Ser padre en un día celeste y blanco !

Mi cerebro me está mezquinando palabras que necesitan conjugarse para poner un título a este escrito, que pretende resaltar varios acontecimientos los cuales parecen tener ningún elemento en común. Sólo por razones de ordenamiento lógico, primero las personas serán atraídas o no por el epígrafe distintivo. Este habrá resultado más o menos efectivo, dependiendo del interés creado en los osados lectores .

El título puede generar expectativas que ojalá sean rigurosamente compensadas por el contenido del texto. Algunos comenzarán la lectura sólo entusiasmados por el encabezado, para abandonarla a la mitad, con un gesto explícito de pérdida de tiempo. Otros seguirán leyendo en la firme creencia de que lo bueno seguro vendrá al final. Unos pocos se sentirán identificados con alguna idea, vocablo o construcción que les resulte cercana, íntima o representativa.

Diviso el cielo diáfano que representa los colores de nuestra bandera, aquella creada por nuestro General Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, quien un día 27 de febrero de 1812, la enarbolará por primera vez a orillas de nuestro rio Paraná.

Un 20 de junio de 1820, acosado por dolencias crónicas, moría ese artífice de nuestro símbolo más representativo, constituyendose en uno de los próceres de nuestra independencia. El médico escocés que lo atendió por última vez lo encontró en muy mal estado habitando la más absoluta pobreza. Manuel quiso gratificar su servicio profesional, pero este no se lo permitió.

Católico a ultranza, terciario de la orden de los dominicos, fue enterrado en la basílica de Santo Domingo, muy cerca del lugar de su nacimiento y defunción, la casa familiar paterna, actual Avenida Belgrano 430, de la ciudad de Buenos Aires.

Manuel vivió cincuenta años, desde aquel 3 de junio de 1770. Doscientos años después de su desaparición física resulta difícil de creer que el enorme cúmulo de actividad al servicio de la Patria, pudiera caber en ese corto lapso de tiempo que fue su vida. Sus reseñas históricas se refieren a él en sus múltiples facetas como abogado, economista, periodista, político, diplomático y militar.

Vivió parte de su juventud en Europa, dónde recibiría la inspiración de grandes pensadores. Tuvo activa participación en la revolución de mayo y fue jefe militar de la expedición al Paraguay y a la Banda Oriental. Juzgado y exonerado por las derrotas sufridas, es designado jefe del Ejército del Norte. Esa nueva misión inspiraría su decisión más trascendente: crear nuestra enseña patria.

En la posta de Yatasto recibe al resto del ejército del Norte que volvía derrotado y mal pertrechado, compuesto de sólo 1.500 hombres. Con poco tiempo de preparación y trabajo de recomposición, el General Belgrano libra y gana dos batallas decisivas contra los realistas españoles en Tucumán (la más importante) y Salta, para luego ser derrotado en Vilcapugio y Ayohuma. Su insignia flameó en combate por primera vez en el combate de Tucumán y fue de ahí en más nuestro estandarte y guía.

Los años posteriores hacia el final de su corta y prolífica existencia, lo encontrarían desempeñando funciones diplomáticas. Por el año 1815 fue designado negociador de nuestra independencia en Europa, desde donde se vino con las manos vacías. A continuación asumiría funciones varias durante los períodos de sucesivas guerras civiles, hasta ser nombrado nuevamente como jefe del Ejército del Norte, período de escaso protagonismo, sin un accionar destacable producto de desavenencias políticas y su crítico estado de salud.

Manuel Belgrano tenía fuertes convicciones respecto del desarrollo del comercio interno, la necesaria industrialización de nuestras materias primas, la educación, la religiosidad y la conductas honrosas.

Una vida plena de acciones y propósitos, que lo hicieron transitar éxitos y fracasos, los cuales nunca menguaron su voluntad inquebrantable por estar al servicio de la Patria.

Muy amigo de valores tales como la honestidad, la firmeza, la espiritualidad, la superación y la humildad por encima de todo, nos legó un símbolo de unidad y construcción de nuestra identidad patria, con el propósito de superar los resentimientos y los odios.

Es probable que este domingo nos encuentre celebrando en familia «el día del Padre».

El virus nos encuentra en una etapa menos rigurosa, pero continúa amenazando con su increíble contagiosidad.

Belgrano nos enseña a superar los miedos propios y ajenos. Nos permite conservar la creencia en nosotros mismos como artífices de nuestro destino, a valorar la enseñanza, el trabajo y la justicia como pilares fundamentales de la edificación de nuestra sociedad.

¿Qué tienen en común ambas celebraciones?

Creo en mi opinión de que además de sentirnos halagados como Padres mientras abrimos algún regalo o levantamos la copa para brindar, tenemos la posibilidad de renovar nuestro compromiso con la responsabilidad educadora de nuestros hijos, reforzando nuestra vocación de servicio.

Resulta oportuno revisar valores que nos permitan educar en la construcción de una sociedad basada en el respeto, la libertad, la creatividad y la inclusión.

Ser padre, combina la proeza del amor, con otros condimentos más duros o exigentes: trabajar, enseñar, mostrar, escuchar y estar al servicio de nuestros hijos.

Este fin de semana confluyen sensaciones de Patria y Paternidad, entrelazadas en los colores celeste y blanco de nuestra bandera.

Mientras disfrutamos nuestro día del padre, reflexionemos acerca de ese hombre que no vivió para ser reconocido, sino por el honor de servir a los demás, compartiendo un sueño de libertad.

Un recordatorio especial para los papás que no están.

Para ellos y los presentes, les regalo dos frases geniales de Manuel Belgrano, que lo muestran en su esencia:

«Mucho me falta para ser un verdadero padre de la patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella».

«Ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensarse con dinero sin degradarlos».

A disfrutar juntos de un Domingo especial !

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