nos congregábamos a jugar.

El grupo completo de niños oscilaba aproximadamente entre un número de doce y dieciocho, por lo que nunca podíamos conformar un juego que enfrentara a dos equipos en un partido de once contra once. Las edades de los preadolescentes entre 12 y 14 años.

Con el tiempo nos enteramos que el promotor de la construcción de este espacio deportivo no era el dueño del vivero sino un amigo del mismo, un ex juez abogado de profesión, el cual era un amante del fútbol. El tenía dos hijas mujeres ya mayores de edad las cuales no habían practicado nunca ese deporte. El Dr. Zanón, tal era su nombre, nos visitó un sábado trayendo consigo dos juegos completos de indumentaria deportiva numerada para once jugadores y cinco suplentes. Celestes las camisetas titulares, naranjas las camisetas de práctica, medias del mismo color y pantalones negros. Las dos camisetas de arquero eran verde y azul cada mitad. Acompañó el regalo con dos pelotas brillantes y hermosas, de una marca oficial, con la cual jamás habíamos soñado jugar.

Reunidos a la sombra de los árboles que bordeaban parte de la cancha, nos comentó que él se encargaría de organizar un campeonato dentro de dos meses más o menos. La idea era hacerlo un día sábado completo, dando participación a cuatro equipos de la vecindad, uno de los cuales seríamos nosotros. Todos los equipos recibirían premios de acuerdo a la posición que ocuparan. La idea central era promover que los niños practicaran deportes de manera sana. Le pedimos si nos podía colocar dos arcos más pequeños en cada uno de los extremos y de manera transversal en una de las mitades de la cancha. De esta forma podíamos jugar con menos cantidad de jugadores por equipo y de manera regular. A la semana ya contábamos con lo que le habíamos solicitado, por lo que nos sentimos aún más complacidos con nuestro ilustre benefactor.

Lo primero que tuvimos que decidir fue el nombre del equipo. Luego de varias idas y vueltas, primó el sentido de pertenencia para denominarnos ”El Vivero”. Lo segundo era elegir dentro del grupo de padres quien podría oficiar de técnico, ya que el Doc era por cierto nuestro informal presidente. En realidad la conducción técnica fue asumida por un grupo compuesto por tres padres, los más futboleros y con tiempo disponible para ocuparse. A menudo las ocupaciones de los técnicos no les permitía asistir y es por ello que durante muchas ocasiones entrenamos sólos, haciendo lo mejor que podíamos y nos salía. Algunas tardes, coincidiendo con la presencia del cuerpo técnico, nos visitaba el Doc Zanón, el cual nos traía una nueva pelota o elemento adicional, tales como guantes de arquero, conos de práctica. Lo más interesante era que bajaba de su auto algunas bolsas conteniendo jugos, alfajores y otras golosinas que degustábamos entre todos. El siempre nos hablaba con mucho cariño acerca de la importancia de la amistad, del respeto por el rival, del juego limpio y de los valores. Nos decía: «No importa ganar o perder, sino más bien entrenar, mejorar, ser solidario con los otros y participar de actividades para despejar la mente».

Las posiciones dentro del equipo resultaron desde el principio bastante claras, dado que hacía mucho que jugábamos juntos. Sabíamos con bastante grado de certeza quienes podían ser defensores, volantes y atacantes, titulares y suplentes. Los detalles más finos los terminaron de organizar la tríada de técnicos.

El gran problema fue designar un arquero. Normalmente nos rotábamos para atajar, ya que no era en sí mismo un puesto muy deseado de ocupar. Si bien todos admirábamos al Pato Fillol, ninguno quería asumir ese rol, debajo de los tres palos de esos inmensos arcos. El arquero era al cual le hacían los goles, siendo una responsabilidad que pocos estaban dispuestos a asumir. Zanón resolvió la situación ya que integró al equipo a Rubén un nuevo integrante y compañero que vivía a unas cuadras de la cancha. «Les presento a un hijo del corazón, uno más de ustedes «, nos dijo. Físicamente no coincidía con el estereotipo de un portero, por lo que muchos dudamos de sus reales condiciones, una especie de prejuicio inicial, aún sin haberlo visto atajar ni un minuto.

Luego de algunas prácticas, el arquero refuerzo que había traído nuestro presidente estaba lejos de lo que necesitábamos en cuanto a seguridad y habilidad con los manos. Tomaba a menudo decisiones difíciles de entender, no cortaba los centros y no sabía cuando salir a achicar un avance mano a mano. Se sumaba que no tenía una gran destreza con los pies. Al final del tercer día que jugamos con él, nos quedamos un grupo reducido de amigos para debatir qué hacer con lo que estaba pasando. Los técnicos no se iban a oponer a la decisión del Doc Zanón. Nosotros queríamos al presi, sintiendo como válidas sus palabras respecto de los valores, y el compromiso por mejorar. Rubén por otro lado mostraba una voluntad, actitud y entusiasmo sin igual, pese a que se molestaba mucho cuando las cosas no le salían del todo bien. ¿Qué nos quedaba por hacer? Marquitos, quien era el más cerebral de todos, comentó que su hermano mayor tenía un amigo que jugaba de arquero hacía ya bastante tiempo. Capaz podíamos contar con él para ayudar a Rubén a perfeccionarse.

El sentido común y las ganas de colaborar nos impulsaron a ir por ese camino. Tres veces a la semana nos quedábamos hasta tarde, Roberto (el arquero formado) y algunos de nosotros junto a Rubén, para que las prácticas diferenciadas pudieran mejorar las destrezas de este último, debajo y fuera de los tres palos. Una semana antes del campeonato Rubén se mostraba mucho más sólido que antes. Casi dos meses de entrenamiento continuo habían hecho milagros en su performance. Se lo notaba más estilizado, ágil, fuerte y decidido.

El campeonato se llevó a cabo durante un gran sábado de fiesta a fines de Febrero del 81. Arrancó a las 9 de mañana, disputándose hasta el mediodía los partidos de la primera rueda. Ganamos nuestra contienda, por lo que a la tarde jugaríamos la final enfrentando a “Las Aguilas” el otro vencedor. Al finalizar los partidos matutinos hubo una choripaneada, momento donde todos los equipos compartimos comentarios sobre las experiencias vividas durante cada juego. Luego del descanso propicio para evitar la radiación del sol de la siesta, a las 16.30 horas se jugó por el tercer puesto y a las 17,45 le tocó el turno a la gran final.

El partido fue emotivo y tremendo. Nos pusimos en ventaja rápidamente, pero a posteriori parece ser que “Las Aguilas” volaron más alto que nosotros, para imponerse finalmente por dos goles a uno.  Rubén, nuestro arquero no tuvo nada que hacer para evitar los goles, los cuales fueron producto de la combinación de un gran juego de ataque del rival y una mala oposición defensiva de nuestro equipo. El árbitro y sus jueces de línea pasaron inadvertidos debido a un juego muy limpio practicado a lo largo de todo el torneo. Los padres, hinchas y curiosos, ubicados en las sombras de la frondosa arboleda, alentaban a los equipos de su preferencia, comportándose de manera ejemplar, cuidando las palabras y apoyando a los jugadores.

Después de la premiación, donde recibimos la copa como subcampeones, el Doc Zanón nos juntó a todos para darnos las gracias por el gran evento que habíamos llevado a cabo. Se lo notaba muy feliz. Nosotros a pesar de haber perdido la final estábamos asimismo plenos, contentos y con muchas ganas de seguir.

El equipo junto a todo el sistema que se había generado duró hasta el fallecimiento de nuestro promotor el Doc Zanón dos años después. En todo ese tiempo continuamos creciendo juntos como grupo humano, fuimos a otros escenarios cercanos a jugar, construyendo una identidad única definida por propósitos comunes como la actividad deportiva, la amistad, la responsabilidad y el respeto mutuos.

Rubén aquel que arrancó con el pie torcido, como se suele decir, se transformó en un excelente arquero y un gran amigo, que devolvió las gentilezas formando a otros arqueritos sustitutos.

El solía decir palabras más palabras menos que nosotros sin conocerlo habíamos confiado en él y lo habíamos ayudado, por lo que él había aprendido a confiar y ayudar a otros.

Fue elegido nuestro capitán, luego de aquel primer campeonato, siendo respetado y valorado por todos.

«El final de las cosas a veces no tiene muchas explicaciones, lo importante es lo que aprendes y disfrutas durante el camino» . Esa fue una de las últimas frases de nuestro querido Doc poco antes de desaparecer físicamente.

De esa forma se disolvió nuestro equipo, no sin antes haber aprendido mucho de los aciertos y de los errores.

Con el arquero promovido seguimos siendo amigos hasta que la vida nos puso en caminos distintos.

Lo importante es lo que aprendes…… el resto es historia.

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