Una historia mínima !

El pequeño Giovanni de apenas dos años no comprendía el llanto de su mamá Anna. Lo asociaba a un hecho triste, pero no podía discernir de qué se trataba. La luz mortecina de una vela iluminaba tenuemente la pieza.

Anna estaba recostada en la cama, conteniendo los sollozos. Giovanni Giuseppe se encontraba a su lado aferrado a su falda. Luigi y Pietro mayores que él, completaban el cuadro de congoja, acurrucados al pie de donde yacía su madre. Antonio, apenas con un año más que Giovanni estaba apoyado en la puerta del cuarto. Miraba la escena con total ingenuidad.

La cuna de su pequeña hermanita Maria Doménica estaba vacía. Hacía un rato que unos señores habían venido a hablar con Doménico su papá. Uno de ellos había hecho varias preguntas, mientras el otro escribía en una especie de libro grandote y pesado. Luego Doménico se había ido con ellos, dejándolos solos con su mamá.

Ni Giovanni ni sus hermanitos había comprendido la naturaleza de las palabras y de las circunstancias. Hacía unos días que habían visto a su mamá muy feliz con la llegada de esa muñequita. Desde su arribo ellos se mostraban muy curiosos y expectantes. Su mamá no trabajaba por tantas horas en la granja. Compartía más tiempo con ellos, pero mucho más con ese nuevo ángel con destellos dorados en su cabeza.

Siendo el más celoso, Giovanni sufría en silencio no ser ya el predilecto, pero ahora y aun sintiendo el pesar de su mamá no podía hacer nada más que abrazarse a sus piernas en la cama.

En un instante todo había cambiado para mal.

Al cabo de un rato volvió papá.

Se escuchó decir:

«Anna, nuestra pequeña María ya descansa en paz».

La abrazó y no pudo contener las lágrimas.

Juntos elevaron una plegaria por su Doménica en compañía de sus pequeños hijos. No hubo una gran despedida. Mucho desconsuelo, desazón e impotencia en esos jóvenes padres.

Era junio de 1875 en ese territorio de la tal vez ya unificada Italia. Su nombre: Rive D`arcano, pueblo cercano a Udine, en la zona del Friuli, la más austríaca y alemana de las comarcas de Italia. En esa zona se habla el idioma furlano (reconocido como tal desde 1999), lengua de origen celta e influencias marcadas del italiano y un poco menos del alemán.

Campesino de la tierra era Doménico Della Vedova o Carlet o Magrin. Hacía unos años se había casado con otra campesina Anna Nicli.

Las crónicas dicen que todos los apellidados De la Viuda (en su forma castellanizada) provenían de las guerras napoleónicas, cuando habiendo quedado huérfanos, una señora feudal rica y ya viuda los cobijaba para darles asilo y sustento. Como no se conocían sus apellidos, todos eran nombrados como Della Vedova o hijos de la viuda. Es muy difícil discernir a que obedecía el o Carlet o Magrin. Si eran los posibles apellidos de su madre o quizás el probable apellido de su padre.

Lo concreto es que eran épocas muy difíciles, porque después de las guerras napoleónicas, sobrevinieron años de dominación austro-húngara, para dar paso a esta incipiente república italiana, ese conglomerado aún no debidamente cristalizado de ciudades estado, comarcas y grandes señores.

El valle serpenteado por un hermoso río, era próspero para la agricultura, pero la revolución industrial había impactado negativamente en muchos aspectos.

La pobreza era el común denominador de muchos campesinos y agricultores de Italia.

La decisión de emigrar iba madurando poco a poco. Doménico y Anna aún eran jóvenes. Podían aspirar a un mejor destino para sus hijos.

La muerte de su pequeña María los impulsaría a cruzar el mar hacia las Américas.

Ese hecho bisagra alimentó la férrea voluntad de dirigirse a otro destino. El último italiano de la familia nació al año siguiente, siendo bautizado como Quinto Della Vedova (el quinto).

Algunos de sus paisanos ya habían emigrado hacía poco tiempo atrás. La poca esperanza que les quedaba de que las cosas mejoraran se había esfumado por completo.

En el año 1877 partieron rumbo a Argentina, para dar inicio a su nueva historia allende los mares. Tomaron un barco para ir en busca de lo desconocido con la ilusión de que fuera más promisorio. Sumarían en 1879, una hija más, bautizada como Maria Dominga en honor a su pequeña hija fallecida en Italia. Ella fue la única de los siete hermanos que nació en nuestro suelo.

Esta versión simplificada de los hechos me ha sido develada luego de varios meses de atar cabos, recopilar información de actas italianas y argentinas, sumando fragmentos de historias orales que se transmitieron de generación en generación.

Ciento cincuenta años después adquiere relevancia para mí quien fuera mi tatarabuelo Doménico y unos de sus hijos, mi bisabuelo Giovanni Giuseppe. El abuelo Juan como aún lo nombra mi mamá Ana.

Mi bisabuelo Juan Della Vedova, era además de campesino, biselador de vidrios y herrero. Edificó una mejor vida, gracias a la decisión de su padre Doménico, que transformó un hecho doloroso en una oportunidad para él y las generaciones venideras.

Su devenir en Argentina será motivo de otros escritos.

Fueron parte del forjado de la Argentina que hoy conocemos, aportando mucho sacrificio y voluntad de trabajo.

La tradición musical y el histrionismo los acompañó desde su Italia. Muchos de ellos tocaban instrumentos de viento, de cuerda y la armónica. En sus fiestas se tocaba, se cantaba y se bailaba, disfrutando del vino tinto que sabían muy bien hacer.

«Su capacidad de adaptación fue notable, pero al mismo tiempo conservaban ese dejo de melancolía, dolor y desarraigo, que los caracterizó hasta su deceso».

La templanza, su mejor virtud quedó grabada a fuego en las generaciones que vinieron.

Gran parte de lo que somos es una construcción personal, donde los genes tienen poco que ver, pero sin embargo cuando fui descubriendo esta crónica del pasado, me di cuenta que cohabitan en mí algunos aspectos de esa mezcla de alegría, esperanza, férrea voluntad y ganas de hacer, con esa nostalgia que vino con los barcos.

Esta escueta reseña personal me sirve para comprender la naturaleza del esfuerzo, la inteligencia, el tesón, unidos a una valentía sin igual para decidir y actuar.

Sin quedarnos aferrados al pasado, cuestión que los inmigrantes se vieron forzados a resolver muy bien al venir a estas tierras, tomar conciencia de esos sucesos en el presente, nos permite recuperar parte de nuestra esencia, esa que nos posibilita fortalecernos y mirar para adelante pensando que muchas acciones son posibles y asequibles.

Están allí al alcance de nuestras manos, esperando a que nos dispongamos a tomar los barcos, con el mismo coraje con que lo hicieron nuestros antepasados.

De seguro en tu historia hay antecedentes parecidos, ricos en rasgos humanos profundos y reveladores.

Este fin de semana te compartí parte de la mía.

No tengo más pretensión que la de que te haya servido de algo.

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