Esta mañana grisácea y anodina me encuentra pensando en los últimos seis meses transitados. Quien hubiera siquiera imaginado que nuestras vidas cambiarían de esta manera.
Desde las primeras presunciones allá por diciembre de que un virus con capacidad de contagio elevada se había empezado a diseminar por el globo, hasta las confirmaciones más palpables de sistemas de salud colapsados, con más de 11 millones de personas contagiadas, más de 500 mil abatidos, y con un epicentro más marcado ahora en nuestra América completa, sólo han transcurrido unos 180 días.
Meses de distanciamiento, aislamiento, miedo, confusión, nulos abrazos, apretones de manos y besos, nos hemos acostumbrado a protocolos, barbijos, lavados de manos con jabón, alcohol, desinfección de superficies, zona sucia, zona limpia. Cada vez estamos más convenicidos de que muchas de estas prácticas vinieron para quedarse.
Más allá del sufrimiento por la escasez de contacto social, familiar, dependiendo de la edad, el trabajo y las actividades en curso las personas fuimos relegando:
Actividades educativas
Posibilidad de mantener nuestros negocios abiertos
Recreación y actividades culturales
Acceso al trabajo
Prácticas deportivas
Turismo
Solo para citar las más recurrentes, pidiendo disculpas de antemano por si alguna no se encuentra mencionada.
La pandemia nos ha afectado a todos en común, no así los disímiles esquemas de aislamiento. Algunos rígidos, otros menos restrictivos, dependiendo de muchos factores.
Europa que fue duramente golpeada durante marzo y abril parece haber encontrado un equilibrio, pudiendo lograr la apertura de actividades culturales, turísticas y deportivas, para sumarlas al resto de las actividades comerciales, industriales y de servicios que ya habían sido habilitadas.
El camino en nuestra América ha resultado más tortuoso, ya que varios países comenzaron con la cuarentena de manera temprana, aunque aún no logran salir del todo, obteniendo resultados dispares y con incertiduembres hacia adelante.
Por un lado, el miedo a que los sistemas de salud colapsen provocando que el número de fallecidos se eleve, por otro costado la tristeza de ver cómo la falta de actividad va sumiendo en la pobreza a miles de personas con las consecuencias ya conocidas.
Las visiones de infectadura o ausencia de sensibilidad ante la muerte son usadas como puntos extremos de opinión y pensamiento, alejadas del pragmatismo y del sentido común.
En el medio científicos a favor y en contra de cuarentenas cortas o largas, con escasez de fundamentos comprobados.
El combo de estos seis meses ha puesto en claro que los sistemas de salud son limitados e insuficientes para contener una ola de pacientes contagiados, pero al mismo tiempo los recursos económicos disponibles no alcanzan a cubrir las necesidades esenciales de un gran número de personas que no tienen acceso al trabajo.
El parate ha cambiado el paradigma de muchos que andaban siempre a máxima velocidad, encontrando ahora un balance más moderado para su vida. Al mismo tiempo el estancamiento ha producido que se sumen cada vez más personas a la condición de estar fuera de los sistemas de protección económica y de salud.
El régimen imperante afecta a todos de manera desigual, provocando situaciones críticas e impensadas.
Ocupamos seis meses para tomarle el pulso a esta coyuntura que nos tiene hoy contras las cuerdas, pareciera que con poco lugar para tomar decisiones en otro sentido.
Lo que accionamos nos trajo hasta acá. Ahora no tenemos más remedio que elaborar un plan para salir un poco más allá del aislamiento y la cuarentena.
La buena noticia es que Europa ha podido encontrar un camino.
Lo positivo es que su programa parece estar alejado de las antípodas de liberación total o encierro definitivo.
Lo concreto es que tiene características prácticas alejadas de ideologías extremas.
Quizás podamos encontrar certezas y copiar los elementos que nos pueden servir para trazar un nuevo recorrido para los próximos seis meses.
Podemos considerar el 2020 como un año para el olvido, dónde sólo podremos subsistir.
En broma o en serio, la pandemia es la excusa perfecta para lo que nos está saliendo mal.
Creo que puede ser la excusa para hacer muchas cosas bien y mejoradas, respecto de nuestros sistemas de salud, eficiencia en el uso de recursos, programas de mitigación del calentamiento, nuevos hábitos de consumo, sistema de prevención de enfermedades y varios más que siempre están en el tapete pero que no alcanzamos a promover del todo.
Cada día tenemos menos chance para entender a la pandemia como una oportunidad sin igual para trazar un plan con remozados ingredientes, aquellos que nos permitirán una mayor sustentabilidad para superar este y otros procesos de este tipo, donde las recetas vigentes ya no funcionan acabadamente.
En lo personal creo que las sociedades que mejor entiendan este cambio de escenario serán capaces de sortear mejor las dificultades, pudiendo en los seis meses que quedan aprovechar cada valioso minuto para emprender un proyecto con diferentes objetivos que los que hemos perseguido hasta ahora.
Huelga decir que no debemos relegar nuestras libertades, el respeto por el otro y el compromiso por crear sistemas alejados de la corrupción, que propendan la igualdad de oportunidades y el bien general.
¿Sin margen?
¿Con margen?
Prefiero vivir pensando que nos queda un poco de espacio para aprovechar la mitad del año que nos queda, promoviendo acciones concretas desde ese lugar de posibilidad.
Soy de los que piensan que un partido se puede ganar en tiempo de alargue, casi sobre la pitada final, manteniendo una ferrea convicción de que somos capaces y nos hayamos preparado para….
Vos, ¿qué opinas?